viernes, 11 de marzo de 2022

Gerifaltes de Israel

 Rubén Darío

I

En el parlor hay cuatro pequeños escritorios. Todos ellos están ocupados, desde por la mañana, por cuatro pasajeros, en cuyas faces se distingue un signo de raza: se pensaría que son extraídos de la menagerie de Drumont.

Cerca, unos cuantos conversamos.

Todas las cuatro cabezas de los hombres que escribían, se alzaron, y miraron hacia nuestro grupo. La prueba estaba hecha. Eran cuatro cabezas llenas de salud fuerte, de un rosado subido; aspectos de aves de rapiña, con las narices curvas y los ojos de persecución. Esos comerciantes, esos exploradores de presa, se velan que estaban poseídos por su demonio ancestral, y que antes que en la sinagoga, tenían su culto en la banca, en las casas áureas de Francfort, de Viena, de Berlín, de París, de Londres. Eran cuatro gerifaltes enviados por los grandes aguiluchos y gavilanes de Europa a buscar caza en América.

Y cada cual, en la conversación, expresó su reflexión, o contó su anécdota, o dijo su cuento humorístico.
II

–Hay uno muy conocido –dijo alguien–. Una vez iban en un pequeño barco que llevaba una carga de naranjas, como pasajeros, un negrito y un judío. Sobrevino una fuerte y amenazadora tempestad. Y fue preciso, después de mucho bregar con el tiempo, aligerar la carga. El patrón echó al agua las naranjas. Luego un banquito de madera. Luego al negrito. Luego al israelita. Y sucedió que una vez pasada la tempestad, fue pescada, en la costa, una gran bestia marina. Y al abrirle el vientre, se encontró al judío, sentado en el banquito, y vendiendo las naranjas al negro.

–A la verdad, estas gentes fueron obligadas por la necesidad a hacer que se cumpliesen las profecías y que Israel fuese dueño del mundo, con todo y ser abominado y perseguido. Se les miró peor que a los leprosos, se les abominó, se les echó de todas partes, se les condenó al gheto, a la esclavitud y aun a la hoguera. Se les prohibió la tierra. Ellos encontraron entonces su campo en el dinero; fueron avaros y hábiles, y Shylock afiló su indestructible cuchillo. Y a medida que la civilización ha ido avanzando, el poderío de esa raza maldecida, pero activa y temible, se ha ido aumentando, a medida que ha ido en crecimiento la rebusca del oro, la omnipotencia del capital y la creación de una aristocracia cosmopolita, de universal influencia, cuyos, pergaminos son cheques y cuya supremacía ha invadido todas las alturas, halagando todos los apetitos.

He ahí la obra de los halcones de Manmón, de los gerifaltes de Israel.

III

Los cuatro israelitas se habían levantado y habían dejado, en signo de posesión, sus cartapacios sobre las mesas de escribir. Se paseaban fumando gruesos cigarros, hablando en voz alta, haciendo grandes gestos y ademanes y caminando a zancadas, con sus largos y anchos pies. Y hablan en ellos una animalidad maligna.

Rosa enferma

Rubén Darío

(Fugitiva) 
I

Pálida como un cirio, como una rosa enferma. Tiene el cabello oscuro, los ojos con azuladas ojeras, las señales de una labor agitada, y el desencanto de muchas ilusiones ya idas... ¡Pobre niña!

Emma se llama. Se casó con el tenor de la compañía, siendo muy joven. La dedicaron a las tablas cuando su pubertad florecía en el triunfo de una aurora espléndida. Comenzó la comparsa y recibió los besos falsos de dos amantes fingidos de la comedia. ¿Amaba a su marido? No lo sabía ella misma. Reyertas continuas, rivalidades inexplicables de las que pintaría Daudet; la lucha por la vida en un campo áspero y mentiroso, el campo donde florecen las guirnaldas de una noche, y la flor de la gloria fugitiva; horas amargas, quizá semiborradas por momentos de locas fiestas; el primer hijo; el primer desengaño artístico; ¡el príncipe de los cuentos de oro, que nunca llegó!; y en resumen, la perspectiva de una senda azarosa, sin el miraje de un porvenir sonriente. 

II

A veces está meditabunda. En la noche de la representación es reina, princesa, delfín o hada. Pero bajo el bermellón está la palidez y la melancolía. El espectador ve las formas admirables y firmes, los rizos, el seno que se levanta en armoniosa curva; lo que no advierte es la constante preocupación, el pensamiento fijo, la tristeza de la mujer bajo el disfraz de la actriz.

Será dichosa un minuto, completamente feliz un segundo. Pero la desesperanza está en el fondo de esa delicada Y dulce alma. ¡Pobrecita! ¿En qué sueña? No lo podría yo decir. Su aspecto engañaría al mejor observador. ¿Piensa en el país ignorado adonde irá mañana, en la contrata probable, en el pan de los hijos? Ya la mariposa del amor, el aliento de Psiquis, no visitará ese lirio lánguido; ya el príncipe de los cuentos de oró no vendrá. ¡Ella está, al menos, segura de que no vendrá!

Hebraico

 Rubén Darío.

