miércoles, 9 de marzo de 2022

Historia de un 25 de mayo

Rubén Darío

Patria, carmen el amor...

Es la víspera del día argentino.

Parisina salta muy temprano del lecho; ríe, canta como un pájaro, va y viene; vuelca el polvo de arroz; charla y se viste de modo que queda linda como una princesa; sacude mi pereza soñolienta; heme ya despabilado; esto listo; me abotona los guantes; al salir de la casa me pregunta, alegre y fresca:

Raúl, ¿recuerdas los versos de Méndez sobre el 14 de julio?

¿Cómo no los he de recordar? Son una música de estrofas, una bandada de rimas, un orfeón de consonantes, con que el amor y la alegría celebran también el día de la patria francesa. Así nosotros, ¡oh, Parisina!, Parisina parisiense y argentina, celebraremos también la fiesta del sol de Mayo. Es el glorioso sol que vieron brillar aquellos viejos augustos, aquellos jóvenes bizarros, aquellos batalladores que primero pensaron en esta tierra, que la libertad era una bella cosa. Es el sol hermoso del amor también, pues da luz jovial de la primavera, el hogar de las rosas, el fuego acariciador y fecundador de la tierra en el mejor tiempo del año.

¿En dónde celebraríamos ese gran día sonoro de músicas y florecido de banderas? ¿Iríamos, como los enamorados de Francia van a los dulces recodos del Sena, con nuestra cesta del lunch, con nuestro vino, a gozar solos, en un rincón del bosque de Palermo, o en la isla risueña que besa el arroyo de Maciel? O a recorrer las calles de nuestra gran Buenos Aires, hirvientes de muchedumbres vestida de fiesta, a oír las fanfarrias que pasan, a mirar la plaza de Mayo y su vieja pirámide?

En vacilaciones estamos, en la gran avenida. Parisina exclama:

¡Mira qué jinete de penacho blanco!

Un vigilante viene en su caballo, casqueado, ornado el casco de largas y blancas crines. Tras él se adelanta una gran masa humana con banderas y estandartes, al sonar de himnos y marchas: son los italianos. Son los italianos que saludan a este pueblo de América que con ellos fraterniza, que les da sol y albergue, y tierra y trabajo, y apretón de manos y abrazos cuando se nombra el triunfante Garibaldi, o cuando se padece en Abbi-Garima.

La masa humana se adelanta: los balcones se constelan de ojos de mujeres; las manos blancas riegan flores, los hombres aplauden.

¡Viva la República Argentina! ¡Viva Italia!

Parisina me dice con voz armoniosa:

-Escucha: ¿qué es la patria? ¿Es el lugar en donde se nace? ¿El Lugar en donde se vive?

¿Es el cielo y el suelo y la hierba y la flor que conoció la infancia? Te diré, querido mío, que al son de los himnos yo tengo todas las patrias. Como esos italianos son argentinos ahora, yo, parisiense, soy ahora argentina e italiana. ¿Por qué? Por la influencia del entusiasmo y por el amor de este hermoso sol que alumbra en el continente un tal espléndido país; y sobre todo, porque apoyada en tu brazo, jamás he visto pasar más jubilosas horas: la patria está en donde somos felices!

Por eso le contesto, pequeño y adorable pájaro cosmopolita, parece que hoy te hubieses adornado como la ciudad y que estuvieses preparada para celebrar el día de mañana, más encantadora y bella que nunca. Sobre la gracia de oro de tus cabellos, tu lindo sombrero se ha posado como una gran mariposa; tus ojos están iluminados de alegría; tu voz suena como la más perfecta de las músicas, tienes tus mejillas de gala, tu andar de los días grandes; y estás cariñosa y gentil, como si hubieses concedido asueto a todos tus cuotidianos relámpagos nerviosos...

Y he aquí que un grupo de franceses en la calle de Florida, al pasar la gente italiana, alza una bandera de Italia y clama por la unión de la gente latina.

Y, mi filósofa rubia, las cosas de la política son obra de los gordos y calvos senadores.

Los pueblos no entienden el mundo como los gobiernos. Sobre una calzada de Crispis pasa la fraternidad de la patria de Dante y la patria de Hugo...

