Rubén Darío
–Señor–
dije al fraile de las barbas blancas-; vos que sabéis tantas cosas,
decidme si en algún viejo libro, o en algún empolvado centón, habéis
algo que se refiera a las mujeres de los tres Reyes Magos que fueron a
adorar a Nuestro Señor Jesucristo cuando estaba, sonrosado y risueño
niño, en el pesebre de Belén. Porque, de seguro, Gaspar, Melchor y
Baltasar deben de haber tenido sendas esposas.
–En verdad– me contestó el reliogoso–
no he visto nunca, en venerable biblioteca o vetusto archivo, nada que
se refiera al objeto de tu pregunta. Es casi seguro que hayan tenido, no
solamente una esposa, sino muchas esposas, pues eran paganos, o
idólatras, o adoradores de dioses que, como representaciones del
Maligno, aprobaban la poligamía. Mas nada sé sobre el particular, y no
he leído jamás texto que con tal asunto tenga relación.
Consulté
a otros sabios y estudiosos y me convencí de que nada podría averiguar
al respecto. Mas vi que iba por el camino de la Vida –muy al principio– un joven de larga cabellera y ojos en que se reflejaba el misterio del cielo y de la tierra –un poeta–, y recordé que los poetas suelen saber más cosas que los sabios.
Abandona– me dijo el creador de armoniosos sueños– el
cuidado de esas vagas erudiciones y escucha el cuento de otras tres
Reinas Magas, que han de estar, por cierto, más cerca de tu corazón.
Mi
alma se llama Crista. En un pesebre nació para ser coronada reina de
martirio. Ella es hija de una virgen y un obrero, y la noche de su
nacimiento danzaron y cantaron alrededor del pesebre cien pastores y
pastoras. Una estrella apareció sobre el techo del pesebre de mi alma;
y, a la luz de esa estrella, llegaron a visitar a la recién nacida tres
Reinas Magas.
Venían
de países muy lejanos. La primera sobre una asna blanca, toda
caparazonada de plata y perlas. La segunda sobre un unicornio. La
tercera sobre un pavo real.
La recién nacida recibió sus homenajes. La primera le ofreció incienso. La segunda oro, la tercera mirra.
Hablaron las tres:
–Yo soy la reina de Jerusalén.
–Yo soy la reina de Ecbatana.
–Yo soy la reina de Amatune.
–Reina de martirio, pues has de padecer mañana la cruel crucifixión, he aquí el incienso.
–Reina de martirio, pues has de padecer mañana la cruel coronación, he aquí el oro.
- Rena de martirio, pues has de padecer mañana la transfixión, he aquí la mirra.
Y el alma infanta contestó con una voz suave:
–¡Yo te saludo, reina de la Pureza!
–¡Yo te saludo, reina de la Gloria!
–¡Yo te saludo, reina del Amor!
Vosotras
tres me traéis los más inapreciables regalos, de manera que entreveo,
para mientras llega la hora de la fatalidad, tres paraísos que escoger.
En
el primero, forma la nube aromada y sacra del incienso un inmenso
dombo, a través del cual se vislumbra el amor de los astros y las
sonrisas arcangélicas. Allí imperan las Virtudes, ceñidas las blancas
frentes de una luz paradisíaca. Los Tronos y las Dominaciones hacen
percibir el brillo de sus incomparables magnificencias. Un místico son
de salterios dice la paz poderosa del Padre, la sacrosanta magia del
Hijo y el misterio sublime del Espíritu. Los lirios de divina nieve son
las flores que en hechiceras vías lácteas cultivan y recogen las
Vírgenes y los Bienaventurados.
En
el segundo, el Oro forma un maravilloso palacio constelado de diamantes
de triunfo; arcadas vastas se desenvuelven en una polvareda de sol.
Allí pasan los grandes, los fuertes, ceñidas las cabezas de laureles de
oro.
Allí
crecen los antiguos laureles, y de las gigantescas columnas cuelgan
coronas de roble y de laurel. Los más que hombres se complacen en
visiones augustas sobre horizontes inmensos. Revuelan familiares las
águilas. Y sobre los pavimentos de incomparables pórfidos y ágatas, se
desperezan en una imperial calma de leones. Suena de tanto en tanto un
trueno de trompetas, y el viento sonoro hace ondear ilustres oriflamas y
banderas de púrpura.
En
el tercero, la mirra perfuma un suave ambiente en la más preciosa de
las islas floridas. Es bajo un cielo azul y luminoso que baña de oro
dulce glorietas encantadas y mágicos kioscos. Las rosas imperan en los
jardines custodiadas de pabones, y los cisnes enlos estanques
especulares y en las fuentes. Si oís una música lejana, es de flautas,
liras y citarras, en lo secreto de los boscajes, de donde brotan también
ruidos de besos, y aves y risas.
Es
el imperio de la mujer; es el país en donde la prodigiosa carne
femenina, al mostrarse en su pagana y natural desnudez, tiñe de rosa los
enternecedores crepúsculos. Pasan bajo el palio celeste bandadas de
tórtolas, y tras las arboledas vence cruzar formas blancas perseguidas
por seres velludos de pies hendidos.
–Pues has de sufrir, pues estás condenada inexorablemente, reina de martirio –dijo la reina de Jerusalén–, ¿no es cierto que en el momento de tu ascensión preferirás el celeste paraíso del incienso?
Y el alma:
–¡Ay!,
en verdad que la parte más pura de mi ser tiende a tan mística mansión.
Existe un diamante que se llama Fe, una perla que se llama Esperanza y
un encendido rubí de amor que se llama Caridad. Tiemblo delante de la
omnipotencia del Padre, me atrae la excelsitud del Hijo y me enciende la
llama del Espíritu; mas...
–Ya sé –interrumpió la reina de Ecbatana–; por cierto que en el instante de tu ascensión preferirás el paraíso del oro...
–Y el alma:
–¡Ay!
en verdad que me domina el deseo de la riqueza, del dominante porvenir,
de la fuerza. Nada hay más bello que imperar, y los mantos purpúreos, o
de armiño, y los cetros y la supremacía, son absolutamente atrayentes.
Os juro que el grande Alejandro me hace pensar en Júpiter y que el son
soberano de las tropas pone un heroico temblor en una parte de mi ser,
pero...
La reina de Jerusalén suspiraba. La reina de Ecbatana sonreía. La reina de Amatunte dijo:
–Crueles penas has de padecer; tu crucifixión será dolorosa y terrible; sufrirás las espinsas, la hiel y el vinagre...
Y el alma infanta interrumpió a la reina: