domingo, 13 de marzo de 2022

El perro del ciego

Rubén Darío

(CUENTO PARA NIÑOS)

El perro del ciego no muerde, no hace daño. Es triste y humilde; amable, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer. Yo sé una historia conmovedora que voy a contaros ahora.

Cuando yo era chico tuve un amiguito muy cruel. No le quería bien ninguno de los compañeros porque con todos era áspero y malo. A los menores les pellizcaba y daba golpes; con los gran­des se las entendía a pedradas. Cuando el profesor le castigaba no lloraba nunca. A veces, iracundo, se hacía sangre en los labios y se arrancaba el pelo a puños. Niño odioso.

Con los animales no era menos cruel que con los muchachos. ¿Os gustan a vosotros los pajaritos? Pues él los que encontraba en los nidos los aprisionaba, les quitaba las plumas, les rompía los huevos, y les sacaba los ojos: tal como hizo Casilda en unos versos de Campoamor, un poeta de España que ha inventado unas composiciones muy sabias y muy lindas que se llaman doloras.

En casa del niño malo había un gato. Un día al pobre animal le cortó la cola, como hizo con su perro el griego Alcibíades, aquel de quien habéis oído hablar al señor profesor en la clase de historia.

Paco –así se llamaba aquel pillín– se burlaba de los cojos, de los tuertos, de los jorobados, de los limosneros que andaban pidiendo a veces en nombre de su negra miseria ridícula. Como sabéis, es una acción indigna de todo niño de buen corazón, y vosotros, estoy seguro de que nunca haréis igual cosa de la que él hacía.

Por aquellos días llegaba a la puerta del colegio un pobre ciego viejo, con su alforja, su escudilla y su perro. Se le daba pan; en la cocina se le llenaba su escudilla, y nunca faltaba un hueso para el buen lazarillo de cuatro patas que tenía por nom­bre León.

León era manso; todos le acariciábamos; y él, al sentir la mano de un niño que le tocaba el lomo o le sobaba la cabeza, cerraba los ojos y devolvía halagos con la lengua. El ciego agradecía el amor a su guía, y en pago de él contaba cuentos o cantaba can­ciones.

Paco llegó una tarde a la hora de recreo, riendo con todas ga­nas. Había hecho una cosa muy divertida. Vosotros debéis saber lo que son los alacranes, unos animales feos, asquerosos, negros, que tienen una especie de rabo que remata en un garfio. Este garfio les sirve para picar. Cuando un alacrán pica, envenena la herida, y uno se enferma.

Paco había encontrado un alacrán vivo; lo puso entre dos rebanadas de pan y se lo llevó al ciego para que comiese. El ani­mal le picó en la boca al pobrecito, que estuvo casi a las puertas de la muerte. Como veis, un niño de esta naturaleza no puede ser sino un miserable.

Cuando un niño hace una buena acción los ángeles de alas rosadas se alegran. Si la acción es mala, hay también unas alas negras que se estremecen de gozo. Niños, amad las alas rosadas. En medio de vuestro sueño ellas se os aparecerán siempre acari­ciantes, dulces, bellas. Ellas dan los ensueños divinos, y ahuyen­tan los rostros amenazadores de gigantes horribles o de enanos rechonchos que llegan cerca del lecho, en las pesadillas. Amad las alas rosadas.

Las negras estaban siempre, no hay duda, regocijadas con Pa­co, el de mi historia.

Imaginaos un sujeto que se portaba como sabéis con nosotros, que era descorazonado con los animales de Dios, y que hacía llorar a su madre en ocasiones, con sus terriblezas.

El Padre Eterno mueve a veces sonriendo su buena barba blan­ca cuando los querubines que aguaitan por las rendijas de oro del azul le dan cuenta de los pequeños que van bien aquí abajo, que saben sus lecciones, que obedecen a papá y a mamá, que no rompen muchos zapatos, y muestran buen corazón y manos lim­pias. Sí, niños míos; pero si vierais cómo se frunce aquel ceño, con susto de los coros y de las potestades, si oyeseis cómo regaña en su divina lengua misteriosa, y se enoja, y dice que no quiere más a los niñitos, cuando sabe que éstos hacen picardías, o son mal educados, o lo que es peor ¡perversos!

Entonces ¡ah! le dice a Gabriel que desate las pestes, y vienen las mortandades, y los chicos se mueren y son llevados al cemen­terio, a que se queden estos con los otros muertos, de día y de noche.

