miércoles, 9 de marzo de 2022

Cuento para Jeannette

Rubén Darío

Jeannette, ven a ver la dulzura de la tarde. Mira ese suave oro crepuscular, esa rosa de ala de flamenco, fundido en tan compasivo azul. La cúpula de la iglesia se recorta, negra, sobre la pompa vespertina, Jeannette, mira la partida del día, la llegada de la noche; y en este amable momento haz que tu respirar mueva mis cabellos, y tu perfume me dé ayuda de ensueños, y tu voz, de cuando en cuando, despedace, ingenuamente el cristal sutil de mis meditaciones.

Porque tú tienes la culpa ¡oh, Jeannette! De no ser duquesa. Mucho lo dice tu perfil, tu orgulloso y sonrosado rostro, igual en un todo al de la trágica María Antonieta, que con tanta gracia sabía medir el paso de la pavana. Si J’Suzzette, J’adore Suzon, dice el omnipotente Lírico de Francia, en un verso en que Júpiter se divierte. Tú, Jeannette, no eres Jeannetton, por la virtud de tu natural imperio, y así como eres Jeannetton, por la virtud de tu natural imperio, y así como eres Jeannette, te quiero Jeannette. Y cuando callas, que es muchas veces, pues posees el adorable don del silencio, mi fantasía tiene a bien regalarte un traje de corte que oculta tus percales, y una gran cabellera empolvada y unos caprichos de pájaro imperial que comiera gustoso fresas y corazones; y una guillotina...

Jeannette, ¿qué te dice el crepúsculo? Yo lo miro reflejarse en tus ojos, en tus dos enigmáticos y negros ojos, en tus dos enigmáticos y negros y diamantinos ojos de ave extraña. (Serían los ojos del papemor fabulosos como los tuyos).

Yo te cantaré ahora un cuento crepuscular, con la precisa condición de que no has de querer comprenderlo: pues sin intentas abrir los labios, volarán todos los papemores del cuento. Oye, nada más; mira, nada más. Oye, si suenan músicas que has oído en un tiempo, cuando eras jardinera en el reino de Mataquín y pasaban los príncipes de caza; ve, si crees reconocer rostros en el cortejo, y si las pedrerías moribundas de esta tarde te hacen revivir en la memoria un tiempo de fabulosa existencia...

Este era un rey... (En tu cabecita encantadora, mi Jeannette, no acaban de soltarse las llaves de las fuentes de colores? ¿No te llama el acento de Tus Mil y una noches?

El rey era Belzor, en las islas Opalinas, más allá de la tierra en que viviera Camaralzamán. Y el rey Belzor, como todos los reyes, tenía una hija; y ella había nacido en un día melancólico, al nacer también en la seda del cielo el lucero de la tarde.

Como todas las princesas, Vespertina –éste era su nombre tenía por madrina una hada, la cual el día de su nacimiento había predicho toda suerte de triunfos, toda felicidad, con la única condición de que, por ser nacida bajo signos arcanos especiales, no mostraría nunca su belleza, no saldría de su palacio de plata pulida y de marfil, sino en la hora en que surgiese, en la celeste seda, el lucero de la tarde, pues Verpertina era una flor crepuscular. Por eso cuando el sol brillaba en su melodía, nada más triste que las islas solitarias y como agotadas; más cuando llegaba la hora delicada del poniente, no había alegría comparable a la de las islas. Verpertina salía, desde su infancia, a recorrer sus jardines y kioscos, y ¡oh, adorable alegría!, ¡oh, alegría llena de una tristeza infinitamente sutil... los cisnes cantaban en los estanques, como si estuviesen próximos a las más deliciosa agonía; y los pavos reales, bajo las alamedas, o en los jardines de extraña geometría, se detenían, con aires hieráticos, cual si esperasen ver venir algo...

Y era Verspertina que pasaba, con paso de blanca sombra, pues su belleza dulcemente fantasmal dábale el aire de una princesa astral, cuya carne fuese impalpable y cuyo beso tuviese por nombre: Imposible.

Bajo sus pies brillaban los ópalos y las perlas; en las frescas rosas blancas, en los trémulos tirsos de los jazmineros.

Delante de ella iba su galgo de color de la nieve, que había nacido en la luna, el cual tenía ojos de hombre.

