martes, 8 de marzo de 2022

La colina 155

Sergio Ramírez Mercado

A Henry Ruiz (Modesto)

La falta de la tapa del manjol puede ser causa de graves accidentes para los conductores de vehículos inadvertidos, y peor, para los peatones, sobre todo si se aventuran de noche por el medio de la calle. Esta clase de accidentes se ha multiplicado en los últimos tiempos debido al alza exagerada en los mercados internacionales del precio de los metales que se usan para fabricar las tapas, hierro, cobre, bronce, lo que las hace objeto de constantes robos.

El precio del cobre, por ejemplo, se ha triplicado en cinco años y ha alcanzado dieciséis mil dólares por tonelada, mientras que el valor del plomo ha llegado a un récord histórico de cuatro mil dólares por tonelada, precio similar al del bronce. La causa principal es el consumo voraz de esos metales por parte de países como China o la India.

Este fenómeno alienta a los talleres de fundición en Managua a comprar de manera inescrupulosa piezas y artículos metálicos que son producto del robo, entre ellas las tapas de los manjoles, cables del tendido eléctrico y telefónico, y medidores del servicio de agua potable. No se salvan los objetos sagrados de las iglesias, ni las verjas y adornos funerarios de los cementerios, ni tampoco los prohombres ilustres, como ocurrió en Managua con el busto de bronce del general Bernardo O’Higgins, recuperado por la policía una madrugada de manos de una cuadrilla de ladrones a quienes dieron persecución después que lo habían separado de su pedestal en la avenida de los Próceres de América, y lo transportaban en una carretilla de mano con la intención de venderlo a una chatarrería para ser fundido.

(Otro metal que goza de alta demanda es el aluminio, pues dada su ligereza de peso, su flexibilidad y resistencia, ya se sabe que es útil en la fabricación de envases desechables, sobre todo latas de bebidas, y permite el reciclaje. Quienes se dedican a recogerlos lo hacen sin exponerse a cometer acciones delictivas, pues generalmente se los encuentra en los tachos domésticos de basura y en los de restaurantes, hoteles, discotecas y cantinas.)

Había escrito lo anterior buscando la manera de dar inicio a esta historia, pero me está alejando del tema, y es lo primero que recomiendo a mis alumnos en los talleres literarios: una vez que se ha hecho la escogencia del asunto central en un cuento, no alejarse nunca de él y enfrentarlo sin rodeos. Al toro siempre por los cuernos.

Pero aún así, el asunto de los manjoles y las latas me da dos posibilidades de abrir la narración, que vamos a llamar A y B:

En la posibilidad A, un hombre de unos cincuenta años, que calza unas viejas botas militares, camina la mañana de un miércoles, a eso de las ocho, a la par de su hijo, por una de las calles sombreadas de los Altos de Santo Domingo, en el área residencial del sur de Managua, empujando un carretón. El hijo tiene unos doce años. El oficio del hombre es esculcar en los tachos de basura, con la ayuda del niño, en busca de latas desechadas de cerveza y bebidas gaseosas. Nada más le interesa. Es miércoles porque ese día pasa por el sector el camión recolector de la Alcaldía Municipal, y los tachos son sacados a las aceras desde temprano. Hacen el trabajo de la manera más callada posible para no poner en advertencia a las empleadas domésticas a quienes no les gusta para nada que revuelvan la basura que luego queda derramada sobre la acera.

Pero da la casualidad de que esa mañana, en el portón de servicio de una de las residencias, una empleada de uniforme celeste y delantal blanco está recibiendo de un mensajero montado en su motocicleta la factura de cobro de la luz eléctrica, y ve venir al hombre y al niño. La empleada es joven y agraciada, y su pelo negro luce húmedo porque acaba de bañarse. Ya los conoce, se ha peleado algunas veces con el hombre debido al reguero de basura, por lo que él intenta pasar de largo con el carretón, pero ya cuando el mensajero acelera y se pierde a la vuelta de la esquina, ella lo llama y le dice que adentro hay montones de latas, y se las ofrece.

Podríamos anotarlo como un rasgo repentino de generosidad, pero lo cierto es que la noche anterior ha habido allí una fiesta de cumpleaños con abundantes invitados. Es un excelente trato. Ella se libera de una carga porque le tocaría recoger las latas, meterlas en sacos de plástico negro y sacarlas a la vereda. Él recibe a cambio un tesoro, el equivalente de toda una mañana de búsqueda bajo el sol, adelantándose al paso del camión, que lo llevaría fuera de los linderos de los Altos, hacia Lomas de Santo Domingo y el Mirador.

Es por esa razón que el hombre y su hijo, precedidos por la empleada, entran aún un tanto temerosos a la residencia por la puerta de servicio, y siguiendo una vereda de piedra cantera que se abre en medio de la grama rasurada, bordean una piscina de aguas turquesa a resguardo de una alameda de cocoteros enanos cargados de frutos, para llegar hasta el rincón donde la noche anterior estuvo instalado el bar, la larga mesa de patas metálicas plegables ahora desnuda del mantel aún allí, y al lado de la mesa unas javas de vasos de alquiler y dos grandes recipientes de zinc que sirvieron para enfriar las latas de bebidas. El hielo ya se ha disuelto por completo en los recipientes, y en el agua nadan algunas latas que no llegaron a ser abiertas. Junto a un muro coronado por una frondosa mata de buganvilia, está el túmulo de latas vacías que los meseros fueron tirando de manera indolente, algunas de ellas estrujadas.

La mujer desaparece por un momento, y regresa con un atado de bolsas plásticas negras de las gigantes, que ellos de inmediato despliegan y comienzan a llenar. También hay botellas. Botellas de whisky, vodka, ron, tequila, pero ya se ha explicado que al hombre sólo le interesan los envases de aluminio, y por tanto las deja de lado, a pesar de las instancias de la empleada de celeste para que disponga también de las botellas. En total llegan a llenar cinco bolsas. En el primer viaje el padre alcanza a cargar dos, el niño una.

Cerca de la piscina de aguas turquesas hay un pabellón abierto al que en determinado momento la vereda, que hace una curva, se acerca en su recorrido. El piso es de ladrillos de barro barnizados que brillan a la luz encandilada de la mañana, y hay una hamaca de manila colgada de dos argollas empotradas a los pilares, y una mesa de fierro con sobre de vidrio rodeada de unos sillones también de fierro, forjados en arabescos.

La empleada, que va siempre adelante, abriendo el paso a los dos que cargan el primer viaje de bolsas, es la primera que se sorprende al ver en el pabellón al dueño de casa, en pijama, sentado en la silla de ruedas, con el periódico en el regazo. Ya estaba allí desde antes seguramente, sin que ninguno de los tres lo notara, cuando pasaron en busca de las latas. La fiesta de su cumpleaños terminó tarde, cerca de las cuatro de la madrugada, y ella lo hacía dormido. Detrás de la silla de ruedas está una enfermera, impecablemente vestida de blanco almidonado, asida a los manubrios.

El hombre que carga las dos bolsas de plástico negro ha descubierto también al ocupante de la silla de ruedas, y un impulso natural lo hace detenerse, lo que hace que también se detenga, a su vez, el niño que sigue sus pasos. Y los ojos del hombre no se entretienen en su cara, sino en que le falta una pierna, mutilada a la altura de la rodilla. La pernera del pijama se halla cuidadosamente doblada en ese punto, y sujeta por una gacilla.

El inválido lo mira primero fijamente, escrutándolo de manera un tanto socarrona. Después le sonríe, con cara de alegre sorpresa. Le ralea el pelo que tira a rojizo por la tintura con que lo tiñe, y la piel se le afloja en dos bolsas fláccidas bajo los ojos. Su color es malo, el color de los enfermos crónicos de diabetes mellitus. Huele de lejos al olor dulzón y triste de azahares del agua de colonia Tres Coronas con que friccionan a los caballeros viejos y enfermos cuando han acabado de bañarlos y los devuelven a sus camas plegables o los sientan en sus sillas de ruedas. El hombre se queda mudo y deposita las bolsas en la grama, como si hubiera sido sorprendido robando. Mientras tanto el niño, su hijo, a sus espaldas, conserva la suya siempre colgada del hombro.

En la posibilidad B, el barrio residencial es el mismo de los Altos de Santo Domingo, pero en horas de la madrugada, un poco antes de que comience a aparecer el sol. La calle también es la misma. Por en medio, porque no hay a esas horas ningún tráfico de vehículos, un carretón tirado por un caballo canoso y escuálido avanza desbocado. En el pescante, tajona en mano, un hombre de unos cincuenta años calzado con unas viejas botas militares lo apura a correr más allá de lo que dan sus pobres fuerzas, mientras a su lado un niño de unos doce años se agarra con miedo de la pretina del pantalón del padre, porque se trata de padre e hijo. Detrás viene dándoles persecución una radiopatrulla de la policía, y el agente que viaja al lado del conductor ya ha hecho dos disparos de prevención al aire. La sirena, que emite un ladrido agresivo de manera intermitente, no deja de sonar.

