viernes, 11 de marzo de 2022

Mi tía Rosa

 Rubén Darío

A mi vecina, sollozante, a un extremo del salón, había recibido ya su reprimenda; más, después del consabido proceso de familia, se sabía, o se había resuelto, que ella no era tan culpable; «¡el culpable principal era «este mozo que parece que anduviese por las nubes, pero que me ha de dar muchos dolores, de cabeza»!

Yo tenía la mía inclinada; más feliz y glorioso delincuente, guardaba aún el deslumbramiento del paraíso conseguido: un paraíso rubio de quince años, todo rosas y lirios, y fruta de bien y de mal, del comienzo de la vendimia, cuando la uva tiene aún entre su azúcar un agrio de delicia.

Mi padre, un tirano, seguía redoblando su sermón...

Porque te juzgas ya un hombre y no eres sino un mozo desaplicado... Parece que anduvieses viendo mariposas en el aire... ¡Roberto, alza la frente, mírame bien! Te he perdonado muchas faltas. No eres en el colegio un modelo. Tu profesor de matemáticas te declara un asno, y yo estoy por encontrar que tiene mucha razón tu profesor de matemáticas. No hablas casi, y cuando lo haces, hablas solo. El día en que te reprobaron, ha encontrado tu madre, entre tus libros de estudios, versos y cartitas de amor. ¿Es esto serio? Sin embargo, lo serio es esto otro. Tú falta de ahora merece el más severo castigo, y lo has de tener. ¡ A esto te ha llevado el andar divagando y soñando! ¡Bonitos sueños los de ahora! ¿Acaso estás en edad de cumplir como debe hacerlo un caballero? Yo he de enseñarte a conocer tus deberes, con el rigor que no he empleado nunca. Yo he de enseñarte a ser hombre de veras ¿Quieres desde ahora ser hombre? Pues a hacer obras de hombre en verdad que andar muy lechuguino y enamoradizo y haciendo algo peor que los versos, no es digno de quien desea ser un gentleman. Versos, y después de los versos, de los versitos, tenemos ahora esto... ¡Bribón!

Jamás había tronado tanto.

Es que yo me quiero casar... –pude por fin exclamar, con un modo y voz de Poil-de-Carotte afrentado.

Entonces tras una doble carcajada por lo que dije, que debía ser muy ridículo, quien se adelantó a perorarme fue mi madre:

¡Casarte! ¿Con que te vas a casar? ¿Con qué vas a mantener a tu mujer? ¿Es que crees que puedes remediar la atrocidad que has hecho? ¡Me quiero casar!... ¿Has visto alguna vez casarse a los chicos de la escuela? Pues tú no eres más que un chico de colegio. Y tu padre tiene razón: esos mamotretos, esos versos, esos papeles inútiles, son la causa de todo. Por eso no estudias y pasas el día de ocioso. Y la pereza es la madre de todos los vicios. Lo que acabas de hacer es obra de la pereza, pues si en algo útil te ocuparas, no tendrías malos pensamientos... Y lo cierto es que nuestra extremada bondad para contigo, te ha hecho ir cada día de mal en peor. ¡Al campo debías haber ido, a trabajar al campo! ¿No quieres seguir una carrera? ¡Al campo! Tu padre pensaba muy bien cuando te quiso dedicar al comercio... tú te encaprichaste, y después de mucho rogarte yo, te decidiste al estudio, y me ofreciste ser abogado... ¿Qué has hecho? No eres ni bachiller. ¡Me quiero casar! ¿Y qué van a comer en tu casa? Porque debes tener casa. El casado casa quiere. ¡Casado a los dieciséis! ¿Qué vais a comer tú y tu mujer? ¿Versos, flores, estrellas? ...Y me vas a echar al fuego ahora mismo toda esa papelería... y entrégame las cartas que te haya escrito esa deschavetada... y alístate, porque te vas al campo, sin remedio, a trabajar a una hacienda, para que seas hombre de veras... ¿Quieres desde ahora ser hombre? ¡A trabajar como hombre, pues! ¡Bribón!.

