viernes, 11 de marzo de 2022

Morbo et umbra

Rubén Darío

Un hombre alegre vende los ataúdes en el almacén de la calle cercana. Suele decir a los compradores unas bromas muy a tiempo que le han hecho el más popular de los fúnebres comerciantes.

Ya sabéis que la alfombrilla ha devastado en medio mes todo un mundo de niños en ciudad. ¡Oh, ha sido horrible! Imaginaos que la muerte, cruel y dura, ha pasado por los hogares arrancando las flores.

Ese día la lluvia amenazaba caer. Las nubazones plomizas se amontonaban en la enorme forma de las vastas humaredas. El aire húmedo soplaba dañino desparramando toses, y los pañuelos de seda o lana envolvían los pescuezos de las gentes higiénicas y ricas. ¡Bah! El pobre diablo tiene el pulmón ancho y sano. Se le da poco que una ráfaga helada le ataque, o que el cielo le apedree con sus granizos las espaldas desnudas y morenas por el sol de verano. ¡Bravo roto! Su pecho es roca para el mordisco de la brisa glacial, y su gran cabeza tosca tiene dos ojos siempre abiertos soberbiamente a la casualidad, y una nariz que así aspira el miasma como el viento marino oloroso a sal, que fortifica el pecho.

¿A dónde va ña Nicasia?

Hela ahí que pasa con la frente baja, arropada en su negro manto de merino basto. Tropieza a veces y casi se cae, así va andando ligero.

¿A dónde va ña Nicasia?

Camina, camina, camina, no saluda a los conocidos que la ven pasar, y parece que su barba arrugada, lo único que se advierte entre la negrura del tapado, tiembla.

Entró al despacho donde hace siempre sus compras, y salió con un paquete de velas en la mano, anudando la punta de un pañuelo a cuadros donde ha guardado el vuelto.

Llegó a la puerta del almacén de cosas mortuorias. El hombre alegre la saludó con un buen chiste:

–¡Eh! ¿Por qué con tanta prisa, ña Nicasia? ¡Se conoce que busca el dinero!

Entonces, como si le hubiesen dicho una dolorosa palabra de esas que llegan profundamente a conmover el alma, soltó el llanto, y franqueó la puerta.

Gimoteaba, y el vendedor con las manos por detrás se paseaba delante de ella.

Al fin pudo hablar. Le explicó lo que quería.

El niño ¡ay!, su niño, el hijo de su hija, ¡se había enfermado hacía pocos días de una fiebre tan grande!

Dos comadres había recetado y sus remedios no habían hecho efecto. El angelito había ido agravándose, agravándose, y por fin esta mañana se le quedó muerto en los brazos.

¡Cuánto sufría la abuelita!

–¡Ah!, señor, lo último que le quiero dar a mi muchachito: un cajón de aquellos; no tan caro; debe ser forrado en azul con cintas rosadas. Luego un ramillete de flores. Yo le pagaré al contado. Aquí está el dinero. ¿A ver?

Ya se había secado las lágrimas, y como llena de resolución súbita, se había dirigido a escoger el pequeño ataúd. El local era estrecho y largo, como una gran sepultura. Había aquí, allá, cajones de todos los tamaños, forrados en negro o en colores distintos, desde los que tenían chapas plateadas, para los parroquianos ricachones del barrio, hasta los sencillos y toscos, para los pobres.

La vieja buscaba, entre todo aquel triste agrupamiento de féretros, uno que fuese, para ella, digno del cadavercito amado, del nieto que estaba pálido y sin vida, en la casa, sobre una mesa, con la cabeza rodeada de rosas y con su vestido más bonito, uno que tenía en labor gruesa, pero vistosa, pájaros violeta, que llevaban en el pico una guirnalda roja.

Halló uno a su gusto.

–¿Cuánto vale?

El hombre alegre, paseándose siempre con su risa imborrable:

–Vamos, que no sea usted avara, abuelita; siete pesos.

–¿Siete pesos? ... No, no, es imposible. Vea usted: cinco traje, cinco tengo.

Y desanudaba la punta del pañuelo, donde sonaban con ruido falso las chauchas, (Moneda de veinte centavos) febles.

–Cinco, Imposible, mi señora. Dos pesos más y es suyo. ¡Bien quería usted al nieto! Yo lo conocí. Era vivo, travieso, diablazo. ¿No era el ruciecito?

Si, era el ruciecito, señor vendedor. Era el ruciecito, y usted le está partiendo el corazón a esta anciana flaca y dolorida. Era el vivo, el travieso, el que ella adoraba tanto, el que ella mimaba, lavaba y a quien le cantaba, haciéndole bailar sobre sus rodillas, de tibias salientes, canturrias del tiempo viejo, melopeas monótonas que hacen dormirse a los niños. ¡Era el ruciecito, señor vendedor.

–Seis.

–Siete, abuela.

–¡Y bien! Ahí le dejaba los cinco pesos que había traído. Después le pagaría los otros. Era ella mujer honrada. Aunque fura preciso ayunar, le pagaría. El la conocía bien, se lo llevó.

