miércoles, 9 de marzo de 2022

Las tres reinas magas

Rubén Darío

–Señor– dije al fraile de las barbas blancas-; vos que sabéis tantas cosas, decidme si en algún viejo libro, o en algún empolvado centón, habéis algo que se refiera a las mujeres de los tres Reyes Magos que fueron a adorar a Nuestro Señor Jesucristo cuando estaba, sonrosado y risueño niño, en el pesebre de Belén. Porque, de seguro, Gaspar, Melchor y Baltasar deben de haber tenido sendas esposas. 

En verdad me contestó el reliogoso no he visto nunca, en venerable biblioteca o vetusto archivo, nada que se refiera al objeto de tu pregunta. Es casi seguro que hayan tenido, no solamente una esposa, sino muchas esposas, pues eran paganos, o idólatras, o adoradores de dioses que, como representaciones del Maligno, aprobaban la poligamía. Mas nada sé sobre el particular, y no he leído jamás texto que con tal asunto tenga relación. 

Consulté a otros sabios y estudiosos y me convencí de que nada podría averiguar al respecto. Mas vi que iba por el camino de la Vida –muy al principio un joven de larga cabellera y ojos en que se reflejaba el misterio del cielo y de la tierra –un poeta, y recordé que los poetas suelen saber más cosas que los sabios. 

Abandona me dijo el creador de armoniosos sueñosel cuidado de esas vagas erudiciones y escucha el cuento de otras tres Reinas Magas, que han de estar, por cierto, más cerca de tu corazón. 

Mi alma se llama Crista. En un pesebre nació para ser coronada reina de martirio. Ella es hija de una virgen y un obrero, y la noche de su nacimiento danzaron y cantaron alrededor del pesebre cien pastores y pastoras. Una estrella apareció sobre el techo del pesebre de mi alma; y, a la luz de esa estrella, llegaron a visitar a la recién nacida tres Reinas Magas. 

Venían de países muy lejanos. La primera sobre una asna blanca, toda caparazonada de plata y perlas. La segunda sobre un unicornio. La tercera sobre un pavo real. 

La recién nacida recibió sus homenajes. La primera le ofreció incienso. La segunda oro, la tercera mirra. 

Hablaron las tres:

Yo soy la reina de Jerusalén.

Yo soy la reina de Ecbatana.

Yo soy la reina de Amatune.

Reina de martirio, pues has de padecer mañana la cruel crucifixión, he aquí el incienso. 

Reina de martirio, pues has de padecer mañana la cruel coronación, he aquí el oro. 

- Rena de martirio, pues has de padecer mañana la transfixión, he aquí la mirra. 

Y el alma infanta contestó con una voz suave:

¡Yo te saludo, reina de la Pureza!

¡Yo te saludo, reina de la Gloria!

¡Yo te saludo, reina del Amor!

Vosotras tres me traéis los más inapreciables regalos, de manera que entreveo, para mientras llega la hora de la fatalidad, tres paraísos que escoger. 

En el primero, forma la nube aromada y sacra del incienso un inmenso dombo, a través del cual se vislumbra el amor de los astros y las sonrisas arcangélicas. Allí imperan las Virtudes, ceñidas las blancas frentes de una luz paradisíaca. Los Tronos y las Dominaciones hacen percibir el brillo de sus incomparables magnificencias. Un místico son de salterios dice la paz poderosa del Padre, la sacrosanta magia del Hijo y el misterio sublime del Espíritu. Los lirios de divina nieve son las flores que en hechiceras vías lácteas cultivan y recogen las Vírgenes y los Bienaventurados. 

En el segundo, el Oro forma un maravilloso palacio constelado de diamantes de triunfo; arcadas vastas se desenvuelven en una polvareda de sol. Allí pasan los grandes, los fuertes, ceñidas las cabezas de laureles de oro. 

Allí crecen los antiguos laureles, y de las gigantescas columnas cuelgan coronas de roble y de laurel. Los más que hombres se complacen en visiones augustas sobre horizontes inmensos. Revuelan familiares las águilas. Y sobre los pavimentos de incomparables pórfidos y ágatas, se desperezan en una imperial calma de leones. Suena de tanto en tanto un trueno de trompetas, y el viento sonoro hace ondear ilustres oriflamas y banderas de púrpura. 