Y como la filosofía para Parisina es mucho mejor con helados de fresa, nos sentamos a una de las mesitas bulevarderas, en donde mi amiga bella pudo gustar a un tiempo mismo su helado de fresas y su filosofía.

Al día siguiente, henos listos para la partida de campo. Ella prepara la cesta, del mismo modo que allá en París para ir a Bougival. Como en Bougival tendremos en un rinconcito florido, conocido de muy pocos, a la orilla del Río de Plata, juventud, pollo, fiambre, pastel de hígado, vino delicioso y amor ardiente.

Yo me reharé un alma de estudiante; Parisina olvidará que admira a Botticelli y se encarnará más o menos en Mimi Pinsón. Y subimos al coche de alquiler, y vamos camino de nuestro rinconcito, mientras a lo lejos una música nos anuncia que los mortales están oyendo el grito sagrado.

Allá, a las orillas del río, el mantel sobre las hierbas húmedas soporta la riqueza de la cesta. Somos tres, con la soledad. El aire liviano nos roza con su raso invisible. Un olor de campo nuevo nos llega de lo hondo del boscaje; el río, inmenso y grisáceo, dice cosas en voz muy baja.

Un vuelo de pájaro sobre nuestras cabezas; Parisina canta una canción y yo destapo una botella de vino rojo. Un pollo frío jamás ha encontrado dos tan preciosos apetitos.

Ella tiene con los dedos su pata de pollo, con la gracia con que asiría un bouquet. Devora como una niña. En el único vaso del pic-nic, está contento y toca llamada el vino de Francia.

¡Oh, próceres, oh, bravo caballero San Martín!, ¡oh, severos padres de la patria argentina, férreos capitanes!, ¡oh, Belgrano, oh, Rivadavia!, y tú, ¡oh, joven y egregio Moreno!, debéis estar contentos cuando al par de los cañonazos del ejército, de las marchas marciales, de las ceremonias ciudadanas, de los épicos estandartes, recibís el ramillete de la égloga, la celebración que os hace la juventud y el amor. Vuestras glorias pasan sobre nuestras frentes, como una cabalgata de walkirias, mientras los ojos de Parisina brillan en sus dulces aguas de diamantes azules; al par de nuestros clarines canta esta pícara y alegre calandria de oro, que me pica el corazón como una cereza. A los truenos de la artillería, contestará una salva de besos. Y al par de los discursos oficiales y de las arengas patrióticas, esos encendidos labios femeninos dirán versos de amados poetas, rondeles sonoros y sonetos galantes; y nos vendrá de lo invisible como un aliento para vivir la vida y gozar de los años primaverales, en esta vasta tierra ubérrima, en que se ha de vaciar la urna de las razas.

Parisina se arregla el cabello; vuelve a posarse en esa áurea gracia la gran mariposa del sombrero; en mi cerebro trabaja como un gnomo el espíritu del verso, alistándome un almacén de rimas que luego han de brotar en sus rítmicas teorías, en honra de la patria universal de las almas y del hogar inmenso de los corazones.

Y la joven rubia, cuya encantadora y simbólica persona pone en mí un goce de ensueños y una visión de amor, quita un botón de rosa del ramo de su corpiño, y gozosa y triunfante, me condecora.

La miss

Rubén Darío

Al subir a la cubierta, lo primero que escuché fue un suave grito tembloroso, un tantico gutural: –¡Ohoou! ¡ Ohoou! –¿Qué le pasa a miss Mary? –pensé.

