miércoles, 9 de marzo de 2022

Sor Filomena

Rubén Darío

(Amor divino)

I
–¡Ya está hecho, por todos los diablos! –rugió el obeso empresario, dirigiéndose a la mesita de mármol en que el pobre tenorio ahogaba su amargura en la onda de ópalo de un vaso de ajenjo.

El empresario, ese famoso Krau –¿no conocéis la celebridad de su soberbia nariz, un verdadero dije de coral ornado de rubio alcohólico?–, el empresario pidió el suyo con poca agua. Luego secó el sudor de su frente, y dando un puñetazo, que hizo temblar la bandeja y los vasos, soltó la lengua:

–¿Sabes Barlet? Estuve en toda la ceremonia; lo he presenciado todo. Si te he de decir la verdad, fue una cosa conmovedora... No somos hechos de fierro...

Contóle lo que había visto. A la linda niña, la joya de su troupe, tomar el velo, sepultar su belleza en el monasterio, profesar, con su vestido oscuro de religiosa, la vela de cera en la mano blanca. Después, los comentarios de la gente:

–¡Una cómica monja!... A otro perro con ese hueso...

Barlet –el enamorado romántico– veía a lo alto y bebía a pequeños sorbos.

II
Eglantina Charmat, mimada del público parisiense, había sido contratada para una tournée por los países de América. Bella, suavemente bella, tenía una dulce voz de ruiseñor. Un cronista la bautizó en una ocasión con el firico nombre de Filomena. Tenía los cabellos un tanto oscuros, y cuando se desataban en las escenas agitadas, hacía con gracia propia, para recogérselos, el mismo encantador movimiento de la Reichemberg. Entró en el teatro por la pasión del arte. Hija de un comerciante bordelés que la adoraba y la mimaba, un buen día, el excelente señor, después del tiempo de Conservatorio, la condujo él mismo al estreno. Tímida y adorable, obtuvo una victoria espléndida. Quién no recuerda la locura que despertó en todos, cuando la vimos arrullar, incomparable Mignon:

Connais-tu le pays où fleurit l'oranger?...

Festejada por nababs y rastas pudo, raro temperamento, extraña alma, conservarse virtuosa, en medio de las ondas de escándalo y lujuria que a la continua pasan sobre todo eso que lleva la gráfica y casta designación de carne de tablas. Siguió una carrera de gloria y provecho. Su nombre se hizo popular. Las noches de representación, la aguardaba su madre para conducirla a la casa. Su reputación se conservaba intacta. Jamás Gil Blas se ocupó de ella con reticencias o alusiones que indicasen algo vedado; nadie sabía que la aplaudida Eglantina favoreciese a ningún feliz adorador siquiera con la tierna flor de una promesa, de una esperanza.

¡Almita angelical encerrada en la más tentadora estatua de rosado mármol!

III
Era ella una soñadora del divino país de la armonía. ¿Amor? Sí, sentía el impulso de amor. Su sangre virginal y ardiente la inundaba el rostro con su fuego. Pero el príncipe de sus sueños no había llegado, y en espera de él desdeñaba con impasibilidad las galanterías fútiles de bastidores y las misivas estúpidas de los cresos golosos. Allá, en el fondo de su alma, le cantaba un pájaro invisible una canción, vaga como un anhelo de juventud, delicada como un fresco ramillete de flores nuevas. Y cuando era ella la, que cantaba, ponía en su voz el trino del ave de su alma: y así era como una musa, como la encarnación de un ideal soñado y entrevisto, y de sus labios, diminutos y rojos, caían, a gotas armónicas, trémolos cristalinos, arpegios florecidos de melodía, las amables músicas de los grandes maestros, a los cuales ella agregaba la delicia de su íntimo tesoro. Juntaba también a sus delectaciones de artista profundos arrobamientos místicos. Era devota...

–Pero ¿no estáis escribiendo eso de una cómica?...

Era devota. No cantaba nunca sin encomendarse a la virgencita de la cabecera de su cama, una virgencita de primera comunión. Y con la misma voz con que conmovía a los públicos y ponía el estremecimiento de su fuerza mágica sobre los palcos y plateas, interpretando la variada sinfonía de los amores profanos, lanzaba, en los coros de ciertas iglesias, la sagrada lluvia sonora de las notas de la música religiosa, interpretando también los deliquios del infinito amor divino; y así su espíritu, que vagaba entre las rocas terrenales como una mariposa de virtud iba a cortar con las vírgenes del paraíso las margaritas celestes que perfumaban los senderos de luz por donde yerran, poseídas de la felicidad eterna, las inmortales almas de los bienaventurados. Ella cantaba entonces con todo su corazón, haciendo vibrar su voz de ruiseñor en medio de la tempestad gloriosa del órgano, y su lengua se regocijaba con las alabanzas a la Reina María Santísima y al dulce Príncipe Jesús.

Un día, empero, llegó el amado de su ensueño el cual era su primo, y se llamaba el capitán Pablo. Entonces comenzó el idilio. El viejo bordolés lo aprobaba todo, y el señor capitán pudo vanagloriarse de haber desflorado con un beso triunfante la casta frente de lis de la primaveral Eglantina. Ella fabricó inmediatamente dos castillos en el aire con el poder de su gentil cabecita. Primero: aceptaría la contrata que, desde hacía tiempo, le proponía el obeso y conocido Krau para una tournée en América; segundo: a su vuelta ya rica, se casaría.

Concertada la boda, Eglantina firmó la célebre contrata con gran contentamiento de Krau, que en el día del arreglo presentó más opulenta y encendida su formidable nariz... ¡Qué negocio! ¡Qué viaje triunfal! Y en la imaginación, veía caer el diluvio de oro de Río, de Buenos Aires, de Santiago, de Méjico, de Nueva York y de La Habana.

IV
También firmó contrato Barlet, ese tenorcito que, a pesar de su buena voz, tiene la desgracia de ser muy antipático por gastar en su persona demasiados cosméticos y brillantinas. Y Barlet, ¡por todos los diablos!, se enamoró de la diva. Ella a pesar de las insinuaciones de Krau en favor del tenor pagaba su pasión con las más crueles burlas. ¿Burlas en el amor? Mal hecho. En los buenos días de la Provenza del siglo XIII, habría merecido versos severos del poeta lírico Fabre d'Uzes, y la marquesa de Mallespines la habría condenado, por su crueldad, a dar por lo menos un beso, en público, al desventurado y malferido adorador. Eglantina llevaba en su corazón la imagen del capitán. Por la noche, al acostarse, rezaba por él, le encomendaba en sus oraciones, y a él enviaba su amor con el pensamiento.

