domingo, 13 de marzo de 2022

El año que viene siempre es azul

 Rubén Darío

“El Año que viene siempre es azul”. Así dije en una de las semanas anteriores, y no habría creído que mi frase fuera la causa de una dulce confidencia de mujer.

El año que viene suele ser gris, lectoras, y para vosotras escribo esta demostración de ello. Sencillamente, una historia referida por una asidua amiga de El Heraldo, historia melancólica quizá, seguramente verdadera, y que bien pudiera ser la motivadora de una serie de sonetos, escrita por cualquier nervioso que conozca el ritmo y la prosodia y sea un poco soñador. La historia es ésta.

Había una vez una niña rubia, que muy fácilmente hubiera nacido paloma o lirio, por causa de una dulce humedad que hacía los ojos adorables y una blancura pálida que hacía su frente luminosa y casi paradisíaca.

Cuando esta niña destrenzaba sus cabellos, el sol empapaba de luz las hebras, y cuando se asomaba a la ventana, que daba al jardín, las abejas confundían sus labios con una fresca centifolia.

Tanta hermosura había provocado la factura de gruesos cuadernillos de madrigales; pero el padre, hombre sesudo, tenía la excelente idea de no dejar acercarse a su hija a los poetas.

Llegó el tiempo de la primavera en el primer año en que la hermosa niña vestía de largo.

Por primera vez pensó al ver el azul del cielo, una tarde misteriosa, en que sus oídos escucharían con placer un amoroso ritornelo y en que no está de más un bozo de seda y otro sobre un labio sonrosado.

Después de la primavera con sus revelaciones ardientes llegó el verano, todo calor, despertando los gérmenes, poniendo oro en las espigas, caldeando la tierra con su incendio.

La niña había encontrado el bozo rubio sobre una boca roja; pero no en el salón, en la gran capital, sino a la orilla del mar inmenso, lleno de ondas pérfidas como las mujeres, según Shakespeare, en el puerto donde por la ley del verano llegó la niña que empezaba a despertar a la vida de los deseos amorosos, con los anhelos de una adolescencia en flor.

Tiempo. Los amantes –no os extrañéis, lectoras, ¡y qué os habéis de extrañar! –se comprendieron en un día en que una misma vibración de luz hirió sus pupilas. Una mirada –y esto es lugar común en asuntos de amor– es una declaración.

¡Oh, se amaron mucho! El era joven, virgen el alma como ella. Fue aquello una sublime confidencia mutua, un desgarramiento de los velos íntimos del alma, un “yo te amo” pronunciado por dos bocas en silencio, pero cuyo eco resonó en los dos pechos a la vez.

Se hablaban de lejos con flores. Lengua perfumada y místicamente deliciosa. Una azucena sobre el seno de ella era un mensaje; un botón de rosa en el ojal de la levita de él, era un juramento.

El viento del mar, propicio a los enamorados, les favorecía llevando los suspiros de uno y otro. La naturaleza y el sueño tienen ciertos mensajeros para los corazones que se aman. Un ave puede muy bien llevar un verso, y a Puck, hecho mariposa, le es permitido entregar, sin ruido ni deslumbramiento, un beso de un amado a una amada, o viceversa.

Aquellos amores de lejos fueron profundísimos. En el alma de él había un sol y en la de ella un alba.

Pero el verano partía.

El viejo invierno, con la cabellera blanca de nieve, anunciaba su llegada.

La niña debía partir a la ciudad, al salón donde aparecería por primera vez a los ojos de todos, señorita hecha, con crujidor traje de raso, de esos en que ríe la luz.

Y partió. Pero llevando consigo –¡caso casi increíble!– toda la inefable ilusión que le había llenado el alma en su despertamiento.

El quedó en la vida de la esperanza, agitado, conmovido y soñando en el año venidero.

–¡El año que viene siempre es azul! –pensaría.

La hermosura encontró admiración en la gran capital. Su mano fue solicitada por muchos pretendientes. Pero aquel corazón de mujer fiel y rara tenía su compañero aquí, junto al gran Océano, donde sopla un viento salado y hay ondas pérfidas, como las mujeres, según el poeta inglés.

Y pensaba –¡ella también! – en la dicha del año que viene, del año azul.

Pero Dios dispone unas tristezas tan hondas, que hacen meditar en su infinito amor de abuelo para con los hombres, a veces incomprensible.

La dulce niña se volvió tísica.

De su opulencia, en medio de riqueza y lujo, de sedas, oro y mármol, se la llevó la muerte, como quien arranca una flor de un macetero.

¡La pálida estrella! Aquel encanto se hundió en la sepultura, y la corona de azahares y el velo blanco fueron para la tierra.

La lectora de El Heraldo que me ha referido esta historia fue confidente de la muerta enamorada.