Miss Mary me hacía señas y movía la linda cabeza rubia, co­mo presa de una inmensa desolación. Me llegué a la borda, cer­ca de ella, y por la dirección de sus miradas comprendí la causa de sus extrañas agitaciones. En un bote, cerca de uno de los grandes lanchones carboneros, como hasta seis negrillos armaban una chillona algazara, desnudos, completamente desnudos, rien­do, moviéndose, gesteando como micos. Brillaba opaco por la bruma gris el sol de África. Se alzaban entoldadas de nubes os­curas las áridas islas. San Antonio, a lo lejos, casi esfumada sobre el fondo del cielo, la roca del faro con su torre y su bandera; San Vicente, rocallosa, ingrata, con la curva de su bahía; sus costas de tierra volcánica, y sus alturas infecundas, llenas de jorobas y de picos, del color del hierro viejo. La población de triste as­pecto con sus techos de madera y de tejas rojas. Una cañonera portuguesa, cerca de nuestro barco, se balanceaba levemente al amor del aire marino, y un vapor de la Veloce echaba el ancla no lejos, un vapor de casco blanco sobre el que hormigueaban cabezas de emigrantes italianos.

¡Míster, musiú, señó! –Los negrillos desnudos estiraban los brazos hacia los pasajeros, mostraban los dientes, hablaban con modos bárbaros, palabras en inglés, en español, en portugués; y uno de ellos, casi ya en la pubertad, un verdadero macaco, era el que más llamaba la atención por sus contorsiones y gritos de­lante de mi amiga la espantada miss. Aquellos animalitos pedían peniques, los peniques que les arrojan siempre los viajeros y que ellos atrapan en el agua, nadando con la agilidad de las anguilas; pero los pedían en el traje adámico de sus hermanos los monos, y el pudor inglés, vibrando conmovido, hacía sus trémulas explo­siones, por boca de aquella tierna hija de la ciudad de Southamp-ton. Tantas fueron las manifestaciones de su extraña pena, que yo, con la mirada, tan solamente con la mirada, le dije todas estas cosas: "Ofelia, vete a un convento. Get thee to a nunnery".

No es el santo, el divino pudor ese tuyo, tan quisquilloso. El pudor tiembla en silencio, o protesta con las rosas de las castas mejillas. Jamás ha pronunciado la palabra shocking. En sus manos lleva al altar de la Virtud blancos lirios, gemelos de aque­llos que llevó Gabriel el Arcángel a la inmaculada -esposa del viejo carpintero José, cuando la saludó: –"Llena eres de gra­cia".

Las almas pudorosas no sienten ofensa alguna delante de las obras naturales y a la vista de la desnudez inocente.

Eva, nuestra inmemorial abuela, no advirtió la vergüenza de su cuerpo sino después de haber escuchado a Lucifer.

Esos escrúpulos tuyos, señorita de Inglaterra, hacen pensar en que miras el misterio del mundo a través de los cristales del pecado.

Para que el pudor sienta las flechas que se le lanzan, es pre­ciso que por algún lado esté ya hendida su coraza de celeste nieve.

Preciso es también que el espectáculo que contemplan los ojos tengan en sí germen de culpa o fondo de maldad. ¿Quién es el inmundo fauno que puede sentir otra cosa que la emoción sa­grada de la belleza al mirar la armoniosa y soberana desnudez de la Venus de Milo? ¿Acaso pensó el admirable San Buena­ventura en emponzoñar de concupiscencia las almas, al reco­mendar la lectura de los poetas paganos? ¿Quién se atreve a colocar la hoja de parra a los querubines de los cuadros o a los niños dioses de los nacimientos? Los libros primitivos y santos nombran cosas y hechos con palabras que hoy son tenidas por impuras y pecaminosas. Y Ester y Ruth han visto, como tú, coros de niños desnudos, seguramente no tan negros ni tan feos como estos africanitos, y no han gritado, linda rubia: ¡Ohoou! Lo que hiere el pudor son las invenciones infernalmente hermosas del incansable príncipe Satán, son aquellos bailes, aquellas desnu­deces, aquellas exhibiciones incendiarias, maldecidas por Agustín, condenadas por Pablo, anatematizadas por Jerónimo, por las homilías de los escritores justos y por la palabra de la Santa Ma­dre Iglesia. El desnudo condenado por la castidad no es el de la virginal Diana, ni el de Sebastián lleno de flechas; es el desnudo de Salomé la danzarina, o el de la señorita Niní Paite en-l'air, profesora de coreografía y de otras cosas.

Por lo demás, arroja unos cuantos peniques a esos pobres si­mios, que tienen tan rojas y blancas risas, y deja de leer ese libro de Catulle Mendés, que he visto en tus manos ayer por la tarde...