Y el paternal trueno: -¡Bien dicho!

Tú lo sabes, divina Primavera, y tú, imperial Aurora, si era yo en realidad el atroz personaje pintado por las palabras de mis padres. Pues era el tiempo primaveral y auroral mío, y en mi cuerpo y en mi alma florecía, en toda su magnificencia, la gracia de la vida y del amor. Mis sueños poéticos habían ya tendido sus palios de azur, sus tiendas de oro maravilloso. Mis visiones eran mañanas triunfales, o noches de seda y aroma al claro plenilunar; mi astro, Venus; mis aves, pavones fabulosos o líricos ruiseñores; mi fruta, la manzana simbólica o la uva pagana; mi flor, el botón de rosa: pues lo soñaba decorando eminente los senos de nieve de las mujeres; mi música, la pitagórica, que escuchaba en todas partes: Pan; mi anhelo, besar, amar, vivir; mi ideal encarnado, la rubia a quien había un día sorprendido en el baño, Acteón adolescente delante de mi blanca diosa, silencioso, pero mordido por los más furiosos perros del deseo. Sí, yo era el facineroso de la vida, el bandido del alba; sí, padre y madre míos, teníais razón de relampaguear delante de mis dieciséis años, pues estaba en la víspera de entrar a saco a Abril, de hacer la carnicería de Mayo, y de celebrar el triunfo de la juventud y del amor, la gloria omnipotente del sexo, con todas las vibrantes dianas de mi sangre. Y en tanto que escuchaba vuestros reproches, bajo la tempestad de vuestro regaño, miraba flamear como un estandarte real la más opulenta y perfumada de las caballeras rubias; y pensaba en la roja corola de los dos más lindos labios de niña; tras cuyo cerco de raso estaba la miel ultraterrestre de la más dulce fruta; y oía la voz amorosa que primeramente me despertara a la pasión de las pasiones; y bajo mis dedos nerviosos y avaros todo el tesoro columbino, y el del oro y el del marfil y el del rubí ¡el ala del cisne, la onda, la lira! No; no era yo, pues, el culpable; no fui más que un nuevo instrumento de la infinita orquesta; y por furioso, por loco, por sonoro que fuese, no haría más que el mínimo gorrión de los árboles, o del más pequeño pez de las aguas.

Había que alistarme para partir. Abandonar el paraíso conquistado, mi amoroso trono, mi ciudad de marfil, mi jardín de flores encantadas, mi jardín de único perfume... y, con la cabeza baja, triste, parecíame que estuviese en víspera de mi muerte, y mi partida, el viaje al país de la Muerte.

Porque, ¿qué era todo sino muerte, lejos de lo que para mí era toda la vida?

Así, quédeme solo en el jardín, mientras mis padres enviaban a su sobrina, «por razones que luego explicarían», a casa de los suyos.

Quedé abrumado, abandonado de mi suerte, de mi hermoso ángel de carne, de mis ilusiones, de todo y de todos... ¡Negra existencia! Y como fuese entonces romántico y cabelludo, no dejé de pensar en una vieja pistola..., yo sabía en qué armario estaba guardada... escribiría dos cartas: una para mis padres y otra para... y después...

¡pst! ¡pst! ¡pst!

¡Dios mío! Mi buena tía Rosa me llamaba por una ventana que daba al jardín; me llamaba con un aire que prometía algún consuelo, en medio de tanta desventura.

-¡Voy, tía!

Y de cuatro saltos bajé al jardín, un jardincito perfumado de naranjos floridos, y visitado con frecuencia por palomas y colibríes.