Aquel día el viejo Moisés, estando solo en su tienda, todavía con el sagrado temblor que ponía en sus nervios la visión de Dios –pues acababa de recibir de Jehová una de tantas leyes del gran Levitico–, sintió una vocecita extraña que le llamaba de afuera.

–Entra –respondió.

Acto continuo, saltó dentro una liebre.

La pobrecita venía cansada, echando el bofe, pues a carrera abierta había comenzado su caminata desde las faldas del Sinai, hasta el lugar en que, residía el legislador.

¿Moisés?

Servidor...

Con mucho interés, como una liebre que estuviese comprometida en asuntos graves, comenzó:

–Señor, ha llegado a mis orejas que acabáis de promulgar la ley que declara a ciertos animales puros y a otros impuros. Los primeros pueden ser comidos impunemente, los segundos tienen para ellos una gracia especial, por la cual no pueden ser trabajados para el humano estómago. Interesada en la cuestión, espero vuestra palabra.

Y Moisés:

–No tengo inconveniente. Aarón, mi hermano, y yo hemos oído de la divina boca la ley nueva. Sígueme.

A las puertas del templo estaba Aarón recién consagrado pontífice, bello y soberbio como un rey del tabernáculo.

La luz hacía brillar la pompa santa, y el sacerdote ostentaba su túnica de jacinto, su ephod de oro, jacinto y púrpura, lino y grana reteñida y su luciente y ceñido cinturón.

Las piedras del racional se descomponían en iris trémulos; las palabras bíblicas, el sordio, el topacio, la verde esmeralda, el jaspe, el zafiro azul y poético, el carbuncio, sol en miniatura, el ligurio, el ágata, la amatista, el crisólito, el ónix y el berilo. Doce piedras, doce tribus. Y Aarón, con ese bello traje, hacia sus sacrificios siempre. ¡Qué hermosura!

Oyó de labios de Moisés la petición de la liebre, y con una buena risa accedió así:

Sabed –dijo– que el mandamiento del Señor es:

–Los hijos de Israel deben comer estos animales: los que tienen la pezuña hendida y rumian.

–Los que rumian y no tienen la pezuña hendida, son inmundos, no deben comerse.

–El querogrilo es un inmundo.

–Y la liebre (aquí la liebre dio un salto). Porque también rumia y no tiene hendida la pezuña.

–Y el puerco, por lo contrario.

–Lo que tiene aletas y escamas, así en el mar como en los ríos, se comerá.

–Esto en cuanto a los peces.

–De las aves, no se comerá ni el águila ni el grifo, ni el esmerejón.

Lo propio el milano y el buitre y el cuervo y el avestruz y la lechuza y el laro. Nada de gavilanes. Nada de somormujos y de ibis y cisnes.

–Tampoco se comerá el onocrótalo, ni el calamón, el herodión y el caradión y la abubilla y el murciélago.

–Todo volátil que anda sobre cuatro patas será abdominable como no tenga las piernas de atrás como el brucó, el attaco y el ofiómaco.

–Son inmundos los animales que rumian y tienen pezuña, pero no hundida; y aquellos que tienen cuatro pies y andan sobre las manos.

–Además, la comadreja, el ratón, el cocodrilo, el camaleón, la migala y el topo.

Y al concluir pronunció un “he dicho” que dio por terminado el extracto de la ley.

La liebre meditaba.

–Señores- exclamó al cabo de un rato (¡desgraciada! Sin saber que se perdía, y con ella toda su raza) –, se ha cometido un crimen atroz. Un israelita, un hijo de Hon, hijo de Pheleth, hijo de Rubén, ha hecho de un hermano mío un guiso, y se lo ha comido.

Aarón y Moisés se miraron con extrañeza.

La barba blanca del gran hebreo, moviéndose de un costado a otro sobre los pechos, demostraba una verdadera exaltación en el anciano augusto. ¡Cómo! Alguno de las tribus que oían por él la palabra de Dios se había atrevido en ese propio día, a contravenir la más fresca de las leyes! ¡Cómo! ¡No valía nada que hubiese él recibido las tablas magnas del Eterno Padre, y que hubiese consagrado pontifice a su hermano Aarón! Ya verían, ya verían. Truenos se habían escuchado sobre su cabeza escultórica, relámpagos le habían surcado la frente, y ahora, ¿qué? ¡Con que un israelita!

Muy bien.

Presto, presto, se buscó al culpable. Se le encontró. Venía hasta con restos del cuerpo del delito. Como quien dice con cazuela y todo. El cacharro humeaba mantecoso y despidiendo un rico olor de fritanga, ni más ni menos que como chez Brinck, en el Hotel Inglés, o donde papá Bounout. El resto de la liebre estaba ahí.

La liebre viva miraba con sus redondos ojos espantados a los dos hermanos. Aarón interrogaba al acusado, Moisés examinaba en tanto el guiso, verdaderamente digno de aquel antecesor de Lúculo y de los Dumas.

El acusado se defendió como pudo. Explicó su necesidad y disculpó su apetito, alegando ignorancia de la nueva ley.