El primer castillo aéreo empezaba a solidificarse. En Río de Janeiro ganó la diva crecidas sumas. El día de su beneficio recogió una cestilla de diamantes. El emperador don Pedro le envió un imperial solitario. En Montevideo, en Buenos Aires, en Lima, fue para la deliciosa Mignón la inacabable fiesta de las flores y del oro. Entretanto, Barlet desafinaba de amor; y más de una vez se inició en su contra la más estupenda silba. Pasaron meses. En víspera de regresar, Krau recibió propuestas excelentes de Santiago de Chile, y se encaminó para allá con su compañía. Eglantina estaba radiante de gozo. Pronto volvería a Francia, y entonces... Mas un día, después de leer una carta de Paris, al concluir la temporada del Municipal, la diva se quedó pálida, pálida... Allá, en la tierra de la porcelana y del opio, en el horrible Tonkín, había muerto el capitán. El segundo castillo aéreo se había venido al suelo, rompiendo en su fracaso la ilusión más amada de la triste almita angelical. Esa noche había que hacer Mignon, la querida obra favorita, que tenía que cantar Eglantina con su áurea voz arrebatadora:

¿Connais tu le pays où fleurit l'oranger?...

Y cantó, y nunca ¡ay!, con mayor encanto y ternura. En sus labios temblaba la balada lánguida de la despedida, el gemido de todas las tristezas, la cantiga doliente de todas las desesperanzas... Y en el fondo de su ser, ella, la rosa de París, sabía que no tenía ya amores e ilusiones de la Tierra y que solamente hallaría consuelo en la Reina María Santa y en el dulce Príncipe Jesús.

V
Santiago estaba asombrado. La prensa hacía comentarios. El viejo bordelés, que había acompañado a su hija, lloraba preparando sus baúles.

–¡Adiós, mi buena Eglantina!

Y en el coro del monasterio estaba de fiesta el órgano porque sus notas iban a acompañar la música argentina de la garganta de la monja... Un ruiseñor en el convento; una verdadera sor Filomena. Y ahora, caballeros, os pido que no sonriáis delante de la verdad.

Voz de lejos

Rubén Darío

¿Por qué las hagiografías tienen sus olvidados, como las profanas historias de los hombres políticos del siglo? A estos olvidados pertenecen Santa Judith de Arimatea y San Félix Romano. Apenas en las inéditas apuntaciones de un anciano monje del monte Athos hállase un esbozo de sus vidas y nárrase cómo padecieron el martirio, bajo el poder del cruel emperador Tiberio, 20 años después de J.C.

Cayo Félix Apiano, era de noble familia. Habíale dotado la naturaleza de un aspecto hermoso y gallardo. En sus primeros años de Roma, cuando aún señalaba su distinción la franja de púrpura de su pretexta, habíale consagrado Casia, madre suya, al dios Apolo.

Su gusto por la armonía era extremado. Tocaba instrumentos músicos y frecuentaba a poetas de renombre entonces, por cuya relación entró en el amor de las musas. Pero al mismo tiempo, las costumbres paganas presentaron a su alma juvenil el atractivo de los placeres, e inclináronle a gozar de la vida, coronada de flores. Así pasaba la existencia en canto y fiestas, mimado por las gracias y preferido por las cortesanas. Viajó después a diversos países, no tanto por el deseo de dar a su espíritu de poeta y a sus ojos deseosos el regalo de paisajes nuevos, sino para deleitarse con amores nuevos, mirar femeninos ojos nuevos, besar bocas nuevas. Su vida habíase hecho famosa por sus excesos. Poseíale el demonio de las concupiscencias. Su padre, un día, cansado de sus escándalos, envióle por algún tiempo a Judea, recomendado a la vigilancia, al afecto y buen consejo del pretor.

En Arimatea, cerca de Jerusalén, había nacido Judith, hija de José. Su familia era de buen nombre en la ciudad de su nacimiento. La niña, desde su infancia, apareció dotada de singular vivacidad y hermosura. Su voz alegró la casa de sus padres y en sus ojos ardía una llama extraña. Creció y dio su aroma de mujer, como una roja rosa loca. Su sangre era como de rosa roja. Su corazón era de virgen loca. Poseíala el demonio de las concupiscencias. Un día, al paso de una caravana de mercaderes, Judith desapareció. El viejo padre lloró sobre su infamia.

Judith era la realización de un perturbado ensueño de belleza; belleza en que hubiese intervenido la mano de Satanás, maravilloso y terrible cincelador de simulacros de pecado. Esa belleza especial y cuyo íntimo encanto produce una a modo de delectación dolorosa en el sensitivo que cae bajo su influjo, la tuvo la otra Judith que degolló al guerrero Holofernes; Herodías, centifolia cruel de los Tetrarcas; Salomé, cuya danza de serpiente hizo caer la santa cabeza del bautizador de Dios, pues todas las hembras humanas que nacen con ese don de satánica beldad, gustan de la sangre, se regocijan con las extrañas penas, se encienden de placer ante el espectáculo de los martirios.

Ellas son trasunto de aquella visión del evangelista Juan, la cual tenía, sobre su cabeza, escrita la palabra Misterium.

Son la abominación hechicera y atractiva: son la condenación. Judith de Arimatea pudo tener por nombre Pecada.

En una taberna del burgo de Betania, diviértense unos cuantos mercaderes de granos y soldados de las guardias pretorianas. Varias prostitutas sirven el vino, y luego, al son de los instrumentos, danzan. Entre todas llévase la palma María, mujer de cabellos de oro apellidada Magdalena y Judith, mujer de cabellos negros, de Arimatea.

Ambas poseen en la hermosura de sus cuerpos setenta veces siete encantos, pues son el habitáculo de siete espíritus del mal.

Ambas tienen en las miradas de sus ojos caricias húmedas, promesas candentes; en sus cabellos, ungüentos despertadores del deseo; en sus labios, sonrisas que son un llamamiento al combate carnal. María es lánguidamente apasionada; Judith más fogosa y violenta; María se inclina como una gallarda palma; Judith, en su paso serpentino, hace danzar sus ojos, sus senos, sus brazos, su vientre, como si en ella se contuviese toda la inicial primavera de la sangre.