Y todo era silencio armonioso a su paso, por los jardines, por los kioscos, por las alamedas, hasta que ella se detenía, al resplandor de la luna que aparecía, a escuchar la salutación del ruiseñor, que le decía:

Princesa Verpertina, en un en país remoto está el príncipe Azur, que ha de traer a tus labios y a tu corazón las más gratas mieles. Mas no te dejes encantar por el encanto del príncipe rojo, que tiene una coraza de sol y un penacho de llamas.

Y Vespertina íbase a su camarín, en su palacio de plata pálida y marfil... ¿A pensar en el príncipe Azur? No, Jeannette, a pensar en el príncipe Rojo.

Porque Vespertina, aunque tan etérea, era mujer, y tenía una cabecita que pensaba así: El ruiseñor es un pájaro que canta divinamente; pero es muy parlanchín, y el príncipe Rojo debe de tener jaleas y pasteles que no sabe hacer el cocinero del rey Balzor.

El cual dijo un día a su hija:

Han venido dos embajadores a pedir tu mano. El uno llegó en una bruma perfumada, y dijo su mensaje acompañando las palabras con un son de viola. El otro, al llegar, ha secado los rosales del jardín, pues su caballo respiraba fuego. El uno dice: Mi amo es el príncipe Azur. El otro dice: Mi amo es el príncipe Rojo.

Era la hora del crepúsculo y el ruiseñor cantaba en la ventana de Vespertina a plena garganta: Princesa Vespertina, en un país remoto está el príncipe Azur, que ha de traer a tus labios y a tu corazón las más gratas mieles. Mas no te dejes encantar por el encanto del príncipe Rojo, que tiene una coraza de sol y un penacho de llamas.

¡Por el lucero de la tarde!dijo Vespertina, juro que no me he de casar, padre mío, sino con el principe Rojo.

Y así fue dicho al mensajero del caballo de fuego el cual partió sonando un tan sonoro olifante, que hacía temblar los bosques.

Y días después oyóse otro mayor estruendo cerca de las islas Opalinas; y se cegaron los cisnes y los pavos reales.

Porque como un mar de fuego era el cortejo del príncipe Rojo; el cual tenía una coraza de sol y un penacho de llama; tal como si fuese el sol mismo.

Y dijo:

¿Dónde está, ¡oh, rey Belzor, tu hija, la princesa Vespertina? Aquí está mi carroza roja para llevarla a mi palacio.

Y entre tanto en las islas era como el mediodía, la luz lo corroía todo, como un ácido; y del palacio de marfil y de plata pálida, salió la princesa Vespertina.

Y acontecía que no vio la faz del príncipe Rojo, porque de pronto se volvió ciega, como los pavos reales y los cisnes; y al querer adelantarse a la carroza, sintió que su cuerpo fantasmal se desvanecía; y, en medio de una inmensa desolación luminosa, se desvaneció como un copo de nieve o un algodón de nube... Porque ella era una flor crepuscular; y porque, si el sol se presenta, desaparece en el azul el lucero de la tarde.

Jeannette, a las flores crepusculares, sones de viola, a los cisnes, pedacitos de pan en el estanque; a los ruiseñores, jaulas bonitas, y ricas jaleas como las que quería comer la golosa Vespertina, a las muchachas que se portan bien.
¡Zut!dice Jeannette.

 

El linchamiento de Puck

 rubén darío

Eso de linchamientos es cosa vieja.

Esto pasó en la selva de Brocelianda.

Puck, iba negro como un legítimo africano, pues se había ¡caído en el tintero de un poeta.

Salió al campo, y en cuanto una mariposa blanca le miró, se puso a gritar: ¡Socorro! ¡Socorro!, igual a una de las jóvenes norteamericanas cuya inocencia es atacada por los negros del Sur, y vengada por la horca yankee, al eco de un humanitario clamor victorioso.

No bien la mariposa hubo pedido auxilio, la turba de gorrio­nes que puebla los árboles, los mochuelos atorrantes y las palo­mas pudibundas y amorosas, dijeron: ¡A ése!

¡A ése!, trompeteó una rana desde su arroyo. ¡A ése!, dijo una reina de abejas, asomándose a la puerta de su panal. Un escarabajo viejo, rodando su bola, dijo también en voz baja: ¡A ése!

Perseguido por las tropas de las veloses espíritus del bosque, perseguido aún por emisarios de sus amigos los hados, iba en pre­cipitada carrera Robin Buen Chico, sin que nadie le conociese, por su obscuro disfraz de tinta, y por lo veloz de su paso.

¡Soy yo, amigos, amigos míos!, gritaba él.

