martes, 8 de marzo de 2022

Retrato de abuelo con plomada

Sergio Ramírez Mercado

(Este texto narrativo pertenece al libro de memorias RETRATO DE FAMILIA CON VOLCÁN de Sergio Ramírez, aún inédito, en el que cuenta su infancia y adolescencia en Masatepe.)

Pocas semanas después del triunfo revolucionario, recibí en la Casa de Gobierno una carta firmada por el Doctor David Sánchez, un abogado nacido en Masatepe y que para entonces vivía en Boaco. Era hijo del doctor Octaviano Sánchez, un boticario de calva encendida y escasas palabras, poco para salir a la calle salvo cuando había sesiones del Club de Leones en mi casa, del cual era tesorero y mi padre presidente. En su botica de estantes de frascos marrón oscuro y pomos de porcelana, también se vendían libros de cuentos infantiles y cromos de pegarse en los forros de los cuadernos de clase.

De regreso del Kindergarten en el colegio de las monjas de María Auxiliadora, yo entraba religiosamente a la botica a preguntar por el precio de los cromos, hacía que sacara los pliegos de la vitrina, y siempre me iba sin comprarle nada; hasta que una vez, sonriente y quizás ya fastidiado por aquel cliente sin dinero que lo obligaba a dejar sus menesteres, decidió obsequiarme un pliego de cromos entero.

Tome, caballerito, le regalo me dijo.

Después, víctima de cáncer en la garganta, se dedicó a consumirse en la bebida, algo que resultaba patético en un hombre de vida tan sobria, y pasaba las horas sentado detrás de los cristales de su gabinete de preparar recetas, absorto frente a la botella de licor, aunque no dejaba de levantarse si era requerido por algún comprador.

En la carta, David Sánchez me pedía por un hijo suyo que se encontraba prisionero acusado de colaborador con la Oficina de Seguridad de Somoza, y no sé si logró llegar a ver a su hijo libre porque murió al poco tiempo. Su carta, bastante desordenada, porque también él se había entregado a la bebida, la leí varias veces, ya que entre sus alegatos dedicaba extensos párrafos a mi abuelo materno Teófilo Mercado.

Me hablaba la influencia que había ejercido sobre él en su juventud, de las tertulias a las que acudía sólo por escucharlo las veces que llegaba a Masatepe de vacaciones, cuando era estudiante de derecho en León. Mi abuelo disertaba con apasionamiento sobre la razón positiva, el progreso inevitable del género humano y el fin próximo de todo oscurantismo. Era el Teófilo Mercado que yo no había conocido.

Lo recordaba venir hacia la tienda atravesando el parque, todavía el paso seguro pero en su mano el bastón que yo le pedía prestado para jugar a los montados, y que tenía una cabeza de perro labrada en el pomo. Cuando corría a su encuentro y saltaba a sus brazos, me alzaba sonriente, y a mis narices llegaba su olor a jabón germicida. Gacho el párpado del ojo izquierdo por un defecto de nacimiento, llevaba el pelo rasurado a ras, y usaba pantalón y chaqueta de dril de cuatro bolsas abotonada hasta el cuello; y siempre en un bolsillo de la chaqueta, la plomada, amarrada a su cordel, parecida a un trompo.

El nieto de un hombre racional y justo, debía ser justo, alegaba David en la carta. Y yo hubiera querido preguntarle porqué mi abuelo se vestía a la usanza de los rusos blancos, como el conde Tolstoi, o tal como Stalin aparecía en las fotos, algo que muchos en el pueblo veían como extravagante. Pero ya no pude. Murió en 1950, cuando yo tenía ocho años. Mi madre, en sus últimos años, escribió a petición mía unos pliegos sobre él donde figura un detalle de su vestimenta que yo no recordaba, quizás por demasiado antiguo: el angosto alzacuello de baquelita, como el de los curas.

Nacido en 1870, fue hijo de un gamonal del pueblo, soltero eterno y algo músico, aficionado al violín, de nombre Serapio Mercado, Serapio igual que mi tatarabuelo, Serapio Ramírez. Mi bisabuela, Francisca Cerda, que iba camino de la laguna de Masaya adonde bajaba todas las madrugadas a lavar ropa por encargo, había sido raptada en ancas de una mula por aquel gamonal que no consentía en otorgar su apellido a ninguno de sus muchos hijos, pero que ellos terminaban tomando por asalto, como llegó a hacerlo ya en edad de casarse mi abuelo Teófilo.

Empujando de niño un carretón con cántaros de llevar agua se lo había encontrado el padre en la calle, y lo llamó para regalarle unas monedas. Se negó a recibirlas. Siguió insistiendo, y al fin, herido en su orgullo, se bajó de la mula para meterle a la fuerza las monedas en la bolsa de la camisa. El niño, encolerizado, se arrancó la bolsa y las monedas rodaron en el suelo.

Asentados originalmente a orillas de la Laguna de Masaya, al lado del volcán Santiago, los pobladores chorotegas de lo que luego sería Masatepe, se fueron desplazando por temor a las erupciones y fundaron Ñamborime, que en lengua mangue quiere decir cerca del agua; luego Jalata, agua arenosa, y Nimboja, camino hacia el agua. A su llegada, los colonizadores españoles dividieron el pueblo, que en lengua náhuatl se llamaba ya Mazaltepetl, tierra o lugar de venados, en la parte de arriba, y la parte de abajo, de acuerdo a la configuración del terreno, en declive hacia la laguna. Arriba quedaron ellos, los ladinos dueños de la tierra laborable, en lo que llamaron San Juan, y abajo los indígenas y luego los mestizos pobres, peones agrícolas artesanos del mimbre, la pita y la cabuya, a partir de lo que llamaron Veracruz, la frontera topográfica donde comenzaban los asientos originales.

Mi abuelo Teófilo nació y creció allá abajo, como aún suelen decir los de arriba, y una parienta de Veracruz, Ramona Téllez, se llevó a la madre y al niño a vivir a su lado. Aprendió oficios en los talleres de herrería, carpintería y zapatería, y aún muy niño se dedicó a fabricar moldes en corteza de jobo, florcitas y animalitos en alto relieve grabados a cuchillo que traspasados a la tela servían a las costureras de Masaya como patrones de bordados.

Aprendió a leer con el cura en las clases de catecismo, y tuvo después un maestro, el doctor Luis Felipe Corea, que años más tarde quiso presentarse como candidato a diputado de un partido fundado por él mismo, en la Nicaragua de Somoza. Mi abuelo Teófilo, que lo respaldó en su campaña, le buscó prosélitos y le ofreció una recepción de manteles largos en su casa, fue arrastrado en su fracaso.

Leía los libros de medicina, agronomía, y física que caían en su mano, sin ningún método, y como estudiaba por su cuenta matemáticas, dominaba la triangulación aplicada a la medida de terrenos, y el cálculo de volumen y peso del agua para construir cisternas. Guardaba en una vitrina una balanza para pesos sensibles, y mi madre recuerda también una guía de pesos y medidas, al lado de manuales de geometría plana y álgebra elemental, y del prontuario médico Cher-Novis, de un ejemplar la Biblia de Casiodoro de Reina, que ya leía antes de pasarse a la fe bautista, Las mil y una noches traducida del francés por Blasco Ibáñez, y números de la revista agrícola La Hacienda, a la que estaba suscrito. Para él, toda lectura debía ser didáctica, y despreciaba a los poetas que se dejaban largo el pelo y a los novelistas que se perdían en el relato de desgracias amorosas y no tenían nada que enseñar. ¿Qué hacía, entonces, Las mil y una noches en su vitrina de libros?

La mesa de cedro real sobre la que descansa la computadora en que escribo fue hecha por él, ebanista de primera, y también el baúl que mi madre llevó al internado de señoritas del Colegio Bautista de Managua en l925, que está en el corredor, a pocos pasos de esta mesa de trabajo.

Inventó una carreta de volquete para descargar el café directamente en las pilas del trillo, instaló el primer motor eléctrico que hubo en el pueblo para alumbrar su casa; construyó en el patio una pila que recogía el agua de lluvia, instaló una bomba hidráulica y un sistema de cañerías para las duchas, los inodoros y los grifos. Recuerdo aquella pila misteriosa, cubierta por una plataforma de madera bajo la que palpitaba en secreto el agua, y las casetas de los baños y retretes en galería, como los de un internado. En la cocina, honda como la de un convento, el filtro para purificar el agua ocupaba un lugar principal y la estufa enlozada relucía en su blancura; y había una refrigeradora de su invento, con un relleno de polvo de carbón entre el forro de zinc y el cajón de madera, con una trituradora de hielo atornillada en la mesa de al lado.

En su casa abrió una tienda de artículos surtidos, y al lado una botica con medicinas de patente, recetando él mismo a los pacientes de las comarcas con el auxilio de su Cher-Novis; y allí instaló la primera venta de gasolina en bidones de sifón para los pocos automóviles que había en el pueblo.