El caballo, agotado, se derrumba sobre sus patas delanteras, el eje del carretón se quiebra, y la caja, que queda suelta atrás, se volantinea contra la cuneta derramando su contenido oculto debajo de una lona, mientras tanto los ocupantes del carretón, repuestos de la caída, emprenden la carrera calle arriba, perseguidos por dos de los agentes de la radio-patrulla que ha frenado bruscamente, armados de fusiles AK. Otros dos agentes examinan el botín desparramado en la calle. Se trata de tapas de manjoles que al amparo de la noche padre e hijo han venido quitando de las alcantarillas, unos siete en total. Algunas han rodado al caer, como grandes monedas que luego se derrumban pesadamente.

Corren. El hombre de cincuenta años es flaco y ágil, entrenado en su juventud para huir de emboscadas, reptar entre matorrales bajo fuego enemigo, traspasar alambradas, atravesar corrientes con el fusil en alto, y a su hijo, los doce años le ponen alas en los pies. Los policías, en cambio, están fuera de forma. A uno de ellos le pesa la barriga tanto como los años, y el otro es un policía de escritorio, que debe hacer suplencias en las rondas nocturnas. Así que les llevan ventaja, y tras unos trescientos metros de carrera abierta, el padre, que va adelante, toma la iniciativa de saltar para alcanzar el muro de una residencia, el que le parece menos alto, a pesar de que se halla coronado con una serpentina de alambre de púas de acero, filosas y amenazantes, y lo mismo hace el hijo.

Caen al otro lado sobre un mullido colchón de grama mojada por el rocío de la madrugada, las manos, los brazos y las piernas desgarradas por el filo de las púas, y avanzan en cuatro patas hasta alcanzar una vereda de piedra cantera que se abre en medio de la grama rasurada. Frente a ellos hay una alameda de cocoteros enanos cargados de frutos, y detrás de la alameda una piscina de aguas que duplican el gris del cielo, que es también el gris de todas las cosas que van apareciendo, volviéndose reales, como la copia de un negativo que chorrea agua colgado de una cuerda en el cuarto oscuro.

A contra mano de la piscina, donde termina el colchón de grama húmeda, hay un pabellón en sombras al que en determinado momento la vereda, que hace una curva, se acerca en su recorrido. Una hamaca de manila cuelga de dos argollas empotradas a los pilares, y en el piso de ladrillos de barro descansa una mesa de fierro con sobre de vidrio rodeada de unos sillones también de fierro, forjados en arabescos. Exactamente en el mismo lugar está el inválido en su silla de ruedas, una sombra entre las sombras, con el mismo pijama, la pernera doblada a la altura del muñón de la rodilla, prensada con una gacilla. Siempre madruga. Después de las cinco de la mañana le es difícil conciliar el sueño. Detrás de la silla la enfermera vestida impecablemente de blanco almidonado se mantiene asida a los manubrios.

La luz estalla de pronto, violenta, encendiéndolo todo, como si el amanecer fuera una explosión de magnesio. En el mismo instante empieza a hacer calor, un calor pegajoso, y el inválido mira al hombre en cuatro pies, cubierto de heridas, primero fijamente, escrutándolo de manera un tanto socarrona. Después le sonríe, con cara de alegre sorpresa. El hombre se queda mudo, mientras tanto el niño, a sus espaldas, es el primero en incorporarse y se agarra el hombro donde la sangre mancha la camisa desgarrada. Detrás de ellos, tres guardaespaldas fornidos que han salido de la nada, las guayaberas demasiado cortas, los apuntan con sus escopetas recortadas.

El hombre se incorpora también, temeroso, y se acerca al hijo como si quisiera darle protección, o recibirla de él, mientras tanto afuera alborotan los policías haciendo sonar repetidamente el timbre. Los ladridos de la sirena de la radiopatrulla, estacionada frente a la puerta de servicio por donde se saca la basura, suenan con insistencia. La muchacha de uniforme celeste y delantal blanco, la misma que quería deshacerse del exceso de latas de la fiesta de cumpleaños, el pelo negro húmedo, ha ido a la puerta y conversa con los policías a través de la cancela. Después se acerca al inválido, se coloca respetuosa frente a él, y antes de que pueda pronunciar una palabra, recibe la orden de notificar a los policías que de ninguna manera pueden penetrar en la residencia sin orden judicial. Y punto. Es lo que dice cuando termina de transmitir sus instrucciones: y punto.

Pero además, con un gesto imperioso de la mano, ordena a los vigilantes que se retiren, y es hasta entonces que el hombre y su hijo se voltean y descubren a aquellos tres que los estaban apuntando tan de cerca, y que de mala gana retroceden hasta el fondo del jardín, cerca del garaje donde hay estacionados un todo terreno Mercedes Benz 240 gd plateado, una Suburban negra que parece una carroza funeraria, y un Lexus LS 600L gris, y desde allí siguen poniendo ojo, desconfiados, a lo que acontece.

Las voces de los policías se apagan afuera, se oyen los portazos cuando suben a la radiopatrulla, la sirena ladra un par de veces más, y luego se alejan. Entonces el inválido alza el rostro hacia la enfermera, le dice algo en voz baja, y ella desaparece para regresar con un botiquín de primeros auxilios que deposita en el sobre de vidrio de la mesa de fierro. Las heridas son casi todas superficiales, las desinfecta con tintura de mercurio cromo, y en algunas aplica apósitos de gasa que asegura con vendajes elásticos. Mientras tanto la empleada de celeste ha recibido instrucciones de ir a la cocina y ordenar a la cocinera que prepare un buen desayuno para los huéspedes. El inválido ha dicho eso mismo: un buen desayuno. Y ha dicho huéspedes.

Ahora las alternativas A y B se juntan y la historia ha de correr por un mismo cauce. El hombre que recoge latas vacías con su hijo, o que roba manjoles, perseguido una madrugada de tantas por la policía, sabe, o supo, huir de emboscadas, reptar entre matorrales bajo fuego enemigo, traspasar alambradas, atravesar corrientes con el fusil en alto. Para los fines de esta historia, son la misma persona.

El inválido es también en ambos casos la misma persona. Ahora está enfermo de diabetes mellitus, le han amputado una pierna, tiene mal color y sus carnes se han aflojado, pero en su juventud, igual que el hombre que ahora termina de ser curado de sus heridas, supo huir de emboscadas, reptar entre matorrales bajo fuego enemigo, traspasar alambradas, y atravesar corrientes con el fusil en alto.

Lleva ya tres años en la silla de ruedas y la amputación se debió a una gangrena. Sus célebres fiestas de cumpleaños, sin embargo, con doscientos o más invitados, grandes juergas que duran hasta el amanecer, se siguen celebrando en su residencia, aunque lo que él tome ahora sea Coca Cola dietética mientras la parranda amenizada con dos orquestas que se turnan, la última vez la Sonora Dinamita traída desde Monterrey, y los Tigres del Norte desde Los Ángeles, discurre alrededor de su silla de ruedas, asentada en el pabellón, hasta donde los invitados se acercan a rodearlo en turnos bulliciosos.

La última, la más rumbosa de todas, tuvo lugar algunas semanas atrás y fue para celebrar sus cincuenta años, con lo que se ve que no siendo tan viejo como parece es la enfermedad la que lo arruina. Hasta el comandante, que nunca va a fiestas, se hizo presente por una escasa media. El inválido, abogado de profesión, no tiene ningún cargo público pero detrás de los bastidores controla el aparato judicial de todo el país, y la voluntad de los magistrados y jueces que dictan las sentencias, se trate de juicios penales, civiles o laborales, y sin su visto bueno no se inscriben propiedades en el Registro Público. Las coimas, que él llama entre risas comisiones, las recibe en efectivo, en moneda de los Estados Unidos de América.

Es viudo desde joven, y no tiene ahora ningún hijo, aunque le nacieron dos, un varón y una mujer. El varón murió en un accidente de tránsito viniendo de un balneario un sábado de gloria, y la mujer de lupus eritematoso en un hospital de Houston, ambos muy jóvenes y solteros, por lo que ya no tendrá descendencia. Las habitaciones de los hijos siempre están listas sin embargo, las camas vestidas cada semana, los baños con las toallas que huelen a detergente colgadas en los toalleros, los jabones enteros en las jaboneras, las perchas en los percheros de los clósets, los aparatos de aire acondicionado sin apagar nunca su rumor.