Había que juzgarle severamente. Quizá hubiera podido ser lapidado. Mas le salvó una circunstancia, un detalle, que la liebre acusadora contempló con horror: los dos jueces hermanos probaron el manjar cocinado por el rubenista, y según cuenta el pergamino en que he leído esta historia, concluyeron por chuparse los dedos y perdonar al culpable. La consabida clase de animales fue declarada comible y sabrosa.

Pero el buen Dios, que oyó las quejas del animal acusador, se condolió de él y le concedió un cirineo que le ayudase a sufrir su destino.

Desde aquel día de conmiseración se da a las veces gato por liebre.

La admirable ocurrencia de Farrals

 Rubén Darío.

I

¡Oh, qué gran tipo este Farrals! Todos los que le conocen dicen eso, y Farrals oye el elogio con un cierre de ojos y una sonrisa de complacencia.

Farrals es catalán, y tiene muy bravas condiciones de su raza. Sobre todo, es intrépido para el negocio. Sólo que se pasa de bruto. Si lo fuese menos, tendría un rollizo capital y lo guardaría con mucho cuidado. Porque son historias eso de que se ha comido millón y medio con su difunta mujer. ¡Son historias! Por más que él diga que eso pasó en su juventud, ¡son historias!

Los que conocen a Farrals en París saben que desde hace más de treinta años no se dedica más que a la cotidiana caza del luis. Del luis, nada más que del luis. Si cae algo encima, tanto mejor. Y ese algo suele caer ¡Vaya si suele caer! ¡Como que el excelente Farrals, que es tan bruto, encuentra siempre entre los hombres que busca otro más bruto que él!

II

¿Qué hace Farrals? Todo: sabe cosas de boticario y ha inventado específicos misteriosos, para lanzas los cuales ha buscado, en vano, un socio comanditario; es medio dibujante, medio fotógrafo, medio comisionista, medio librero, medio panadero, y, sobre todo, tiene un fino olfato para distinguir la «pera», como dicen los parisienses, la pera hispanoparlante, pues Farrals, interesado en vagas hojas de publicidad, visita los hoteles en que se alojan ciertas gentes, y luego hace publicar retratos y sueltos que dicen: «Han llegado a París el eminente chocolatero de Sinalva, don Fructuoso Mier, y su bella esposa. Saludamos y deseamos grata permanencia a tan ilustres huéspedes.» Y Farrals no ha perdido su luis, y si don Fructuoso no cae, caerá otro. 

III

Farrals tiene un humor y ocurrencias singulares. Sucedió, pues, que, hace algún tiempo, la mujer de Farrals, que le «guisaba bien las patatas», como él dice, y que estaba muy obesa, cayó enferma. Esto no alteró el modo de ser de nuestro personaje, que, al preguntarle cómo seguía su ídolo, no hacía más que contestar: «¡Inconvenientes, inconvenientes, inconvenientes!» ¡Mala pécora de Farrals!

Farrals no cree en los médicos, y aunque creyera, ¿qué necesidad tiene de ellos, sabiendo como él sabe, Según he dicho, muchas cosas de boticaro? Así es que la mujer de Farrals (Dios, verdaderamente, la debe tener en la gloria) tuvo que probar todo cuánto los conocimientos de su marido le administraron: bebedizos amargos, bebedizos dulces, bebedizos sospechosos y de todos colores.

–¿Cómo sigue su señora Farrals?

–La tengo envuelta en ungüentos.

La señora de Farrals, según supimos después los que teníamos noticias de su existencia, soportó con toda resignación los brebajes y las unturas. De obesa que era, se convirtió en esqueleto. Y Farrals inventaba nuevos remedios y se los aplicaba con una tranquilidad temible. ¡Pobre señora de Farrals! 

IV

¡Oh tú, llama casi extinguida, pájaro perdido en el enorme bosque humano! ¡Te irás muy lejos, pasarás como una visión rápida, y no sabrás nunca que has tenido cerca un soñador que ha pensado en ti y ha escrito una página a tu memoria, quizá enamorado de esa palidez de cera, de esa melancolía, de ese encanto de tu rostro enfermizo, de ti, en fin, paloma del país de Bohemia, que no sabes a cuál de los cuatro vientos del cielo tenderás tus alas el día que viene!
V

Dejamos de ver a ese hombre extraordinario por algún tiempo.

Y aun poco se le advirtió en los hoteles y casas de hospedaje, en donde él daba constantemente caza a su luis consuetudinario.

–¿Qué será de Farrals? –nos decíamos.

Hace pocos días le divisé, más animado que nunca. Había aumentado de vientre, su cara parecía más ancha, y anda, sobre el asfalto del bulevar, con más desembarazo que el acostumbrado.

–Farrals, ¡cuánto tiempo sin verle!

–¡Vea usted la cinta negra de mi sombrero! –me dijo–. Pero ¡se ha perdido –agregó, se ha perdido! ¡A usted que le gusta tanto el buen bocado!

–Pero ¿qué, Farrals, qué me he perdido?

–¡Las cotelettes! Hace dos días enterré a mi mujer. Fueron varios amigos al entierro. A la salida los invité a un bouiloncito que conozco por allí cerca, y allí nos dieron unas cotelettes de chuparse los dedos. ¡Se ha perdido, le digo, se ha perdido!

¡Demonio de Farrals!