Por eso hay que ser buenos, para que el buen Dios sonría, y lluevan los dulces, y se inventen los velocípedos y vengan muchos míster Ross y condes Patrizio.

Un día no llegó el ciego a las puertas del colegio, y en el recreo no tuvimos cuentos ni canciones. Ya estábamos pensando que estuviese enfermo el viejecito, cuando, apoyado en su bordón, tropezando y cayendo, le vimos aparecer. León no venía con él.

–¿Y León?

–¡Ay! Mi León, mi hijo, mi compañero, mi perro ¡ha muerto!

Y el ciego lloraba a lágrima viva, con su dolor inmenso, cru­do, hondo.

¿Quién le guiaría ahora? Perros había muchos, pero iguales al suyo, imposible. Podría encontrar otro; pero habría que enseñarle a servir de lazarillo, y de todas maneras no sería lo mismo. Y entre sollozos:

–¡Ah! Mi León, mi querido León...

Era una crueldad, un crimen. Mejor lo hubieran muerto a él. Él era un desgraciado y se le quería hacer sufrir más.

–¡ Oh Dios mío!

Ya veis, niños, que esto era de partir el alma.

No quiso comer.

–No; ¿cómo voy a comer solo?

Y triste, triste, sentado en una grada, se puso a derramar las lágrimas de sus ojos ciegos, con un parpadeo doloroso, la frente contraída, y en los labios esa tirantez de las comisuras que pro­ducen ciertas angustias y sufrimientos.

El niño que siente las penas de sus semejantes es un niño exce­lente que el Señor bendice. Yo he visto algunos que son así, y to­dos les quieren mucho y dicen de ellos: ¡Qué niños tan buenos! Y les hacen cariños y les regalan cosas bonitas y libros como Las mil y una noches. Yo creo que vosotros debéis ser así, y por eso para vosotros tengo de escribir cuentos, y os deseo que seáis feli­ces. Pero vamos adelante.

Mientras el ciego lloraba y todos los niños le rodeaban compa­deciéndole, llegó Paco cascabeleando sus carcajadas. ¿Se reía? Alguna maldad debía haber hecho. Era una señal. Su risa sólo indicaba eso. ¡Picaro! 

¿Habráse visto niño canalla? Se llegó donde estaba el pobre viejo.

–Eh, tío, ¿y León?– Más carcajadas.

Debía habérsele dicho, corno debéis pensar: –Paco, eso es mal hecho y es infame. Te estás burlando de un anciano desgra­ciado–. Pero todos le tenían miedo a aquel diablillo.

Después, cínicamente, con su vocecita chillona y su aire desca­rado, se puso a narrar delante del ciego el cómo había dado muerte al perro.

–Muy sencillamente: cogí vidrio y lo molí, y en un pedazo de carne puse el vidrio molido, todo se lo comió el perro. Al rato se puso como a bailar, y luego no pudo arrastrar al tío –y señalaba con risa al infeliz– y por último, estiró las patas y se quedó tan tieso.

Y el tío llora que llora.

Ya veis niños que Paco era un corazón de fiera, y lleno de in­tenciones dañinas.

Sonó la campana. Todos corrimos a la clase. Al salir del cole­gio todavía estaba allí el viejo gimiendo por su lazarillo muerto. ¡Mal haya el muchacho bribón!

Pero mirad, niños, que el buen Dios se irrita con santa cólera.

Paco ese mismo día agarró unas viruelas que dieron con él en la sepultura después que sufrió dolorosamente y se puso muy feo.

¿Preguntáis por el ciego? Desde aquel día se le vio pedir su limosna solo, sufriendo contusiones y caídas, arriesgando atropellamientos, con su bastón torcido que sonaba sobre las piedras. Pero no quiso otro guía que su León, su animal querido, su com­pañero a quien siempre lloró.

Niños, sed buenos. El perro del ciego –ese melancólico deste­rrado del día, nostálgico del país de la luz– es manso, es triste, es humilde; amadle, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer.

Y así ¡oh niños! seréis bendecidos por Dios, que sonreirá por vosotros, moviendo, como un amable emperador abuelo, su bue­na barba blanca.

VER:
El perro del ciego (ilustrado) - ilustraciones de Luis Emilio Gonzalez

Mis primeros versos

Rubén Darío

Tenía yo catorce años y estudiaba humanidades.

Un día sentí deseos rabiosos de hacer versos, y de enviárselos a una muchachita muy linda, que se había permitido darme calabazas.