Fuimos tres pasajeros a tierra, y miss Mary con nosotros. Re­corrimos juntos el pueblo, rodeados de negritas finas y risueñas, que pregonaban sus collares de conchas y sus corales nuevos. Vimos el perfil lejano de la cabeza de la gigantesca estatua la­brada en un monte a golpes de siglo por la naturaleza. Y en todo este tiempo no volví a escuchar la voz de la inglesa en su onomatopeya conocida: –¡Ohoou!–, que había quedado fija en mi memoria.

Era un tipo gentil de sajona. Tenía fresco y rosado el rostro, seda dorada en el cabello, sangre viva y dulce en los labios, cue­llo de paloma, busto rico, caderas con las curvas de una lira, y coronada la euritmia de su bello edificio con una picara gorra de jockey. En su conversación tenía inocencias de novicia y ocurrencias de colegiala. Contóme –¿por qué tanta franqueza en tan poco tiempo de amistad?– contóme una rara historia de noviazgo, en las poéticas islas de Wight; pintóme al novio, ga­llardo y principal, un poco millonario, y otro poco noble. Díjome que acababa de salir de un colegio de religiosas. Hablábame blandamente, mirándome con sus húmedos ojos azules, y como un pájaro encantador del país británico, cantaba con rítmicas inflexiones, en lengua inglesa.

A tal punto había femenil atracción en la miss, que fui sin­tiendo por ella cierto naciente cariño, deseo de pronunciarle con la boca otro discurso que el que le había enderezado con los ojos. En medio del mar, ya cuando habíamos dejado la región de África, más de una vez, al claro de la luna, que argentaba las olas y envolvía en alba luz el barco, nos recitamos versos arrulladores y musicales, de enamorados poetas favoritos. Ella tam­bién, en voz baja, daba al aire de la noche sollozos de romanza, quejas de Schubert y alguna amable risa de Xanrof. Deliciosa viajera, ángel que iba de duelo, según me decía, para Río de Janeiro, a casa de un señor, su tío, pastor protestante.

Allá iba, ya lejos, en la rada de Río, sobre un vaporcito, la hechicera y cándida Mary, y se despedía de mí agitando, como un ala columbina, su pañuelo, el pañuelito blanco de los adioses.

–¡Gracias a Dios! –rugió cerca de mí un viejo y calvo pa­sajero inglés–, gracias a Dios, que ya deja el barco esa plaga.

–¿Esa qué? –exclamé asustado.

–Pues no ha sabido usted –repuso– que desde el capitán abajo, durante toda la travesía...
No le dejé concluir. ¡Mi dulce Ofelia!

Y recordando sus húmedos ojos azules, sus sonrisas y el libro de Catulle Mendés, no hallé palabra mejor para expresar mi asombro, que la onomatopeya gutural de su pudor inglés ante los desnudos negrillos africanos:
–¡Ohoou!

La pesca

Rubén Darío

Yo había visto a mis pies la destrozada cabeza de ciervo en que las cuerdas amadas habían sabido decir mis sueños armoniosos y mis dulces esperanzas, a los vientos errantes. No tenía ya más instrumento –caja de mi música íntima, lira mía rota bajo la tempestad, en el naufragio!

Mi pobre barca estaba hecha pedazos; apenas» a la orilla del amargo mar, se balanceaba, triste ruina de mi adorada ilusión; y la red estaba rota, deshecha como la lira...

(La esposa había salido a buscar al pescador, dejando encen­dido el hogar en la cabaña; y mecía al niño dormido en sus brazos, al vuelo de la brisa de la noche.)

–¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! –grité al océano negro, lleno de cóleras hondas y misteriosas–. Los dioses son injustos y terribles; ¿qué mal hacían al mundo mi lira hecha de la testa de un ciervo, y mi barca pequeña y ligera, y mi red conocida y querida de los tritones y de las sirenas?

(¡Eh! grita la mujer con el niño en los brazos–, ¿cena­remos hoy?Arde en la choza el resto de un buen juego.)

–¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! –grité al cielo–, ¿los dioses son sordos y malos?

