viernes, 11 de marzo de 2022

La fiesta de Roma

 Rubén Darío

Lucio Varo hablaba lentamente, y sus palabras eran como ritmadas por el ruido de los remos. Una gloria vesperal empur­puraba la fiesta del cielo, y caía, regia, sobre Roma. Se hubiese pensado en una decoración voluntaria de la naturaleza en ho­menaje a la ciudad divina. Doraba, roja, la luz, las lejanías; caía a rayos oblicuos sobre los jardines que en lo pintoresco de la ribera atraían con la alegría de sus flores, de sus mujeres y de su vino lesbiano. Flotaba como un aire de salud universal, que inmergiese en un baño maravilloso de fuerza y de bienestar, elevando y purificando el pensamiento, ayudando a la formula­ción de la palabra, cuidando y transportando, como un incienso misterioso, la fragancia humana.

Como en un punto del navegar se descubriese un paraje en que se descorría a la manera de una cortina el espectáculo de las cosas inmediatas, dejando contemplar el panorama de la capital cesárea, el poeta se puso de pie, y mientras Pablo le miraba con fijeza, recostado al borde de la barca, él prosiguió, elevando un tanto la voz, armoniosamente, de modo que se pensaría escuchaba el instrumento invisible que le iba acompañando.

–He aquí la última de mis diosas –dijo–. He ahí a Roma, a quien tantas ofrendas he hecho en el templo de la Salud. En ella se sostiene la fe que me resta. Su faz, en una visión del futuro, se me aparece siempre irradiando un brillo único; su cabeza firme sobre la columna de su cuello vigoroso, sostiene el orgullo simbólico de su corona de torres. Es la diosa dueña de la inmortalidad y de la victoria, favorecida directamente del Divus Pater Júpiter, que le ha hecho el don de su voluntad y de su rayo. La loba de Rómulo, ¿saben que he pensado, era el conjunto de todas las divinidades que debían dar la existencia y la fortaleza al Padre cívico? Cuando el infante apareció a la vida del día en ella Vaticano favoreció el grito primero que anunciara el triunfante nacimiento; Fabulino desató en la len­gua la primera fórmula verbal que fue fundamental eslabón en la infinita cadena del discurso futuro; en la leche del providen­cial cuadrúpedo ofrecieron Educa el manjar primordial que más tarde sería en augusta transubstanciación la carne vigorizada de un pueblo omnipotente, y Potina la copa concentradora de un licor de luminosa energía; y cuando el Fundador caminó por la primera vez, al amor de los montes nativos, aprendiendo el paso que place a los númenes, con él iban Abeona y Adeona, con él volvían Iterdica y Dominuca, todas encarnadas en la Lupa de las manos de bronce, nodriza y maestra del varón predesti­nado para hacer brotar de la tierra la flor insigne de la potencia y de la libertad humanas. Roma es y será invencible al Tiempo. La Salud del Pueblo Romano tendrá siempre como Vesta un fuego encendido en honor suyo, no en templos que caerán al paso de los carros de los siglos, ni custodiado por vestales frági­les a la culpa y a la muerte, sino en el alma de todo hombre libre y noble, vigilado y atizado por la mente de una raza im­perecedera, sustentada por influencia suprema, en el cumpli­miento de un destino imperioso. 

Yo recuerdo que siendo niño conducíame mi padre a sus granjas, en tiempo en que se cele­braban las fiestas de los dioses rústicos. En la campiña de mi vida había una discreta comunicación con la vida de la campiña, aunque jamás mis ojos tuvieran el sagrado terror de la visión corporal de una divinidad. Presenciaba los regocijos primavera­les tomando en ellos parte, y veía saltar gozoso el chorro de la sangre del puerco votivo, del toro de la ofrenda; y luego, coro­nado de hojas frescas, me internaba por los bosques, saturando mi cuerpo infantil de las esencias del campo, con la confianza en la bondad de los númenes contentos, en la virtud de la suo-vetaurilia propiciatoria. Antes de que el arado desflorase la ne­gra tierra, antes de que de la espiga copiosa se recogiese la co­secha, la plegaria se dirigía a la diosa favorecedora, el sacrificio precidáneo era ofrecido a Ceres, y aún contemplo la cabeza blanca de mi padre, encina familiar, al presidir la acción de solicitud o de gracias. Yo adornaba con flores cogidas en las ve­cinas praderas, los simulacros de la Primavera y de Marte Sil­vano; mis oídos pueriles habrían creído escuchar voces sobrena­turales que salían de los troncos de los árboles, de los carrizos, de las riberas y de los diamantes de las fuentes. Alguna vez con­duje en mis manos que se alzaban en acto de honor el ánfora de aceite que se vertía sobre el bloque de piedra del ara primi­tiva; y aguardaba ver aparecerse la figura del lar protector, sur­gir del agua cercana las ninfas tutelares, mientras se despertaba en mi espíritu en flor una mezcla de curiosidad y miedo. 