Le reveló su amor al morir y cerró los ojos para siempre, pensando en el amado, que era casi un adolescente, con su sedoso bozo y su primera pasión.

Y la narradora agregó:

–¡Oh! Ese joven es hoy un escéptico y un corazón de hielo. El año que vino fue para él negro.

–¡Si, pero para ella siempre fue azul. Voló a ser rosa celeste, alma sagrada, donde debe de existir el ensueño como realidad, la poesía como lenguaje y como luz el amor!

El cuento de Martín Guerre

Rubén Darío

–¿Es un cuento? –preguntó la señora de Pérez Sedano.

–Una historia –contestó el viejo M. Poirier. Una historia que parece inverosímil. ¿Cómo es posible que una mujer, por muchos años de ausencia que hayan pasado, pueda confundir a su marido con otro hombre?

–Pérez Sedano, recién casado, feliz, sano y jovial, miró a su mujer.

– Imposible! –exclamó ésta poniendo a su vez en él una mirada significativa.

–Yo no conozco el caso –dijo una señorita de la tertulia.

–Pues lo voy a referir una vez más – agregó Mr. Poirier–, tal como lo leí cuando era estudiante de derecho, en el trabajo de Jean de Coras, titulado “De L´arrét mémorable du parlament de Toulouse, contenant une histoire prodigieuse”. Os aseguro que es interesante como una novela. Allá por el año de 1539, se casaron, muy jóvenes y bien enamorados, los llamados Martín Guerre y Bertrande de Rols, en Artigat, diócesi de Rieux, en Gascogne. Vivieron diez años dichosos –fijaos bien, ¡diez había tomado. A lo ocho años se presentó en el lugar un hombre completamente igual a él, él mismo tamaño, las mismas facciones, “las mismas señas particulares”: una cicatriz en la frente, un defecto dental, una mancha en la oreja izquierda, etc. Gran alegría para la mujer abandonada, que le acoge en sus brazos y en su tálamo, y todo fue a maravilla. Pero pasados tres años se supo que este marido de pega se llamaba Arnoult du thil, alias Pansette, que había saido embaucar a toda la gente y principalmente a la esposa de Martín Guerre. El cual se presentó a reclamar sus derechos, y de ahí el proceso. “De veinticinco a treinta testigos, nueve o diez aseguran que el impostor es Martín Guerre, siete u ocho que es Du Thil, y el resto, vacila. Dos testigos afirman que un soldado de Rochefort, no hace mucho tiempo, al pasar por Artigat, asombrado de ver a Du Thil pasar por Martín Guerre, dijo bien alto que era un engañador, pues Martín Guerre, estaba en Flandes, con una pierna de palo, por haber sido mutilado por una bala delante de St. Quentin en la jornada de St. Laurens. Pero casi todos declaran que el acusado, cuando llegó a Artigat, saludaba por su nombre a todos los que encontraba, sin haberlos visto ni conocido nunca. Y a los que decían no conocerle, les recordaba: “¿No te acuerdas cuando estábamos en tal lugar, hace diez, quince o veinte años, que hacíamos tal cosa, en presencia de Fulano, o hablamos tal otra?” Y aun, la primera noche, dijo a su pretendida mujer: “Vete a buscar más calzas blancas, forradas de seda blanca, que dejé en tal cofre cuando partí.” Allí estaban las calzas.

“La corte estaba en perplejidad grande, pero el bueno y poderoso Dios, mostrando que quiere siempre asistir a la justicia y para que un tan prodigioso hecho no quedase oculto y sin castigo, hizo que como por un milagro apareciese el verdadero Martín Guerre, el cual, llegado consignado por el soldado, presentó queja de la impostura. Los comisarios le pidieron en secreto alguna cosa más oculta de aquellas que ni uno ni otro había sido interrogado. Una vez que hubo declarado, se hizo venir al prisionero a quien se le hace el mismo interrogatorio. Respondió del mismo modo que el otro, lo que asombró a la compañía e hizo creer que Du Thil sabía algo de magia. “Había, en verdad, gran razón de pensar –dice, en sus curiosas anotaciones sobre este proceso, Jean de Coras, hombre desde luego profundamente instruido– había gran razón de pensar que este prevenido tuviese algún espíritu familiar. No hay que dudar de que entre las prodigiosas y abominables tiranías que Satán, desde la creación del mundo, ha cruelmente ejercido contra los hombres para enlazarlos y atraerlos a su reino, no haya tenido un gran almacén de magia, abierto tienda a tal mercadería, y dado de ella a infinitos hombres tan largamente que se hay hecho reverenciar de muchos con grande maravilla, persuadiéndoles de que todo es factible por medio de la virtud mágica.”

