domingo, 13 de marzo de 2022

Verónica

 Rubén Darío

Fray Tomás de la Pasión era un espíritu perturbado por el demonio de la ciencia. Flaco, anguloso, nervioso, pálido, dividía sus horas del convento entre la oración, la disciplina y el laboratorio. Había estudiado las ciencias ocultas antiguas, nombraba con cierto énfasis, en las conversaciones del refectorio, a Paracelso y a Alberto el Grande, y admiraba a ese otro fraile Schwartz, que nos hizo el favor de mezclar el salitre con el azufre.

Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas iniciaciones astrológicas y quirománticas; ella le desviaba de la contemplación y del espíritu de la Escritura; en su alma estaba el mal de la curiosidad, la oración misma era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía caviloso y febril; llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la ciencia constituye sencillamente, en el principio, el arma de la Serpiente; en el fin, la esencial potencia del Antecristo.

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¡Oh, ingnorancia feliz, santa ingnorancia! Fray Tomás de la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que pone un especial nimbo a ciertos mínimos siervos de Dios, entre los esplendores místicos y milagrosos de las hagiografías. Los doctores explican y comentan altamente, como ante los ojos del Espíritu Santo, las almas de amor son de modo mayor glorificadas que las almas de entendimiento. Hello ha pintado, en los sublimes vitraux de sus Fisonomías de santos, a esos beneméritos de la Caridad, a esos favorecidos de la humanidad, a esos seres columbinos, sencillos y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu, bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos y sororales por las puras estrellas del firmamento. Huysmans en el maravilloso libro en que Durtal se convierte, viste de resplandores paradisíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la pocilga la admiración de los coros arcangélicos, el aplauso de las potestades de los cielos. Y fray Tomás de la Pasión no comprendía eso. El creía, creía, con la fe de un verdadero creyente. Mas la curiosidad le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de los secretos de la naturaleza y de la vida. A tal punto, que no comprendía cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo vedado y en lo arcano del universo, era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre.

Llegó a manos de fray Tomás un periódico en que se hablaba detalladamente del descubrimiento del alemán doctor Roentgen, quien había encontrado la manera de fotografiar a través de los cuerpos opacos; supo lo que era el tubo Crookes, la luz catódica, el rayo X. Vio el facsímile de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la figura patente de objetos retratados entre cajas bien cerradas.

No pudo desde ese instante estar tranquilo. ¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos sabios? ¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma imaginación?

En las horas de los rezos y de los cantos, notábanle todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina llama de sangre, ya con los ojos como extáticos, fijos en el cielo o clavados en la tierra. Y era la obra del pecado que se afianzaba en el fondo de aquel combatido pecho: el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado de Adán junto al árbol de la ciencia del bien y del mal.

Múltiples ideas se agolpaban a la mente del religioso, que no encontraba la manera de adquirir los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría él por ver los peregrinos instrumentos de los sabios nuevos, en su pobre laboratorio de fraile aficionado, y a sacar las anheladas pruebas, hacer los maravillosos ensayos que abrían una nueva era a la sabiduría humana! Si así se caminaba, no sería imposible llega a encontrar la clave del misterio de la vida... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podía pronto el hombre llegar a nuestro cuerpo, bien podía pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas ¿por qué no? aprisionar en las visiones de los éxtasis, y en las manifestaciones de los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas... ¡Si en Lourdes hubiese habido una instantánea, durante el tiempo de la visiones de Bernardette! Si en los momentos en que Jesús o su Madre Santa favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se aplicase la cámara obscura... ¡oh, cómo se convencerían entonces los impíos! ¡cómo triunfaría la religión!...

Así cavilaba, así se estrujaba los sesos el pobre fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.

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Y sucedió que en uno de esos momentos, en uno de los instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a la disciplina y a la oración en la celda, se presentó a su vista uno de los hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.

–Hermano –le dijo–, os he oído decir que deseabais una máquina como esas con que los sabios están maravillando el mundo. Os la he podido conseguir. Aquí la tenéis.

Y depositando el envoltorio en manos del asombrado Tomás, desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que bajo el hábito se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo. Fray Tomás, desde el día del misterioso regalo, consagróse a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la misa, excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle; y todos le veían pasar, extraño y misterioso, y temían por la salud de su cuerpo y de su alma.

Y él ¿qué hacía?

Fotografió una mano suya, frutas, estampas dentro de libros, otras cosas más.

Y una noche, el desgraciado, se atrevió por fin a realizar su pensamiento...

Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados. Penetró en la nave principal, y se dirigió al altar en que, a la luz de una triste lámpara de aceite, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Abrió el tabernáculo. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma. Salió huyendo para su celda.
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Al día siguiente, en la celda de fray Tomás de la Pasión, se hallaba el señor arzobispo delante del padre provincial.

–Ilustrísimo señor –decía éste–, a fray Tomás le hemos encontrado muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios y aparatos creo que le hicieron daño.

–¿Ha visto su reverencia esto? –dijo su señoría ilustrísima, mostrándole una placa fotográfica que recogió del suelo, y en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una terrible mirada en los divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

¡A poblá!

Rubén Darío

El hombre, fatigado, descuidado, con una indumentaria lamentable, está delante de mí. Se aflige, se exalta, maldice su suerte. Yo lo he conocido en Europa. Vivía la vida precaria de los intelectuales pobres y medianos. Hacía, mal que bien, su periodismo. Esperaba su turno para colocar un artículo sin pretensiones o unos versos honestos en ilustraciones populares de homeopáticos emolumentos. Pero, en fin, vivía, más o menos a dieta, con su familia, porque el infeliz se había casado. Luego, le había dado por las ideas de renovación social, y por hablar mal de los prohombres de la prensa y el congreso. . .! Un desastre! Y un buen día, a fuerza de leer que Buenos Aires es una Jauja, en donde las calles están empedradas con libras esterlinas, y que la gente se hacía millonaria dando conferencias, y que se necesitaban europeos para poblar -¡gobernar es poblar!-; nuestro sujeto dejó a su mujer y a sus hijos y se lanzó a los desconocido prometedor, sin más bagaje que su disposición para hacer artículos sin pretensiones y versos honestos. Y así desembarcó un día en la gran urbe argentina, inmigrante intelectual, como él decía. Traía algunas vagas recomendaciones, y ellas le hicieron pensar en l'assiette au beurre, en el empleo público; pero se encontró con que todas las reparticiones le estaban cerradas las puertas.