Me encerré en mi cuarto, y allí en la soledad, después de inauditos esfuerzos, condensé como pude, en unas cuantas estrofas, todas las amarguras de mi alma.

Cuando vi, en una cuartilla de papel, aquellos rengloncitos cortos tan simpáticos; cuando los leí en alta voz y consideré que mi cacumen los había producido, se apoderó de mi una sensación deliciosa de vanidad y orgullo.

Inmediatamente pensé en publicarlos en La Calavera, único periódico que entonces había, y se los envié al redactor, bajo una cubierta y sin firma.

Mi objeto era saborear las muchas alabanzas de que sin duda serían objeto, y decir modestamente quién era el autor, cuando mi amor propio se hallara satisfecho.

Eso fue mi salvación.

Pocos días después sale el número 5 de La Calavera, y mis versos no aparecen en sus columnas.

Los publicarán inmediatamente en el número 6, dije para mi capote, y me resigné a esperar porque no había otro remedio.

Pero ni en el número 6, ni en el 7, ni en el 8, ni en los que siguieron había nada que tuviera apariencias de versos.

Casi desesperaba ya de que primera poesía saliera en letra de molde, cuando caten ustedes que el número 13 de La Calavera, puso colmo a mis deseos.

Los que no creen en Dios, creen a puño cerrado en cualquier barbaridad; por ejemplo, en que el número 13 es fatídico, precursor de desgracias y mensajero de muerte.

Yo creo en Dios; pero también creo en la fatalidad del maldito número 13.

Apenas llegó a mis manos La Calavera, que puse de veinticinco alfileres, y me lancé a la calle, con el objeto de recoger elogios, llevando conmigo el famoso número 13.

A los pocos pasos encuentro a un amigo, con quien entablé el diálogo siguiente:

–¿Qué tal, Pepe?

–Bien, ¿y tú?

–Perfectamente. Dime, ¿has visto el número 13 de La Calavera?

–No creo nunca en ese periódico

Un jarro de agua fría en la espalda o un buen pisotón en un callo no me hubieran producido una impresión tan desagradable como la que experimenté al oír esas seis palabras.

Mis ilusiones disminuyeron un cincuenta por ciento, porque a mí se me había figurado que todo el mundo tenía obligación de leer por lo menos el número 13, como era de estricta justicia.

–Pues bien -repliqué algo omostazado–, aquí tengo el último número y quiero que me des tu opinión acerca de estos versos que a mi me han parecido muy buenos.

Mi amigo Pepe leyó los versos y el infame se atrevió a decirme que no podían ser peores.

Tuve impulsos de pegarle una bofetada al insolente que así desconocía el mérito de mi obra; pero me contuve y me tragué la píldora.

Otro tanto me sucedió con todos aquellos a quienes interrogué sobre el mismo asunto, y no tuve más remedio que confesar de plano... que todos eran unos estúpidos.

Cansado de probar fortuna en la calle, fui a una casa donde encontré a diez o doce personas de visita. Después del saludo, hice por milésima vez esta pregunta:

–¿Han visto ustedes el número 13 de La Calavera?

–No lo he visto –contestó uno de tantos–, ¿qué tiene de bueno?

–Tiene, entre otras cosas, unos versos, que según dicen no son malos.

–¿Sería usted tan amable que nos hiciera el favor de leerlos?

–Con gusto.

Saqué La Calavera del bolsillo, lo desdoblé lentamente, y, lleno de emoción, pero con todo el fuego de mi entusiasmo, leí las estrofas.

Enseguida pregunté:

–¿Qué piensan ustedes sobre el mérito de esta pieza literaria?

Las respuestas no se hicieron esperar y llovieron en esta forma:

–No me gustan esos versos.

–Son malos.

–Son pésimos.

–Si continúan publicando esas necesidades en La Calavera, pediré que me borren de la lista de los suscriptores.

–El público debe exigir que emplumen al autor.

–Y al periodista.

–¡Qué atrocidad!

–¡Qué barbaridad!

–¡Qué necedad!

–¡Qué monstruosidad!

Me despedí de la casa hecho un energúmeno, y poniendo a aquella gente tan incivil en la categoría de los tontos: Stultorum plena sunt omnia, decía ya para consolarme.

Todos esos que no han sabido apreciar las bellezas de mis versos, pensaba yo, son personas ignorantes que no han estudiado humanidades, y que, por consiguiente, carecen de los conocimientos necesarios para juzgar como es debido en materia de bella literatura.

