martes, 8 de marzo de 2022

Charles Atlas también muere

 Sergio Ramírez Mercado

A Gertrudis, mi mujer
“Charles Atlas swears that sand story is true”.
Edwin Pope, Sports Editor,
The Miami Herald
Bien recuerdo al Capitán Hatfield USMC el día que llegó al muelle de Bluefields para despedirme, cuando tomé el vapor a New York; me ofreció consejos y me prestó su abrigo de casimir inglés porque estaría haciendo frío allá, me dijo. Fue conmigo hasta la pasarela y ya en el lanchón yo, me dio un largo apretón de manos. Cuando navegábamos al encuentro del barco que estaba casi en alta mar, lo vi por última vez despidiéndome con su gorra de lona, su figura flaca y arqueada, sus botas de campaña y su traje de fatiga. Digo efectivamente que lo vi por última vez, pues a los tres días lo mataron en un asalto de los sandinistas a Puerto Cabezas, donde estaba como jefe de la guarnición.
El Capitán Hatfield USMC fue un gran amigo: me enseñó a hablar inglés con sus discos Cortina que ponía todas las noches allá en el cuartel de San Fernando, utilizando una victrola de manubrio; por él conocí también los cigarrillos americanos; pero lo recuerdo sobre todo por una cosa: porque me inscribió en los cursos por correspondencia de Charles Atlas y porque me envió luego a New York para verlo en persona.
Al Capitán Hatfield USMC lo conocí precisamente en San Fernando, un pueblo en las montañas de las Segovias, donde yo era telegrafista, allá por el año de 1926; él llegó al mando de la primera patrulla de marinos, con el encargo de hacer que Sandino bajara del cerro del Chipote, donde estaba enmontañado con su gente; yo transmití sus mensajes a Sandino y también recibí las respuestas. Creo que nuestra íntima amistad comenzó el día que me presentó una lista de los vecinos de San Fernando, en la que marqué a todos los que me parecían sospechosos de colaborar con los alzados, o que tuvieran parientes en la montaña; al día siguiente los llevaron presos, amarrados de dos en dos y a pie hasta Ocotal, donde los americanos tenían su cuartel de zona. Por la noche, para mostrarme su agradecimiento, me obsequió un paquete de cigarrillos Camel que no se conocían en Nicaragua y una revista con fotos de muchachas semidesnudas. En una de esas revistas fue que vi el anuncio que cambió mi vida, convirtiéndome en un hombre nuevo, pues yo era un alfeñique:
EL ALFEÑIQUE DE 44 KILOS
QUE SE CONVIRTIÓ EN EL HOMBRE MÁS
PERFECTAMENTE DESARROLLADO DEL MUNDO
Desde muy niño había sufrido por el hecho de ser un pobre enclenque. Recuerdo que una vez paseando por la plaza de San Fernando con mi novia después de misa —tenía yo 15 años dos tipos grandes y fuertes pasaron junto a nosotros y me miraron con burla; uno de ellos se regresó y con el pie me lanzó arena a los ojos. Ethel, mi novia, me preguntó: ¿por qué dejaste que hicieran eso? Yo sólo pude responderle: en primer lugar, es un jodido muy grande. En segundo lugar ¿no ves que me dejó ciego con la arena?
Le pedí al Capitán Hatfield USMC ayuda para tomar cursos que anunciaba la revista y él escribió por mí a la dirección de Charles Atlas en New York: 115 East, 23rd Street, pidiendo el prospecto ilustrado. Casi un año después - San Fernando está en media montaña y allí se libraba la parte más dura de la guerra - recibí un sobre de papel amarillo con varios folletos y una carta firmada por el mismo Charles Atlas: el curso completo de tensión dinámica, la maravilla en ejercicios físicos; sólo dígame en qué parte del cuerpo quiere Ud. músculos de acero. ¿Es Ud. grueso y flojo? ¿Delgado y débil? ¿Se fatiga Ud. pronto y no tiene energías? ¿Se queda Ud. rezagado y permite que otros se lleven a las muchachas más bonitas, los mejores empleos, etc.? ¡Sólo déme 7 días! Y le probaré que puedo hacer de Ud. un verdadero hombre, saludable, lleno de confianza en sí mismo y en su fuerza.
Mr. Atlas también anunciaba en su carta que el curso costaba $30.00 en total, cantidad de la que no disponía, ni podría disponer en mucho tiempo; así que recurrí al Capitán Hatfield USMC quien me presentó otra lista de vecinos, en la que yo marqué casi todos los nombres. De esta manera el dinero se fue a su destino y otro año más tarde, el curso completo venía de vuelta, 14 lecciones con 42 ejercicios. El Capitán Hatfield USMC comenzó asesorándome. Los ejercicios tomaban sólo 15 minutos al día: la tensión dinámica es un sistema completamente natural. No requiere aparatos mecánicos que puedan lesionar su corazón u otros órganos vitales. No necesita píldoras, alimentación especial u otros artefactos. ¡Sólo unos minutos al día de sus ratos de ocio son suficientes, en realidad, una diversión!
Pero como mis ratos de ocio eran bastante amplios, me dediqué con empeño y entusiasmo a los ejercicios, no quince minutos, sino tres horas diarias durante el día; por la noche estudiaba inglés con el Capitán Hatfield USMC. Al cabo de un mes el progreso era asombroso; mis espaldas se ensancharon, mi cintura se redujo, se afianzaron mis piernas. Hacía apenas cuatro años que el grandulón había lanzado arena a mis ojos y yo ya me sentía otro. Un día Ethel me señaló en una revista la foto de una estatua del dios mitológico Atlas; mirá, me dijo, si es igualito a vos. Entonces supe que iba por el camino correcto y que alcanzaría mis ambiciones. Cuatro meses después ya había avanzado lo suficiente en inglés para escribirle una carta a Mr. Atlas y decirle gracias, todo es O.K. Ya era un hombre nuevo, con bíceps de acero y capaz de una hazaña como la que realicé en Managua, la capital, el día que el Capitán Hatfield USMC me llevó allá para que diera una demostración de mi fuerza: jalé por un trecho de doscientos metros un vagón del ferrocarril del pacífico cargado de coristas, vestido solamente con una calzoneta de piel de tigre. Allí estaban presenciando el acto el propio Presidente Moncada, el ministro americano Mr. Hanna y el comandante de los marinos en Nicaragua Coronel Friedmann USMC.
Esta proeza que fue comentada en los periódicos, me valió seguramente que el Capitán Hatfield USMC pudiera gestionar con mayor libertad la petición que yo le había hecho cuando salimos de San Fernando: un viaje a los Estados Unidos para conocer en persona a Charles Atlas. Sus superiores en Managua hicieron la solicitud formal a Washington, que tardó poco más de un año en ser aprobada. En los diarios de la época, más precisamente en La Noticiadel 18 de septiembre de 1931, aparecí retratado junto con el agregado cultural de la embajada americana, un tal Mister Fox; creo que fue el primer viaje de intercambio cultural que se hizo, de los muchos que han seguido después. Tara una gira por centros de cultura física en los Estados y para entrevistarse con renombrados personajes del atletismo", decía la nota al pie de la foto.
Así que tras una tranquila travesía y una escala en el puerto de Veracruz, seguimos a New York adonde llegamos el 23 de noviembre de 1931. Cuando el barco atracó en el muelle, debo confesar que me sentí desolado, a pesar de las prevenciones que me había hecho el Capitán Hatfield USMC. A través de lecturas, fotografías, mapas, yo llevaba una imagen perfecta de New York, perfecta pero estática; fue la sensación de movimiento, de cosas vivas y de cosas muertas lo que me sacó de la realidad, empujándome hacia una fantasía sin fin, de mundo imposible y lacerante, trenes invisibles, un cielo ensombrecido por infinidad de chimeneas, un olor a alquitrán, a aguas negras, sirenas distantes y dolorosas, la niebla espesa y un rumor desde el fondo de la tierra.
