martes, 8 de marzo de 2022

¿Por qué cantan los pájaros?

Sergio Ramírez Mercado

(Este relato pertenece al libro EL REINO ANIMAL, publicado por Alfaguara en junio del 2006, en Madrid y México)
1.
Cuando terminaron sus estudios en el colegio de monjas donde pasaron internas por cinco años, les tocó despedirse antes de volver cada una a su país. Eran tres. Una se llamaba Sara, la otra Gabriela, la otra Claudia. Se juntaron en el café donde iban siempre los domingos, y allí acordaron que nunca más volverían a comunicarse sino veinte años después. Entonces regresarían al mismo lugar para confesarse lo que había sido de sus vidas. La primera que llegara esperaría a las otras en la misma mesa a la que estaban ahora sentadas, al lado de la ventana que daba a la plaza. Y la hora del encuentro sería la misma que marcaban las campanadas del reloj de la torre del ayuntamiento, visible desde la mesa. Las cinco de la tarde.
2.
Aquella promesa se la habían hecho a comienzos de la primavera. De modo que cuando veinte años después llegó el día de la cita, también era primavera, pero una primavera de lluvias molestas, como la que caía ese día. Sara llegó de primera y fue directo a la mesa. Detrás del cristal de la ventana se veía pasar a los transeúntes bajo imponentes paraguas negros, como si se apresuraran camino de un funeral. Pidió un café expreso. No recordaba el rostro de ninguno de los camareros que iban y venían entre las mesas. El que la atendió ahora apenas habría nacido cuando ellas se despidieron.

Una mujer, desprevenida de la lluvia, atravesó la plaza. Era Gabriela. Cuando Sara la tuvo de frente se dio cuenta que llevaba el pelo teñido de un impreciso color violeta, y le sobraban las joyas. Pulseras, sobre todo. Se besaron, se miraron, una en brazos de la otra, volvieron a besarse. Gabriela, a su vez, vio en Sara a una mujer de ojos tristes que parpadeaban tras los lentes asegurados con una fina cadena de oro. Iba vestida con un gusto impecable, y llevaba el pelo muy corto, como el de un muchacho. Conservaba dos cosas. Conservaba la gracia de convertir el tic que la hacía fruncir hacia un lado la boca en algo así como una sonrisa insinuante. Y conservaba sus hermosos pechos. Altos, llenos. Lo más llamativo de su persona desde los tiempos del internado.

No tardó en aparecer Claudia. El paso del tiempo, al quitarle la juventud, la hacía ver como una mujer de apariencia mediocre, aún más baja de estatura quizás por los kilos de peso que le sobraban, y que se le veían así mismo en la papada. Se acercó a ellas entre espavientos, y luego lloró. Pidió un vodka tónico. Gabriela quiso otro, era lo de siempre en sus encuentros. Aún servían en el lugar los cocteles en vasos largos adornados con una sombrilla japonesa en miniatura. Sara no bebía. Había pasado por una crisis de alcoholismo, y gracias a la terapia de grupo era abstemia absoluta. Fue la primera confesión que se oyó en la mesa.

Tras muchas efusiones repasaron nimiedades de la vida en el colegio. Recordaron los apodos de las monjas, sus necedades, sus defectos. Recordaron a madre Yolanda, la prefecta, que tenía el vicio de dar conferencias al alumnado sobre las aves canoras, y en el curso de la exposición demostraba que sabía imitar sus trinos. Siempre era la misma conferencia, y el mismo repertorio de pájaros. Como regalo de graduación había dado a todas un pequeño libro escrito por ella misma que se llamaba Por qué cantan los pájaros. Sólo Sara lo conservaba. Lo había encontrado hacía poco trastejando cajas viejas.

Ninguna recordaba ahora las razones que daba la prefecta para explicar por qué cantaban los pájaros. Pero sí recordaban lo horrible de la comida en el internado, las faltas al reglamento. Recordaron que fumaban en los baños, seguras de no ser descubiertas porque el humo no tardaba en disiparse gracias a la altura de la bóveda del techo que se abría sobre las casetas. Una noche una interna, extranjera como ellas, metió al novio al dormitorio comunal. Una hazaña. Rígidas en sus camas, la cara mirando al cielo raso, los oyeron jadear, oyeron los grititos sofocados de ella. Alguna de las alumnas la denunció al otro día. Las monjas la expulsaron. Pusieron un cablegrama urgente a sus padres para que llegaran por ella y mientras tanto la mandaron a un hotel.

3.
Llegó el momento de rendirse cuentas. Caía la noche. En la plaza funcionaba un carrusel que ya había encendido sus racimos de luces. La caja de música del carrusel tocaba una polka, o bien pudo haber sido un valse de compases acentuados.

Sara se ofreció a empezar y la situación resultó ser la siguiente:

Se había casado dos veces, tenía un hijo del primer matrimonio, y una hija del segundo. Su primer marido había sido un dentista. Engañó al dentista al año de casados, y aquel hijo no era suyo. Al segundo marido, que era ingeniero civil, también lo engañaba, pero la niña sí era hija suya. Anselmo se había llamado el dentista. Llegó a su clínica una carta anónima donde se denunciaba la infidelidad de que era víctima, y sin someterla a ningún maltrato la abandonó. El niño de tiempos de ese matrimonio se llamaba Anselmo también, pero su verdadero padre era un instructor de gimnasia, Frank. Bello en su juventud. El segundo marido, el ingeniero civil, se llamaba Horacio. Muy exitoso. La niña, Marisabel, tenía ahora doce años, díscola, caprichosa. Anselmito, en cambio, un ángel. Estudiaba dentistería también, en homenaje al que creía ser su padre. Horacio seguía siendo su marido. La idolatraba, lo único es que era tan aburrido.

Sometida a interrogatorio tuvo que confesar que no era feliz. Las infidelidades no la habían hecho feliz, dijo, y su tic de fruncir hacia un lado la boca, en lugar de convertirse en sonrisa, pareció congelarse en su cara. ¿Y el segundo amante? No engañaba al ingeniero civil con un amante fijo, ahora prefería romances ocasionales que no la comprometieran. Disfrutaba la trasgresión, pero cuando se consumaba, la invadía la tristeza. Era como si buscara algo que no lograba encontrar. Por eso se había dedicado en un tiempo a la bebida, y por eso el ingeniero civil había estado dispuesto a abandonarla, más que por sus infidelidades que no conocía.

4.
Vino el turno de Gabriela. Antes de rendir su confesión se rió de buena gana, como si con aquella risa anunciara lo divertido, o lo absurdo, de lo que iba a contar. Pidió otro vodka tónico antes de seguir adelante. Quería darse valor. Imagínense, si lo llegara a saber madre Yolanda, la prefecta. Madre Yolanda , la amante del canto de los pájaros, de todas maneras ya debería haber muerto. Era muy vieja. El día de la graduación hubo que subirla casi en peso al estrado, y se había acercado al micrófono apoyándose en dos bastones.

Cuando volvió a su país, dijo Gabriela, empezó un noviazgo con un hombre casado. Estaba dispuesto a divorciarse de su esposa, porque quería todo en buena regla, al punto que mientras ella no salió de casa de su padre jamás tuvieron relaciones carnales. El padre se había opuesto a aquella relación. La viudez, porque quedó viudo poco después de volver ella, lo había endurecido. Y, peor que eso, lo había convertido en moralista, después que toda su vida de casado dio guerra sin ocultarlo, una mujer de cartel tras otra. Se volvió de un catolicismo odioso. Un furibundo practicante. Y como ella no quiso obedecer sus órdenes de que dejara a aquel hombre casado, la echó de la casa.

Mario Alberto se llamaba aquel hombre casado, con dos hijos. No se rían, por favor, pero lo mejor que tenía, si me preguntan cuáles eran sus cualidades, era la de ser supremo bailarín. Parecía pisar las nubes. Lo conoció en casa de una amiga de la infancia, le llevaba diez años pero no importaba.