A trancos rápidos iba la vieja con el cajón a cuestas, agobiada, respirando grueso, el manto desarreglado, la cabeza canosa al viento frío. Así llegó a la casa. Todos encontraron que el cajón era muy bonito. Lo veían, lo examinaban; ¡qué precioso!, y en tanto la anciana estaba besando al muerto, rígido sobre sus flores, con el cabello alborotado en parte, y en parte pegado a la frente, y en los labios un vago y enigmático rictus, como algo de la misteriosa eternidad.

Velorio no quiso la abuela. Lo quisiera tener a su niño; pero, ¡no así, no, no, que se lo lleven!

Andaba de un lugar a otro. Las gentes del vecindario que habían llegado al duelo charlaban en voz baja. La madre del niño, con la cabeza envuelta en un pañuelo azul, hacía café en la cocina.

En tanto la lluvia cayó poco a poco, cernida, fina, molesta. El aire entraba por puertas y rendijas y hacía moverse el mantel blanco de la mesa en que el niño estaba; las flores a cada ráfaga temblaban.

El entierro debía de ser en la tarde, y ya la tarde caía. ¡Qué triste! Tarde de invierno, brumosa, húmeda y melancólica, de esas tardes en que los rotos acomodados se cubren los torsos gigantescos con las mantas ásperas y rayadas, y las viejas chupan el carrizo de su mate, sorbiendo la bebida caliente que suena con borborigmos.

En la casa vecina cantaban con voz chillona un aire de zamacueca; cerca del pequeño cadáver, un perro sacudía las moscas con las orejas, cerrando los ojos apaciblemente; y el ruido del agua que caía a chorros escasos por intervalos, de las tejas al suelo, se confundía con un ligero chasquido que hacía con los labios la abuela, que hablaba consigo misma sollozando.

Tras de las nubes de la tarde opaca bajaba el sol. Acercábase la hora del entierro.
Allá viene un coche bajo la lluvia, un coche casi inservible, arrastrado por dos caballos tambaleantes, hueso y pellejo. Chapoteando en el lodo de la calle llegaron a la puerta de la casa mortuoria.

–¿Ya? –dijo la abuela. Ella misma fue a poner el niño en el ataudecito; primero un colchón blanco de trapos, como se cuidase de no lastimar, de que estuviese el pobre muerto con comodidad en la negra tiniebla de la sepultura. Luego, el cuerpo; luego, las flores, entre las que se veía la cara del niño, como una gran rosa pálida desvanecida. Se tapó el ataúd.

Señor vendedor, el travieso, el ruciecito, ya va para el camposanto. Siete pesos costó el cajón; cinco se pagaron adelantados: ¡Señor vendedor, la abuela, aunque ayune, le pagará a usted los dos que le faltan!

Apretaba el agua; del charol del vehículo descascarado y antiguo caía en gotas sobre el fango espeso, y los caballos con los lomos empapados humeaban por las narices, y hacían sonar los bocados entre los dientes.

Dentro, las gentes concluían de beber café.

Tac, tac, tac, sonaba el martillo acabando de enterrar los clavos de la tapa. ¡Pobre viejecita!

La madre debía ir sola al cementerio a dejar al muerto; la abuela le alistaba el manto.

–Cuando lo vayan a echar al hoyo, dale un beso al cajón por mí, ¿oyes?

Ya se va, ya han metido al coche el ataúd, y ha entrado también la madre.

Más y más arrecia la lluvia. ¡Help!, sonó el huascazo (Latigazo) y se fueron calle arriba los animales arrastrando sobre la tierra su armatoste.

La vieja, entonces, ¡ella sola!, asomó, asomó la cabeza por una de las aberturas de la pared cascada y ruinosa; y viendo perderse a lo lejos el coche maltrecho que rengueaba de bache en bache, casi formidable en su profunda tristeza estiró al cielo opaco sus dos brazos secos y arrugados, y apretando los puños, con un gesto terrible ¿hablaría con alguna de vosotras, oh, Muerte, oh Providencia? –exclamó– con voz que tenía de gemido y de imprecación:

–¡Bandida! ¡Bandida!...

La novela de uno de tantos

 Rubén Darío

Ayer tarde, mientras sentado en el balcón leía yo un periódico, tocaron a mi puerta. Era un hombre pálido y enfermo, apoyado en un bastón, con el traje raído y de mala tela. Con una voz débil me dirigió el saludo. Yo soy como el santo de la capa, que le dio la mitad al pobre; y no me alabo. He tenido entre mis triunfales días de oro, algunas horas negras, y por eso veo en toda amargura algo que pone en mi alma el ansia de aliviar; y en toda pobreza, algo que me anima a dar un pedazo de mi pan a la boca del necesitado; y en toda desesperanza una fortaleza íntima que me obliga a derrochar mi tesoro de consuelos.

(Y en un paréntesis te pregunto a ti, joven y renuente soñador, ¿no es cierto que más de una vez has sentido –en una mañana opaca en que tu espíritu estaba lóbrego–, no has sentido, digo, como que se te abría el cielo en alegría inmensa, ofreciéndote una promesa de felicidad cuando has sacado la única moneda de la bolsa de tu chaleco, para dejarla en la mano del mendigo ciego o de la viejita limosnera?)