“Los comisarios hicieron venir a Bertrande, la cual, de pronto, después de haber puesto los ojos en el recién llegado, desolada y trémula como la hoja agitada por el viento, con el rostro bañado en lágrimas, corrió a abrazarle, pidiéndole perdón de la falta que, por imprudencia y llevada de seducciones, imposturas y cautelas de Du Thil había cometido y acusó a las hermanas de Martín, sobre todo, que habían demasiado fácilmente creído y asegurado que el prisionero era su hermano.

“El recién venido, habiendo llorado al encontrarse con sus hermanos, a pesar de los llantos y gemidos extremos de Bertrande, no mostró un solo signo de dolor o tristeza, y, al contrario, una austera y huraña continencia. Y sin dignarse mirarla, dijole: “Dejad aparte esos lloros de los cuales ni puedo ni debo conmoverme, y no os excuséis con mis hermanas, pues ni padre, ni madre, hermanos y hermanas no deben conocer a su hijo, o hermano, como la esposa debe conocer al marido, y nadie tiene más culpa que vos”. Sobre lo cual los comisarios intentarion acusar a Bertrande; pero, en este primer encuentro, no pudieron nunca ablandar el corazón de Martín, ni quitarle su austeridad.

“El impostor Du Thil, una vez descubierto, sufrió la siguiente sentencia: “La corte... ha condenado a Du Thil a hacer confesión honorable ante la iglesia de Artigat; y allí, de rodillas y en camisa, cabeza y pies desnudos, con la cuerda al cuello y teniendo en sus manos una antorcha de cera ardiente, pedir pedón a Dios, al rey y a la justicia, a los dichos Martín Guerre y Bertrande. Y esto hecho, será Du Thil entregado en manos del ejecutor de la alta justicia, que le hará hacer las vueltas por las calles y lugares acostrumbrados del dicho lugar de Artigat; y, la cuerda, al cuello, lo llevará ante la casa de Martín Guerre, para allí, en una horca, ser colgado y estrangulado, y después quemado su cuerpo... Pronunciado el 12º. Día de septiembre de 1560.”

“El condenado, llevando de la conserjería al lugar de Artigat, fue oído por el juez de Rieux, delante el cual confesó largamente su culpa. Sin embargo, declaró que lo que le había dado la primera ocasión al proyectar su empresa, había sido que siete u ocho años antes, a su vuelta del campo de Picardía, algunos lo tomaban por Martín Guerre, del cual habían sido íntimos amigos y familiares, y considerando que así podrían equivocarse muchos otros, se le ocurrió inquirir e informarse, lo más cautamente que pudiera, de la profesión de Martín, de su mujer, de sus parientes, de lo que él solía decir y hacer antes de irse; negando siempre, sin embargo, ser nigromante, ni haber usado encantos, encantamientos o alguna especie de magia. Por lo demás, confesó haber sido fort mauvais garnement de todas maneras. Estando para subir a la horca, pidió perdón a Martín y a Bertrande, con grandes muestras de arrepentimiento y detestación de su hecho, pidiendo a gritos a Dios misericordia por su hijo Jesucristo. Y fue ejecutado, colgado su cuerpo y después quemado.

¡Interesantísimo! –exclamaron todos.

–Y pensar –dijo con cierto retintin la ácida Mme. Poirier– que tal vez habría congeniado mejor con el otro!

–Por lo que toca a mi mujercita –concluyó Pérez Sedano– creo que, por mucho que hiciera el impostor, jamás me confundiría con otro...

Y la señora de Pérez Sedano aprobó riendo lo que decía su marido; pero se puso toda ruborosa como una rosa...  

El Dios bueno

 Rubén Darío

CUENTO QUE PARECE BLASFEMO PERO NO LO ES

Todos los niños del hospicio habían ya rezado después de la taza de chocolate. A los más pequeños les habían persignado las hermanas de la caridad. En la gran sala, alumbrada por una farola de gas, colocada en un extremo, flotaba el aliento acompañado del sueño, exhalándose en las camitas que tenían de nido y de cuna. La hermana Adela vigilaba.

¡La buena hermana Adela! Al muchacho que tenía descubiertos los piececitos, se los cobijaba con la sábana blanca. Al que se había acostado con una mano sobre el corazón, se la quitaba de allí, y le ponía tendido sobre el lado derecho, porque así se duerme bien y no se tienen pesadillas. A cada cual vigilaba la hermana con gran cuidado; al rubeicito Jorge, que tenía los cabellos dorados y las más preciosas manos infantiles; al gordiflon Roberto, una delicia por su gracia; a la dulce perlita Estefanía, que era la que con lindos dientes reía en el jardín, los brazos al cielo, fresca, tierna y alegre, bajo un rosal; ¿a cuántos niños más? Ah, a la incomparable Lea, que era pálida y apacible, y en el juego del recreo la más formal, y rezaba más bellamente, como un pequeño ángel, con las manos juntas, al buen señor Dios, a la hora de acostarse, cuando su espesa cabellera negra manchaba con su negrura la cándida camisa de la chiquilla escuelera.