Creía rozarme con los dioses, pero no llegaba jamás a percibirlos. Y ya en mí había el deseo de realizar cosas grandes. De mis labios brotaban extraños ritmos y melopeas que yo inventaba, que no decían nada, incomprensibles en verdad para mí mismo, pero que irían y serían comprendidos por los seres superiores a quie­nes iban dedicados, tal los himnos antiguos en boca de los Arvales. Ya pasada la edad primera fui asiduo al culto hercúleo, y en la felicidad de mis primeros amores mis dedos entretegieron muchas coronas de rosas. Una música incesante, una luz áurea y dichosa ha precedido siempre la danza de mis horas en esos dulces años. Las Musas me favorecían, y nada turbaba mi paso por el camino del mundo. Un día cayeron en mis manos las obras de Ennio, y conocí por él a Evémero, y respiré el desconocido perfume de los versos de Epicarmo. La duda fue poco a poco filtrándose en mi alma. Sentí como la invasión de una dolencia sutil que poseía mi antiguo gozo. Después caí en un sopor indefinible, en una debilidad hasta entonces no sentida, cual si desfalleciese...

–Era el hambre de Dios –interrumpió Pablo. Varo continuó: –Todos los dioses fueron cual ocultándose a mi deseo, o es­quivándose a mi fatiga. Hasta el momento en que comprendí que la única divinidad en que podía esperar, ya perdidas las primeras ilusiones, ya puesto el pensamiento en mi tarea sobre el mundo, ya determinando la misión de nuestra raza sobre la tierra, era Roma, Roma el apoyo del amor y de la libertad fu­turas. Roma la Buena Diosa. Veneremos la memoria de Augus­to, que ha hecho revivir el culto de Venus Generadora, de Marte Vengador y de Apolo Palatino, pues las tres divinidades se jun­tan, para mí, en el corazón, en el brazo y en el cerebro de Roma. La Venus maternal reproduce en la sangre romana sus llamas y sus rosas, alimentando los flancos victoriosos de donde brotarán ciudadanos innúmeros, hábiles en las artes de la paz, dueños del campo, robustos en las faenas agrícolas y gozosos en la existen­cia urbana, adoradores de la claridad y de la fuerza; Marte Ven­gador hace reverdecer los viejos laureles y crecer y vestirse de hojas fragantes los nuevos; castigará siempre las afrentas de la Patria, armará el brazo nacional y mantendrá el decoro y la dignidad Capitolina; y Apolo Palatino, no tan solamente el de Accio, ni aquél cuyo templo ostenta sobre la cuadriga de oro la figura del Sol, sino el Arquero eterno, el Numen que anima y animará por siglos de siglos la romana mente, encenderá el co­razón romano, y hará que el verbo latino, la sangre latina, perpetúen su imperio, en una victoria inacabable. 

Yo sueño con una fiesta de Roma, repetida como los juegos seculares, a la cual con­currirán en lo porvenir todas las naciones del universo. Si un Dios ha de venir que se revele más grande que los dioses cono­cidos, hoy ocultos, o enfermos, o prófugos, él presidiría, encar­nado en un sacerdote magno, los coros ofertorios y las pompas sagradas. Los ministros del culto nuevo darían gracias a la po­testad divina por las victorias logradas, por la riqueza, por la conservación de la Salud popular y de la Belleza consagrada y respetada; por las espigas de los surcos y las rosas de los jardi­nes, por los senos y vientres que dan al amor y a la patria culto y vástagos. Sería el reino apolíneo bajo la corona de Roma. Y las naciones agitarían palmas, celebrando la supremacía y la es­pada de oro de la conquistadora que daba la paz y la dicha. No en el templo de Apolo Palatino, sino en la plaza pública, re­sonaría el Carmen secular escrito por el primer poeta de la tie­rra, y cantado por un inmenso coro de hombres y mujeres po­seedores de juventud y de hermosura. Se estremecería el cora­zón del orbe. Iría el canto bajo la azul cúpula celeste, sobre las colinas llevado por el viento propicio al mar. Ya no serán tan sólo los escitas, los indos y los medos, la Galia y la Germania, quienes acatarán a la Señora terrenal; habrá quizás mundos nue­vos que se inclinen delante de tanta majestad...

Tras una corta pausa, comenzó a recitar los versos que antes había compuesto, quizás contemplándose él mismo en el poeta venidero que cantaría el secular carmen:

Roma, grandiosa Roma, alta Imperia, señora del Mundo!
A tu mirada se levanta la gloria
Toda vestida de fuerza, con la palma sonora en la diestra
Y la sandalia mágica sobre el cuello de trueno.

Tú, este vino de fuego que nos pone en las venas el ritmo,
Esta violencia de la latina sangre,
Transmutaste de la ubre que a los labios sedientos de Rómulo
Llevó en el primitivo día la áspera Lupa.