En el tercero, la mirra perfuma un suave ambiente en la más preciosa de las islas floridas. Es bajo un cielo azul y luminoso que baña de oro dulce glorietas encantadas y mágicos kioscos. Las rosas imperan en los jardines custodiadas de pabones, y los cisnes enlos estanques especulares y en las fuentes. Si oís una música lejana, es de flautas, liras y citarras, en lo secreto de los boscajes, de donde brotan también ruidos de besos, y aves y risas. 

Es el imperio de la mujer; es el país en donde la prodigiosa carne femenina, al mostrarse en su pagana y natural desnudez, tiñe de rosa los enternecedores crepúsculos. Pasan bajo el palio celeste bandadas de tórtolas, y tras las arboledas vence cruzar formas blancas perseguidas por seres velludos de pies hendidos. 

Pues has de sufrir, pues estás condenada inexorablemente, reina de martirio –dijo la reina de Jerusalén, ¿no es cierto que en el momento de tu ascensión preferirás el celeste paraíso del incienso?

Y el alma:

¡Ay!, en verdad que la parte más pura de mi ser tiende a tan mística mansión. Existe un diamante que se llama Fe, una perla que se llama Esperanza y un encendido rubí de amor que se llama Caridad. Tiemblo delante de la omnipotencia del Padre, me atrae la excelsitud del Hijo y me enciende la llama del Espíritu; mas...

Ya sé –interrumpió la reina de Ecbatana; por cierto que en el instante de tu ascensión preferirás el paraíso del oro...

Y el alma:

¡Ay! en verdad que me domina el deseo de la riqueza, del dominante porvenir, de la fuerza. Nada hay más bello que imperar, y los mantos purpúreos, o de armiño, y los cetros y la supremacía, son absolutamente atrayentes. Os juro que el grande Alejandro me hace pensar en Júpiter y que el son soberano de las tropas pone un heroico temblor en una parte de mi ser, pero...

La reina de Jerusalén suspiraba. La reina de Ecbatana sonreía. La reina de Amatunte dijo:

Crueles penas has de padecer; tu crucifixión será dolorosa y terrible; sufrirás las espinsas, la hiel y el vinagre...

Y el alma infanta interrumpió a la reina: 

–¡Yo seré contigo, Señora, en el paraíso de la mirra!..

Paisaje

Rubén Darío

Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico que moja de continuo su cabellera verde en el agua, que refleja el cielo y los ramajes como si tuviese en su fondo un país encantado.

Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es donde escuché una tarde -cuando del sol quedaba apenas en el cielo un tinte violeta que se esfumaba por las ondas, y sobre el gran Andes nevado un decreciente color de rosa, que era como tímida caricia de la luz enamorada-, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en la cumbre.

Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente enarcado y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba, entre el verdor de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición, con sus cóndores de bronce en actitud de volar.

La dama era hermosa; él, un gentil muchacho, que le acariciaba con los dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.

Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos, cuchicheaban, en lengua rítmica y alada, las aves. Y arriba el cielo, con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de fuego, vellones de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo, derramaba la magnificencia de su pompa, la soberanía de su grandeza augusta.

Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los peces veloces de aletas doradas.

Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se vela como envuelto en una polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos amantes: él, moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de esas que gustan de tocar las mujeres; ella, rubia -¡un verso de Goethe!-, vestida con un traje gris lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como su boca roja que pedía el beso.

Al carbón

Rubén Darío

Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían goteando sus lágrimas de cera entré la nube de incienso que inundaba los ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allí en el altar, el sacerdote, todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería, bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.

De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo, de sombra. Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga oscuridad de un confesonario. Era una bella faz de ángel, con la plegaria en los ojos y en los labios. Había en su frente una palidez de flor de lis, y en la negrura de su manto resaltaban juntas, pequeñas, las manos blancas y adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a cada momento aumentaba lo oscuro del fondo, y entonces, por un ofuscamiento, me parecía ver aquella faz iluminarse con una luz blanca misteriosa, como la que debe de haber en la región de los coros prosternados y de los querubines ardientes; luz alba, polvo de nieve, claridad celeste, onda santa que baña los ramos de lirio de los bienaventurados.

Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la noche, en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un estudio al carbón.

Un retrato de Watteau

Rubén Darío

Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa, esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera espléndida. La araña de luces opacasderra mía la languidez de su girándula por todo el recinto. Y he ahí que al volverse ese rostro, soñamos en los buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de madama de Maintenán, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su tocado.

Todo está correcto: los cabellos, que tienen todo el Oriente en sus hebras, empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de corazón hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas abiertas, que muestran blancuras incitantes; el talle ceñido que se balancea, y el rico faldellín de largos vuelos, el pie pequeño en el zapato de tacones rojos.

Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante, del madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la penumbra.

Vese la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable que agitará el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y piensa y suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma femenino que hay en un tocador de mujer.

Entretanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y en el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los brazos y los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas argentinas, mientras en el plafón en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y azulado, sobre el lomo de toro robusto y divino, la bella Europa, entre los delfines áureos y tritones corpulentos, que sobre el vasto ruido de las ondas hacen vibrar el ronco estrépito de sus resonantes caracoles.

La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las manos en seda; ya rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera y el tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentil, a esa aristocrática santiaguesa, que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran Watteau le dedicaría sus pinceles.

La cabeza

Rubén Darío

Por la noche, sonando aún en sus oídos la música del Odeón y los parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido de los coches y la triste melopea de los «tortilleros», aquel soñador se encontraba en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas estaban esperando las silvas y los sonetos de costumbre a las mujeres dé los ojos ardientes.

¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro martilleos de cíclopes, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una bandeja, o como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor..

Acuarela

Rubén Darío

Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los tupidos ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos invernales.
 
Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave, junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres resplandecientes, su esbeltez solemne y sus hijas nuevas, en un polvo de luz, bulle un enjambre humano, en un ruido de música, cuchicheos vagos y palabras fugaces.

He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que esplende y quiebra. los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos con el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de indiferentes, luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro primaveral; bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes.

En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a ver un pie de Cenicienta con su zapatito oscuro y media lila, y acullá, gentil con sus gestos de diosa, bella con su color marfil amapolado, su cuello, real y la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no manca, sino con dos brazos, gruesos como los músculos de un querubín de Murillo, y vestida a la última moda de París.

Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de. enamorados, hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables: todo en la confusión de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos, de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer, un sombrero de paja adornado de colorines, de cintas o de plumas, o el inflado globo rojo de goma que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.

En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.

Ésta era una reina

 Rubén Darío

¿Gloriana? Quizás. O tal vez Viriana, o todas ellas, y a la cabeza de la tropa, Mab, fueron madrinas suyas.