Y ahora quiero volverme a Europa. Llevo ya un año de luchas. No he podido hacer nada. En los diarios no se me acepta de ninguna manera y ésa era mi principal esperanza.

¡Con decirle que estaba mejor allá!

Señor le dijo, ¿conoce usted el caso del marqués de Apezteguía? El marqués de Apezteguía era un gran señor español que fue a Cuba en tiempos de la dominación peninsular, hace largos años. Era poseedor de una gran fortuna y procuraba el bien y el mejoramiento de la isla bella a donde fuera a establecer su residencia. Por aquel tiempo se empezaba a escribir mucho sobre asuntos de inmigración. Se decía que para el progreso de la agricultura y de la riqueza cubana en general, lo primero que había que hacer era poblar. Y sobre la necesidad de poblar se escribían sendos editoriales y artículos de colaboración en todos los periódicos habaneros. La propaganda fue firme, y se insistió de manera que el marqués de Apezteguía se contagió del entusiasmo general, y, con sus propios medios de fortuna, hizo llegar de España un buen número de familias andaluzas; pues entonces todo era lo mismo y no se habían probado las excelencias de la inmigración vasca, asturiana, gallega, etcétera. Llegaron a la Habana las referidas familias, y el marqués para alojarlas, hizo poner carpas, a lo largo de la costa, frente al espléndido y agitado mar de las Antillas.

Los primeros días pasaron en el descanso del viaje. El noble señor hizo distribuir vituallas, y ellas se consumían, regadas por animadores vinillos de la patria. Las guitarras se hacían oír, y el viento marino llevaba en sus soplos ecos de peteneras, de soleares, de malagueñas, y de todo repertorio de la tierra asoleada y vibrante de Andalucía. Y aquello era alegría perenne y juerga continua. Pasados algunos días, el marqués se dijo que ya habían descansado y se habían divertido lo suficiente sus bulliciosos colonos. Así es que se dirigió a una de las carpas, para hablar con uno de los que hacían cabeza en el grupo inmigrante. 

Fulano le dijo, me parece que ya es tiempo de que vayan ustedes a hacerse cargo de sus tareas. Tengo dispuesta ya la partida de todos para el campo. A trabajar, pues, a trabajar.

¿A qué? dijo asombrado el andaluz. Pues nosotros no vamos, porque no hemos venido para eso.

¿Y a qué entonces, hombres de Dios?

¡Pues a poblá!

No dice la historia lo que resolvería el marqués con aquellas buenas gentes que habían ido simplemente a poblar. Mas la moraleja del sucedido está clara. Usted, mi excelente señor, ha creído que a la Argentina se viene "a poblá"... Y el caso es que lo que se necesita y se desea son hombres que vengan, no solamente a poblar, sino a trabajar. Y a trabajar no en el sentido intelectual, que ya ha producido en la gran capital su considerable proletario, sino a trabajar las tierras, a hacer producir a la pampa alfalfa y trigo. Jauja existe, pero allá adentro, y hay que contar con el esfuerzo constante, y como en todas las cosas, sobre todo, con la buena suerte. Sí, ya sé que usted me señalará casos de artistas, de escritores, de periodistas y aun de algún poeta, que se han sacado el gordo, que han hallado terreno propicio en esta pródiga república; pero éstas son excepciones y han contado o con talentos singulares o bien con apoyos valiosos que les han abierto el camino del bienestar y aun de la relativa fortuna. Y ésos han tenido y tienen que laborar con toda su voluntad y sus potencias, pues la competencia se impone y hay que estar siempre alerta y despierto sobre los laureles conquistados y el puesto conseguido. Las profesiones liberales... Recuerdo que, cuando yo era secretario de un caballero que dirigía una repartición en Buenos Aires, llegaban abogados y doctores en letras ¡inmigración intelectual! a solicitar, muy bien recomendados, aunque fuese un simple empleo de cartero... De éstos ha habido que no han creído absolutamente preciso quedarse en la capital para aumentar la población, poder ir a los teatros y diversiones y ejercer la esgrima financiera. Se han ido a la provincias, a la campaña, han laborado con actividad, echando a un lado diplomas y títulos; se han hecho arados y sembradoras, y Jauja ha venido a su encuentro... Después han cumplido con el deseo de los andaluces del marqués de Apezteguía, se han dedicado a poblar... A fabricar argentinos para mañana, argentinos que harán nuevos pueblos y nuevas ciudades. Fíjese usted cómo se creyó por largo tiempo que los judíos -a pesar de lo que dicen ciertos pasajes del Talmud- eran incapaces de cultivar la tierra y dedicarse al pastoreo; y gracias al barón Hirsch, se ha demostrado lo contrario en las colonias que ha revelado con tan admirable pluma el talento de Alberto Gerchunoff. ¿Por qué no se va usted a probar fortuna, a hacer lo que han hecho los judíos? ¿Por qué no se hace usted colonizar por el señor Blasco Ibáñez, ese ilustre almogávar que enseña con el ejemplo la energía y que pospone las letras a más prácticas empresas?... Usted debe tener aspiraciones, puesto que abandonó el nacional cocido y siguió la senda de los conquistadores... Usted ha oído hablar o ha conocido a los bravos indianos que después de venir en tercera clase y de pasar, como dice usted mismo, las de Caín, han vuelto a su tierra , llenos de millones, y han regalado hospitales, o escuelas, a sus pueblos. Y aunque sean vistos de una manera especial, tienen consigo la bella leyenda del hombre que salió pobre de su terruño y volvió rico de las ciudades fabulosas del otro lado del mar... ¿No le tienta a usted llegar a ser indiano, y cambiar por pingües acciones y títulos las prosas sin pretensiones y los honestos versos? Yo le aseguro que si Dios no me hubiera llevado por otras vías, y si no fuese ya un poco tarde para empezar... ¿Ha visto usted los últimos versos de Eduardo Talero? Eduardo Talero es un gentil poeta lleno de cordura. ¿Usted cree que no los hay? Los hay, sí señor. Talero dejó los bullicios y las agitaciones de esta gran capital, que va para muy más allá que todas las Babilonias, y se dedicó a la sana y tranquila existencial rural.