Allá a lo lejos, en lo negro de la playa, bajo lo negro de las nubes, vi venir una figura blanca, con aspecto de nieve y de lino.

Fue acercándose poco a poco, hacia donde yo me encontra­ba, con los brazos desfallecidos, delante de mi lira rota, mi bar­ca rota, mi red destrozada.

Y era Él.

–¡ Oh! –exclamé–, ¿no me queda más que la muerte?

–Poeta de poca fe –me dijo–, echa las redes al mar.

El cielo se aclaró, brillaron las luminosas constelaciones; las olas se llenaron de astros danzantes y fugaces.

Eché las redes en las aguas llenas de astros, y ¡oh prodigio! cunea salieron más cargadas. Era una fiesta saltante de estrellas; la divina pedrería viva, se agitaba alrededor de mis brazos gozosos.

(Él partió sobre las espumas al lado del Oriente blanco y maravilloso, coronado de su indescriptible nimbo, dejando en las arenas y pequeñas conchas las huellas de sus divinos pies des­calzos.)

Los buenos hombres de los alrededores nunca vieron mayor ¿Icaria en la casa del pescador, después de la tempestad.

¡Oh, qué rica cena! El pescador fumaba su pipa, mientras la lira sagrada cantaba; la mujer hilaba en la rueca; y el niño jugaba al calor del hogar, con dos grandes anillos –huesos res­tantes del pez Saturno.

Las razones de Ashavero

Rubén Darío

En un país cuyo nombre no recuerdo, y que probablemente no aparece en ninguna de las cartas geográficas conocidas, quisieron los habitantes darse la mejor forma de gobierno. Fueron tan cuerdos que, para mejor obrar, aunque había en el país muchos sabios ancianos y políticos ilustres, se dirigieron a consultar con un poeta, el cual les contestó:

–No obstante de que estoy gravemente ocupado, pues tengo entre manos el epitalamio de un jazmín, la salutación a una niña y un epigrama para la estatua de un silvano, pensaré y os aconsejaré lo que debéis hacer. Pero os pido el plazo de tres días para daros mi respuesta.

Y como era ese poeta más poeta que el rey Salomón, hablaba y comprendía la lengua de los astros, de las plantas, de los animales y de todos los seres de la naturaleza. Fuese, pues, el primer día al campo, meditando en cuál sería la mejor forma de gobierno. Bajo un frondoso roble halló echado a un león, como Carlomagno bajo el pino de la gesta.

–Señor rey –le dijo- , bien sé que vuestra majestad pudiera ser una especie de don Pedro de Braganza con melena, ¿querría decirme cuál es para un pueblo la mejor forma de gobierno?

–Ingrato –le contestó el león–. ¡Nunca pensé que, desde que Platón os arrojó cruelmente de su república, pudieseis poner en duda las ventajas de la monarquía, vosotros, los poetas! Sin la pompa de las grandezas reales no tendríais para realzar vuestros versos ni púrpura, ni oro, ni armiño. A menos que prefirieseis el rojo de la sangre de las revoluciones, el dublé constitucional, y el blanco de la pechera de la camisa del señor Carnot, por ejemplo. El crinado Numen ha prohibido que se pronuncie la palabra “democracia” en su imperio. La república es burguesa; y alguien ha hecho observar que la democracia huele mal. Monsieur Thiers por su sequedad pondría en fuga a todas las abejas del Himeto. El honorable Jorge Washington o el honorable Abraham Lincoln sólo pueden ser cantados propiamente por un espléndido salvaje como Walt Whitman, Victor Hugo, que tanto halagó esa inmensa y terrible hidra que se llama pueblo, ha sido, sin embargo, el espíritu más aristocrático de este siglo. Por lo que a mi toca os diré que los pueblos más felices son aquellos que son respetuosos con la tradición; y que desde que existe el mundo, no hay nada que dé mayor majestad a las florestas que el rugido de los leones. Así, pues, ya conocéis mi opinión: monarquía absoluta.

A poco rato encontró el poeta pensativo, un tigre, sobre los huesos de un buey, cuya carne acababa de engullirse.