La muchacha de uniforme celeste y delantal termina de tender el mantel sobre el cristal de la mesa de fierro librada ya de los frascos de tintura, las vendas elásticas, las tijeras y los apósitos, que han vuelto al maletín de primeros auxilios, y luego coloca la vajilla y los cubiertos. El inválido da voces para que urjan a la cocinera a terminar de preparar el desayuno, como un actor ansioso de entrar en escena que espera la subida del telón y no quiere que ningún ir y venir de bandejas, picheles de jugos y cafeteras interrumpa lo que tiene que contar, los oídos de la muchacha de celeste, de la enfermera almidonada, de los guardaespaldas de guayaberas apretadas, libres de distracciones y puestos en sus palabras.

Y lo que tiene que contar tiene que ver con aquel hombre de ropa manchada de sangre y desguazada por el filo de las púas de la serpentina. Lo reconoció de inmediato a pesar de que aún no amanecía. Han pasado muchos años pero su cara no se le ha perdido. Y enfermo, condenado a la silla de ruedas, solo como ha quedado en el mundo, aunque tiene fama de cínico, y el cinismo pasa por ser un atributo de los desalmados, se precia de ser de corazón generoso. Soy de corazón generoso, le está diciendo como preámbulo a la enfermera que se ha acercado desde atrás a su oído, sobre todo, le dice, si de por medio están los recuerdos del pasado, allí donde lo ve, ese hombre que anda de delincuente con su hijo robándose las tapas de los manjoles de la calle es como mi hermano. Fue como mi hermano, se corrige.

Cuando han traído por fin el desayuno y el inválido comienza a contar con entusiasmo y picardía la historia que ya desesperaba en su boca, supone que el hombre está recordando lo mismo, y por eso busca a cada paso su complicidad y lo insta a ratificar lo que va diciendo.

Pero el hombre nada más se aplica en comer, los ojos muy abiertos cada vez que traga, como si lo dominara un sentimiento de incredulidad, mientras el niño apuña cada bocado con los dedos y se llena los dos carrillos. Un desayuno como ése, huevos entomatados, gallopinto con hilachas de carne revueltas en el arroz y los frijoles, queso frito y tortillas, pan tostado, mantequilla, jalea de guayaba, café con leche, no forma parte de las realidades de su vida cotidiana; para empezar, desayunan de pie cada madrugada, aún oscuro, en el cuarto de tablas mal ajustadas del reparto Schick que es a la vez cocina y dormitorio, antes de salir con el carretón a su faena por las calles, y todo consiste en un pocillo de café aguado y un bollo de pan frío repartido entre ambos, que el hombre deja cada noche envuelto en un pedazo de periódico para librarlo de las cucarachas. La mujer del hombre, y madre del niño, se fue a rodar fortuna a Costa Rica y nunca más volvieron a saber de ella.

Ya se sabe que el inválido no puede probar nada de lo que ha mandado a servir a sus huéspedes, y de vez en cuando se interrumpe para mordisquear una tostada medio quemada a la que la enfermera se ha encargado de untar mantequilla falsa de la marca I can’t believe it is not butter!, y mermelada de frambuesa también falsa, endulzada con fructuosa. Y lo que bebe es una pálida infusión de manzanilla.

Pero es hora de escuchar lo que el inválido cuenta. Lo que está contando es acerca de la colina 155, como se conoció a la colina Miraflores en los mapas militares durante la guerra de liberación librada en 1979 contra la dictadura de Somoza. La colina se halla al borde de la frontera con Costa Rica, en la franja entre el Gran Lago de Nicaragua y el océano Pacífico, más hacia el océano, muy cerca del poblado costanero de El Ostional, toda el área un terreno de elevaciones de poca altura, cada una numerada, y cada una peleada a muerte, entre avances y retrocesos, conquistas y desalojos, en lo que se convirtió en una verdadera guerra de posiciones entre las fuerzas guerrilleras del Frente Sur “Benjamín Zeledón” y las tropas de la Guardia Nacional, que nunca se resolvió a favor de ninguna de las partes, hasta que Somoza huyó del país cuando los otros frentes guerrilleros confluían hacia Managua.

Tanto el hombre como el inválido fueron combatientes de la columna “Iván Montenegro”, se habían juntado en Costa Rica donde recibieron entrenamiento militar intensivo en una finca vecina al volcán Arenal, y luego fueron trasladados a Liberia y alojados en la misma casa de seguridad de donde salieron, ya armados y equipados, para cruzar la frontera, y es más, el hombre era su jefe, el jefe del destacamento de la columna, ¿se imaginan ustedes que yo le obedecía, me cuadraba ante su voz de mando, tenía que pedirle permiso hasta para ir a orinar a este cabrón que, de paso, tenía mal carácter?, los ojos del inválido chispean traviesos, compartieron la trinchera, compartieron el rancho de guineos cocidos y frijoles en bala, y hasta compartieron la misma muchacha de dieciséis años que les llevaba la comida, hija de un pescador de El Ostional, pero eso sí que no lo supiste, hermano, quien sabe qué castigo me hubieras puesto, y como si se excusara de su confesión pecaminosa vuelve la cabeza para mirar a la enfermera, así es la guerra, dice, una revoluta del carajo, y se encoje de hombros.

El Frente Sur hervía de combatientes y pudieron no haberse visto nunca pero el destino los puso juntos desde que se encontraron en el campamento del volcán Arenal hasta el final de la guerra cuando entraron victoriosos a Managua en el mismo camión de transporte de ganado, allí nos perdimos el rastro, hasta hora, hermano, ¿cuántos años?, pregunta el inválido al hombre, hacé la cuenta, treinta años, como quien dice nada.

El hombre, saciado ya su estómago, mira al inválido con la misma fijeza de antes. Cualquiera en Managua sabe de su poder, hay que hacer antesala por días para verlo, pero eso es algo que no tiene modo de llegar a los oídos de quien roba manjoles o busca latas vacías en la basura y ni siquiera oye las noticias porque el último radio de transistores que tuvo se descompuso hace años. El inválido se había escapado de su casa en Granada, de su familia y de sus apellidos, y había dejado sus estudios de derecho en la UCA de los jesuitas en Managua para sumarse a la guerrilla. Fue hasta después que el Frente Sandinista perdió las elecciones en 1990 que volvió a la universidad y sacó su título de abogado, en cursos sabatinos, pero ya se había hecho indispensable al comandante.

No sabe nada de la tajada que el inválido lleva en cada arreglo de pleitos judiciales que se resuelven según él mismo inclina la balanza, de las propiedades costaneras que quita de manos de otros, kilómetros de playas, una bahía tras otra, algunas muy cerca de El Ostional, precisamente allí donde se alza la colina 155, todo lo que un día serán hoteles de cinco estrellas, complejos residenciales para retirados extranjeros, marinas y campos de golf. Cuando alguien no quiere vender los registros catastrales son anulados, o aparecen partidas de campesinos armados que se toman la propiedad alegando títulos de reforma agraria de tiempos de la revolución, y no desalojan hasta que el dueño insumiso dobla el brazo y cede la mejor porción de las tierras.

Pero tampoco es que el inválido se lo esté contando al hombre. Es algo de lo que no hablaría ni con su propia madre si estuviera viva. Lo que le está contando es otra vez lo mismo, la trinchera que se llenaba con el agua de la lluvia, las cortinas de tierra y cascajos que levantaban los obuses disparados desde lejos por las katiuskas regaladas a Somoza por la dictadura argentina, los aviones push and pull cuya aproximación adivinaban por el insistente ronroneo de sus motores o por el deslumbre del sol en sus alas antes de que soltaran su carga de cohetes que dejaban en llamas los pocos árboles del paisaje, los cañonazos de los barcos de carga de la Mamenic Line, la compañía naviera de Somoza, artillados de manera improvisada, que las más de las veces estallaban en el agua, cerca de la playa, y, otra vez, la muchacha de dieciséis años que compartían y que ahora el inválido recuerda se llamaba Susana, una edad en la que ya no era virgen, o por lo menos no lo era cuando llegó a mis manos, eso te toca a vos aclararlo, le dice al hombre, y adorna esta parte de la historia con una carcajada que no encuentra eco en la enfermera impasible a sus espaldas, ni en la empleada de celeste que se ocupa de recoger el servicio del desayuno, ni en el hombre, ni en el niño, pero sí en los guardaespaldas que escuchan desde las vecindades del garaje y enseñan los dientes al reírse.

La verdad, lo que el hombre quiere es irse, pero le teme a la puerta y a lo que hay detrás, a lo mejor la policía los está esperando afuera. ¿Y qué habrá sido del caballo canoso, derrengado en la carrera, su posesión más valiosa junto con el viejo carretón del que sólo quedaron los restos en el pavimento? Calla, no por malagradecido. El inválido no sólo no lo denunció, sino que apartó a los guardaespaldas armados de escopetas, mandó que los curaran, y luego que les sirvieran de desayunar hasta hartarse. Calla porque esa cara avejentada por la enfermedad no le dice nada, debe ser cierto que estuvo en su destacamento pero él no lo recuerda, la fuerza bajo su manda era de doce a quince hombres, son caras que nunca volvió a ver, y tampoco recuerda las caras de los muertos.