El caso es que cuando su padre la puso en la calle, no tenía ni para el taxi que debía llevarla adonde debía ir, y tampoco existía ese lugar adonde ir. Así que el hombre casado se encargó de todo. La puso en un hotel, y después a un apartamento pequeño. Era dueño de una fábrica de mercancías de plástico, baldes para pintura, regaderas de jardín, palos de escoba. Se entregó virgen a él la tercera noche que le tocó dormir en el hotel. No se rían, yo era virgen, así fue.

Un mes después murió su padre de un derrame cerebral. Sería de la cólera. La desheredó, y siendo su única descendiente, haciendas, acciones, hasta la casa solariega, todo lo dejó a los padres claretianos. Había llegado al colmo de ayudar a decir misa cada mañana en la iglesia de los claretianos. Él, tan lleno de vanidad y orgullo, que se paraba el sol a verlo cuando se hacía acompañar de las bellezas de moda.

El hombre casado, una vez que probó la miel ya no quiso divorciarse. Un día la esposa engañada, una mujer insignificante, tocó a mi puerta llevando de la mano al niño más pequeño, que tendría cuatro años, y se echó a llorar. No se rían si les cuento que lloré con ella. Llegó Juan Carlos de la calle, y al hallarnos juntas conversando lo que hizo fue huir. De allí en adelante todo fue declive, caída. Fue alejando sus visitas, hasta que dejó de aparecer. Y después que dejó de aparecer, dejó de pagar el apartamento. Si nos vimos, no me acuerdo.

Entonces se convirtió en vendedora de cosméticos a domicilio. Y un día, mientras iba por una calle cargando su valija de cosméticos, se encontró con un novio de la adolescencia. La vio triste y ojerosa, se lo dijo, que la veía triste y ojerosa, y la invitó a cenar. Bebió varias copas de vino en la cena, bastantes, y esa noche se entregó al novio de la adolescencia. Como le había contado sus dificultades, al irse en la madrugada le dejó un billete de cien dólares sobre la mesa de noche. Como en las películas.

Empezó a buscar a viejas amistades, porque no había muchos novios de la adolescencia de quienes echar mano. Después, amigos de sus amigos, y después, desconocidos amigos de los amigos de sus amigos. La valija de cosméticos pasó a la historia. Pero sabía que por mucho que el círculo se ampliara, con el paso de los años sus atractivos no podían durar, porque en la vida todo se acaba, salud, juventud, todo. De manera que inventó algo que le dio resultado.

Lo que inventó fue recuperar su valija de cosméticos. Y se presentaba en los colegios públicos, de jovencitas más o menos pobres, a hacer pruebas gratis de maquillaje. Fue un éxito. Mientras las maquillaba hacía su selección, y luego invitaba a las elegidas a tomar un refresco a la esquina, y si las cosas prosperaban, las invitaban a un almuerzo. Les regalaba dinero, poco. O las llevaba a las boutiques a que se compraran ropa, y como si fuera en broma les advertía que aquella compra quedaba como deuda, y ellas mismas quedaban en prenda. Pero no era broma. Las invitaba a su apartamento, organizaba fiestecitas vespertinas, llegaban sus amigos, los amigos de sus amigos, los desconocidos amigos de los amigos de sus amigos.

Luego eran ellas mismas las que le llevaban a otras del mismo colegio, o de otros colegios. Ya no necesitó más la valija de cosméticos. Desde que inventaron los celulares, ha dado a cada una un celular para tenerlas a mano. Los clientes sólo pueden llamar a un número central, que es el de ella misma, y ella se encarga de pasar la voz a la escogida.

Un día, cuál es su asombro, llama al teléfono de contactos aquel hombre casado sin saber que era ella. Tanto la habría olvidado que no le reconoció la voz. Entonces le hizo una cita falsa, le dio el nombre del colegio donde debía recoger a la jovencita frente al portón, y a la hora indicada se presentó ella misma a la cita. No se rían, no me pregunten por qué hice eso porque ni yo misma lo sé. Cuando el hombre casado la vio, huyó, segunda vez que huía, pero antes ella se le rió en la cara. Me le reí en la cara, dijo, pero al decirlo las miró una a una, y más bien se soltó en llanto.

Claudia abrió la cartera y le alcanzó un pañuelito de papel. Qué cosas las de la vida, adónde nos lleva en sus vueltas, dijo Claudia. Sara preguntó si hasta ahora no había tenido problemas con la policía. Gabriela , mientras se secaba las lágrimas con el pañuelito de papel, contestó que no con la cabeza. Y luego dijo: una tiene que arreglarse bien con la policía para tener un negocio de ese tipo, si entienden lo que quiero decirles. Entendían. Le preguntaron si podía considerarse feliz. ¿Todavía me lo preguntan?, dijo. Y volvió a llorar.

5.
Le tocaba a Claudia. Antes de empezar dijo que tenía algo de hambre, de modo que llamó al camarero que apenas habría nacido cuando ellas se despidieron, y pidió que le llevara el sándwich de pan cubano con lechón, mostaza y tomate, que lo hacían allí de muerte, si es que todavía lo hacían. El camarero dijo que sí, lo hacían. Ninguna de las otras pidió nada de comer. Claudia dijo que quería otro vodka tónico, y Gabriela dijo que estaba bien, la acompañaba.

Partió el sándwich con el cuchillo en tres porciones, y para hacer gala de buenos modales aprendidos un día con las monjas, extendió el plato a las otras dos, ¿no quieren, verdad? No, gracias, no querían. Siempre la misma Gabriela. En el comedor del internado, si se descuidaban, echaba mano del plato de al lado. Cogió la primera porción del sándwich entre los dedos de largas uñas pintadas de nácar, y empezó a masticar despacio con la boca cerrada, a tragar despacio. Pero luego apresuró los mordiscos, y se llenaba los dos carrillos, lo peor de la mala educación a ojos de las monjas. De ellas también había aprendido a no desperdiciar ni una miga, porque el desperdicio del alimento era ofensa al Señor. Fíjense en los pájaros canoros, decía madre Yolanda, recogen hasta el último granito, hasta la última semilla. De manera que igual que los pájaros canoros, ella recogía ahora cada pedacito de corteza caída sobre el mantel. Y mientras comía, sonreía a las otras.

Era viuda. Había enviudado a los tres años de casada. Su marido se había llamado Clarence. Clarence no tenía oficio, sólo estampa, y una mamá que desde el día de la boda los había mantenido a los dos. Bueno, tenía oficio. Siempre era presidente, o era tesorero, o algo, de la directiva del country club. Muy deportivo. Jugaba polo, jugaba jockey, jugaba golf, cualquier cosa, con tal de distraerse en algo. Muy social. Siempre estaba en cocteles, en tertulias. Conversador, siempre estaba hablando de todo. Experto en cosas que las otras ni se imaginaban. Las distancias, por ejemplo. Se sabía las distancias entre Londres y París, entre Sidney y Pekín, y las alturas, se sabía la altura del monte Everest, del monte Fujiyama, del Chimborazo. Se sabía la longitud de los ríos, el Amazonas, el Yan Tse, el Danubio. Murió de enfisema, clavado en la cama de un hospital, le pasó por empedernido fumador. No, nunca tuvieron hijos, gracias a Dios, qué haría ella ahora con hijos. Tampoco le dejó nada, era puro aire, pura apariencia, un mantenido de su mamá, ya les dije. La verdad, le dejó algo. Le dejó un closet lleno de zapatos de todo estilo, corbatas de seda italiana, chaquetas deportivas con insignias bordadas en la pechera, trajes cruzados, trajes de dos y tres botones, un smoking negro, otro smoking tropical, más la ropa y los instrumentos de sus deportes. Y las tarjetas de crédito reventadas, que la mamá ya no quiso pagar.