Mas ninguno reconocía al que puede tomar todas las formas, hasta la de un cangrejo asado, en un vaso; a Puck el pícaro y jovial, que tiene el rostro de un niño y alas de libélula.

¿Qué importaba que se le reconociese? El furor popular es­taba en contra suya, y la mariposa blanca, quejosa y ofendida, pedía el castigo del infame viejo.

Cerca de un haya fue cogido el fugitivo por un bicho y una urraca.

¡A la horca! ¡A la horca!, fue el grito general.

No hubo ni tribunal de amor ni consejo de guerra.

Las rosas, los pájaros, los seres todos de la floresta, estaban contra el infeliz.

No había cuerda para ahorcarle; pero el hada cruel que dio a Byron la cojera, se arrancó un cabello cano, y con él colgó a Puck de un laurel casi seco.

No teman las niñas que amen al dulce genio, querido y pre­miado por la amable madrina Mab y por el celeste poeta Sha­kespeare.

Puck, aunque fue linchado por negro libidinoso, en la selva de Brocelianda, vive todavía, sano, lindo, bueno, cantador de canciones y recitador de versos.

Vive, porque, felizmente, pasó por allí, donde él estaba colgado, un hada caritativa, que con las tijeras con que cortó los vestidos de Cenicienta, cortó la cuerda de Puck.

El nacimiento de la col

 Rubén Darío

En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.

–Eres bella.

–Lo soy –dijo la rosa.

–Bella y feliz –prosiguió el diablo– . Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero...

–¿Pero?

–No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco...

La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer– deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura. Pasó el buen Dios después del alba siguiente.

–Padre – dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza– , ¿queréis hacerme útil?

–Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.

Y entonces vio el mundo la primera col.

En la batalla de las flores

Rubén Darío

Anteayer por la tarde vi salir de lo de Odette a un apuesto y rubio caballero que a primera vista se me antojó un príncipe sajón de incógnito; pero al verle andar, yo no tuve ninguna duda: incessu patiut..., y como iba a subir a una preciosa victoria, dirigíme a él más que de prisa: Señor ..., ¿seréis vos acaso?... (Cerca, ya pude reconocer su cabellera luminosa, bajo el sombrero de verano; los ojos celestes, el olímpico talante.)

–Sí –me dijo sonriendo–. Soy yo. He entrado a buscar un clavel blanco, de una especie exquisita para el ojal; pues según sé, es la flor prisa. Si gustáis acompañarme, iremos a Subimos al elegante vehículo, arrastrado por dos preciosos potros, y regido por un cochero rubicundo, todos tres ingleses.

Apolo –pues no era el caballero rubio– me ofreció un rico cigarrillo, y empezó a hablarme de esta manera:

–Desde hace mucho tiempo dicen por allí que los dioses nos hemos ido para siempre. ¡Qué mentira! Cieto es que el Cristo nos hizo padecer un gran descalabro. El judío Enrique Heine, que tanto nos conocía, contó una vez nuestra derrota; y un amigo suyo, millonario de rimas, aseguró que nos habíamos declarado en huelga. La verdad es que si dejamos el Olimpo, no hemos abandonado la Tierra. ¡Tiene tantos encantos, para los mismos dioses! Unos hemos tenido buena suerte; otros muy mala: no he sido yo de los más afortunados. Con la lira debajo del brazo he recorrido casi todo el mundo. Cuando no pude vivir en Atenas me fui a Paris; allí he luchado mucho tiempo, sin poder hacer gran cosa. ¡Con deciros que he sido, en la misma capital del arte, fámulo y mandadero de un bibliopola decadente! Me decidí a venir a América, a probar fortuna, y un buen día desembarqué en la Ensenada, en calidad de inmigrante. Me resolví a no hacer un solo verso, y en efecto: soy ya rico, y estanciero;

–Primeramente se han olvidado de mí casi todos. Las antiguas musas se quejan porque han sido sustituidas por otras modernas y terribles. La artificialidad sustituye a lo que antes se llamaba la inspiración. Erato se nombra ahora Morfina. Y en una incomprensible Babel, se hablan todas las lenguas, menos la que yo enseñé antaños a mis favorecidos. Por otra parte, cuando yo no tengo un solo templo, Mercurio y Clito impera. Los que vos llamáis poetas se ocupan ya demasiado de la vida práctica. Sé de quien ha dejado un soneto sin el terceto último, por ir a averiguar en la Bolsa un asunto de tanto por ciento.