Les llevaban la comida a veces desde El Ostional, a veces no, dependía de las condiciones, si había o no bombardeos, si había alguna contraofensiva de la guardia, pero eso nunca le tocó a Susana, eran colaboradores varones los responsables de esa tarea. A Susana la conoció una vez que bajaron a bañarse a la playa cercana al Ostional, para eso se necesitaba un permiso del mando de la columna, grupos de tres o cuatro que se acercaban sigilosos a la playa antes del amanecer, y dejaban que la tumbazón les escurriera la suciedad durante cinco minutos, por turnos, mientras uno de ellos montaba guardia, para luego ponerse de nuevo los uniformes sudados que quedaban esperando por ellos en la arena, junto con las botas endurecidas de lodo, y los equipos de combate.

A la semana de estar acampados en Managua, Susana vino a buscarlo, preguntando dio con él en los predios de la mansión El Retiro de Somoza donde estaba acuartelada la tropa del Frente Sur, vivieron juntos varios años, a él lo pusieron en la escolta de uno de los comandantes de entonces. Se aburrió. No se acuerda si es que pidió su baja, o desertó. Si alguien desertaba entonces no era tan grave, no había registros, ni archivos, ni nombres propios sino seudónimos. Su seudónimo era Abel. ¿Cuál sería el seudónimo del inválido?

Después empezó a probar de todo, ayudante de construcción, cobrador de un bus urbano, celador de una bodega de materiales eléctricos de donde se llevó una vez un rollo de cables y fue a dar por primera vez a la Cárcel Modelo en Tipitapa que estaba llena de guardias nacionales, los mismos que él había combatido en el Frente Sur, pasó luego a acarrear canastos en el mercado Oriental, a vender mercancías en las esquinas de los semáforos, Susana vendía lotería, se aburrió, luego se metió a carterista, armada de un cuchillo de zapatería se iba a recorrer los pasillos de Metrocentro haciendo que veía las vitrinas y con el cuchillo cortaba las carteras de las mujeres para meterles mano hasta que un día la agarró la Policía Sandinista y cuando la soltaron se regresó al Ostional sin darle parte a él y ya no volvieron a verse, entonces conoció a su segunda mujer que fue la que le dio el hijo y luego se fue por veredas a Costa Rica dejándoselo tiernito, si el inválido también se hizo de Susana en la guerra, o si la está confundiendo con otra, porque ella nunca llevó comida al campamento, de eso está seguro, no es asunto que quiera aclarar ahora, lo que pasó pasó, y si hubiera sido así no se le quita por eso el agradecimiento, tampoco de la cara de Susana se acuerda ya mucho y si se la encontrara ahora en la calle quién sabe si la reconocería, y peor si acaso ha botado los dientes.

 Y estaba pensando de nuevo en su caballo cuando se dio cuenta que el inválido había pedido a la enfermera acercar la silla de ruedas de manera que pudiera abrazarlo. Lo abrazó. Y ahora estaba diciendo, otra vez en voz alta, para que todos lo oyeran, que le estaría eternamente agradecido al compañero Abel por haberle salvado la vida, ¿siempre te llaman Abel?

Este hombre que está aquí me salvó la vida, porque veníamos corriendo en retirada, la guardia nos estaba arrebatando la colina, habíamos abandonado las trincheras, al artillero de la 30-30 lo habían matado y no había cómo detener el avance enemigo, entonces sentí algo así como un mordisco en la rodilla y era que me había alcanzado un charnel, caí de bruces y me quedé solo en descampado mientras ya se veían los cascos de los soldados asomar entre los matorrales. Y este hombre se regresó, arrastrándose bajo la balacera, llegó hasta donde yo estaba, y a como pudo me llevó hacia la hondonada donde el resto del destacamento había hallado refugio. Si no fuera por él, no estaría yo con vida.

Ahora el hombre recordaba algo de eso que el inválido estaba contando. Pero no era una sola vez que había hecho aquello, regresarse bajo el tiroteo a rescatar a algún compañero que se había quedado rezagado en la retirada, herido de bala o alcanzado por los charneles. Una vez el jefe de la columna dijo que iban a condecorarlo por eso, pero no había entonces condecoraciones, y cuando las hubo, ya pasado el día del triunfo, nadie volvió a acordarse de lo que el jefe de la columna había llamado “sus actos de heroísmo más allá del deber”, o cuando lo buscaron para condecorarlo ya no estaba, porque había sido dado de baja, o había desertado. ¿Quién era el jefe de la columna? No recordaba su nombre. Alto, fuerte, barbudo, empecinado, pero no recordaba su nombre. Desayunaba, almorzaba y cenaba una lata de sardina en cada tiempo, eso era todo lo que comía.

El inválido lo abraza de nuevo. De verdad se está quedando calvo. Y lo que siente ahora en sus narices es una mezcolanza de olor a orina y agua de colonia. El hombre no lo sabe, pero el inválido sufre de incontinencia urinaria. El pelo que ralea en su cabeza, el olor a orines, la pierna amputada, despiertan en él una mezcla de piedad y repugnancia. Nunca quisiera verse sentado en una silla de ruedas orinando en una bolsa de plástico colgada de un costado de la silla.

Ha llegado, por fin, la hora de la despedida. Van a ser las ocho de la mañana, y la casa se ha puesto en movimiento. Entran los choferes, aparecen los jardineros, más guardaespaldas, abogados auxiliares, dos secretarias, el inválido tiene sus oficinas en otra ala de la casa. Es una de las secretarias la que ha ido por el dinero, según las instrucciones que le da, cinco billetes de cien córdobas cada uno, tostados de tan nuevos, que le entrega al hombre con la última de sus gratas sonrisas de complicidad. Y vuelve a insistir, con emoción, mirando las caras de todos los presentes: me salvó la vida, allí donde lo ven este hombre me salvó la vida.

No te perdás, le dice cuando lo despide, cuando necesités de mí, ya sabés que estoy a tus órdenes. Y si querés trabajo, yo tengo trabajo. No tenés por qué andar robando, un día te puede costar caro, y a este muchacho lo mandamos a la escuela. Podés quedarte conmigo, como jardinero, o en alguna de mis fincas. El hombre nota que no ha dicho mi finca, sino mis fincas. Podés trabajar en los almácigos de café, en las lecherías, lo que querrás. Hasta de tractorista, podés aprender a manejar un tractor.

El hombre recibe los billetes y se los mete rápidamente en el bolsillo, como si se tratara de dinero mal habido. El temor de salir a la calle queda disipado porque uno de los choferes recibe órdenes de llevarlo junto con su hijo al lugar que él indique. Se suben al asiento trasero de la Suburban negra, de vidrios polarizados, que por dentro huele a cuero y a desodorante ambiental. El chofer mira a sus pasajeros con desconfianza a través del espejo retrovisor, y pregunta adónde. Al reparto Schick, nos deja por el tanque rojo, responde el hombre con voz tímida.

En la calle el chofer bordea los restos del carretón, que siguen allí. Nadie los ha levantado. Tampoco han levantado al caballo muerto, rondado por las moscas.

La viuda Carlota

 Sergio Ramírez Mercado

  
a doña Maya de Córdova Rivas

Las verás lentas o precipitadas
tristes o alegres, dulces, blandas, duras,
meadas de las noches más oscuras
o las más luminosas madrugadas

Rafael Alberti
(Homenaje a Quevedo)
                           
—¡Aquí ha orinado un hombre! —exclamó la niña asomándose por la balaustrada-.
         
Entonces, la casa entera donde sólo sonaba el radio de la cocina tocando rancheras se puso en revuelo. Subieron las criadas haciendo retumbar la escalera, subió el jardinero con sus tijeras de podar y el lodo de los zapatones del lechero que llevaba la leche todas las mañanas quedó regado sobre los mosaicos del piso alto.
         
La cocinera, que fue la primera en llegar, no quiso ver la prueba que le ofrecía la niña alzando el bacín hasta sus ojos, y le dio una bofetada tan fuerte que le dejó la palma de la mano pintada en la mejilla.
         
—¡A ese aposento no entra ningún hombre, menos a orinar, la muy atrevida! —le dijo en un murmullo colérico y se restregó en el cuadril la mano enardecida.
        
La niña aguantó el golpe sin llorar y no soltó el bacín. No sólo, lo mantuvo alzado tercamente a la vista de la cocinera.
         
La empleada de adentro, la que lampaceaba, era la madre de la niña y se encaró con la cocinera. Había subido con todo y lampazo, como el jardinero con todo y sus tijeras de podar. Josefina se llamaba.
        