La eterna aventura de Pierrot y Colombina

 Rubén Darío

El alba despierta a Pierrot tirándole suavemente de una oreja. Es Pierrot, el mismo doctor Blanco de Mendés, el amigo de Banville, el eterno enamorado de la Luna.

Pierrot no siente el peso del Tiempo. Él vive, come, y sueña. Hacer la rueda a Colombina es cosa que viene después, a pesar de ese pícaro de Arlequín que pretende coronar, no de oro, al hombre blanco.

“Pierrot –le dice el alba–, hoy es día de Carnaval. Perezoso, levántate. Ve a mirar el rostro de Colombina, que ha pasado una buena noche soñando con el baile de hoy. Pues tu mujercita es aficionada a las alegres fiestas, y danza y ríe, cuando tú no estás presente. Ella asegura que tu peor defecto es la tristeza. Te crees poeta, en lo cual no anda muy descaminada; te cree soñador. Y ella gusta de los ricos trajes de seda, de las joyas de oro, de las perlas y de los diamantes. Tú, en realidad, Pierrot, a pesar de tu gula y tu afición al vino, eres triste; y a las mujeres no les gustan los hombres tristes. Levántate, Pierrot, y piensa en no dejar escapar el amor de tu compañera, alegre como un pájaro y linda como una rosa.”

Pierrot se despereza, y de un salto, se levanta.

Colombina, que ha aprendido muchas cosas, sabe Nietzsche: esteta prerrafaelista y ababún. Hace la gran dama a maravilla y recibe a su marido con aires de princesa, envuelta en un largo peinador.

Y Pierrot, que no las tiene todas consigo, un tanto celoso, desde hace días, comienza por rogar, y ordenar a su cara mitad que no vaya al baile. A las órdenes que se evaporan ante el mármol de Colombina, suceden las súplicas, y Pierrot suplicante, no puede más que Pierrot autoritario. En vano se pone de rodillas, en vano hace una cara triste, semejante a la faz de su olvidada Selene... Colombina, impasible, dícele que irá al baile.

“Pues bien –dice Pierrot, cambiando de tono–. Iremos al baile, iremos juntos. Danzaremos, reiremos, y pasaremos las más preciosas horas.”

Él mismo va a preparar el traje que va a lucir Colombina; él mismo se presenta lleno de risa, y proclama gustoso que no hay nada mejor que un baile de Carnaval, en compañía de una bella mujer.

Colombina le deja hacer. Pues en su cabecita de pájaro tiene las más caprichosas ideas respecto a la felicidad conyugal. ¿No ha recibido un mensaje de Arlequín, en el cual mensaje el elegante amante le prometía cielos y tierra por un vals en el baile carnavalesco?

Ella cree que no ofenderá a Dios ni a Pierrot acompañando a Arlequín a comer écrevisser en cabinet particulier.

¡Pícara Colombina!

Y he aquí la pareja lista para partir al baile.

El Hombre Blanco, cándido como un cisne, como un ensueño virginal, con su sombrero blanco, su cara blanca, su traje blanco, su alma blanca.

Y colombina de negro, con su sombrero de negro, sus guantes negros, sus medias y zapatos negros, su traje negro que deja ver muchas cosas sonrosadas, su bastón largo y negro, y su alma de donde salen para el pobre Pierrot muchas penas negras...

Ambos contentos a la fiesta. Es el día en que la humanidad cree necesario adornarse con las joyas de la Locura. Suenan por todas partes músicas alegres. Las gentes, pasan y ríen. Las máscaras van en profusión por las calles. Todo predispone al juego y al fuego, cuya ceniza servirá para el miércoles del Memento, homo... Brazo con brazo, van Pierrot y Colombina, entre los transeúntes que dicen decires y chistes a través de las carertas y de los disfraces.

Y Colombina va acariciando en su interior una pérfida idea.

¡Pobre Pierrot!

¡Música!

¡Música!

Flores y murmullos y luces. Es el imperio del placer. El teatro está lleno e hirviente de parejas. Los disfraces más variados circulan. De los palcos vuelan las serpientes y las miradas ardientes.

Princesas, manolas, aves, gitanas, pasan, se confunden. Pierrot y Colombina penetran en el vasto recinto, en la lluvia de notas de la orquesta, entre el remolino de danzantes.

Y Colombina, que ha visto a lo lejos a Arlequín, haciéndole una seña, suéltase de pronto del brazo de su marido, y piérdese en el bullicio de la alegre muchedumbre. 

Pierrot, atontado, mira a todos lados, se agita, corre aquí y allá, sin poder percibir a su consorte en fuga. Va de un punto a otro y es estrujado. Hace grandes gestos que llaman la atención de los circunstantes. Camina, se lo arrojan los que bailan, como una pelota, hasta que al fin, fatigado, lleno de tristeza y de desesperación, va asentarse descansar, en la gran escalera, iluminada por las claras lámparas eléctricas que fingen un sol meridiano.

Pasan gentes, pasan gentes, pasan, pasan, y Pierrot cree de repente ver a su mujer... No, no es ella. Es una que se le asemeja.

Y el Hombre Blanco, desesperanzado, sigue, sigue en triste actitud, observado por los que suben y bajan por la extensa y marmórea galería.