Lo mejor es que yo vaya a hablar con el redactor de La Calavera, que es hombre de letras y que por algo publicó mis versos.

Efectivamente: llegó a la oficina de la redacción del periódico, y digo al jefe, para entrar en materia:

–He visto el número 13 de La Calavera.

–Está usted suscrito a mi periódico?

–Si, señor.

–¿Viene usted a darme algo para el número siguiente?

–No es eso lo que me trae: es que he visto unos versos...

–Malditos versos: ya me tiene frito el público a fuerza de reclamaciones. Tiene usted muchísima razón, caballero, porque son, de lo malo, lo peor; pero, ¿qué quiere usted? el tiempo era muy escaso, me faltaba media columna y eché mano a esos condenados versos, que me envió algún quídam para fastidiarme.

Estas últimas palabras las oí en la calle, y salí sin despedirme, resuelto a poner fin a mis días.

Me pegaré un tiro, pensaba, me ahorcaré, tomaré un veneno, me arrojaré desde un campanario a la calle, me echaré al río con una piedra al cuello, o me dejaré morir de hambre, porque no hay fuerzas humanas para resistir tanto.

Pero eso de morir tan joven... Y, además, nadie sabía que yo era el autor de los versos.

Por último, lector, te juro que no me maté; pero quedé curado, por mucho tiempo, de la manía de hacer versos. En cuanto al número 13 y a las calaveras, otra vez que esté de buen humor te he de contar algo tan terrible, que se te van a poner los pelos de punta.

viernes, 11 de marzo de 2022

El salomón negro

Rubén Darío

Entonces –cuando Salomón va a reposar en el último sueño y mientras duermen, en un salón de cristal, fatigados grupos de satanes–, una tarde quédase desconcertado: surge ante su vista, como una estatua de hierro, una figura extraordinaria, genio o príncipe de la sombra. ¿Qué genio, qué príncipe tenebroso para él desconocido? La fuerza de su anillo ante la aparición, quedaba inútil. Pregunta:

–¿Tu nombre?

–Salomón

Mayor sorpresa del Sabio. Fíjase luego en la rara belleza de su rostro, de un talante, de una mirada iguales a los suyos. Diríase su propia persona labrada con un inaudito azabache.

–Sí –dijo el maravilloso Salomón negro–. Soy tu igual, sólo que soy todo lo opuesto a ti. Eres el dueño del anverso del disco de la tierra; pero yo poseo el reverso. Tú amas la verdad; yo reino en la mentira, única que existe. Eres hermoso como el día, y bello como la noche. Mi sombra es blanca. Tú comprendes el sentido de las cosas por el lado iluminado por el sol, yo por lo oculto. Tú lees en la luna visible, yo en la escondida. Tus djinns son monstruosos; los míos resplandecen entre los prototipos de belleza. Tú tienes en tu anillo cuatro piedras que te han dado los ángeles; los demonios colocaron en el mío una gota de agua, una gota de sangre, una gota de vino y una gota de leche. Tú crees haber comprendido el idioma de los animales; yo sé que solamente has comprendido los sonidos, no lo arcano del idioma.

Mudo Salomón, hasta entonces, exclamó:

–¡Por Dios Grande! Maléfico espíritu que a él y su mejor hechura te atreves, ¿cómo osar asegurar tales cosas? Los hombres pueden contaminarse de error; pero los animales del Señor viven en la pureza. ¿Cómo su pensar inocente pudo haberme engañado?

Y el Salomón negro:

–Evoca –dijo– al ángel de forma de ballena que te dio la piedra en que está escrito: Que todas las criaturas alaben al Señor.

Salomón puso el anillo sobre su cabeza y el ángel deforme apareció.

–¿Cuál es tu nombre cierto? –preguntó el Salomón negro.

El ángel respondió:

–Tal vez.

Y se deshizo. Salomón llamó a todos los animales y dijo el pavo real:

–¿Qué me expresaste tú?

Y el pavo real:

–Como juzgues serás juzgado.

Así pregunto a otras bestias. Y contestaron:

El ruiseñor. –La moderación es el mayor de los bienes.

La tórtola. –Mejor sería para muchos seres que no hubiesen visto el día.

El halcón. –El que no tenga piedad de los demás, no encontrará ninguna para sí.

El ave syrdar. –Pecadores: convertíos a Dios.

La golondrina. –Haced el bien, y seréis recompensados.

El pelícano. –Alabado sea Dios en el cielo y en la tierra.

El pájaro kata. –Quien calla, está más seguro de acertar.