Félix ha mirado a la danzarina y arde en su ser la llama del deseo.

Júntanse las voluntades por un gesto indicador.

Tiemo después. Betania. Un huerto. Sol. Flores.

FÉLIX. –Amada, es un bello día.

JUDITH.–Es un bello y dulce día, amado mío.

FÉLIX. –Tenemos manzanas en los árboles. Jamás he visto más alegres a los pájaros.

JUDITH. –Jamás las mariposas han sido para mí más lindas, mis mejores mensajeras de buenas nuevas.

FÉLIX. –Un beso.

JUDITH. –Un beso.

FÉLIX. –Ciertamente, oh, Judith, la felicidad puede encontrarse sobre la tierra. He aquí cómo nosotros la hemos encontrado. Yo fatigado de las delicias pasajeras, te he escogido como a la ola en que mi nave arrojó el ancla. Tú eres la depositaria de mi corazón.

JUDITH. –Tú me elegiste.

FÉLIX. –Yo te elegí, oh, poderosa mujer. Te conocí cuando dependías de un mercader de Roma. Nuestros espíritus se comprendieron. Nuestras miradas se dijeron nuestros secretos. Tú eres la esperada de mi alma y de mi cuerpo.

JUDITH. –Yo me sentí arrastrada por tu fuerza incomprensible.

FÉLIX. –Y he aquí que tú contienes el misterio supremo del placer, tú has hecho vibrar como nunca el arpa de mi vida, desde el primer instante en que tus besos me incendiaron.

JUDITH. –Sé amar.

FÉLIX. -¿Nada más? Sabes matar. Juntas la caricia con el dolor. Adoras los oscuros misterios. Llevas tus leones de amor, jugando y saltando, hasta el borde del precipicio de la tumba.

JUDITH. –Sé amar. (Exeunt.)

VOZ DE LA BOCA DE SOMBRA. –Sembrad rosas y manzanas. Gozad de los goces de la lujuria, juntaos como el jugo de la mandrágora y la sangre de la zarza. Sois predestinados para el mal y para el placer, pues uno no es sin otro.

JUDAS ISCARIOTE. –Félix, hermano de mis buenas horas, voy a morir. Estoy al caer al fondo de un precipicio. Juntos hemos recorrido las tabernas alegres, juntos hemos visto las hermosas mujeres. Yo, cerca del maestro, he creído encontrar la felicidad y la dicha. He sido nombrado guardián del tesoro de mis hermanos. Una sombra vaga me ha impulsado siempre a tirar los dados. Esa sombra vaga me ha impulsado siempre a tirar los dados y a seguir con los ojos de mi alma la visión de una riqueza fácil y probable. Soy un tempestuoso pecador entre gentes tranquilas y buenas.

Ayer me has visto en compañía de aquellos pescadores. Aquellos pescadores eran mis compañeros. Él era aquel nazareno de ojos incomprensibles de soberana y dulce majestad.

Mas he aquí que he perdido todo el tesoro a los dados. Todo el tesoro está en poder del centurión que conmigo tiró ayer los dados. Hoy jugué lo último que tenía, ¡oh, Félix!, treinta dineros que cayeron en mis manos como treinta brasas. Jugué y perdí, querido compañero de tabernas. Mientras no tenga construido un muro eterno delante de mis ojos, no dejaré de contemplar una faz triste que me mira. Yo soy el que viene a decirte adiós. No mires en mí sino al elegido de la suerte, o más bien a la víctima de la fatalidad del mal. Tengo una cuerda para mí pescuezo. Cuenta mañana que el cuerpo que cuelga en Hacéldama es el de quien se ahorcó porque el juego le arrancó hasta el último pedazo de piel. Yo no soy, oh Félix, sino por necesidad, suicida. Vendí un cordero por salvarme. He perdido el precio del cordero, y mi existencia no me pertenece ya. Cuenta mañana esto a tus hijos.

LA HIJA DE JAIRO. –Judith, yo vengo a ti, pues has sido la amiga de mí infancia. No contemples ahora como antes las pupilas de mis ojos. No miras los dos puntos negros que hay en el centro de las pupilas de mis ojos. Porque si tal miraras, oh, Judith, caerías en el sepulcro.

Yo he visto, después del tiempo en que hemos hecho juntas ramos de rosas, en mis años juveniles, cuando estaba en Arimatea, el sol del cielo frente a frente. Mas después no he de decirte lo que he visto. Cuando miraba el primero quedaba en mi vida la impresión sombría, la huella de su potente luz, como un halo extraño. La impresión que hoy ha quedado en mi alma, en los ojos de mi alma no me lo preguntes, Judith, hermana mía

JUDITH. -¿Has mirado acaso el sol original del amor?

LA HIJA DE JAIRO. –La muerte. (Exeunt.)

LONGINOS. –Y o soy el ciego que miró por la virtud del agua y de la sangre. Ambos son los humores en que el supremo misterio se recrea: ¡oh, agua del corazón mar; sangre del corazón del hombre!

Todo se ha cumplido. Es la hora ya en que Cristo ha muerto. El Cristo ha partido desconsolado del mundo. Los hombres no le comprendieron como las tinieblas. Porque los hombres están llenos de tinieblas, dijo el profeta. Mas he aquí, que la resurrección anuncia el triunfo del divino símbolo.

JOSÉ. –No te conozco, pobre mujer. Vengo de lejos. Nada hay en mi bolsillo. Es ya tarde. Voy a descansar después de un trabajo tal, que mi alma de anciano está contenta cual si fuese el alma de mi infancia. No puedo darle limosna.

JUDITH. -¡Padre!

JOSÉ. -¿Padre? No te conozco, pobre mujer.

JUDITH. –Díganle lo que yo no puedo decirte, mi cabello despeinado y mis ojos rojos de llanto.

VOZ DE LA BOCA DE SOMBRA. –he aquí, oh, José de Arimatea, que esa pobre mujer desgarrada es tu hija. Ella ha pecado y ha emblanquecido tus cabellos con deshonra; mas un día llegó en que la amiga de María Magdalena y la amante de Félix, oyera la voz el maestro celeste, y su corazón fue conmovido como todo corazón cuando se le hiere en su más sensible fibra de amor. Y la pecadora miserable se levantó en busca de su salvación. Y su cabellera perfumada de ungüentos, desdeñó las flores.

