Rubén Darío
Por la noche, sonando aún en sus
oídos la música del Odeón y los parlamentos de Astol; de vuelta de las
calles donde escuchara el ruido de los coches y la triste melopea de los
«tortilleros», aquel soñador se encontraba en su mesa de trabajo, donde
las cuartillas inmaculadas estaban esperando las silvas y los sonetos
de costumbre a las mujeres dé los ojos ardientes.
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La
cabeza del poeta lírico era una orgía de colores y de sonidos. Resonaban
en las concavidades de aquel cerebro martilleos de cíclopes, himnos al
son de tímpanos sonoros, fanfarrias bárbaras, risas cristalinas, gorjeos
de pájaros, batir de alas y estallar de besos, todo como en ritmos
locos y revueltos. Y los colores agrupados estaban como pétalos de
capullos distintos confundidos en una bandeja, o como la endiablada
mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor..
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