Fundó la Primera Iglesia Protestante de Masatepe cerca de 1920, cuando debió soportar durante noches las pedreas de los católicos sobre el techo de su casa, donde celebraba los cultos con unos pocos adeptos que se atrevían a desafiar las admoniciones que el Padre Mormeneo lanzaba desde el púlpito, acusándolos de ser acólitos del demonio.

Llegaron a decir que se había hecho protestante sólo para poder educar a sus hijos, varones y mujeres, en el Colegio Bautista, recién abierto en Managua con una planta de profesores norteamericanos. Es cierto que los envió a todos a ese colegio. Allí estudio la secundaria mi madre, en plena ocupación norteamericana, la primera mujer en el pueblo que obtuvo un título de bachiller. Pero aquella acusación no era sino una manera de criticar su empeño por romper con los moldes, porque igual lo tachaban de estrambótico debido a sus invenciones, su manera de vestirse, y su pasión por los artefactos y las máquinas; y lo tachaban de ateo desde antes, porque no creía en el celibato de los curas, si todos tenían familias secretas.

Debió sentirse satisfecho de poder enviar a sus hijos a un colegio moderno, que pertenecía a la misión bautista; pero también porque era un colegio yankee, admirador como era de la civilización que producía el jabón germicida, los fármacos de patente, los insecticidas, las herramientas, los mosquiteros, los motores de explosión, las bombas hidráulicas y los pozos artesianos.

Un retrato que le hicieron en el Estudio Lumington de Managua a la entrada del siglo XX, cuando tenía treinta años, muestra su sonrisa confiada, rasurado desde entonces a ras, y frondoso el bigote, vestido con una camisa sin cuello, cerrada por un botón de cobre. Y hay otra de muchos años después, el pelo a ras, de troncos ya blancos, vestido de saco de dril y camisa de finas rayas, con una corbata de pajarita de las que no era necesario anudarse porque ya venían hechas, atadas a un collar elástico, y suplidas en cartones de media docena, también invento yankee.

Sonríe apenas en esa última foto. Su humor, es el humor tristón y un tanto didáctico de los Mercado, sin mucha gracia en lo que contaban, porque para ellos el mundo era demasiado grave como para perderse en las extravagancias de la risa. Un humor de víctima, más que de victimario, como era, al contrario, el de los Ramírez; el humor pasivo de quien sabe reírse cuando es vencido, como la vez que puso por regla a sus mozos que la fajina de la tarde terminaba cuando pasaran volando en bandada los chocoyos sobre la finca. Cada vez que se nublaba el cielo, si había amagos de lluvia, los chocoyos pasaban volando más temprano y los mozos se apresuraban en irse, sin que él, sonriente al verse cogido en su propia regla, los atajara.

Un self-made-man de manual, consecuencia él mismo de su pensamiento positivista y su amor por la modernidad, de su ingenio y de su trabajo. La finca San Luis, a pocas leguas del pueblo, fue el fruto de su tesón, una extensión de más de cien manzanas enorme allí porque en toda la meseta la tierra se hallaba muy dividida que dedicó al café, los cítricos y el ganado lechero, con una represa levantada donde se encontraban las aguas de dos arroyos, cisternas, pilas para aguar el ganado, patios para beneficiar el café, y la casa de corredores en un altozano. Fracasó el embalse porque pese a su ciencia hizo despalar la propiedad para sembrar potreros, y los arroyos se secaron. Un emprendedor, pero al mismo tiempo, y a su turno, un gamonal de viejo talante, decidido a emplear el puño firme para manejar su casa y su hacienda; otro patriarca, sólo que partidario del progreso como fueron los caudillos liberales de su tiempo, y como lo reflejaron en el ejercicio del poder público.

Apresurado en sus tareas desde el amanecer, el ruido de las espuelas que siempre llevaba puestas denunciaba su paso nervioso por todos los rincones de la casa, del torno de carpintero a la farmacia, de la bodega de herramientas al corral donde él mismo maniataba a las vacas y las ordeñaba, de la cocina al establo para ensillar su caballo.

Y del sino de amores clandestinos de mi abuelo Lisandro, maestro de capilla de la iglesia católica, tampoco se libraba el fundador de la iglesia protestante. El mismo sino del artista tocando variaciones del Carnaval de Venecia en su violín, y el del filósofo práctico perorando sobre el triunfo de la razón; el del compositor signando el papel pautado, y el del inventor dibujando en el anverso del papel de lija. Y no puedo más que verlos quitándose furtivos la ropa en la penumbra, mi abuelo Lisandro sus botines, mi abuelo Teófilo su chaqueta rusa, y la sombra de una cabellera suelta, la silueta de un cuerpo desnudo que espera entre las sábanas ajenas.

Le llevó un día a mi abuela Luisa una niña, su hija, pretextando que era huérfana, y cuando ella descubrió el engaño, airada la devolvió al barrio de Jalata con su madre. Esa hija, la Petrona Pavón, a quien llamaban Petrona Jilinjoche, era la indiaza dicharachera y cordial, de caderas cuadradas y un diente de oro como una joya en su boca, que llenaba de alegría mi casa cuando nos visitaba, y cuyo hijo Zacarillón, enrolado como agente paramilitar con la Guardia Nacional, fue fusilado al triunfo de la revolución.

Adelina, era otra hija suya, que había tenido con doña Maura, a quien recuerdo como una anciana alta y delgada, de ojos gatos, siempre barriendo la puerta de su casa. Mi tía Adelina, la católica más devota del pueblo y abanderada de las Hijas de María, era el vivo retrato de mi abuelo Teófilo, y la única a quien mi padre confiaba la tienda cuando nos ausentábamos en los paseos veraniegos al mar. Fue velada en la casa de mis padres, y enterrada con la cinta celeste de la cofradía en demostración de su castidad.

No fue sino para el nacimiento de mi hermana mayor, Luisa, en 1940, que mi abuelo Teófilo visitó por primera vez a mi madre en su casa de casada. Se había opuesto rotundamente al noviazgo de mis padres, porque le parecía absurdo que una muchacha preparada en el mejor colegio de Nicaragua, en un tiempo en que las mujeres no estudiaban, fuera a casarse con el hijo de un músico, sin profesión ni fortuna. Todos los Mercado se aliaron en contra de mi padre.

Mi padre escogió para su petición de mano la circunstancia menos verosímil: el entierro de dos niños, hijos del doctor Octaviano Sánchez, el farmacéutico que me regaló el pliego de cromos, muertos cuando el automóvil en que subían desde la laguna de Masaya, en el fondo del cráter, se despeñó en el precipicio.

Se armó de valor y se aparejó a mi abuelo, cuando la procesión alcanzaba ya el cementerio, y como se lo habían advertido mis tíos Ramírez, lo que obtuvo fue una negativa cortante. Al día siguiente, mi abuelo Lisandro fue citado perentoriamente por mi abuelo Teófilo para que se presentara en su casa, ante la consternación de todos sus hijos, pues nada bueno podía esperarse de aquella entrevista. Sólo lo había buscado antes una vez: para hacerlo prosélito de la candidatura de su maestro, el doctor Luis Felipe Corea, de la que mi abuelo Lisandro se ausentó con desdén.

Se vistió con su traje de casimir, el de las funciones religiosas, y se fue a la cita. Lo recibió en compañía de dos de sus hijos, Eliécer, el mayor, y Gustavo, que llevó la voz cantante. Regresó humillado, después de escuchar toda suerte de amenazas. Pero aquel avatar tan amargo no abatió a los novios, que fueron a casarse en la clandestinidad en Managua, donde mi madre trabajaba para entonces como profesora de la Escuela Normal de Señoritas que dirigía doña Chepita Toledo de Aguerri.

Lo arreglaron todo para el sábado 8 de julio de 1939, pero la ceremonia se frustró porque Monseñor Lezcano y Ortega, que como arzobispo de Managua era el único que podía efectuar la boda de un católico y una protestante, se negó cuando mi madre, que no había tenido inconveniente en casarse bajo el rito católico, se resistió a renunciar a su fe bautista, como el arzobispo le exigía. Mi padre, andando con sus grandes trancos, se llevó a la novia del brazo. En la puerta se cruzaron con el padre Quico Salazar, un cura de León que había vivido en la misma pensión con mi padre en Diriamba, en sus tiempos de vigilante del depósito de tabaco, y con quien se disputaba los favores de la muchacha que les servía la comida. Enterado de lo sucedido, los hizo arrodillarse y les dio una furtiva bendición, y eso fue todo.

Este mismo arzobispo, académico de la lengua, y que goza de veneración entre la vieja población de Managua, al grado que un barrio populoso lleva su nombre, fue quien en esa misma década de los cuarenta coronó reina de la Academia Militar a Lilliam Somoza, en una fastuosa ceremonia celebrada con el acompañamiento de todo el cabildo eclesiástico, en el altar mayor de la catedral metropolitana.