Me recibió un oficial del Departamento de Estado que amablemente se hizo cargo de los trámites de migración y me condujo al hotel, un enorme edificio de ladrillo en la calle 43 —Hotel Lexington, para más señas—. El oficial me dijo que mi visita a Mr. Atlas sería al día siguiente por la mañana, todo estaba ya arreglado; me recogerían en el hotel para llevarme a las oficinas de Charles Atlas Inc., donde me darían las explicaciones necesarias. Nos despedimos allí mismo, pues él debía regresar a Washington esa noche.
Hacía frío en New York y me retiré temprano, lleno de una gran emoción, como podrá comprenderse: había llegado al fin de mi viaje y pronto mis anhelos se verían satisfechos. Miré afuera y entre la niebla brillaban infinidad de luces, ventanas encendidas en los rascacielos. En alguna parte, me dije, en alguna de esas ventanas, está Charles Atlas; lee o cena, o duerme, o habla con alguien. Practica tal vez sus ejercicios nocturnos, los 23 y 24 del manual (tensión de cuello y tensión de muñecas). Sonríe quizá, sus sienes canosas, su rostro fresco y alegre, o estará ocupado en responder a las miles de cartas que recibe a diario, en despachar las bolsas con las lecciones, en fin. Pero reparé sí en una cosa: no podía imaginar a Charles Atlas vestido. Venía siempre a mi imaginación en calzoneta, sus músculos en tensión, pero me era imposible verle en traje de calle, o de sombrero. Fui a la valija y extraje la fotografía que me había enviado dedicada al final del curso: las manos detrás de la cabeza, el cuerpo ligeramente arqueado, los músculos pectorales elevados sin esfuerzo, las piernas juntas, un hombro más alto que el otro. Vestir ese cuerpo en la imaginación era difícil; y me dormí con la idea vagando en la cabeza.
A las cinco de la mañana estaba ya despierto. Realicé los ejercicios 1 y 2 (era emocionante practicarlos por primera vez en New York) e imaginé que a la misma hora Charles Atlas estaría haciendo los suyos. Luego tomé mi ducha y me vestí despacio tratando de consumir tiempo, y a las siete bajé al lobby del hotel, a esperar que pasaran por mí tal como se me había indicado. Aunque Charles Atlas no lo recomendaba exactamente, yo no acostumbraba desayunar.
A las nueve se presentó el empleado de Charles Atlas Inc. Afuera esperaba. una limusina negra, con molduras doradas en los marcos de las ventanas, los vidrios cubiertos por cortinas grises de terciopelo. Ni el empleado habló conmigo una sola palabra durante el trayecto, ni el chofer volvió el rostro una sola vez hacia atrás. Durante media hora anduvimos por calles con los mismos edificios de ladrillo, sucesiones de ventanas y el ambiente siempre opaco, como de lluvia, entre las hileras de rascacielos. Al fin, el automóvil negro se estacionó frente al ansiado número 115 de la calle 23 en el East Side. Era una calle triste, de bodegas y almacenes de mayoreo; al otro lado de Charles Atlas Inc. recuerdo que había una fábrica de paraguas, y una alameda de árboles polvosos y casi secos atravesaba la calle. Las ventanas de los edificios tenían, en lugar de vidrios, tableros de madera claveteados en los marcos.
Para llegar a la puerta principal de Charles Atlas Inc. subimos unos escalones de piedra, que remataban en una pequeña terraza; allí estaba, de tamaño natural, una estatua del dios mitológico Atlas, cargando el globo terráqueo. "Mens sana in corpore sano" decía la inscripción al pie. Pasamos por la puerta giratoria con sus batientes de vidrio esmerilado montadas en unos marcos barnizados de negro, que chirriaban al moverse. En las paredes del vestíbulo estaban colgadas reproducciones gigantescas de todas las fotos de Charles Atlas que yo había visto y que reconocí con agrado, una por una; allí, en medio, la que más me gustaba; con un arnés al cuello tirando de diez automóviles mientras caía una lluvia de confeti. Maravilloso.
Entonces me hicieron pasar a la oficina de Mr. Williams Rideout Jr., Gerente General de Charles Atlas Inc.
En pocos momentos tuve junto a mí a un hombre de mediana edad y de facciones huesudas, con los ojos profundamente hundidos en las cuencas terrosas. Me extendió su mano pálida y cubierta por un enjambre de venas azulosas y tomó asiento tras el pequeño escritorio cuadrado, sin un solo adorno, encendiendo después una lámpara de sombra que tenía tras de sí, aunque a decir verdad tal cosa no era necesaria, pues por la ventana entraba suficiente luz.
Las oficinas eran más bien pobres. En el escritorio estaban apilados muchísimos sobres iguales a los que yo había recibido la primera vez. Una gran foto de Charles Atlas, mostrando los músculos pectorales con orgullo (confieso que ésa no la conocía), dominaba la pared de frente a mí. Mr. Rideout me pidió que me sentara y comenzó a hablar sin mirarme, con la vista fija en un pisapapeles y las manos entrelazadas frente a él, en su rostro la clara evidencia de que hacía un gran esfuerzo al hablar. Yo escuchaba sus palabras dichas en un mismo tono y no fue sino hasta que hizo una pausa y sacó su pañuelo para limpiar la saliva de las comisuras de sus labios, que reparé en algo que mi nerviosismo me había impedido: su esfuerzo con las manos, y la posición de su cabeza, no era otra cosa que el ejercicio número 18 de tensión dinámica. Confieso que la emoción casi me llevó hasta las lágrimas.
-Le saludo muy cordialmente —había dicho Mr. Rideout Jr.- , y le deseo muy feliz estadía en la ciudad de New York; lamento no poder expresarme en correcto español como hubiera sido mi deseo, pero sólo hablo un poquito (esta palabra la dijo en español, midiéndola con un gesto mínimo de los dedos pulgar e índice de su mano derecha, riendo por esa única vez estrepitosamente, como si hubiera dicho una cosa muy graciosa).
Mr. RideoutJr. me miró luego con una beatífica sonrisa de condescendencia, mientras enderezaba el nudo de lazo de su cuello.
-Soy el gerente general de Charles Atlas Inc. y es un gran gusto para mi firma recibirle en su calidad de invitado oficial del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Haremos lo posible porque su estadía entre nosotros sea grata.
Mr. Rideout Jr. aplicó de nuevo el pañuelo a sus labios y continuó el discurso, esta vez con una tirada más larga que me dio la oportunidad de apreciar cómo la vieja señorita que me había introducido, manipulaba las persianas de la ventana que daba a la calle, cambiando así el tono claro de la luz en uno ocre que me hizo trastornar por instantes la visión de la habitación, ofreciéndome la apariencia de nuevos objetos, o como si en las fotografías desplegadas en las paredes, Charles Atlas hubiese cambiado de poses.
-Aprecio mucho que Ud. haya viajado desde tan lejos para conocer a Charles Atlas y debo confesarle que es el primer caso que se nos presenta en toda la historia de la firma —siguió Mr. Rideout Jr—Como toda corporación comercial, nosotros conservamos en la privacidad asuntos que de trascender públicamente, dañarían nuestros intereses. De modo que debo pedirle absoluta reserva, bajo su juramento, de lo que voy a decirle.
Mr. RideoutJr., ya sin tensión alguna y hablando plácidamente, me repitió varias veces la misma advertencia; yo sólo tragaba saliva y asentía con la cabeza.
-Jure en voz alta - me dijo.
-Sí juro —le contesté al fin.
Aunque estábamos solos en la habitación y sólo se oía el ruido sostenido del aparato de calefacción, Mr. Rideout Jr. miró a todos lados antes de hablar.