El águila. –Por larga que sea nuestra vida, llega siempre a su fin.

El cuervo. –Lejos de los hombres se está mejor.

El gallo. –Pensad en Dios, hombres ligeros.

****
–¡Pues bien! –exclama el Salomón negro–. Tú, pavo real, mientes. Entre los humanos, es el juicio malo el único que prevalece. Y entre los animales, como entre los hombres, la confianza pone en la boca de los lobos a los corderos. Tú, ruiseñor, mientes. Nada triunfa sino el ejercicio de la fuerza. La moderación se llama mediocridad o cobardía. Los leones, las grandes cataratas, las tempestades, no son moderados. Tú, tórtola, mientes, como no hables en tu sentencia de los débiles. La debilidad es el único crimen, junto con la pobreza, sobre la faz de la tierra. Tú, halcón, mientes siete veces. La piedad puede ser la imprudencia. ¡Ay de los piadosos! El odio es el salvador y potente. Aplastad a los pequeños; rematad a los heridos; no deis pan a los hambrientos; inutilizad por completo a los cojos. Así se llega a la perfección del mundo. Tú, syrdar, mientes. 

Eres el pájaro de la hipocresía. Por lo demás, Dios se llama X; se llama Cero. Tú, golondrina, mientes. Eres la querida del halcón. Tú, pelícano, mientes. Eres hermano del syrdar. Y tú, paloma, mientes. Eres la barragana del ambos. Tú, kata, mientes. Quien ruge o truena, no debe callar: la razón está siempre con él. Águila, cuervo y gallo: he de encerraros en la jaula de la insensatez. Ello es tan cierto como que Salomón en su gloria nada puede contra mí, y que el ojo del gallo no penetra la superficie de la tierra para encontrar los manantiales.

****
Desaparecieron las bestias. Los satanes, despiertos, atisbaban a través de los cristales. Salomón, con una vaga angustia, contemplaba su propia imagen oscurecida en aquel que había hablado y a quien no podía dominar con sus ensalmos. Y el Negro iba a partir, cuando volvió a preguntarle:

–¿Cómo has dicho que te llamas?

Salomón –contestó sonriendo–. Pero también tengo otro nombre.

–¿Cuál?

–Federico Nietzsche.

Quedó el sabio desolado, y preparóse para ascender, con el ángel de las alas infinitas, a contemplar la verdad del Señor.

El pájaro Sirmorg llegó en rápido vuelo:

–Salomón, Salomón: has sido tentado. Consuélate; regocíjate. ¡Tú esperanza está en David!

Y el alma de Salomón se fundió en Dios.

El último prólogo

Rubén Darío

Salía de la redacción de La Nación cuando me encontré con un joven, vestido elegantemente, cuidado y airoso, con una bella perla en la finísima corbata y un anillo de rica piedra preciosa.

Me saludó con la mayor corrección y me manifestó que deseaba acompañarme, pues tenía algo importante que decirme. Éste es un joven poeta, a la moderna, pensé y acepté gustosa su compañía.

–Señor. –me dijo–, hace tiempo que deseaba tener una entrevista con usted. Le he buscado por todos los cafés y bares; porque... conociendo su historia y u leyenda...
¿Usted comprende?

–Sí –le contesté-, comprendo perfectamente.

Y no le he encontrado en ninguno, lo cual es una desilusión. Pero, en fin, le he hallado en la calle, y aprovechando la ocasión para manifestarle todo lo que tenía que decirle.

–¿...?

–Se trata de la autoridad literaria de usted, de la reputación literaria de usted, que desde hace algún tiempo está usted comprometiendo con esos de lo prólogos en extremo elogiosos, en prosa y en verso. Sí, señor, permítame usted que sea claro y explícito.

El joven hablaba con un tono un poco duro y golpeado, como deben haber hablado los ciudadanos romanos, y como hablan los ciudadanos de los Estados Unidos de Norteamérica. Continuó:

–No me refiero a las alabanzas que hace usted a hombres de reconocido valer. Eso explica y es natural, aunque no siempre exista la reciprocidad..., ¡qué quiere usted! Me refiero a los líricos e inesperados sermones con que usted nos anuncia de cuando en cuando el descubrimiento de algún ilustre desconocido. Mozos tropicales y no tropicales ascetas, estetas, que usted nos presenta con la mejor buena voluntad del mundo y que luego le pagan hablando y escribiendo mal de usted... ¿Comprende?... ¿No escribió usted en una ocasión que casi todos los pórticos que había levantado para las casas ajenas se le habían derrumbado encima? No; no me haga usted objeciones. Conozco su teoría; las alabanzas, sean de quien sean, no pueden dar talento al que no lo tiene... No hay trovador, de Sipesipe, de Chascomún, de Chichigalpa, que no tenga la frente ceñida de laureles y el corazón hechindo de soberbia con su correspondiente cartica del israelita o del rector consabido. Y todo eso hace daño, señor mío. Y luego llega usted con los prólogos, con los versos laudatorios, escritos, a lo que supongo, quién sabe en qué noches...