Mi padre alquiló una casa a media cuadra del parque central, y allí abrió también su primera pulpería. Mi madre despachaba los granos sentada en un banquito, agobiada por el peso de su barriga, porque esperaba ya su primer hijo, mientras él se ausentaba a caballo por las comarcas, comprando cereales de futuro, igual que lo había hecho Sandino. Nació mi hermana Luisa en abril de 1940, y fue entonces que mi abuelo Teófilo, rompiendo su porfía, se presentó con mi abuela Luisa.

Tenés que construir tu propia casa le dijo a mi padre en son de reconciliación. Hasta los pájaros empiezan por hacer su propio nido.

Ya en sus últimos años, imposibilitado de montar a caballo o caminar distancias, se hacía llevar a San Luis en un taburete amarrado con correas al camastro de la carreta de bueyes, una lenta procesión por los caminos vecinales entre nubes de polvo; y una vez en la finca, hacía que bajaran el taburete, y desde allí dirigía los quehaceres. Antes de morir llamó a mi padre junto a su lecho para pedirle perdón por haberlo rechazado, y mi padre recibió aquella solicitud con más azoro que otra cosa.

Murió un miércoles, el 13 de septiembre de 1950, asistido por mi tío Francisco, su hijo médico que vino expresamente de México donde ya vivía. Recuerdo su cama de enfermo, llevada desde el hospital Bautista de Managua, y los tanques de oxígeno herrumbrados que era necesario traer por avión desde Panamá. Recuerdo el silencio que se imponía en toda la casa, y sólo se oía el palpitar del agua de la pila bajo el tablado de madera. Recuerdo a mi madre cerrando apresuradamente las puertas de la tienda cuando mi tío Ángel llegó por ella porque se acercaba el fin, mi padre de compras en Managua. Y recuerdo el vago orgullo de ir delante del ataúd de zepelín que crujía a cada paso, en mis manos un ramo que me empapaba la camisa de cuello duro. Lejos, volaba en el atardecer una bandada de chocoyos.

La jirafa embarazada

Sergio Ramírez Mercado

Para Carlos, Alejandro, Luciana, y Andrés.

El circo entró en dificultades después que un ciclón se llevó la carpa que se fue volando sobre el lago, y las funciones tuvieron que hacerse a partir de entonces a la luz de la luna. Además, la gente estaba pobre, y aunque se rebajó el precio de las entradas no muchos asistían, y los gastos eran considerables. Había que pagar sus sueldos a los músicos, trapecistas, malabaristas, payasos y bailarinas, darles de comer, y dar de comer a los animales.
Sólo la mujer más gorda del mundo se comía una arroba de carne al día, y a falta de carne se puso flaca como un fideo. Otro tanto se comía el león, rey de la selva; pero como lo tenían racionado, el león empezó a perder su cara fiera y ya no asustaba a los niños. Los monos acróbatas sufrían sino tenían sus bananos para el desayuno y al final del día aullaban de hambre, y sacaban la mano por entre los barrotes de sus jaulas pidiendo al que pasaba que les diera algo de comer, con cara de limosneros.
Los tigres de Bengala daban lástima de tan flacos, y las barrigas les rugían de necesidad. Ya no se diga los payasos, a los que les sonaban las tripas en media función, y la gente se reía creyendo que eran gracias suyas, pero eran más bien sus barrigas que reclamaban comida, igual que las barrigas de los tigres.
El fakir, a pesar de que los fakires no comen mucho, se quería comer hasta los clavos de su cama. Y una noche que el domador se desmayó de hambre mientras tenía metida la cabeza entre las fauces del león, el león, de tan débil que se hallaba, no se animó a darle ningún mordisco. Todo aquello era una calamidad.
Entonces llegó el día en que el circo quebró por fin. Los artistas cogieron cada uno su camino, y no fue fácil hallar quien se hiciera cargo de los animales. La cabra matemática, que sabía contar hasta veinte, no tuvo problema en hallar un hogar sustituto, lo mismo que los monos, que eran graciosos y se comportaban con respeto y educación. Los leones y los tigres fueron llevados al zoológico, y lo mismo ofrecieron hacer con la jirafa. Porque el circo tenía una jirafa, que era la principal atracción.
Por qué era la principal atracción no se sabe, pues la jirafa no sabía hacer nada más que estarse parada en su corral, estirando el pescuezo, y mirando al mundo desde muy arriba. De manera que nunca entraba a la pista del circo a la hora de la función, como los demás animales, que hacía cada uno su número: el tigre de Bengala saltaba por un aro de fuego, el león rey de la selva se subía de un salto a un taburete, los monos hacían piruetas en el trapecio, y la cabra matemática, ya se sabe, contaba hasta veinte.
Pero la jirafa no fue a parar al zoológico, como se va a ver. Había una señora muy buena llamada doña Laura, que hacía tortillas, y fue la única que quedó fiándole tortillas a los artistas del circo, ya cuando nadie les daba nada al fiado porque no tenían con qué pagar, y así por lo menos comían tortilla con sal. Y a la hora de quebrar el circo el dueño tenía pendiente una gran cuenta con doña Laura.
Y ocurre que doña Laura tenía un niño llamado Juancho, que era el encargado de repartir las tortillas, y le dijo el dueño del circo: “Sé que le debo mucho por las tortillas a tu mamá, y como no hay dinero con que pagarle, decile por favor que escoja del circo lo que más le guste: una jaula, un trapecio, una cuerda de equilibrista, un vestido de payaso. O un animal”.
Y Juancho, que cada vez que llegaba al circo a dejar las tortillas se quedaba frente al corral de la jirafa, que era su preferida, y la jirafa también se sentía a gusto con él, de manera que se trataba de una gran amistad entre los dos, le dijo al dueño del circo:
“Mi mamá escoge la jirafa”.
“¿Estás seguro de eso, sin haberle consultado?”, preguntó el dueño del circo.
“Ella misma me lo dijo antes de salir para acá, que si estaban repartiendo los animales en pago por las deudas, ella escogía la jirafa”, contestó Juancho.
No era cierto, la mamá de Juancho nada sabía de reparto de animales, ni de jirafa. Pero el dueño del circo, que así hallaba un alivio, porque le pesaban las deudas y sólo quería volverse pronto a su país, dijo:
“Así sea entonces”, y abrió la puerta del corral, y entregó a Juancho el cordel que colgaba del cuello de la jirafa.
Cuando Juancho cogió calle jalando a la jirafa por el cordel, ella se veía muy contenta de irse con su amigo, y consideraba una gran aventura salir del corral donde pasaba aburrida.
Pero quien no iba tan contento era Juancho, que hasta ahora se hacía cargo de su mentira. Y mientras una gran pandilla de muchachos curiosos se ponía detrás de la procesión que formaba con la jirafa, iba creciendo su aflicción. ¿Qué diría a su mamá, doña Laura, a la hora de aparecer en la casa con la jirafa? La casa era muy pequeña y muy humilde, y no iba a alcanzar allí jirafa ni nada. ¿Dónde iba a meterla? El único sitio era el patio, que era un patio chiquito, donde había sembrados un palo de mango y un papayo.
Y doña Laura, que vivía pendiente de Juancho, había salido a media calle a esperarlo, y cuando lo divisó venir jalando la cuerda que traía amarrada al pescuezo la jirafa, y detrás el muchachero, se asustó, y corrió a su encuentro.
“¿De donde has sacado ese animal?”, le preguntó, secándose las manos en el delantal.
“Me lo saqué en una rifa” contestó Juancho.
Qué mentiroso Juancho. Primero iba a decir que el dueño del circo se la había dado en pago de las tortillas, lo que no dejaba de ser verdad, pero luego se arrepintió, porque entonces doña Laura iba a devolver la jirafa, diciendo que no quería ningún pago en forma de aquel animal desconocido y tan extraño.
Como si se diera cuenta del problema que se presentaba, y del riesgo que corría de que la devolvieran a su antiguo dueño, la jirafa bajó la cabeza desde la altura donde la tenía, y muy cariñosa le dio un lenguetazo en el cachete a doña Laura. Y consiguió lo que quería, porque doña Laura se rió.
“¿Y qué come ella?”, preguntó.
A la jirafa le gustó que aquella señora la llamara esta vez “ella”, y no dijera “¿qué come este animal”?
“Come zacate fresco, hojas de papayo, y hojas de mango, porque es una especie herbívora”, contestó Juancho, dándoselas de sabio según lo aprendido en la escuela, y fijándose que eran ésos los palos que había en el patio de su casa.
“¿Y cómo se llama?”, preguntó doña Laura.
“Me parece que no tiene nombre”, dijo Juancho.
“Vamos a ponerle entonces Managua”, dijo doña Laura, “para que así tenga el nombre de nuestra ciudad capital”.
Mientras tanto la multitud de muchachos que había acompañado a la jirafa desde el circo aumentaba ahora con más muchachos del barrio, y los vecinos salían a la calle y preguntaban a doña Laura por aquella adquisición, y ella respondía a todos, orgullosa, que como Juancho era suertero, se la había sacado en una rifa de animales del circo, pues no tenía idea ella si aquel circo había quebrado o no había quebrado debido a la pobreza.
Y mientras doña Laura recibía las felicitaciones, Juancho hizo pasar al patio a la jirafa, atravesando con ella la tranquera, y pronto se vio desde cualquier parte del barrio su gran pescuezo asomar por encima de los techos, y la cara de felicidad con que desde las alturas ella contemplaba todo, mientras los vecinos se acercaban a llevarle zacate picado, hojas de toda clase, tallos frescos, y hasta flores para que comiera.
Nunca en su vida se sintió mejor la jirafa, mimada y admirada, y dándose a cada rato banquetes de alta categoría con todas aquellas hojas.
Y llegaron las vecinas de doña Laura a visitar a la jirafa, y una de ellas, que era comadrona de oficio, dijo palpándole la panza:
“Se me hace que esta señorita está embarazada”. “¿Cómo puede ser semejante cosa si no tiene compañero?” dijo doña Laura.
Y preguntó entonces a Juancho, muy alarmada:
“¿Quedó en el circo una jirafa macho?”
Juancho respondió que no, que en el circo no había ningún otro animal que fuera jirafa macho, más que los monos acrobáticos, el tigre de Bengala, el león africano rey de la selva, y la cabra matemática. Y doña Laura le ordenó que fuera de inmediato al circo a averiguar aquel misterio. Y todos quedaron muy intrigados esperando su regreso.
Fue, y averiguó, y dio el correspondiente informe: el dueño del circo, que ya se subía en un bus que lo llevaba a la frontera con Honduras, le confesó que era cierto, que en el circo había existido, hasta su anterior parada en Costa Rica, una jirafa macho, pareja de la ahora llamada jirafa Managua; pero que por las mismas dificultades de todos sabidas, se había visto en la necesidad de vender al compañero.
Y así fue que vino al mundo en Managua, la ciudad capital, bajo los cuidados de la comadrona, la jirafa Managüita, hija de la jirafa Managua, que Juancho no se sacó en una rifa, sino que recibió en pago por la deuda que ya sabemos.
Y desde entonces Managüita lo acompañaba a entregar las tortillas de casa en casa, muy alegre y retozona, y también a la escuela, donde Juancho se lucía poniéndola de ejemplo a la hora de responder a las preguntas del profesor sobre los animales herbívoros.