–Yo –dijo el tigre–, os aconsejo la dictadura militar. Se agazapa uno sobre la rama de un árbol o tras una abrupta peña; cuando pasa un tropel de búfalos libres, o un rebaño de carneros, se grita ¡viva la Libertad¡ y se cae sobre la más rica presa, empleando lo mejor que sea posible los dientes y las uñas.

A poco vino un cuervo y se puso a despilfarrar la osamenta que había dejado el felino.

–A mi me gusta la República –exclamó–, y sobre todo la República Americana, porque es la que nos da mayor número de cadáveres en los campos de batalla. Esos festines son tan frecuentes que para nosotros no hay nada mejor, a no ser las carnicerías de las tribus bárbaras. Y a fe de “Maitre Corbeau”, que digo palabra de verdad.

Del ramaje de un laurel dijo una paloma, interrogada por el poeta:

–Yo soy teocrática. Encarnado en mi cuerpo, el Santo Espíritu desciende sobre el Pontífice que es sumo sacerdote y tres veces rey, bajo la luz de Dios. El pueblo más feliz sería aquel que tuviese por guía y cabeza, como en tiempos bíblicos, al mismo Creador de todas las cosas
La zorra contestó:

–Mi querido señor, si el pueblo elige un presidente habrá hecho muy bien. Y si proclama y corona a un monarca, merecerá mis aplausos. Tened la bondad de dar mis mejores saludos a uno u otro; y, decidle que si se me envía una gallina gorda el día de la fiesta la aceptaré con gusto y me la comeré con plumas y todo.

Una abeja contestó:

Nosotros en una ocasión quisimos derrocar a la reina del enjambre, que es algo así como la Reina Victoria, pues debéis de saber que una colmena se parece mucho a la Inglaterra de hoy en su forma gubernativa. Pero dinos tan mal resultado el solo intento, que toda la miel de esa cosecha nos salió inservible. Otrosí, que tuvimos un aumento de zánganos y pasamos el rato peor de toda nuestra vida. Desde esa vez resolvimos ser cuerdas: nuestro alvéolo es siempre sexangular y nuestro jefe una hembra.

¡Viva la república! gritó un gorrión, picando las frutas del árbol en que estaba -. ¡Ciudadanos del bosque, atención! ¡Pido la palabra! ¿Es posible que desde el día de la creación estéis sujetos a la más abominable tiranía? ¡Animales! La hora ha llegado; el progreso os señala el derrotero que debéis seguir. Yo vengo de las ciudades que habitan los bípedos pensantes, y allí he visto las ventajas del sufragio universal y del parlamentarismo. Yo conozco un receptáculo que se llama urna electoral y puedo disertar sobre el habeas corpus. ¿Quién de vosotros negará las ventajas del selt government y del home-rule? Los leones y las águilas son sujetos que deben desaparecer. ¡Abajo las águilas! ¡Especie de pajarraco, ve! Proclamemos la república de los Estados Unidos de la montaña y del aire, proclamemos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Establezcamos el gobierno propio, del animal y por el animal. Yo, vamos al decir, puedo ser elegido mañana primer magistrado; lo propio que el respetable señor oso, o el distinguido señor zorro. ¡Por de pronto, a las armas! ¡Guerra, guerra, guerra! Y después habrá paz.

Poeta –dijo el águila, ¿has escuchado a ese demagogo? Yo soy monárquica, ¿y cómo no, siendo reina, y habiendo siempre acompañado a los coronados conquistadores como César y Bonaparte? He visto la grandeza de los imperios de Roma y de Francia. Mi efigie está en las armas de Rusia y del grande imperio de los alemanes. Ave Caesar, es mi mejor salutación.

A lo cual objetó el poeta que, como el ave de Júpiter, si hablaba latín en la tierra del yankee, era para exclamar: E pluribus unum.

La mejor forma de gobierno –dijo el buey, es aquella que no imponga el yugo ni la mutilación.

Y el gorila:

¿Forma de gobierno? Ninguna. Aconsejad a ese pueblo que vuelva al seno de la naturaleza; que abandone eso que llama civilización y retroceda a la primitiva vida salvaje, en la cual creo poder encontrar la verdadera libertad. Yo, en cuanto a mi, protesto de la calumnia de Darwin, pues no encuentro bueno nada de lo que hace y piensa el animal humano.