Sí, ya sé que usted me hablará de ciertas poesías de Víctor Hugo dirigidas a amigos que hoy nadie sabe quiénes eran, gentes mediocres y aprovechadoras. Ya sé que me hablará también de las Dedicases de Verlaine; ¡pero éste siquiera se desquitaba con las Invectives! No; no me hable usted de su generoso sentimiento, de que es preciso estimular a la juventud, de que nadie sabe lo que será más tarde...No, de ninguna manera.

No insista en esa caridad intelectual. Le va a su propio pellejo.

Fuera de que todos aquellos a quienes estimule y ayude se convertirán en detractores suyos, va usted a crear fama de zonzo! No me interrumpa, le ruego. ¿Y cree usted que hace bien? ¡De ninguna manera! Muchos de estos muchachos desconocidos a quienes usted celebra, malgastan su tiempo y malogran su vida. Se creen poseedores de la llama genial, del “deus”, y en vez de dedicarse a otra cosa, en que pudieran ser útiles a su familia o así mismos, se lanzan a producir a destajo prosas y versos vanos, inservibles, y sin meollo. Pierden sus energías en algo que extraño a ellos pontifican en adolescencia insensatas, no perciben ni el ridículo, ni el fracaso: logran algunos formarse una reputación surfaite. Hay quienes, en el camino reflexionan y siguen el rumbo que les conviene... Son los menos...¿A cuántos ha hecho usted perjuicios con sus irreflexivos aplausos, tanto en España como en América? Usted se imagina que cualquier barbilampiño entre dos veces que le lleva un manuscrito para el consabido prólogo, o presentación, o alabanza en el periódico, está ungido y señalado por el padre Apolo; que puede llegar a ser genio, un portento; y porque una vez le resultó con Lugones, cree usted que todos son Lugones? A unos les encuentra usted gracia, a otros fuerza, a todos pasión de arte, vocación para el sacerdocio de las musas... ¡Qué inocente es usted! A menos que no sea un anatolista, un irónico, un perverso, que desea ver cómo se rompe la crisma poética tanto portaguitarra o portacordeón! Perdóneme usted que sea tan claro, que llame como dice el vulgar proloquio, al pan pan y al vino vino... Y luego insisto en lo que acabo de decir. ¿Qué saca usted con toda esa buena voluntad y con el ser el San Vicente de Paúl de los ripiosos? ¡Enemigos, mi querido señor, enemigos! Yo sé de uno que se levantó la voz y le sitió en su propia casa, y por último ha escrito contra usted porque no encontró suficiente el bombo que usted le daba, ¡ y era doble bombo!

¿Qué no se fija usted en todo eso, hombre de Dios? ¡Y otro, a quien usted pintara de tan artística manera, y que hoy le alude insultantemente en las gacetas! ¡Y tantos otros más!

¿Qué se reconoce usted vocación para el martirio?

¿Insistirá usted en descubrirnos esos tesoros que quiere demostrarnos su buen querer?

Reflexiones, vuelva sobre sus pasos. No persista en esa bondad que se asemeja mucho a la tontería. Hay prefacios y dedicases que le debían dar a usted pena, sobre todo al recordad la manera con que le han correspondido... No digo yo que cuando, en verdad, aparezca un verdadero ingenio, un verdadero poeta, un Marcellus a quien augurar grandezas, no lo haga usted. Suene usted su trompeta, sacuda bien el instrumento lírico.

¡Pero es tan raro! Y corre usted tanto peligro en equivocarse como sus lectores y los que creemos en el juicio y en el buen gusto de usted en tomar gato por liebre. Siquiera se contentase usted con imitar las esquelas huguescas: “Sois un gran espíritu” “Iungamus dextras”. “Os saludo.” ¡Pero no! Usted se extiende sobre los inesperados valores de los panidas de tierra fría: usted nos señala promesas que no se cumplen; usted da el espaldarazo sin pensar si se reúnen todas las condiciones de la caballería..., cuando tal vez se reúnen demasiado...; usted no averigua si el neófilo puede pronunciar como se debe el schibolet sagrado y lo deja entrar, no más, a la ciudad de la Fama... No, señor, no.