 Parecía el infeliz hombre un viejo, en sus veintiocho años vi­riles, molidos, aplastados por la maza de la enfermedad. Canijo, apenado, como el que va a solicitar un favor que casi humilla, estrujaba su sombrero usado, contra sus flacos fémures que re­saltaban debajo de la funda del pantalón. Empezaba con pala­bras bajas una conversación cortada y sin objeto. Que esto, que lo otro, que lo de más allá; que éramos del mismo lugar, que había nacido en mi tierra caliente: que tenía un libro de versos míos, ¿adonde vamos a parar?; que yo debía conocer y recordar a un mi compañero de colegio, muchachón que usaba en el recreo, porque era rico en aquellos tiempos pasados, un gorro de terciopelo rojo que era envidia de todos los chicos: en fin, el hijo de aquel francés que era vicecónsul, el hijo del gordo monsieur Rigot.

 ¡Que no lo había de recordar! Ya lo creo que lo recordaba. ¡Como que abríamos los colegiales internos tamaña boca cuando llegaban a traerle en tiempo de vacaciones, en un grande y her­moso carruaje! ¡Como que nos tiraba de las orejas y nos veía muy por sobre el hombro el crecido y soberbio Juan Martín, el hijo de monsieur Rigot! ¡Como que en la mesa era él quien se comía el mejor pan, y gozaba de un poquillo de vino y era tra­tado, en fin, a cuerpo de príncipe! ¡Que no le había de recor­dar! Había hecho época en mi ciudad de bautizo, porque el vicecónsul no escatimó nada para esplendores, fiestas y bullas. Lo habían criado al chico con mimos y gustos en la casa lujosa del gabacho; había tenido el primer velocípedo, trajes euro­peos, vistosos y finos, juguetes regios. Y ¡oh Juan Martín! cuan­do se dignaba jugar con nosotros, sacaba de su bolsillo para mirar la hora, su pequeño reloj de oro brillante.

Ésta es la historia de tantos muchachos a quienes Dios trae al mundo en carroza de plata para llevárselos en andas toscas.

Aquel chiquillo vio pasar sus años en boato y grandeza. Ya púber, siempre amado de su padre, el buen francés, y de su madre, una santa mujer que le perdonaba todas sus picardigüelas, se acostumbró a la vida loca y agitada de caballerito moder­no; gastar a troche y moche, vestir bien, tener queridas lindas; si son carne de tablas, mejor; jugar; y allá el viejo que dejará la herencia.

Mucho tiempo pasé sin ver a Juan Martín después de aquellos días de colegio. Cuando aún sonaba su nombre, por razón de sus buenos caballos y las innumerables botellas de cerveza que consumía, yo no era su amigo. ¡Qué lo iba a ser! El había estado en Europa, hablaba alemán. Se relacionaba únicamente con los dependientes rubios de las casas extranjeras y usaba monoclo. Adelante; adelante. Como el buen vicecónsul era un bolonio, el mejor día se lo llevó el diablo. El señorito, por medio de su loca vanidad, de su fatal imprudencia, y con el "chivo" y con el bacarat, hizo que el tío Rigot se declarase en quiebra. ¡Pobre y excelente vicecónsul Rigot! Pero no tanto. Porque después que vendió sus dos haciendas y se repartieron el gran almacén los acreedores, pensó en francés lo siguiente: "Soy una bestia al dejar que este haragán botarate me ponga nada menos que en la calle. Justo es que, puesto que él me ha arrui­nado, me ayude a recobrar algo de mi pérdida". Y le dijo a Juan Martinito en claro español: "O te rompo el alma a palos, o te vas al país vecino, donde hay universidad, a hacerte una profesión". El mozo optó por lo último.

Ahora, siga la narración el hombre pálido y miserable que estaba ayer delante de mí.

Llegué aquí, señor, y comencé mis estudios. Mis padres, a pesar de su mala fortuna, me señalaron una buena pensión. Vivía en una casa de huéspedes. Al principio hice todo lo que pude por estudiar; pero esta maldita cabeza se resistía. Luego, acostumbrado a mi vida de antes, tenía la nostalgia de mis días borrascosos y opulentos. ¡Eh! Un día dije: ¡pecho al agua! y volví a las andadas. Aquí no me veía mi padre. En las clases me hice de muchos amigos, y en los restaurantes aumentó la lista de ellos. Se sucedían las borracheras y los desvelos. En mis estudios no adelantaba nada. Pero estaba satisfecho; y mis amigos me ayudaban a desparramar mi pensión a los cuatro vien­tos. Pasó un año, dos, tres, cuatro. De repente dio vuelta rápida la rueda de mi fortuna. En un mismo año murieron mi padre y mi madre. Quedé como quien dice, en el arroyo, sin encon­trar ni un árbol en que ahorcarme. ¿Qué sabía yo? Nada. Hasta el alemán se me había olvidado. Mis compañeros de orgías me fueron dejando poco a poco. Pero yo no dejaba de frecuentar ni las cantinas ni ciertas casas... ¿me entiende usted? Vicioso, humillado, una mañana, tras varias noches de placer abyecto, sentí un dolorcito en la garganta; y luego, señor, y luego vino esta espantosa enfermedad que me taladró los huesos y me emponzoñó la sangre. Viví por un tiempo en un barrio lejano, casi, y sin casi, de limosna. En un cuartucho sucio y sobre una tabla, me retorcía por el dolor, sin que nadie me diese el más pequeño consuelo. Una vecina anciana tuvo un día compasión de mí, y con remedios caseros me puso en estado de levantarme y salir a la calle, roto, desgreñado, infame; casi con el impulso de tender la mano para pedir al que pase medio real! He visto a algunos de mis amigos de café... ¡No me han conocido! Uno me dio un peso y no quiso tocar mi mano por miedo del contagio. Supe que estaba usted aquí, y he venido a rogarle que haga por mí lo que pueda. No me es posible ya ni caminar. Voy a morir pronto. Me hace falta un pedazo de tierra para tenderme.