Ha pasado el tiempo, tiempo; ha desgranado el reloj muchos minutos, es ya más de medianoche; la música ha destrozado muchas veces con su alegría el corazón de Pierrot, cuando de pronto siente que una suave mano se posa sobre su hombro.

–"Es ella."

Es ella. Manifiéstale que ha sido arrastrada en el torbellino de los danzantes; que ha sido llevada por la ola de los valses; y que felizmente, ha encontrado un amigo, a su digno amigo el Sr. Arlequín, que le ha convidado a reparar sus fuerzas con una copa de champagne y écrevisses en cabinet párticulier...
Pierrot explota:

“!Desventurada!” –Y haciendo una mueca trágica, hace que le conduzca al gabinete en que ha tenido lugar la cena.

Ahí están las señales de un buen divertimiento; el resto del vino, el resto del pastel...

Pierrot, delante de la falsa mujer junta sus manos y se pone a meditar en si hará sus hazañas de doctor Blanco, o soportará con paciencia su desgracia...

Un momento después las golosinas le tientan; se come el resto del pastel y se bebe el resto del vino, ante las miradas especiales de la esposa fatal que le acteoniza.

Ya en casa, Pierrot se echa en un sillón, inconsolable, mientras que Colombina, preciosamente, pretende inculcarle, al buen filósofo, una cantidad mayor de filosofía.

Historia de la pricesa Psiquia...

Rubén Darío

 HISTORIA PRODIGIOSA DE LA PRINCESA PSIQUIA SEGÚN SE HALLA ESCRITA POR LIBORIO, MONJE, EN UN CÓDICE DE LA ABADÍA DE SAN HERMANCIO, EN ILIRIA

(CUENTO DE NAVIDAD)

I
De la ciudad en que moraba la princesa Psiquia, y del rey mago, su padre

Muy más allá del territorio de Emesa, en Fenicia, en tiempo de las persecuciones de Segundo y de las santas prédicas del santo varón Onofre, Liborio, monje, escribió la peregrina historia de la princesa Psiquia, la cual fuele narrada por un gentil purificado con las aguas del bautismo; el cual gentil había habitado la ciudad portentosa en donde se verificaron los sucesos en estas páginas rememorados. Este monje Liborio fue amigo de Galación, el santo, y de Epistena, que padecieron martirio bajo el poder del emperador Decio.

Y era en la ciudad en donde habitaba el rey Mago, la mayor y más grande de todas las ciudades de un vastísimo y escondido reino de Asia, en donde los hombres tenían colosales estatuas y costumbres distintas, y maneras de otro modo que todos los otros hombres y por cuanto no había llegado todavía, en el tiempo en que pasó la historia que nos ocupa, la luz que los Apóstoles derramaron por todo el mundo en nombre de Nuestro Señor Jesús, aquellos gigantes gentiles adoraban figuras e ídolos de metales diversos y de formas enormes y tremendas. Era la ciudad como una montaña de bronce y de piedra dura, y los palacios monumentales tenían extrañas arquitecturas ignoradas de los cristianos, murallas inmensas, columnas y escaleras y espirales altísimas, que casi se perdían en la altura de las nubes. Y cerca había bosques espesos y muy grandes florestas en donde los cazadores del rey cazaban leones, águilas y búfalos. En las plazas de la gran ciudad estaban los ídolos y ante ellos encendían hogueras en donde se quemaban robles enteros y se celebraban fiestas misteriosas y sangrientas, que contemplaba desde una silla de oro y hierro del rey, que era un rey mago que sabía la ciencia de los hechizos y conocía, como el rey Salomón, muchas cosas ocultas, al punto de que los pájaros del aire y las bestias del campo no tenían para él secretos; ni tampoco las ramas de los árboles, ni las voces de las montañas. Porque había estudiado toda la ciencia de Oriente, en donde la magia era temida en gran conocimiento, y era su sabiduría obra del espíritu maligno, del cual N. S. J. C. nos libre. En el centro de la ciudad colosal estaba la morada de rey, toda de mármol y piedra de ónice, coronada por maravillosas cúpulas y torres; y en medio de ella, en un quiosco primoroso, rodeado de un delicioso jardín, en donde se veían lindísimas aves de magníficos colores y flores olorosas de países recónditos, vivía la hermosa hija del monarca, Psiquia, la cual superaba en blancura a la más blanca de las garzas reales y a los más ilustres cisnes.

II
Descripción de la beldad de Psiquia, y de cómo su padre inició a la princesa en los secretos de la magia

Entre todos los habitantes del reino, era Psiquia una excepción, pues en aquel país de gigantes, en la ciudad monumental, su figura no era desmesurada, antes bien fina y suave, de modo que al lado del rey su padre, coloso de anchas manos y largas crines rojas, tenía el aspecto de una paloma humana o una viva flor de lis. Sus ojos eran dos enigmas azules, sus cabellos resplandecían como impregnados de sol, su boca rosada era la más bella corola: la euritmia de su cuerpo, una gloria de armonía; y cuando su pequeña mano blanca se alzaba, bajábase, blandamente domada, la frente del gran rey de cabeza de león, el cual habíala iniciado en los secretos de la magia, dándole a conocer las palabras poderosas de los ensalmos y de las evocaciones, las frases de las músicas, del aire, las lenguas de las aves, y la íntima comprensión de todo lo que se mueve y vive sobre la faz de la Tierra. Así la princesa reía a sonoras carcajadas cuando escuchaba lo que decían los pájaros del jardín, o se quedaba meditabunda al oír el soliloquio del chorro de una fuente o la plática de los rosales movidos por el viento.