Es preciso que usted cambie de conducta y cierre la alacena de fáciles profecías.
Acuérdese de lo que le pasó a don Marcelino Menéndez y Pelayo, en la época en que no había quien le pidiera una representación al público que no saliera con la suya. Y don Marcelino llegó casi a perder autoridad, y cuando lo percató cerró la espita prologal. . . Los que exigen las presentaciones no se contentan sino con que se queme todo el turíbulo... Si usted escatima, o aminora la alabanza, la enemistad o el rencor aparecerán pronto. Así, ¿cuántos malos ratos no ha dado usted a su inagotable complacencia en encontrar con que se echa usted de malquerientes a los malquerientes de la persona loada?...

Pero ninguno será peor para usted, con lengua y pluma, que aquel a quien haya hecho el servicio intelectual . . . No me haga observación ninguna, que aquí estamos bien enterados... ¿Cuántos pórticos, prólogos, prefacios, retratos y presentaciones ha escrito usted, vamos a ver? Cuente usted con los dedos y dígame cuántos amigos leales le quedan, si le queda alguno entre todos los favoritos... Sí, claro que hay excepciones.

Mas, después de todo, ¿valía la pena exponerse a esos resultados?... Y es tiempo ya de concluir con ese peligroso altruismo. Créame usted, hágalo así... Eso deseamos muchos. Ya nos lo agradecerá.

El joven no me había dejado responder nada, bajo el alud de sus palabras. Habíamos llegado a la puerta de mi hotel. Le tendí la mano para despedirme. Pero él me dijo:

–Permítame un momento. Deseo pedirle un pequeño servicio –y sacó un rollo de manuscritos y me lo entregó.

–Permítame un momento. Deseo pedirle un pequeño servicio –y sacó un rollo de manuscritos y me lo entregó.

–¿Qué deseaba usted? –le interrogué.

Y él, decidido y halagador:

–Un prólogo.

Las siete bastardas de Apolo

 Rubén Darío

I
Siete figuras aparecieron cerca de mí. Todas vestidas de bellas sedas; sus gestos eran ritmos, y sus aspectos armoniosos encantaban.

Al hablar, sus lenguajes eran música; y si hubiesen sido nueve, habría creído seguramente que eran las musas del sagrado Olimpo. Había en ellas luz y melodía y atraían como un imán supremo.

Yo me adelanté hacia el grupo mágico, y dije:

–Por vuestra belleza, por vuestro atractivo, ¿seréis acaso los siete pecados capitales, o quizá los siete colores del iris, o las siete virtudes, o las siete estrellas que forman la constelación de la Osa?

–¡No! –me contestó la primera figura–. No somos virtudes, ni estrellas, ni colores, ni pecados.

Somos siete hijas bastardas del rey Apolo; siete princesas nacidas en el aire, del seno misterioso de nuestra madre la Lira.

II
Y adelantándose la primera, me dijo:

–Yo soy Do. Para ascender al trono de mi madre, la sublime reina, hay siete escalones de oro purísimo. Ya estoy en el primero.

Otra me dijo:

–Mi nombre es Re. Yo estoy en el segundo escalón del trono. Mi estatura es mayor que la de mi hermana Do. Pero la irradiación de nuestros cabellos es la misma.

Otra me dijo:

–Mi nombre es Mi. Tengo un par de alas de paloma, y revuelo sobre mis compañeras, desgranando un raudal de trinos de oro.

Otra dijo:

–Mi nombre es Fa. Me deslizo entre las cuerdas de las arpas, bajo los arcos de las violetas, y hago vibrar los sonoros pechos de los bajos.

Otra me dijo:

–Mi nombre es Sol. Tengo nombre de astro y resplandezco ciertamente entre el coro de mis hermanas. Para abrir el secreto del trono, en la puerta de plata y en la puerta de oro, hay dos llaves misteriosas. Mi hermana Fa tiene la una; yo tengo la otra.

Otra dijo:

–Mi nombre es La, penúltima del poema de Mallarmé. Soy despertadora de los dormidos o titubeantes instrumentos, y la divina y aterciopelada Filomena descansa entre mis senos.