Abbott y Costello

Sergio Ramírez Mercado

1. Los hechos

Natividad Canda Mairena, de veinticinco años de edad, murió la madrugada del jueves 10 de noviembre del año 2005 destrozado por dos perros rottweiler que lo atacaron a mordiscos. Los brazos, los codos, las piernas, los tobillos, el abdomen y el tórax resultaron desgarrados. Las heridas en los codos y tobillos fueron tan profundas que dejaron ex-puestos los huesos. Cuando después de cerca de dos horas de hallarse a merced de los perros fue al fin liberado, sus palabras habrían sido, según testigos, «échenme algo encima que tengo frío», o «échenme una cobija que tengo frío». Tiritaba de manera incontrolable. Llegó aún con vida al hospital Max Peralta de la ciudad de Cartago, pero falleció minutos después de haber ingresado a la sala de emergencia a consecuencia de la abundante pérdida de sangre. A eso de las 12.20, pasada la media noche, Canda había saltado de manera furtiva el muro perimetral de las instalaciones del taller de auto mecánica La Providencia, situado en La Lima de Cartago, cerca del puente de Los Gemelos, en compañía de Carlos Andrés Rivera, alias «Banano», con intenciones de robar, según el reporte policiaco. Los dos animales se concentraron sólo en atacar a Canda, pues Rivera consiguió huir saltando otra vez el muro. Fue capturado posteriormente y llevado a la cárcel de Cartago. Juan Francisco Picado, guardián de turno, fue quien liberó a los perros cuando se dio cuenta de la presencia de extraños. «Por lo general se les deja sueltos desde las nueve, pero esa noche se esperaba la llegada de un camión que debía ser repara-do al día siguiente, y por eso permanecían en cerrados en su jaula», dijo. Requerido por teléfono, el dueño del taller, Alejo Sanabria, se presentó cerca de las 12.40 a. m., pues tiene su casa de habitación en la vecindad. Como veinte minutos después, hacia la una de la madrugada, se presentaron a bordo de dos camionetas de tina ocho agentes de la Fuerza Pública. El sargento Feliciano Ortuño, jefe de la patrulla, declaró que estudiaron la situación y resolvieron no disparar contra los perros porque temían herir a Canda; lo mismo afirmó Manuel Goyzueta, el otro de los guardas de seguridad, quien mostró a los periodistas jirones del pantalón de la víctima: «hice seis disparos al aire para asustarlos, pero pasó todo lo contrario, se enfurecieron más». Uno de los perros se llama Abbott, el otro Costello. Según Goyzueta, fue Abbott el que atrapó a Canda y lo arrastró una distancia de 25 metros. El intento de rescate por parte de la Cruz Roja y del Cuerpo de Bomberos no empezó sino a la 1.40 de la madrugada. Según el socorrista Andrés Quirós, se utilizó un total de 3.786 litros de agua a presión, y fue gracias al poder de las mangueras que los perros por fin retrocedieron.
 