¡Ninguna como esta adorable pequeña! Era la más amada de las huérfanas inocentes, que vivían en aquella casa de caridad, bendido kinder-garten de miniaturas humanas, donde las risas desbordadas, sonaban como canciones locas de pájaros nuevos, en una pajarera encantadora. El día domingo, cuando iban de paseo todos los chicos del hospicio, llamaba la atención Lea, seria cuellierguida, sonriente, con una suave e innata majestad de princesa colibrí. ¡Y era de ver a la vuelta, cómo traían sus naranjas dorada, sus ramos de flores del campo, sus lirios y sus rosas! La hermana Adela queríala mucho, porque no era como otras que le decían impertinencias: “Hermana Adela, ¿por qué tenéis la cabeza rapada como el mozo que nos lleva la leche? Antes bien le decía cosas sencillas y puras: “Hermana Adela, ¿me permitís dar mis violetas a la cieguita que está en la esquina cantando su canción?” Otras veces, cuando iban a la misa, en la capilla, fragante de incienso, donde estaba el altar flamante, y el órgano místico y sonoro, y donde el cura viejo y santo alzaba la custodia, Lea estaba religiosos; el sacerdote vestido con su casulla de blanco y oro, bebía en un cáliz de oro también. Todos estaban de rodillas ante él.

Lea decía allí adentro de su cabecita de gorrión recién nacido al sol: La hostia es santa, blanca y redonda; el padre tiene una corona en la cabeza, como la hostia; el bebe en una copa de oro; cuando él alza la custodia tres veces sobre su frente, me está mirando el buen Dios, que me ama, y me ha dado mi cama suave, la leche fresca por la mañana, la muñeca en el día, el chocolate por la noche: así dice la hermana Adela, ¡Oh buen Dios!.

¡Y cuando la plática del señor cura! Era después de la comunión. Allí él, sencillo, ofreciendo sonrisas, procuraba llegar con su palabra a la comprensión de aquellos pequeñines: Tenéis todos una madre, hijos míos, aunque os falta la natural. Es una divina mujer que está allá en el cielo y también en el altar donde digo la misa. Es aquella que está sobre una media luna, con un manto azul, rodeado de cabecitas de niños rosados como vosotros, y que tienen alas. Ella es amorosa, es maternal y os bendice. ¡ vuestro p adre es el padre celestial, es el buen Dios!.

¡Cómo amaban y comprendían ellos al “padre celestial” a la dulce María Santa, bella y gloriosa, imaginada por el gran Murillo! Y Lea, sobre todo, se fijaba en el “buen Dios”, que estaba allá en la capilla, en un retablo, todo soberbio y venerable; un gran anciano de barbas blancas, el Padre Eterno, que tenía los brazos abiertos sobre el mundo, un triángulo de luz en la cabeza, los pies sobre las nuebes, lleno de ternura y de majestad, ¡como un abuelo!.

Cuando ella iba a su lecho, pequeño y tibio como para que se echase en él una paloma, pensaba en todos los bienes de que se gozaba por el abuelo del cielo, el de la capilla, el que había creado el azul, los pájaros, la leche, las muñecas, la casulla del cura, y la hermana Adela que la persignaba y arrullaba a modo de una madre de verdad.

Las doce. Clara noche.

La hermana se había puesto a rezar: Por la guerra. Porque nos quites ¡oh, Dios mío! Esta horrible tormenta. ¡Porque cese la furia de los hombres malos! ¡Porque respeten nuestra capilla, nuestra bandera con su cruz!.

La bandera estaba ya puesta desde el principio de la toma de ciudad, en lo alto del hospicio. La guerra era la más sangrienta y espantosa que había visto el país, se sabía de saqueos, de incendios, de violaciones, de asesinatos horrorosos. Las hermanas de la caridad que dirigían el hospicio habían pedido a los devastadores que se les respetase con sus niños. Así se les había ofrecido. Habían colocado, pues, su bandera: una gran bandera blanca con una cruz roja.

Cuando al caer la tarde, la hermana Adela supo la noticia de que había bombardeo, a la hora del chocolate dijo a todos los chiquillos: Hijos míos, oremos. Siempre oraban antes de comer. De pronto se empezaron a oír lejanos cañonazos. Todos los niños estaban alegres en la mesa, menos Lea. A poco le dijo a la hermana: ¿Oye, hermana? Truena. Otra dijo: Es la guerra. La hermana volvió a ordenar: Niños míos, oremos.

A lo lejos se oían gritos, ruido de gentes en lucha; retumbaba la voz del bronce. Arriba, en el cielo, en la pureza del azul infinito, una luna clara y argentina, en todo su esplendor, derramaba su luz; pálida, indiferente, alumbraba las miserias de la tierra.