¿Quiere usted oír bellas cosas? Oiga:

...Al bullicio y las pompas renuncié desde entonces en busca de esta vida, sin fanfarrias ni bronces, que llevo en el desierto, donde ya demagogo no soy, ni por patrañas jurídicas abogo.

Mi corazón ¡el pobre! Averiado del mundo buscó es este remanso del silencio profundo ritmo que modelara la escoria de mis ruinas en los arcos triunfales de estas bellas colinas; o al menos, en la curva de una tumba rural que es ¿por qué no decirlo? postrer arco triunfal.

Aquí soy de mis perros y caballos bienquisto y, aunque huyo de los hombres, me allego a Jesucristo por este humilde trato con sedientas espinas y con la cruz joyante de las noches fueguinas.

Aquí, por obra y gracia de la melancolía me admite en su reinado de luz la fantasía, y en las hialinas torres del cielo patagón, miro los signos que hace nuestro azul pabellón; en los barbechos grises labro mi pan y vino, o filtro de los vientos del jugo cristalino para que el sentimiento sus élitros eleve hasta las soledades piadosas de la nieve...

Y la hermosura lírica continúa siendo al propio tiempo lección y ejemplo de verdadera sabiduría. Dígame usted, señor si no es tentador ir a formar el hogar como esa poeta, como ese filósofo, que es al mismo tiempo un comprendedor de la vida, ir a formar el hogar en recónditos parajes, en donde la naturaleza es la colaboradora del trabajo, en la producción del bienestar, de la comodidad, de la riqueza. Pero para ello hay que tener voluntad y decisión y olvidar un poco y aun mucho la tinta de la imprenta, los halagos de la ciudad, las orillas del Río de la Plata en donde no caben las carpas andaluzas del marqués de Apezteguía... Y así, o se vuelve usted a su tierra vieja, a seguir con las sabidas prosas y los consabidos versos, o se mete, con alma y corazón, tierra adentro, convencido de que ha venido a trabajar, y no "a poblá"...

A una estrella

 Rubén Darío

(Romanza en prosa) 

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!

¡Ya soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor, estoy de rodillas, con los ojos, fijos en tu inefable claridad, estrella mía, que estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma cuando pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en el hermoso príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la espalda él carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me has sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza. ¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado! ¡Está tan lejano tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba vestidura. Te he visto como una pálida Beatriz del firmamento, lírica y amorosa en tu sublime resplandor. ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!

Recuerdo aquella negra noche, ¡oh genio Desaliento!, en que visitase mi cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado en el pobre jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en flor. Tu voz me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra era cortante y fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la Gloria, donde hay que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y desnudo, bajo una eterna granizada; y a oscuras, cerca de hondos abismos, llenos de sombra como la muerte. Me hablaste del vergel Amor, donde es casi imposible cortar una rosa sin morir, porque es rara la flor en que no anida un áspid. Y me dijiste de la terrible y muda esfinge de bronce que está a la entrada de la tumba. Y yo estaba espantado, porque la gloria me había atraído, con su hermosa palma en la mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la vida era para mí encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y ya presa de mi desesperanza, esclavo tuyo, oscuro genio Desaliento, huí de mi triste lugar de labor -donde entre una corte de bardos antiguos y de poetas modernos resplandecía el dios Hugo, en la edición de Hetzel- y busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. ¡Entonces fue, adorable y blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le miraste con tu mirada inefable y le sonreíste, y de tu sonrisa emergía el divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos!

Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oír, quería ser tu amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo. mi etérea y rubia soñadora. Y así desde la Tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte mi ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina sin cesar el prodigio.

Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios.

Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas sonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes.

Otra vez era en una selva oscura, donde poblaban el aire los grillos monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi, sobre los árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la altura hebras de tu cabellera. ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!

Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en que el viento lleva vibraciones de liras eólicas y el eco de los tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu región derrama las perlas armónicas y cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la universal y grandiosa sinfonía que llena la despierta Tierra.

¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes del bosque donde florece el citiso que alegra la égloga! ¡Estrella mía, que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos!

Betún y sangre

Rubén Darío

Todas las mañanas al cantar el alba, saltaba de su pequeño lecho, como un gorrión alegre que deja el nido. Haciendo trompeta con la boca, se empezó a vestir ese día, recorriendo todos los aires que echan al viento por las calles de la ciudad los organillos ambulantes. Se puso las grandes medias de mujer que le había regalado una sirvienta de casa rica, los calzones de casimir a cuadros que le ganó al gringo del hotel, por limpiarle las botas todos los días durante una semana, la camisa remendada, la chaqueta de dril, los zapatos que sonreían por varios lados. Se lavó en una palangana de lata que llenó de agua fresca. Por un ventanillo entraba un haz de rayos de sol que iluminaba el cuartucho destartalado, el catre cojo de la vieja abuela, a quien él, Periquín, llamaba "mamá"; el baúl antiguo forrado de cuero y claveteado de tachuelas de cobre, las estampas, cromos y retratos de santos, San Rafael Arcángel, San Jorge, el Corazón de Jesús, y una oración contra la peste, en un marquito, impresa en un papel arrugado y amarillo por el tiempo. Concluido el tocado, gritó:

–¡Mamá, mi café!