-Charles Atlas no existe —me susurró adelantando hacia mí el cuerpo por sobre el escritorio. Después se acomodó de nuevo en su silla y me miró fijamente, con expresión sumamente solemne—. Sé que es un golpe duro para Ud., pero es la verdad. Inventamos este producto en el siglo pasado y Charles Atlas es una marca de fábrica como cualquier otra, como el hombre del bacalao en la caja de emulsión de Scott; como el rostro afeitado de las cuchillas Guillete. Es lo que vendemos, eso es todo.
En las largas sesiones sostenidas allá en San Fernando, después de la lección de inglés, el Capitán Hatfield USMC me había prevenido repetidas veces contra este tipo de situaciones: nunca dejes la guardia abierta, sé como los boxeadores, no te dejes sorprender. Exige. No te dejes engañar.
-Bueno -le dije poniéndome de pie-, desearía informar esta circunstancia a Washington D.C.
-¿Cómo? —exclamó Mr. Rideout Jr. incorporándose también.
-Sí, informar a Washington D.C. de este contratiempo. (Washington es una palabra mágica, me aleccionaba el Capitán Hatfield USMC; úsala en un apuro, y si acaso no te sirve, echa mano de la otra que sí es infalible: Departamento de Estado).
-Le ruego creer que estoy diciéndole la verdad —me dijo Mr. Rideout Jr., pero ya sin convicción.
- Deseo telegrafiar al Departamento de Estado.
- No estoy mintiéndole... —me dijo mientras se retiraba sin darme la espalda y abría una puerta muy estrecha que cerró tras él. Yo me quedé completamente solo en la habitación ahora en penumbra; de acuerdo con el Capitán Hatfield USMC, la trepidación que sentía bajo mis pies era ocasionada por el tren subterráneo.
Mr. Rideout Jr. volvió a entrar, ya al atardecer. Martilla, sigue martillando, oía yo en mis adentros al Capitán Hatfield USMC.
-Nunca podré creer que Charles Atlas no exista —le dije sin darle tiempo de nada. Él se sentó abatido en su escritorio.
- Está bien, está bien -repitió, haciendo una señal despectiva con la mano-. La compañía ha accedido a que Ud. se entreviste con Mr. Atlas.
Yo sonreí y le di las gracias con una deferente inclinación de cabeza: sé amable, cortés, cuando sepas que ya has vencido, me decía el Capitán Hatfield USMC.
-Eso sí: deberá atenerse estrictamente a las condiciones que voy a comunicarle; el Departamento de Estado fue consultado y ha dado su visto bueno al documento que Ud. firmará. Después de ver a Mr. Atlas Ud. se compromete a abandonar el país, para lo cual se le ha reservado pasaje en el vapor Vermont que parte a medianoche; deberá además abstenerse de comentar en público o privado su visita, o de referir cualquiera de las circunstancias de la misma, o sus impresiones personales. Sólo bajo estos requisitos es que el consejo directivo de la firma ha dado su autorización.
La vieja señorita entró de nuevo y entregó a Mr. Rideout Jr. un papel. Él lo puso frente a mí.
- Bien, firme —me dijo con voz autoritaria.
Yo firmé sin replicar, en el lugar que su dedo me señalaba. Cuando tengas lo que quieras, firma cualquier cosa menos tu sentencia de muerte: Capitán Hatfield USMC.
Mr. Rideout Jr. tomó el documento, lo dobló con cuidado y lo puso en la gaveta central del escritorio. Antes de que él concluyera esta operación, sentí que me tomaban por debajo de los brazos y al alzar la vista me encontré con dos tipos vestidos de negro, altos y musculosos, exactos en sus cabezas rapadas y en sus ceños. No había duda de que sus cuerpos habían sido formados también en las disciplinas de la tensión dinámica.
-Ellos le acompañarán. Siga al pie de la letra sus instrucciones -y Mr. Rideout Jr. volvió a desaparecer por la estrecha puerta, sin extenderme la mano para despedirse de mí.
Los dos hombres, sin soltarme una sola vez, me condujeron por un pasillo, a través del cual caminamos muy largo rato, hasta llegar a unos escalones de madera; me ordenaron bajar de primero y al alcanzar el último escalón; la oscuridad era total; sentí el roce del cuerpo de uno de ellos, que se adelantaba para tocar a una puerta que estaba frente a nosotros. Otro hombre igual a los anteriores, abrió desde el otro lado y nos encontramos en una especie de pequeño muelle de cemento, pero envueltos como estábamos en la neblina no podría precisar el sitio pero sí que era la ribera de un río, pues pronto me condujeron hasta un remolcador, en el que navegamos con una lentitud pasmosa. El remolcador llevaba basura y hasta nosotros, que íbamos acomodados en la proa, llegaba el fétido olor.
Era de noche cuando bajamos del remolcador y por un callejón donde se apilaban altos rimeros de cajas conteniendo botellas vacías, seguimos caminando; atravesamos por entre círculos de niños negros que jugaban canicas a la luz de faroles de gas adosados en lo alto de las puertas y por fin desembocamos en una plaza de hierba seca, entre la que alguna nevada había dejado duras costras de hielo sucio; frente a nosotros se levantaba un bloque de cuatro o cinco edificios oscuros, que se nos aparecían por detrás, pues entre la sombra podía percibirse la maraña de escaleras de incendio, bajando por sus paredes. Un tráfago de vehículos lejanos y aullidos de trenes corriendo a muchas millas de distancia, venía a ratos entre el humo espeso que envolvía la noche.
Una nueva presión bajo mis brazos me indicó que debía caminar hacia un costado y así llegamos al atrio de lo que más tarde descubrí era una iglesia, un edificio negro y de una humedad salitrosa que se desprendía de los muros cargados de relieves de ángeles, flores y santos. Uno de mis acompañantes encendió un cerillo para encontrar el aldabón que debía usar para llamar y pude entonces leer en una placa de bronce el nombre de la iglesia: Abyssinian Baptist Church, decía: y pronto, tras los golpes que resonaron profundos en la noche helada, la puerta fue abierta por otro guardián de la misma familia, alto, fornido y rapado.
Atravesamos la nave principal y llegamos hasta el altar mayor, siendo empujado hacia una puerta que apareció a la izquierda, me sentía triste y rendido, casi con arrepentimiento de haber provocado la situación que me había llevado hasta allí, inseguro de mi suerte, de lo que podría esperarme. Pero de nuevo la voz del Capitán Hatfield USMC me animaba: una vez en el camino, querido muchacho, uno nunca debe volverse atrás.
Una anciana vestida con un blanco uniforme almidonado me recibió en la puerta y los dos hombres me soltaron al fin, para colocarse en guardia, uno a cada lado de la entrada,
-Tiene exactamente media hora —me dijo uno de ellos. La anciana caminó delante de mí por un pasillo pintado absolutamente de blanco; el cielo raso, las paredes, las puertas frente a las cuales pasábamos, incluso las baldosas del piso eran blancas, y las luces fluorescentes devolvían interminablemente esa luz vacía y pura.
Lenta y dificultosamente la anciana se acercó a una de las puertas al final del corredor, precisamente la que lo cerraba. La puerta de doble batiente tenía abierta una de las hojas pero estaba defendida por una mampara de armazón metálica forrada con un lienzo. La anciana había desaparecido después de indicarme con un ademán tembloroso, que debía entrar. Toqué tímidamente por tres veces pero nadie parecía escuchar esos golpes asustados, dados contra la madera que parecía haber resistido infinidad de capas de pintura, pues la superficie ampollada dejaba a la vista las viejas pasadas de esmalte.