–Pero: ¿a vos no os hace falta –le dije-, la tiranía dulce de la rima?

–Aquí internos –respondióme–, he de confesar que no he dejado de ocuparme en mi viejo oficio. En ciertas horas, cuando el bullicio de los negocios se calma y mis cuentas quedan en orden, dejo este disfraz de hombre moderno, y voy a hacer algunas estrofas en compañía de los silfos de la noche y de los cisnes de los estanques. Paso por la casa de Guido Spano, y me complazco en dejar mi divino soplo en su hermosa cabeza argentada de viejo león jovial. Visito a Oyuela y le reprendo porque ha muchos días no labra el alabastro de sus versos; y en la casa de Obligado renuevo en el alma del poeta el fuego de la hoguera lírica. Después, otras visitas. Y por último, la que más quiero; las que hago a los cartuchos destartalados de los poetas pobres, a las miserables covachas de los infelices inspirados, de los desconocidos, de los que no han sentido nunca una sola caricia de la fama. Aquellos cuyo nombre no resuena, ni resonará jamás en la bocina de oro de la alada divinidad; pero que me llaman, y me son fieles, envueltos en el velo azul de los ensueños.

En cuanto a mí lira, la tengo guardada en un espléndido estuche; y de cuando en cuando me doy el placer de acariciar sus cuerdas.

–¿Os habréis vuelto acaso dilettante?

–Suelo, en mi calidad de sportsman, recitar en los salones, y aparentar que soy un elegante aficionado a la poesía; más de un álbum u más de dos abanicos conservan algunas rimas que he procurado hacer resonar de la manera más decadente que me ha sido posible; porque, según parece, ello está de moda. Ahora, con la fiesta de la primavera he sentido en mí la necesidad del canto, y me ha sido preciso anda con los ojos bajos para que la gente no se fije en la llamada sagrada que debe iluminar mi faz. ¿No comprendéis que si se supiese quién soy, vendría muy a menos?

-En verdad tenéis razón en sentiros inspirado con la victoria de las flores ilustres: Palermo es hoy el campo pagano y bello donde se celebra, como en los buenos días antiguos, la pomposa beldad de Flora:

Die, quibus in terris inscripti nomina regum Nascantur flores...

Habíamos llegado a Palermo al eco del latín de Virgilio. La fiesta había comenzado. Banderas y flores; trofeos perfumados; derroche de pétalos y de aromas. El amor y la galantería se hacían la guerra amable del corso floral.

¿Apolo había comenzado a recitar? No lo sé; pero al pasar entre los carruajes de donde esa rosa que se llama la porteña, encarnaba la más dulce de las primaveras, en medio del ir y venir de los ramilletes, oí una voz que decía así:

–El poeta ha cantado el génesis de las flores. Cómo nació la gladiola, el laurel divino, el jacinto, el mirto amoroso, y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodías en flor del claro jardín...; y la blancura sollozante del lirio, que rodando sobre mares de suspiros, que ella despierta a travéz del incienso azul de los horizontes pálidos, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora.

Luego, tras una pausa:

–La rosa, como una emperatriz, arrastró su manto de púrpura. La aurora, el día de sus bodas, regaló un collar de diamantes a la flor porfirogénita. El lirio es Parsifal. Pasa, con su vestido blanco, el cándido caballero de la castidad. Los pensamientos son doctores que llevan con dignidad su traje episcopal; y cuando el amor o el recuerdo los consagran, tal como los metropolitanos y los abades en las basílicas y monasterios, hallan ellos su tumba en los libros de horas y en los eucologios. El tulipán, esplendoroso como un Buckingham, se pavonea con la aureola de su lujo. Las violetas conventuales, como un coro de novicias, rezan un padre nuestro por el alma de Ofelia. Sobre un palanquín y bajo un parasol de seda viene la crisantema, medio dormida en un vapor de opio, soñando con su país nippón: en tanto que el loto azul se alza hieráticamente, como buscando la mano de los dioses. Los asfódelos feudales y las alegres lilas, consultan su horóscopo con el astrólogo heliotropo; y las blancas bohemias llamadas margaritas dicen la buena aventura a los enamorados.

Las campánulas, desde sus campanarios verdes, tocan a vísperas o anuncian bodas o funerales, mientras las camelias cantan entre pétalos un aire de la Traviata. ¿Quién se acerca al eco de la voz de Mignón? El azahar epitalámico y adorable...