Os presento a mi tía Rosa Amelia, en el tiempo en que había llegado a sus cincuenta años de virginidad. Había sido en su juventud muy bella, como lo atestiguaba una miniatura que llevaba al cuello. Sus cabellos ya habían emblanquecido –mais oú sont les neiges d’antan?- y su cuerpo había perdido la gallardía de los años amables; más en su rostro se mantenía una suave frescura de manzana, un tanto pálida; faz de abadesa aristocrática, iluminada crepuscularmente por una sonrisa melancólica y fugitiva. Había tenido en su juventud un novio amado, Rosa, cuando era como una rosa, y entre todas las buenas mozas, princesa. El novio no era del agrado de la familia, y la boda se agrió para siempre, porque el novio murió. Mi tía, tan linda, se fue marchitando, marchitando, marchitando... y, seco en el árbol su ramito de azahar, la pobre mujer vistió santos durante toda su existencia. Le quedó el consuelo de amar, como hijos a sus sobrinos, de hacer muy bellos ramos de flores y de formar matrimonios, embarcando en la epístola de
San Pablo a todo el que a ella se acercaba.

Ya he oído todo –me dijo, y sé todo lo que ha sucedido. No te aflijas.

Pero es que me mandan al campo, y no podré verla a ella.

No importa, muchacho, no importa. ¿Te quiere? ¡Bien! ¿La quieres? ¡Bien! Pues entonces os casarán, tu tía Rosa lo asegura.

Y después de una pausa, dando un gran suspiro, continuó de esta manera:

-Hijo, no pierdas el más bello tiempo de la vida. Sólo se es joven una vez, y el que deja pasar la época de las flores sin cortarlas, no volverá a encontrarlas mientras exista. Mira estos cabellos blancos, ellos son mis antiguos hermosos cabellos negros. Yo amé, y no pude cumplir con la ley del amor. Así me voy a la muerte con la más larga de las tristezas. Amas a tu prima y ella te ama; hacéis locuras, os habéis dejado arrastrar por el torbellino; no es prudente, pero es ello de influjo natural e, indudablemente, Dios no se ha de enojar muco con vosotros; y confía, Roberto, hijo mío, en que tu tía os casará. Todavía sois muy jóvenes. Dentro de unos tres o cuatro años os podréis unir. Pero no hagas caso a tu padre, ¡ámala! Te vas al campo. Yo mantendré el fuego, tú me escribirás (¡oh!, sublime tía) y yo entregaré tus cartas... ¡Se ríen de ti porque te quieres casar! Pues te casarás. Vete al campo durante un tiempo; después de lo hecho, ella será tu mujer. ¡Y ciertamente, está loca por ti!

Esto dicho, partió nuevamente, como deslizándose, hacia sus habitaciones. Y he aquí la alucinación que tuve. Mi tía permanecía cerca de mí, pero cambiada por una maravillosa virtud. Su cabello blanco y peinado, de solterona vieja, se convirtió en una espesa cabellera de oro; su taje desapareció al surgir el más divino de los desnudos, aromado de sutilísimo y raro aroma, cual despidiendo una atenué bruma de luz de la sacra carne e nieve; en sus ojos azules irradiaba la delicia del universo; y su boca misteriosa y roja me habló como una lengua de lira: 

¡Yo soy la inmortal Anadiómena, la gloriosa patrona de los cisnes! Yo soy la maravilla de las cosas, cuya presencia conmueve los nervios arcanos del orbe; yo soy la divina Venus, emperatriz de los reyes, madre de los poetas; mis pupilas fueron más poderosas que el entrecejo de Júpiter, y he encadenado a Pan con mi cinturón. La Primavera es mi clarín heráldico, y la Aurora mi timbalera. Murieron los dioses del Olimpo de Grecia, menos la única inmortal; y todas las otras divinidades podrán desaparecer, mientras mi rostro alegrará por siempre la esfera. Triunfa y canta en tu tiempo ¡oh, santa Pubertad! Florece, Mayo; fructifica, Otoño. El pecado de Mayo es la capital virtud de la Tierra. Las palomas que llevan mi carroza por el aire se han multiplicado por los cuatro puntos del globo, y conducen mensajes de amor de sur a norte, y de oriente a occidente. Mis rosas sangran en todos los climas, y embalsaman todas las razas. Tiempo llegará en que la libertad augusta de los besos llene de música al mundo. Infeliz del que no gozó del dulzor d su alba, y dejó pudrirse o secarse, flor o uva, en el tallo o en la viña. ¡Feliz el joven que se llame Batilo y el viejo que se llame Anacreonte!