Toqué una vez más, con la angustia golpeándome el estómago y ya decidido a volverme si nadie respondía, cuando tras la mampara apareció una enfermera, alta y descomunal, toda ella de un blanco albino y en cuya cabeza el pelo desteñido empezaba a ralear. Me sonrió ampliamente, sin embarazo, enseñándome sus perfectos dientes de caballo.
- Pase —me dijo-. Mr. Atlas está esperando por Ud.
Dentro era la misma blancura artificial, la misma luz vacía en la que se movían infinidad de finas partículas de polvo; los objetos eran también todos blancos; había asientos, un carrito con algodones, gasas, frascos y aparatos quirúrgicos, sondas,' instrumentos niquelados; las paredes estaban desprovistas de todo adorno, a excepción de un cuadro que representaba a una bella joven, blanca y desnuda sobre una mesa de operaciones, y a un anciano médico que sostenía el corazón de la doncella, acabado de extraer; escupideras en el piso y lienzos cubriendo las ventanas, que en el día filtrarían la luz como coladores.
Y al fondo de la habitación, una cama altísima, desgon­zada por efecto de complicados mecanismos de manivelas y resortes, erigida sobre una especie de promontorio. Me acer­qué muy respetuosamente, caminando con lentitud y a medio camino, casi desvanecido por un profundo olor a desinfectan­te, me detuve para retroceder y buscar una de las sillas blancas; pero con un gesto, la enfermera que había llegado ya junto a la cama, me invitó a seguir, sonriendo de nuevo.
Sobre la cama reposaba la visión estática de un cuerpo gigantesco y musculoso, la cabeza invisible entre las almoha­das; cuando la mujer se inclinó para decir algo, el cuerpo hizo un movimiento penoso y se incorporó; dos de las almohadas cayeron al piso y yo hice el intento de recogerlas, pero ella me detuvo de nuevo con un gesto.
- Bienvenido -dijo una voz que resonaba extrañamen­te, como si hablara a través de una bocina muy vieja.
A mí se me hizo un nudo en la garganta y en ese momento deseé con toda mi alma no haber insistido.
-Gracias, muchas gracias por su visita -habló de nuevo-. La aprecio mucho, créame - y resonaba ahora gorgoteando, como ahogándose en un mar de espesa saliva. Y calló, recostándose de nuevo el gran cuerpo sobre las almoha­das.
Mi pena era indescriptible. Preferí mil veces haber creído la historia de que Charles Atlas era una fantasía, que jamás había existido, a tener que enfrentar la realidad de que eso era Charles Atlas. Me hablaba detrás de una máscara de gasas y en el lugar de la mandíbula pude ver que tenía atornillado un aparato metálico.
-Cáncer en la mandíbula -dijo otra vez-, ya extendido a los órganos vitales. Mi salud fue de hierro hasta los 95 años Nunca fumé, y de beber, tal vez un sorbo de champaña para navidad o año nuevo. Mis enfermedades no pasaron de resfríos comunes; el doctor me decía hasta hace poco que podía tener hijos, si quería. Cuando en 1843 gané el título del hombre más perfectamente formado del mundo... en Chicago... recuerdo... -dijo, pero la voz se transformó en una sucesión de lastimeros silbidos y por un largo rato calló.
—En 1843 descubrí la tensión dinámica e inicié los cursos por correspondencia, gracias a la sugerencia de una escultora que me utilizaba como modelo, Miss Ethel Whitney.
Charles Atlas levanta entonces sus enormes brazos que emergen de entre las sábanas, pone en tensión sus bíceps y lleva las manos tras la cabeza; las mantas resbalan y tengo la oportunidad de ver su torso, aún igual que en las fotos, a excepción de un poco de vello blanco. Este esfuerzo debe haberle costado mucho, porque se queja largamente por lo bajo y la enfermera lo asiste, cubriéndolo de nuevo y apretando los tornillos al aparato en su rostro.
-Cuando salí de Italia con mi madre tenía sólo 14 años -continúa-; entonces jamás imaginé que llegaría a hacer una fortuna con mis cursos; nací en Calabria en 1827 y mi nombre era Angelo Siciliano; mi padre se había venido a New York un año antes y nosotros le seguimos. Un día un grandulón lanzó arena con el pie a mi rostro en presencia de mi novia, mientras paseábamos por Coney Island y yo...
-A mí me pasó igual, fue por eso que... -intento yo decir, pero creo que no me oye, sigue hablando sin reparar en mi presencia.
-...comencé a hacer ejercicios; mi cuerpo se desarrollaba maravillosamente; un día mi novia me señaló una estatua del dios mitológico Atlas en lo alto de un hotel y me dijo; mira, eres igual a esa estatua.
-Óigame - le digo-, esa estatua... Pero es inútil. Su voz es como un río lodoso que aparta a su paso los obstáculos, penosamente.
—Estudié la estatua y pensé: bueno, un nombre como el mío no es muy popular aquí, hay mucho prejuicio. ¿Por qué no habré de llamarme Atlas? Y también cambié el Angelino por Charles. Después vino la gloria. Recuerdo el día que arrastré un vagón lleno de coristas, por un espacio de doscientos metros...
-Caramba -exclamo yo-, tal como....  -pero la voz, meticulosa y eterna, sigue su curso.
-¿Ha visto Ud. la estatua de Alejandro Hamilton frente al edificio del tesoro en Washington? Pues ese soy yo —y levanta de nuevo los brazos y hace el ademán de jalar algo pesado, un vagón lleno de coristas. Pero ahora su dolor debe ser mucho más profundo, pues se queja por largo rato y queda tendido en la cama, sin moverse. Después, sigue, pero yo ya quiero irme.
- Recuerdo Calabria  -dice, y se agita en la cama. La enfermera trata de calmarlo y va a la mesa de los instrumentos y las medicinas para preparar unas gotas-. Calabria y a mí madre con el rostro enrojecido por las llamas del horno, cantando- repite después algo que no entiendo y su voz parece multiplicarse en el recinto, en una serie de ecos agónicos-. Una canción...
Yo había perdido la noción de todas las cosas, cuando de pronto un timbre resonando incesantemente me devolvió a mi sitio junto a la cama, el timbrazo repitiéndose por los corredores de todo el edificio, para regresar a su punto de partida en la habitación, pues veo a la enfermera accionando un cordón arriba de la cama y a Charles Atlas de espaldas en el suelo, completamente desnudo y cubierto de sangre, el aparato desprendido de su mandíbula.
Pronto la habitación se llenó de pasos y de voces, de sombras. Siento que me arrancan del sitio donde he permanecido los mismos brazos fuertes que me habían conducido a la cita, y al salir, en una confusión de imágenes y de sonidos, veo a la enfermera gritando: fue demasiado el esfuerzo, por Dios, no resistió una pose más, y muchos hombres que levantan el cuerpo para depositarlo en una camilla, sacada rápidamente de la habitación.
Ahora en mi ancianidad, al escribir estas líneas, me cuesta trabajo creer que Charles Atlas no vive y no sería capaz de desilusionar a los muchachos que todos los días le escriben, solicitando informes sobre sus lecciones, atraídos por su figura colosal, su rostro sonriente y lleno de confianza, sosteniendo en sus manos un trofeo o jalando un vagón cargado de coristas, cien muchachas alegres y apiñadas saludando desde las ventanillas, con sus sombreros llenos de flores y el gentío en las aceras presenciando la escena, rostros incrédulos y una mano que levanta su sombrero hacia lo alto entre la multitud.
Dejé New York aquella noche, lleno de tristeza y de remordimientos, sabiéndome culpable de algo, por lo menos de haber llegado a saber aquella tragedia. De regreso en Nicaragua, ya terminada la guerra, muerto el Capitán Hatfield USMC, me dediqué a diversos oficios: fui cirquero, levantador de pesas y guardaespaldas. Mi cuerpo ya no es el mismo. Pero gracias a la tensión dinámica, aún podría tener hijos. Si quisiera.
(Charles Atlas también muere, 1976)

