miércoles, 9 de marzo de 2022

Palimpsesto I

 RUBÉN darío

Cuando Longinos salió huyendo con la lanza en la mano, des­pués de haber herido el costado de Nuestro Señor Jesús, era la triste hora del Calvario, la hora en que empezaba la sagrada agonía.

Sobre el árido monte las tres cruces proyectaban su sombra. La muchedumbre que había concurrido a presenciar el sacrificio iba camino de la ciudad. Cristo, sublime y solitario, martirizado lirio de divino amor, estaba pálido y sangriento en su madero.

Cerca de los pies atravesados, Magdalena, desmelenada y amante, se apretaba la cabeza con las manos. María daba su gemido maternal. Stabat mater dolorosa!

Después, la tarde fugitiva anunciaba la llegada del negro ca­rro de la noche. Jerusalén temblaba en la luz al suave soplo cre­puscular.

La carrera de Longinos era rápida, y en la punta de la lanza que llevaba en su diestra brillaba algo como la sangre luminosa de un astro.

El ciego había recobrado el goce del sol.

El agua santa de la santa herida había lavado en esta alma toda la tiniebla que impedía el triunfo de la luz.

A la puerta de la casa del que había sido ciego, un grande arcángel estaba con las alas abiertas y los brazos en alto.

¡Oh Longinos, Longinos! Tu lanza desde aquel día será un inmenso bien humano. El alma que ella hiera sufrirá el celeste contagio de la fe.

Por ella oirá el trueno Saulo y será casto Parsifal.

En la misma hora en que en Haceldama se ahorcó Judas, flo­reció idealmente la lanza de Longinos.

Ambas figuras han quedado eternas a los ojos de los hombres.

¿Quién preferirá la cuerda del traidor al arma de la gracia?

Por el Rhin

 Rubén Darío

Près de la fenêtre, aux borda du Rhin
le profil blond d'une Margaréte
elle dépose de ses doigts lents le missel
où un bout de ciel
luit en un candide bleuet.
Les voiles de vierges bleus et blancs
semblent planer sur l'opale du Rhin.
GUSTAVE KHAN

Ayer mañana, muy de mañana, mi vecina comenzó a cantar; despertó como un canario; canta como un canario; es rubia, es hija de Alemania. Diréis que el oro es poca cosa si miráis ba­ñada de sol la cabeza de ese pajarito alemán, que tiene por nom­bre Margarita, y que no hay duda lo recortó la madre con sus tijeras de algún Fausto iluminado por algún mágico viñetista.

Pres de la fenétre…
le profil blond d'une Margaréte.

El verso de Gustave Kahn danzaba en mi memoria. ¿Y la rueca Margarita? ¿Y la meca?

Près de la fenêtre…

Más azules que los vergissmeinnicht sus dos pupilas celestiales miran con la franqueza de una dulce piedra preciosa, o un de ágata rara como las piedras fabulosas de los cuentos, que miraban como ojos... Al mirar, sus claros ojos matinales contribuyen a la alegría del día. "Buenos días, vecina, buenos días".

¿Y la rueca, Margarita, y la rueca?

¡Ah! sí, yo la he de hablar más de cerca y. si me lo permiten sus dos puros ojos, haremos juntos un viaje por el Rhin. ¡Por el Rhin! En compañía de dos ojos más azules que los vergiss­meinnicht se hace el único viaje que puede soñar un poeta.

Y le he hablado por fin, muy de cerca, y ella me ha contado en curioso idioma muy bravas cosas.

El padre, semejante a un burgomaestre clásico, rico de abdo­men y unido a su pipa por la más estrecha de las simpatías, da lecciones de música. ¿Por eso cantará con tanta afinación el canario alemán? Mientras conversamos, el burgomaestre hojea una partitura y ahuma el ambiente con la conciencia de una solfatara.

Yo le digo a Margarita de los versos de Kahn, y le propongo que hagamos el viaje del Rhin juntos, esa misma mañana; y corno ella accede y me mira fijamente, partimos a Alemania, como sobre la espalda nevada de un cisne.