—A mi hija nadie le pega —le dijo Josefina, la empleada de adentro, a la cocinera. Pero las palabras salieron de su boca llenas de flojedad, porque la cocinera era más fuerte, y además, dominaba sobre ella en talante y jerarquía.
        
—A ver. ¿Cuál es la prueba? —dijo el jardinero, un hombre ya viejo, calmado y reflexivo, que hasta entonces se acordó que había penetrado hasta donde nunca nadie que no fuera del servicio de mujeres se había atrevido, el umbral del aposento del piso alto, donde dormía la viuda, y ahora no hallaba qué cosa hacer con las tijeras de podar.
         
La niña, que hasta entonces iba a empezar a llorar, tal como se mostraba en el temblor de su quijada, le enseñó el bacín que venía de sacar del aposento. Le pesaba en las manos porque estaba cargado de orines de un amarillo encendido, casi tirando a cobre rojizo. En los bordes, se alzaba una abundante orla de espuma.
         
—Aquí está la prueba —dijo entre lágrimas la niña. La niña iba vestida con los restos de su vestido de primera comunión, de un blanco ya triste de tan usado.
         
—No veo la prueba —dijo Armodio el jardinero, porque Armodio se llamaba, tratando de ser comprensivo; pero su mayor deseo era irse a podar las limonarias del jardín, no fuera a salir de su aposento la viuda y lo sorprendiera en la falta de su abuso.
         
—La espuma es la prueba —dijo la niña.
         
—Estás loca —le dijo la cocinera, que se llamaba Rafaela y que también ya a empezaba sentir miedo por estar allí, discutiendo pruebas peregrinas de si algún hombre había orinado en aquel bacín que salía del aposento donde sólo dormía la viuda entre sus sábanas de olán.
         
—Es cierto —dijo Filiberto el lechero, que era un muchacho como de catorce años. La niña, que se llamaba Estela, andaba por los trece.
         
—¿Qué es lo que es cierto? —le dijo Rafaela la cocinera, desafiándolo con altanería reprimida.
        
 —Sólo el chorro de un hombre deja espuma porque los hombres orinan parados. Las mujeres, como orinan sentadas, tienen el chorro débil —dijo Filiberto el lechero sin quitar los ojos estudiosos del bacín.
         
—Ve qué muchacho más vulgar y depravado —dijo Rafaela la cocinera, afligida sin remisión ante la evidencia. Era cierto. Ninguna mujer dejaba en el bacín espuma al orinar. Las mujeres tenían los orines tranquilos.
         
—Andá bota ese bacín antes que te de con este palo —le dijo Josefina la empleada de adentro a su hija Estela, la niña, y enarboló el palo del lampazo, amenazándola. El terror la hacía aparecer furiosa.
        
En eso se oyó el ruido del picaporte de la puerta del aposento que iba a abrirse y los que querían huir ya no tuvieron tiempo. Josefina la empleada de adentro se puso a lampacear con apuro las baldosas del piso por el lado que no necesitaban brillo, si ya relumbraban, olvidándose, por el contrario, de sacar el reguero de lodo dejado por las botas de Filiberto el lechero, y Armodio el jardinero no halló otra cosa que hacer que abrir y cerrar en el aire, por arriba de su cabeza, las tijeras de podar, como quien se dedica a capar moscas al vuelo.         
        
Primero se acercó a ellos la fragancia de lavanda Heno de Pravia de la viuda, que apaciguó el olor a leche cuajándose de Filiberto el lechero, y luego se acercó ella, muy recatada en sus trapos de luto aunque altanera en el paso, la chalina de ir a misa doblada en la mano, su moña alta bien hecha, la boca apenas encendida de carmín como la huella de otra boca aún más sensual, y un lunar muy pequeño, apenas un punto, repintado al lado. No era tan joven, una que otra hebra blanca había en su pelo; pero era bonita, las cejas muy juntas y el pecho colmado y altivo. Por todo adorno lucía un relojito de oro en la muñeca.
        
Se asomó a la bacinilla y el impulso de Estela la niña fue ofrecérsela también a los ojos. Contempló los orines, y arrugó apenas la cara, en una prudente demostración de asco.
       
 —¿Ahora se saca en procesión mi bacinilla? —les dijo.
        
—Es que hallé una prueba —le dijo Estela la niña a la viuda Carlota. Carlota se llamaba la viuda.
        
—¿Una prueba? ¿Prueba de qué? ¿Qué tiene de malo que haya yo orinado en mi bacinilla? —dijo la viuda Carlota, y se sonrió sólo con las comisuras de los labios.
        
—Eso no será lo malo, si no que anoche entró aquí un hombre porque en el bacín están sus orines —dijo muy tonante Armodio el jardinero y las tijeras en su mano hicieron tris tris y luego se callaron. Era tan colosal su temeridad al decir lo que decía que ni siquiera se asustó ni parpadeó.
        
—¡Todo mundo a sus oficios! —¿Qué acaso nadie tiene qué hacer? —dijo Rafaela la cocinera y movió enfática las manos en afán de empujar, como quien arrea una manada de vacas díscolas y matreras.
         
Quisiera saber en qué se distinguen mis orines de los de un hombre —dijo la viuda Carlota, con parsimonia, desdoblando su chalina de encaje para ponérsela en la cabeza.
         
—¡En la espuma! —dijo Estela la niña—. Usted no puede orinar con el chorro parado.
        
Muy garbosa, la viuda Carlota se puso su chalina y se rió con sabrosura; y enamoró de tal grado aquella risa a Filiberto el lechero, que no acertaba a cerrar la boca; y tanto la mantenía abierta, sin quitarle la vista mientras ella se reía cantarina, que bien entraran a buscar abrigo en ella un borbollón de moscas de aquellas que trataba de capar al aire con las tijeras Armodio el jardinero.
        
—Entonces es el difunto mi marido quien ha venido a orinar —dijo al fin de su risa la viuda Carlota.
       
—¡Animas benditas del purgatorio! —dijo Josefina la empleada de adentro.
       
—¿Qué acaso los muertos orinan? —dijo, desconfiado, Filiberto el lechero y pareció que se espantaba con la mano la puñada de moscas que le rondaba la boca.
        
—Ya ven que sí —dijo la viuda Carlota—. Y digan si no tienen los muertos el chorro fuerte y decidido.
         
Y riéndose otra vez se fue a su misa, y los dejó, recomendando al bajar las escaleras los oficios que debían cumplir antes de que ella volviera, y a Estela la niña, ya con severidad, que fuera a botar esa bacinilla al fondo del patio, lejos de los canteros de begonias y rosas Reina de Hungría porque los orines de muerto secan la frescura y el verdor de la naturaleza: así hablaba la viuda Carlota, con donaire, porque había estudiado en el colegio de las monjas francesas.
         
Se fue, y cuando oyeron que se cerraba de un golpe el portón de la calle, empezaron todos a descender en silencio, Estela la niña delante llevando el bacín colmado de orines, la superficie un espejo orlado de jirones de espuma que se inquietaba al poner ella pie en cada tramo pero sin derramarse una sola gota, tanta era su experiencia en aquel bajar el bacín todos los días.
         
—Yo no creo en muertos que orinan —dijo todavía Armodio el jardinero deteniéndose en la puerta de la sala de la viuda Carlota, que daba al jardín, ya cuando todos se habían dispersado, y lo volvió a repetir en voz más alta de cara a la sala silenciosa, a sus cortinas de encaje, sus sillones de mimbre esmaltado, sus cojines bordados y al gran perro de porcelana sentado en dos patas en el suelo, en un rincón. La sala de la viuda Carlota parecía sumergida en una agua amarilla del mismo color de los orines del bacín.
        
Pero ni Rafaela la cocinera ni Josefina la empleada de adentro oyeron clamar a Armodio el jardinero a pesar de que  habían apagado el radio, puesto que estaban dedicadas ya a sus oficios; o es que no quisieron oírlo porque no les tenía cuenta saber ni averiguar sobre orines de muerto. Pero, al parecer, a Estela la niña y a Filiberto el lechero sí les tenía.
         
Porque cuando Armodio el jardinero se fue a podar al fin las limonarias, con ahínco suficiente para que desde el fondo de aquel jardín llegara muy claro el tris tris de su tijera, salieron los dos con tanto sigilo que nadie en la casa oyó sonar el portón al cerrarse, Estela la niña llevando el bacín por media calle, bajo el deslumbre picante del sol de pleno marzo que ya subía, y Filiberto el lechero de custodio a su lado, sin hablarse pero concertados en llegar a la iglesia donde a esas horas oía misa la viuda Carlota en su reclinatorio particular forrado de raso carmesí.
        