El segundo día el poeta oyó otras opiniones.

LA ROSA. –Nosotros no sabemos de política nada más que lo que murmura don Diego de noche y el girasol de día. Yo, emperatriz, tengo mi corte, mis esplendores y mis poetas que me celebran. Admiro tanto a Nerón como a Luis XIV. Amo este hermoso apellido: Pompadour. No tengo más opinión que ésta: la Belleza está sobre todo.

LA FLOR DE LIS. –¡Paso a S.M. Cristianisima!

EL OLIVO. –Francamente, yo os aconsejo la república. Una buena república, he allí el ideal. Mas también he de deciros que en la mayor parte de vuestros países republicanos no hay año en que no me dejen sin ramas, para adorar con ellas el templo de la paz... después de la guerra anual.

EL CAFÉ. –Hágase la comparación entre los millones de quintales que se exportaban en el Brasil en tiempo de don Pedro, y los que hoy se exportan; y el resultado será mi respuesta.

LA CAÑA DE AZUCAR. Os aconsejo la república, y os pido trabajéis por la libertad de Cuba.

EL CLAVEL. ¿Y el general Boulanger?

EL PENSAMIENTO. –Según el traje que visto, según el color que tengo, así es mi opinión.

EL MAIZ. –República.

LA FRESA. –Monarquía.

Por la noche consultó el poeta a las estrellas, entre las cuales existe la más luminosa de las jerarquías. Venus dijo lo mismo que la rosa.

Marte reconoció la autocracia del Sol; tan solamente turbada la majestad de los profundos cielos la fugitiva demagogia de los aerolitos.

Al tercer día dirigióse a la ciudad a dar su respuesta a los habitantes; y en el camino iba pensando en cuál de todas aquellas distintas opiniones que había escuchado estaría más en razón y sería más a propósito para hacer la felicidad de un pueblo.

De repente vio venir un viejo encorvado como un arco, que tenía largas barbas, semejantes a un chorro de nieve, y sobre los blancos bigotes una curva nariz semítica, parecida a un perico rojo que quisiera picarle la boca.

¡Ashavero! –exclamó el poeta.

El anciano que venía de prisa, apoyado en un grueso bastón, se detuvo. Y al explicar el poeta el caso en que se encontraba, comenzó a decir Ashavero de la manera siguiente:

Sabes que es verdad conocida que el diablo no sabe tanto por diablo cuanto por viejo. Yo no soy el diablo y he de entrar algún día al reino de Dios; mas he vivido tanto que mi experiencia es mayor que el caudal de agua del oceáno. ¡Así también es de amarga! Mas he de decirte que en lo que respecta al modo mejor de regir las naciones, no sabría con toda exactitud señalarte éste o el otro. Porque desde que recorro la tierra he visto los mismos males en repúblicas, imperios y reinados, cuando los hombres que han estado en el trono, o en el poder por elección del pueblo, no se han guiado por principios sanos de justicia y de bien. He visto reyes buenos, como padres de sus súbditos y presidentes que han sido para el Estado suma de todas las plagas. El lugar común de que cada pueblo tiene el gobierno que merece, no dejará siempre de hacer meditar. Cierto es que cuando Atila pasa, los pueblos tiemblan como pobres rebaños de corderos. Viene a veces Harún-al Raschid, a veces Luis XI, Repúblicas hay muchas, desde la de Platón hasta la de Boulanger, y desde la de Venecia hasta la de Haití... El pueblo tiene mucho de niño y de mujer. Un día amará la monarquía por la corona de oro; otro día adorará la república por el gorro colorado.