No sé qué encanto especial tienen las mujeres germánicas, que a más de producir en nosotros el hechizo del ensueño, nos infun­den exquisitamente –costumbre quizá heredada de willis o mujeres-cisnesas– una honda voluptuosidad ... La latina os quema; la germana os trae el calor de por dentro, como un cordial. Y así, por mucho que naveguéis a la luz de la luna y oigáis la voz de Lorelei, de pronto os sentiréis amorosamente abrasados... ¿No es cierto, oh divino Heine?

YKahn:

Elle dépose de ses doigts lents le missel
où un bout de ciel
luit en un candide bleuet.

¿Qué flor es ésa, Margarita, rubia Margarita, la que tu mano corta después de dejar el antiguo libro de misa? ¿Es una mar­garita, es una no-me-olvides? No; es una rosa, cuyo corazón compite con la sangre de tus labios.

Es domingo: el campanario soltó sus palomas de oro del pa­lomar de piedra antigua. Es día alegre. El burgomaestre repasa una partitura. Mi vecina y yo vamos camino del Rhin. Ya es­tamos en él. Allá está el castillo. Más allá el burgo. Allá, más allá, la casa de Margarita.

Les voiles de vierges bleus et blancs
semblent planer sur l'opale du Rhin...

–¿Y la rueca, Margarita?

Margarita está en la ventana de su casa; ha ido ya a misa... Es día domingo, pero no importa: ella hila.

–¡Margarita! te vengo a visitar desde muy lejos, en compa­ñía de mi vecina, cuyos ojos son hermanos de los tuyos. Margarita está con la rueca. Margarita me gratifica con una sonrisa; y teje, teje, teje...

Ha tiempo murió el abuelo, que fue coracero del gran Fe­derico. Margarita tiene una abuela, cuyas grandes y liliales co­fias aprueban, al andar, acciones honestas. La abuela supo de amor heroico y ardiente, hace tiempo, hace largo tiempo. La procesión de años es tan extensa, que apenas se alcanzan a ver los que van por delante...

–Buena abuelita, ¿Margarita tiene novio?

–Novio tiene Margarita. No es el estudiante, que tiene una cruz de San Andrés dibujada a sable en la mejilla derecha. No es el dueño de la fábrica, a quien han amenazado los obreros con una degollina si no les aumenta el salario. El novio de Margarita es el propietario de la viña; el buen mozo rojo, que tiene un bello perro, un bello fusil y un coche de dos ruedas tirado por una linda jaca.

–¿Y para cuándo el matrimonio?

–Para la próxima cosecha. En las cubas rebosa el vino blanco.

La abuela charla, charla. Margarita teje, teje, teje.

–¿Y los poetas, abuela?

–Los espantajos alejaron todos los gorriones del plantío de coles; Margarita no entiende de música sino lo necesario para tararear un vals de Strauss.

La noche va a llegar. Aparecen los animales crepusculares, a la orilla del bosque, a la orilla del río.

El viejo Rhin va diciendo sus baladas. La vagarosa bruma se extiende como un sueño que todo lo envuelve; baja al recodo del río, sube por los flancos del castillo; la noche, hela allí, co­ronada de perlas opacas y en la cabellera negra el empañado cuarto creciente...

Ya la casita de la rubia hilandera está envuelta en sueño.

Entrada la noche, comienza el desfile, frente a la ventana en donde, flor de leyenda, estaba asomada la niña que hilaba en la rueca.

Pasa como un enjambre de abejas de oro, murmurando, el coro de canciones que salen de los vientres de los laúdes viejos, donde viven haciendo un panal de melodías, alrededor del cual el diablo ronda, hecho moscardón... Pasa el diablo, en traje de gala.

En traje de gala va Mefistófeles, todos ya lo sabéis, un bajo de ópera. Sus cejas huyen hacia arriba, como las de los faunos; sobre su frente la pluma tiembla, los bigotes enrollan sus rabos de alacrán; la malla color de fuego aprieta la carne enjuta; a la cintura va el puñal de guardarropía y el espadín infeliz que no pincha, ni tiene el azufre de un fósforo.