El padre Cabistán, que limpiaba con la estola las heces del vino en el copón porque ya terminaba el oficio, los vio en el espejo entrar por la puerta mayor, arrodillarse y persignarse y luego avanzar con su ofrenda por el pasillo sembrado de cagarrutas de murciélago al centro de la nave. Los vio por el espejo porque tenía él un espejo polvoriento de gruesa moldura clavado en el altar, encima del tabernáculo, que mientras oficiaba de espaldas a los feligreses le servía para vigilar la asechanza de cualquier enemigo rival que apareciera en afán de camorra, la pistola cargada muy a mano debajo del sobrepelliz.
         
—En este bacín de la viuda Carlota orinó anoche un hombre —dijo en el espejo Estela la niña, al apenas detenerse al pie de las gradas del altar mayor.
         
El sacristán, atento a cubrir el copón una vez bien frotado, no descubrió a la pareja sino al oír la voz aquella de Estela la niña, tan cerca que lo hizo volverse, primero la cabeza, después el torso y luego su gran panza. Tirso se llamaba el sacristán.
        
—Es un hombre hecho y derecho el que entró al aposento sin que nadie lo sintiera, porque tiene el chorro fuerte —dijo Filiberto el lechero asintiendo de manera muy grave.
         
—Tiene que haber sido de madrugada que orinó ese hombre porque todavía hay bastante espuma junto al brocal del bacín —dijo Estela la niña. Y se rió, imitando la risa argentada de la viuda Carlota, con lo que Filiberto el lechero volvió a quedarse como bobo que caza moscas con la boca abierta.
         
Suerte que era poca la gente en la iglesia en misa tan temprana. Unas cuantas beatas que por sordas no oían nada, la viuda Carlota que tampoco parecía oir nada, de rodillas en su reclinatorio forrado de raso carmesí, la cabeza, cubierta con la chalina, abatida entre las manos; y el doctor Graham apartado en la última fila de bancas, como era su costumbre, que a lo mejor tampoco había oído nada. Asistía a misa antes de empezar sus consultas a domicilio y dejaba su caballo pastando en el baldío al lado de la iglesia.
         
El padre Cabistán se volvió para despedir a los fieles abriendo los brazos, y ya tuvo de frente a aquellos dos de la bacinilla colmada de orines.
         
—Cochinada traer un bacín lleno de orines a la iglesia —dijo Tirso el sacristán bajando con paso dificultoso las gradas para encararlos, su gran panza adelante; pero a medio camino mejor prefirió consultar al padre Cabistán con la mirada,  en vano porque los ojos del padre Cabistán estaban puestos en la viuda Carlota que, siempre de hinojos, no terminaba de rezar.
         
—Ya no puede una orinar tranquila sin que salgan a publicarle los orines a la calle —dijo al fin la viuda Carlota alzando la cabeza. Se advertía enojada, pero serena, y Tirso el sacristán la vio en ese momento desnuda en su pensamiento, y él se vio a sí mismo orinando en la quietud de la madrugada en aquel bacín tan hermoso guarnecido de rosas en relieve y pintado con querubines que divagaban entre nubes.
         
—Dicen estos niños que son orines de hombre —dijo el padre Cabistán, y su voz, que quería alcanzar a la viuda Carlota en su reclinatorio, resonó en tono de reclamo en la iglesia vacía. Ahora sólo quedaba el doctor Graham en la última fila, sentado tranquilo en la banca, los brazos en el espaldar, la pierna cruzada, como si esperara algún tren. Desde la plaza el viento aventaba tolvaneras de polvo revuelto con briznas de zacate que entraban por la puerta mayor encendida de sol.
         
—Quién va a distinguir unos orines de otros —dijo la viuda Carlota, alzándose de hombros, al tiempo que miraba al padre Cabistán con mirada risueña. El padre Cabistán se sintió transportado a los más altos cielos por aquella mirada, y le dio mucha cólera que en aquel momento de deleite le sonaran tan ruidosamente las tripas; de modo que su sonrisa de gozo fue a terminar en una mueca de disgusto.
        
—Es por la espuma —dijo Filiberto el lechero—. Apuesto a que usted, padre Cabistán, orina con espuma.
         
—Yo orino sentado para no remojarme la sotana —dijo el padre Cabistán, y se notaba bastante azorado cuando terminó de decir lo que dijo, pues pareció espantar con un lento manotazo la nube aquella de moscas de las que capaba Armodio el jardinero con su tijera de podar y de las que se le metían en la boca a Filiberto el lechero al embelesarse con la risa cantarina de la viuda Carlota.
         
—Se supone que el hombre que anoche orinó en ese bacín, orinó desnudo y porqué entonces iba a tener reparo de remojarse la sotana —dijo Tirso el sacristán y puso su barriga de cara al padre Cabistán.
         
—Vos, a tu sacristía, —le dijo el padre Cabistán, que no dejaba de espantarse las moscas de la cara.
         
—Primero tengo que quitarle a usted los ornamentos —dijo entonces Tirso el sacristán, con terquedad en la voz.
        
 —A tu sacristía —le dijo el padre Cabistán, y por pura costumbre pendenciera se palpó el bulto de la pistola debajo del sobrepelliz, lo cual provocó que Tirso el sacristán se apresurara en irse a hacer lo que le mandaban cuando menos hubiera querido, porque la viuda Carlota ya llegaba cerca de las gradas del altar mayor.
         
—Recuerde que usted va a esa casa de noche a rezar el rosario con la viuda Carlota en su aposento ─dijo todavía Tirso el sacristán.
         
—Sí, eso es cierto —dijo Estela la niña—. El padre Cabistán se encierra con la viuda Carlota todas las noches a rezar el rosario en el aposento.
         
—Pero están siempre las criadas conmigo —dijo, muy altiva, la viuda Carlota.
         
—A veces no están —dijo Estela la niña.
         
—Un balazo te debía pegar por viperino —dijo el padre Cabistán mirando a la puerta de la sacristía por donde había desaparecido navegando con su panza adelante Tirso el sacristán. Pero lo dijo sin mucho énfasis, y sin llevarse ya la mano a la pistola.
        
 —¿A qué horas termina siempre ese rosario? —le preguntó Filiberto el lechero a Estela la niña, acercándosele al oído.
        
 —A las ocho ya terminó —le respondió en voz baja Estela la niña.
        
 —Entonces no pueden ser los orines del padre Cabistán —dijo Filiberto el lechero—. Estos son orines de madrugada. Si no, ya se hubiera deshecho la espuma.
         
—Sólo que el padre Cabistán vuelva en secreto al aposento más noche —dijo Estela la niña.
        
 —Sólo así —terminaba de decir Filiberto el lechero cuando sintió que lo agarraban de la oreja.
         
—¡Te estoy oyendo, falsario! —le dijo el padre Cabistán sin soltarlo de la oreja.
         
—¿Son suyos estos orines, padre Cabistán? —le dijo Estela la niña mostrándole el bacín.
         
—Bonito está que me vengan a confesar en mi propia iglesia —dijo el padre Cabistán.
         
—Ya para juego y diversión es mucho —dijo la viuda Carlota—. Vuelvan estos niños a sus oficios, y la bacinilla a mi aposento.
         
—Si me permiten —se oyó una voz que estremeció a la viuda Carlota, y el padre Cabistán notó, mal de su agrado, aquel estremecimiento; y, otra vez, para su triste desgracia, le volvieron a sonar las tripas.
         
Era la voz cortés del doctor Graham que estaba ya allí junto a ellos, el sombrero en la mano. El sombrero tenía una cinta azul, muy ancha, y el doctor Graham era muy rubio y muy delgado, de modo que el traje de lino blanco parecía divagarle en el cuerpo, y sus ojos, bajo las cejas rubias, copiaban el color azul de la cinta del sombrero. Olía a jabón de tocador Camay, sobre todo sus manos. Hay que acordarse que la viuda Carlota olía a lavanda Heno de Pravia, y que Filiberto el lechero olía a leche cuajándose, fuera del padre  Cabistán, que olía a sudor agrio. De modo que en la iglesia andaban juntándose todos esos olores, más el olor del bacín repleto de orines, ya no se diga.
         
—¿Qué se le ofrece? —le dijo, colérico, el padre Cabistán al doctor Graham. Y más se encolerizó por aquello de que el doctor Graham olía a jabón de tocador Camay y él olía a sudor agrio, un olor pegado a su sotana sin asolear; además de que le sonaban tanto las tripas. El doctor Graham, tan pulcro, tan aseado y tan rubio, no parecía capaz ni de un eructo.
         
—¿Puedo asomarme a ese bacín? —dijo el doctor Graham, sin dirigirse a nadie en particular, al tiempo que miraba de manera muy fugaz a la viuda Carlota.
         
Y sin esperar a que nadie, en particular, diera el permiso, Estela la niña se apresuró en levantar el bacín ante los ojos del doctor Graham que sacó de un estuche sus anteojos montura de oro y se los colocó sobre la nariz para escrutar, muy atento, los orines.
         