Era en verdad bellamente prodigioso el contemplar cómo entre las fieras, tigres, leones, elefantes, panteras negras, que en circos y fosos guardábanse, iba ella como entre corderos, por la virtud de su poder secreto intacta y triunfante, y parecía una reina de la naturaleza que todo lo dominaba con el supremo encanto de su beldad, o mirarla rodeada de las más raras aves, a las cuales oía sus confidencias, o fija, desde su quiosco florido, en los astros del cielo, en los cuales había aprendido a leer. Y sucedió que tan llena de ciencia de magia como estaba, un día amaneció desolada y triste, bañada en lágrimas, y no pronunciaba palabra, como si fuera una estatua de piedra o mármol.

III
De los varios modos que el rey empleó, para averiguar la causa de la desolación de la princesa, y cómo llegaron tres reyes vecinos

En vano el rey dirigía sus palabras y amables razones a su bella hija, pues ella permanecía sin decir palabra de la causa que la tenía en tan lamentable tristeza y mudez. Y como el soberano pensase ser cosas de amor las que tenían absorta y desolada a la princesa, mandó a cuatro de sus más fuertes trompeteros a tocar en la más alta de las torres de la ciudad y hacia el lado que nace la aurora cuatro sonoras trompetas de oro. El claro clamor fue alegrando las montañas, y con la obra de su magia, haciendo cantar de amor a las aves, y reverdecer de amor a los árboles, y humedecerse de amor las fauces de las fieras, y reventar de amor los botones de las flores, y el aire alegre, y a las rocas mismas sentir como si dentro de sus duras cortezas tuvieran un corazón. Y a poco fueron llegando, primeramente un príncipe de la China, en un palanquín que venía por el aire y que tenía la forma de un pavo real, de modo que la cola pintada naturalmente con todos los colores del arco iris servíale de dosel incomparable, obra todo de unos espíritus que llaman genios. Y después un príncipe de Mesopotamia, de gallardísima presencia, con ricos vestidos, y conducido en un carro lleno de piedras preciosas, como diamantes, rubíes, esmeraldas, crisoberilos, y la piedra peregrina y brillante dicha carbunclo. Y otros príncipes del país de Golconda, también bellos y dueños de indescriptibles pedrerías, y otro de Ormuz, que dejaba en el ambiente un suave y delicioso perfume, porque su carroza y sus vestidos y todo él, estaban adornados con las perlas del mar de su reino, las cuales despiden aromas excelentísimos como las más olorosas flores, y son preferidas por las hechiceras nombradas hadas, cuando hacen, como madrinas, presentes en las bodas de las hijas de los reyes orientales. Y luego un príncipe de Persia, que tenía una soberbia cabellera, e iba precedido de esclavos que quemaban perfumes y tocaban instrumentos que producían músicas exquisitas. Y otros príncipes más de la Arabia feliz, y de los más remotos lugares de la India, y todos fueron vistos por la princesa, que no pronunciaba una palabra y estaba cada día más triste; y ninguno de ellos logró ser el elegido de ella o tornarla despierta al amor como ellos lo habían sido desde sus países lejanos, al eco de las mágicas trompetas de oro. Por lo cual el rey sufrió gran descorazonamiento, y como quisiese siempre averiguar la causa del mal de Psiquia, envió a sus cuatro más fuertes trompeteros a tocar, en la más alta de las torres de la ciudad y hacia el lado del país de la Grecia, cuatro sonoras trompetas de plata. Del lado del país de los griegos llegó entonces una gran carroza en donde maravillosos liristas hacían sonar sus liras, y jóvenes hermosas agitaban palmas en una alta figura de mujer; con grandísimo decoro extendían dos alas como un ángel, y tenían cerca de sus labios, asido con la diestra, un largo clarín. Psiquia miré el carro glorioso Y no dijo palabra. Entonces envió el rey otros cuatro gigantescos trompeteros a tocar, en la más alta de las torres de la ciudad, cuatro sonoras trompetas de bronce, a todos los cuatro puntos del horizonte. Oyáse un gran estruendo, y era que venían de todos los lados del mundo los caballeros que combatían y tenían en su brazo la fuerza, vestidos de hierro, y cabalgaban en caballos vestidos de hierro también, y a su paso temblaba la tierra. Los más bravos venían de entre los sarracenos, de la tierra de Galia, en donde había la más terrible lucha, y del reino que fue después Inglaterra. De todos los lugares venían, y ningún aparato de potencia y ningún signo de victoria pudo hacer que Psiquia hiciese oír su encantadora voz.