En una mula bien aperada, y en compañía de un buen negro mayordomo, partí a la hacienda. Allá escribí más poesías que nunca, y tiempo después me alejaba muy lejos. A mi vecina no la volví a ver sino ya viuda y llena de hijos. Y a mi tía Rosa no la volví a ver jamás, porque se fue al otro mundo con sus azahares secos.

Permitidme que, a través del tiempo y de la tumba, le envíe un beso.

La muerte de la emperatriz de la China

Rubén Darío


Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de color azul desfalleciente. Era su estuche.

¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría las flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un soñador artista cazador, que la había cazado una mañana de mayo en que había mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas.

Recaredo –capricho paternal, él no tenía la culpa de llamarse Recaredo– se había casado hacía año y medio –¿Me amas? –Te amo. ¿Y tú? –Con toda el alma. Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al campo nuevo, a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que olían cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes el brazo de él en la cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los rojos labios en flor dejando escapar los besos. Después, fue la vuelta a la gran ciudad, al nido lleno de perfume, de juventud y de calor dichoso.

¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues si no lo he dicho, sabedlo.

Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo vibrante y metálico. Suzette, Recaredo, la boca que emergía el cántico, y el golpe del cincel.

Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba, e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. Quieto, quietecito, llegar donde ella duerme en su chaise longue, los piececitos calzados y con medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el regazo, medio dormida; y allí el beso es en los labios, beso que sorbe el aliento y hace que se abran los ojos inefablemente luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste y no canta.! Las carcajadas del mirlo! No era poca cosa. –¿Me quieres? –¿No lo sabes? –¿Me amas? –¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando toda la risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de un viejo germano de bronce oscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrich... fiii... ¡Vaya que a veces era malcriado e insolente en su algarabía! Pero era lindo sobre la mano de Suzette, que le mimaba, le apretaba el pico entre sus dientes hasta hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz severa que temblaba de terneza: !Señor mirlo, es usted un picarón!

Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno al otro el cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la miraba como a una Elsa, y ella le miraba como a un Lohengrin. Porque el Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul de cristal ante los ojos y da infinitas alegrías.

¡Cómo se amaban! Él la comtemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya tempestuoso en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista un teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extrahumano como la Ayesha de Ridder Hagard; la aspiraba como una flor, le sonreía como a un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta era comparable al perfil hierático de la medalla de un emperatriz bizantina.

Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas; su taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales de metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales, creaciones góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y, sobre todo, la gran afición! Japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. No sé qué habría dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores álbumes; había leído buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith Gautier, y hacía sacrificios por adquirir trabajos legítimos, de Yokohama, de Nagasaki, de Kioto o de Nankín o Pekín: los cuchillos, las pipas, las máscaras feas y misteriosas como las caras de los sueños hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de curbitáceos y ojos circunflejos, los monstruos de grandes bocas de batracio, abiertas y dentadas, y diminutos soldados de Tartaria, con faces foscas.

–¡Oh –le decía Suzette– , aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller, arca extraña que te roba a mis caricias!

Él sonreía, dejaba su lugar de labor, su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón azul, a ver y mimar su gracioso dije vivo, y oír cantar y reír al loco mirlo jovial.

Aquella mañana cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette, soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que contenía un trípode. ¿Era la Bella durmiente del bosque? Medio dormida, el delicado cuerpo modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada sobre uno de los hombres, toda ella exhalando un suave olor femenino, era como una deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Éste era un rey...»

La despertó:

–¡Suzette; mi bella!

Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor; llevaba una carta en la mano. 

–Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18 de enero...»– . Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había quitado el papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong Kong, 18 de enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la manía de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se veían como de la familia. Había partido hacía dos años para San Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual!

Comenzó a leer.

«Hong Kong, 18 de enero de 1888.

»Mi buen Recaredo:

»Vine y vi. No he vencido aún.