¡Dios te salve, María, llena eres de gracia!... Ya se había levantado, a media noche, la hermana Adela, cuando vio caer la primera bomba en el patio del hospicio. ¡El bombardeo! Luego esos bandidos, esos herodes, sacrificarían en su furia y en su venganza a los inocentes. Pasaban con ruido siniestro e infernal, las granadas en el aire. La bandera con la cruz que estaba sobre el hospicio, era como una pobre y grande ave ideal, delante del espantoso proyectil del bronce inicuo. Allá, no lejos, se oían estallar las bombas y vibrar tristemente los ayes de los heridos. Una, ora casa, se envolvía en llamas. El cielo reflejaba el incendio, Dios te Salve, María... La hermana Adela fue y vio las camas de los niños donde en cada una de ellas, alentaba una delicada flor de infancia, llena de aroma divino.

Abrió una ventana y vio como por la calle iban en larga carrera gentes sangrientas y desesperadas, soldados heridos que desfallecían, mujeres desmelenadas con sus hijos en los brazos, a la luz implacable del incendio.

Entonces fue cuando empezaron a caer granadas en el recinto en que dormían los niños. ¡Que respeto a la bandera santa! ¡Que cruz roja! ¡Que la inocencia! Cayó la primera y saltaron dos camitas despedazadas, dos niños muertos en su sueño. Y siguieron cayendo en lluvia tremenda las criminales; y la hermana Adela gemía, porque la muerte no viene nunca así para los pobres inocentes y por eso era como un olvido del cielo para con las rosas vivas que perfumaban aquellas cunas-nidos. Despertaron los chicos al estruendo y se pusieron a llorar, en tanto que la hermana oraba con su rosario en la mano. Granada tras granada, el edificio se iba destruyendo por partes. Al fin se incendió el hospicio. Locas todas las guardianas y maestras de los niños quisieron salvar a los que pudieron tomar en brazos, azorados en su súbito despertar, soñolientos y desnudos.

La hermana Adela corrió a la camita de Lea, donde ya la niña estaba de rodillas, orando al señor anciano de la capilla, que era tan bueno, que hizo el sol y la leche y las frescas flores de mayo; orado por aquello que no comprendía, por aquella tempestad de fuego, por aquella sangre, por aquellos gemidos... Oh, el “buen Dios” no permitiría que fuese así, como ella se lo rogase...

Pero al acercarse la hermana Adela, que la iba a socorrer, cayó cerca otra bomba que hirió a la religiosa, ensangrentando su traje de algodón azul y su corneta de lino blanco.

Con los ojos abiertos en redondo, poseída de algo sobrehumano, la pequeña Lea se alzó de pronto sobre su colchón, y con una voz que helaría de espanto a un hombre de piedra, exclamó retorciendo sus bracitos y mirando hacia arriba:

¡Oh, buen Dios! ¡No seas malo!...

El humo de la pipa

Rubén Darío

Acabamos de comer.

Lejos del salón donde sonaban cuchicheos tugaces, palabras cristalinas –habría damas-, yo estaba en el gabinete de mi amigo Franklin, hombre joven que piensa mucho, y tiene los ojos soñadores y las palabras amables.

El champaña dorado me había puesto alegría n la lengua y luz en la cabeza. Reclinado en un sillón, pensaba n cosas lejanas y dulces que uno desea tocar. Era un desvanecimiento auroral, y yo era feliz, con mis ojos entrecerrados.

De pronto, colgada de la pared vi una de esas pipas delgadas, que gustan a ciertos aficionados, suficientemente larga, para sentarle bien a una cabeza de turco, y suficientemente corta para satisfacer a un estudiante alemán.

Gárgola mi amigo, la acerqué a mis labios.

¡En aquellos momentos me sentía un baja!

Arrojé al aire fresco la primera bocanada de humo.

¡Oh, mi Oriente deseado, por quien sufro la nostalgia de lo desconocido!

Pasó él a mi vista, entre aquella opacidad nebulosa que flotaba delante de mí como un velo sutil que envolviese un espíritu. Era una mujer muy blanca que sonreía con labios venusinos y sangrientos como una rosa roja. Eran unos tapices negros y amarillos, y una esclava circasiana que danzaba descalza, levantando los brazos con indolencia. Y érase un gran viejo hermoso como un Abrahán, con un traje rosa, opulento y crujidor, y un turbante blanco, y una barba espesa, más blanca todavía, que le descendía hasta cerca de la cintura.

El viejo pasó, el baile concluyó.

Solos la mujer de labios sangrientos y yo, ella me cantaba en su lengua arábiga unas como melopeas desfallecientes, y tejía cordones de crines de oro, echado cerca, miraba pensativo la lluvia del sol que caía en un patio enlosado de mármol donde había rosales y manzanos.