Y fue el día viernes, el último día viernes en que la tierra tembló y se rasgó el velo del templo. Y tú, oh, José de Arimatea, que has tenido un refugio de piedra para el cuerpo del Salvador, tuviste unos ojos que eran carne de tu carne, ojos femeninos y filiales, junto a los de las tres Marías y de Juan, cerca de las cruces del suplicio, y la gracia penetró en el espíritu de la pecadora, como un puñal de luz sacrosanta, y el señor perdonó a la hija de José de Arimatea, como había perdonado a María Magdalena.

JOSÉ. –Pues que así pecó, perdónela Dios como a María la Magdalena. Borre la bendición del Padre de luz la maldición del padre de carne.

Camino el desierto, van dos túnicas de pelo de camello. Cuatro pies se despedazan sus sandalias, contra las piedras del camino. Van dos elegidos de Dios que antes eran pecadores, a predicar la fe de Cristo, que no ha mucho tiempo fue crucificado en Judea por el pretor Pilatos.

Uno es Félix de Roma, que va camino del Circo de los leones.

Otro es Judith de Arimatea, que va camino del Circo de los leones.

Ambos han padecido y hecho penitencia por veinte años. son seres del Señor. Su paso es santo.

EL POETA. –Yo digo la palabra que encarna mi pensamiento y mi sentimiento. La doy al mundo como Dios me la da. No buco que el público me entienda. Quiero hablar para las orejas de los elegidos. El pueblo se junta con los aristos. A ellos mi ser, la música intencional de mi lengua.

martes, 8 de marzo de 2022

El juego perfecto

Sergio Ramirez Mercado

Siempre que subía tan apresurado por la boca de la gradería sólo tenía ojos para el bull-pen, ver si al muchacho se lo habían sacado a calentar, si al fin el manager se decidiría a ponerlo esa noche de abridor. Pero el bus se había descompuesto en la carretera sur y ahora venía con tanto retraso, el juego Boer-San Fernando qué años comenzado. Desde la tiniebla del túnel impregnado de olor a orines había oído el largo pujido del umpire cantando un strike, y casi corriendo, con el portaviandas colgando de la mano, la botella bajo el brazo, emergió a la blanca claridad que parecía bajar como un vapor lechoso desde el mismo cielo estrellado.

Procuraba llegar temprano al estadio, cuando todavía el manager del San Fernando no había entregado el line-up al umpire principal y los pitcheres seguían calentando en el bull-pen. A veces le sacaban a calentar al muchacho, y entonces se pegaba a la malla, con los dedos engarzados en el tejido de alambre para que lo viera que ya estaba allí, que ya había llegado. El muchacho era tímido y se hacía el desentendido mientras seguía tirando silencioso y desgarbado, para volver siempre a la banca cuando comenzaba el juego. Nunca, desde el principio de la temporada cuando el San Fernando se lo firmó para la liga profesional, se lo habían sacado a abrir. Y a veces ni a calentar. Algunas noches le daba la respuesta con la cabeza desde las sombras del dog-out: no, esa vez tampoco.

Pero ahora que llegaba tan tarde al juego, tras otear en la verde distancia del campo iluminado, lo descubrió al instante en la lomita, flaco y medio conchudo como era, estudiando la señal del catcher. Y antes de que pudiera poner en el suelo el portaviandas para ajustarse mejor los anteojos, lo vió armarse y tirar.

¡Strike! oyó vibrar otra vez el sostenido pujido del umpire en la noche calurosa. Volvió a otear, ahora llevándose las manos al ala del sombrero: era él, el muchacho estaba tirando, se lo habían sacado a abrir. Lo vió recoger con desgano la bola que le devolvía el catcher, limpiarse el sudor de la frente con la mano del guante. Le falta un poquito de pulimento, le falta lija, pensó orgulloso.

Recogió el portaviandas y como si temiera hacer ruido, caminó con cuidado, casi de puntillas, hasta la frontera entre los palcos del home-plate y la gradería de sol, lo más cerca posible del dog-out del San Fernando. Todavía no sabía qué estaba ocurriendo en el juego, a qué altura iba, sólo que el muchacho estaba allí al fin en la lomita bajo la luz de las torres, mientras la noche se extendía más allá de la pizarra, más allá de las graderías.

Un batazo que ascendía inofensivo lo detuvo en su camino. El short-stop retrocedía unos pasos y abrió los brazos en señal de que era suyo. Lo cogió tranquilamente, tiró la bola al campo y todo el equipo corrió hacia el dog-out. Final de inning, y el muchacho se vino caminando sin prisa, la cabeza gacha.

En realidad, el estadio estaba casi vacío. No se oían aplausos ni gritos y parecía más bien un día de práctica de esos que congregan a unos cuantos curiosos, los espectadores concentrados en pequeños grupos, como si tuvieran frío.

Aún de pie, estudió la pizarra que se alzaba a lo lejos detrás de la barda abigarrada de anuncios de colores, ya en la zona donde la luz de las torres no caía directamente y se comenzaba a crear una penumbra. La pizarra era como una casa con ventanas, dos ventanas para las anotaciones de cada inning por donde se veían las siluetas de los empleados encargados de colocar los números. La sombra de uno de los empleados cerraba la ventana de la parte baja del cuarto inning con un cero:

A su muchacho no le habían pegado ni un hit, ni el cuadro le había cometido error, por lo tanto iba pitcheando perfecto. Perfecto, volvió a limpiar los anteojos en la falda de la camisa, el portaviandas otra vez en el suelo, la botella prensada bajo el brazo, empañándolos con el aliento y volviéndolos a limpiar.

Ascendió unas cuantas gradas para entrar en el grupo de espectadores más próximo, y se sentó junto a un gordo manchado de bienteveo, vendedor de quinielas. El gordo tenía a su alrededor un halo de cáscaras de maní que escupía continuamente mientras quebraba las cáscaras con los dientes y masticaba las semillas.

A su lado, en la grada, puso el portaviandas y la botella. En el portaviandas traía la cena que ella le preparaba al muchacho para que se la comiera al terminar cada juego. La botella era de café con leche.