»En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto y caí en la China. He venido como agente de una casa californiana, importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con esta carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las cosas de este país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies de Suzette, y conserva el absequio en memoria de tu Robert.»

Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo, a su vez, hizo estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.

La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos, de números y de letras negras que decían y daban a entender que el contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió, apareció el misterio. Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente, pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés. La emperatriz de la China. ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre los hombros columbinos, cubiertos por una honda de seda bordada de dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera, inmaculada y cándida. ¡La emperatiz de la China! Suzette pasaba sus dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su porcelana. Le haría un gabinete especial, para que viviese y reinase sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.

Así lo hizo. En un extremo del taller fromó un gabinete minúsculo, con biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de Oriente, hoja de otoño, hasta el pálido que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre un pedestal dorado y negro, se alzaba riendo la exótica imperial. Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías y curiosidades chinas. Las cubría un gran quitasol nipón, pintado de camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el artista soñador, después de dejar la pipa y los pinceles, llegaba frente a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el pecho, a hacer zalemas. Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de laca yokohamesa le ponía flores frescas todos los días.

Tenía, en momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de lejos: – ¡Recaredo!

–¡Voy! –y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.

Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.

–¿Quién ha quitado las flores? –gritó el artista desde el taller.

–Yo dijo una voz vibradora.

Era Suzette, que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo relampaguear sus ojos negros.

Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista escultor: –¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos libros desflorados por su espátula de marfil estaban en el pequeño estante negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las blandas manos de rosa y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo la veía teriste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer. Estaba seria. ¡Qué sería! La mirada a veces con el rabo del ojo y el marido veía aquellas pupilas oscuras, húmedas, como si quisieran llorar. Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada! Aquel «nada» lo decía ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas.

¡Oh, señor Recaredo! Lo que tiene vuestra mujercita es que sois un hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se ha entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette despierta a Chopin, y lentamente hace brotar la melodía enferma y melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene el mal de los celos, ahogador y quemante, como una serpiente encendida que aprieta el alma ¡Celos!

Quizá él lo comprendía, porque una tarde dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a través del mundo de una taza de café:

–Eres demasiado injusta. ¿Acaso no te amo con toda mi alma? ¿Acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón?

Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huido las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también eran idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía su religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había dejado por la otra.

¡La otra! Recaredo dio un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?

Ella movió la cabeza: –No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un seno de buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita Andrea, que al reír sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre sus dientes brillantes y marfilados?

No, no era ninguna de ésas. Recaredo se quedó con asombro. –Mira, chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es alla? Sabes cuánto te adoro, mi Elsa, mi Julieta, amor mío.

Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas, se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.

–¿Me amas?

–¡Bien lo sabes!

–Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión?

–Sea –dijo Recaredo.

Y viendo irse a su avecita celosa y terca, prosiguió sorbiendo el café tan negro como la tinta.

No había tomado tres sorbos cuando oyó un gran ruido de fracaso en el recinto de su taller.

Fue: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo los pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello suelto, aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al marido asustado:

–Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para tí la emperatriz de la China!

Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría de risa.

La muerte de Salomé

Rubén Darío
I

La historia, a veces, no está en lo cierto. La leyenda, en ocasiones, es verdadera, y las hadas mismas confiesan, en sus intimidades con algunos poetas, que mucho hay falseado en todo lo que se refiere a Mab, a Brocelianda, a las sobrenaturales y avasalladoras beldades. En cuanto a las cosas y sucesos de antiguos tiempos, acontece que dos o más cronistas contemporáneos estén en contradicción. Digo esto porque quizá habrá quien juzgue falsa la corta narración que voy a escribir en seguida, la cual tradujo un sabio sacerdote, mi amigo, de un pergamino hallado en Palestina, y en el que el caso estaba escrito en caracteres de la lengua de Caldea.