Los dos rottweiler volvieron a la jaula por sus propios pasos después que Canda fue llevado al hospital, y quedaron encerrados de nuevo. Cada uno tiene un costo aproximado de quinientos dólares, según peritos consultados. El Ministerio de Salud de Costa Rica decidió que no serían sacrificados, luego de verificar que no padecían de rabia. La licenciada Valentina del Socorro Camacho, veterinaria y experta en conducta animal, explicó el motivo por el que los rottweiler no obedecieron las órdenes de detenerse, una vez que tenían cercada a la víctima. «Los perros se hallaban fuera de control, pues cuando atacan en jauría se acentúa en ellos el instinto de atrapar a la presa. Cuando se enfrenta el ataque de dos o más animales de esa clase, no hay probabilidades de sobrevivir». Hay un video que alguien tuvo tiempo de tomar, donde se registra el ataque. Puede verse en YouTube, http://www.youtube.com/watch?v= YKrqZpD6VmI. Ambos animales son de color negro, la piel lustrosa, y a luz de un fuerte foco que dispersa la oscuridad de la noche, se afanan sin descanso encima del cuerpo de Canda tendido sobre la hierba crecida, mientras un hombre de chaqueta marrón, que bien puede ser uno de los guardas del taller, o el dueño, permanece de espaldas a unos pocos pasos. Luego el cuerpo es arrastrado de un lado a otro por los perros, y más luego uno de ellos está ocupado en clavar sus colmillos en la víctima, en tanto el otro vigila con la cabeza enhiesta. No se sabe cuál es Abbott y cuál es Costello. El hombre de la chaqueta marrón se mantiene en escena, siempre de espaldas.
2. El occiso
Natividad Canda Mairena nació el 13 de agosto de 1980 en Chichigalpa, departamento de Chinandega, en el occidente de Nicaragua, donde las temperaturas en tiempo de verano alcanzan los40 ºC. Son las tierras más fértiles del país, situadas en una planicie que se extiende entre la cordillera volcánica de los Maribios y la costa del océano Pacífico, aptas para el cultivo de la caña de azúcar, el maní, la soya, el banano y el ajonjolí. Antiguamente se sembraba también algodón, cultivo que envenenó sin remedio las fuentes de agua, pues los sedimentos de los insecticidas penetraron el manto freático, de modo que hasta la leche materna se halla contaminada de toxaclorofeno. Su familia vive actualmente en el reparto Modesto Palma de Chichigalpa. Natividad era el menor de nueve hermanos y permanecía soltero. Su padre murió debido a una deficiencia renal crónica, provocada por la constante deshidratación a que se someten los cortadores de caña de azúcar que realizan su trabajo a pleno sol, y después que los cañaverales han sido quemados, con lo que la temperatura sube aún más. La responsabilidad de sostener la casa quedó en manos de su mujer Juana Francisca Mairena. Para poder mantener a sus hijos trabajó también cortando caña como cualquiera de los hombres delas cuadrillas, y como empleada doméstica, cocinando, lavando y planchando. En 1993 dos de ellos, Antonio, de veinte años, y Natividad que tenía entonces trece, decidieron buscar fortuna en Costa Rica, igual que otros miles de emigrantes ilegales. Según su hermano César Augusto, Natividad fue deportado varias veces pero siempre volvía a atravesar la frontera por los puntos ciegos que conocía como la palma de su mano. Para él eso era como un deporte. «Qué me voy a quedar haciendo aquí si sólo voy a ser una boca más que alimentar», les decía en cada ocasión que regresaba sólo para volverse a ir. Lo buscaban al amanecer, y ya no estaba. Era terco de carácter. «La verdad es que en Nicaragua, además de que no abunda el trabajo, se gana una poquedad. En Costa Rica hay mejores salarios, y la gente se va con esa esperanza», agrega César Augusto, cortador de caña igual que sus padres, y quien, mientras no empieza la zafra en el ingenio azucarero vecino, pasa todo el día, como él mismo dice, «sosteniéndose la quijada». Juana Francisca Mairena tenía sesenta y ocho años a la muerte de Natividad. Enjuta, encorvada, oscura de piel como si el sol la hubiera consumido y calcinado, las rudezas de la vida la hacen parecer más vieja, aunque son pocas las canas en su pelo. Cuatro de sus hijos, Margarito Esteban de treinta y ocho años, César Augusto de treinta y seis, Juana Francisca de treinta y cinco, y María Esperanza de treinta y dos, viven en la misma calle del reparto. La calle carece de pavimento y tiene más bien el aspecto de un cauce de lluvia donde crece libremente la maleza. Tras muchos trámites la familia consiguió que los restos de Natividad fueran repatriados. Juntando a como pudieron los centavos, la madre viajó a traerlos. Llegaron en un ataúd recubierto de peluche color gris. Al cumplirse el primer aniversario de su muerte se celebró una misa en la parroquia de San Blas. A esa fecha, tanto la madre como las hermanas guardaban aún riguroso luto. «Nunca estuvo solo, pero lo dejaron morir, dos horas enteras con esas dos fieras despedazándolo y nadie quiso quitárselas de encima, vea qué pecado», dice su hermana María Esperanza mientras sacude con desconsuelo la cabeza, sentada en una silla tejida de plástico en la vivienda de su madre. Es una casa forrada de tablas a la que se llega subiendo un barranco. A través de las rendijas de las tablas se escapa el humo del fogón de la cocina. Por ese barranco bajó el ataúd de peluche para ser llevado al cementerio de Chichigalpa, cargado por los vecinos. Se dieron cuenta del suceso por una llamada telefónica de Antonio, que trabaja en un supermercado de San José. Nada más les comunicó que Natividad estaba muerto, pero no se atrevió a decirles que había sido destrozado por unos perros. Eso no lo supieron hasta que vieron las imágenes que estuvo pasando la televisión en Nicaragua. «No podíamos creer que fuera él ese muñeco de trapo que los perros zarandeaban de aquí para allá a su placer», dice María Esperanza. «Mi hermano le tenía pánico a los perros», agrega. «El temor le quedó desde pequeño, cuando un animal que parecía manso, un pastor alemán, lo mordió en la cara y lo dejó marcado con una cicatriz. El perro estaba amarrado en la puerta de lacasa de uno de los técnicos de las calderas del ingenio, y él se acercó con toda inocencia a hacerle ju-garretas. Natividad andaba entonces en los ocho años, acababa de dar su primera comunión en la iglesia de San Blas. Esa vez, mi mamá lo llevó después de la misa al parque de Chichigalpa para que un fotógrafo ambulante le tomara una foto, vestido de blanco y con su gran candela en la mano, más grande que él.» «A mi mamá le dijeron unos vecinos del taller que mientras los perros revolcaban y mataban tarascadas a mi hermano, unos policías de los que habían llegado se quedaron viendo la escena de lejos, y otros se volvieron a la radio patrulla donde se pusieron a oír radio», dice otro de los hermanos, Margarito Esteban, y dice también: «cuando publique esto haga constar que le estamos muy agradecidos al licenciado Sotela, el abogado que hizo la acusación sin cobrar un centavo, viendo la pobreza de mi mamá». Harold Fallas, un amigo costarricense de Natividad, recuerda que éste solía dormir debajo de los puentes, o donde le cogiera la noche, y para que nadie fuera a denunciarlo como indocumentado se fingía tico al hablar, y decía que su familia era de Tres Equis de Turrialba. En Los Diques de Cartago, donde vivió un tiempo, le decían Nati. «Era tranquilo, nada pendenciero», afirma Bautista Lagos, un vecino del lugar. Según información judicial reunida por el diario La Nación, sólo en el año 2005, el mismo de su muerte, Natividad había comparecido ocho ve-ces ante los tribunales de justicia, señalado como sospechoso de saqueo se vehículos, robo de electro domésticos en domicilios particulares, asaltos en la vía pública, posesión y consumo de drogas, y sus-tracción de cables del tendido eléctrico y telefónico.
3. El shock hipovolémico

Fue ya cuando yacía en la tina de una de las dos camionetas de la Fuerza Pública en que iban a transportarlo al hospital de Cartago, que Natividad Canda dijo: «échenme algo encima que tengo frío», o «échenme encima una cobija que tengo frío». Según el dictamen médico legal fueron 197 las mordeduras identificadas en su cuerpo. Cuánta sangre puede es-caparse a través de tantas heridas provocadas por col-millos afilados, en un espacio de casi dos horas, sin ninguna clase de interrupción, es algo que no puede determinarse, pero, en todo caso, resulta más que suficiente para causar un shock hipovolémico. El shock hipovolémico se da cuando el cuerpo ha perdido una quinta parte o más del volumen normal de la sangre, y uno de sus principales síntomas es la intensa sensación de frío a causa de la hipotermia profunda, la cual consiste en el descenso de la temperatura corporal por debajo de 31 ºC. Ya para entonces la capacidad de bombeo del corazón se encuentra gravemente debilitada, y el funcionamiento de otros órganos vitales se ha entorpecido. Además del intenso frío, se produce un estado de ansiedad al extremo de la angustia, agitación y con-fusión de los sentidos, temblor incontrolable, y luego debilidad general y pérdida de la coordinación, somnolencia, disminución del ritmo respiratorio y del pulso, hasta llegar al letargo, al estado de coma, y a consecuencia de la baja actividad celular, a la muerte clínica, y de allí a la muerte cerebral.
4. Los perros

El rottweiler macho pesa por lo regular entre 110 y 120 libras, y mide entre 61 y 68 centímetros desde la cabeza, que es de gran tamaño, hasta la cruz. Tiene una constitución musculosa, cuello también musculoso, de longitud moderada, hocico corto y férreas mandíbulas. La fuerza de su mordida es de 300 libras en el radio de la boca. Está armado de 42 dientes, con cierre en tijera, de modo que los incisivos superiores cubren sin fisuras los inferiores. Su nariz es bien desarrollada, más ancha que redonda, con fosas nasales relativamente amplias, la trufa siempre negra. Los ojos son de tamaño medio, en forma de almendra, de color castaño oscuro, y las orejas caídas, triangulares y muy separadas. Si tiene papada o piel colgante en la garganta, es un mal ejemplar. Se le suele cortar la cola cuando cachorro, dejando tan sólo una o dos vértebras, si bien el estándar de la Federación Canina Internacional (FCI) prohíbe la amputación total de la misma. Aunque el rottweiler es propio para defensa y protección, los manuales de crianza y uso lo describen como amistoso, alegre, tranquilo, fiel, obediente, dispuesto al aprendizaje y al trabajo en diversas tareas. En las tablas de clasificación de raza canina según el grado de agresividad, no se encuentra entre los diez primeros, pero sí se halla entre los diez más inteligentes, criaturas perspicaces y con buen discernimiento. La FCI los consideran ideales como guardianes de la familia y de la propiedad.
5. Reconstrucción de los hechos
La noche del viernes 25 de noviembre del 2005, las autoridades judiciales llevaron a cabo la reconstrucción de los hechos en el predio del taller de automecánica La Providencia. Participaron unas cuarenta personas entre jueces, fiscales, técnicos forenses, expertos en balística y planimetría, abogados de las partes, miembros del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), los policías de la Fuerza Pública involucrados, así como los socorristas de la Cruz Roja y los miembros del Cuerpo de Bomberos que al fin realizaron el rescate. Dos perros rottweiler amaestrados hicieron las veces de Abbott y Costello, los que en ningún momento abandona-ron su jaula mientras duró el procedimiento, y un maniquí hizo las veces de Canda, vestido con ropas parecidas a las que éste llevaba al momento del ataque. Su compañero Carlos Andrés Rivera, alias «Banano», participó él mismo en la representación, lo mismo que el dueño del taller, y los dos vigilantes de turno. El objetivo definido por el fiscal del caso, licenciado Pablo de Jesús Peralta, para solicitar al tribunal competente la reconstrucción de los hechos.
En el propio lugar en que acaecieron, fue determinar si mientras Canda estuvo sometido a la agresión de los perros, las personas que en uno u otro momento se hallaban presentes estuvieron en la posibilidad real de hacer algo efectivo para alejarlos o neutralizarlos, o si, por el contrario, la extrema agresividad que los mismos mostraban constituyó un impedimento insalvable para llevar adelante cualquier iniciativa, incluida la de hacerles disparos de armas de fuego, y si estos disparos hubieran ido o no en perjuicio de la propia víctima. Los perros, que estuvieron siempre a las órdenes y bajo el cuidado de su entrenador, atacaron al maniquí hasta destrozarlo a mordiscos, mientras las personas involucradas se colocaron en los mismos lugares que declararon tener a la fecha de los sucesos investigados. El procedimiento tuvo menor duración que el de su tiempo real.
6. La sentencia judicial 
El licenciado Fernando Sotela, actuando en representación de la señora Juana Francisca Mairena, viuda de Canda, interpuso el 15 de noviembre de 2005 una querella ante el Ministerio Público de Cartago, mediante la cual acusó por el delito de homicidio simple en concurso de omisión de auxilio al dueño del taller La Providencia, Alejo Sanabria, y a los guardas de turno del mismo, Manuel Goyzueta y Juan Francisco Picado. También acusó de la comisión del mismo delito a los ocho agentes de la Fuerza Pública «por su manifiesta impasibilidad».
Por su parte, el fiscal Peralta solamente introdujo acusación penal por omisión de auxilio en contra de dos de los miembros de la fuerza policial, Gamaliel Urbina y Yader Luna, «quienes pese a la urgencia de los hechos se alejaron hacia una de las radio patrullas y se dedicaron a conversar, a tomar café de un termo, y supuestamente a escuchar un programa musical en la radio». El Tribunal de Justicia de Cartago, compuesto por las juezas Maribel Zeledón, Clarisa Chan y Rosaura Pacheco, mediante sentencia firme dictada a las diez de la mañana del 14 de enero de2006, por mayoría de dos votos contra uno eximió de responsabilidad penal al dueño del taller, Alejo Sanabria, y a los guardas de seguridad del mismo, Manuel Goyzueta y Juan Francisco Picado, así como a los ocho agentes de la Fuerza Pública, desestimando en todas sus partes la acusación entablada en contra de cada uno de ellos. El voto contrario, debidamente razonado, correspondió a la jueza Maribel Zeledón, quien señaló diversas inconsistencias y contradicciones jurídicas en el fallo de mayoría: «se tomó en cuenta como fundamento de la sentencia el dictamen pericial de un médico veterinario, quien afirmó que el salto de un perro rottweiler es más rápido que la velocidad de un disparo, por lo que, según ese criterio, resulta imposible que una bala lo alcance mientras se halle en movimiento, aseveración a todas luces absurda que busca justificar la pasividad de quienes tenían el deber de disparar contra los animales enfurecidos y no lo hicieron, ya que una bala de pistola, como las que utiliza la Fuerza Pública, viaja a 340 m/s, una velocidad parecida a la del sonido, que en la atmósfera terrestre es de 343,2 m/s, y que ningún animal por raudo que sea puede nunca alcanzar».