Pasa Mefistófeles; un pobre diablo. Pasa el hombre pálido y pensativo y gentil; pasa Fausto. Todo vestido de negro; va de luto por él mismo. Entre su pobre cabeza yace el sedimento de cien vejeces. A través de la bruma, el cuarto creciente com­pasivo le envía un rayo que le dora la pálida frente, y hace bri­llar sus ojos rodeados de ojeras.

Pues ha hecho tanto la fiesta, ha gustado tanto de la vida alegre, que está seriamente amenazado de tabes dorsalis. Va la manera de caminar; de modo que parece que junto a él una Muerte de Durero ritmándole el paso, al son de una so» cornamusa.

Pasa la vieja dueña, con el faldellín ajado por avaricias y concupiscencias seniles. Junto a ella, una araña, una escoba, un sapo; y el gordo perro judío que da dinero con absurdo interés y se paga las niñas de doce años; y el gordo perro cristiano que extorsiona al circunciso y al incircunciso, y se receta el plato de cenizas de Sodoma.

Pasa Valentín, matachín; agujereado el pellejo a duelos; borracho como una mosca. Se hará de la vista gorda, como le deis un empleo en la agencia del banco, una querida y una bicicleta.

Pasa el organista, que tocó en la iglesia a la hora de la misa y que por dentro es un luterano extra: así ama él a la monja, la regordeta Sor Sicéfora de los Gozos, que le regala con hojaldres y carnecitas bien manidas, con salsa abacial.

Pasa el gran Wolfgang, patinando. Su cabeza sobrepasa la floresta; su holgada capa negra deja ver su pecho constelado de estrellas.

Empujado por una musa ciega y triste, pasa luego, entre a grupo de gentes vestidas de negro, que sollozan y llevan los rostros cubiertos, pasa en su carretilla de paralítico, el pobre Heine va alimentando en su regazo a un cuervo funesto, a quien da de comer un puñado de diamantes lunares.

Y junto al tullido, como un paje familiar, va un oso.

Pasa, furioso, el pecho desnudo, los gestos violentos, la mirada fulminante, mascando una hostia, estrangulando un cordero, hombre extraño, que grita:

–Yo soy el magnánimo Zarathustra: seguid mis pasos. Es 1a hora del imperio: ¡yo soy la luz!

Alrededor del vociferador caen piedras.

–¡Muerte a Nietzsche el loco!

Pasa el desfile, bajo el palio gris de la bruma...

Volvemos del viaje al Rhin.

No lo repetiremos.

He perdido las señas de la casa de Margarita.

¿Qué decía el son de la rueca?

¿En qué estábamos, dulce vecina?

Hauptmann se subió al campanario y tocó a somatén.

El viejo cara de burgomaestre ha concluido la partitura y limpia el flautín.

–Vecina, no me ha dicho todavía en qué se ocupaba.

–¿No se lo he dicho? Soy modista. ¿Y usted?

–Yo poeta.

Preludio de primavera

Rubén Darío

La otra noche, cuando concluimos de comer era en una noble y amable morada, las damas se dirigieron al salón. En el comedor se encendieron los cigarros. Un elocuente diputado parafraseaba una peregrina ocurrencia de Tolstoi; un poeta silencioso meditaba, apretado en su ulster. La política atizó sus fuegos. En tanto, yo entablé conversación con una rosa pálida que entre las flores de la mesa mostraba sus hojas anémicas, brotadas en la aristocracia de las estufas.

–Rosa Argentina– le dije–, ¿acaso no están contenta con la llegada de la primavera?

–Ah –exclamó–, no sabéis que apenas viviré algunas horas más una vida que ha sido alentada con calores artificiales? ¡Oh erudición! –me interrumpió la rosa conmovida. 

Después, continuó con la melodía delicada de su voz floral–: En verdad que, como dijo un rimador de Italia, la primavera es la juventud del año...