Y deshizo el viento la primera bocanada de humo desapareciendo en tal instante un negro gigantesco que me traía, cálida y olorosa, una taza de café.

Arrojé la segunda bocanada.

Frío. El Rhin, bajo un cielo opaco. Venían ecos de la selva, y con el ruido del agua formaban para mis oídos extrañas y misteriosas melodías que concluían casi al empezar, fragmentos de strausses locos, fugas wagnerianas, o tristes acordes del divino Chopin. Allá arriba apareció la luna, pálida y amortiguada. Se besaron en el aire dos suspiros del pino y de la palmera. Yo sentía mucho amor y andaba en busca de una ilusión que se me había perdido. De lo negro del bosque vinieron a mí unos enanos que tenían caperuzas encarnadas y en las cinturas pendientes unos cuernos de marfil. Tú que andas en busca de una ilusión –me dijeron–, ¿quieres verla por un momento?

Y los seguí a una gruta de donde emergía una luz alba y un olor de violeta. Y allí vi a mi ilusión. Era melancólica y rubia. Su larga cabellera, como un manto de reina.

Delgada y vestida de blanco, y esbelta y luminosa la deseada, tenía de la visión y del ensueño. Sonreía, y su sonrisa hacía pensar en puros y paradisíacos besos.

Tras ella, la mujer adorable, creí percibir dos alas como las de los arcángeles bíblicos.

La hablé y brotaron de mi lengua versos desconocidos y encantadores que salían solos y enamorados del alma.

Ella se adelantaba tendiéndome sus brazos.

–¡Oh –le dije–, por fin te he encontrado y ya nunca me dejarás!

Nuestros labios se iban a confundir, pero la bocana se extinguió perdiéndose ante mi vista la figura ideal y el tropel de enanos que soplaban sus cuernos en la fuga.

La tercera bocanada, plomiza y con amontonamiento de cúmulus, vino a quedar casi fija frente a mis ojos.

Era un lago lleno de islas bajo el cielo tropical. Sobre el agua azul había un lago lleno de islas bajo el cielo tropical. Sobre el agua azul había garzas blancas, y de las islas verdes se levantaba al fuego del sol como una tumultuosa y embriagante confusión de perfumes salvajes.

En una barca nueva iba yo bogando camino de una de las islas, y una mujer morena, cerca, muy cerca de mí. Y en sus ojos todas las promesas, y en sus labios todos los ardores, y en su boca todas las mieles. Su aroma, como de azucena viva; y ella cantaba como una niña alocada, al son del remo que partiendo las olas y chorreando espumas que plateaba el día. Arribamos a la isla, y los pájaros al vernos se pusieron a gritar a coro: «¡Qué felicidad! ¡Que felicidad!» Pasamos cerca de un arroyo y también exclamó con su voz argentina: «¡Qué felicidad!» yo cortaba flores rústicas a la mujer morena, y con el ardor de las caricias las flores se marchitaban presto, diciendo también ellas: «¡Qué felicidad!» y todo se disolvió con la tercera bocanada, como en un telón de silforama.

En la cuarta vi un gran laurel, todo reverdecido y frondoso, y en el laurel un arpa que sonaba sola. Sus notas pusieron estremecimiento en mi ser, porque con su voz armónica decía el arpa: 

«¡Gloria, gloria!»

Sobre el arpa había un clarín de bronce que sonaba con el estruendo de la voz de todos los hombres al unísono, y debajo del arpa tenía nido una paloma blanca. Alrededor del árbol y cerca de su pie, había un zarzal lleno de espinas agudísimas, y en las espinas sangre de los que se habían acercado al gran laurel. Vi a muchos que delante de mí luchaban destrozándose, y cuando alguno, tras tantas bregas y martirios, lograba acercarse y gozar de aquella sagrada sombra, sonaba el clarín a los cuatro vientos.

Y a la gigantesca clarinada, llegaban a revolar sobre la cumbre del laurel todas las águilas de los contornos.

Entonces quise llegar yo también. Lancéme a buscar el abrigo de aquellas ramas. Oía voces que me decían: «¡Ven!», mientras que iban quedando en las zarzas y abrojos mis carnes desgarradas. Desangrado, débil, abatido, pero siempre pensando en la esperanza, juntaba todos mis esfuerzos por desprenderme de aquellos horribles tormentos, cuando se deshizo la cuarta bocanada de humo.

Lancé la quinta. Era la primavera. Yo vagaba por una selva maravillosa, cuando de pronto vi que sobre el césped estaban bajo el ancho cielo azul todas las hadas reunidas en conciliábulo. Presidía la madrina Mab. ¡Qué de hermosuras! ¡Cuántas frentes coronadas por una estrella! ¡Y yo profanaba con mis miradas tan secretas y escondida reunión! Cuando me notaron, cada cual propuso un castigo. Una dijo: -Dejémosle ciego. Otra: –Tornémosle de piedra. –Que se convierta en árbol. –Conduzcámosle al reino de los monos. –Sea azotado doscientos años en un subterráneo por un esclavo negro. –Sufra la suerte del príncipe Camaralzamán. –Pongámosle prisionero en el fondo del mar...