La cueva del trono de la calavera

 Sergio Ramírez Mercado

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra...
Rubén Darío

—¿Reconoce el reloj? —preguntó el oficial.

—Claro que sí, por la pulsera metálica —respondió el denunciante.

Una bandada de palomas grises salió volando de la copa del guarumo cuando les llegó la pedrada.

Son palomas de San Nicolás, Tito, dijo el Jefe, se echa de ver por lo cenizo, y de nuevo recogió una laja fina y la montó en la tiradora. Pero ya todas las palomas habían volado.

Luego tomó del brazo a Tito con la autoridad de que estaba investido, y dijo: ahora nos toca vigilar la tumba de la momia asesina. Bajaron entonces el barranco. En lo profundo corría el arroyo casi seco, que desaparecía a trechos para verterse más adelante en unas pozas cubiertas de hojas de almendro rojas y doradas que las ardillas apartaban con el hocico para beber.

Tito escapó de resbalar, pero el Jefe lo sujetó. No tengás miedo, Capitán, ¿que no sos Capitán? Sí, Jefe, respondió Tito. Y siguieron bajando.

—Una soguilla de oro con una cruz —leyó el oficial.

—Falta la cruz —dijo el denunciante.

—De seguro fue vendida por aparte —dijo el oficial.—

Esa cruz es un recuerdo de una tía que me quiso mucho —dijo el denunciante.

—Los ladrones jamás entienden de sentimientos —dijo el oficial.

El Jefe saltó por encima de la piedra de los sacrificios a la entrada del Valle de la Muerte, y volaron por encima de su cabeza las faldas de su camisa que no tenía botones. Tampoco tenía zapatos, y por eso no iba a la escuela. Era alto y huesudo y los colochos abundantes le caían sobre la cara como a Boy, el hijo de Tarzán.

Levantó la losa que cubría el sarcófago de la momia, pero se hallaba vacío. La momia debe andar vagando a estas horas por el mundo, dijo el Jefe, volviendo a colocar la losa. ¿Qué manda entonces?, preguntó Tito, golpeándose el pecho con el puño. El Jefe caviló antes de responder: retírese que deseo meditar.

Tito obedeció. Los Invisibles vigilaban en torno al Jefe con sus espadas de palo desenvainadas. Eran cuatro, Or, Tor, Odor y Lotor. Cuando se movían, sus pasos felinos apenas se escuchaban en la maleza.

Como pasaba el tiempo y ya empezaba a oscurecer, Tito dio un paso adelante y dijo: permiso para retirarme, Jefe. Vos sos una niña, fue su respuesta. Es que me pueden castigar en mi casa, dijo Tito. Lo que andás buscando es que decrete tu expulsión de la Patrulla del Diablo, amenazó el Jefe.

Tito palideció. Había jurado fidelidad con sangre frente al trono de la calavera. Son bromas, dijo el Jefe, nos vemos más noche en el cine. Hoy dan una de Tim Holt, dijo Tito, con alivio. Conseguí plata para la entrada de los dos, dijo el Jefe, y lo despidió con un gesto displicente de la mano.

—Un relicario —dijo el oficial.

—Es un guardapelo —dijo el denunciante.

—Aquí lo tiene, sólo que los cabellos no aparecen —dijo el oficial.

—Lo que más me duele, eran de mi mamá —dijo el denunciante.

—Ésos sí que no van a poder encontrarse, imagínese —dijo el oficial.

El tesoro escondido se hallaba enterrado en el parque central, detrás de la glorieta. Desde el campanario de la iglesia era fácil hacer un plano. Tito había recibido instrucciones de llevar papel y su caja de lápices de colores.

Olía a cagada de murciélagos en el campanario, y cuando subían los escalones de madera comidos de comején, tenían que caminar agachados evitando rozar los viejos alambres eléctricos desnudos. Se acuclillaron, para observar el terreno. En una esquina, al costado del parque, estaba la casa de Tito donde su papá tenía una venta. Enfrente de la venta, a un costado de la iglesia, la casa de corredor a la calle que antes había sido pensión de tísicos convalecientes, convertida en cuartería, donde vivía el Jefe.

El Jefe ya tenía bozo y olía en los sobacos a sudor de hombre. En la mano derecha usaba un anillo con una calavera en relieve que Tito le entregó como tributo cuando fue admitido en la Hermandad. El anillo se lo había dejado en empeño a su papá, por víveres que nunca pagó, un sargento del cuartel vecino hacía años, y Tito lo robó en secreto del ropero donde se hallaba guardado.

Ahora era el símbolo de poder del Jefe. La calavera quedaba marcada en la cara de los rufianes cuando los noqueaba con el puño en las trifulcas a muerte en muelles de carga, fondas de barrios bajos y bodegas ferroviarias abandonadas.

Anoche no llegaste al cine, Capitán, dijo el Jefe. Es que me mandaron a hacer mis tareas, respondió Tito. Vos sos hijo de dominio, dijo el Jefe. Tito sintió que los Invisibles, que los rodeaban en el campanario, lo miraban con caras de burla, el cuchillo entre los dientes. Uno de ellos usaba un pañuelo rojo moteado de blanco amarrado a la cabeza, el otro tenía una pata de palo.

Perdón, Jefe, dijo Tito. Tendrás una penitencia, respondió el Jefe. Vas a conseguirme una lata de sardinas, tengo hambre. Tito bajó tan rápido como pudo los escalones para ir a la venta y buscar cómo robar la lata de sardinas en un descuido, porque sabía que el Jefe no había almorzado; vivía solo con su papá, que era hojalatero, y compraban el plato de comida del almuerzo en una comidería del vecindario, un plato para los dos.

En la cuartería vivían también un carpintero que fabricaba ataúdes de niño, una dulcera que amasaba corderitos de pasta de arroz, y una adivina paralítica que hablaba desde su cama detrás de una cortina. Salvo por la adivina, los demás inquilinos trabajaban en el corredor, el papá del Jefe sentado en un banquito soldando cántaros y baldes con una barra de estaño, el carpintero en su mesa, unas veces clavando y aserrando, otras colocando los morriones de flores de papel a los ataúdes blanqueados con albayalde, y la dulcera con una tabla en el regazo picando con unas tijeras los corderitos de dulce para fingir la lana.

¿Y los Invisibles?, preguntó Tito al volver al campanario. Los mandé a cumplir una misión peligrosa y lejana para probar su lealtad, dijo el Jefe mientras metía los dedos en la lata de sardinas abierta a golpes de navaja. ¿Y si desertan?, preguntó Tito. Entonces, la maldición eterna caiga sobre ellos, respondió el Jefe, tragando un bocado. Ya sólo vamos a ser dos, dijo Tito. Oyó entonces que su padre lo llamaba a gritos desde la acera de la venta, pero se mantuvo firme y se quedaron en el campanario hasta que oscureció.