Se interrumpió el monólogo.

En un elegantísimo carruaje se erguía una dama joven y gallarda, que por su hermosura mereciera ser coronada reina del corso. Apolo se arrancó el clavel de la solapa y lo arrojó a la beldad. Esto sucedía frente al palco de la prensa, donde la batalla estaba en su mayor agitación.

Después seguí escuchando:

–La batalla de las flores ¿qué es junto a la batalla de las miradas?

Los suspiros no luchan porque son los enviados de las mutuas súplicas.

En un corso como éste, las flores suelen llevar malos mensajes, y suelen ser mentirosas. He visto a un caballero enviar un ramillete al cual había confiado esta frase: «Yo te amo», cuando en su corazón todo el fuego amoroso es ya pura ceniza. Una niña gentil y vivaz ha encargado a cuatro azahares la misma respuesta... Y una rosa se ha puesto más roja de lo que era al llevar tan extraña declaración.

¡Tiempo feliz de los trajes claros, de los tules y de los sombreros de paja! ¡Horas amables sobre los terrazos, y en los claros de luna; horas en que en los parques y jardines celebran las flores sus walpurgis y agua mía azules! En tanto que la primavera traiga siempre la eterna carta de amor; en tanto que las mejillas de las mujeres sean tan frescas como los centifolias; en tanto que la gran naturaleza junte su soplo fecundo en el ardiente efluvio de los corazones, los dioses no nos iremos; permaneceremos siempre en la tierra y habrá besos y versos, y un Olimpo ideal levantará su cima coronada de luz incomparable sobre los edificios que el culto de la materia haga alzar a la mano del hombre.

Gesta moderna

Rubén Darío

El día gris se presta a las ilusiones.

Y en el aire, he aquí los mirajes:

Un campo de pelea, grande y noble concurrencia, dos caba­lleros reales, armaduras, yelmos, morriones; Turín y Orleáns van a luchar.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

Las damas tienen rosas en los corpiños, las banderas flotan a los heroicos vientos, el cielo está azul como el éxtasis; imponen, hermosas, las anguilas bordadas.

Solares, irradian los oros de las joyas. Nada como el ojo de la princesa que ilumina de glorioso presagio al príncipe novio.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

Un caballo, crin de Berbería, golpea el suelo con sus zuecos de bronce; otro caballo, ojo de llama, sacude la cabeza, y relin­cha como en el libro de Job.

Un príncipe tuvo por madrina una hada; otro por padrino a un encantador. Y el uno ama la rosa blanca y el unicornio, y el otro el clavel rojo y la quimera.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

El escudero del uno es buen citarista; el escudero del otro sabe juegos de manos, y a la hora de asar el jabalí, junto al hogar no hay como él para decir decires y contar cuentos.

El escudero del uno tiene una mejilla partida de un sablazo: al escudero del otro le faltan cuatro dedos: ambos son gordos y tienen buen apetito.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

El torneo empieza y al primer choque, las dos armaduras pa­recen bañadas de plata, flordelisadas de fuego. En los estrados dice una voz que el uno se asemeja a San Miguel Arcángel; y otra le contesta que el otro es igual a San Jorge, aquel divino hermafrodita que da de beber a su caballo después de matar al dragón.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

Un águila pasa por el cielo y dice: ¡Turín!

Otra águila pasa por el cielo y clama: ¡Orleáns!

A lo cual contesta un estandarte ondulando al viento norte.

A lo cual contesta otro estandarte ondulando al viento sur.

Y un águila se coloca en la punta de un asta y otra en la otra.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

Al segundo choque un príncipe es desarzonado; y al caer hace la armadura como un trueno de oro. Y el águila de su estan­darte, parte, triste, a decir a Francia el duelo.

El de Turín hace caracolear su caballo; del corpiño de la prin­cesa novia se desprende la más rosada rosa y de su sonrisa, tam­bién la más rosada, vuela una promesa.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

Y el miraje, cruel fata-morgana, cambia, y la musa me tira de las orejas.

He aquí dos levitas; he aquí dos reales clubmen; he aquí un Orleáns periodista y un Turín espadachín.

Y mientras el arte quiere unir lo que las políticas rompen, y circula más fragante y potente que nunca la sangre latina, y la alondra canta a la loba, el hijo del duque de Chartres reportea poco discretamente; por lo cual el hijo de Amadeo le mete el sable en la barriga.

¡Batid, tambores; sonad, clarines!

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...