Entró la anciana rezongando, con la taza llena del brebaje negro y un pequeño panecillo. El muchacho bebía a gordos tragos y mascaba a dos carrillos, en tanto que oía las recomendaciones:

–Pagas los chorizos donde la Braulia. ¡Cuidado con andar retozando! Pagas en la carpintería del Canche la pata de la silla, que cuesta real y medio.

¡No te pares en el camino con la boca abierta! Y compras la cecina y traes el chile para el chojín. Luego, con una gran voz dura, voz de regaño: "Antier, cuatro reales; ayer siete reales.

¡Si hoy no traes siquiera un peso, verás qué te sucede!"

A la vieja le vino un acceso de tos. Periquín masculló, encogiéndose de hombros, un ¡cáspitas!, y luego un ¡ah, sí! El ¡ah, sí! de Periquín enojaba a la abuela, y cogió su cajoncillo, con el betún, el pequeño frasco de agua, los tres cepillos; se encasquetó su sombrero averiado y de dos saltos se plantó en la calle trompeteando la marcha de Boulanger: ¡tee-te-re-te-te-te chin!... El sol, que ya brillaba esplendorosamente en el azul de Dios, no pudo menos que sonreír al ver aquella infantil alegría encerrada en el cuerpecito ágil, de doce años; júbilo de pájaro que se cree feliz en medio del enorme bosque.

Subió las escaleras de un hotel. En la puerta de la habitación que tenía el número 1, vio dos pares de botinas. Las unas, eran de becerro común, finas y fuertes, calzado de hombre; las otras, unas botitas diminutas que subían denunciando un delicado tobillo y una gordura ascendente que hubiera hecho meditar a Periquín, limpiabotas, si Periquín hubiera tenido tres años más. Las botitas eran de cabritilla, forradas en seda color de rosa. El chico gritó:

–¡Lustren!

Lo cual no fue ¡sésamo ábrete! para la puerta. Apareció entonces un sirviente del establecimiento que le dijo riendo:

–No se han levantado todavía; son unos recién casados que llegaron anoche de la Antigua. Limpia los del señor; a los otros no se les da lustre; se limpian con un trapo. Yo los voy a limpiar.

El criado les sacudió el polvo, mientras Periquín acometió la tarea de dar lustre al calzado del novio. Ya la marcha del general Boulanger estaba olvidada en aquel tierno cerebro; pero el instinto filarmónico indominable tenía que encontrar la salida y la encontró; el muchacho al compás del cepillo, canturreaba a media voz: Yo vi una flor hermosa, fresca y lozana; pero dejó de cantar para poner el oído atento. En el cuarto sonaba un ruido armonioso y femenino; se desgranaban las perlas sonoras de una carcajada de mujer; se hablaba animadamente y Periquín creía escuchar de cuando en cuando el estallido de un beso. En efecto, un alma de fuego se bebía a intervalos el aliento de una rosa. Al rato se entreabrió la puerta y apareció la cabeza de un hombre joven:

–¿Ya está eso?

–Sí señor.

–Entra.

Entró.

Entró y, por el momento, no pudo ver nada en la semioscuridad del cuarto.

Sí, sintió un perfume, un perfume tibio y "único", mezclado con ciertos efluvios de whiterose, que brotaba en ondas tenues del lecho, una gran cama de matrimonio, donde, cuando sus ojos pudieron ver claro, advirtió en la blancura de las sábanas un rostro casi de niña, coronado por el yelmo de bronce de una cabellera opulenta; y unos brazos rosados tendidos con lánguida pereza sobre el cuerpo que se modelaba.

Cerca de la cama estaban dos, tres, cuatro grandes mundos, todo el equipaje; sobre una silla, una bata de seda plomiza con alamares violeta; en la capotera, un pantalón rojo, una levita de militar, un kepis con galones y una espada con su vaina brillante. El señor estaba de buen humor, porque se fue al lecho y dio un cariñoso golpecito en una cadera a la linda mujer.

–¡Y bien, haragana! ¿Piensas estar todo el día acostada? ¿Café o chocolate? ¡Levántate pronto; tengo que ir a la Mayoría! Ya es tarde. Parece que me quedaré aquí de guarnición. ¡Arriba! Dame un beso.

¡Chis, chás! Dos besos. Él prosiguió:

–¿Por qué no levanta a niña bonita? ¡Vamo a darle uno azote!

Ella se le colgó del cuello, y Periquín pudo ver hebras de oro entre lirios y rosas.

–¡Tengo una pereza! Ya voy a levantarme. ¡Te quedas, por fin aquí! ¡Bendito sea Dios! Maldita guerra. Pásame la bata.

Para ponérsela saltó en camisa, descalza. Estaba allí Periquín; pero qué: un chiquillo. Mas Periquín no le desprendía la mirada, y tenía en la comisura de los labios la fuga de una sonrisa maliciosa. Ella se abotonó la bata, se calzó unas pantuflas, abrió una ventana para que penetrara la oleada de luz del día. Se fijó en el chico y le preguntó:

–¿Cómo te llamas?

–Pedro.

–¿Cuántos años tienes? ¿De dónde eres? ¿Tienes mamá y papá? ¿Y hermanitas? ¿Cuánto ganas en tu oficio todos los días?

Periquín respondía a todas las preguntas. 

El capitán Andrés, el buen mozo recién casado, que se paseaba por el cuarto, sacó de un rincón un par de botas federicas, y con un peso de plata nuevo y reluciente se las dio al muchacho para que las limpiara. Él, muy contento, se puso a la obra. De tanto en tanto, alzaba los ojos y los clavaba en dos cosas que le atraían: la dama y la espada. ¡La dama! ¡Sí! Él encontraba algo de sobrehumano en aquella hermosura que despedía aroma como una flor. En sus doce años, sabía ya ciertos asuntos que le habían referido varios pícaros compañeros. Aquella pubertad naciente sentía el primer formidable soplo del misterio. ¡Y la espada! Esa es la que llevan los militares al cinto. La hoja al sol es como un relámpago de acero. Él había tenido una chiquita, de lata, cuando era más pequeño. Se acordaba de las envidias que había despertado con su arma; de que él era el grande, el primero, cuando con sus amigos jugaba a la guerra; y de que una vez, en riña con un zaparrastroso gordinflón, con su espada le había arañado la barriga.