Siete reyes primero contemplaron las siete colinas,
Y del prístino tronco brotó la rica prole;
Coronó la República el laurel de los montes Sabinos,
El de la bella Etruria y la palma del Lacio.
Magno desfile de altos esplendores! Las arduas conquistas,
El patricio y la plebe, literas consulares,

Hachas, lictores, haces...
¿En qué gruta aún resuena, misteriosa y divina armonía,
La olímpica palabra que en la lírica linfa,
En la lírica linfa escuchó de su náyade Numa?

Y he ahí el coro de águilas: ¿De dónde vienen victoriosas?
De los cuatro puntos del cielo; de la ruda Cartago,
De las islas felices, de la blanca y sagrada Atenas.
Y las tuyas ¡oh César! de los bosques augustos de Galia.

Y llevadas por todos los vientos
Que bajo el solar fuego soplan sus odres
Del soberbio Imperator resplandece la altiva diadema
Y su mano, al alzarse, cual la de Jove rige
Capitolina…

Pablo volvió a interrumpir:
–Yo anuncio al Dios del triunfo venidero.
Y Varo:
–¡Roma será inmortal!...

La historia de un picaflor

 Rubén Darío

... Ah!, si, mi amable señorita. Tal como usted lo oye: tras un jarrón de paulonías y a eso de ponerse el sol. Garlaban como niños vivarachos, no se daban punto de reposo yendo y viniendo de un álamo vecino a una higuera deshojada y escueta, que está más allá de donde usted ve aquel rosalito, un poco más allá.

¿Que quiere usted saber la manera, el cómo y el por qué entendemos esas cosas los poetas?... Fácil cuestión. 

Ya lo sabrá Usted después que le refiera eso, eso que le ha infundido ligeras dudas, y que pasé tal como lo cuento; una cosa muy sencilla: la confidencia de un ave bajo el limpio cielo azul.

Hacía frío. La cordillera estaba de novia, con su inmensa corona blanca y su velo de bruma; soplaba un airecito que calaba hasta los huesos; en las calles se oía ruido de caballos piafando, de coches, de pitos, de rapaces pregoneros que venden periódicos, de transeúntes, ruido de gran ciudad, y pasaban haciendo resonar los adoquines y las aceras, con los trabajadores de toscos zapatones., que venían del taller, los caballeritos enfundados en luengos paletots, y las damas envueltas en sus abrigos, en sus mantos, con las manos metidas en hirsutos cílindros de pieles para calentarse. Porque hacía frío, ni¡ amable señorita.

Pues vamos a que yo estaba allí donde usted se ha reclinado, en este mismo jardín, cerca de ese sátiro de mármol cuyos pies henchidos están cubiertos por las hojas de la madreselva. Veía caer los chorros brillantes del surtidor, sobre la gran taza, y el cielo que se arrebolaba por la parte del occidente.

De pronto empezaron ellos a garlar. Y lo hacían de lo lindo, como que no sabían que yo les comprendía su parloteo. Ambos eran tornasolados, pequeñitos, lindos ornis. Dieron una vuelta por el jardín, chillando casi imperceptiblemente, y luego en sendas ramas principiaron su conversación.

–¿Sabes que me gusta –le dijo el uno al otro– tu modo de proceder?

No es poco el haberte sorprendido esta mañana cortejando a la hermosa dueña del jardín vecino, a riesgo de romperte el pico y quebrarte la cabeza contra los vidrios de su ventana. ¡Oh!, ¿habráse visto mayor incauto? Como sigas dejando las flores por las mujeres, te pasará lo mismo que a Plumas de Oro, un primo mío más gallardo que tú, de ojos azules, y que tenía un traje de un tornasol amarillo que cuando el WI le arrebolaba le hacía parecer llama con alas.

–¿Y qué le pasó a tu primo? –repuso el otro un tanto amostazado.

–Escucha –siguió el consejero, tomando un aire muy grave y ladeando la cabecita–. Escucha, y echa en tu saco. Era Plumas de Oro remono, monisimo. ¡Qué mono que era! ¡Y su historia! 

En esas bellas ciudades llamadas jardines, no había otro más preferido por las flores. En los días de primavera, cuando las rosas lucían sus mejores galas, ¡con cuánto placer no recibían en sus pétalos, rojos como una boca fresca, el pico del pajarito juguetón y bullicioso Las no- me-olvides ¡se asomaban por las verdes ventanas de sus palacios de follaje y le tiraban a escondidas besos perfumados, con la punta de sus estambres; los claveles se estremecían si un ala del galán al paso les movía con su roce; y las violetas, 1,as violetas pudorosas, apartaban un tanto su velo y enseñaban el lindo rostro al mimado picaflor que volaba rápido luciendo su fraquecito de plumas pálidas, cortadas, por las tijeras de la naturaleza. Pinaud de los elegantes del bosque. Plumas de Oro era un gran picaronazo... ¡Vaya si se sabía cosas!

Bajó las enramadas, en las noches de luna, cuentan auras maliciosas que ellas mismas llevaron en sus giros quejas tenues y apacibles aromas súbitos y vagarosos aleteos.

A ver, ¿quién dice que Plumas de Oro no era un tunante?

¡Ay, cuánto lo amaban las flores!

