Rubén Darío
Hay
allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico
que moja de continuo su cabellera verde en el agua, que refleja el cielo
y los ramajes como si tuviese en su fondo un país encantado.
Al
viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es donde
escuché una tarde -cuando del sol quedaba apenas en el cielo un tinte
violeta que se esfumaba por las ondas, y sobre el gran Andes nevado un
decreciente color de rosa, que era como tímida caricia de la luz
enamorada-, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en
la cumbre.
Estaban
los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo del
sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente enarcado
y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba, entre el
verdor de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición, con sus
cóndores de bronce en actitud de volar.
La
dama era hermosa; él, un gentil muchacho, que le acariciaba con los
dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
Y
sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
cuchicheaban, en lengua rítmica y alada, las aves. Y arriba el cielo,
con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de
fuego, vellones de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo,
derramaba la magnificencia de su pompa, la soberanía de su grandeza
augusta.
Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los peces veloces de aletas doradas.
Al
resplandor crepuscular, todo el paisaje se vela como envuelto en una
polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos
amantes: él, moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de
esas que gustan de tocar las mujeres; ella, rubia -¡un verso de
Goethe!-, vestida con un traje gris lustroso, y en el pecho una rosa
fresca, como su boca roja que pedía el beso.
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