—Un sombrero de caballero —dijo el oficial.

—Mi sombrero de ir a la finca —dijo el denunciante.

—Es una prenda muy vieja —dijo el oficial.

—Sí, pero a mí me sirve —dijo el denunciante.

—Aquí tiene, perdone —dijo el oficial.

En un claro de la selva izaron la bandera de Los Intrépidos Invencibles y saludaron con la mano en la sien cuando llegó al tope del asta. Ahora vamos a jugar bendito-escondido, ordenó el Jefe. ¿Quién va a esconderse primero?, preguntó Tito. Yo, dijo el Jefe, no me busqués hasta que terminés de contar veintiuno, sin hacer marrulla.

Tito se volvió contra el tronco de un ceibo, contó hasta veintiuno con la cara entre las manos y al terminar de contar se dio vuelta. El Jefe había desaparecido. Gritó llamándolo, pero nadie respondía en la soledad. Era como estar en el fondo de una poza de aguas turbias, con la luz de la tarde moviéndose entre los ramajes cerrados. Entonces se puso a llorar.

—Una pluma Parker 41 —dijo el oficial.

—Mire, le rompieron la bomba —dijo el denunciante.

—Es sólo por hacer la maldad —dijo el oficial.

—Esta pluma la dejo, no sirve —dijo el denunciante.

—Tienen que llevárselo todo, después me van a firmar un recibo —dijo el oficial.

Con vos ya no se puede jugar, Capitán, sos peor que una niña, dijo el Jefe, saliendo de entre el follaje. Es que desapareciste, dijo Tito. Ése es el juego, desaparecer, dijo el Jefe. Perdón, dijo Tito, secándose las lágrimas. Lo mismo decís siempre, mamplorita, dijo el Jefe, pero de nuevo se rió, y propuso: mejor corramos a la cueva del trono de la calavera. Corrieron entonces tocando música de guerra con la boca, y traspasaron la cascada que protege la entrada de la cueva.

Capitán, tengo una notificación que hacerle, dijo el Jefe, muy pensativo, sentado ya en el trono. Escucho y obedezco, se cuadró Tito. La Hermandad Invencible queda disuelta, dijo el Jefe. Tito tardó en comprender. ¿Ya no querés ser el Duende que Camina?, preguntó. No es eso, Capitán, es que parto en busca de una tierra lejana, respondió. ¿Y el anillo de tu poder? El anillo me lo llevo, dijo.

Yo me voy con vos, dijo Tito. No, Capitán, tenés que quedarte, respondió el Jefe. No quiero quedarme, dijo Tito. Conforme el juramento de sangre tenés que obedecer mis órdenes, dijo el Jefe. Sí, Duende que Camina, respondió entonces Tito, y golpeó el puño contra su pecho. Los Invisibles quedan para cuidarte, ya volvieron triunfantes de su misión, dijo el Jefe. Era cierto, habían vuelto. Se les sentía merodear dentro de la cueva.

—Un anillo de mala calidad, con una calavera en relieve —dijo el oficial.

—¿Un anillo? ¿De dónde salió ese anillo?

—preguntó el denunciante.

—El ladrón lo llevaba puesto en el dedo, pensamos que era parte del botín — dijo el oficial.

—Qué cosas más raras las de la vida —dijo el denunciante.


San José, Costa Rica, 1967/Managua, 2008

El Idiota

Sergio Ramírez Mercado

Amanece a un lado en el atlántico norte, una suave franja rosa muy lejos a un costado del avión y en el otro la negra noche oscura mientras se abre frente a mí la pequeña pantalla de cuarzo en el espaldar del asiento delantero como una ventana a la claridad difusa de la eternidad, Muhamed Alí versus Joe Frazier, pelea de revancha pactada a 15 rounds, 1 de octubre de 1975, Alí pantaloneta blanca, Frazier pantaloneta azul, los guantes que ambos chocan ahora galantemente al centro del cuadrilátero son rojos, suena en mis audífonos la campana y el referee se aparta, fantasmas de hace un cuarto de siglo que empiezan a medirse, salta Alí, petulante, y mientras siga saltando fintando martillando buscando con los puños el punto débil en la defensa cerrada de Frazier, la eternidad no está en riesgo, un ballet fatal, abrazos desesperados, Frazier contra las cuerdas, suena la campana de nuevo, grita Alí, su gran bocaza abierta, un fanfarrón insoportable, metódico sin embargo en su martilleo, constante en golpear y golpear hasta que la fortaleza se derrumbe, un fanfarrón insoportable pero nunca más habrá otro como él, se lo digo yo, dice el viejo comentarista de radio entrevistado en el asilo de ancianos en Sausalito, California, que estuvo aquella noche en el palco de la prensa llevando su propia tarjeta, y qué es la eternidad sino ese martillo constante de los puños que siguen golpeando sin cesar mientras el tiempo avanza ciego hacia la consumación de los siglos, round 12, el ojo hinchado de Frazier brilla como un rubí, y Alí inclemente cercándolo, martillando, un martinete veloz, un experto en demolición, ¿han visto al idiota de lerdo andar, perdido por allí con su sonrisa ausente? O pierdes, o ganas, no hay de otra, gritaba con la gran bocaza, y ahora, ¿lo vieron aquella vez, con la tea olímpica en la mano en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos?, ¿fueron los de Los Angeles, o los de Barcelona?, otra ventana también a la claridad difusa del pasado, la bocaza vencida, la risa perdida, la mirada sin razón, groggy para siempre como bajo el peso de un millón de mazazos en la cabeza como los que él daba con tanta constancia, pero otra vez suena la campana en mis audífonos, vuelve Alí a su esquina, su second que parece más bien un barbero de manos bien lavadas lo aconseja al oído, el otro asistente con gorro musulmán le baña la cara de agua, le mete en la boca el protector, round 14, el referee camisa celeste, corbata de pajarita de pintas marrón, pelo largo, patillas anticuadas como las que un día llevamos, se acerca a Frazier a preguntarle algo, ¿va a continuar?, continúa, tambaleándose se acerca al centro del entarimado, y desde las sombras del pasado ya no puede más, lo vemos y sabemos que ya no puede más, el ojo monstruoso, desde su esquina su second tira por fin la toalla, esto se acabó, Alí alza las manos en triunfo, brinca desaforado, grita fanfarronadas, la gran bocaza abierta, traen el cinturón dorado para ceñírselo otra vez al rey, cetro y corona en la cabeza, pero se apagan las luces sobre el cuadrilátero, la arena va quedando desierta, la pantalla de cuarzo brilla ahora con resplandor opaco y sólo el idiota permanece en la eternidad riéndose con risa indescifrable.

Adán y Eva

 Sergio Ramírez Mercado

A Napoleón López Villalta

Esa tarde de febrero salió de su casa decidido a tener una conversación con su Conciencia, y por eso mismo la invitó a tomar una cerveza. Ella, que leía echada en el sofá, dejó el número de Vanidades que tenía entre sus manos, y lo siguió tal como esta­ba, limpia de maquillaje, vestida con una blusa de al­godón sin mangas, un bluyín de perneras cortas que dejaba libres las pantorrillas, y sandalias plateadas.

Era uno de esos viejos barrios residenciales del sur de Managua, invadido con lentitud pero con eficacia por pequeños centros comerciales construi­dos de manera improvisada en los baldíos, sus cubículos rentados a tiendas de cosméticos y lavande­rías, farmacias y boutiques de ropa, mientras las casas de los años sesenta y setenta del siglo anterior iban siendo abandonadas para convertirse en far­macias, pizzerías, restaurantes y bares, sin que fal­taran las funerarias.

De modo que sólo tenían que caminar unas pocas cuadras para llegar al bar preferido suyo, sur­gido en las entrañas de una de aquellas residencias abandonadas por sus dueños, que se habían ido a vi­vir más arriba, siempre hacia el sur, en lo que eran las primeras estribaciones de la sierra, donde los tracto­res seguían derribando los plantíos de café para dar paso a las nuevas urbanizaciones amuralladas.

Ya nadie hubiera podido reconocer el local como un hogar de clase media, abatidas las paredes y todo puesto a media luz, la acera tomada para asentar en ella parte de las mesas bajo un toldo a ra­yas desflecado por el viento y agobiado de polvo. El rótulo mostraba el nombre del bar, Adán y Eva, y su emblema era una manzana que, al iluminarse de no­che con luces de neón, saltaba por todo el tablero.

Frank, el propietario, que llevaba el pelo en­trecano recogido en una cola de caballo, y que por las noches era también el guitarrista, se hallaba de guardia detrás del mostrador y lo saludó de lejos mientras pasaban a sentarse en un rincón del fondo. Era temprano aún, y las mesas se encontraban va­cías. La clientela solía aglomerarse sólo después de las cinco de la tarde, una vez salido todo el mundo de las oficinas cercanas, públicas y comerciales, y de los bancos, que es cuando empezaba la happy hour decretada por Frank, dos tragos al precio de uno, siempre que se tratara de licores nacionales.

Se sentó frente a su Conciencia, grácil y esbel­ta gracias a la calistenia aeróbica de cada mañana en el gimnasio Ilusiones, lo que le permitía vestirse como una muchacha. Acababa de cumplir los cin­cuenta, igual que acababa de cumplirlos él, y más que quitarse la edad se sentía orgullosa de sus años bien llevados.

Nuestro amigo pidió una cerveza. De su mis­mo vaso le daría de beber a ella algunos sorbos. No iba a incitarla a ningún exceso, porque debía tenerla sobria frente a él, desde luego que necesitaba de sus consejos. Vos y yo tenemos que hablar muy en serio, le dijo, apenas se habían sentado. Ella sólo se arregló un poco el pelo cortado a la garzón, y lo miró a los ojos sin decir palabra.

Trajeron la cerveza, sal y limón. Frank había vivido en México, donde regentaba también un bar en la colonia Condesa del Distrito Federal, y conser­vaba aquella costumbre de servir la cerveza con sal y limón.

Pasaron un rato en silencio. Ella hacía dibujos con la uña sobre el tablero de la mesa de pino barni­zada de verde. Te traje aquí para hacerte una consul­ta, dijo él.

Pero no me vas a tener a boca seca, dijo ella, prometiste darme unos sorbos de tu vaso, ya te acabaste la cerveza, y nada. De modo que él hizo un gesto resignado y llamó al mesero de corbatín negro, que vino en seguida. Vos estás tomando Corona, pero a mí que me traiga una Victoria. Te creés independiente, se mofó él. ¿Cuál es la consul­ta?, preguntó ella, sin abrirse a mofas ni bromas.

Mirá, dijo él, y puso los codos sobre la mesa buscando acercarse para empezar la confidencia, pero ella no lo estaba atendiendo. Había rebalsado el vaso al servirse, y al llevárselo a la boca la cerve­za se derramó sobre su blusa, que ahora intentaba limpiar con un puñado de servilletas arrancadas al servilletero. Qué es lo que ganan, rezongó ella, par­tir cada servilleta en cuatro para poner aquí hara­pos de servilletas, más trabajo les toma estarlas par­tiendo, y esta blusa que es nueva.

No le va bien a Frank, por eso busca el ahorro en todo, dijo él. Cómo le va a ir bien si esnifa como loco, dijo ella. ¿Dónde aprendiste esa palabra, esnifar?, preguntó él. ¿Cómo se dice entonces?, ¿ñatearse?, se rió ella, y agregó: en las películas de la tele, niño, no ves que mi diversión es ver tele. Y las revistas, dijo él, te pasás el santo día leyendo Vanidades. Más me gus­ta Hola, salen fotos a toda página de los baños de las mansiones de la nobleza europea, y se pueden ver los inodoros de oro puro donde cagan las marquesas. Qué vocabulario, dijo él. Cagar o no cagar, he allí el dilema, volvió a reír ella, mientras seguía secándose la blusa con los retazos de servilletas.

¿Me vas a poner atención, o no?, dijo él, sin dejar su posición acodada, ¿o todo eso de derramar el vaso y echarte encima la cerveza no es más que teatro porque no me querés oír? Soy toda tuya, dijo ella, y se acodó también sobre la mesa. Él se rió, con sorpresa boba. Deberías haber dicho «soy toda oí­dos», dijo. No en el caso mío, dijo ella. ¿Acaso sos mi mujer?, dijo él. Peor que eso, soy tu conciencia, dijo ella; eso es peor que coger con vos.

Bueno, entonces, dijo él. «¿Bueno, enton­ces?», es lo que yo te digo a vos, dijo ella. Me propu­sieron un negocio, dijo él. Los jueces no andan en negocios, dijo ella. Con vos ya veo que no se puede hablar en serio, refunfuñó él. Lo que te molesta es tener que hablar conmigo, dijo ella. ¿Por qué iba a molestarme?, se encogió él de hombros. Porque para eso estoy, para molestarte, soy tu conciencia, dijo ella, que ahora secaba con otro puño de servilletas la base de su vaso, antes de llevárselo otra vez a la boca.

Ese reo que está en mis manos de verdad está enfermo, dijo él, de todos modos tiene derecho a curarse en su casa. Hipertensión crónica, dijo ella, cuadro diabético. ¿Vos conocés el asunto?, pregun­tó él. Qué voy a conocer nada, es lo que todos los abogados de los narcos alegan, dijo ella, el filo del vaso en los labios. Pero en este caso ya te dije que es cierto, dijo él, el cuadro clínico da pie a la fianza de excarcelación. ¿Y el médico forense?, preguntó ella. Él guardó silencio, y sus dedos tamborilearon sobre la mesa. Hay que darle algo para que firme el dicta­men, respondió al fin. ¿Cuánto?, preguntó ella. No sé, tal vez unos dos mil. ¿Y a vos te tocan, enton­ces...?, volvió a preguntar ella. Veinte mil, respon­dió él. De los verdes, dijo ella. ¿Quién piensa en córdobas?, dijo él. Ya sé, dijo ella, no me ibas a ven­der en moneda nacional.

Vos bien sabés que es la primera vez que yo hago esto, dijo él, y suspiró hondamente. Bueno, se supone que sí, que tengo que saberlo, dijo ella. Y quie­ro que estés clara que jamás voy a volverlo a hacer, dijo él. No habrá reincidencia, se mofó ella. Es una emergencia justificada, dijo él, no tiene por qué vol­ver a repetirse. A menos que sobrevenga otra emer­gencia, and so on, and so on..., dijo ella. Te lo puedo jurar, dijo él. Qué divertido que te veo, dijo ella. ¿Qué cosa es divertida?, preguntó él. Que pretendás hacer­me juramentos a mí, nada menos que a mí. ¿Y ante quién más podría jurar?, delante de vos me confieso, delante de vos me comprometo, para eso estás. Al pan pan, y al vino vino, lo cortó ella, vas a aceptar plata de la droga, y querés dorarme la píldora con juramentos, recordá que vos y yo somos almas geme­las. «Dos almas que en el mundo había unido Dios», canturreó él, sin ánimo. Peor que eso, somos almas siamesas, dijo ella. Peor que si cogiéramos, ya dijiste, dijo él. Sí, dijo ella, pero, además, no sos mi tipo para la cama.