De modo que ya veían. Empezó a ganarse la vida como agente vendedora de seguros. Después se pasó a los bienes raíces. Le había ido más que bien. Jamás había vuelto a sentir apetitos sexuales, mejor sola que mal acompañada, niñas. Vivía para ella misma, se mimaba. Se compraba cremas y lociones caras, cosméticos caros, ropa interior cara, vestidos de marca. Hacía cruceros dos veces al año. Viajaba en los aviones en clase ejecutiva, se hospeda en los pisos ejecutivos de los hoteles. Le fascinaba comer. Cuando dijo esto, extendió las manos con los dedos llenos de mostaza, como buscando auxilio. Sara frunció la boca, atacada por su tic, y le alcanzó una servilleta. Le preguntaron entonces si era feliz, y respondió que si todo aquello podía llamarse la felicidad, era feliz.

6
Se levantaron cuando el camarero que apenas habría nacido cuando ellas se despidieron veinte años atrás, colocaba las sillas sobre las mesas para empezar su tarea de barrer el piso. El reloj de la torre del ayuntamiento dio las once, y el carrusel dormía en las sombras de la plaza cerrado con una cortina de lona.

Volvieron a despedirse. Pero antes se prometieron que se encontrarían de nuevo aquí diez años después, a las cinco de la tarde en esta misma fecha. El tiempo avanza, y a medida que avanza corre más de prisa. De manera que los plazos se acortan. No podían prometerse tanto como otros veinte años.

7.
El día en que se cumplió el plazo para la segunda cita, Sara y Claudia llegaron al mismo tiempo a la puerta del café. Ahora no hubo efusiones. Claudia ahogó un chillido que quiso ser risa. Se miraron, como midiéndose, como si se tuvieran desconfianza. Pero sólo era desconfianza con el tiempo que las había cambiado más de lo que imaginaban.

El tic que obligaba a Sara a fruncir la boca semejaba ahora una mueca de dolor. Había algo de acartonado en su figura. Traía un turbante y sus cejas aparecían borradas. Lo único suyo de recordar eran los lentes atados de la cadena dorada, que no habían cambiado de modelo. Tras ellos, sus ojos, más que tristes, eran unos ojos asombrados.

Claudia había ganado todavía más peso y parecía aún de menor estatura que la vez anterior. Su apariencia no era ya mediocre, sino ridícula. Las canas no concordaban con ella. Envejecía con comicidad. Pero en sus gruesos lentes no había nada cómico, o tal vez sí lo había. Se esforzaba por mirar detrás de ellos, y eso hacía que la falsa apariencia de desconfianza mutua, en ella fuera mayor.

Encontraron la mesa de siempre ocupada por una pareja de novios, pero ya pagaban para irse. El camarero que apenas habría nacido cuando ellas se despidieron la primera vez, se acercó a limpiar la mesa.

Claudia dijo que esperaría a que llegar Gabriela para ordenar su vodka tónico. Sara ordenó de una vez su café expreso. El reloj de la torre del ayuntamiento marcaba las cinco y cuarto. Cuando Sara terminó su café había pasado otro cuarto de hora. Se miraron. Era imposible saber lo que habría pasado con Gabriela, porque la regla de no comunicarse nunca mientras corría el plazo, había quedado vigente.

El camarero se acercó llevando un sobre. Dijo que aquel sobre había llegado por el correo una semana atrás, consignado al café, y que si serían ellas las personas a las que aludía la nota que venía escrita a mano encima: “entregar a las dos mujeres que a las cinco de la tarde del día (aquí el día) se sentarán en la mesa al lado de la ventana que mira a la plaza”. Dijeron que sí, eran ellas.

Sara preguntó a Claudia si estaría de acuerdo en que leyeran por último el mensaje de la ausente, cuando ambas hubieran hecho sus confesiones. Claudia estuvo de acuerdo, y pidió su vodka tónico.

8.
Empezó Sara, como la vez anterior. Contó que padecía de un cáncer mamario. Le habían quitado los dos pechos, por lo que usaba un brassier con relleno de silicón. La “quimio” le había hecho perder las cejas y el pelo. Se quitó el turbante y mostró la cabeza desnuda. Seguía todavía con la “quimio”, no sabía hasta cuando. También le aplicaban radiaciones. Decía “quimio”, al referirse a la quimioterapia, en tono tal vez cariñoso, pero con cierto desdén. Me dejaron plana, niña, dijo, como cuando tenía diez años. Como te imaginarás, dijo, he perdido el apetito por los amores, sin mis pechos no soy nada. Una repulsiva. Además, huelo de lejos a chamusquina, tengo el aliento de yodo.

Los hijos hace tiempos se habían ido lejos, Anselmito, Marisabel. El ingeniero civil se había vuelto cada vez más aburrido. Creo, dijo, que lo único que ha venido a interrumpir el aburrimiento que reina en mi casa es mi enfermedad, este cáncer. Este cáncer, dijo, y se llevó las manos a los pechos de silicón.

9.
Claudia la mujer feliz, dijo que su única novedad era que le habían diagnosticado azúcar. Se dio cuenta porque la taza del inodoro se llenaba de hormigones, los orines de una diabética serán miel para ellos. Le hicieron exámenes de sangre, le hicieron un fondo de ojos, allí estaba ya el daño, un principio de glaucoma. Tengo prohibido el licor, dijo, y dio un sorbo apresurado a su vaso de vodka tónico. Los pastelitos, los dulces de toda clase, prohibidos. Tengo que andar en mi cartera el aparato para tomarme yo misma las muestras de sangre. Se me baja el azúcar, y me dan desmayos, se me sube, se me nubla la vista. Y lo peor es el hambre, esta enfermedad da mucha hambre. Ya ves, estoy hecha una cerda de gorda.

10.
Sara abrió su cartera. Dentro de la cartera traía el librito de madre Yolanda, la prefecta, en el que explicaba por qué cantan los pájaros. Claudia lo reconoció de inmediato. Lo tomó entre sus manos, estuvo acariciándolo. Cómo fui a perderlo, dijo. Me pareció que les iba a gustar a las dos verlo de nuevo, dijo Sara. Sí, dijo Claudia, te agradezco, si vieras todos los recuerdos que se me vienen. Madre Yolanda, aquellas imitaciones que hacía de los cantos de los pájaros, poniéndose las manos viejas en la boca y moviéndolas de diferentes maneras, la admiración de nosotras, las risas. Es el día y sigo sin acordarme por qué razón es que cantan los pájaros, o tal vez no es que lo olvidé, sino que nunca puse atención a sus conferencias, ni tampoco habré leído el libro. Me gusta que te guste, dijo Sara, y el tic provocó aquella mueca de su boca. Una mueca cruel en aquel rostro pálido, de cejas borradas bajo el turbante.

11.
¿Sabes qué?, dijo Claudia. ¿Y si dejamos sin abrir el sobre? No, dijo Sara. Venimos aquí para saber qué ha sido de nuestras vidas. Sí, dijo Claudia, pero ella faltó a la cita. Sara dudó. Pero sin esperar más, rasgó el sobre.

Adentro lo que venía era una foto de bodas tomada en un estudio. Una foto divertida, la foto de dos personas mayores disfrazadas de novios. Gabriela, vestida de velo y corona, al lado el novio vestido de chaqué. En el reverso había algo escrito a mano.

Espera, dijo Claudia cerrando los ojos. Puedo adivinar. El novio es aquel famoso hombre casado. Era el hombre casado. Gabriela escribía que con mucho dolor tenía que romper la promesa, pero la fecha de la cita había coincidido con su boda, Mario Alberto había vuelto a ella por sus propios pasos ya debidamente divorciado, se preparaba a ser feliz en su nueva vida matrimonial al lado del hombre al que siempre había querido, dejaba atrás su pasado, volverían juntos a pisar nubes, no se rían por favor, siempre baila divino, y les mandaba esta foto momentos antes de dirigirse al aeropuerto para abordar el avión que los llevaría en su viaje de luna de miel, tarda la felicidad pero llega, y ante la pregunta que me hubieran hecho acerca de que si soy feliz, la respuesta es positiva, soy feliz, chao.