Miraba la espada y la mujer. ¡Oh, pobre niño! ¡Dos cosas tan terribles!

Salió a la calle satisfecho y al llegar a la plaza de Armas oyó el vibrante clamoreo de los cobres de una fanfarria marcial. Entraba tropa. La guerra había comenzado, guerra tremenda y a muerte. Se llenaban los cuarteles de soldados. Los ciudadanos tomaban el rifle para salvar la patria, hervía la sangre nacional, se alistaban los cañones y los estandartes, se preparaban pertrechos y víveres; los clarines hacían oír sus voces en e y en i; y allá, no muy lejos, en el campo de batalla, entre el humo de la lucha, se emborrachaba la pálida Muerte con su vino rojo...

Periquín vio la entrada de los soldados, oyó la voz de la música guerrera, deseó ser el abanderado, cuando pasó flameando la bandera de azul y blanco; y luego echó a correr como una liebre, sin pensar en limpiar más zapatos en aquel día, camino de su casa. Allá le recibió la vieja regañona:

–¿Y eso ahora? ¿Qué vienes a hacer?

–Tengo un peso – repuso, con orgullo, Periquín.

–A ver. Dámelo.

Él hizo un gesto de satisfacción vanidosa, tiró el cajón del oficio, metió la mano en su bolsillo... y no halló nada. ¡Truenos de Dios! Periquín tembló conmovido: había un agujero en el bolsillo del pantalón. Y entonces la vieja:

–¡Ah, sinvergüenza, bruto, caballo, bestia! ¡Ah, infame!, ¡ah, bandido!, ¡ya vas a ver!

Y, en efecto, agarró un garrote y le dio uno y otro palo al pobrecito:

–¡Por animal, toma! ¡Por mentiroso, toma!

Garrotazo y más garrotazo, hasta que desesperado, llorando, gimiendo, arrancándose los cabellos, se metió el sombrero hasta las orejas, le hizo una mueca de rabia a la "mamá" y salió corriendo como un perro que lleva una lata en la cola. Su cabeza estaba poseída por esta idea: no volver a su casa. Por fin se detuvo a la entrada del mercado. Una frutera conocida le llamó y le dio seis naranjas. Se las comió todas de cólera. Después echó a andar, meditabundo, el desgraciado limpiabotas prófugo, bajo el sol que le calentaba el cerebro, hasta que le dio sueño en un portal, donde, junto al canasto de un buhonero se acostó a descansar y se quedó dormido.

El capitán Andrés recibió orden aquel mismo día de marchar con fuerzas a la frontera. Por la tarde, cuando el sol estaba para caer a Occidente arrastrando su gran cauda bermeja, el capitán, a la cabeza de su tropa, en un caballo negro y nervioso, partía.

La música militar hizo vibrar las notas robustas de una marcha. Periquín se despertó al estruendo, se restregó los ojos, dio un bostezo. Vio los soldados que iban a la campaña, el fusil al hombro, la mochila a la espalda. y al compás de la música echó a andar con ellos. Camina, caminando, llegó hasta las afueras de la ciudad. Entonces una gran idea, una idea luminosísima, surgió en aquella cabecita de pájaro. Periquín iría. ¿Adónde? A la guerra.

¡Qué granizada de plomo, Dios mío! Los soldados del enemigo se batían con desesperación y morían a puñados. Se les habían quitado sus mejores posiciones. El campo estaba lleno de sangre y humo. Las descargas no se interrumpían y el cañoneo llevaba un espantoso compás en aquel áspero concierto de detonaciones. El capitán Andrés peleaba con denuedo en medio de su gente. Se luchó todo el día. Las bajas de unos y otros lados eran innumerables. Al caer la noche se escucharon los clarines que suspendieron el fuego. Se vivaqueó. Se procedió a buscar heridos y a reconocer el campo.

En un corro, formado tras unas piedras, alumbrado por una sola vela de sebo, estaba Periquín acurrucado, con orejas y ojos atentos. Se hablaba de la desaparición del capitán Andrés. Para el muchacho aquel hombre era querido. Aquel señor militar era el que le había dado el peso en el hotel; el que, en el camino, al distinguirle andando en pleno sol, le había llamado y puesto a la grupa de su caballería; el que en el campamento le daba de su rancho y conversaba con él.

–Al capitán no se le encuentra –dijo uno– . El cabo dice que vio cuando le mataron el caballo, que le rodeó un grupo enemigo, y que después no supo más de él.

–¡A saber si está herido! –agregó otro– . ¡Y en qué noche!

La noche no estaba oscura, sí nublada; una de esas noches fúnebres y frías, preferidas por los fantasmas, las larvas y los malos duendes. Había luna opaca. Soplaba un vientecillo mordiente. Allá lejos, en un confín del horizonte, agonizaba una estrella, pálida, a través de una gasa brumosa. Se oían de cuando en cuando los gritos de los centinelas. Mientras, se conversaba en el corro. Periquín desapareció. Él buscaría al capitán Andrés: él lo encontraría al buen señor.

Pasó por un largo trecho que había entre dos achatadas colinas, y antes de llegar al pequeño bosque, no lejano, comenzó a advertir los montones de cadáveres. Llevaba su hermosa idea fija, y no le preocupaba nada la sombra ni el miedo. Pero, por un repentino cambio de ideas, se le vino a la memoria la "mamá" y unos cuentos que ella le contaba para impedir que el chico saliese de casa por la noche. Uno de los cuentos empezaba: "Este era un fraile..."; otro hablaba de un hombre sin cabeza; otro de un muerto de largas uñas que tenía la carne como la cera blanca y por los ojos dos llamas azules y la boca abierta. Periquín tembló. Hasta entonces paró mientes en su situación. Las ramas de los árboles se movían apenas al pasar el aire. La luna logró, por fin, derramar sobre el campo una onda escasa y espectral. Periquín vio entre unos cuantos cadáveres, uno que tenía galones; tembloroso de temor, se acercó a ver si podía reconocer al capitán. Se le erizó el cabello. No era él, sino un teniente que había muerto de un balazo en el cuello; tenía los ojos desmesuradamente abiertos, faz siniestra y, en la boca, un rictus sepulcral y macabro. Por poco se desmaya el chico. Pero huyó pronto de allí, hacia el bosque, donde creyó oír algo como un gemido. A su paso tropezaba con otros tantos muertos, cuyas manos creía sentir agarradas a sus pantalones.