¿Entonces?, dijo él. ¿Entonces qué?, dijo ella. Entonces puedo aceptar el negocio, dijo él. Mirá, dijo ella, no soy tu enemiga, la prueba está en que acepté esta invitación, estoy aquí frente a vos, hasta me vine sin tiempo siquiera de pintarme los labios, siguiéndote a la carrera. A veces parece como si lo fueras, dijo él. ¿Si fuera qué? Mi enemiga, dijo él. Quiero ayudarte, eso es todo, dijo ella, en el fondo tengo el alma blanda.

Él dio un trago largo sin quitarle la vista. Vos sabés que mi sueldo... Ella lo interrumpió. Ya sé, tu sueldo es una mierda. Ésa es la palabra, dijo él, mil gracias. Y nunca te promovieron a magistrado de la Corte de Apelaciones, dijo ella. Qué me van a pro­mover, no soy servil, dijo él. Y pasás necesidades, yo lo sé, dijo ella. Cada vez es peor, dijo él, tengo que sacar a mis hijos de la UAM, trasladarlos a una uni­versidad pública, no es justo, ellos no tienen la cul­pa. Y las tarjetas de crédito, dijo ella, las tenés reven­tadas. Y vos sabés que las medicinas de mi mujer cuestan una fortuna, dijo él. Las medicinas para el mal de Parkinson, sí, dijo ella. Por eso te pido que veamos esto como una emergencia, dijo él.

Trajeron otras dos cervezas. Todo eso lo sé, y te comprendo, dijo ella tras servirse, pero también me tenés que comprender a mí. ¿Qué es lo que ten­go que comprender?, preguntó él, medio divertido. Yo tengo mis escrúpulos, dijo ella. Él se rió ahora abiertamente. ¿Escrúpulos de qué?, preguntó, ¿es­crúpulos de conciencia? Ese narco que vas a poner libre, ¿es mexicano? No, guatemalteco. Lo mismo da, una vez en la calle bajo fianza, lo sacan del país y no vuelve a aparecer nunca, dijo ella. ¿Y qué tene­mos que ver nosotros con eso?, dijo él.

Ella calló, y bajó la cabeza. ¿Entonces?, dijo él. Entonces nada, dijo ella, si vas a dar el paso, no te andés con temblores. Ya te juré que es sólo por esta vez, dijo él. Ya te dije que mí no me andés haciendo esa clase de juramentos, dijo ella, enfurruñada. ¿Vos creés acaso que me estoy prostituyendo?, preguntó él, lleno de pronto de una tristeza que lo desampara­ba hasta el frío, tanto que acunó los brazos. Ella le alcanzó la mano y se la apretó con cariño. Nadie se está prostituyendo, dijo ella.

¿De qué sirve pasarse la vida entera siendo honrado?, dijo él, nadie te lo agradece. Es cierto, dijo ella, sonriendo apenas, y si te morís de hambre, yo ya no te serviría de nada en la tumba fría. Ya ves, dijo él, hablando se entiende la gente. Y, además, yo misma ando escasa de fondos, dijo ella. Lo que que­rrás, de mi parte lo que querrás, dijo él, e hizo ade­mán de tocarse los bolsillos. Es el colmo que me tengás que comprar a mí misma, a tu propia con­ciencia, dijo ella, sonriendo más abiertamente. Pues de mi parte tenés siempre a la orden la cuota del gim­nasio para tus aeróbicos, y la cirugía facial, cuando necesités otra, dijo él, o un implante de los senos. Nunca he necesitado ninguna cirugía, respingó ella. Es una broma, niña, dijo él. A lo mejor un viaje a Miami sí necesito, para comprar ropa, dijo ella.

Él llamó para pedir la cuenta. En la mesa ha­bía ya cuatro botellas de cerveza de cada lado. Los platitos con sal y limón eran cuatro también. Te agradezco en el alma, dijo él, has hecho bien tu pa­pel. Ella alzó las cejas y dijo: no te entiendo. Tu papel de recriminarme, hacer que me odie por lo que voy a hacer, dijo él. ¿Creés que ha sido sólo un papel, que no soy sincera con vos?, dijo ella, con la voz herida. No es eso, dijo él, cuando digo papel, quiero decir que has cumplido con tu obligación. Ya te dije, enemiga tuya no soy, dijo ella, y, además, tu caso no es el único, conozco varios. Yo creí que sólo te ocupabas de mí, bromeó él. Una se da cuenta, dijo ella, Managua es un mundo chiquito.

¿Qué casos?, preguntó él, con vivo interés, mientras sacaba la cartera para pagar. Te veo deseo­so de consuelo en el ejemplo ajeno, dijo ella. Bueno, mal de muchos, consuelo de pendejos, dijo él. El mesero le entregó, al recibir el pago, una papeleta de propaganda para el show de esa noche. Iba a ser una noche de boleros románticos, con Keyla Rodrí­guez de vocalista, y Frank en la guitarra. Conozco a otros como vos, que han hecho lo mismo, o cosas peores, dijo ella. ¿Cosas peores como cuáles?, pre­guntó él, y contó treinta córdobas de propina.

Ella lo miró, risueña, como si lo examinara hueso por hueso. ¿Qué te parece violar a la propia hija, y después quedarse de amante con ella por años?, dijo ella. Sí, eso parece peor, dijo él. ¿Y qué te parece falsificar la firma de tu propia madre, ven­der sus propiedades, y dejarla en la calle? También es horrible, dijo él. Vos conocés esos casos, con nombres y apellidos, sabés que no estoy inventan­do, dijo ella. Tenés razón, dijo él, son cosas que se saben. Me alegra que entendás entonces que hay cosas peores, así me quedo tranquila, dijo ella. Y así yo también puedo dormir tranquilo, sabiendo que vos estás tranquila, dijo él. ¿Pedimos dos más?, pro­puso ella. Ya pagué la cuenta, dijo él. ¿Y eso qué im­porta?, respondió ella, hay motivo para celebrar. No debería, respondió él, pero bueno.

Trajeron la nueva tanda, con nuevos vasos es­carchados, sacados del congelador. Ella se volvía vieja, hay que reconocerlo, a pesar de la apariencia juvenil sostenida con los ejercicios Pilates. Tenía los mismos ojos claros y vivaces de cuando se habían conocido, las cejas tupidas que se juntaban encima del caballete de la nariz respingada, los mismos labios carnosos, un rostro de adolescente pícara que enmascaraba con ven­taja el paso de los años. Pero estaban las patas de gallo que empezaban a resquebrajar la piel al lado de los ojos, la leve sombra oscura que empezaba a embolsar los párpados inferiores, qué Pilates ni qué Pilates. A lo mejor de verdad iba a necesitar la cirugía facial.

La gente comenzaba a entrar al bar. En la mesa de al lado se sentó una pareja de empleados de banco; el varón, rapado con navaja, se deshacía de la corbata amarilla canario con alivio, como si se tra­tara de una soga; la mujer, de doble rabadilla, enta­llada dentro del uniforme gris, llevaba al cuello un pañuelo colorido. Las demás iban siendo ocupadas por agentes de seguros, vendedores de carros, corre­dores de bienes raíces, empleadas de agencias de via­jes. El rumor de voces, alegre y despreocupado, cre­cía entre el arrastrar de las sillas.

—Salud, entonces —dijo él, alzando el vaso.
—Salud —dijo ella, y alzando el suyo le son­rió con ternura.


Managua, julio 2007

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...