7. Punto final 
El acta forense anota que en la morgue del hospital de Cartago fueron retiradas del cuerpo del occiso las siguientes prendas de vestir: «un par de zapatos deportivos de color blanco en mal estado, un par de calcetines verdes, un pantalón jean con considerables desgarraduras, un cinturón de vaqueta, una camiseta de algodón color celeste con logo de Cáritas Internacional, todas con copiosas manchas de sangre». En la misma acta se registra que en uno delos bolsillos traseros del pantalón se encontró una cartera de material plástico que contenía tres billetes de cincuenta colones cada uno, una tarjeta de prepago para llamadas telefónicas, y, doblada en dos, la foto bastante apagada de un niño que sostiene una candela de primera comunión.
Managua, enero 2012

La puerta Falsa

Sergio Ramírez Mercado

Cuando Amado Gavilán subió al encordado del Staple Center en Los Ángeles la tarde del 28 de mayo del año 2005, iba a cumplir con una pelea de relleno pactada a ocho asaltos contra el filipino Arcadio Evangelista, invicto en la categoría de los pesos mini mosca. Era el tercer match de una larga velada que culminaría a las diez de la noche con el estelar en que Julio César Chávez, el más famoso de los boxeadores mexicanos, ganador de 5 títulos mundiales en 3 categorías diferentes, se enfrentaría al welter Ivan “Mighty” Robinson en lo que sería su histórica despedida del boxeo.
Muy pocos habían oído hablar de Amado Gavilán, mexicano igual que Chávez pero lejano a la fama que cubría con su cálido manto a su compatriota. A los 42 años y a pocos pasos de su retiro de las cuerdas, el pentacampeón Chávez era dueño de un impresionante récord de 108 combates ganados, 87 de ellos por nocaut, y por eso mismo aún era capaz de colocarse como preferido en las quinielas de los apostadores, y recibir los dorados frutos de un contrato de televisión pay-per-wiew costa a costa, como esa noche.
 
Por el contrario, el magro manto que cubría a Gavilán era el anonimato. Apenas un año menor que Chávez, su récord enseñaba que había subido 41 veces al cuadrilátero para perder en 32 ocasiones, 14 de ellas por nocaut. No tenía nombre de guerra, y nunca se le ocurrió adoptar uno, digamos Kid Gavilán, como alguna vez le propuso su entrenador ad honorem Frank Petrocelli. Su apellido le daba pleno derecho a algo semejante, pero hubiera sido una especie de sacrilegio porque ya había un Kid Gavilán en la historia del boxeo, el legendario campeón cubano de los pesos welter que en verdad se llamaba Gerardo González.
 
Para despreciar un nombre de guerra y brillar igual, se necesitaba ser Julio César Chávez. Alguna vez un cronista deportivo de El Sol de Tijuana había llamado a Gavilán “el caballero del ring”, porque su carácter apacible fuera de las cuerdas, suave de trato y de modales, parecía acompañarlo cuando subía a la tarima, lo que hacía de él un peleador comedido, de ninguna manera un matador dispuesto a cobrar la victoria con sangre. Pero nadie iba a ponerlo en el cartel de una pelea como “el caballero del ring”. Otra de sus desventajas era pertenecer a la división de los pesos mini mosca, apenas 108 libras, donde por naturaleza escasean las luminarias y hay poco heroísmo en los combates. Si ya el mismo nombre de mosca es degradante, mini mosca viene a ser aun peor. Conviene ofrecer un poco más de su historia.
 
Amado Gavilán había nacido en Hermosillo pero desde niño se trasladó con sus padres a Tijuana donde sigue viviendo en compañía de su hijo Rosendo Gavilán, un muchacho locuaz y despierto que aspira a ser comentarista de boxeo en la radio. La suya es una de esas casas de ripios, coronadas con llantas viejas para que el viento que sopla del mar no se lleve los techos de hojalata, que van ascendiendo por las alturas calvas de los cerros pedregosos al borde mismo de los barrancos usados como vertederos de basura y se halla propiamente detrás del cañón de los Laureles, al lado de la delegación Playas de Tijuana. El lugar se llama Vista Encantada y la calle, Calle de la Natividad.
 
Preguntado acerca de su madre, el joven Gavilán dice: “ambos somos solos en la vida y no sé nada de mi madre Lupe más que un cuento vago de mi padre acerca de que un día tomó su petaca y se regresó para Ensenada, de donde había venido, y que ese día que se marchó de madrugada llevaba puesto un vestido de crespón chino estampado con hartas azaleas”.
 
Amado Gavilán fue por algunos años oficial de carpintería en la fábrica de cunas Bebé Feliz de la avenida Nuevo Milenio, a cargo de una sierra eléctrica, pero era un trabajo que no le convenía según consejo de su entrenador Petrocelli, por el asunto de que cualquier desvío de la sierra al pasar el listón de madera bajo la rueda dentada podía volverlo inútil de las manos, y entonces se empleó como hornero en la pizzería Peter Piper de la plaza Carrusel, que tampoco le convenía por los cambios de temperatura capaces de arruinarle los pulmones, y luego como lavaplatos en el restaurante Kalúa del boulevard Lázaro Cárdenas, pero otra vez Petrocelli le advirtió que seguía corriendo riesgos al mantener las manos metidas en el agua caliente aun con los guantes de hule puestos, riesgos de artritis que lo dejaría lisiado de los puños.
 
Encontró entonces lugar en un conjunto de mariachis que buscaba clientes a la medianoche en la plaza Santa Cecilia, a cargo de la vihuela que había aprendido a tocar de oídas, pero de nuevo había una objeción, los desvelos. De manera que su hijo Rosendo estuvo decidido a dejar la preparatoria y aceptar el puesto que le ofrecían en una carnicería para que Gavilán pudiera entrenar sin preocupaciones pero todo se saldó cuando Kid Melo, un boxeador retirado, le ofreció trabajo como sparring en su gimnasio de la colonia Mariano Matamoros, donde de todos modos entrenaba.
 
“Petrocelli vive en San Diego, y por muchos años se fajó al lado de mi padre sin pensar en fortuna, viniéndose cada noche en su bicicleta por el paso fronterizo de San Ysidro hasta el gimnasio de Kid Melo para las sesiones de entrenamiento”, afirma el muchacho. “Kid Melo no le cobraba a mi padre el uso del gimnasio desde antes de emplearlo de sparring, ni tampoco Petrocelli le cobraba nada por sus servicios. Tenían fe en él. Creían que simplemente no le había llegado su oportunidad, y que la tendría, a pesar de los años”.
 