- ¿No ha habido carrera?- preguntó al grupo, para cerciorarse de que la pizarra no le mentía, volteándose penosamente. Un mal aire en el cuello, viejo de tenerlo, no le permitía girar con libertad la cabeza.

El gordo lo miró con esa segura familiaridad de los espectadores de beisbol. Todos se conocen en las graderías aunque nunca se hayan visto en la vida.

-¿Carrera?- se sorprendió el gordo como frente a una gran herejía, sin dejar de meterse los maníes en la boca. Al flaquito ese del San Fernando no le han tocado la primera base.

-Si es un muchachito- dijo una mujer que estaba en la fila de atrás, estirando la boca con la compasión que se habla de los niños muy tiernos. La mujer tenía dientes de oro y usaba anteojos como de culo de botella. A sus pies custodiaba una gran cartera.

Otro de los espectadores que estaba sentado más arriba se rió, complaciente, con toda su boca chintana.

-¿De dónde habrán sacado a esa quirina?

El se esforzó en voltear otra vez la cabeza para encontrar aquella boca grosera que había llamado quirina al muchacho. Se acomodó los anteojos para mirarlo mejor, con todo su reproche. A los anteojos les faltaba una pata, y en lugar de la pata se los amarraba a la oreja con un cordón de zapatos.

-Es mi hijo- les notificó a todos, recorriendo sus caras de manera desafiante, pese a la dificultad. El chintano seguía con la misma mueca de risa pero no dijo nada. El gordo le dió unas palmaditas afectuosas en la pierna, sin dejar de escupir las cáscaras.

Cero carrera, cero hit, cero error. Era su hijo, estaba pitcheando al fin, y estaba pitcheando sin mácula. Se sintió seguro allí en la gradería.

Y los altavoces roncos anunciaron que era precisamente el muchacho quien salía a batear ahora que le tocaba el turno al San Fernando.

Se lo poncharon rápido. Uno de los cargabates corrió a pasarle la chaqueta para que no se le enfriara el brazo.

-Buen bateador no es- explicó sin mirar a nadie.

-No se ha inventado todavía el pitcher que sepa batear- contestó la mujer.

La mujer no parecía andar con su marido y extrañaba verla en el grupo de hombres. Esta mujer que debía ya estar acostada en su cama a semejantes horas, sabe de beisbol, pensó agradecido.

Ella, por el contrario, nunca había querido coger camino de noche para acompañarlo al estadio; le alistaba al muchacho el portaviandas con su cena y se quedaba oyendo la partida aunque no le entendiera, sentada junto al radio en el taller de zapatería que les servía de cuarto y de cocina.

Ahora el San Fernando se tendía en el terreno después de batear sin pena ni gloria. El juego seguía cero a cero y el muchacho regresaba a la lomita. Cierre del quinto inning.

-Vamos a ver cómo se porta- dijo el gordo cariñosamente. -Yo soy boerista a muerte, pero delante de un buen pitcher me quito el sombrero-. Y acto seguido se quitó la gorra amarilla con la insignia de Allys-Chalmer y la paseó alrededor de su cabeza, como en homenaje.

El cuarto bate del Boer era el primero que salía a batear, un yankote chele, importado. Mascaba chicle, o tabaco. Debió haber sido tabaco porque la pelota le abultaba en el carrillo y escupía continuamente.

El muchacho le lanzó tres veces nada más. Tres strikes de filigrana, el último una curva que quebró perfecta, en la esquina de afuera del plato. El yanki ni siquiera pasó el bate una sóla vez, estaba como sorprendido.

-Pasó de noche, -se rió la mujer- el chavalo está crecido.

Después hubo un roletazo al cuadro, fácil. Por último un globito a las manos del tercera base. Estaban los tres outs en un abrir de ojos.

-Vaya, pues -exclamó el chintano- tiene caña esta quirina. Era como para que lo oyera todo el estadio, si el estadio hubiera estado lleno de gente. Pero más allá sólo se extendían las graderías vacías, y en los palcos, unas cuantas chispas de cigarrillo entre las ristras de sillas metálicas, debajo de las cabinas iluminadas de los narradores de radio.

El ya no se molestó en voltear a ver al chabacano. Quince outs colgados. ¿Estaría ella pegada al radio allá en el taller? Algo estaría entendiendo, el nombre del muchacho ya lo habría oído.

Salió el San Fernando otra vez a batear, apertura del sexto inning. Un hombre llegó a primera con un toque sorpresivo y el catcher que era el quinto bate, pegó un doble. Con un corring tremendo el embasado de primera llegó a home. Y aquello fue todo; el inning cayó con una carrera anotada.

-Bueno, -dijo el gordo boerista con cierta tristeza- ahora su muchacho entra con una carrera de ventaja.

Era la primera vez que le decían "su muchacho". Y su muchacho se alejaba otra vez hacia la lomita, encorvado, frágil, la cara afilada bajo la sombra de la visera de la gorra. Un niño, había comentado antes la mujer.

-En junio me cumple los dieciocho años - le confió al gordo.

Pero el gordo se estaba levantando entusiasmado porque de entrada sonaba un batazo largo, por el centerfield. El se consternó cuando vió la bola alejarse hacia semejantes profundidades, pero allá, junto a la cerca esmaltada con sus letras brillantes que parecía recién humedecida de lluvia, el centerfielder fue retrocediendo hasta agarrar el batazo. Se oyó el crujido de la cerca cuando chocó con ella.

El gordo volvió a sentarse, desilusionado.

-Buen cachimbazo-, dijo nada más.

Después hubo un roletazo largo, por la tercera. El hombre de tercera recogió detrás de la almohadilla, engarzó bien y tiró con todo el brazo. Out en primera.

-Le está jugando bonito el cuadro a su muchacho- dijo la mujer.

-¿Y usted con quién va ahora, doña Teresa?- le preguntó el gordo, un tanto ofendido.

-Yo nunca voy con nadie, yo sólo vengo a apostar, pero hoy no hay con quien- contestó ella, tranquila.

Ella llegaba con reales en la cartera, a apostar por todo: bola o strike, se embasa o no se embasa, carrera o no hay carrera. Y el gordo a vender sus quinielas en los sobrecitos.