–¡Oh, erudición! –interrumpí, en desquite–. Y la juventud es la primavera de la vida. Es la fiesta del campo, la sinfonía primaveral celebra las caricias de los pájaros; en los jardines hace la niña sus ramos, y su rostro es la mejor rosa de los parterres floridos; el trino vuela alegre por el aire azul, y Mab, muy de mañana, hace un paseo entre los claveles y las azucenas diciendo con su lindo acento: ¡Buenos días, señoritas! ¡Muy buenos días, caballeros! Ya veréis a las porteñas, cuando, dejando sus vestidos de invierno, sus pieles y sus manguitos, vayan con sus trajes claros y alegres, a hacer reinar sus ojos, en la dulce agonía de la tarde, al desfile lujoso de Palermo. Los gorriones, parlanchines y petulantes, narran en los árboles, a voz en cuello, mil historias famosas. Por las noches, en más de un palacio elegante habrá luces, sonrisas y danzas.

La rosa hacía ondular su blanda vocecita, conociéndose innegablemente su deseo de imitar a Sarah Bernhardt.

–Y bien –prorrumpí–, y tu diminuta alma aromal –puesto que yo sé como tú la inmortalidad del alma de las flores–, ¿en dónde estará la primavera próxima?

–Dios nos deja la elección del paraíso. Yo he elegido el mío; unos labios rojos que quizá hayas contemplado algunas vez con inefable deleite. ¡Oh –concluyó–, felices las rosas humanas!

–Por qué?

–Porque pueden gozar un sol eterno: el amor. Para los corazones que aman, la primavera dura todo el año!

 

Respecto a Horacio

Rubén Darío

PAPIRO

... Fijos los ojos en un voluminoso rollo, abstraído por la lectu­ra, a la sombra del árbol, no se dio cuenta el dueño de la quin­ta –hasta que un ruido de voces se escuchó muy cerca– de que llegaban sus convidados. Cuatro hermosos esclavos iban de­lanteros, llevando la litera en que el noble Mecenas se dignaba acudir a la cita del poeta. Atrás se escuchaban el venir de la alegre concurrencia; la risa de Lidia, alegre y victoriosa, era un anuncio de júbilo en la fiesta. La voz de Aristio Fusco, franca y cordial, vibraba al par de la de Elio Lamia, el gran enamo­rado, famoso por sus escándalos. Y no eran superados sino por la de Albio Tíbulo que, comentando un sucedido, pregonaba a plena garganta la veleidad de la mujer romana.

Bajo una viña se detuvieron todas las literas y, a una sola voz, todas las bocas saludaron al dueño de la casa, que se dirigió sonriente, alzando los brazos, satisfecho, complacido, aceptando el honor:

–¡Buen día, Horacio!

Horacio repartía sus saludos, y hacía señas a esclavos y ser­vidores; sobre todo a su esclava preferida, que, cerca de él, tenía ya lista un ánfora de Grecia, llena de vino, y sonreía...

Cuando las copas estuvieron llenas de exquisito vino de Sa­bina, el caballero Arecio, que con Augusto el emperador privaba, como era notorio, dijo discretas razones en honor del poeta, y celebró el sublime culto de las musas que dan la dicha del alma la felicidad incomparable de los verdes laureles. Recordó tam­bién al César que, protegiendo a los maestros líricos, cumplía un celeste designio, y se hacía merecedor de los más encendidos himnos y más cordiales elogios. Todas las voces, todas las ma­nifestaciones de aplauso fueron para el favorito. Solamente Ligurino, mancebo rubio que agitaba, como una soberbia melena, el oro de su tesoro capilar, haciendo una mueca ligera alzó la copa y se mostró arrogante y desdeñoso. Reíase no muy discretamente de las palabras pronunciadas por el amigo imperial y, mirando de soslayo, satirizaba al anfitrión.

Quintilio Varo, tímidamente, con los labios entreabiertos, ha­bla de Solón y de Arquesilao, diciendo que han sido buenos ama­dores del vino. Líber debe ser el Dios preferido.