II

Salomé, la perla del palacio de Herodes, después de un paso lascivo en el festín famoso, donde bailó una danza al modo romano, con música de arpas y crótalos, llenó de entusiasmo, de regocijo, de locura, al gran rey y a la soberana concurrencia. Un mancebo principal deshojó a los pies de la serpentina y fascinadora mujer una guirnalda de rosas frescas. Cayó Manipo, magistrado obeso, borracho y glotón; alzó su copa dorada y cincelada, llena de vino, y la apuró de un solo sorbo. Era una explosión de alegría y de asombro. Entonces fue cuando el monarca, en premio de su triunfo y a su ruego, concedió la cabeza de Juan Bautista, y Jehová soltó un relámpago de su cólera divina. Una leyenda asegura que la muerte de Salomé acaeció en un lago helado, donde los hielos le cortaron el cuello.
No fue así; fue de esta manera.

III

Después que hubo pasado el festín, sintió cansancio la princesa encantadora y cruel. Dirigióse a su alcoba, donde estaba su lecho, un gran lecho de marfil, que sostenían sobre sus lomos cuatro leones de plata. Dos negras de Etiopía, jóvenes y risueñas, le desciñeron su ropaje, y, toda desnuda, saltó Salomé al lugar del reposo, y quedó blanca y mágicamente esplendorosa, sobre una tela de púrpura, que hacía resaltar la cándida y rosada armonía de sus formas.

Sonriente, mientras sentía un blando soplo de flabeles, contemplaba, no lejos de ella, la cabeza pálida de Juan, que en un plato áureo, estaba colocada sobre un trípode. De pronto, sufriendo extraña sofocación, ordenó que se le quitasen las ajorcas y brazaletes de los tobillos y de los brazos. Fue obedecida. Llevaba al cuello, a guisa de collar, una serpiente de oro, símbolo del tiempo, y cuyos ojos eran dos rubíes sangrientos y brillantes. Era su joya favorita; regalo de un pretor que la había adquirido de un artífice romano.

Al querérsela arrancar, experimentó Salomé un súbito error: la víbora se agitaba como si estuviese viva, sobre su piel, y a cada instante apretaba más y más su fino anillo constrictor, de escamas de metal. Las esclavas, espantadas, inmóviles, semejaban estatuas de piedra. Repentinamente, lanzaron un grito; la cabeza trágica de Salomé, la regia danzarina, rodó del lecho hasta los pies del trípode, adonde estaba, triste y lívida, la del precursor de Jesús; y al lado del cuerpo desnudo, en el lecho de púrpura, quedó enroscada la serpiente de oro.

Primera impresión

 Rubén Darío

Yo caminaba por este mundo con el alma virgen de toda ilusión.

Era un niño que ni siquiera sospechaba existiera el amor.

Oía a mis compañeros contar sus conquistas amorosas, pero jamás prestaba impresión a lo que decían y no comprendía nada. 

Nunca mi corazón había palpitado amorosamente. Jamás mujer alguna había conmovido mi corazón, y mi existencia se deslizaba suavemente como cristalino arroyuelo en verde y florida pradera, sin que ninguna contrariedad viniera a turbar la tranquilidad de que gozaba.

Mi dicha se cifraba en el cariño de mi madre; cariño desinteresado, puro como el amor divino. 

¡Ah, no hay amor que pueda semejarse al amor de una madre!

Yo quería a mi madre y pensaba que ése era el único amor que existía.

Los días, los meses, los años transcurrían y mi vida siempre era feliz, y ninguna decepción venía a trastornar la paz de mi espíritu.

Todo me sonreía: todo era placer y ventura en torno mío.

Así pasaba el tiempo y cumplí quince años.

Una noche tuve un sueño. Sueño que tengo grabado en el corazón, y cuyo recuerdo jamás he podido apartarlo de mi mente.

Soñé que me encontraba en un hermoso campo. El sol iba a ocultarse en el horizonte, y la hora del crepúsculo vespertino se acercaba.

Por doquiera se veían frondosos árboles de verde ramaje, que parecía envidiaban su último adiós al astro que desaparecía.

Las flores inclinaban su último su corola tristes y melancólicas. 