La última estaba silenciosa, y yo le dije:

–¡Oh, tú, que estás colocada en el más alto de los escalones de tu madre la Lira: eres buena, eres bella, eres fascinadora; deberás tener entonces un nombre suave como una promesa, fino como un trono, claro como un cristal:

Y ella contestó sonriente:

–Sí.

Enriqueta

Rubén Darío

(Página oscura)
I

Está agonizando la pobre niña, no lejos de mí. Ayer no más, la he visto en el Colegio de Sión; morena entre las blancas, humilde entre las orgullosas, pequeña entre las opulentas. Pero tenía suavidad natural, inteligencia vivaz, y una de las buenas religiosas me habló con amor y sentimiento de aquella tierna esperanza.

Está agonizando. La fiebre la quema y la martiriza, y, en tanto que le emblanquece el rostro, le pone las manos convulsas. Vengo de verla. ¡Qué dolor da al alma ese cuerpecito que padece! Cuerpo de doce años, que acaba de recibir el primer halago de la pubertad; alma de doce años que acaba de sentir dos cosas divinamente incomparables: ¡la ilusión y la fe!

II

En medio del paraíso del ensueño, la sorprendió el pálido espíritu del sepulcro. ¿Se la lleva Dios porque la prefiere? El verso pagano y la creencia católica se juntan en mi mente. ¡La muerte es tan terrible cuando llega delante del sagrado candor de la florida juventud! La edad de doce años la conoce Céfiro, la conoce Psiquis. Es la edad en que florece el primer botón del limonero. La paloma que vuela por primera vez es hermana de la niña que cumple doce años.
III

¡La niña se muere! La madre está llorando. Dice:

–¡Ay mi hijita! –Y se le desgarra el corazón. No puedo poner artificiosas frases en este capítulo.

No puedo hacer prosa que no me salga de lo hondo del corazón.

Lo que escribo ahora es lo que miro y lo que siento. Sufro con la desgraciada mujer que ve a su niña lívida y agonizante; sufro con los que la ven morir; sufro por ese capricho de la muerte, que corta una flor nueva para echarla al negro río que no sabe adónde va.

IV

Pero todo poeta –si no la tiene, debe robarla– posee la fe sublime y admirable. Y yo, el último de todos, pongo, cuando muere esta inocente, en su tumba, las flores de la Esperanza, que brotaron por primera vez en el paraje donde se plantó la Cruz de Cristo.

Febea

Rubén Darío

Febea es la pantera de Nerón.

Suavemente doméstica, como un enorme gato real, se echa cerca del César neurótico, que le acaricia con su mano delicada y viciosa de andrógino corrompido.

Bosteza, y muestra la flexible y húmeda lengua entre la doble fila de sus dientes, de sus dientes finos y blancos. Come carne humana, y está acostumbrada a ver a cada instante, en la mansión del siniestro semidiós de la Roma decadente, tres cosas rojas: la sangre, la púrpura y las rosas.

Un día lleva a su presencia Nerón a Leticia, nívea y joven virgen de una familia cristiana. Leticia tenía el más lindo rostro de quince años, las más adorables manos rosadas y pequeñas; ojos de una divina mirada azul; el cuerpo de un efebo que estuviese para transformarse en mujer –digno de un triunfante coro de exámetros, en una metamorfosis del poeta Ovidio.

Nerón tuvo un capricho por aquella mujer: deseó poseerla por medio de su arte, de su música y de su poesía. Muda, inconmovible, serena en su casta blancura, la doncella oyó el canto del formidable "imperator" que se acompañaba con la lira; y cuando él, el artista del trono, hubo concluido su canto erótico y bien rimado según las reglas de su maestro Séneca, advirtió que su cautiva, la virgen de su deseo caprichoso, permanecía muda y cándida, como un lirio, como una púdica vestal de mármol.

Entonces el César, lleno de despecho, llamó a Febea y le señaló la víctima de su venganza. La fuerte y soberbia pantera llegó, esperezándose, mostrando las uñas brillantes y filosas, abriendo en un bostezo despacioso sus anchas fauces, moviendo de un lado a otro la cola sedosa y rápida.

Y sucedió que dijo la bestia:

–Oh Emperador admirable y potente. Tu voluntad es la de un inmortal; tu aspecto se asemeja al de Júpiter, tu frente está ceñida con el laurel glorioso; pero permite que hoy te haga saber dos cosas: que nunca mis zarpas se moverán contra una mujer que como ésta derrama resplandores como una estrella, y que tus versos, dáctilos y pirriquios, te han resultado detestables.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...