Se llama Amelia, nombre que como oís, sienta bien a una princesa. Está en Madrid triunfando con su belleza, la reina gen­til que se casó por amor con un príncipe rubio, la reina Amelia de Portugal. Jamás ha hecho el torno de la gracia un cuello a que mejor sienten las perlas y los luminosos diamantes reales; y rara vez se ha visto cuerpo más a propósito para el manto. Ade­más, esta linda señora es lo que se llama "una reina simpática". Yo he estado buscando esta madrugada dos o tres rimas líricas que, a la manera románica de mi amigo Duplessis, ensalzaran a la regia beldad; pero Mariano de Cavia, periodista endia­blado, me ha sacado de mi ensueño cortesano esta mañana, que ha gritado desde los balcones de El Liberal: ¡Viva la reina bar­biana ! Eso es: esta dama, alta de cuerpo, de rango y de hermo­sura, encanta, sobre todo, porque es muy mujer, porque tiene una cara de cielo y porque al verla mirar y sonreír, se olvida uno de los heráldicos lises y de las coronas de oro, ante la flor de juventud que se presenta perfumada por una divina primavera, flor que arranca a los labios un despropósito andaluz: el viva de Cavia, la capa al suelo, o: ¡Me la comería! Anoche, en verdad, no daban tantos deseos de comerla, sino de besar su pequeña diestra de marfil rosado, cuando después de subir la escalera del palacio real, entre lacayos estirados, en un cuadro de féerie, se hallaba uno en los incomparables salones, y sonaban las palma­das de etiqueta, y se abría calle entre la aristocrática muchedum­bre, y venían juntas la Regente, doña Cristina, erguida, majes­tuosa, y, risueño el precioso rostro, la reina Amelia, una reina de cuento azul, propia para prometida del príncipe de Trebizonda, o del príncipe de Camaralzamán; –y para hacerle la genufle­xión, y el marqués feliz darle el beso correcto en la mano que ella tiende, haciendo la gran merced. En vez de Camaralzamán venía el marido dichoso, D. Carlos, a quien a pesar del sport y de sus frescos veintinueve años se le ha agrandado un poco la barriga. La Orleáns gusta de hablar lengua española. Así saluda en ese idioma al viejo general conocido, a las nobles ricas hem­bras a quienes su coronada amiga le presenta. Camina como una diosa, como una diosa joven y gallarda. El patuit dea la denun­ciaría en todos lugares. Los ojos son lo que aquí en España se ¡laman gachones; húmedos y dulces, pero siempre majestuosos. Pero ¿y el pajecillo? ¿Y el enano que se echa cerca de ella como un alegre perro? ¿Y la madrina del carro alado y de la estrella en la frente? Las que venían tras ella, como sacadas de los cuentos, eran condesas regordetas, sofocándose, no dando paz al abanico; las damas de honor entradas en años, con su andar de pato ésta, algo miope aquélla, brazos gordos, sedas y terciopelos; esmeral­das y brillantes. El rey de los hidalgos portugueses, menos simpático que su padre don Luis, el literato, saluda con marcialidad a un lado y otro. Y han pasado las majestades, ya se ve, sobre todas las cabezas, allá lejos, en el extremo del salón de porcelana, la estrella de diamantes que tiembla en la diadema de la augusta Amelia de Portugal.

Alguien –¿quién ha de ser? ¡un amigo poeta!– se acerca a mi lado y evoca en mi memoria la figura de Ruy Blas.

Y a propósito: los diarios dan esta mañana la noticia de que el rey ha cazado ayer en el Prado diez perdices.

La resurrección de la rosa

Rubén Darío

Amiga Pasajera: voy a contarle un cuento. Un hombre tenía una rosa; era una rosa que le había brotado del corazón. ¡Imagínese usted si la vería como un tesoro, si la cuidaría con afecto, si sería para él adorable y valiosa la tierna y querida flor! ¡Prodigios de Dios! La rosa era también un pájaro; parlaba dulcemente, y, en veces, su perfume era tan inefable y conmovedor como si fuera la emanación mágica y dulce de una estrella que tuviera aroma.

Un día, el ángel Azrael pasó por la casa del hombre feliz, y fijó sus pupilas en la flor. La pobrecita tembló, y comenzó a padecer y a estar triste, porque el ángel Azrael es el pálido e implacable mensajero de la muerte. La flor desfalleciente, ya casi sin aliento y sin vida, llenó de angustia al que en ella miraba su dicha. El hombre se volvió hacia el buen Dios, y le dijo:

–Señor: ¿Para qué me quieres quitar la flor que nos diste?

Y brilló en sus ojos una lágrima.

Conmovióse el bondadoso Padre, por virtud de la lágrima paternal, y dijo estas palabras:

–Azrael, deja vivir esa rosa. Toma, si quieres, cualquiera de las de mi jardín azul.
La rosa recobró el encanto de la vida. Y ese día, un astrónomo vio, desde su observatorio, que se apagaba una estrella en el cielo.

¿Por qué?

Rubén Darío

¡ Oh señor, el mundo anda muy mal. La sociedad se desquicia. El siglo que viene verá la mayor de las revoluciones que han ensangrentado la tierra. ¿El pez grande se come al chico? Sea; pero pronto tendremos el desquite. El pauperismo reina, y el trabajador lleva sobre sus hombros el desquite. El pauperismo reina, y el trabajador lleva sobre sus hombros la montaña de una maldición. Nada vale ya sino el oro miserable. La gente desheredada es el rebaño eterno para el eterno matadero.