Allá a lo lejos, detrás de un pintoresco matorral, se oía el dulce susurrar de una fuente apacible, en cuyas límpidas aguas se reflejaban mil pintadas flores que se alzaban en su orilla y que parecía se contemplaban orgullosas de su hermosura.

Todo allí era tranquilo y sereno. Todo estaba risueño.

Yo me hallaba recostado en un árbol, admirando la naturaleza y recordando las inocentes pláticas que cuando niño había sostenido con mi madre, en las que ella con un lenguaje sencillo y convincente, con el lenguaje de la virtud y de la fe, me hacía comprender los grandes beneficios que constantemente recibimos del Omnipotente, cuando vi aparecer de entre un bosquecillo de palmeras una mujer encantadora.

Era una joven hermosa

Sus formas eran bellísimas

Sus ojos negros y relucientes, semejaban dos luceros

Su cabellera larga y negra caía sobre sus blancas espaldas formando gruesos y brillantes tirabuzones, haciendo realzar más su color alabastrino.

Su boca pequeña y de labios de carmín guardaba dentro unos dientes de perla.

Yo quedé estático al verla.
Ella llegóse junto a mí y púsome una mano sobre la frente.

A su contacto me estremecí. Sentí en mi corazón una cosa inexplicable. Me parecía que mi rostro abrasaba.

Estuvo mirándome un momento y después con una voz armoniosa, voz de hadas, voz de ángel, me dijo:

–¡Ernesto!...

Un temblor nervioso agitó todo mi cuerpo al oír su voz. Cómo sabía mi nombre? Quién se lo había dicho? Yo no podía explicarme nada de esto. Ella continúo.

–¡Ernesto!...

Un temblor nervioso agitó todo mi cuerpo al oír su voz. Cómo sabía mi nombre? Quién se lo había dicho? Yo no podía explicarme nada de esto. Ella continuó.

–Ernesto, has sentido alguna vez dentro de tu pecho el fuego misterioso del amor? Tu corazón ha palpitado por alguna mujer?

Yo la miraba con arrobamiento y no pude contestar; la voz expiró en la garganta y por más esfuerzos que hacía no me fue posible hablar.

–Contestadme, prosiguió ella, decidme una palabra siquiera. Has amado alguna vez.

Hice otro nuevo esfuerzo y por fin articulé una palabra.

–¿Qué es el amor?, dije.

¡El amor! Ah! No hay quien pueda explicar el amor. Es necesario sentirlo para sabe lo que es. Es necesario haber experimentado en el corazón su influencia para adivinarlo. El amor es unas veces un fuego que nos abrasa el corazón, que nos quema las entrañas, pero que sin embargo nos abrasa el corazón, que nos quema las entrañas, pero que sin embargo nos agrada; otras un bálsamo reparador que nos anima y nos eleva a las regiones ideales mostrándonos en el porvenir mi halagüeñas esperanzas. El amor es una mezcla de dolor y de placer; pero en ese dolor hay un algo dulce y en ese placer nada de amargo. El amor es una necesidad del alma; es el alma misma.

Al pronunciar estas palabras su rostro había adquirido una belleza angelical. Sus ojos eran más brillantes aún y despedían rayos que penetraban en mi corazón y me hacían despertar sensaciones desconocidas hasta entonces para mí.

Miróme nuevamente y yo extasiado ante su hermosura, subyugado por su belleza, iba a echarme a sus plantas para decirle que en ese momento empezaba a sentir todo lo que había dicho, que amaba por la primera vez de su vida, cuando ella lanzó un grito y se alejó apresuradamente yendo a perderse en el bosquecillo de palmeras de donde la había visto salir momentos antes.

El sol ya se había ocultado completamente, y la noche extendía sus negras alas sobre el mundo.
La luna se levantaba majestuosa en Oriente y su luz venía a iluminar mi frente.

Yo quise seguir a la joven, pero al dar un paso caí al suelo, y al caer me encontré con la cabeza entre las almohadas, mientras que un rayo de sol que penetraba en la ventana hería mis pupilas, haciéndome comprender toda la realidad.