12.
Antes de despedirse reflexionaron acerca de si valía la pena citarse de nuevo quedando sólo dos. Resolvieron que valía la pena. Pero el tiempo corría mucha más prisa que antes. De manera que redujeron el plazo a cinco años. Mucho, dijo Sara, pero en fin. Claudia pidió prestado el libro a Sara hasta el siguiente encuentro. Tenía esa curiosidad sobre la razón del canto de los pájaros. Se levantaron, fueron juntas hasta la puerta, y allí se separaron. Sara subió a un taxi. Claudia atravesó la plaza. El carrusel no estaba.

13.
Pasó el tiempo que ahora volaba. Se cumplió el plazo de los cinco años. La torre del ayuntamiento se hallaba en obras y habían desmontado el reloj, de manera que no se oyeron sonar aquel día las campanadas de las cinco de la tarde.

Claudia llegó en punto. Caminar no era fácil para ella, de modo que se acercó con dificultad a la mesa. Le faltaban los dedos del pie izquierdo, culpa de la gangrena. El glaucoma avanzaba. El camarero que apenas habría nacido cuando la primera despedida ya no existía, y otro, un rubio que apenas salía de la adolescencia, se apresuró para ayudarla a sentarse.

Traía consigo el ejemplar del libro que debía devolver, y lo puso frente a ella. Dijo que quería un vodka tónico. ¿Con mucho hielo o con poco hielo? Poco hielo, dijo. Sus ojos, perplejos, miraban tras los lentes turbios de tan gruesos.

Apartó la miniatura de sombrilla japonesa, tomó el vaso con las dos manos, y se lo llevó a los labios con miedo de derramarlo. Preguntó la hora y el camarero dijo que las seis. ¿Tan tarde se había hecho ya?

A las siete Sara no había llegado. A las ocho se acercó el camarero para preguntarle si no se le ofrecía nada más. Fuera del primer sorbo no había vuelto a probar la bebida y el hielo se había deshecho en el vaso. ¿Otro vodka tónico? Dijo que no, y a su vez preguntó si no había algún sobre para ella. Alguna carta. El camarero se mostró extrañado. No. Ninguna carta, señora.

Lo oyó alejarse. Acercó las manos al libro que había traído para devolver. Seguía sin recordar las razones que daba la prefecta para explicar por qué cantaban los pájaros.

¿Por qué cantan los pájaros? ¿Habría alguna razón para que cantaran? 

Ilusión perdida

Sergio Ramírez Mercado

Las manos cruzadas bajo la nuca, Lisandro Ramírez se balanceaba plácidamente empujándose con la punta del botín, recostado en la hamaca de manila colgada en los pilares del corredor que daba al cerco de piñuelas de la calle ronda, mientras Migdalia Laguna, a su lado, se adornaba con flores de reseda la cabellera humedecida asomándose a un trozo de espejo, al tiempo que cantaba el vals Sortilegio que él le había compuesto cuando años atrás empezaron en la penumbra del coro de la iglesia parroquial sus amoríos clandestinos.

El estuche del violín descansaba en el piso cerca de su botín, y se le antojó que debía acompañarla. Decidido a incorporarse, se agarró de los bordes del cabezal, pero en el impulso la cuerda se rompió y fue a dar de nalgas contra el suelo de talpetate. Repuesto del susto se río, ella riéndose con él mientras trataba de ayudarlo a pararse, y todavía se reían como locos cuando Lisandro Ramírez se encontró con los ojos curiosos de Napoleón, su cuñado, que lo espiaban tras el cerco de piñuelas. Lo vio un instante, porque cuando al fin estuvo de pie, ya había desaparecido y sólo oyó el alboroto de las ruedas de su carretón de aguador y el entrechocar de los cántaros, alejándose por la calle.

No había escuchado acercarse el carretón, distraído por los trémolos enamorados de la voz de Migdalia Laguna que entonaba su vals, como siempre lo hacía, después de bañarse en cuclillas en la jofaina enlozada, dentro del aposento donde habían disfrutado la tarde entera vigilados por las gallinas que se posaban por turnos en el vano de la ventana.

Napoleón, el mudo impertinente, dejaría de repartir el agua para ir derecho a calentarle los sesos a su esposa con el cuento, estaba seguro. Descolgó del clavo en la pared el saco de dril para ponérselo con movimientos urgidos, tan urgidos que no acertaba a meterse las mangas, un enredijo encima de su cabeza; recogió el estuche del violín y se fue sin despedirse, mientras Migdalia Laguna retomaba con despecho la primera estrofa de la letra del vals que lo acompañó, como un reclamo adolorido, hasta la esquina del billar.

Lisandro Ramírez tenía para entonces siete años de casado. Un día antes de su boda con Petrona Gutiérrez, el padre Estanislao Mormeneo, que lo había nombrado maestro de capilla a pesar de su juventud, lo mandó llamar a la sacristía, lo hizo arrodillarse y le exigió el juramento de abandonar a Migdalia si quería recibir de sus manos el sacramento del matrimonio. Migdalia Laguna cantaba a la hora del rosario y él la acompañaba en la soledad del coro con el violín, y desde el altar mayor el padre Mormeneo los había visto besarse más de una vez.

- ¿Han pasado a más? - lo increpó, jalándolo de la oreja.

Por toda respuesta, Lisandro Ramírez abatió la cabeza. Entonces, sin soltarle la oreja, lo hizo avanzar siempre de rodillas hasta el altarcito enflorado de la sacristía y él juró dejarla, la mano en el Cristo crucificado mientras aguantaba la risa, sabiendo que juraba en vano.

Migdalia Laguna era lo de menos Mirta, Eulalia, Diamantina, Filomena, el padre Mormeneo no las conocía y, por lo tanto, no entraban en el falso juramento que había prestado, pero sí en las cuentas entonces implacables de Petrona Gutiérrez, que a los dieciséis años y ya esperando al primero de los catorce hijos que tuvo, había averiguado que una desbocada multitud de mujeres existía en su vida, cada una de las cuales había merecido, a su turno, la partitura de un vals.

Las sospechas aturdieron por primera vez el corazón inocente de Petrona Gutiérrez cuando un día, mientras él andaba ausente en uno de sus toques religiosos en Santa Teresa y ella barría el aposento, se encontró debajo del cofre donde guardaba con llave sus papeles de música, la partitura del vals Desconsuelo, dedicado a Mirta Cordero, cuya letra, encendida de reclamos amoroso, leyó, deletreando las sílabas encima de los signos musicales de la gruesa hoja pautada que saltaron como alacranes emponzoñados frente a sus ojos furibundos. Forzó la chapa de la cerradura, y entre los legajos de sones de pascua, pastorelas, himnos litúrgicos, requiems y misas de gloria, encontró escondidos otros valses dedicados a Eulalia Cabestrán, Diamantina Arburola, Filomena Arceyut.

La mañana que debía regresar, ella lo esperó como siempre en la puerta de la casa, y al verlo acercarse entre la partida de filarmónicos que lo acompañaban a lomo de bestia en sus giras musicales por Santa Teresa, la Conquista, Dolores, El Rosario, cargando sobre los arneses de las monturas sus instrumentos de viento y los estuches de los violines, fue como siempre a encontrarlo a media calle, y como siempre agarró la rienda del caballito mortecino que montaba, para llevarlo hasta el cobertizo del pesebre donde él, como siempre también, se apeó, adolorido por las largas horas del trote, y desvelado, además, porque hasta la madrugada no había terminado la última de sus serenatas galantes.

Petrona Gutiérrez se pasó la mañana sin decirle nada, entregada a sus oficios, mientras él, olvidado ya de su desvelo, componía un nuevo vals sentado en las gradas de la acera, vestido con su saco de dril martajado en sus andanzas de varios días, el tintero abierto a su lado. Pero a la hora del almuerzo, no escuchó el grito acostumbrado desde la cocina, llamándolo a comer. Entró, y en la mesa servida descubrió las partituras de los valses rotas en pedazos junto al plato todavía humeante.