Y entonces subió el rey mismo a la más alta torre de la ciudad y tocó en el gran cuerno que tenla siempre en su cintura, tres veces, de tal guisa que hubo como un temblor extraño por todos los alrededores. Al son del cuerno mágico fueron llegando todos los sabios llenos de la ciencia de Oriente, que como eran tan sabios eran reyes y conocían los secretos de la magia. Los persas tenían riquísimas mitras y vestiduras que mostraban, bordados, los signos del Zodiaco; los de la India iban casi desnudos, con el misterio en los ojos y las cabelleras copiosas y luengas; otros, hebreos, tenían sobre los pechos, pintados en telas color de jacintos, palabras sagradas y nombres arcanos; otros, de lejanos países, tenían coronas de oro y barbas trenzadas con hilos de oro, y en las manos sortijas de oro y gemas preciosas. Mirólos a todos la princesa y permaneció muda. Mas avino que llegaron los últimos, tres reyes vecinos llamados Baltasar, de la raza de Jafet; Gaspar, de la raza de Cam; Melchor, de la raza de Sem. Todos tres estuvieron largo rato contemplando a la princesa Psiquia, después de lo cual hablaron al desconsolado monarca, de la manera que se va a saber.

IV
De cómo los tres reyes vecinos hablaron de un ilustre y santo extranjero llamado Tomás que en el país de ellos habíalos bautizado en nombre del verdadero Dios

Dijeron los tres reyes que en los ojos de la princesa se miraban resplandores de los deseos profundos e insaciables; que la ciencia de los magos no era suficiente a apagar la sed del alma de Psiquia; que ellos habían conocido las tradiciones balamitas y habían profundizado los misterios de los astros, habían ido a un lugar lejano, hacía tiempo, a ofrendar oro, incienso y mirra a un Dios nuevo, el único grande y todopoderoso, al cual encontraron en un pesebre, y que habían sido guiados por una estrella, y que en esos mismos instantes estaba aún en el país de ellos un enviado de aquel Dios, llamado Tomás, el cual les había infundido una mejor sabiduría de la que antes poseyeran y los había bautizado en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, cuyo poder e imperio destruían la influencia y el poderío de los ídolos y todas las argucias de Satanás, principio de los malos espíritus. A lo cual el gigantesco rey mago envió en busca del extranjero Tomás, el cual entró en la ciudad, y en aquel mismo instante cayeron al suelo despedazados los ídolos de las plazas, porque era Tomás, el santo que tocó las llagas del Cristo resucitado, e iba por lejanos países predicando las verdades del Evangelio. Y al ver al santo, púsose en pie la princesa Psiquia y pronunció las siguientes palabras:

–¡Oh enviado del más grande de los dioses, considera cuál será mi desolación y mi honda pena, pues ya no puedo llevar a mis labios el agua única que puede calmar la sed de mi alma! No es el amor, ¡oh príncipes!, lo que está oculto a mis ojos, pues sé cómo son sus raras dulzuras, sus portentosas maravillas y los secretos todos de su poder, y por eso mis labios no se han movido cuando los herederos de los grandes reinos y los más bellos mancebos han venido a enamorarme; no es la gloria, cuyas palmas conozco y he escuchado resonar en el más espléndido y admirable de los carros triunfales; no es la fuerza, y así no me he conmovido ante el desfile de los conquistadores que han pasado cubiertos de hierro, con sus enormes hachas y espadas, semejantes por su fortaleza a los invisibles caballeros de los truenos; no es la ciencia, cuya última palabra he aprendido, ¡oh padre!, gracias a ti y a los genios que han venido a mis evocaciones; y así tampoco delante de los sabios y magos ha pronunciado mi lengua una sola palabra. ¡Oh extranjero! –exclamó con voz más alta y solemne, el secreto cuya posesión será mi única dicha, tan solamente un hombre puede enseñármelo, un hombre de tu país, que en estos momentos pasa a muchas leguas de aquí, camino de la Galia, vestido con una áspera túnica, apoyado en un tosco bordón, ceñidos los riñones con una cuerda. Ruégote, ¡oh enviado del verdadero Dios!, vea yo mi felicidad sabiendo el misterio que ansío conocer, y así seré la princesa más feliz de la Tierra.

–¡Oh desdichada! –respondió Tomás ante los oyentes maravillados–, ¿no sabes que tus deseos son contra la voluntad del Padre? ¿No sabes que ningún humano, fuera de ese peregrino que pasa camino de la Galia, puede poseer el más tremendo de los secretos, el secreto que ansías conocer? Mas sea en bien de Nuestro Señor, y cúmplase su voluntad. Y subió Tomás el santo a la más alta de las torres de la ciudad y clamó con voz fuerte por tres veces: «¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Lázaro!...»

V
En que concluye la historia prodigiosa de la princesa Psiquia

Y viose venir a un hombre vestido con una áspera túnica, apoyado en un tosco bordón, ceñidos los riñones con una cuerda. A su paso todas las cosas parecía que temblaban misteriosamente. Era pálido. No se podía contemplar sus ojos sin sufrir un vértigo desconocido.

Mas los ojos de Psiquia, sonriente, se clavaron en ellos, como queriendo penetrar violentamente en alguna oculta y profunda tiniebla. Él se acercó con lentitud a la princesa y le habló dos palabras al oído. Psiquia escuchó y quedó al instante dulcemente dormida.