Con el corazón palpitante, desfalleciendo, se apoyó en el tronco de un árbol, donde un grillo empezó a gritarle desde su hendidura:

Y– ¡Periquín! ¡Periquín! ¡Periquín! ¿Qué estás haciendo aquí?

El pobre niño volvió a escuchar el gemido y su esperanza calmó su miedo. Se internó entre los árboles y a poco oyó cerca de sí, bien claramente:

–¡Ay!

Él era, el capitán Andrés, atravesado de tres balazos, tendido sobre un charco de sangre. No pudo hablar. Pero oyó bien la voz trémula:– ¡Capitán, capitán, soy yo!

Probó a incorporarse; apenas pudo. Se quitó con gran esfuerzo un anillo, un anillo de boda, y se lo dio a Periquín, que comprendió... La luna lo veía todo desde allá arriba, en lo profundo de la noche, triste, triste, triste...

Al volver a acostarse, el herido tuvo estremecimientos y expiró. El chico, entonces, sintió amargura, espanto, un nudo en la garganta, y se alejó buscando el campamento.

Cuando volvieron las tropas de la campaña, vino Periquín con ellas. El día de la llegada se oyeron en el hotel X grandes alaridos de mujer, después que entró un chico sucio y vivaz al cuarto número 1. Uno de los criados observó asimismo que la viuda, loca de dolor, abrazaba, bañada en llanto, a Periquín, el famoso limpiabotas, que llegaba día a día gritando: "¡Lustren!", y que el maldito muchacho tenía en los ojos cierta luz de placer, al sentirse abrazado, el rostro junto a la nuca rubia, donde de un florecimiento de oro crespo, surgía un efluvio perfumado y embriagador.

Arte y hielo

Rubén Darío

Imagináosle en medio de su taller, el soberbio escultor, en aquella ciudad soberbia. Todo el mundo podía verle alto, flaco, angulo¬so, con su blusa amarilla a flores rojas, y su gorro ladeado, entre tantas blancas desnudeces, héroes de bronce, hieráticos gestos y misteriosas sonrisas de mármol. Junto a una máscara barbuda, un pie de ninfa o un seno de bacante, y frente a un medallón mo¬derno, la barriga de un Baco, o los ojos sin pupilas de una divi¬nidad olímpica.

Imagináosle orgulloso, vanidoso, febril, ¡pujante!

Imagináosle esclavo de sus nervios, víctima de su carne ardien¬te y de su ansiar profundo, padre de una bella y gallarda genera¬ción inmóvil que le rodeaba y le inspiraba, y pobre como una rata.

¡Imagináosle así!

Villanieve era un lugar hermoso –inútil, inútil, ¡no le bus¬quéis en el mapa!– donde las mujeres eran todas como diosas, erguidas, reales, avasallantes y también glaciales. Muy blancas, muy blancas, como cinceladas en témpanos, y con labios muy rojos que rara vez sonreían. Gustaban de las pedrerías y de los trajes opulentos; y cuando iban por la calle, al ver sus ademanes candentes, sus cabezas rectas y sus pompas, se diría el desfile de una procesión de emperatrices.

En Villanieve estaba el escultor, grande y digno de gloria; y estaba ahí, porque al hombre, como al hongo, no le pide Dios elección de patria. Y en Villanieve nadie sabía lo que era el taller del escultor, ¡aunque muchos le veían!

Un día el artista tuvo un momento de lucidez, y viendo que el pan le faltaba y que el taller estaba lleno de divinidades, envió a una de tantas a buscar pan a la calle.

Diana salió y, con ser casta diva, produjo un ¡ oh! de espanto en la ciudad.

¡Qué! ¿Y era posible que el desnudo fuese un culto especial del arte?
¡Qué! Y esa curva saliente de un brazo, y esa redondez del hombro y ese vientre ¿no son una profanación? Y luego:

–¡Dentro! ¡Dentro! ¡Al taller de donde ha salido!

Y Diana volvió al taller con las manos vacías.

El escultor se puso a meditar en su necesidad.

¡Buena idea! ¡Buena idea!, pensó.

Y corrió a una plaza pública donde concurrían las más lindas mujeres y los hombres mejor peinados, que conocen el último perfume de moda; y ciertos viejos gordos que parecen canónigos y ciertos viejos flacos que cuando andan parece que bailan un minué. Todos con los zapatos puntiagudos y brillantes y un mi¬rar de ¿qué se me da a mí? bastante inefable.

Llegóse al pedestal de una estatua y comenzó: –Señores: yo soy fulano de tal, escultor orgulloso, pero muy pobre. Tengo Venus desnudas o vestidas.

Os advertiré que yo amo el desnudo. Mis Apolos no os des¬agradarán, porque tienen una crin crespa y luminosa de leones sublimes y en las manos una crispatura que parece que hace gemir el instrumento mágico y divino. Mis Dianas son castas, aunque os pese. Además, sus caderas son blandas colinas por donde desciende Amor, y su aire, cinegético. Hay un Néstor de bronce y un Moisés tan augusto como el miguelangelino. Os haré Susanas bíblicas como Hebes mitológicas, y a Hércules con su maza y a Sansón con su mandíbula de asno. Curva o recta, la línea viril o femenina se destacará de mis figuras, y habrá en las venas de mis dioses blancos, icor, y en el metal moreno pondrá sangre mi cincel.