¡Todo había sido una alucinación de mi fantasía!

Esta fue la primera impresión que recibí y nunca se ha borrado de mi corazón.

Desde entonces yo camino por este mundo en busca de la mujer de mi sueño y aún no la he encontrado. Esta es la causa por que me ves, amigo Jaime, siempre triste y sombrío. Pero yo no desespero; ha de llegar un día en que se presentará ante mi paso. Ese día será el más feliz de mi vida: más feliz que aquellos que pasaba al lado de mi madre y en medio de la inocencia.

Esta fue la relación que una vez me hizo mi amigo Ernesto y yo la publico hoy, seguro de que no disgustará a las simpáticas lectoras ni a los bondadosos lectores de El Ensayo.

Primavera apolínea

 Rubén Darío

Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud, mucha juventud: un poeta. Habla:

–Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres, puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de guarismos en el ambiente de las transacciones, y salté la valla. De todo el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Y me sentí desde luego libre por mi íntima volición.

Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra me señalo un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a las agitaciones proletarias, y aún adolescentes, me juzgué determinado a rojas campañas y protestas. Franseé cosas locamente audaces y rimé sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades, fluctuó en su primavera sobre suburbio. No sabía yo bien adónde iba, sino adónde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fue para mí, tema y obsesión. Ardí de orgullo. Considéreme en la solidaridad humana, vibrantemente personal. Nada me fue extraño, y mi yo invadía el universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de ensueños y de ideas.

Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fui a buscar Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los pesebres. Creí –aurora irreflexiva– en la fuerza del odio, sin comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas.

Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas nobles y los buenos combates. Yo creía ver pasar “el gran rebaño”. Yo lo soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades, mientras pensaba, apartado de los hombres como un cóndor solitario adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito cristiano me inspiró en aquella hora, y la estrofa que otras veces abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.

Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades. Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fue de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a los golpes de la existencia. Fui a acariciar el pecho de la miseria. Y surgió el amor.

¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina.

Todo, es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la penuria de los que fuesen de mi lástima. Mis ideales de venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fui a buscar hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se encabritaba en veces,¡bravo potro salvaje que no ha sentido espuelas de jinete!

No pude nunca comprender el rebajamiento de las voluntades, las villanías y miserias que manchan en ocasiones la más finas perlas. En ocasiones huía de la ciudad y hallaba en la inmensidad pampeana vuelos de poemas que se confundían con ansias íntimas. El ritmo universal se confundía con mi propio ritmo, con el correr de mi sangre y el hacer de mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las muchedumbres. Vivía cara a cara con la pobreza, pero en un ambiente de libertad, de libertad y de amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro de ilusiones y de ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento, de vacilaciones. Conságreme caballero de la rebeldía, pero sintiendo siempre las dificultades de todo el tiempo. Llegué a comprender las fatalidades de la injusticia, y mi simpatía fue a los grandes caídos, Satán, Caín, Judas. Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan ancha y larga, y vi más allá del mar el porvenir. Solicité los éxodos y ambicioné la vida heroica. El Océano fue una nueva revelación para mis alas mentales.

El amor mismo fue animador de mis designios de conquista. En el viejo continente proseguí en mis anhelos libertarios. Tomé parte en las luchas populares, vi en incendio, la profanación; oí los alaridos de la Bestia policéfala y creía en el mejoramiento de la humanidad por el sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las antiguas leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas amplias y sonantes. “La historia del viejo ombú despertó el alma de las tres razas que dormían en mí” Y el viento de Europa, el soplo árido, al mover mis largos cabellos me infundió un nuevo y desconocido aliento.

Y luego fue como un despertar, como una nueva visión de vida. Comprendí la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la democracia. Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas, instantáneas en la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del sufrir humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de nuestro cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos, y sobre todo, en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de claridad. Y que el sol, la fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se tienen con amar.

Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en una hora harmoniosa en que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire de oro. El cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias de artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica, y con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.

Y salimos al hervor de París.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...