–Psiquia, Psiquia –rugió el enorme rey de cabeza de león.

Psiquia estaba dormida para siempre.

Tomás visitó a los gigantes vecinos de los tres reyes magos, y así ganó muchas almas para el cielo y para la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, Salvador del mundo, al cual sean dados gloria, honor e imperio, per infinita saecula saeculorum. Amén.

Aquí concluye la historia de la princesa Psiquia.

La cabeza del Rabí

 

Rubén Darío
(Cuento oriental)

A Emelina

I

¿Cuentos quieres, niña bella?
Tengo muchos que contar:
de una sirena de mar,
de un ruiseñor y una estrella,
de una cándida doncella
que robó un encantador,
de un gallardo trovador
y de una odalisca mora,
con sus perlas de Basora
y sus chales de Lahor.

II

Cuentos dulces, cuentos bravos,
de damas y caballeros,
de cantores y guerreros,
de señores y de esclavos;
de bosques escandinavos
y alcázares de cristal;
cuentos de dicha inmortal,
divinos cuentos de amores
que reviste de colores
la fantasía oriental.

III

Dime tú: ¿de cuáles quieres?
Dicen gentes muy formales
que los cuentos orientales
les gustan a las mujeres;
así, pues, si eso prefieres
verás colmado tu afán,
pues sé un cuento musulmán
que sobre un amante versa,
y me lo ha contado un persa
que ha venido de Ispahán.

IV

Enfermo del corazón
un gran monarca de Oriente,
congregó inmediatamente
los sabios de su nación;
cada cual dio su opinión,
y sin hallar la verdad
en medio de su ansiedad,
acordaron en consejo
llamar con presura a un viejo
astrólogo de Bagdad.

V

Emprendió viaje el anciano;
llegó, miró las estrellas;
supo conocer en ellas
las cuitas del soberano;
y adivinando el arcano
como viejo sabedor,
entre el inmenso estupor
de la cortesana grey,
le dijo al monarca: «¡Oh Rey!
Te estás muriendo de amor».

VI

Luego, el altivo monarca,
con órdenes imperiosas
llama a todas las hermosas
mujeres de la comarca
que su poderío abarca;
y ante el viejo de Bagdad,
escoge su voluntad
de tanta hermosura en medio,
la que deba ser remedio
que cure su enfermedad.

VII

Allí ojos negros y vivos;
bocas de morir al verlas,
con unos hilos de perlas
en rojo coral cautivos;
allí rostros expresivos;
allí como una áurea lluvia,
una cabellera rubia;
allí el ardor y la gracia,
y las siervas de Circasia
con las esclavas de Nubia.

VIII

Unas bellas, adornadas
con diademas en las frentes,
con riquísimos pendientes
y valiosas arracadas;
otras con telas preciadas
cubriendo su morbidez;
y otras, de marmórea tez,
bajas las frentes y mudas,
completamente desnudas
en toda su esplendidez.

IX

En tan preciada revista,
ve el Rey una linda persa
de ojos bellos y piel tersa,
que al verle baja la vista;
el alma del Rey conquista
con su semblante la hermosa,
y agitada y ruborosa
tiembla llena de temor
cuando el altivo Señor
le dice: «Serás mi esposa».

X

Así fue. La joven bella
de tez blanca y negros ojos,
colmó los reales antojos
y el Rey se casó con ella.
¿Feliz, dirás, tal estrella,
Emelina? No fue así:
no es feliz la Reina allí
la linda persa agraciada,
porque ella está enamorada
de Balzarad el rabí.

XI

Balzarad tiene en verdad
una guzla en la garganta,
guzla dúlcida que encanta
cuando canta Balzarad.
Vióle un día la beldad
y oyó cantar al rabí;
de sus labios de rubí
brotó un suspiro temblante...
Y Balzarad fue el amante
de la celestial hurí.

XII

Por eso es que triste se halla
siendo del monarca esposa,
y el tiempo pasa quejosa
en una interior batalla.
Del Rey la cólera estalla,
y así le dice una vez:
«Mujer llena de doblez:
di si amas a otro, falaz».
Y entonces de ella en la faz
surgió vaga palidez.

XIII

Sí. -le dijo-, es la verdad;
de mi destino es la ley:
yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!
porque adoro a Balzarad.
El Rey, en la intensidad,
de su ira, entonces, calló;
mudo, la espalda volvió;
mas se veía en su mirada
del odio la llamarada,
la venganza en que pensó.

XIV

Al otro día la hermosa
de parte de él recibió
una caja que la envió
de filigrana preciosa;
abrióla presto curiosa
y lanzó, fuera de sí,
un grito; que estaba allí
entre la caja, guardada,
lívida y ensangrentada
la cabeza del rabí.

XV

En medio de su locura
y en lo horrible de su suerte,
avariciosa de muerte
ponzoñoso filtro apura.
Fue el Rey donde la hermosura,
y estaba allí la beldad
fría y siniestra, en verdad,
medio desnuda y ya muerta,
besando la horrible y yerta
cabeza de Balzarad.

XVI

El Rey se puso a pensar
en lo que la pasión es,
y poco tiempo después
el Rey se volvió a enfermar.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...