Pues ya verás tú, imprudente, lo que le sucedió, que es lo que te puede suceder, como sigas con malas inclinaciones.

Avino que una mañana de primavera Plumas de Oro estaba tomando el sol. En aquella sazón bajo el jardín una de esas, una de esas mujeres que parecen flores y que por eso nos encantan. Tenía ojos azules como campánulas, frente como azucena, labios como copihues, cabellos como húmedas espigas, y, en conclusión, ¿para qué decir que Plumas de Oro perdió el seso?

¡Qué continuo revolar; qué ir y venir de un lugar a otro para ser visto por la dama rubia!

¡Ah Plumas de Oro, no sabes lo que estás haciendo...

Desde aquel día las flores se quejaron de olvido; algunas se marchitaron angustiadas; y no sentían placer en que otros de nuestros compañeros llegaran a besarles las corolas. Y mientras tanto, el redomado pícaro toca que te toca las rejas de la casa en que vivía la hermosura; no se acordaba de los jardines, ni de sus olorosas enamoradas... ¿No es cierto que era un sujeto asaz perdidizo? Ganas tenía de llegarme a las rejas por donde él vagueaba y decirle a pico lleno: Caballero primo, es usted un trapalón. ¿Estamos?

Llegó un día fatal. Ello había de suceder. Yo, yo lo vi, con mis propios ojos. Mientras Plumas de oro revolaba, la ventana se abrió y apareció riendo la joven rubia. En una de sus manos blancas como jazmines, con las palmas rosadas, en la siniestra, tenía una copa de miel, ¿y en la otra? ¡Ay!, en la otra no tenía nada. Plumas de Oro voló y aleteando se puso a chupar la miel de aquella copa, como lo hacía en los lirios recién abiertos. Mi primo, no tomes eso, que estás bebiendo tu muerte... Yo chilla y chilla, y Plumas de Oro siempre en la copa. De repente la rubia aprisionó al desgraciado, con su mano derecha... Entonces él chillaba más que yo. Pero ya era tarde... ¡Ah, Plumas de Oro, Plumas de Oro! ¿No te lo decía?

La ventana se volvió a cerrar, y yo, afligido, me acerqué para ver por los vidrios qué era de mi pobre primo. Entonces escuché... ¡Dios de las aves! Entonces escuché que la dama decía a otra como ella: 

–¡Mira, mira, le atrapé; qué lindo, disecado para el sombrero!...

¡Horror!... Comprendí la espantosa realidad... Volé a referírselo a las rosas, y entonces las espinas vengativas exclamaron en coro, mecidas por el viento:

–¡Bravo, que coja por bribón!

Días después la tirana que asesinó al infeliz se paseaba a nuestra vista por los jardines, llevando en su sombrero el cadáver frío de Plumas de Oro... Ya lo creo, como que estábamos de moda, ¡como que estamos todavía!...

Vamos, ¿has escuchado tú, imprudente, la historia de mi cuitado primo? Pues no eches en saco roto mis advertencias.

¡Oh, qué triste la historia del picaflor¡

Y luego, mi amable señorita, se fueron volando, volando, aquellos dos picaflores, del álamo a la higuera, de la higuera al rosal y del rosal al espacio...

Y oí que decían las flores en voz queda, tan queda que yo sólo la oí en aquellos instantes:

–Entre las estrellas y las mujeres, son éstas las más terribles rivales. ¡Aquéllas están tan lejos!

Ahora bien, mi amable señorita, si quiere usted saber el cómo y el por qué soy sabidor de lenguas de pájaros y de flores, míreme usted, míreme usted, que ya se lo dirán mis ojos...

La leyenda de San Martín, patrono de Buenos Aires

 Rubén Darío

Por la montaña hagiográfica de los Bolandistas, por el vergel primitivo y paradisíaco del Cavalca, por los jardines áureos de Jacobo de Vorágine, aún por el huerto de Croiset, encuentran las almas que las buscan, flores muy peregrinas y exquisitas.

¡Así las encontrará el vasto espíritu de Hello!

Como el monje de la leyenda, escuchamos, si lo queremos, un ruiseñor que nos hace vivir mil años por trino. Oíd cantar al pájaro celestial, hoy día del patrono de Buenos Aires, y caminando contra la corriente de los siglos, vamos a Panonia, a Saborie, en tiempos imperiales. 

He ahí a Martín, niño del Señor, desde que sus pupilas ven el sol. Su santidad desde el comienzo de su vida le aureola de gracia, y el Espíritu pone en su corazón una llama violenta, y en su voluntad un rayo.

Así el Cristo se revela en esa infancia, que a los diez años siente como nacer un lirio en sus entrañas.

–¡Por Apolo! ¡Por Hércules! –grita el tribuno legionario– Este pequeño y vivo león despedaza mis esperanzas!

Pues el niño fuese del hogar pagano, y buscó la miel y el lino del catecúmeno.

La madre gentil háblale de las rosas que van a florecer, de las flautas que han de resonar mañana, del alba epitalámica. El infante no escucha la voz maternal, sonríe porque oye otra voz que viene de una lira invisible y angélica.