Se había ido por el cerco del solar, cargando en una funda de almohada su ropa, a refugiarse en casa de su madrina, quien la había criado junto a Napoleón, el mudo, porque eran huérfanos. De todas maneras se sentó a comer, y al poco rato fueron apareciendo en la casa abandonada los músicos que acudían como de costumbre a los ensayos, sabidos ya de la desgracia porque la madrina, instalada a su puerta en un taburete, denunciaba a todo el que pasaba las liviandades del compositor.

- ¿Qué pensás hacer? -le preguntó Gilberto Quesada la tuba entre sus manos.

- Pues nada -le contestó Lisandro Ramírez, tras enjuagarse la boca-, empezar a enamorarla otra vez.

Para hacerla volver, pasó más de un mes poniéndole serenatas, la orquesta convocada cada noche junto a la puerta cerrada de la casa de la madrina, asediándola en las esquinas cuando salía a los mandados como en los días de su noviazgo. Petrona Gutiérrez no aceptó regresar a su lado sino cuando oyó que le cantaba desde la calle, con acompañamiento pleno de cuerdas y vientos, el vals Abandono, el primero que hasta entonces le componía.

Vuelve por bruta -le dijo empurrada la madrina cuando fue a dejársela de regreso, llevándola de la mano-. La que quiere calvario, que aguante su cruz.

Esa vez que Napoleón, su cuñado, lo sorprendió con Migdalia Laguna, en lugar de dirigirse a la iglesia para el rosario de las seis, regresó a la casa contrito. Ya el mudo entremetido estaba adentro, lo supo porque divisó el carretón cagado con los cántaros frente a la puerta. A estas horas le estaría explicando a Petrona Gutiérrez, con alarde de señas, todo lo que había visto, haciéndolo víctima no sólo de las evidencias, sino que adornando el cuento con exageraciones de sus manos, una nueva desgracia porque Migdalia Laguna jamás había entrado en las cuentas de sus reclamos.

Ya tenían seis hijos para entonces, de los catorce que fueron en total, y a Lisandro Ramírez no le preocupaban más las llamaradas de celos de su esposa, que se habían ido apagando, sino sus burlas y chifletas, que eran las armas con que ahora, artera y maligna, se defendía de sus infidelidades desde la tarde en que lo había sorprendido con Leopoldina Betanco.

Le dijo esa vez que iba para la iglesia, porque había una función solemne de difuntos, y ella lo siguió por su verdadero camino sin que advirtiera los pasos cautelosos que de lejos iban tras de los suyos en su persecución. Lisandro Ramírez, confiado, penetró en el patio, el estuche del violín colgado de su mano, y ella se escondió tras una pila de leña hasta que lo vio desaparecer por la puerta que Leopoldina le entreabría sigilosamente. Petrona Gutiérrez esperó con calculada paciencia a que se desvistieran, y cuando irrumpió en el aposento los encontró sentados en la cama, él en calzoncillos, Leopoldina Betanco en fustanes.

- Vine a cobrarle una misa que me debe- le dijo él, sin saber por qué, enredando las palabras.

Petrona Gutiérrez, sin responderle nada recogió con movimientos tranquilos la ropa del marido regada en el suelo, el sombrero, el saco, los pantalones, la corbata, y se llevó todo, dejándolo en calzoncillos, nada más en posesión del estuche del violín. Lisandro Ramírez, humillado y disgustado como nunca, regresó a la casa ya muy noche, vestido con una mudada ajena después de haberse pasado encerrado en el aposento de Leopoldina Betanco por largas horas, hasta que, tras recurrir a todos los músicos de su orquesta en demanda de auxilio, encontró una que le quedara.

Entró furioso, pero ella no hacía sino reírse embozada bajo la cobija en la cama, sacudida por los estertores de su risa incontenible, mientras él lanzaba improperios en la oscuridad, tropezando en busca del quinqué que al fin encontró pero que no pudo encender porque se le cayó de las manos, quebrándose en el piso en medio de un reguero de aceite que le empapó los calcetines, ya que había hecho descalzo todo el trayecto de regreso, caminando en la oscurana como un alcaraván, pues ninguno de los botines que le enviaron hasta su encierro era de su medida.

Fue a partir de entonces que Petrona Gutiérrez aprendió a reírse de las inconstancias y devaneos del compositor, como se reía maléfica ahora, tras el informe de Napoleón, mientras cortaba con la navaja la punta de los puros chilcagre que fabricaba, la tabla sobre sus piernas, para poder criar a sus hijos que ya empezaban a llenar la casa, así como horneaba rosquillas que los niños mayores salían a vender por las calles, porque el violín no daba lo suficiente para tanta boca.

- ¿No querés aceite de cusuco, para que te huntés en las nalgas? Es milagroso para las caídas -le dijo zumbona, al otro lado de la pared, cuando él depositaba el estuche del violín en lo alto del ropero del aposento, hasta donde había llegado cauteloso, abrigando la vana esperanza de pasar inadvertido.

Lisandro Ramírez siguió componiendo valses en homenaje a cada nuevo amor y lejanos quedaban ya los días en que Petrona Gutiérrez, el más tierno de sus hijos en el cuadril los otros siguiéndola por la calle, prendidos de su larga falda, volvía llorando a la casa de su madrina cada vez que la descubría una nueva veleidad, lejano el día en que intentó envenenarse con pastillas de permanganato de potasio, en que desesperada por los celos le quebró el violín, aporreándolo contra la pared, para lamentarse después arrepentida, porque reponer el violín habría de costarles infinidad de angustias.

Pero jamás llegó a burlarse de él como lo hizo cuando años después se enamoró perdidamente de Salomé Sabino, dueña de un estanco de aguardiente, quien altanera y desdeñosa no cedió nunca a sus serenatas y a sus asedios. Ya habían nacido para entonces todos sus hijos, y los mayores tocaban en la Orquesta Ramírez que se hizo célebre en Masatepe y los demás pueblos del sur, solicitados para funciones religiosas y fiestas danzantes. A la hora de los ensayos, cada tarde, la calle se llenaba de gente, atraída por el alegre concierto de los instrumentos que desbordaba las puertas abiertas; los muchachos, Francisco el violinista, Alejandro el flautista, Alberto el chelista, Pedro el contrabajista, Carlos José el clarinetista, olvidándose de la música sacra tocaban los viejos valses secretos cuyas partituras volaban ahora libremente desparramadas por la casa, y las muchachas, María, Laura, Ester, Angela, Luz, los cantaban en coro; la casa que parecía vivir una fiesta perpetua mientras Petrona Gutiérrez continuaba fabricando puros, gozosa también en medio del jolgorio.

Aquella pasión desenfrenada de Lisandro Ramírez por Salomé Sabino, que nunca tuvo respuesta, lo llevó a cometer graves desatinos, al grado de instalarse todo el día con su violín al lado del mostrador en la penumbra del estanco; dejaba el violín para ayudarla, solicito, a trasegar el aguardiente de los barriles a las garrafas; la perseguía desalado por las calles, abandonaba la orquesta a la vista de sus hijos para sentarse a su lado en la iglesia a la hora de la misa. Petrona Gutiérrez supo que le había ofrecido matrimonio y se rio otra vez de la propuesta y de la rotunda contestación de Salomé Sabino:

- Prefiero quedarme a desvestir santos que vestir músicos.

Salomé Sabino envejeció sin casarse, y la única vez que mostró alguna debilidad en su obstinación, fue cuando sonrió de manera caprichosa al aceptar de manos de Lisandro Ramírez la partitura del vals Ilusión Perdida, que le entregó enrollada y atada con una cinta roja en el estanco adonde ya nunca más volvió, convencido al fin de que todos sus embates habían sido vanos. Ilusión Perdida fue el último vals que compuso, y ya no sufrió más descarríos, frustrado para siempre por aquel fracaso que Petrona Gutiérrez agradeció arrodillada como un milagro delante del altar de sus santos, haciendo que todos sus hijos se arrodillaran con ella.

Sosegado, y en adelante enemigo jurado de los libertinajes, guardián implacable de sus hijas, Lisandro Ramírez envejeció también al lado de Petrona Gutiérrez, encolerizándose cada vez que ella le recordaba sus inconstancias y desvaríos, implacable en sus cuyas al remojarle su derrota frente a Salomé Sabino.