Ahora el tercer hombre al bate producía un machucón frente al plate, que el catcher recogía rápidamente para matar en primera. El bateador ni siquiera se molestó en correr, lo que ofendió al gordo.

-¿Y a este huevón para qué le pagan? ¡Huevón!- gritó, haciendo bocina con las manos.

Desde la lejanía de las graderías desiertas alguien se acercaba con un radio al oído. Un pequeño transmisor celeste, de plástico. El gordo llamó al dueño del radio por su nombre, para que se acercara.

-¿Qué está diciendo Sucre?- le preguntó.

-Que aquí puede haber juego perfecto.

El dueño del radio hablaba con la entonación de Sucre Frech.

-¿Eso dice?- preguntó él, enronquecido por la emoción. Se amarró mejor a la oreja el cordón de zapatos de los anteojos, como si necesitara ver bien lo que le estaban contando.

-Subile el volumen- pidió el gordo. El dueño del radio lo puso sobre la grada y le subió el volumen. El gordo hizo el ademán de tirarse a la boca un maní invisible, y masticó: los que se quedaron tranquilos en su casa esta noche están despreciando este regalo de la suerte, la posibilidad de ver pitchear por primera vez en la historia patria un juego perfecto. No saben de lo que se están perdiendo.

Y la apertura del séptimo inning, el inning de la suerte. El San Fernando al bate: un hombre recibió una base por bolas, pero no logró pasar de primera, lo agarraron movido; después un hit más, pero no hubo nada, una línea de aire a las manos del pitcher, un ponchado, el juego iba rápido.

Otra vez el Boer iba a batear y en el lucky-seven, al muchacho le tocaba enfrentar la batería gruesa, una carga pesada aquí en el cierre del séptimo inning, el inning de las cábalas, las sorpresas y los sustos. A temblar todo el mundo.

El estaba temblando, como si le fuera a entrar fiebre, a pesar del calor. Miró penosamente hacia atrás para ver qué cara estaba poniendo el chintano. Pero el chintano se había quedado abstraído y silencioso, pegado al radio azul. El viento tibio parecía alejar la voz de Sucre Frech, sumergida en la estática.

El pujido del umpire era real, se podía tocar.

¡Strike three! El muchacho se había ponchado al primero.

-Lo que esta quirina está tirando son pedradas- musitó el chintano como rezando, las manos pegadas a la barbilla.

Vió levantarse serenísima la bola en la blanca claridad, un globo que pegado a la raya viene buscando el leftfielder: se coloca lentamente, espera ¡captura la bola! para el segundo out del inning.

La mujer se golpeó entusiasmadamente las rodillas.

-¡Eso, eso!- dijo. En sus anteojos de culo de botella el mundo parecía al revés.
El gordo masticaba aire en silencio.

Bola, alta, la primera. El chintano se paró como para desentumirse, pero era pura muina. Foul, hacia atrás. Primer strike.

Uno y uno la cuenta para el bateador. Foul, de machucón. Lo pone en dos y una.

Y el campo calmo, silencioso, los outfielderes jugando a media distancia, inmóviles. Un camión pasando lejano hacia la carretera sur.

Foul, hacia atrás, tres foules seguidos. El hombre no quería rendirse.
¡Strike!

La bola pasó como un bólido por el centro del plate, el bateador ni siquiera la vió y se quedó con la carabina al hombro.

¡Final del séptimo inning!

Y se oyeron aplausos desperdigados, como hojas secas. Los aplausos tardaban en llegar a sus oídos en aquellas soledades. Y antes de poder girar la cabeza se rió. Sabía que todos los del grupo, el chintano, incluso el gordo, estaban contentos.

-Esto es grande, aunque me duela- dijo el gordo con gravedad.

Ahora Sucre Frech estaba hablando de Don Larsen, que hacía sólo dos años había pitcheado en una serie mundial el único juego perfecto en la historia de las grandes ligas, la hazaña a la cual este pitcher desconocido de Nicaragua parece acercarse ahora paso a paso, lanzamiento por lanzamiento.

Estaban comparando con Don Larsen al muchacho que había regresado al dog-out para sentarse tranquilo en el extremo de la banca, callado allí en su rincón, como si nada. Sus compañeros de equipo hablando de otras cosas como si nada, el manager como si nada. Managua en la oscuridad, dormida, como si nada. Y él mismo allí como si nada, ni siquiera se había acercado a la malla como siempre, para dejarse ver, que supiera que ya estaba allí.

Un muchacho desconocido y novato, que me dicen es de Masatepe, ha firmado este mismo año por el San Fernando. Su primera experiencia de abridor en la liga profesional, su primera oportunidad, y aquí está: lanzando un juego perfecto. ¡Quién lo iba a decir!

-Juego perfecto significa la gloria- asintió el gordo, que estaba poniendo atención religiosa al radio.

-Eso es asunto de pasar ya a las grandes ligas. Ya, mañana mismo, y agarrar la marmaja- afirmó la mujer, haciendo un gesto como de enseñar los billetes.

El se sintió emocionado y envalentonado. Burlón, miró casi de reojo al chintano: aquí está tu quirina, quería decirle. Pero el chintano, lejos de querer desafiarlo, meneó la cabeza con respeto.
Los altavoces repitieron dos veces el nombre del primer bateador del San Fernando. Llegó a primera con un infield hit y el siguiente bateó para dobleplay, un roletazo al short. Al muchacho que cerraba la tanda se lo volvieron a ponchar, y cayó el inning.

-¡Apúrense que quiero ver pitchear a la quirina!- gritó el chintano cuando el Boer salía del terreno, pero a nadie le cayó en gracia. El gordo lo calló: ¡ssshhh!

Y allí se apagaban otra vez las luces rojas de los strikes y de los outs en la pizarra lejana, y ahora al cierre del octavo. Todo mundo, a amarrarse los cinturones.

El muchacho volvió a la lomita. Allí estaba ya otra vez, sudoroso, estudiando la señal del catcher. Todo lo que le había sacado al brazo esa noche no era juguete, haciendo historia con el brazo. ¿Se estarían dando cuenta en Masatepe? ¿Estaría la gente despierta en el barrio? La noticia ya debía haber corrido a esas horas, estarían abriendo las puertas, encendiendo las luces, congregándose en las esquinas, porque el hijo del pueblo estaba pitcheando un juego perfecto.

¡Strike, tirándole, al primero!