Aún la pluma suave del bozo está brotando y el adolescente es llamado por la trompeta de la tropa. Voz imperial. Va el joven a caballo; sobre el metal que cubre su cabeza soberbia, veríais con ojos misteriosos y profundos el tenue polvo de aurora que el Señor pone, en halo sublime, a sus escogidos. Va primero entre las legiones de Constancio; luego hará piafar su bestia por Juliano. Y esos labios, bajo el sol, no se desalteran sino con los diamantes de las fuentes.

Nada para él de Dionisio; nada de Venus. Y en aquella carne de firme bronce está incrustada la margarita de la castidad. Las manos no llevan coronas a las cortesanas; asen el aire a veces, como si quisiesen mortificarse con espinas, o apretar, con deleite, carbones encendidos.

Amiens, en hora matinal. Del cielo taciturno llueve a agujas el frío. El aire conduce sus avispas de nieve. ¿Quién sale de su casa a estas horas en que los pájaros han huido a sus conventos? En los tejados no asomaría la cabeza de un solo gato. ¿Quién sale de su casa a éstas horas? De su cueva sale la Miseria. He aquí que cerca de un palacio rico, un miserable hombre tiembla al mordisco del hielo. Tiene hambre el prójimo que está temblando de frío. ¿Quién le socorrería? ¿Quién le dará un pedazo de pan?

Por la calle viene al trote un caballo, y el caballero militar envuelto en su bella capa.

Ah, señor militar, una limosna por amor de Dios! 

Está tendida la diestra entumecida y violenta. El caballero ha detenido la caballería. Sus manos desoladas buscan en vano en sus bolsillos. Con rapidez saca la espada. ¿Qué va a hacer el caballero joven y violento? Se ha quitado la capa rica, la capa bella; la ha partido en dos, ha dado la mitad al pobre! Gloria, gloria a Martín, rosa de Panonia.

Deja, deja, joven soldado, que en la alegre camaradería se te acribille de risas. Lleva tu capa corta, tu media capa. Martín está ya en el lecho. Martín reposa. Martín duerme. Y de repente truenan como un trueno divino los clarines del Señor, cantan las arpas paradisíacas. Por las escaleras de oro del Empíreo viene el Pobre, viene N.S.J.C., vestido de esplendores y cubierto de virtudes; viene a visitar a martín que duerme en su lecho de militar. Martín mira al dulce príncipe Jesús que le sonríe.

¿Qué lleva en las manos el rey del amor? Es la mitad de la capa, buen joven soldado.

Y al cortejo angélico dice Jesucristo:

–Martín, siendo aún catecúmeno, me ha cubierto con este vestido.

Martín, cristiano, quiere abandonar las obras de la guerra. Su corazón columbino no ama las hecatombes. Ama la sangre del Cordero: el balido del cordero conmuévele en el fondo de su ser más que cien bocinas cesáreas. Se oye el tronar de los galopes bárbaros.

El Apóstata temeroso oye el galope de los caballos bárbaros. Así, reúne el ejército y señalando el amago de los furiosos enemigos, proclama que es preciso resistir hasta la victoria: a cada soldado ofrece su parte de oro.

Mas al llegar Martín, Juliano no oculta su sorpresa al ver que el joven militar pide por el oro la licencia.

Dice Juliano:

–Pésanme tus palabras, pues nunca creí que en ti tuviera nido la cobardía!

Martín responde:

–Asegúreseme hasta el día de la función: póngaseme entonces delante de las primeras filas sin otras armas que la señal de la cruz y entonces se verá si temo a los enemigos ni a la muerte.
No llegaron los bárbaros: partieron como un río que desvía su curso. Y Martín entró de militar de Dios.

En Poitiers está Hilario obispo; con él Martín. Hilario se maravilla de tan puro oro espiritual. Hilario júzgale llamado a morar altamente entre las azucenas celestes. Es humilde, es casto, es amoroso.

–Diácono has de ser ya –dice Hilario.

Y él se niega a la jerarquía.

–Pues serás exorcista, terrible enemigo del demonio! –replícale la santa voluntad episcopal.

De tal guisa el Bajísimo tuvo siempre como una de las más poderosas torres de virtud, de fortaleza y de templanza al bueno y bravo Martín, el de la capa del pobre.

Entre las nieves alpinas. Va Martín, por mandato del Señor, a ver a sus padres, aún gentiles, y convertirlos al cristo. De las rocas y nieves en donde tienen sus habitáculos, surgen bandidos: uno va a dar muerte al peregrino; otro le salva la vida.

–¿Quién eres? –pregunta el capitán.

–Hijo de Cristo.

–¿Tienes miedo?

–Jamás le tuve menos, pues el Señor asiste en los peligrosos.

Y el pregrino de cándida alma y de fragante corazón de rosa, trueca al ladrón en monje.