Martirizado por la ceguera en sus últimos años, sus nietas ya casadas y crianderas se turnaban para vertir gotas de leche de sus pezones en sus ojos nublados por las cataratas. Siguió componiendo hasta su muerte, el rostro pegado al papel pautado para adivinar los signos, pero sólo música religiosa, himnos a la virgen, marchas solemnes y misas de difuntos.

Una tarde, mientras dormitaba, Petrona Gutiérrez lo arrancó de su mecedora, agarrándolo de la manga para conducirlo, insistente frente a su resistencia, hasta la puerta donde ella solía apostarse, siempre parlanchina, para detener a los transeúntes y enterarse de lo que pasaba afuera.

- ¿Qué es la cosa? - gruñó molesto, cuando ella se detuvo, ya en la acera.

Petrona Gutiérrez señaló hacia la calle, sin soltarlo, sabiendo que sus ojos ya no podían ver más que sombras irisadas. Salomé Sabino, encogida sobre sí misma, se alejaba rengueando penosamente, apoyada en su bordón.

- Allí va tu ilusión perdida - le susurró al oído. Y se rio.

- Qué ganas de fregar- dijo colérico Lisandro Ramírez, y se soltó con violencia de la mano que lo retenía.
Managua, noviembre de 1990

De guapos tiempos idos

Sergio Ramírez Mercado

La más gloriosa calumnia que me han levantado…
Gabo

Una noche de hace tiempo en casa de José María Pérez Gay en la colonia Roma la conversación en espiral alrededor de la mesa de la cena se prolongaba en busca del amanecer, en todos los labios había risas, inspiración en todos los cerebros, y ahora Fuentes sostenía que los libros verdaderos de cabecera son aquellos de los que uno puede recitar la primera línea, y yo me acordé de que vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, y me atajó Héctor Aguilar Camín: porque acá, no aquí, vivía mi padre, y entonces Fuentes citó con el aplomo de sir Lawrence Olivier en las tablas del Old Vic, It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, y siguió adelante con todo el párrafo inicial de Historia de dos ciudades, aquel libro donde las parcas revolucionarias, hediondas a vino, tejen el destino de los decapitados por la reluciente guillotina, la cabeza que cae en la canasta, y luego con toda la página, a ver quién se le atravesaba con Dickens, antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia, se oyó recitar a Gabo, y un coro respondió: La Vorágine, José Eustasio Rivera, y Gabo, con su voz bien acentuada de crupier de feria que reparte los números de la lotería, agregó que mejor memoria había que tener para la letra de los boleros, y con precisión ahora de relojero suizo que no equivoca ni bielas ni contrapesos melódicos entonó Tú, que llenas todo de alegría y juventud y ves fantasmas en la noche de trasluz, vete de mí, y miró a todos desafiante en busca de alguien que adivinara el nombre del compositor, pero calló el coro, los compositores, dijo Fuentes, porque son dos, Homero y Virgilio Espósito, y Álvaro Mutis, su mano que alisaba la melena blanca, y que siempre hablaba de guapos de tiempos idos, te acordás, Carlos, que cuando te presenté a Gabito que acababa de llegar desde Nueva York con Mercedes, bien apaleados en un tren cogido en Nuevo Laredo, de aquellos mismos viejos trenes del norte que en tiempos de Pancho Villa jadeaban cargados de soldados y soldaderas, me dijiste: me parece raro este tipo, y estalló Álvaro en carcajadas capaces de espantar el sueño de los vecinos de los otros pisos en la alta madrugada, y que de aquel barrio quieto iban a interrumpir el imponente y profundo silencio, y Chema, al que yo recordaba de pelo largo hasta los hombros en nuestros días de Berlín, citó otra vez a Heimito von Doderer, y entonces Álvaro, llamando cariñosamente Jaimito a Heimito, expresó con otra carcajada la opinión de que se necesitaba el aliento de un atleta de pentatlón para subir Las escaleras de Strudlhof, la novela más célebre y más ardua de Jaimito,

y preguntó Fuentes cómo Álvaro y yo nos habíamos conocido, y fue que Álvaro me visitó en Managua en los años de la revolución para cobrar al gobierno en nombre de la Paramount, de la que era agente, la deuda por unas películas pasadas por el Sistema Sandinista de Televisión, le dije simplemente que no teníamos dólares, no había dólares ni para las medicinas, no se preocupó, y más bien terminamos hablando de la zarina Alexandra Fiódorovna, presa en la fortaleza de Ekaterimburgo y ejecutada por los bolcheviques con su esposo el zar Nikolái Aleksándrovich y toda su familia, drama que Álvaro contaba con sentimiento de poeta, porque era monárquico confeso, y de esa plática salió convertido en un confeso monárquico sandinista, y me preguntó Álvaro con vozarrón de ventarrón cómo había conocido yo a Fuentes, y conté que lo conocí, pero no nos conocimos, en el año de 1971.

Cómo es eso, preguntó Gabo, alzando las espesas cejas de matorral. Fue que en Viena asistí al estreno de Todos los gatos son pardos con María Casares en el escenario.

No, el estreno de El tuerto es rey, terció Fuentes. Bueno, lo que sea, Fuentes estaba en un palco lateral cercano al escenario con sus padres, ellos sentados y el de pie, los brazos cruzados en el pecho, repitiendo los parlamentos con movimientos de los labios como si fuera el director de escena o al menos el apuntador, en el palco había también una mujer muy bella, una aparición o un falso recuerdo, y abajo en la platea yo me hallaba sentado al lado de Carlos Monsiváis, veníamos los dos de un congreso de juventudes en Salzburgo donde conocimos a Don Helder Cámara y a Bruno Kreisky, y Monsiváis me prometió una entrevista al día siguiente con Fuentes pero nada se pudo y luego se fueron los dos a Venecia a presenciar la filmación que hacía Luchino Visconti de Muerte en Venecia, ya se sabe, con aquel Dirk Bogarde bajo el sol de la playa del Lido maquillado por el barbero, en sus ojos la última visión del bello ángel de la muerte que era Bjorn Andresen en el papel de Tazdio, pero quién iba a decirlo, pasarían años, hasta los años de la revolución, cuando por fin nos encontramos en Managua, la historia de una amistad mucho más vieja que la que marca un primer encuentro porque la verdad es que nos conocimos en 1963, o en 1964, a mis veinte años, cuando yo iba las primeras veces a México desde Managua como un ruso de las estepas llega a Petersburgo con los ojos abiertos de asombro en una novela de Gogol, y tras bajar las escaleras de la librería El Sótano cercana al Caballito, entre Juárez y Reforma, donde los libros se exhibían sobre tablas sin cepillar como en una feria de remate, me hallé con el breve tomo de Aura publicado por la editorial ERA, que leí esa noche en mi habitación del hotel Regis, uno que derribó el terremoto de 1985, desvelado y deslumbrado, y salí al día siguiente en busca del número 815 de la calle Donceles, un patio muy oscuro, unas escaleras ruinosas, una dirección que no existía, como un día busqué en Buenos Aires el número 348 de la calle Corrientes, segundo piso, ascensor, que tampoco existía,

y propuso Fuentes de pronto a los de la mesa que cada quien dijera cual era su poema preferido de Rubén Darío, y Gabo, que estaba con la barba en la mano meditabundo, dijo que el poema más grande que se había escrito en lengua castellana era Lo fatal, y entonces yo recité Y la carne que tienta con sus verdes racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, y Gabo me corrigió: con sus frescos racimos, y hubo una discusión de si eran frescos o verdes racimos, y fue Chema a la biblioteca por el libro correspondiente y Gabo tenía razón, frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos, y me miró Héctor con desconsuelo, un nicaragüense no debería nunca equivocarse al citar a Rubén Darío, si lo aprenden desde que van a la escuela de párvulos, y yo dije entonces que no sólo los escolares, también recitan a Rubén Darío en las cantinas, y le atribuyen poesías ajenas, de manera que los bohemios piensan que El brindis del bohemio, que tanto le gusta a Carlos Monsivais, por mi madre, bohemios, era obra de Rubén Darío, pero quien verdaderamente lo escribió es Guillermo Aguirre y Fierro, que nació en San Luis Potosí, y ese poema pertenece a su libro Sonrisas y lágrimas, año 1942, dijo Fuentes, no, dijo Gabo, nació en