¿No ve usted tanto ricachón con la camisa como si fuese de porcelana, y tanta señorita estirada envuelta en seda y encaje? Entre tanto las hijas de los pobres desde los catorce años tienen que ser prostitutas. Son del primero que las compra. Los bandidos están posesionados de los bancos y de los almacenes.

Los talleres son el martirio de la honradez: no se pagan sino los salarios que se les antoja a los magnates, y mientras el infeliz logra comer su pan duro, en los palacios y casas ricas los dichosos se atracan de trufas y faisanes. Cada carruaje que pasa por las calles va apretando bajo sus ruedas el corazón del pobre.

Esos señoritos que parecen grullas, esos rentistas cacoquimios y esos cosecheros ventrudos son los ruines martirizadores. Yo quisiera una tempestad de sangre; yo quisiera que sonara ya la hora de la rehabilitación, de la justicia social. ¿No se llama democracia a esa quisicosa política que cantan los poetas y alaban los oradores? Pues, maldita sea esa democracia. Eso no es democracia, sino baldón y ruina. El infeliz sufre la lluvia de plagas; el rico goza. La prensa, siempre venal y corrompida, no canta sino el invariable salmo del oro.

Los escritores son los violines que tocan los grandes potentados. Al pueblo no se le hace caso. Y el pueblo está enfangado y pudriéndose por culpa de los de arriba: en el hombre el crimen y el alcoholismo; en la mujer, así la madre, así la hija y así la manta que las cobija. ¡Con que calcule usted! El centavo que se logra, ¿para qué debe ser sino para el aguardiente? Los patrones son ásperos con los que les sirven.

Los patrones, en la ciudad y en el campo, son tiranos. Aquí le aprietan a uno el cuello; en el campo insultan al jornalero, le escatiman el jornal, le dan a comer lodo y por remate le violan a sus hijas. Todo anda de esta manera. Yo no sé cómo no ha reventado ya la mina que amenaza al mundo, porque ya debía haber reventado. En todas partes arde la misma fiebre. El espíritu de las clases bajas se encarnará en un implacable y futuro vengador. La onda de abajo derrocará la masa de arriba. La Commune, la Internacional, el nihilismo, eso es poco; ¡falta la enorme y vencedora coalición! Todas las tiranías se vendrán al suelo: la tiranía política, la tiranía económica, la tiranía religiosa. Porque el cura es también aliado de los verdugos del pueblo. El canta su tedeum y reza su paternoster, más por el millonario que por el desgraciado. Pero los anuncios del cataclismo están ya a la vista de la humanidad y la humanidad no los ve; lo que verá bien será el espanto y el horror del día de la ira. No habrá fuerza que pueda contener el torrente de la fatal venganza.

Habrá que cantar una nueva marsellesa que como los clarines de Jericó destruya la morada de los infantes. El incendio alumbrará las ruinas. El cuchillo popular cortará cuellos y vientres odiados; las mujeres del populacho arrancarán a puños los cabellos rubios de las vírgenes orgullosas; la pata del hombre descalzo manchará la alfombra del opulento; se romperán las estatuas de los bandidos que oprimieron a los humildes; y el cielo verá con temerosa alegría, entre el estruendo de la catástrofe redentora, el castigo de los altivos malhechores, la venganza suprema y terrible de la miseria borracha!

¿Pero quién eres tú? ¿Por qué gritas así?

Yo me llamo Juan Lanas y no tengo un centavo.

Un sermón

Rubén Darío

El 1o de enero de 1900, llegué muy temprano a Roma, y lo pri­mero que hice fue correr a la basílica de San Pedro a prepararme un lugar para oír el sermón que debía predicar en lengua espa­ñola un agustino de quien se esperaba gran cosa según los pe­riódicos. ¡Ay de mí! Creí llegar muy a buen tiempo y he ahí que me encuentro poblada de fieles la sagrada nave. Gentes de todos lugares, y principalmente peregrinos de España, Portugal y Amé­rica, habían madrugado para ir a colocarse lo más cerca posible del orador religioso. Luché, forcejeé; por fin logró colocarme victoriosamente. Grandes cirios ardían en los altares. El altar mayor resplandecía de oro y de luz, con sus soberbias columnas salomónicas. Toda la inmensa basílica estaba llena de un esplen­doroso triunfo. De cuando en cuando potentes y profundos esta­llidos de órgano hacían vibrar de harmonía el ambiente oloroso a incienso. El gran pulpito se levantaba soberbio y monumental, aguardando el momento de que en él resonase la palabra del sacerdote. Pasó el tiempo.