No puede, ya en Hungría, traer el cristianismo a su madre sí fue por él cristiana. La semilla de Arrio se propagaba; y árbol ya, florecía: Martín opuso su fuego contra los arrianos. Se le azota, se le destierra. Échanle de Milán los arrianos. ¿A dónde va?

A una isla del Tirreno, en donde comunica con las aves, se sustenta de yerbas, y tiene con las olas confidencias sublimes. Las olas le celebraban su cabello en tempestad, su desdén de las pompas mundanas, su manera de hablar que era como para entenderse con las olas o tórtolas. Atácole el diablo en la isla envenenándole; y él se salvó de la ponzona con la oración.

Otra vez en las Galias el santo monje, entre monjes, ejerce su caridad y Dios obra en su feliz taumaturgia. Volvió a la vida a un catecúmeno. Y, cosa teologal y profunda, que hace estremecerse a los doctores: suspendió el juicio de Dios, volviendo a la vida a un suicida, hijo de Lupiciano, caballero de valía.

Luego, hele ahí obispo de tours: el humilde es puesto por la fuerza en la dignidad. Y entonces acrecieron su fe, su esperanza y su caridad. Y el milagro tuvo una primavera nueva: dominó su gesto a una encina; a un pobre atacado del mal sagrado de la lepra, dio un beso de paz y le sanó; todo lo que tocaba se llenaba de virtud extraordinaria y esotérica. Valentino y Justina supieron cómo Martín podía hacer brotar el fuego de Dios.

A Canda va, a calmar la iglesia agitada. Llega y su palabra triunfa de las revueltas. Mas cae en su lecho; con “cilicio y ceniza” y de cara al Cielo, aguarda el instante del vuelo a Dios.

–Sobre la ceniza –decía– se ve morir un cristiano.

Aún en la agonía quiso el Bajísimo atreverse ante tanta virtud.

Su voz ahuyentó la potestad de las tinieblas. Fueron sus últimos conceptos:

–Dejadme, hermanos míos, dejadme mirar al Cielo, para que mi alma, que va a ver a
Dios tome de antemano el camino que conduce a él.

De su cuerpo brotó luz de oro y aroma de rosas. Severino en Colonia y Ambrosio en
Milán tuvieron revelación de su paso a la otra vida.

Tal es, más o menos, la leyenda de San Martín, obispo de Tours, patrono de Buenos
Aires, confesor y pontífice de Dios, beati Martín confesoris tui atque pontificis, como reza la oración; a quien la Iglesia romana celebra el 11 de noviembre, y cuya vida detallada podéis leer escrita en latín por el hagiógrafo Severo Sulpicio.

La Matuschka

 Rubén Darío

I

¡Oh, qué jornada, qué lucha! Habíamos, al fin, vencido; pero a costa de mucha sangre. Nuestra bandera, que el gran San Nicolás bendijo, era, pues, la bandera triunfante. Pero ¡cuántos camaradas quedaban sin vida en aquellos horribles desfiladeros! De mi compañía nos salvamos muy pocos. Yo, herido, aunque no gravemente, estaba en la ambulancia. Allí se me había vendado el muslo que una bala me atravesó, rompiéndome el hueso. Yo no sentía mi dolor: la patria rusa estaba victoriosa. En cuanto a mi hermano Iva, lo recuerdo muy bien: al borde de un precipicio recibió un proyectil en el pecho, dio un grito espantoso, y cayó, soltando el fusil, cuya bayoneta relampagueó en la humareda. Vi morir a otros: al buen sargento Lernoff; a Pablo Tenivich, que tocaba y cantaba aires populares y que alegraba las horas del vivac; a todos mis amigos.

Me sentía con fiebre. Ya la noche había entrado, triste, triste, muy triste, y al ruido de la batalla sucedió un silencio interrumpido sólo por el « ¡Quién vive!»de los centinelas. Se andaba recogiendo heridos, y el cirujano Lazarenko, que era calvo y muy forzudo, daba mucho que hacer a sus cuchillos, aquellos largos y brillantes cuchillos guardados en una caja negra, de donde salían a rebanar carnes humanas.

De repente alguien se dirigió al lugar en que me encontraba. Abrí lo que la fiebre persistía en cerrar, y vi que junto a mí estaba, toda llena de nieve, embozada en su mantón, la vieja Matuschka del regimiento. A la luz escasa de la tienda la vi pálida, fija en mí, como interrogándome con la mirada.

–Y bien –me dijo–: decidme lo que sabéis de Nicolás, de mi Nicolasín. ¿Dónde le dejaste de ver? ¿Por qué no vino? Le tenía sopa caliente, con su poco de pan. La sopa hervía en la marmita cuando los últimos cañonazos llegaron a mis oídos. ¡Ah!, decía yo. Los muchachos están venciendo, y en cuanto a Nicolasín, está muy niño aún para que me lo quiera quitar el Señor. Seis batallas lleva ya, y en todas no ha sacado herida en su pellejo, ni en el de su tambor. Yo le quiero y él me quiere; quiere a su Matuschka, a su madre. Es hermoso. ¿Dónde está? ¿Por qué no vino contigo, Alexandrovitch?