El Paso, Texas, en 1915, pero esa discusión quedó allí, y yo dije que esos bohemios nicaragüenses empedernidos también pensaban, orgullosos de ser colegas de Rubén Darío en la disipación y el vicio, que era suyo aquel otro poema sobre guapos que igual recitan los declamadores, conversaban unos criollos de guapos de tiempos idos, ayer hombres, hoy leyendas con temblor de aparecidos, parece de Borges, dijo Gabo, pero es de Luis Escagria, dijo Fuentes, un poema gaucho, quién más en el mundo sabe quién escribió El brindis del bohemio, quién más conoce a un poeta que se llama Luis Escagria, carajo, dijo Álvaro, y tras dejar estallar su carcajada hizo mutis por el foro para acostarse en un sofá, como siempre lo hacía,y los últimos ecos de las risas se escapaban, simbolizando al resolverse en nada la vida de los sueños.

Y ya clareaba el día. 

Fuego Invernal

Sergio Ramírez Mercado

(Del libro EL REINO ANIMAL)

Para Lucía Cunning, que me llevó hasta Topsy.

Como era pleno invierno se suponía que el parque de atracciones Luna Park debía hallarse desierto. Pero no era así. Uno de sus palacios de fantasía, donde solía representarse The war of the worlds (La Guerra de los Mundos), había abierto sus puertas ese día y se hallaba colmado por una multitud de adultos y niños que había hecho colas desde las primeras horas pese al intenso frío reinante; el termómetro marcaba 24 grados Fahrenheit (-4 Celsius). En el escenario destinado al aterrizaje de las naves marcianas se levantaba ahora un patíbulo.

La bombilla incandescente con un filamento de hilo de coser carbonizado inventada por Thomas Alba Edison había visto su triunfo en Luna Park, abierto en Coney Island en 1895. Un cuarto de millón de esas bombillas adornaban el perfil de los palacios de fantasía, y derramaban su resplandor formando figuras de jardines, pérgolas, torres, cascadas y molinetes. Todo aún más sensacional, si se piensa que las bondades de la iluminación eléctrica sólo alcanzaban entonces pequeñas porciones del territorio de los Estados Unidos.

La entrada por el lado de Surf Avenue se hallaba flanqueada por dos torres de cúpulas bizantinas con medias lunas de latón en la cúspide, mientras en sus bases se abrían las taquillas atendidas en temporada por mexican señoritas (señoritas mexicanas) ataviadas con sombreros de charro, chalecos rojos bordados de lentejuelas, y sarapes. Aquella entrada era la única que se había abierto este día.

No lejos de allí, hacia la West 12th street, en una calleja lateral, se encontraba el establo de los elefantes, todo un rebaño utilizado para pasear por las calles del parque a los visitantes que se acomodaban en monturas de seis asientos cada una, uncidas al lomo de los animales. Cada elefante acarreaba un promedio de 9000 personas a la semana, y el paseo costaba diez centavos para los adultos y cinco centavos para los niños.

Cerca del establo de los elefantes se encontraba The White Palace (El Palacio Blanco), donde se ofrecía la exhibición de niños prematuros del doctor Courney. Para entrar a ese lugar de la feria se debía pagar un tiquete de veinticinco centavos. La guerra de los mundos, The rocket to the moon (El viaje en cohete a la luna), The sinking of the Maine in Havana harbor (El hundimiento del Maine en el puerto de La Habana), The Midnight Orient Express (El Expreso de Oriente de Medianoche), que llevaba a los viajeros desde París a Constantinopla en un suspiro, navegar en los botes Babling Brooks a través de un río artificial para ver desde la borda praderas irlandesas con vacas mecánicas que pastaban silenciosas, aldeas alemanas con tabernas desbordadas de bebedores de cerveza, y tribus de esquimales cazando focas en los hielos del ártico, todo costaba diez centavos.

También se pagaba diez centavos por entrar al Desfiladero de los Dragones, a la Ciudad de los Enanos Dichosos, a los Jardines Colgantes de Babilonia, al Monkey Music Hall ( el salón musical de los simios) donde podía admirarse una orquesta completa de monos de Borneo, o al Paraíso de los Cormoranes Amaestrados que cogían los peces del agua y los entregaban palpitantes en la mano a los espectadores. Por el mismo precio se podía recorrer las calles de Bagdad y entrar al zoco a lomo de un manso camello para mezclarse con una multitud de vendedores callejeros, alfareros, plateros, aguadores, mendigos, prostitutas, faquires, encantadores de cobras, tragadores de fuego, derviches voladores, danzarinas del vientre, y acróbatas.

En un teatro vecino a la ciudad de Bagdad se representaba El Ciclón del Siglo, que destruía un pueblo de Kansas. Era un día de sol. Los comercios se hallaban abiertos y la gente andaba tranquila por las calles, cuando de pronto el cielo se ennegrecía y soplaban los vientos con silbido infernal. La ropa era arrebatada de los tendederos, y a medida que la tromba se acercaba, los árboles y los techos iban siendo arrancados de cuajo, y las carretas y los caballos de tiro volaban por los aires lo mismo que los habitantes. Todo era destrucción y caos.

En el espectáculo llamado The Crack of Doom (La grieta fatal), un torrente de montaña caía sobre un apacible pueblo minero. Hombres, mujeres y niños, caballos y ganado, eran arrastrados en medio de los restos de las casas destruidas por la fuerza del agua, un millón de galones derramados y luego reciclados en un tanque subterráneo de 250 mil pies cúbicos.

En The battle of the century (La batalla del siglo) se podía ser testigo de la caída de la ciudad otomana de Adrianápolis, representada con sus cúpulas, mezquitas, y minaretes, y una fortaleza armada con veinte cañones de 12 pulgadas. Un ejército de invasores búlgaros, servios, montenegrinos y griegos bombardeaba la ciudad y asaltaba la fortaleza hasta que la guarnición turca se rendía. En el espectáculo llamado The house that Jack Built (La casita que el gato construyó), una jaula se alzaba en el tope de un gran poste pintado de listones, y allá arriba la mujer barbuda rasuraba a los espectadores que querían subir, por solo diez centavos.

También estaba el espectáculo bíblico llamado Light and Shadows (Luces y Sombras). Se admitía para cada sesión a una audiencia de 125 personas que pasaban por la experiencia de vagar por la laguna Estigia en la barca conducida por Caronte, como si estuvieran muertas; podían asomarse al fuego del infierno que ardía dentro de las cavernas en las tétricas riberas, y escuchar los alaridos de los condenados sujetos al tormento eterno, hasta que la barca salía a plena luz y los viajeros recibían a través de magnavoces el aviso de que habían resucitado en la gloria de Dios. Una atracción singular era The Man Hunt (La cacería humana). Trescientos jinetes, hombres y mujeres, aparecían al galope por la pradera persiguiendo entre disparos de armas de fuego y gritos de muerte a un greaser (mexicano), que huía desesperado por delante de la cabalgata, dando traspiés. Por fin le daban caza lazándolo, lo arrastraban hasta una pila de leña, lo amarraban a un poste, y lo hacían arder en la hoguera.

Aquella mañana de enero, al acercarse la hora señalada, una puerta lateral del teatro de La Guerra de los Mundos se abrió, y un murmullo vino a alzarse entre la multitud a la vista del cortejo de guardas que entraba conduciendo a Topsy, la elefanta de Bihar de seis toneladas de peso, diez pies de altura, y veinte pies de largo.