Los hombres se abren el vientre y se destrozan el cerebro a bayonetazos y balazos; hoy colocan en una silla superior a alguien que dirija los asuntos comunes. A poco se le hace descender y se coloca a otro, por el mismo procedimiento. O se realizan ceremonias de engaños y simulacros de democracias, y se lleva en triunfo al elegido a son de tambores y clarines pacíficos. En verdad te digo que la humanidad no sabe lo que hace. Advierte en la naturaleza el orden y la justicia de la eterna y divina inteligencia. No así en las obras de los humanos, donde la razón que les ilumina parece que les hiciese caer cada día en un abismo nuevo. Por eso debo decirte que no está en la forma de gobierno la felicidad de un país, antes bien en la elección de aquellos que dirijan sus destinos, sean jefes republicanos o majestades de derecho divino.

Más habló el judío viejo, con palabras que ya parecían de Salomón, ya de Pero Grullo. Y tal fue su elocuencia en los asuntos políticos del mundo, que el poeta repitió punto por punto sus largas oraciones delante los ciudadanos congregados que aguardaban su respuesta.

No bien había acabado de hablar alzóse en torno suyo una tempestad de protestas y de gritos. Un ciudadano rojo que había leído libros de los clásicos griegos púsole sobre la frente una corona de rosas, después de lo cual aquellas gentes tan discretas que consultaban sus asuntos públicos con un maestro de poesía le echaron del lugar, con grande algazara, entre la sonrisa de las flores, el escándalo de los pájaros, y el asombro de las teorías resplandecientes que recorren el azul de los astros.

Luz de luna

 Rubén Darío

I
Una de las tristes noches de mi vida –aquella en que más me martirizaba el recuerdo de la más pérfida de las mujeres–, dirigí mis pasos fuera de la gran ciudad, en donde las gentes hacen sus negocios y se divierten en la sociedad y en el sport.

En el tranquilo cielo estaba, como en una pálida bruma de ensueño, misteriosamente fatal, la Luna. Su resplandor descendía a bañar de plata las grandes planicies y a enredar en los árboles, negros de noche, temblorosos hilos de luz.

¿Por qué será? –dije con una voz tan secreta que solamente la escuchó mi alma–; ¿por qué será que hay almas solitarias con las cuales se encarniza el dolor? Y recordé que el poeta de los Poemas saturninos encuentra el origen de ciertas amargas existencias en el astro extraño, Saturno.

II
Por el camino que al claro de Luna se extendía, ancho y blanquecino vi venir una carreta desvencijada, tirada por dos escuálidos jamelgos viejos. Seguramente era una compañía de saltimbanquis, pues alcancé a ver un negro oso, trajes de farsa, panderos y baúles viejos. Mas cerca, no tuve duda alguna; reconocí al doctor Casandra, a la señorita Colombina, a Arlequín...
Una súbita inquietud se apoderó de mí. Entre toda aquella comparsa faltaba un rostro caro a la pálida y melancólica Selene.

Colombina sonrió maliciosamente, hizo un pícaro guiño y después se inclinó en una bella reverencia. Arlequín dio tres saltos. El doctor se contoneó. El oso pareció decirme, con una mirada: «Estás convidado a la cacería de Atta–Troll.» Y cuando busqué en mis bolsillos alguna moneda de cobre, ya los dos jamelgos viejos y escuálidos iban lejos, con un brote inusitado, al argentado brillo de la Luna.

III
Largo rato quedé sumido en mis acostumbradas meditaciones. De repente vi llegar, en carrera azorada y loca, por el camino blanquecino y ancho la figura cándida de Pierrot. ¡Debía de haber corrido mucho! Su cara expresaba la angustia; sus gestos, la desolación. Con su conocida mímica explicaba de qué modo se había quedado atrás; cómo sus compañeros le habían abandonado mientras él contemplaba, en un celestial éxtasis, el rostro de la Luna.

Yo le indiqué la senda que seguía la carreta. Le manifesté cómo yo era un lírico amigo suyo, que vagaba esa noche,. al amor de Selene, martirizado por el recuerdo de la más pérfida de las mujeres. Y él sinceró en su máscara de harina la más profunda manifestación de condolencia.

Después siguió, en carrera precipitada, en busca de la alegre compañía. Y mi alma sintió una inmensa amargura, sin saber por qué, al contemplar cómo se perdía, en la extensión del camino, aquella pobre figura del hombre blanco, de Pierrot, el silencioso enamorado de la Luna.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...