—Ya lo decía yo —dijo el doctor Graham, y se guardó los anteojos.
        
 —Estos son los orines de un hombre hecho y derecho que entró al aposento de la viuda Carlota y orinó con chorro fuerte en el bacín de madrugada, porque las mujeres, como orinan sentadas, no dejan espuma —dijo Filiberto el lechero.
         
—No, mi amigo, ningún hombre hecho y derecho ha orinado aquí y ya voy a explicar porqué —le dijo, condescendiente, el doctor Graham.
         
—La viuda Carlota dice que son los orines del difunto su marido que anda penando en el otro mundo, y cuando tiene ganas de orinar viene y entra al aposento y orina en el bacín —dijo Estela la niña.
         
—¿Usted dice eso? —le dijo el padre Cabistán a la viuda Carlota, mostrando extrañeza.
         
—Si son orines de hombre porque dejaron espuma, el único hombre que puede entrar en mi aposento a orinarse en el bacín es mi difunto marido —dijo la viuda Carlota con sonrisa más que imperceptible de sus ojos.
         
—No. No se trata de ningún muerto —dijo el doctor Graham arreglándose la corbata verde en la que se repetían figuras de gorriones libando en el cáliz de una flor y otra flor.
         
—El dicho de la viuda Carlota me da que sospechar —dijo el padre Cabistán, con rencor—. Si ella acepta que son orines de hombre, son de hombre, no de ningún difunto, que esos ya no tienen por dónde orinar. Alguien, entonces, que es de carne y hueso, entró al aposento, y después de hacer lo que hizo, orinó en el bacín.
         
—Nadie ha hecho nada conmigo en mi aposento —dijo la viuda Carlota alzando en gesto altivo la barbilla; y debajo de la barbilla, en los pliegues del cuello, se vio que había hilillos de talco; porque la viuda Carlota se entalcaba toda ella después de bañarse.
        
—Ya ve, por apresurarse ofendió a la viuda Carlota —le dijo el doctor Graham al padre Cabistán, recriminándolo con su mirada apacible.
         
—Usted se calla porque ese caballo cómplice suyo lo lleva por todo camino entrando su dueño en alcobas de mujeres doncellas, viudas o casadas, y mientras dice curar las sonsaca de amores —le dijo el padre Cabistán, con tanta severidad que la saliva brotaba en lluvia muy fina de su boca.
        
—Yo no tengo espejo colgado del altar mayor para vigilar que no me maten maridos burlados y galanes maltratados mientras digo la misa —dijo el doctor Graham sin alterar la caballerosidad de su voz.
        
—Lo cual es bien cierto que para eso es el espejo, y además carga una pistola Colt 45 debajo de la sotana porque no es la primera vez que lo han querido matar por reclamos de celos—se oyó la voz de Tirso el sacristán que se había quedado escuchando todo el coloquio detrás de la puerta de la sacristía.
         
—Ya nos vamos a entender vos y yo —dijo el padre Cabistán hablándole a la puerta cerrada.
         
—¿De quién son, entonces, estos orines? —le dijo Estela la niña al doctor Graham.
         
—Es lo que no me han dejado explicar —dijo el doctor Graham, que se volvió a poner los anteojos montura de oro y se volvió a asomar al bacín.
         
—¡Se encontró una nueva prueba! —dijo desde lejos la figura oscura de Armodio el jardinero recortada en el deslumbre de la puerta mayor. Llegaba con sus tijeras de podar, y llegaba corriendo porque se le notaba el jadeo en la voz; pero antes que él llegaba otra bocanada de viento caliente trayendo polvo, y basuritas que bailaban alegres en el polvo.
        
—¿Qué prueba? —dijo el padre Cabistán mirando muy maligno a la viuda Carlota, y su voz cruzó la nave de la iglesia desperdigando ecos a su paso. Era claro que la viuda Carlota se había puesto muy nerviosa y se repasaba el corpiño con los dedos de uñas largas pintadas de rojo sangre, sin acertar a dejar quietas las manos.
         
—Espérenme que me acerque —dijo Armodio el jardinero; y a medida que se acercaba se oía el tris tris de sus tijeras de podar.
        
—No puede ser el padre Cabistán el que orinó en el bacín —le dijo por lo bajo Filiberto el lechero a Estela la niña.
        
—¿Porqué no puede ser? —le dijo Estela la niña, también por lo bajo.
        
—Porque se le nota muy celoso de que alguien que no fue él entró de madrugada al aposento de la viuda Carlota —le dijo Filiberto el lechero.
        
—¿Y quién será entonces ese alguien? —le dijo Estela la niña.
        
—Ese alguien no puede ser otro que este doctor Graham tan sabihondo —le dijo Filiberto el lechero.
         
—A lo mejor,  porque el doctor Graham sube al aposento del piso alto, le toma el pulso a la viuda Carlota, le mete la mano en el seno para sentirle palpitar el corazón, y después le dice que se desnude para examinarla; y ya por último toman cafecito juntos ¾le dijo Estela la niña.
        
—¿Vos los has visto? —le dijo Filiberto el lechero frunciendo el ceño.
        
—Porciones de veces los he visto —dijo Estela la niña.
         
—Se encontró que está desclavada una tabla de la cerca del fondo del jardín, suficiente para que pase un hombre por ese portillo —dijo Armodio el jardinero acercándose sofocado, tan sofocado que casi no le quedaba voz. La viuda Carlota, mientras tanto, se había arrimado al doctor Graham, muy desvalida, en busca de protección.
        
—¿Se encontró? ¿Qué es eso de se encontró? —dijo el padre Cabistán.
        
—Bueno, fui yo —dijo Armodio el jardinero—; la tabla arrancada la encontré yo porque cuando bajé del piso alto con mis tijeras de podar, ya para salir a mi jardín, dije, sin que hubiera ya nadie para oírme: quién va a creer ese cuento de un muerto que orina en bacinilla, si los muertos no beben agua; y cuando ya estaba en mi afán de podar las limonarias, dije: por algún lugar entró a la propiedad quien orinó muy de madrugada en el bacín de la viuda Carlota, ése que no es ningún muerto. Y fui, y busqué, y hallé la tabla desclavada y arrimada en su propio lugar, y dije: quiere decir que quien por aquí entró anoche ya tiene la costumbre, y no es de este proceder la primera vez.
         
—¡Me andan investigando en mi propia casa! —dijo la viuda Carlota a punto de llorar, arrimada al hombro del doctor Graham.
        
—Y todavía falta más —dijo Armodio el jardinero, y miró a la viuda Carlota, apesarado.
         
—Veamos qué más —dijo el padre Cabistán frotándose de puro contento las manos sudorosas impregnadas del polvo que seguía entrando desde la puerta mayor; y le volvieron a sonar las tripas, pero ya no le importó.
         
—Del otro lado de la cerca hay bastante zacate recién triscado, lo cual quiere decir que allí comió un caballo en la oscurana mientras aguardaba a su jinete  —dijo Armodio el jardinero; y ya no quiso dar la cara a la viuda Carlota.
        
—¿Viste? Salió lo que yo te dije —le dijo en un susurro Filiberto el lechero a Estela la niña.
         
—Muy bien —dijo, muy socarrón, el padre Cabistán mirando al doctor Graham y cruzando los brazos sobre el abdomen—. Estamos esperando su dictamen.
         
—Usted también tiene caballo y anda a caballo —dijo desde su escondite Tirso el sacristán—. Y ya me acuerdo que anoche a medianoche me dijo que tenía que salir a santolear a un agonizante, y yo me levanté de mi cama y le ensillé la bestia.
         
El padre Cabistán, encolerizado, buscó la voz detrás de la puerta, con tanto talante de pendencia que aquello desdecía de su investidura.
         
—Los orines de este bacín no son de ningún muerto —dijo el doctor Graham.
        
—Eso ya se sabe —dijo el padre Cabistán.
       
—Sí, son —dijo la viuda Carlota muy suplicante.
       
—Tampoco son de ningún hombre hecho y derecho —dijo el doctor Graham.
         ¾No se esconda detrás de ardides como un cobarde ¾le dijo el padre Cabistán.
         
—Sí son de hombre hecho y derecho porque el chorro dejó espuma —dijo Estela la niña y se asomó al bacín muy de cerca, como al brocal de un pozo.
        
—Los curas no son hombres hechos y derechos porque usan naguas —dijo desde su escondite Tirso el sacristán—. ¿Serán orines de este cura?
        
—Seguí, que te estás cavando tu propia sepultura —dijo el padre Cabistán, buscando otra vez la voz, en un tono que ahora era y no era de amenaza.
         
—No. Tampoco son orines de éste ni de ningún cura —dijo el doctor Graham, con calculado desdén, alzando un tanto su voz pacífica para que alcanzara a escucharlo Tirso el sacristán.
         