Topsy había llegado a Estados Unidos tres décadas atrás con el Adam Forepaugh Circus (el circo Adam), y su número de entonces consistía en girar por la pista, montada sobre patines de ruedas, a los compases del vals el Danubio Azul. Luego le tocó trabajar con el Incomparable Albini, el maestro ilusionista, que la hacía pasar al otro lado de la luna de un espejo donde quedaba prisionera, en la apariencia de haber sido congelada en un témpano de hielo.

Ahora , además de pasear en su lomo por las calles cubiertas de gravilla a los visitantes de Luna Park, era parte de la cuadrilla de “elefantes acuáticos” que ejecutaban caídas en el tobogán de agua, deslizándose hasta la piscina desde una altura de cincuenta metros. Muchos de los que habían llegado desde temprano para buscar lugar en el palacio de La Guerra de los Mundos la conocían por su nombre, y tanto adultos como menores de edad le habían dado de comer maní y otras golosinas de sus propias manos.

Para esos días se libraba una enconada lucha entre Edinson, inventor de la corriente eléctrica directa, y George Westinghouse, inventor de la corriente alterna, ambos empeñados en demostrar que una era más segura y eficaz que la otra. Edinson, en alarde de mofa, había recomendado al estado de Nueva York utilizar el sistema de corriente alterna para la silla eléctrica; él iluminaría los lugares públicos, los parques de atracciones, las calles y los hogares, y dejaría a Westinghouse el encargo de la ejecución de los delincuentes.

A este propósito, Edison había realizado en su laboratorio de Menlo Park una demostración acerca de la eficacia del invento de Westinghouse para matar, electrocutando con una descarga de corriente alterna a una docena de animales, entre ellos un gato y un gallo, colocados sobre una plancha de metal conectada a electrodos. Luego, para demostrar lo contrario, otros animales recibieron corriente directa, la suya, y aunque quedaron chamuscados, no murieron.

Un año antes Topsy se había visto envuelta en un incidente con la policía de Coney Island. Uno de sus conductores, un tal Frederick “Whitey” Ault, montó sobre ella en estado de ebriedad para dar un borrascoso paseo a lo largo de Surf Avenue. El paseo terminó cuando el espantado animal se desbocó hacia el cuartel de policía en medio de aterradores bramidos, haciendo que los oficiales corrieran a encerrarse en las celdas en busca de refugio.

Pero luego ocurrió algo peor. Otro de sus conductores, llamado Mack “ Scooby ” Murphy, quiso darle de comer, uno tras, otro, cigarrillos encendidos. Enfurecida, agarró al hombre con la trompa y lo estrelló contra el suelo, matándolo al instante. Su suerte quedó sellada. Ese mismo día se decidió su ejecución.

La primera idea fue ahorcarla. Existía el precedente del caso 2112, “ el estado de Tennessee contra Big Mary (la grandota Mary), la elefanta”. Mary había matado a su domador, Walter “Red” Eldridge el 12 de septiembre de 1901 y la ciudadanía de East Tennessee reclamó su cabeza. Los intentos de matarla a tiros fallaron, y como desmembrarla fue considerado cruel, se decidió colgarla de una grúa de ferrocarril. Cinco mil personas se congregaron para presenciar la ejecución, que fue exitosa. Un mes después la silla eléctrica fue introducida en Tennessee, muy tarde para Big Mary, y el primero en ser sentado en ella fue Julius Morgan, convicto por violación.

La dificultad de trasladar una grúa de ferrocarril al parque de atracciones obligó a buscar otro método, que fue el de envenenamiento. Topsy recibió 460 gramos de cianuro de potasio en lo que se suponía iba a ser su última comida, que consistió enteramente de zanahorias crudas. Pero resistió la embestida del veneno, y salió airosa. Entonces se recibió en Luna Park una carta de Edinson ofreciéndose él mismo para encargarse de “westinghausizar” a Topsy con una descarga de corriente alterna. La propuesta fue aceptada por los empresarios, a pesar de las airadas protestas de Westinghouse.

Los guardianes hacen ahora subir a Topsy al escenario donde se alza el patíbulo, una plataforma de dos metros de alto que facilita la visión del público, gran parte del cual permanece de pie, tan atestado se halla el lugar. Todos visten abrigos, generalmente oscuros y grises, y llevan gorros de lana y astracán, y sombreros de fieltro, porque el teatro no dispone de calefacción, y sobre las abundantes cabezas se alza una nube formada por el vapor de los alientos. Si podemos presenciar la secuencia es porque Edinson la filmó él mismo, y la película que dura dos minutos ha sido restaurada digitalmente. Esa película fue exhibida luego en todo Estados Unidos por el mismo Edinson, para acabar de demostrar la peligrosidad de la corriente alterna.

Ya vimos el ingreso de Topsy por la puerta lateral, conducida por el cortejo de guardianes, ya la vimos subir al escenario. Ahora asciende al patíbulo. D.P. Sharley, un empleado de la Edison Company, inicia la tarea de colocar en el cuerpo de la elefanta una red de alambres de cobre conectados a una serie de electrodos. El que parece ser el alambre principal, dado el grosor, es puesto alrededor de su cuello; uno de sus extremos va a dar a un motor montado sobre ruedas de fierro, y el otro a un poste. Por último, las patas le son calzadas sobre unas sandalias de madera recubiertas de cobre, muy parecidas a los patines que años atrás ella usó en su número del vals.

He aquí lo que en la película, de acentuados contrastes grises y negros, se ve ahora. Un operador activa la cuchilla de un switch atornillado al poste, y la corriente alterna de 6.000 voltios pasa por el cuerpo de la elefanta, que es sacudida por la descarga. Se torna rígida, eleva la trompa en el aire como si fuera a emitir un alarido, y luego se la ve envuelta por completo en el humo de los electrodos que arden. La corriente es suspendida, y se desploma muerta al suelo. Todo esto toma apenas diez segundos.

Como puede verse por algunos de los espectáculos ofrecidos en Luna Park que se han puesto de ejemplo, las catástrofes fascinaban al público; naufragios de buques, huracanes y tornados, bólidos celestes, torrentes, pavorosos terremotos. Pero la fascinación mayor era con los incendios. En este sentido, uno de los espectáculos de mayor éxito era The Great Fire Show (El gran espectáculo de fuego).

En el escenario se representaba la sala de un lujoso teatro lleno de espectadores vestidos de gala, donde estaba a punto de empezar una función. Los músicos terminaban de afinar en el foso de la orquesta. Los murmullos cesaban poco a poco. De pronto, en lugar de abrirse, las cortinas del proscenio estallaban en violentas llamaradas, el teatro fingido se llenaba de humo, y el público comenzaba a huir en pánico, unos aplastando a otros en la carrera, mientras el teatro montado en el escenario colapsaba hasta convertirse en un esqueleto de brasas encendidas. Esta pirotecnia llamada de “fuego frío” resultaba sumamente costosa y el espectáculo terminó por ser desechado.

En el momento en que el veterinario forense certificaba la defunción de Topsy, empezó en el palacio de La Guerra de los Mundos un incendio verdadero cuando las chispas que todavía aventaban los electrodos prendieron en el telón de fondo ilustrado con una estación espacial marciana. Las llamas prendieron fácilmente en los decorados y tramoyas, y no tardaron en propagarse hacia la estructuras de madera del edificio.

El público que recién había presenciado la ejecución se atropellaba para huir y, como es natural en estos casos, no pocos murieron aplastados por la avalancha humana, incluida una niña de nueve años que vestía un abrigo marrón y gorro de piel de nutria. Las llamas, atizadas por el viento invernal, volaron hacia los palacios vecinos. El agua de las lagunas artificiales empezó a hervir. La torre de 125 pies con el emblema de la Coca Cola, que imitaba una botella del naciente refresco, se derrumbó. Un total de 264 edificios resultaron destruidos en el parque, a un costo total de un millón doscientos mil dólares, o al menos es la suma total reconocida y pagada por las compañías de seguros. No sería el único incendio que arrasaría con Luna Park. El último de ellos ocurrió el 12 de mayo de 1947, pero siempre volvió a levantarse de sus cenizas.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...