Yo no, había visto al tambor después de la batalla. En el terrible momento del último ataque debía de haber sido muerto. Quizá estaría solo y lo traerían más tarde en la ambulancia. El chico era querido por todo el regimiento.

–Matuschka, espera. No te aflijas. San Nicolás debe proteger a tu pequeño.

Mis palabras la calmaron un tanto. Sí; debía de llegar el chico. Si estaba herido, sería levemente. Ella lo asistiría y no le dejaría un solo instante. ¡Oh, oh! Con el Schnaps de su tonel le haría estar presto en disposición de redoblar tan gallardamente como sólo él lo hacía cada alborada. ¿No es verdad, Alexandrovitch?

Mas el tiempo pasaba. Ella había salido a buscarle por las cercanías, le había llamado por su nombre, pero sus gritos no habían tenido más respuesta que el eco en aquella noche sombría en que aparecían como fantasmas blancos los picos de las rocas y las copas de los árboles nevados.
II

La Matuschka había acompañado a los ejércitos rusos en muchas campañas. ¿De dónde era? Se ignoraba. Quería lo mismo a los moscovitas que a los polacos, y daba el mismo schnaps de caldo al mujik que servía de correo como al ruso cosaco de grande y velludo gorro. En cuanto a mí, me quería un poquito más, como al pobre Pablo de Tenovitch, porque yo hacía coplas en el campamento, y a la Matuschka le gustaban las coplas. Me refería un caso con frecuencia.

–Muchacho: un día en Petersburgo, día de revista, iba con el Gran Duque un hombre cuyo rostro no olvidaré nunca. De esto hace muchos años; el Gran Duque me sonrió, y el otro, acercándose a mí, me dijo: «¡Eh, brava Matuschka!» Y me dio dos palmaditas en el hombro. Después supe que aquel hombre era un poeta que hacía canciones hermosas y que se llamaba Puschkin.

La anciana quería a Tenovitch por su música. No bien él, en un corro de soldados, preludiaba en su instrumento su canción favorita El soldado de Kulugi..., la Matuschka le seguía con su alegre voz cascada, llevando el compás con las manos.

–Para vosotros, chicos, no hay medida. Hartaos de sopa; y si queréis lo del tonel, quedad borrachos.

Y era de verla en su carreta, la vara larga en la mano, el flaco cuerpo en tensión, los brazos curtidos, morenos a prueba de sol y de nieve, el cuello arrugado, con una gargantilla de cuentas gruesas de vidrio negro, y la cabeza descubierta, toda canosa. Acosaba a los animales para que no fuesen perezosos: «¡Hue! ¡Gordinflón! ¡Juuuip, Siberiano!» Y la carreta de la Matuschka era gran cosa para todos. En ella venía el rancho y el buen aguardiente que calienla en el frío y da vigor en la lucha. Detrás de las tropas en marcha, iban siempre las viejas. Si había batalla ya sabían los fogueados que tenían cerca el trago, el licor del tonel siempre lleno por gracia del general.

–Matuschka, mis soldados necesitan dos cosas: mi voz y tu tonel.

Y el schnaps nunca faltaba. ¿Cuándo faltó?

III

Pero si la anciana amaba a todos sus muchachos, sin excepción, a quien había dado su afecto maternal era a Nicolasín, el tambor. De catorce a quince años tenía el chico, y hacía poco tiempo que estaba en el servicio.

Todos le mirábamos como a cosa propia, con gran cariño, y él a todos acariciaba con sus grandes ojos azules y su alegre sonrisa, al redoblar su parche delante del regimiento en formación. El hermoso muchacho tenía el aire de todo un hombre, y usaba la gorra ladeada, con barboquejo, caída sobre el ojo izquierdo. Debajo de la gorra salían opulentos los cabellos dorados. Cuando Nicolasín llegó al cuerpo, la Matuschka le adoptó, puede decirse. Ella, sin más familia que los soldados, hecha a ver sangre, cabezas rotas y vientres abiertos, tenía el carácter férreo y un tanto salvaje. Con Nicolasín se dulcificó. ¿Quería alguien conseguir algo de la carreta? Pues hablar con Nicolasín; schnaps, Nicolasín; un tasajo, Nicolasín, y nadie más. La vieja le miraba. Siempre que él estaba junto a ella, sonreía y se ponía parlanchina; nos contaba cuentos e historias de bandidos de campaña, de héroes y de rusalcas. A veces, cantaba aires nacionales y coplas divertidas. Un día le compuse unas que la hicieron reír mucho, con toda gana; en ella comparaba la cabeza del doctor Lazarenko con una bala de cañón. Eso era gracioso. El cirujano rió también y todos reímos bastante.