Como un leve murmullo se esparció entre todos los fieles, cuando llegó el ansiado instante. Apareció el agustino, calada la capucha, con los brazos cruzados. De su cintura ceñida, al extremo de un rosario de gruesas cuentas colgaba un santocristo de hierro. Arrodillóse enfrente del altar y permaneció como un mi­nuto en oración. Después, despacioso, grave, solemne, subió las gradas de la cátedra. Descubrió su cabeza, cabeza grande, con una bruñida calva de marfil, entre un cerquillo de cabellos canos. Era el fraile de talla más baja que alta, de ojos grandes y relam­pagueantes. Al pasar, vi su frente un tanto arrugada, y en su afeitado rostro las huellas del más riguroso ascetismo. Alzó la mirada a lo alto. Sobre su frente la paloma mística extendía sus alas. Diríase que el Santo Espíritu inspirador, el que envió a los apóstoles al celeste fuego, se cernía en el augusto y sacro recinto; que la lengua del fraile recibía en su anhelo de suprema purifi­cación una hostia paradisíaca, en que le infundía el don de elo­cuencia y fortaleza el divino Paráclito. Fray Pablo de la Anuncia­ción –así el nombre– comenzó a hablar.

Dijo las palabras latinas con voz apagada. Después, después no podéis imaginaros nada igual. Pensad en un himno colosal cuya primera soberana harmonía comenzase con el fiat del Gé­nesis y acabase con el sublime espanto del Apocalipsis; y apenas os acercaréis a lo que de aquella boca brotó conmoviendo y asom­brando. Eran Moisés y su pueblo delante del Sinaí; era la pala­bra de Jehová en el más imponente de los levíticos; era el es­truendo vasto de los escuadrones bíblicos; las visiones de los pro­fetas ancianos y las arengas de los jóvenes formidables; eran Saúl endemoniado y el lírico David calmándole a son de harpa; Absalón y su cabellera; los reyes todos y sus triunfos y pompas; y tras el pasmo de las Crónicas, el Dolor en el estercolero, Job el geme­bundo. Después el salmo florido o terrible pasaba junto al pro­verbio sabio, y el cántico luego, todo manzana y rosa y mirra, de donde hizo volar el orador una bandada de palomas. ¡ Truenos fueron con los profetas! Terriblemente visionario con Isaías, con Jeremías lloró; le poseyó el "deus" de Ezequiel; Daniel le dio su fuerza; Oseas su símbolo amargo; Anión, el pastor de Tecua, su amenaza; Sofonías su clamor violento; Aggeo su advertencia, Zacarías su sueño y Malaquías sus "cargas" isaiáticas. Mas nada como cuando apareció la figura de Jesús, el Cristo, brillando con su poesía dulce y altísima sobre toda la antigua grandeza bíblica. La palabra de fray Pablo modulaba, cantaba, vibraba, confun­día, armonizaba, volaba, subía, descendía, petrificaba, deleitaba, acariciaba, anonadaba, y en espiral incomparable, se remontaba, kalofónica y extrahumana, hasta la cúpula en donde los clarines de plata saludan al Vicario de Cristo en las excelsas victorias pontificales. Mateo surgió a nuestra vista; Marcos se nos apare­ció; Lucas hablónos del Maestro; el "predilecto" nos poseyó; y después que el gran San Pablo nos hizo temblar con su invenci­ble prestigio, fue Juan el que nos condujo a su Patmos aterrador y visionario; Juan, por la lengua de aquel religioso sublime, ¡el primero de cuantos han predicado la religión del Mártir de Judea que padeció bajo el imperio de Augusto! Rayo de unción fue la frase cuando pintó los hechos de los mártires, las vidas legen­darias de los anacoretas; las cavernas de los hombres pálidos cuyos pies lamía la lengua de los leones del desierto; Pablo el ermitaño, Jerónimo, Pacomio, Hilarión, Antonio; y los mil pre­dicadores y los innumerables cristianos que murieron en las ho­gueras de los paganos crueles; y entre ellos, como lises candidos de candidez celeste e intacta, las blancas vírgenes, cuya carne de nieve consumían las llamas o despedazaban las fieras, y cuya sangre regada en el circo fertilizaba los rosales angélicos en donde florecen las estrellas del Paraíso. El orador acabó su sermón: "La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros". Amén.