Otra vez el yanki, cuarto bate del Boer, plantado frente al plato blandía el bate con rabia, la pelota de tabaco tensa en el cachete.

Antes de que se diera cuenta, el muchacho le atravesó el segundo strike.

No trajo bolas malas el chavalo, las dejó todas en su casa. Allí va otro lanzamiento de humo: ¡Strike, le cantan el tercero! ¡Se ha ponchado!

El yanki tiró el bate furioso, tan duro que fue a rebotar cerca del dog-out del Boer. El chintano lo silbó, llevándose los dedos a la boca.

-¿Se da cuenta, amigó?- le tocó el brazo el gordo de las quinielas. Cinco outs más, y usted también pasa a la inmortalidad, por ser su padre.

Sucre Frech estaba hablando ahora de la inmortalidad en el radito celeste que vibraba sobre la dura gradería de cemento, de los grandes inmortales del deporte rey, Managua entera debería estar ya aquí para presenciar la entrada de un muchacho humilde y desconocido en la inmortalidad. Y él asentía, aterido, todo Managua debería estar ya aquí a estas horas, la gente entrando apresurada por los túneles, emergiendo apiñada en las bocas de las graderías, repletando los palcos, en pijamas, en chinelas, en camisola, levantándose de sus camas, cogiendo taxis, viniéndose a pie a ver la gran hazaña, la hazaña única: línea dura, durísima, entre center y left.

Desde la nada el leftfielder apareció corriendo hacia adelante y extendiendo el brazo en la carrera engarzó como por magia la bola, que ahora devolvía tranquilamente al cuadro. ¡Segundo out del inning!

El se había querido poner de pie, pero no pudo. La mujer vió la jugada entre los dedos, cubriéndose los ojos con las manos.

El chintano le tocó el hombro.

-En cuanto acabe este inning lo quieren entrevistar de Radio Mundial. Sucre Frech, en persona -le dijo-, y chifló sin sacar ningún sonido de su boca desdentada.

-¿Y cómo saben que él es el papá?- preguntó el gordo.

-Yo les fui a decir- contestó el chintano, la boca llena con su risa odiosa: roletazo por primera, entra el hombre de primera, captura, va a asistir el pitcher. ¡Un out fácil! ¡Out en primera!
-¡Vamos todos!- ordenó el gordo.

El grupo entero se puso de pie. El gordo encabezaba la procesión que se dirigió hacia los palcos, para que él hablara desde la cabina de Radio Mundial. Subieron por entre las silletas vacías y desde la ventana de la cabina Sucre Frech le alcanzó el micrófono.

Cogió el micrófono con miedo. El chintano empujaba para acercarse, la mujer pelaba los dientes de oro con su cartera de los reales colgada del brazo, como si fueran a retratarla. El gordo ponía oído, circunspecto.

-Déle sin miedo, viejito- lo animó el chintano por lo bajo.

Ahora ya no se acuerda las palabras que dijo, pero mandó un saludo a toda la fanaticada nacional, y en especial a la de Masatepe, a su señora esposa y madre del pitcher, a todo el barrio de Veracruz.

Yo lo hice como pitcher, hubiera querido haber continuado, desde la edad de trece años le empecé a cultivar el brazo, a los quince abrió su primer juego con el "General Moncada", todos los días yo mismo lo llevaba por delante en la bicicleta a su práctica, yo le cosí su primer guante en la zapatería, los spikes que anda ahora puestos son hechos míos.

Pero ya le quitaban el micrófono porque Sucre Frech tenía que empezar a narrar, apertura del noveno inning y el San Fernando en su último turno al bate, el juego una a cero. De lo que se están perdiendo los que no vinieron.

Y otra vez se fue en cero el San Fernando, en lo que volvieron a sus lugares en la gradería ya había un out, y los otros outs vinieron sin sorpresas. Y todo mundo lo que quería era entrar a la hora de la verdad, la última bateada del Boer, el último desafío para el muchacho que tanto se había agigantado a lo largo de la jornada:

Todo era cosa de un cero más en la pizarra, cerrar la última ventana abierta por la que se asomaba la cabeza distante del encargado. Ya ni pondrían la tabla, nunca la colocaban al final del juego.

Y cuando el muchacho partió hacia el centro del diamante, todos se quedaron en silencio respetuoso como despidiéndolo para un largo viaje. Desde la gradería lo vió voltear la cabeza un instante hacia él, quería cerciorarse quizás de que estaba allí, que no había dejado de llegar esa noche. ¿Es que lo he dejado solo?, empezó a reprocharse.

-¿Verdad, amigó, que es mejor que no me le haya acercado?- le preguntó de manera muy queda al gordo.

-Sí -sentenció el gordo- será cuando acabe el juego perfecto que vamos a ir todos a abrazarlo.
Bola, alta, la primera.

El catcher tuvo que recibir de pie el lanzamiento. Comienzo del noveno inning, una bola, cero strike.

-Yo no me atrevo ni a ver- dijo la mujer y se cubrió la cara con la cartera de los reales.

El negro que estaba bateando era cubano de los Sugar Kings, ya el muchacho se lo había ponchado una vez. Requeneto y musculoso, el uniforme le quedaba tilinte. Con impaciencia se daba con el bate en las suelas.

-Este negro se ve con ganas de romperle las costuras a la bola- proclamó el chintano.

El segundo lanzamiento pasó alto también. El umpire se volteó hacia un lado para marcar la bola, sin ningún aspaviento.

Dos bolas, cero strike.

-No te me vayas a descontrolar a estas horas de la noche, papito lindo- volvió a hablar para todas las tribunas el chintano.

Bola, mala, la tercera, cantó Sucre Frech desde el radio con gran alarma.

-¿Qué ha pasado?- preguntó la mujer sin dar la cara.

-¡Qué barbaridad!- se lamentó el gordo, y lo miró a él, con lástima sincera. El sólo sentía que el sudor le mojaba copiosamente la badana del sombrero.

El catcher pidió tiempo y fue trotando hasta la lomita a conferenciar con el muchacho. Escuchó muy atento lo que el catcher le decía, al mismo tiempo que rebotaba la bola contra el guante.

La conferencia en la lomita ya terminaba, el catcher se colocaba de nuevo la máscara y el bateador volvía al plate. El próximo lanzamiento una bola y el negro del uniforme tilinte tiraría burlón el bate para trotar hacia la primera base, contento de la desgracia ajena.