¡Oh! perdona, pobre diablo, perdona, harapo humano, que te muestre a la luz del sol con tu amargo espanto; pero los que tenemos por ley servir al mundo con nuestro pensamiento, de­bemos escudriñar, buscar el mal y sacar el ejemplo de su escon­dido agujero, con el pico de la pluma. El escritor deleita, pero también señala el daño. Se muestra el azul, la alegría, la primavera llena de rosas, el amor; pero se grita: ¡cuidado! al señalar el borde del abismo.

Lee tú mi cuento, joven bullicioso que estás con el diario en la cama, sin levantarte aún, a las once del día. Lee estos ren­glones si eres rico, y si pobre y estudiante, y esperanza de tus padres, léelos dos veces y ponte a pensar en el enigma de la es­finge implacable.

Allá va, flacucho y derrengado, con su corrupta carne, allá va apoyado en su bastón, anciano de veintiocho años, ruin y miserable; allá va Juan Martinito, en viaje para la tumba, ca­mino del hospital.

La pluma azul

Rubén Darío

No me siento fuerte de cabeza cuando estoy con mis hijitos. ¡Son tan monos, tan bellos, tan picaruelos y tan tiernecitos! Cuando los miro, cuando pienso en ellos, ¡Cuantas ideas fugaces, suposiciones locas, felices o adversos presentimientos pasan por mi alma! A través de unos ojitos húmedos y vivarachos que me ven de un modo inefable, observo que está a punto la aurora de la vida intelectual; una boquita sonrosada que sonríe, me ofrece un relámpago de dicha; una vocecita que, ora parece trino dulcísimo, ora sonido desapacible, o sollozo profundo, o alegre nota musical, ¡cuánto me hace sufrir, gozar o reí, loquear hasta aturdirme! ¡Lo que piensa uno de sus hijos! ¿Ser padre será una felicidad o una desgracia? Cuando me acuesto al lado del rapazuelo de Piquín, el mayor de los que me han quedado, y que ya tiene la avanzada edad de dos años y medio; cuando estoy con él entretenido en amena e instructiva conversación, cuando me saca el pañuelo del bolsillo y emprende fuga, y me obliga a que le persiga, y se ríe después en mis propias barbas con burlona risa, y me tira de las orejas, y me da un beso, y me estrecha la mano y se despide con la formalidad de un caballero; él, el mayor bribón de cuantos he conocido, el más perverso y adorable de los chiquirritines, francamente, me olvido de mi mismo, retrocedo a la infancia, soy su igual, el igual de ese señor Capitán Pulgar, que sale a la puerta a recibir mimos y carantoñas de las señoritas que pasan, y toma actitudes de hombre satisfechos, y la hecha de majo, con su pantalón, su chaqueta y su corbata nueva; y me dice: ¡Papá; vamos al teatro! ¡Yo, quiero ir al congreso! Cuando observo al otro rorro echado en su cuna, gorjeando como un pajarito enjaulado, y me acerco a él y me tiende sus manecitas como dos botoncitos de azucena, ¡ah!, soy él más dichoso de los mortales!

¡Ah!, pero cuando al registrar mi cofre veo una pluma azul… ¡Cuando se nubla la frente con el recuerdo de que tuve un angelito que voló al cielo, y me dejó esa inapreciable reliquia, ese indicio de su tránsito fugaz por este mundo; cuando pienso en que le vi ponerse lívido y retorcerse en crueles contorsiones y quedar inmóvil, frío y mudo..., ¡ah! esto es horrible, entonces, realmente, soy muy desgraciado!

Una vez llegué más tarde que de costumbre a mi casa, obligado por los trabajos extraordinarios de la oficina. Aunque era día de fiesta, y día de mi cumpleaños, yo no había reparado en ello, hasta que mi costilla me llamó la atención a ese respecto. Brava noticia, ¿con que hoy es día de mi santo? ¡Pues vaya si me he acordado de echar una cana al aire y la casa por la ventana! ¡Vaya si alguna alma cariñosa me ha sacado ahora del olvido, con un rico presente, de esos de chuparse los dedos!

Ya no digamos un presente –repuso mi buena compañera, que los tiempos no son para prendas, ni siquiera con una simple tarjeta de felicitación.

Y diciendo esto se le encendió el rostro en justa y santa indignación a la madre de mis hijos, quien continuó engolfándose en graves consideraciones sobre las desigualdades humanas. Decía nada menos que la sociedad es extremadamente injusta, y que efímeras posiciones sociales y vanas riquezas valían más en el concepto público que el modesto mérito y la virtud oscura que no se envuelven con las galas y atavíos de la opulencia.