Al salir, todavía sintiendo en mí la mágica influencia de aquel grandioso fraile, pregunté a un periodista francés, que había ido a la iglesia a tomar apuntes:

–¿Quién es ese prodigio? ¿De dónde viene este admirable chrysóstomo?

–Como debéis saber, hoy ha predicado su primer sermón –me dijo–. Tiene cerca de setenta años. Es español. Se llama fray Pablo de la Anunciación. Es uno de los genios del siglo pasado. En el mundo se llamaba Emilio Castelar.

Cátedra y Tribuna

Rubén Darío

Cátedra.–Entro con Dios y enseño. Va mi aliento sobre las multitudes.

Tribuna.–Mi aliento viene del hombre y se agita sobre los pueblos.

Cátedra.–¡Oh cedro!

Tribuna.–¡Oh palma, oh lauro!

Cátedra.–Soy la lengua del Santo Espíritu, soy el fuego par­lante, soy el verbo combustivo, soy el único intermedio entre la inmensidad divina y la espiritualidad humana.

Tribuna.–Yo tengo de divina lo que tú me has dado, ¡oh Libertad! El trueno tribunicio atraviesa las nubes populares y su eco profundo y vencedor es el clarín que anuncia el carro de los victoriosos que sojuzgan las Naciones.

Cátedra.–Yo soy la voz que brota bajo las tiaras. Yo soy la infalibilidad pontificia; yo soy Pedro el divino pescador y León delante de Atila. Yo broto de una altura que está sobre todas las alturas humanas. Mi soberanía teológica empieza en el fuego blanco de la custodia invisible que jamás podrá contemplar ojo de hombre sin caer quien la mire como cae el cuerpo muerto.

Tribuna.–¡Oh águila!

Cátedra.–¡ Oh paloma!

Tribuna.–¿Y Cicerón?

Cátedra.–¿Y Ambrosio y Crisóstomo y Agustín?

Tribuna.–A la púrpura de los soles orientales se esperezan los tigres de los imperios y los reales leones.

Cátedra.–Sobre los blancos manteles eucarísticos están los corderos en cuyo balido suena la armonía de David.

Tribuna.–¡ Fanfarria, vibra!

Cátedra.–¡ Salterio, canta!

Tribuna.¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nom­bre!

Cátedra.¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Tribuna.–Diré la verdad. Desde el principio del mundo, yo soy el órgano de la colectividad humana. Míos son los gobiernos, míos los triunfos cívicos, míos desde los antiguos himnos con que se celebabran las degollaciones de los ejércitos enemigos, hasta ese monstruoso y sonoro estruendo que se llama la Marsellesa. Esdras hizo brillar mi relámpago delante de Saúl; Moisés, de­lante del faraón memorable. Víctor Hugo profetizó cuando yo, bajo sus plantas, fui una isla. Antes Pablo fue mío.

Cátedra.–Mío fue Juan, que tuvo también su isla. En su vuelo aquilino sobrepujó todas las tempestades, y su lenguaje fue un celeste y profundo lenguaje de visión. La divinidad, cuando concede el don de la palabra dominadora y ese especial don crisostómico que junta la miel con la fuerza, hace que mis manos lancen esos rayos.

Tribuna.–¡Alma inmensa del mundo! Yo soy la que predica la victoria del derecho, la sagrada fuerza de la ley. Yo soy quien hace llevar a tu altar los trofeos pomposos y los estandartes lle­nos de la sangre de las batallas. Yo hago mover a un mismo tiempo y por un mismo impulso la espada del César y la guillo­tina de la revolución. Y quemo y purifico la boca del poeta con las brasas que quedan de los tronos incendiados.