Para vosotras, mujeres queridas, haré sátiros y sirenas, que serán la joya de vuestros tocadores.

Y para vosotros, hombres pomposos, tengo bustos de guerre¬ros, torsos de discóbolos y amazonas desnudas que desjarretan panteras.

Tengo muchas cosas más; pero os advierto que también nece¬sito vivir. He dicho.

Era el día siguiente:

–Deseo –decía una emperatriz de las más pulcras, en su sa¬lón regio, a uno de sus adoradores, que le cubría las manos de besos–, deseo que vayáis a traerme algo de lo más digno de mí, al taller de ese escultor famoso.

Decíalo con una vocecita acariciante y prometedora y no había sino obedecer el mandato de la amada adorable. El caballero ga¬lante –que en esos momentos se enorgullecía de estrenar unos cuellos muy altos llegados por el último vapor– despidióse con una genuflexión y una frase inglesa. ¡Oh! ¡Admirable, así, así! Y saliendo a la calle se dirigió al taller.

Cuando el artista vio aparecer en su morada el gran cuello y los zapatos puntiagudos y sintió el aire impregnado de opopónax, dijo para su coleto: Es un hecho que he encontrado ya la protec¬ción de los admiradores del arte verdadero, que son los pudientes. Los palacios se llenarán de mis obras, mi generación de dioses y héroes va a sentir el aire libre a plena luz, y un viento de gloria llevará mi nombre, y tendré para el pan de todos los días con mi trabajo.

–Aquí hay de todo –exclamó–: escoged.

El enamorado comenzó a pasar revista de toda aquella agru¬pación de maravillas artísticas, y desde el comienzo frunció el ceño con aire de descontentadizo, pero también de inteligente. No, no, esas ninfas necesitan una pampanilla; esas redondeces son una exageración; ese guerrero formidable que levanta su maza ¿no tiene los pies anquilosados? Los músculos rotan; no deben ser así; el gesto es horrible; ¡a esa cabellera salvaje le falta pulimento! Aquel Mercurio, Dios mío, ¿y su hoja de parra? ¿Para qué diablos labra usted esas indecencias?

Y el artista estupefacto miraba aquel homo sapiens de Linneo, que tenía un monocle en la cuenca del ojo derecho, y que lan¬zando una mirada de asombro burlesco, y tomando la puerta, le dijo con el aire de quien inventa la cuadratura del círculo:

–Pero, hombre de Dios, ¿está usted en su juicio?

¡Desencanto!

Y el inteligente, para satisfacer a la caprichosa adoradora, entró a un almacén de importaciones parisienses, donde compró un gran reloj de chimenea que tenía el mérito de representar un árbol con un nido de paloma, donde, a cada media hora, aletea¬ba ese animalito, hecho de madera, haciendo ¡cuú, cuú!

Y era uno de esos días amargos que sólo conocen los artistas pobres, días en que falta el pan ¡mientras se derrochan las ilusio¬nes y las esperanzas! La última estaba para perder el escultor, y hubiera destruido, a golpes del cincel que les había dado vida, todas sus creaciones espléndidas, cuando llamaron a su puerta. Entró con la cabeza alta y el aire dominador, como uno de tantos reyes burgueses que viven podridos en sus millones.

El escultor se adelantó atentamente.

–Señor –le dijo–, os conozco y os doy las gracias porque os dignáis honrar este taller. Estoy a vuestras órdenes. Ved aquí estatuas, medallas, metopas, cariátides, grifos y telamones. Mi¬rad ese Laocoonte que espanta, y aquella Venus que avasalla. ¿Necesitáis acaso una Minerva para vuestra biblioteca? Aquí tenéis a la Atenea que admira. ¿Venís en busca de adornos para vuestros jardines? Contemplad ese sátiro con su descarada risa lasciva y sus pezuñas de cabra. ¿Os place esta gran taza donde he cincelado la metamorfosis acteónica? Ahí está la virgen diosa cazadora como si estuviese viva, inmaculada y blanca. La esta¬tua del viejo Anacreonte está ante vuestros ojos. Toca una lira. ¿Gustáis de ese fauno sonriente que se muestra lleno de gallar¬día? ¿Qué deseáis? Podéis mandar y quedaréis satisfecho...

–Caballero –respondió el visitante, como si no hubiese oído media palabra–, tengo muy buenos troncos árabes, ingleses y normandos. Mis cuadras son excelentes. Ahí hay bestias de todas las razas conocidas, y el edificio es de muchísimo costo. Os he oído recomendar como hábil en la estatuaria, y vengo a en¬cargaros para la portada una buena cabeza de caballo. Hasta la vista.

¡Ira, espanto!... Pero un sileno calmó al artista hablándole con sus labios de mármol desde su pedestal.

–¡Eh, maestro! No te arredres: hazle su busto...

Bouquet

Rubén Darío

La linda Stela, en la frescura de sus quince abriles, pícara y risueña, huelga por el jardín acompañada de una caterva bulliciosa.

Se oye entre las verduras y los follajes trisca y algazara. Querubines de tres, de cuatro, de cinco años, chillan aturden y cortan ramos florecidos. Suena en el jardín como un tropel de mariposas o una alegre bandada de gorriones.

De pronto se dispersan. Cada chiquilla busca su regazo. Stela da a cada cual un dulce y una caricia; besa a su madre, y luego viene a mostrarme, toda encendida y agitada, el manojo de flores que ha cogido.

Sentada cerca de mí, tiene en las faldas una confusión de pétalos y de hojas. Allí hay un pedazo de iris hecho trizas. Es una muchedumbre de colores y una dulce mezcla de perfumes.

Aquella falda es una primavera.

Stela, flor viva, tiene en los labios una rosa diminuta. La púrpura de la rosa se avergüenza de la sangre de la boca.

Por fin me dijo:

–Y bien, amigo mío, usted me ha ofrecido acompañarme en mi revista de flores. Cumpla usted. Aquí hay muchas; son preciosas. ¿Qué me dice de esta azucena? ¡Vaya! ¡Sirva usted de algo!..