Entremos en el salón de la señora Tal o del señor Cual que cumple tantos abriles, y allí veremos blanquear las numerosas esquelas sobre bandejas de plata bruñida; allí veremos brillar elegantísimos jarrones dignos del arte de palissy, y telas finísimas, dignas del arte de Jacquard, primorosas obritas de escultura, en las cuales el cincel ha dejado prodigiosas huellas, ramos de flores multiformes, macetas exquisitas, que alegran la estancia con sus olores y la embalsaman con sus aromas; todo aquello, en fin, con los numerosos amigos del festejado han querido agasajarle en aquel aniversario de su natalicio o día del santo de su nombre... Y lleguemos por la noche, cuando la radiante luz de las lámparas y de las palmatorias ilumine el agradable sitio en que danzan unas cuantas parejas llenas de voluptuosidad y de placer, al compás de la música que inunda el recinto de gratas armonías; y comparemos todo esto con un hogar humilde, silencioso y olvidado, en donde nada está indicando que la sociedad participa de nuestro regocijo, ni nada manifiesta que se cumplen respecto de nosotros aquellas reglas de fina cortesía que suelen prodigarse a los que, merced a su nacimiento, a su posición o a su buena fortuna, merecen de la sociedad más atenciones.

¿Pero piensas no terminar esas lamentaciones de Jeremías? Dudo de que sea muy discreto y razonable lo que llevas dicho y desearía.

¿Qué doblara esa hoja del libro?

Eso es, dejemos a un lado esos cuadros que nos finge nuestra propia vanidad: con fiestas o sin ellas, claro está que yo nací tal día como hoy para aumentar a los pocos años el número de los...

¿Por qué te casaste conmigo? 

No, no quiero decir eso; para aumentar el número de los padres de familia y de los ciudadanos pacíficos. Pero, ¿y Lulú? También se ha tardado ella de venir del Kindergarten. ¿Qué le sucederá?
No bien acababa de preguntar por mi angelito, cuando se me apareció por el espaldar de la silla, queriendo cubrirme los ojos con sus aterciopeladas manecitas, de modo que tuve que agacharme para que lograra su intento y me dijera:

¿Quién soy yo, papá?

¿Quién será de veras, esta señorita, quien será? ¡Ah, picarona, ya te descubrí! Ven acá, gatita, muchacha mala, terrible, espantosa Lulú. 

–Y mientras la ponía sobre mis rodillas y la colmaba de besos, ella me decía:

Te traigo una cosita, te traigo una cosita.

¿Una cosita? Veámosla.

Y corrió hacia el aposento, y a pocos minutos reapareció con un paquetico en la mano, que se empeñaba en ocultar, y mirándome al soslayo con una carita risueña y avergonzada, y caminando despacio, y con inimitable coquetería, me dijo:

Toma en el día de tu santo.

Y diciéndome esto y estrechándola yo entre mis brazos, quise comérmela, y estuve al punto de hacerle daño.

Abrí, y el obsequio era una pluma azul bordada sobre una tela de cañamazo. Y aquella pluma, que era la primera labor de sus manos, tenía encima prendido con hilo blanco, un papelito en el cual estaban pintadas unas patitas de mosca que decían: A papá –Su Lulú.

¿Qué mortal fue más dichoso que yo el día de su cumpleaños? Mas aquel angelito, que era la dicha de mi hogar, emprendió su vuelo, dejándome sólo esa pluma azul arrancada de las alas de su espíritu.

Y gracias a Dios que he salido ya de mi compromiso de escribir un artículo sobre una pluma azul, arrancando una sencilla página de álbum íntimo de un padre, que deseara tener el ingenio de Edmundo de Amicis o de Juan de Dios Peza, para contento y solaz de sus lectores.

La pesadilla de Honorio

 Rubén Darío

¿Dónde? A lo lejos, la perspectiva abrumadora y monumental de extrañas arquitecturas, órdenes visionarios, estilos de un orientalismo portentoso y desmesurado. A sus pies un suelo lívido; no lejos, una vegetación de árboles flacos, desolados, tendiendo hacia un cielo implacable, silencioso y raro, sus ramas suplicantes, en la vaga expresión de un mudo lamento. En aquella soledad Honorio siente la posesión de una fría pavura...

¿Cuándo? Es en una hora inmemorial, grano escapado quizás del reloj del tiempo. La luz que alumbra no es la del sol; es como la enfermiza y fosforescente claridad de espectrales astros. Honorio sufre el influjo de un momento fatal, y sabe que en esa hora incomprensible todo está envuelto en la dolorosa bruma de una universal angustia. Al levantar sus ojos a la altura un estremecimiento recorre el cordaje de sus nervios: han surgido del hondo cielo constelaciones misteriosas que forman enigmáticos signos anunciadores de próximos e irremediables catástrofes... Honorio deja escapar de sus labios, oprimido y aterrorizado, un lamentable gemido:

 ¡Ay!...

Y como si su voz tuviese el poder de una fuerza demiúrgica, aquella inmensa ciudad llena de torres y rotondas, de arcos y espirales, se desplomó sin ruido ni fracaso, cual se rompe un fino hilo de araña.