Yo esperaba la tremenda hora del fallo decisivo. ¿Qué suerte me tocaría? Casi todas las hadas habían dado su opinión. Faltaban tan solamente el hada Fatalidad y la reina Mab.

¡Oh, la terrible hada Fatalidad! Es la más cruel de todas, porque entre tantas bellezas, ella es arrugada, gibosa, bizca, coja, espantosa.

Se adelantó riendo con risa horrible. Todos las hadas le temen un poco. Es formidable. –no –dijo, nada de lo que habéis dicho vale la pena. Esos sufrimientos son pocos, porque con todos ellos puede llegar a ser amado. ¿No sabéis la historia de la princesa que se prendó locamente de un pájaro, y la del príncipe que adoró una estatua de mármol y hielo? Sea condenado, pues, a no ser amado nunca, y a caminar en carrera rápida el camino del amor, sin detenerse jamás. El hada Fatalidad se impuso. Quedé condenado, y fuéronse todas agitando sus varitas argentinas. Mab se compadeció de mí. Para que sufras menos –me dijo- toma este amuleto en que está grabada por un genio la gran palabra.

Leí: Esperanza.

Entonces comenzó a cumplirse la sentencia. Un látigo de oro me hostigaba, y una voz me decía: 

¡Anda! Y sentía mucho amor, mucho amor, y no podía detenerme a calmar esa sed. Todo el bosque me hablaba. –Yo soy amada –me decía una palmera estremeciendo sus hojas. –Soy amada –me decía una tórtola en su nido. –Soy amado cantaba el ruiseñor. –Soy amado –rugía el tigre. Y todos los animales de la tierra y todos los peces del mar y todos los pájaros del aire repetían en coro a mis oídos: ¡Soy amado! Y la misma gran madre, la tierra fecunda y morena, me decía temblando bajo el beso del sol: -¡Yo soy amada! Corría, volaba, y siempre con la insaciable sed. Y sonaba hiriendo la áurea huasca y repetía: ¡Anda! La siniestra voz. Y pasé por las ciudades. Y oía ruido de besos y suspiros. Todos, desde los ancianos a los niños, exclamaban: 

¡Soy amado! Y las desposadas me mostraban desde lejos sus ramas de azahares.

Y yo gritaba: ¡Tengo sed! Y el mundo era sordo.

Tan sólo me reanimaba llevando a mis labios mi frío amuleto.

Y seguí, seguí...

La quinta bocanada se la había deshecho el viento.

Floto la sexta

Volví a sentir el látigo y la misma voz. ¡Anduve!

Lancé la séptima. Vi un hoyo negro cavado en la tierra, y dentro un ataúd.

Una risa perlada y lejana de mujer me hizo abrir los ojos.

La pipa se había apagado.

Thanathopia

Rubén Darío

–Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria.

(James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó)”

–Os habéis reído de mí y de los que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono, porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William.

No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito en ninguna ciudad adonde llego, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

Tengo el horror de la que ¡oh Dios! tendré que nombrar: de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver... Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre; el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto... Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.

Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque... Poned atención.

(Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)

–Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso para conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos.

Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No nos diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.

Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna... ¡Oh, cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz luna, los álamos, los cipreses... ¿por qué había cipreses en el colegio? ..., y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector... ¿para qué criaba lechuzas el rector? ... Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: «James». ¡Oh voz!

****
Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él; alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él.

Llegó más amable que otras veces; y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad para conmigo. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza... Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

–He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además –quería decirte–, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesitaba un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo.

¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía... ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable blue-stocking, o una cruel sabionda, o una bruja... Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado...

No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición, tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.

Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes.

Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardas, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Grabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía.

–La verás luego... Que la has de ver es seguro... James, mi hijito James, adiós. Te digo que la verás luego... 
****
Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía, my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago... Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió una candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación.

Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos: apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.

–Vamos, hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.

Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.

Ella...

Y mi padre:

–¡Acércate, mi pequeño James, acércate!

Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano... Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: «¡James!»

Tendí mi mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría... Y la mujer no me miraba. Balbucié un saludo, un cumplimiento.

Y mi padre:

–Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, nuestro muy amado James. Mírale; aquí le tienes; ya es tu hijo también.

Y mi madrastra me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor... no os lo quiero decir... porque ya lo sabéis, y os protesto; lo discuto aún: me eriza los cabellos.

Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:

–James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca...

No pude más. Grité:

–¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!

Oí la voz de mi padre:

–¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.

–No –grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre–. Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta! 