Cátedra.–Yo con los carbones de Ezequiel.

Cuento de la sonrisa de la princesa Diamantina

ruben darío

Cerca de su padre, el viejo emperador de la barba de nieve, está Diamantina, la princesa menor, el día de la fiesta triunfal. Está junto con sus dos hermanas. La una viste de rosado, como una rosa primaveral; la otra de brocado azul, y por su espalda se amontona un crespo resplandor de oro. Diamantina viste toda de blanco; y es ella, así, blanca como un maravilloso alabastro, ornado de plata y nieve; tan solamente en su rostro de virgen, como un diminuto pájaro de carmín que tuviese las alas tendi­das, su boca, en flor, llena de miel ideal, está aguardando la divina abeja del país azul.

Delante de la regia familia que resplandece en el trono como una constelación de poder y de grandeza, en el trono purpurado sobre el cual tiende sus alas un águila y abre sus fauces un león, desfilan los altos dignatarios y guerreros, los hombres nobles de la corte, que al pasar hacen la reverencia. Poco a poco, uno por uno, pausadamente pasan. Frente al monarca se detienen cortos instantes, en tanto que un alto ujier galoneado dice los méritos y glorias en sonora y vibrante voz. El emperador y sus hijas escuchan impasibles, y de cuando en cuando turban el solemne silencio, roces de hierros, crujidos de armaduras.

Dice el ujier:

—Éste es el príncipe Rogerio, que fue grande en Trebizonda y en Bizancio. Su aspecto es el de un efebo, pues apenas ha sa­lido de la adolescencia; mas su valor es semejante al del griego Aquiles. Sus armas ostentan un roble y una paloma; porque teniendo la fuerza, adora la gracia y el amor. Un día en tierra de Oriente...

El anciano imperial acaricia su barba argentina con su mano enguantada de acero, y mira a Rogerio, que, delicado y gentil como un San Jorge, se inclina, con la diestra en el puño de la espada, y con exquisita arrogancia cortesana.

Dice el ujier:

—Éste es Aleón el marqués. La Galia le ha admirado vence­dor, rigiendo con riendas de seda su caballo negro. Es Aleón el mago, un Epífanes, un protegido de los portentosos y desconoci­dos genios. Dícese que conoce yerbas que le hacen invisible, y que posee una bocina labrada en un diente de hidra, cuyo ruido pone espanto en el alma y eriza los cabellos de los más bravos. Tiene los ojos negros y la palabra sonora. En las luchas pronun­cia el nombre de nuestro emperador, y nunca ha sido vencido ni herido. En su castillo ondea siempre una bandera negra.

Aleón, semejante a los leones de los ardientes desiertos, pasa. ¡La princesa mayor, vestida de rosado, clava en él una rápida y ardiente mirada.

Dice el ujier:

—Éste es Pentauro, vigoroso como el invencible Heracles. Con sus manos de bronce, en el furor de las batallas, ha abollado el escudo de famosos guerreros. Usa larga la cabellera, que hace temblar heroica y rudamente como una fiera melena. Ninguno corre como él al encuentro de los enemigos y bajo la tempestad. Su brazo descoyunta, y parece estar nutrido por las mamas henchidas de una diosa yámbica y marcial. Trasciende a bestia mon­taraz.

La princesa del traje azul no deja de contemplar al caballero tremendo que con paso brusco atraviesa el recinto. Sobre su casco enorme se alza un grueso penacho de crin.

Del grupo de los que desfilan se desprende un joven rubio, ya barba nazarena parece formada de un luminoso toisón. Su madura es de plata. Sobre su cabeza encorva el cuello y den­las alas olímpicas un cisne de plata.

Dice el ujier:

—Éste es Heliodoro el Poeta.

Ve el concurso temblar un instante a la princesa menor, a la princesa Diamantina. Una alba se enciende en el blanco rostro de la niña vestida de brocado blanco, blanca como un maravi­lloso alabastro. Y el diminuto pájaro de carmín que tiene las alas tendidas, al llegar una abeja del país azul a la boca en flor llena de miel ideal, enarca las alas encendidas por una sonrisa, dejando ver un suave resplandor de perlas...

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...