El pequeño, por su parte, miraba a la vieja como a una madre, o mejor como a una abuela. Ella entre la voz de todos los tambores reconocía la de su Nicolasín. Desde lejos, le hacía señas, sentada en la carreta, y él la saludaba levantando la gorra sobre su cabeza. Cuando se iba a dar alguna batalla, eran momentos grandes para ella:

–Mira, no olvides al santo patrono que se llama como tú. No pierdas de vista al capitán, y atiende a su espada y a su grito. No huyas; pero tampoco quiero que te maten, Nicolasín, porque entonces yo moriría también.

Y luego le arreglaba su cantimplora forrada en cuero, y su morral. Y cuando ya todos íbamos marchando, le seguía con la vista, entre las filas de los altos y fuertes soldados que iban con el saco a la espalda y el arma al hombro, marcando el paso, a entrar a la pelea.

¿Quién no oye repicar en su tambor la diana alegre al fornido Nicolasín? La piel tersa campanilleaba al golpe del palo que la golpeaba con amor; de los aros brotaban notas cristalinas, y él parche, de tanto en tanto, sonaba como una lámina de bronce. Tambor bien listo, cuidado por su dueño con afecto. Por seis veces vimos al chico enguirnaldarle de verde después de la victoria. Y al marchar al compás cadencioso, cuando Nicolasín los miraba, rojo y lleno de cansancio, pero siempre sonriente y animoso, a muchos que teníamos las mejillas quemadas y los bigotes grises, nos daban ganas de llorar. ¿Viva la Rusia, Nicolasín? Vivaaaaaaa y un rataplán.

Luego, cuando alguien cala en el campo, ya pensaba en él. Era el ángel de la ambulancia. ¿Queréis esto? ¿Queréis lo otro? Eso que tenéis es nada. Pronto estaréis bueno. Os animaréis y cantaremos con la Matuschka. ¿La copa? ¿El plano? Bravo, Nicolasín... Yo le quería tanto como si fuese mi hermano o mi hijo.

IV

Imaginamos primeramente que el punto principal estaba ocupado por el enemigo. Nuestro camino era uno sólo. Y adelante. Debía sucumbir mucha gente nuestra; pero como esto, si se ha de ganar, no importa en la guerra, estaban dispuestos los cuerpos que debían ser carne para las balas. Yo era de la vanguardia. Allí iba Nicolasín tocando paso redoblado, cuando todos teníamos el dedo en el gatillo, la cartuchera por delante y la mente alocada por la furia.
Recuerdo que primeramente escuché un enorme ruido, que luego cesó; después rugidos humanos sonaron, y en el choque tremendo que sobrevino nadie tuvo conciencia de sí. Todas las bayonetas buscaban las barrigas y los pechos. Creo que si en vez de ser nosotros infantes, hubiéramos sido cosacos o húsares, en los primeros instantes hubiéramos salido vencedores. Seguí oyendo el tambor. Fue el segundo encuentro. Pero Nicolasín, después, caía herido. No supe más.
V

¡Dios mío, qué noche tan tremenda! La Matuschka me dejó y dirigióse al cirujano. Él alineaba, entretanto, sus hierros relumbrosos. Como vio a la vieja gimoteando, la consoló a su manera. Lazarenko era así...

–Matuschka, no te aflijas. El rubito llegará. Si viene ensangrentado y roto, lo arreglaré. Le juntaré los huesos, le coseré las carnes y le meteré las tripas. No te aflijas, Matuschka.

Ella salió. Al rato, cuando ya me estaba quedando dormido, escuché un grito agudo de mujer. Era ella. Entraron dos cosacos conduciendo una camilla. Allí estaba Nicolasín, todo bañado en sangre, el cráneo despedazado y todavía vivo. No hablaba; pero hacía voltear en las anchas cuencas los ojos dolorosos. La Matuschka no lloraba. Fija la mirada en el doctor, le interrogaba ansiosa con ella. Lazarenko movió tristemente la cabeza. «¡Pobre Nicolasín!...»

Ella fue entonces a su carreta. Trajo un jarro de aguardiente, humedeció un trapo y lo llevó a los labios del chico moribundo. Ella le miró con amargura y terneza al propio tiempo. Desde mi lecho de paja yo veía aquella escena desgarradora, y tenía como un nudo en la garganta. Por fin, el tambor mimado, el pequeño rubio, se estiró con una rápida convulsión. Sus brazos retorcieron y de su boca salió como un gemido apagado. Entrecerró los párpados y quedó muerto.

–¡Nicolasín! –gritó la vieja–. ¡Nicolasín, mi muchacho, mi hijo!

Y soltó el llanto. Le besaba el rostro, las manos; le limpiaba el cabello pegado a la frente con la sangre coagulada, y agitaba la cabeza, y miraba con aire tal como si estuviese loca. Muy entrada la noche, comenzó otra nevada. El aire frío y áspero soplaba y hacía quejarse a los árboles cercanos. La tienda de la ambulancia se movía. La luz que alumbraba el recinto, a cada momento parecía apagarse. Se llevaron el cadáver de Nicolasín.

Yo no pude dormir después ni un solo minuto. Cerca, se escuchaban en el silencio nocturno, los desahogos lúgubres y desesperados de la Matuschka, que estaba aullando al viento como una loba.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...