El sátiro y el centauro

Rubén Darío

I
Ciento veintinueve años habían pasado después de que Valeriano y Decio, crueles emperadores, mostraron la bárbara furia de sus persecuciones, sacrificando a los hijos de Cristo, y sucedió que un día de claro azul, cerca de un arroyo en la Tebaida, se encontraron frente a frente un sátiro y un centauro.

(La existencia de estos dos seres está comprobada con testimonios de santos y sabios.)

Ambos iban sedientos bajo el claro cielo, y apagaron su sed: el centauro, cogiendo el agua en el hueco de la mano; el sátiro, inclinándose sobre la linfa para sorberla.

Después hablaron de esta manera:

–No ha mucho –dijo el primero–, viniendo por el lado del Norte, he visto a un ser divino, quizá Júpiter mismo, bajo el disfraz de un bello anciano.

Sus ojos eran penetrantes y poderosos; su gran barba blanca le cala a la cintura; caminaba despaciosamente, apoyado en un tosco bordón. Al verme, se dirigió hacia mí, hizo un signo extraño con la diestra y sentíle tan grande como si pudiese enviar a voluntad el rayo del Olimpo. No de otro modo quedé que si tuviese ante la mirada mía al padre de los dioses. Hablóme en una lengua extraña, que, no obstante, comprendí. Buscaba una senda por mí ignorada, pero que sin saber cómo pude indicarle, obedeciendo a raro o desconocido poder.

Tal miedo sentí, que antes de que Júpiter siguiera su camino, corrí locamente por la vasta llanura, vientre a tierra y cabellera al aire.

II

–¡Ah! –exclamó el sátiro–. ¿Tú ignoras acaso que una aurora nueva abre las puertas del Oriente, y que los dioses todos han caído delante de otro Dios más fuerte y más grande? El anciano que tú has visto no era Júpiter; no es ningún ser olímpico. Es un enviado del Dios nuevo.

Esta mañana, al salir el sol, estábamos en el monte cercano los que aún quedaban del antes inmenso ejército caprípedo.

Hemos clamado a los cuatro vientos llamando a Pan, y apenas el eco ha respondido a nuestra voz. Nuestras zampoñas no suenan ya como en los pasados días, y a través de las hojas y ramajes no hemos visto una sola ninfa de rosa y mármol vivos como las que eran antes nuestro encanto. La muerte nos persigue. Todos hemos tendido nuestros brazos velludos y hemos inclinado nuestras pobres testas cornudas pidiendo amparo al que se anuncia como único Dios inmortal.

Yo también he visto a ese anciano de la barba blanca, delante del cual has sentido en influjo de un desconocido poder. Ha pocas horas, en el vecino valle, encontréle apoyado en un bordón murmurando plegarlas, vestido de una áspera tela, ceñidos los riñones con una cuerda. Te juro que era más hermoso que Homero, que hablaba con los dioses –y tenía también larga barba de nieve.

Yo tenía en mis manos, a la sazón, miel y dátiles. Ofrecíle y gustó de ellos como un mortal. Hablóme, y le comprendí sin saber su lenguaje. Quiso saber quién era yo, y díjele que enviado de mis compañeros en busca del gran Dios, y rogábale intercediese por nosotros.

Lloró de gozo el anciano, y sobre todas sus palabras y gemidos resonaba en mis oídos, con armonía arcana, esta palabra: ¡Cristo! Después levantó sus imprecaciones sobre Alejandría, y yo también como tú, temeroso, huí rápidamente como pueden ayudarme mis patas de cabra.

III
Entonces, el centauro sintió caer por su rostro lágrimas copiosas. Lloró por el viejo paganismo muerto; pero también, lleno de una fe recién nacida, lloró conmovido al aparecimiento de una nueva luz.

Y mientras sus lágrimas caían sobrela tierra negra y fecunda, en la cueva de Pablo el ermitaño se saludaban en Cristo dos cabelleras blancas, dos barbas canas, dos almas señaladas por el Señor. Y como Antonio refiriese al solitario su encuentro con los dos monstruos, y de qué manera llegase a su retiro del yermo, díjole el primero de los eremitas:

–En verdad, hermano, que ambos tendrán su premio; la mitad de ellos pertenecen a las bestias, de las cuales cuida Dios sólo; la otra mitad es el hombre, y la justicia eterna la premia o la castiga.

He aquí que la siringa, la flauta pagana, crecerá más tarde en los tubos de los órganos de las basílicas, por premio al sátiro que buscó a Dios; pues el centauro ha llorado mitad por los dioses antiguos de Grecia y mitad por la nueva fe; sentenciado será a correr mientras viva sobre el haz de la Tierra, hasta que dé un salto portentoso y, en virtud de sus lágrimas, ascienda al cielo azul para quedar para siempre luminoso en la maravilla de las constelaciones.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...