¡Strike!, se oyó cantar en el gran silencio al umpire, el brazo en una manigueta violenta. Cuando el eco del pujido se apagó, parecía oirse el chisporrotear de los focos desde la altura de las torres.
-El automático- dijo el chintano.

La cuenta es de tres bolas, un strike. No hay out. Sucre Frech no dijo más. Por el radio sólo entraban ráfagas de estática.

Acurrucado y con los brazos pegados a las rodillas, se sentía como indefenso. Pero su ilusión lo hacía deshacerse en el mismo vapor iluminado que descendía de las torres, del cielo estrellado mismo. Era una ilusión que le dolía.

¡Strike!, volvió a cantar el juez.

-Ese strike lo oyeron en todo Managua- se sonrió afable el gordo.

El negro le había tirado a la bola con toda el alma y después de girar en redondo quedó trastabillando, desbalanceado.

-Si llega a agarrar esa bola, no la vemos nunca más- dijo el chintano, que seguía predicando en el desierto.

Tres bolas, dos strikes. Los que padecen del corazón, mejor apaguen sus receptores y averigüen mañana en el periódico qué es lo que pasó aquí esta noche.

El muchacho cazó con desgano la bola que le devolvía el catcher, una bola nueva. La observó en su mano, como interrogándola.

La mujer seguía preguntando qué pasaba, oculta tras la cartera.

-Qué jodés- la regañó el gordo, nervioso.

El negro soltó un batazo altísimo que el viento trajo hasta el dog-out del San Fernando, cerca de donde ellos estaban sentados. El catcher vino en su persecusión, con cara desesperada, pero la bola fue a rebotar con golpes sordos en el techo de los palcos. -La cuenta ser mantiene en tres y dos- dijo el chintano, como si fuera el locutor.

-¿Vos sos payaso, o qué?- el gordo ya estaba bravo: roletazo entre short y tercera, sale el short, recoge, tira a primera: ¡out en primera!

A él la ilusión se le subió a la garganta, estalló allí triunfalmente y el estallido lo inundó por completo. ¿Volvería con él a Masatepe esa misma noche? Cohetes, el gentío en la calle, habría que cerrar la puerta de la zapatería, no fueran a robársele todo.

El ojo rojo de la pizarra estaba marcando el primer out.

-Ya va llegando, va llegando- suspiró la mujer, con esfuerzo.

Sintió que el gordo le echaba afectuosamente el brazo, el chintano le palmeaba la espalda chabacanamente, el dueño del radio le subía más el volumen, en señal de alegría.

-No me feliciten todavía- pidió él, deteniéndolos con un gesto de las dos manos, pero más bien les quería decir: felicítenme, abrácenme todos y todos distraídos, riéndose, comentando.

El sorpresivo sonido del bate los hizo volver de inmediato la vista al cuadro.

Vió la bola blanca, nítida, rebotar en el engramado en viaje hacia la segunda base y detrás de la almohadilla el hombre de segunda ya estaba allí, venía al encuentro de la bola y le llegaba de costado, la recogía, recoge, la saca del guante, va a tirar a primera, la pierde entre las manos, una malabar que no acaba nunca, recupera, tira a primera, viene el tiro, el tiro es abierto.

El corredor pasaba raudo sobre la almohadilla de primera y con su misma sonrisa de un momento antes pidiéndoles que no lo felicitaran, él tornaba a mirarlos, todo aquello era mentira y era locura. Pero el juez de primera vestido de negro seguía allí, casi en cuclillas, los brazos abiertos barriendo una y otra vez el suelo, mientras el corredor se afirmaba desafiante sobre la almohadilla y lanzaba a lo lejos el casco protector.

El dueño del radio le quitó el volumen. La voz de Sucre Frech sonaba, pero ya no se entendía lo que seguía diciendo desde la cabina.

-Detrás del error, viene el hit- dijo el chintano, implacable. Los dos o tres fotógrafos que andaban por el campo, se congregaron junto al home plate.

El sonido claro y sólido del bate lo llamó otra vez desde las profundidades donde andaba perdido y desconsolado. La bola picaba en el fondo del centerfield, rebotaba contra la cerca y el hombre de primera estaba llegando cómodamente a la tercera base, venía el tiro de vuelta al cuadro, en relevo hacia el catcher para contener al corredor en tercera, un tiro malísimo y la bola casi la metían en el dog-out, los flashes de los fotógrafos denunciaban que estaban entrando a la carrera del empate y el segundo corredor ya doblando por tercera, la bola no llegaba nunca y el hombre se barría en home en medio de una gran polvareda y más flashes de los fotógrafos.

-¡Allí está el Boer, pendejos!- gritó el gordo, feliz.
El miró desconsolado a los del grupo.

-¿Y ahora?- les preguntó, casi sin darse a oir.

-La bola es redonda- declaró desde atrás el chintano, ya de pie para irse.

La poca gente comenzó a salir, despreocupada, apresurada. El gordo se alisó el pantalón por las nalgas, buscando el viaje. El San Fernando ya había desaparecido del cuadro. El gordo y la mujer se alejaron, platicando.

Entonces él recogió el portaviandas y la botella de café con leche ya fría. Empujó la puertecita de cedazo y entró al terreno. En el dog-out los jugadores andaban perdidos en la penumbra, vistiéndose para irse.

Se sentó en la banca junto al muchacho y desamarró el trapito que cubría el portaviandas. El muchacho, el uniforme traspasado de sudor, los zapatos llenos de tierra, comenzó a comer en silencio. A cada bocado que daba lo miraba a él. Masticaba, daba un trago de la botella, y lo miraba a él.

Mientras comía se quitó la gorra para secarse el sudor del pelo y una ráfaga de viento que arrastraba polvo desde el diamante, se le llevó la gorra. El se levantó presuroso para ir tras la gorra del muchacho, y logró recogerla más allá del home plate.

Del lado del rightfield comenzaron a apagar las torres. Sólo quedaban los dos en el estadio, rodeados por las graderías silenciosas que empezaban a ser invadidas por la oscuridad. Volvió con la gorra y se la puso cuidadosamente en la cabeza al muchacho que seguía comiendo.
(Clave de sol)

Amar hasta fracasar

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