—Ya me cansé de estar oyendo hablar de orines toda la mañana como si fuera yo mujer vulgar, vaga y desocupada —dijo la viuda Carlota queriendo irse; pero el doctor Graham la retuvo con gesto amable tomándola apenas por el codo.
       
—¿Quién es ése, por fin, que orinó allí en este bacín y no es hombre hecho y derecho? —le dijo el padre Cabistán al doctor Graham con galas de fingida suspicacia. Estaba ya todo tan claro que daba risa. Sobraban las suspicacias, y quería rematar al otro de una vez.
         
—Éste —dijo el doctor Graham señalando a Filiberto el lechero con el dedo, pero sin aspavientos, como si apenas lo estuviera acusando de echar agua a las pichingas en un arroyo del camino para reponer la leche que se bebía en secreto.
         
—¿Ahora me van a calumniar con el lecherito? —dijo la viuda Carlota. Pero la indignación de su voz, en la que quería poner un tanto de ironía, se le quedó en una protesta muy cobarde.
         
—Filiberto el lechero no necesita arrancar ninguna tabla de la cerca porque entra en su caballo cargado con las pichingas hasta el traspatio de la casa —dijo Armodio el jardinero.
         
—¿Usted lo vio entrar esta madrugada? —le dijo el doctor Graham a Armodio el jardinero, mirándolo con cordialidad.
         
—Yo no, yo llego a mi trabajo después que él  —dijo Armodio el jardinero.
         —Entonces, no opine —le dijo el doctor Graham, con igual cordialidad—. Sepan, pues, que este muchacho lépero, por si alguna vez era descubierto, aflojó la tabla de la cerca para dar la apariencia de que por allí entra un hombre hecho y derecho.
         
—¿Y el zacate mordido por el caballo? —dijo Armodio el jardinero.
         
—Cuando descarga las pichingas en el traspatio, desensilla el caballo y lo echa a pastar detrás de la cerca, como parte de su ardid —dijo el doctor Graham—. Entonces, se mete a la casa, y sube las escaleras limpiándose antes los zapatones para no dejar huella de suciedad; cuando llega al tope de las escaleras se ha quitado ya por lo menos la camisa, y es ya desnudo que entra al aposento de la viuda Carlota, que en el ínterin ha dejado la puerta sin el pasador. Y tan silencioso como ha subido, baja, antes de que alumbre el sol.
         
—Todas esas son mentiras —dijo la viuda Carlota, como en un rezo de súplica, buscando mientras tanto con la mirada a los santos que se le ocultaban de la vista, pues todos estaban tapados de los pies a la cabeza con lienzos morados por ser la cuaresma. Y, muy febril y sin concierto, ya temblaba toda.
        
—Sí, son mentiras —dijo a punto de llorar Estela la niña.
       
—¿Y cómo sabe usted todo eso? —le dijo el padre Cabistán al doctor Graham.
        
—Al asomarme al bacín de orines lo vi todo como en un espejo mágico —dijo en afán de burla el doctor Graham.
         
—Es porque este viejo pasmado anda rondando de madrugada la casa de la viuda Carlota a ver si se mete en ella —dijo Filiberto el lechero.
         
—Si fuera cierto me hubiera metido por el portillo que usted fabricó —le dijo el doctor Graham, sin perder nada de su ya proverbial cortesía.
        
—Y al apenas asomar la cabeza por ese portillo yo te la partía de un solo leñazo —le dijo muy furioso y descompuesto Filiberto el lechero.
         
—Ya ven —dijo muy sonriente el doctor Graham—. Así confiesa su delito.
         Estela la niña se echó en eso a llorar con llanto de despreciada, muy alto y recurrente; miró a Filiberto el lechero, miró a la viuda Carlota, y fue a la viuda Carlota a la que bañó de orines vaciándole encima el bacín.
        
—¡No quiero escándalos en esta iglesia! —dijo el padre Cabistán al ver los orines que se derramaban por el piso desde la cabeza de la viuda Carlota cubierta con su chalina de encaje.
         
—¡Qué hora de decirlo! —dijo desde detrás de la puerta de la sacristía Tirso el sacristán—. Si nunca debió haber entrado ese bacín al templo.
         
La viuda Carlota huía hacia la puerta mayor bañada en orines y Estela la niña bañada en lágrimas dejaba caer el bacín ya vacío que rodaba con ruido de campana rota por las baldosas, para irse también gritando reclamos dolidos contra Filiberto el lechero que quiso alcanzarla pero luego aflojo el paso. Armodio el jardinero lo siguió.
         
—Ve quién fue a quitarle la viuda Carlota a usted, que tanto penaba por ella —le dijo con triste socarronería el padre Cabistán  al doctor Graham, mientras los dos, llenos de gruesa envidia, miraban a Filiberto el lechero desaparecer en la resolana de la puerta mayor.
         
—Se la quitó a usted también —le dijo el doctor Graham dándose aire con el sombrero de cinta azul, porque allí dentro de la iglesia hacía ya un calor de fragua; y sus ojos azules, del mismo color de la cinta del sombrero, parecieron aguarse.
        
—Los dos son unos galanes de pantomima que no sirven ni para arrear vacas paridas —dijo Tirso el sacristán asomando primero su panza por la puerta de la sacristía.
         
—Ya callate y vení quitame todos estos ornamentos que me estoy ahogando de calor —le dijo el padre Cabistán. Desde la puerta mayor, la figura a contraluz del doctor Graham se volvía para despedirse con el sombrero de la cinta azul en alto.
         
—Caparte debía con estas tijeras por abusivo y atolondrado —le dijo Armodio el jardinero a Filiberto el lechero cuando ya iban de camino por la media calle bajo el solazo. Pero el otro no le contestó media palabra.
         
—¿Y está bella que valga la pena la viuda Carlota sin nada encima? —le dijo Armodio el jardinero al mismo tiempo que hacía tris tris con las tijeras de podar.
         
—¿Para qué querés saber? —le dijo Filiberto el lechero, y se detuvo.
        
—Sólo para saber —le dijo Armodio el jardinero, y su voz ya suplicaba—. Quiero saber como es ella desnuda.
         
—Siempre está oscuro ese aposento —le dijo Filiberto el lechero, y siguió andando.
         
—Pero antes de tocar, algo debés de ver —le dijo Armodio el jardinero.
        
—Claro que sí —le dijo Filiberto el lechero, inflado de vanidad.
         
—¿En qué momento? —le dijo Armodio el jardinero.
         
—Cuando enciende ella el quinqué eléctrico de la mesa de noche que tapa después poniéndole encima su blúmer de seda —dijo Filiberto el lechero.
        
—¿Y entonces? —dijo Armodio el jardinero.
         
—Entonces unas partes del cuerpo desnudo se le ven, y otras siempre quedan oscuras —dijo Filiberto el lechero.
         
—Dichosos tus ojos —le dijo entonces Armodio el jardinero. Y suspiró-.

Managua, enero de 1995.
(Catalina y Catalina, 2001)

De la muerte civil

Sergio Ramírez Mercado

Un día con presagios de lluvia y siendo la hora sexta, se publicó, en la ciudad capital y en las cabeceras de provincia, un bando leído en las esquinas por un pregón vestido con ropas talares y acompañado de un cortejo militar con enseñas fúnebres. El bando anunciaba el luto oficial por el repentino e inesperado fallecimiento de un general opositor y la disposición del Supremo Gobierno de tributarle honras fúnebres igual a las de un Ministro de la Guerra, con la observancia de tres días de duelo nacional.
    
El primer asombrado con el anuncio fue el propio general, quien optó por huir, creyendo que se trataba de un atentado contra su vida, de los muchos que había sufrido, pues sobrevivía a emboscadas y envenenamientos; pero no fue perseguido por nadie, mientras continuaban los preparativos para su entierro.
    
Los funerales fueron pomposos, se pronunciaron tres piezas oratorias, una por cada poder constituido de la República y al momento de descender el féretro a la fosa, cubierto con la enseña patria, se dispararon veintiuna salvas de fusilería.
   
Cuando, al término del duelo oficial, las banderas fueron elevadas de nuevo al tope de sus astas en los edificios públicos, cuarteles, plazas y buques en alta mar, el general retornó en secreto a su casa, donde se encontró a su familia entregada a los rezos habituales de nueve días por los difuntos; llamó a su mujer, a sus hijos, trató de abrazarlos, pero ninguno parecía reparar en su presencia. Su cama y sus muebles habían sido sacados de su aposento y sus ropas repartidas entre los pobres.
    
Fue a la calle, caminó por muchos rumbos, buscó a sus íntimos amigos, a los antiguos conspiradores, pero entre todos pasaba como una sombra.
   
Al principio resultó duro, pero con el tiempo se acostumbró a la idea de su propia muerte.

(De Tropeles y Tropelías, 1971)

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...