¿Cómo y por qué apareció en la memoria de Honorio esta frase de un soñador: la tiranía del rostro humano? Él la escuchó dentro de su cerebro, y cual si fuese la víctima propiciatoria ofrecida a una cruel deidad, comprendió que se acercaba el instante del martirio, del horrible martirio que le sería aplicado... ¡Oh sufrimiento inexplicable del condenado solitario! Sus miembros se petrificaron, amarrados con ligaduras de pavor; sus cabellos se erizaron como los de Job cuando pasó cerca de él un espíritu; su lengua se pegó al paladar, helada e inmóvil; y sus ojos abiertos y fijos empezaron a contemplar el anonadador desfile. Ante él había surgido la infinita legión de las Fisonomías y el ejército innumerable de los Gestos.

Primero fueron los rostros enormes que suelen ver los nerviosos al comenzar el sueño, rostros de gigantes joviales, amenazadores, pensativos o enternecidos.

Después...

Poco a poco fue reconociendo en su penosa visión estas o aquellas línea, perfiles y facciones: un bajá de calva frente y los ojos amodorrados; una faz de rey asirio, con la barba en trenzas; un Vitelio con la papada gorda, y un negro, negro, muerto de risa. Una máscara blanca se multiplicaba en todas las expresiones: Pierrot. Pierrot indiferente, Pierrot amoroso, Pierrot abobado, Pierrot terrible, Pierrot, desmayándose de hilaridad; doloroso, pícaro, inocente, vanidoso, cruel, dulce, criminal: Pierrot mostraba el poema de su alma en arrugas, muecas, guiños y retorcimientos faciales. Tras él los tipos de todas las farsas y las encarnaciones simbólicas. Así erigían enormes chisteras grises, cien congestionados johmbulles y atroces tíosamueles, tras los cuales Punch encendía la malicia de sus miradas sobre su curva nariz. Cerca de un mandarín amarillo de ojos circunflejos, y bigotes ojivales, un inflado fraile, cuya cara cucurbitácea tenía incrustadas dos judías negras por pupilas; largas narices francesas, potentes mandíbulas alemanas, bigotazos de Italia, ceños españoles; rostros exóticos: el del negro rey Baltasar, el del malayo de Quincey, el de un persa, el de un gaucho, el de un torero, el de un inquisidor... «Oh, Dios mío...» --suplicó Honorio--. Entonces oyó distintamente una voz que le decía: «¡Aún no, sigue hasta el fin!» Y apareció la muchedumbre hormigueante de la vida banal de las ciudades, las caras que representan a todos los estados, apetitos, expresiones, instintos, del ser llamado Hombre; la ancha calva del sabio de los espejuelos, las nariz ornada de rabiosa pedrería alcohólica que luce en la faz del banquero obeso; las bocas torpes y gruesas; las quijadas salientes y los pómulos de la bestialidad; las faces lívidas, el aspecto del rentista cacoquimio; la mirada del tísico, la risa dignamente estúpida del imbécil de salón, la expresión suplicante del mendigo; estas tres especialidades; el tribuno, el martillero y el charlatán, en las distintas partes de sus distintas arengas; «¡Socorro!» exclamó Honorio.

Y fue entonces la irrupción de las Máscaras, mientras en el cielo se desvanecía un suave color de oro oriental. ¡La legión de las Máscaras! Se presentó primero una máscara de actor griego, horrorizada y trágica, tal como la faz de Orestes delante de las Euménides implacables; y otra riente, como una gárgola surtidora de chistes. Luego por un fenómeno mnemónico, Honorio pensó en el teatro japonés, y ante su vista floreció un diluvio de máscaras niponas: la risueña y desdentada del tesoro de Idzoukoushima, una de Demé Jioman, cuyas mejillas recogidas, frente labrada por triple arruga vermicular y extendidas narices, le daban un aspecto de suprema jovialidad bestial; caras de Noriaki, de una fealdad agresiva; muecas de Quasimodo asiáticos, y radiantes máscaras de dioses, todas de oro. De China Lao-tse, con un inmenso cráneo., Pou-tai, el sensual con su risa de idiota; de Konei-Sing, dios de la literatura, la máscara mefistofélica; y con sus cascos, perillas y bigotes escasos, desfilan las de madarines y guerreros. Por último vio Honorio como un incendio de carmines y bermellones, y revoló ante sus miradas el enjambre carnavalesco. Todos los ojos: almendrados, redondos, triangulares, casi amorfos; todas las narices: chatas, roxelanas, borbónicas, erectas, cónicas, fálicas, innobles, cavernosas, conventuales, marciales, insignes; todas las bocas: arqueadas, en media luna, en ojiva, hechas con sacabocado, de labios carnosos, místicas, sensuales, golosas, abyectas, caninas, batracias, hípicas, asnales, porcunas, delicadas, desbordadas, desbridadas, retorcidas...; todas las pasiones, la gula, la envidia, la lujuria, los siete pecados capitales multiplicados por setenta veces siete...

Y Honorio no pudo más: sintió un súbito desmayo, y quedó en una dulce penumbra de ensueño, en tanto que llegaban a sus oídos los acordes de una alegre comparsa de Carnestolendas...

miércoles, 9 de marzo de 2022

Palimpsesto II

Rubén Darío

Ciento veintinueve años habían pasado después de que Valeria­no y Decio, crueles emperadores, mostraron la bárbara furia de sus persecuciones sacrificando a los hijos de Cristo; y sucedió que un día de claro azul, cerca de un arroyo en la Tebaida, se encontraron frente a frente un sátiro y un centauro.