Empezamos por esa reina, la rosa. ¡Viejo Aquiles Tacio! Bien dices que si Jove hubiera de elegir un soberano de las flores, ella sería la preferida, como hermosura de las plantas, honra del campo y ojo de Flora.

Hela aquí. Sus pétalos aterciopelados tienen la forma del ala de un amorcillo. En los banquetes de los antiguos griegos, esos pétalos se mezclaban en las ánforas con el vino. ¡Aquí Anacreonte, el dulce cantor de la vejez alegre! Ámbar de los labios, la dice, gozo de las almas. Las Gracias la prefieren, y se adornan con ella en el tiempo del amor. Venus y las Musas la buscan por valiosa y por garrida. La rosa es como la luz en las mesas. De rosa son hechos los brazos de las ninfas y los dedos de la aurora. A Venus, la llaman los poetas rósea.

Luego, el origen de la reina de las flores.

Cuando Venus nació en las espumas, cuando Minerva salió del cerebro del padre de los dioses, Cibeles hizo brotar el rosal primitivo.

Además ¡oh Stela! Has de convencerte de que es ella la mejor urna del rocío, la mejor copa del pájaro y la rival más orgullosa de tus mejillas rosadas.

Esa que has apartado y que tanto te gusta vino de Bengala, lugar de sueños, de perlas, de ojos ardientes y de tigres formidables. De allí fue traída a Europa por el muy noble lord Mac-Artenny, un gran señor amigo de las flores –como tú y como yo.

Junto a la rosa has puesto a la hortensia, que se diría recortada de un trozo de seda, y cuyo color se asemeja al que tienes en las yemas de tus dedos de ninfa.

La hortensia lleva el nombre de la hija de aquella pobre emperatriz Josefina, por razón de que esta gran señora tuvo la primera flor de tal especie que hubo en Francia.

La hortensia es hoy europea, por obra del mismo lord galante de la rosa de Bengala.

Ahí está el lirio, blanco, casi pálido; ¡gracias flor de la pureza!

Los bienaventurados, ante el fuego divino que emerge el trono de Dios, están extáticos, con su corona de luceros y su rama de lirio.

Es la meláncolica flor de las noches de luna. ¡Dícese, Stela, que hay pájaros románticos que en las calladas arboledas cantan amores misteriosos de estrellas y de lirios!...

¡Está aquí la no-me-olvides!

Flor triste, amiga, que es cantada en las lieder alemanas.

Ella y él, amada y amado, van por la orilla de un río, llenos de ilusiones y de dicha.

De pronto, ella ve una flor a la ribera, y la desea. El va, y al cortarla, resbala y se hunde en la corriente. Se siente morir, pero logra arrojar la flor a su querida, y exclama:

–¡No me olvides!

Ahí las lieder.

Es el dulce vergiss mein nicht de los rubios alemanes.

Déjame colocar enseguida la azucena. De su cáliz parece que exhala el aliento de Flora.

¡Flor santa y antigua! La Biblia está sembada de azucenas. El Cantar de los cantares tiene su aroma halagador.

Se me figura que ella era la reina del Paraíso. En la puerta del Edén, debe de haberse respirado fragancia de azucenas.

Suiza tiene la ribera de sus lagos bordada de tan preciadas flores. Es la tierra donde más abundan.

Aquí la camelia ¡oh, Margarita! blanca y bella y avara de perfume.

Está su cuna allá en Oriente, en las tierras de China. Nació junta al melati perfumado. Sus pétalos son inodoros. Es la flor de aquella pobre María Duplessys, que murió de muerte, y que se apellidó La dama de las camelias.

A principios de este siglo un viejo religioso predicaba el Evangelio en China. Por santidad y ciencia, aquel sacerdote era querido y respetado. Pudo internarse en incultas regiones desconocidas. Allí predicó su doctrina y ensanchó su ciencia. Allí descubrió la camelia, flor que ha perpetuado su nombre.

El religioso se llamaba el reverendo Padre Camelín.

¿También azahares?

Es la flor de la castidad. Es la corona de las vírgenes desposadas. Hay una bendición divina en la frente que luce esa guirnalda de las felices bodas.

La santa dicha del hogar recibe a sus favorecidos en el dintel de su templo con una sonrisa del cielo y un ramo de azahares.

Debes gustar de las lilas, Stela. Tienen algo de apacible, con su leve color morado y su agradable aroma, casi enervador.

Las lilas son de Persia, el lejano país de los cuentos de hadas.

Su nombre viene del persa lilang, que significa azulado.

Fue llevada la bella flor a Turquía, y allí se llamó lilae.

En tiempo del rey cristianismo Luis decimocuarto, Noite, su embajador, llevó a Francia la lila.

¡Es una dulce y simpática flor!

Veo que me miras entre celosa y extrañada, por haber echado en olvido a tu preferida.

Deja, deja de celos y de temores; que, en verdad te digo, niña hermosa, desdeñaría todas las rosas y azucenas del mundo por una sola violeta.

Pon a un lado, pues, todas las otras flores, y hablemos de esta amada poderosa.

Bajo su tupido manto de hojas, la besa el aire a escondidas. Ella tiembla, se oculta, y el aire, y la mariposa, y el rayo de sol, se cuelan por ramajes y verdores y la acarician en secreto.

Al primer rumoreo de la aurora, al primer vagido del amanecer, la violeta púdica y sencilla da al viento que pasa su perfume de flor virgen, su contingente de vida en el despertamiento universal.

Hay una flor que la ama.

El pensamiento es el donoso enamorado de la violeta.

Si está lejos, la envía su aroma; si cerca, confunde sus ramas con las de ella.

Y luego, amiga mía, juntas van ¡flores del amor y del recuerdo! en el ojal de la levita, frescas y nuevas, acabadas de cortar, o van secas, entre las hojas santinadas del devocionario que abren blancas y finas manos, y leen ojos azules como los de Minerva, o negros y ardientes, Stela, ¡como esos ojos con que me miras!...

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...