Rosendo es capaz de responder con la frialdad profesional del comentarista que quiere ser, acerca de las cualidades de Gavilán como boxeador: “mi padre era de aquellos a los que un promotor llama a última hora para llenar un hueco en el programa, sabiendo que se trata de alguien en buena forma física, pero incapaz de amenazar a un oponente de categoría. Sonreír caballerosamente al chocar guantes con el adversario cuando va a empezar la pelea, no ayuda para nada en la fiesta infernal del cambio de golpes que se viene apenas suena la primera campanada”.
 
Menudo y fibroso, Gavilán parecería un niño de primera comunión si no fuera por el rostro que acusa la intemperancia de años de castigo, mientras el hijo lo dobla en peso y estatura. Empezó a pelear ya tarde en los cuadriláteros de barrio de Tijuana en 1993, y perdió cuatro peleas de manera consecutiva, dos veces noqueado en el primer round. Dos años después recibió sus primeros contratos en San Diego y otras ciudades fronterizas de Estados Unidos, y perdió cinco veces en fila, tres por nocaut, o por nocaut técnico. Pero lo seguían contratando. Un hombre decente, esforzado y sin vicios, siempre tiene algún lugar en ese negocio, según el criterio de Rosendo. Por lo regular recibía 2,000 dólares por cada compromiso, que se veían sustancialmente mermados tras el descuento de comisiones e impuestos.
 
Con una bolsa tan reducida no era posible que Gavilán contara con un representante para arreglar sus peleas, y lo hacía él mismo. Petrocelli lo acompañaba cuando la contienda iba a celebrarse en San Diego o en algún sitio cercano, pero cuando había que montarse a un avión, o a un tren, no había para pagar el boleto adicional, ni los días de hotel, de modo que subía al ring con un asistente ocasional, contratado allí mismo. En medio de las estrecheces, Gavilán prefería pagar los gastos de viaje de su hijo a los del entrenador.
 
“Empecé a acompañarlo desde los doce años”, dice Rosendo. “Al principio se me ponía el alma encogida sentado allí en el ring side pensando que iban a causarle algún daño severo, que fueran a dejarlo sordo o ciego, y más bien cerraba los ojos al no más sonar la campana, el golpe de los guantes más fuerte que el griterío en mis orejas, y solamente los abría cuando sonaba otra vez la campana anunciando que el round había terminado y yo me consolaba entonces con ver que había vuelto a su esquina por sus propios pies, y ya sentado en el banquito, mientras le quitaban el protector bucal y lo rociaban con agua, nunca dejaba él de buscarme con la mirada, y me sonreía para darme confianza, aunque tuviera la boca hinchada”.
 
Ya más grandecito entendí que debía quitarme ese miedo que de alguna manera nos separaba, que debía estar siempre con él, con los ojos bien abiertos, aún para verlo caer de rodillas sobre la lona, la mano del referee marcando de manera implacable el conteo de diez sobre su cabeza, como si fuera a decapitarlo. Y aprendiendo a soportar yo los golpes que él recibía, me entró la afición por el boxeo como deporte, y así también teníamos mucho de qué hablar durante los viajes, los records y las hazañas de los campeones universales, quién había noqueado a quién en qué año y dónde, la vez que Rocky Marciano había llorado frente a su ídolo Joe Luis en el hospital adonde lo había mandado tras demolerlo en ocho asaltos, quitándole el cinturón de todos los pesos”.
 
De modo que cuando Amado Gavilán subió al ring en el Staple Center la tarde del 28 de mayo del año 2005, su hijo Rosendo ocupaba un asiento de ring side, con el compromiso de desocuparlo cuando fuera a comenzar la pelea estelar porque el coliseo estaba totalmente vendido, aunque a esas horas la inmensa mayoría de las localidades lucieran vacías.
 
Rosendo también explica cómo surgió el contrato para esa pelea del Staple Center contra Arcadio Evangelista. En el último año y medio, la fortuna de su padre pareció haber dado un modesto vuelco, empezando con la victoria contra Freddy “el Ñato” Moreno en el Paso, Texas, en noviembre de 2005, que se decidió por mayoría de una tarjeta de los jueces. Luego le ganó por nocaut técnico en el tercer round a Marvin “El Martillo” Posadas en Yuma, perdió apretadamente contra Orlando “El Huracán” Revueltas en Amarillo, empató con Mauro “La Bestia” Aguilar en San Antonio, y perdió por decisión contra Fabián “El Vengador” Padilla en Tucson, un boxeador que ganaría luego la corona de la FMB de los pesos ligeros.
 
Evangelista, de 24 años, y con un récord impecable de 16-0, se hallaba previsto para disputar la corona de la WBC en la categoría mini mosca en septiembre de ese mismo año al mexicano Eric Ortiz, y necesitaba una pelea de afinamiento. Primero pensaron en Alejandro Moreno, otro mexicano, pero Evangelista lo había derrotado fácilmente hacía dos años, y querían un mejor rival. Entonces el arreglador de peleas de la empresa Top Rank Inc, Brad Goodman, pensó en Gavilán, que se había convertido en un oponente creíble. Fuera de la mejoría mostrada en sus números entrenaba rigurosamente, mantenía su peso con disciplina, y, ya se sabe, no probaba licor. Además, encontrar un buen candidato en una división escasamente poblada no es tarea fácil.
 
Era la primera vez en su vida que Gavilán aparecía en el Staple Center, todo un premio en sí mismo. Además, iba a recibir una bolsa de cuatro mil dólares, el doble de lo que había ganado siempre, más el hospedaje en un hotel de cuatro estrellas y los boletos de tren desde San Diego. Desde que firmó el contrato se desveló pensando en lo que haría con aquellos cuatro mil dólares. “Una de las opciones era comprar un coche usado”, dice Rosendo.
 
Faltaba, sin embargo, la aprobación de la Comisión de Atletismo de California, y Rosendo cuenta cómo se dio aquello. “Dean Lohuis, director ejecutivo de la Comisión, tiene una experiencia de más de dos décadas en evaluar contendientes, y mantiene los datos de todos los boxeadores apuntados de su propia mano en unas tarjetas que guarda en una caja de zapatos. Ése es su archivo, que él afirma no cambiaría por ninguna computadora. Echó un vistazo a las tarjetas de Gavilán y de Evangelista, y resolvió que se trataba de una pelea justa”.
 
Su método consiste en marcar con una letra mayúscula la tarjeta de cada boxeador, de la A a la E, y no autoriza ninguna pelea si uno de los contendientes aventaja al otro por más de dos letras. Un A no puede enfrentar a un D, porque el de la D no tiene ningún chance, y simplemente lo están utilizando. Para su calificación toma en cuenta cuántas veces un boxeador ha sido noqueado, o cuántas veces ha noqueado, si ha tenido cortaduras serias o cualquier otro daño grave. De acuerdo al sistema de Lohuis, Evangelista era una B, y Contreras una C, y aprobó la pelea sin pensarlo dos veces.
 
Amado Gavilán hizo el viaje en tren en compañía de su hijo un día antes de la pelea. Esa vez la Top Rank hubiera pagado los gastos de Petrocelli pero, fumador empedernido, se lo estaba comiendo vivo un enfisema pulmonar que lo obligaba a recurrir constantemente a la mascarilla de oxígeno. Cuando bajaron al mediodía en Union Station no había ningún representante de la Top Rank esperando por ellos, de modo que tomaron un taxi para dirigirse al hotel que les había sido asignado, el Ramada en De Soto Avenue. Una hora después estaba fijada la sesión de pesaje, y Gavilán dio en la balanza 106 ½ libras, mientras que Evangelista ajustó las 108. Luego vino el examen neurológico.
 
Este examen toma media hora, durante la cual el boxeador debe responder preguntas sencillas: ¿quién eres? ¿de dónde eres?; rendir una prueba de aritmética básica, y pasar otra prueba de memoria, muy sencilla también, que consiste en recordar los nombres de tres objetos diferentes que le han sido mostrados minutos atrás. También el neurólogo comprueba sus reflejos de piernas y brazos, y el movimiento de sus ojos. Si no encuentra nada anormal, lo que hace es certificar que el boxeador está en condiciones de llevar adelante una pelea de manera razonable.
 
Pero no hay manera de detectar un potencial derrame subdural o epidural por efecto acumulativo a través de los años, porque un contendiente buscará siempre golpear al otro en la cabeza, y provocarle una contusión. Estos derrames son los causantes de muchos daños irreversibles, capaces de disminuir, o anular, las facultades mentales y de locomoción, lo mismo que otras de carácter fisiológico, incluida la contención del esfínter y de las vías urinarias. Ningún test puede hacerlo, y es un asunto que entra ya en el campo de la fatalidad.
 
Al día siguiente, 28 de mayo, padre e hijo se presentaron en el Staple Center a las dos y media de la tarde, Amado Gavilán cargando un maletín nuevo donde llevaba sus pertenencias, la calzoneta negra listada de rojo en los costados, los zapatos, y la bata de seda azul con su nombre estampado a la espalda que lo acompañaba en todas las peleas, antiguo regalo de la cerveza Tecate.
 