 (La existencia de estos dos seres está comprobada con testi­monios de santos y sabios.)

 Ambos iban sedientos bajo el claro del cielo, y apagaron su sed: el centauro, cogiendo el agua en el hueco de la mano; el sátiro, inclinándose sobre la linfa hasta sorberla.

 Después hablaron de esta manera:

 –No ha mucho –dijo el primero–, viniendo por el lado del Norte, he visto a un ser divino, quizá Júpiter mismo, bajo el disfraz de un bello anciano.

 Sus ojos eran penetrantes y poderosos, su gran barba blanca le caía a la cintura; caminaba despaciosamente, apoyado en un tosco bordón. Al verme, se dirigió hacia mí, hizo un signo extraño con la diestra y sentíle tan grande como si pudiese enviar a voluntad el rayo del Olimpo. No de otro modo quedé que si tuviese ante la mirada mía al padre de los dioses. Hablóme en una lengua extraña, que, no obstante, comprendí. Buscaba una senda por mí ignorada, pero que sin saber cómo pude indi­carle, obedeciendo a raro o desconocido poder.

Tal miedo sentí, que antes de que Júpiter siguiera su camino, corrí locamente por la vasta llanura, vientre a tierra y cabellera al aire.

 –¡Ah! –exclamó el sátiro–. ¿Tú ignoras acaso que una aurora nueva abre ya las puertas del Oriente, y que los dioses todos han caído delante de otro Dios más fuerte y más grande? El anciano que tú has visto no era Júpiter, no es ningún ser olímpico. Es un enviado del Dios nuevo.

 Esta mañana, al salir el sol, estábamos en el monte cercano de los que aún quedan del antes inmenso ejército caprípedo.

 Hemos clamado a los cuatro vientos llamando a Pan, y apenas el eco ha respondido a nuestra voz. Nuestras zamponas no sue­nan ya como en los pasados días; y a través de las hojas y ra­majes no hemos visto una sola ninfa de rosa y mármol vivos como las que eran antes nuestro encanto. La muerte nos persigue. Todos hemos tendidos nuestros brazos velludos y hemos inclina­do nuestras pobres testas cornudas pidiendo amparo al que se anuncia como único Dios inmortal.

Yo también he visto a ese anciano de la barba blanca, delante del cual has sentido el influjo de un desconocido poder. Ha po­cas horas, en el vecino valle, encontréle apoyado de un bordón murmurando plegarias, vestido de una áspera tela, ceñidos los ríñones con una cuerda. Te juro que era más hermoso que Ho­rnero, que hablaba con los dioses y tenía también larga barba de nieve.

 Yo tenía en mis manos a la sazón miel y dátiles. Ofrecíle, y gustó de ellos como un mortal. Hablóme, y le comprendí sin saber su lenguaje. Quiso saber quién era yo, y díjele que en­viado de mis compañeros en busca del gran Dios, y rogábale intercediese por nosotros.

 Lloró de gozo el anciano, y sobre todas sus palabras y gemi­dos resonaba en mis oídos con armonía arcana esta palabra: ¡Cristo! Después levantó sus imprecaciones sobre Alejandría; y yo también como tú, temeroso, huí tan rápidamente como pueden ayudarme mis patas de cabra.

Entonces el centauro sintió caer por su rostro lágrimas co­piosas. Lloró por el viejo paganismo muerto; pero también, lle­no de una fe recién nacida, lloró conmovido al aparecimiento de una nueva luz.

 Y mientras sus lágrimas caían sobre la tierra negra y fecunda, en la cueva de Pablo el ermitaño se saludaban en Cristo dos ca­belleras blancas, dos barbas canas, dos almas señaladas por el Señor. Y como Antonio refiriese al solitario su encuentro con los dos monstruos, y de qué manera llegase a su retiro del yermo, díjole el primero de los eremitas:

 –En verdad, hermano, que ambos tendrán su premio; la mitad de ellos pertenece a las bestias, de las cuales cuida Dios solo; la otra mitad es del hombre, y la justicia eterna la premia o la castiga.

He aquí que la siringa, flauta pagana, crecerá y aparecerá más tarde en los tubos de los órganos de las basílicas, por premio al sátiro que buscó a Dios; pues el centauro ha llorado mitad por los dioses antiguos de Grecia y mitad por la nueva fe, sentenciado será a correr mientras viva sobre el haz de la tierra, hasta que dé un salto portentoso y, en virtud de sus lágrimas, ascienda al cielo azul para quedar para siempre luminoso en las maravillas de las constelaciones.

Paz y paciencia

Rubén Darío

Como hubiese caminado por varios días entre valles y florestas en donde vi maravillosas visiones, advertí de pronto que la tierra que hollaban mis pies era ya blanca como la sal o la nieve pura, ya rosada, de un rosa suavísimo que encantaba con su color. Como he leído en el Cavalca de una tierra semejante, comprendí que había llegado a los alrededores del Paraíso terrenal; el cual, como es sabido, existe sobre este mundo, tan lleno de delicias como cuando lo creó la palabra del Señor antes de la locura de Adán. Y más se afirmó mi creencia, al ver una ancha puerta de oro adornada con flores rarísima y de dulces olores, las cuales tenían tal vida como si estuviesen habitadas por espíritus humanos.

