Sonó el teléfono a medianoche y desde lo profundo del sueño desperté. Yo me dije: es el milagro. Rápidamente me levanté y contesté. “¿Quién habla?”, me preguntaron del otro lado. Diciendo mi nombre, respondí, con la voz anhelante, quebrada de soledad y sueño, seca. Como si las aguas del mar entraran de pronto mojando piadosamente un yermo de cruces y sepulturas, volvieron de nuevo a preguntarme del otro lado de la línea, “¿quién habla?”, y yo repetí otra vez (más alto), las sílabas de mi nombre. En la desierta plazoleta que se miraba desde la ventana sólo se escuchaba la respiración de la noche. Un tren solitario se oía pasar con un retemblor de puentes en las distancias. Después de un largo rato de silencio envuelto en el misterio (cuando la mujer abre los ojos y la vence la luna), una voz lejana dijo al fin: “número equivocado” y colgó.
Cuentos de escritores nicaragüenses. Leyendas populares de Nicaragua.
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