Las inmensas playas de estacionamiento se hallaban todavía desiertas, y apenas empezaban los vendedores callejeros a armar los tenderetes donde ofrecerían banderas mexicanas, estandartes y estampas de la Virgen de Guadalupe, y souvenires de Chávez, tazas, vasos, banderines y camisetas con su imagen. Tampoco estaban todavía los porteros y acomodadores, y necesitaron pasar muchos trabajos para que alguien les indicara la puerta de ingreso a los camerinos, donde Gavilán tuvo que identificarse delante de un guardia que hizo consultas por un teléfono interno antes de dejarlos pasar. Sólo rato más tarde se presentaron los asistentes profesionales provistos por la Top Rank, que iniciaron con toda lentitud su trabajo de vendaje de las manos.
 
Dos horas después llegó para Gavilán el turno de su pelea frente a un auditorio casi por completo vacío. Los dos boxeadores se acercaron al centro del ring desde sus esquinas, y Rosendo vio una vez más cómo su padre escuchaba la letanía de reglas recitada en inglés por el referee, asintiendo en cada momento, con sumisión entusiasta, a pesar de desconocer el idioma.
 
Entonces sonó la campana electrónica, mientras desde las tribunas llegaban ecos de voces desperdigadas, y para Rosendo fue como contemplar una vieja película. No esperaba ni sorpresas, ni emociones, y todo terminaría otra vez en las cuentas rutinarias de las tarjetas de los jueces. “Mi padre conocía el arte fintear, pero siempre había tenido el problema de la falta de imaginación en sus golpes, que el oponente podía prever, porque nunca tuvo sentido de la aventura, muy adherido siempre al manual. Se movía bien, con agilidad, pero eso no sirve de nada si no hay pegada certera”, afirma.
 
Así se fueron cumpliendo cinco rounds, sin pena ni gloria. Nada sucedió en el ring que atrajera la atención de la rala concurrencia. Los técnicos de la televisión chequeaban los audífonos y la posición de las cámaras, y sólo usaban a los dos boxeadores que se movían en el ring como maniquíes para las pruebas de imagen de lo que sería la trasmisión pay-per-view de la pelea estelar entre Chávez y Robinson.
 
Ben Gittelsohn, el manager de Evangelista, sentado al lado de Rosendo, estaba disgustado con la actuación de su pupilo, y así lo expresaba sin cuidarse de que lo estuvieran oyendo, y sin saber quién era Rosendo. Decía que a Evangelista le faltaba el instinto del que sale de su esquina a destruir cada vez que suena la campana, y que si tuviera ese instinto ya hacía rato habría liquidado a aquel mexicano achacoso. Sin embargo, Lohuis, el presidente de la Comisión, sentado también en el ring side, escribió en una de aquellas tarjetas que iban a dar a su caja de zapatos la palabra “competitiva” para describir la pelea, como Rosendo pudo verlo con el rabillo del ojo. Era ya una ganancia, pues una pelea pareja abría la posibilidad de más contratos arriba de los dos mil dólares en el futuro.
 
Los colores grises empezaron a cambiar, sin embargo, en el quinto asalto, cuando Evangelista logró varios uppercuts efectivos que hicieron tambalear a Gavilán. “Había abierto demasiado la defensa, y había dejado de moverse con agilidad para capear los golpes que iban a dar en su mayoría a la cabeza. No me gustaba lo que Gittelsohn estaba diciendo acerca de la vejez de mi padre, pero era la verdad, la edad no perdona, y después de cinco rounds, la fatiga se vuelve un fardo para quien ha atravesado la guardarraya de los cuarenta”, dice Rosendo.
 
Cuando terminó el quinto round, y Gavilán fue a sentarse en el banquito de su esquina, Rosendo pudo ver que tenía la boca lacerada y unos hilos de sangre le bajaban por los orificios de la nariz. Le volvieron a meter el protector en la boca, lo rociaron con agua, le restañaron la sangre, y cuando se levantó para empezar el sexto round, todo parecía de nuevo en orden como para que el combate siguiera mereciendo la calificación de competitivo. Sólo faltaban tres rounds. Gavilán iba a perder en las tarjetas sostenido sobre sus piernas.
 
Pero un minuto después de iniciada la acción, Gavilán le dio de manera sorpresiva la espalda a Evangelista para regresar a su esquina, indicando al referee por señas de los brazos que abandonaba la pelea. El hawaiano, sorprendido por la repentina capitulación de su contrincante, retrocedió, bajo la suposición de que lo había golpeado muy fuerte en la nariz y por eso se le hacía difícil respirar, según explicó luego.
 
Rosendo se acercó al entarimado, y oyó a su padre quejarse de que le dolía mucho la cabeza. Uno de los asistentes se lo tradujo al doctor Paul Wallace, el médico de guardia en el ring side, quien le examinó las pupilas con una lamparilla de mano. Le pidió que respirara hondo, y ordenó que le pusieran una bolsa de hielo en la frente. Gavilán se quedó sentado en el banquito por unos minutos, y mientras tanto podía oírse a Gittelsohn diciéndole a voz en cuello a Evangelista: “la próxima vez tienes que mantenerte lanzando golpes hasta que el referee venga a detenerte, tuviste que haberlo acorralado aunque te diera la espalda, esto no es ningún paseo”.
 
Luego, mientras Evangelista estaba ya recibiendo las felicitaciones de sus ayudantes y algunos aplausos dispersos del público, Gavilán se puso de pie, y tambaleante, abrió las cuerdas para bajar del ring, sin acordarse de reclamar su bata azul. Rosendo lo recibió en el piso. “Siento que voy a desmayarme”, le dijo. Lo ayudó a caminar de regreso al camerino, pero apenas había dado unos pasos cuando se dobló de rodillas, presa de severas convulsiones como si tuviera un ataque de epilepsia. El doctor Wallace preparó una inyección y reclamó la camilla, y antes de que se presentaran los paramédicos, las convulsiones habían cesado.
 
Ya no regresó al camerino, y fue llevado directamente al Centro de Traumatología del California Hospital Medical Center, no lejos de allí. Bajo las reglas de la Comisión, ninguna pelea puede tener lugar sin la disponibilidad de una ambulancia y su tripulación de paramédicos; cuando el anunciador Barry LeBrock informó a la concurrencia que por esa razón habría un retraso de la siguiente pelea, se escucharon abucheos desde las tribunas donde se desplegaban ya algunas banderas mexicanas, y desde los pasillos donde los fans de Chávez entraban llevando sombreros de charro en la cabeza.
 
Un examen preliminar por resonancia magnética reveló que se estaba formando un coágulo sanguíneo en la corteza del cerebro, y Gavilán fue trasladado de inmediato al quirófano para una operación que duró tres horas y media. Luego fue puesto en coma artificial en la unidad de cuidados intensivos para reducir los movimientos corporales y permitir que rebajara la inflamación cerebral, y quedó conectado a un ventilador.
 
Evangelista se presentó esa misma noche al hospital, con un ramo de flores envueltas en celofán. “Se me ha pasmado la alegría de la victoria”, le dijo a Rosendo, “toda mi familia en Filipinas está rezando por él”. Unos tíos de Gavilán que viven en Compton ni siquiera se habían enterado de que se hallaba en la ciudad hasta que no vieron las noticias de la noche en la televisión, y también se presentaron al hospital.
 
En los días siguientes se recibieron mensajes de aliento para el paciente, entre ellos uno del presidente de México, Vicente Fox. A Rosendo le tocó responder la llamada del asistente presidencial. “De pronto mi padre existía”, dice Rosendo, “había salido del anonimato por aquella puerta falsa”. Después de ser dado de alta, volvió a Tijuana a su casa de la calle Natividad en Vista Encantada.
 
Meses más tarde, el 10 de septiembre del año 2005, Arcadio Evangelista arrebató la corona de la WBC a Eric Ortiz en el primer round del combate estelar celebrado en el Staple Center, mandándolo a la lona con un demoledor derechazo a la barbilla que le hizo saltar el protector fuera de la boca.
 
Antes del choque protocolario de guantes, al presentar a los boxeadores, el anunciador LeBrock había dado a conocer que Evangelista dedicaba la pelea a Amado Gavilán, “el caballero del ring”, su invitado especial de esa noche, quien se hallaba sentado en el ring side al lado de su hijo.
 
Ofrecía el mismo aspecto infantil de siempre, menudo y fibroso, y llevaba una gorra de jockey, porque aún no le crecía lo suficiente el pelo que le habían rapado para la operación, una camisa blanca manga larga en la que estaban marcados los dobleces del empaque, y una corbata de tejido acrílico con el mapa del Estado de California.
 
Rosendo lo ayudó a ponerse de pie cuando mencionaron su nombre, pero tuvo que apresurarse en detenerlo porque empezó a andar por el pasillo a paso lerdo, como si le pesaran los zapatos deportivos que llevaba  puestos, el trasero abultado por el pañal que usaba debido a la incontinencia urinaria, la mirada vacía y sin saber a dónde iba.

Amar hasta fracasar

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