Mas no viendo la figura terrible del querubín armado, habría vacilado en mi creencia, si no escuchara la voz con que me hablara una de aquellas flores hechiceras, la cual volando de su tallo, como una mariposa o un pájaro de encanto, vino a posarse en mi hombro.

Oí la suave voz:

Este que ves aquí es por cierto el lugar que te imaginas, aunque no haya percibido al querub armado de espada coruscante y fulminante. Es el jardín que creó el Señor en los comienzos del mundo, y en el cual habitaron el Hombre y la Mujer hasta el día que dijo su secreto la Serpiente. El querub partió después de que el trueno de Dios habló a los culpables y a la espada celeste les desterró.

Dije: ¿quién habita, hoy, pues, este lugar; y por qué he logrado penetrar hasta el sagrado recinto?

Y la voz de la viva flor:

Has logrado llegar, porque en un instante de tu existencia has vuelto a la inculpada naturaleza y has unido tu alma inocente de los animales y de las cosas, retornando así a la vida primitiva y adámica, antes de la desobediencia. En cuanto a quienes habitan y reinarán –hasta cierto día en que aparecerá de nuevo sobre la tierra el juez , en divinidad y en cuerpo purificado ya el ser humano–, son dos seres puros y extraordinarios elevados por la voluntad del Todopoderoso. Ellos dos habitan fraternalmente en el Paraíso, y reinan en la maravilla de su virtud.

¿Podré saber –interrumpí– cómo se llaman¡

Y la voz de la flor: 

Paz y Paciencia.

Pasé por la puerta de oro ornada de las flores paradisíacas. Y clamé:

¡Paz en el nombre de Dios!

Y de un boscaje misterioso brotó una figura que me maravilló.

Dos ojos dulces y grandes, llenos de una desconocida luz de bondad y de amor; como una media luna de oro sobre la gran testa; como una piel de seda y oro sus fuertes formas que descansaban sobre cuatro pilares de vida.

¡Hermana Paz –dijo–, yo te saludo en el nombre de Dios!

Hermano –respondió en una lengua más sublime que la lengua humana–, sé bien venido a este lugar porque has tenido en un instante de la existencia la suerte de unirte con la inculpada naturaleza y juntar tu alma de hombre, contaminada desde antiguo, con el alma de los animales y las cosas.

Me llamo Paz, y soy aquel buey que en el establo de Judea calentó con su aliento la carne de un niño que juntó la miseria con la Divinidad y la corona con el martirio. ¡Oh, cómo temblaba de frío el cuerpo del Príncipe entre la paja y el estiércol! El anciano viajero había traído a la bella y pálida parturienta sobre las espaldas de mi hermano...

¡Hermana Paciencia –dije–, yo te saludo en nombre del Señor!

Al lado de Paz, surgió la más hermosa figura. ¡Oh, cuán profundas miradas, bajo las orejas que bañaban desde el abismo celeste dos chorros de luz que jamás contemplados por ojos de pecador! La figura despedía de sí un misterioso encanto y hablaba también con un idioma que debía regocijar a los arcángeles.

Yo te saludo –contestóme– en nombre de Dios. Sé el bienvenido, pues no has podido llegar hasta nosotros sino por la ciencia de la Fe y por la gracia del Amor.

Y ambas lenguas narraron a mi espíritu embelesado la historia prodigiosa del Nacimiento del Niño Dios; cómo calentaron son sus fauces al recién nacido; cómo el milagro estelar condujo a los reyes magos, y cómo alegraron el campo vecino, en la noche azulada y armoniosa, los cantos de los pastores.

Ya comprendo –dije después de escuchar el hermoso misterio– cómo por tal servicio hecho al Rey de los humildes habéis venido vosotros dos a morar realmente en el Paraíso creado por los hombres.

Y Paz y Paciencia desaparecieron de mi vista y habló de nuevo la voz de la flor viviente:

En verdad te digo que éste es el verdadero misterio. ¿Cuál ha sido el premio del buey bueno sobre el haz de la tierra? Sangre y martirio.

El yugo es suyo; su dulzura natural parece que atrajera la crueldad humana; suyas son la castración, la fatiga de arar los campos, los aguzados púas, y por último la degollación para servir de carne al contaminado. ¿Cuál ha sido el premio del buen asno sobre el haz de la tierra?

Él, cuyos ojos y cuyo silencio encierran todas las filosofías de los sabios, es el emblema de la estupidez; sobre sus espaldas amontonaron los hombres las cargas y el ridículo; y el mismo Satán busca su forma al presentarse en los aquelarres y en las tentaciones a los santos y hombres de virtud. Ambos han sido ludibrio y risa, y el palo y el cuchillo sus galardones.

Por tanto, he ahí que viene el Mesías que anuncia la libertad de los seres inocentes y esclavizados por el Hijo de la Culpa, y mientras sufren en la tierra sus hermanos, Paz y Paciencia habitarán el Paraíso de Jesucristo!

Y la flor viva volvió a su tallo, y yo sentí como si en mi corazón hubiese caído una gota de un perfume divino.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...