–¡Bebe! –exclama Horacio–. Los que a Catón acusan, no tienen el justo conocimiento de la vida.

Una carcajada de cristal se escucha, y es Lidia que agita con la diestra un ramo de rosa y muestra entre el rojo cerco de su risa la picara blancura de sus dientes.

–Amo el vino –dice– lo propio que la boca de Telefo. Es gran placer mío la música de los hexámetros de Flacco y me gozo en deshojar esta flor en nombre de Venus, mi reina.

Ligurino, semejante a un efebo, dice:

–Opino como la hermosa –y su rostro se empurpura, sobre su cuerpo delicado y equívoco.
Mirtala tiene clavados los ojos en Horacio. Mírlala, la altiva liberta, que, no lejos, está meditabunda, apoyada la barba en la mano. Crispo Salustio se hace oír y clama en alabanza de quien tan cordialmente hospeda.

–No hay aquí –dice– las grandes riquezas de Creso, ni las copas de oro en que beben los varones a quienes la suerte ha co­locado sobre tronos y pingües preeminencias; no apuramos cécubo principal, ni jugo de parras egregias; mas la casa del poeta trasciende al dulce perfume de la amistad leal, protegida por el amable aliento de las musas.

Todos los circunstantes dirigen su mirada hacia el lírico que ha empezado a hablar acompasando sus palabras en suaves mo­vimientos de cabeza, que hacen temblar sobre su frente la corona de mirto fresco que no ha poco tejiera el esclavo favorito. Dice el poeta su amor tranquilo por la naturaleza; canta la leche fres­ca, el vino nuevo, las flores de la primavera, las mejillas de las muchachas y la ligera gracia de los tirsos. Recuerda fraternal­mente a Propercio y a Virgilio, saluda el nombre glorioso de Augusto y tiende su diestra hacia su amigo Mecenas, que le es­cucha bondadoso y sonriente. Parafrasea a Epicuro y enciende una hermosa antorcha de poesía en el alegre templo de Anacreonte. Desgrana dáctilos como uvas; deshoja espondeos como rosas; presenta al caballo Pegaso alado y piafante, mascando el suave freno tiburtino. Elogia una ánfora del tiempo del cónsul Manlio, ánfora llena de licor, ánfora que puedo describir, puesto que la estoy mirando: Alrededor de la panza tiene figurada una viña copiosa; bajo la viña el gran Baco en su florida juventud y rodeado de ménades y de tigres, cuyas fauces se humedecen con la dulzura que les impone la majestad del numen; cerca está la figura de Sileno, que ríe viendo danzar un coro de fau­nos, los cuales levantan sobre sus cabezas sortijas de caireles y pámpanos recién cortados.

Cuando Horacio, después de un largo rato de discurso, ha sido abrazado por Mecenas y por Fusco, y halagado con sonri­sas por el coro de sus lindas amigas, yo me he retirado a la ar­boleda en donde el poeta hace siempre su paseo favorito.

Yo, Lucio Galo, que sufro bajo el orgullo de los patricios, escribo esta página confesando un mal hecho, que he llevado a término premeditadamente, pues lo he pensado desde el día pri­mero en que he puesto mis pies en el suelo de esta villa. Amo a Filis la esclava de Jantias, el Foceo. He sufrido hondas amar­guras, ásperas tristezas. He bebido el vinagre de los celos, he visto los besos de Jantias a Filis y me he mordido los puños abru­mado en mi esclavitud y lleno de desesperación, puesto que ella me ha dado su alma. Convencido de que Horacio atiza la pasión del más odiado de los rivales, he ido, ahora mismo, a cortar con un hacha el tronco del más pesado árbol de la arboleda, para que si la suerte me ayuda, Horacio quede aplastado como un ratón bajo una piedra.

Yo, Lucio Galo, un lustro después de haber escrito lo ante­rior, confieso que no me arrepiento de lo intentado. Filis era in­digna de mi cariño, es cierto. El árbol no dio muerte al vate ilustre y él ha dejado al mundo los lindos versos que empiezan así: lile et nefasto te posuit die...?

 

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...