martes, 8 de marzo de 2022

A Jackie, con nuestro corazón

Sergio Ramírez Mercado

El día que se anunció la visita de Jackeline Kennedy a Nicaragua hubo una conmoción en nuestros mejores círculos y lo que se llama la sociedad nicaragüense se sintió alborozada y no puede negarse que confusa, sorprendida, por los cuándos, los dóndes y los cómos, o sea cuándo arribaría Jackeline (Jackie, para nosotros) a nuestro suelo; dónde se hospedaría y cómo se organizaría su recibimiento. Por la calidad del personaje nada menos que la esposa de un recordado presidente muerto por balas asesinas; ex primera dama de la nación más poderosa de la tierra, que convirtió su paso por la Casa Blanca en un cuento de hadas; casada ahora con un magnate cuya fortuna es inconmensurable, y por su propia simpatía personal, su encanto, sus altas cualidades de mujer sufrida, los homenajes tendrían que estar a la altura, para que no se fuera a decir que no somos dispensadores de exquisitas bondades.
    
Así que nosotros, los del Virginian Country Club, exclusivo centro social fundado por accionistas norteamericanos y nicaragüenses (fue su primer presidente en el año de 1933 el coronel Glenn J. Andrews, virginiano de pura cepa y quien casó con Amadita Balcáceres del Castillo, de lo mejor de Granada, quedándose el coronel a vivir en Nicaragua, a pesar de que se le reclamaba en Washington por lo brillante que había sido su carrera militar combatiendo a las hordas sandinistas en Las Segovias; digo que se quedó escogiendo con el mejor olfato sus relaciones y se dedicó al cultivo del tabaco, como era tradición en su familia de Oakdale, Va., y ese mismo año de su boda reunió a un grupo de amigos íntimos y dijo: ea, como que no hay un country club aquí, ¿o hay? Y respondieron todos con movimientos de cabeza que no, y él: pues manos a la obra, y allí está su nombre en la placa colocada a la entrada de las cuadras, la primera edificación que se levantó destinada a las prácticas de la equitación, en la que estábamos muy atrasados en Nicaragua, cabe decir era casi desconocida, y se hizo así imperecedero el nombre del coronel Andrews, Presidente-Fundador del Virginian Country Club. Decidimos pues hacernos cargo del recibimiento oficial a Jackie, de tributarle los honores, rendirle los agasajos y demás, y en mi calidad de secretario de la Junta Directiva del Virginian, cargo para el que he sido electo repetidamente desde el año de 1953, convoqué a una reunión urgente que se realizó en mi residencia ya que no había tiempo para trasladarse hasta el Virginian, distante ocho kilómetros de la ciudad capital, contados a partir de los primeros prados de golf visibles desde la carretera, tan bien cuidados y verdes que parece que uno estuviera en otro país y ya reunidos fue como un balde de agua fría saber por boca de nuestro pastpresident (al que siempre se invita a reuniones de Junta Directiva, porque se supone que el past-president puede aportar su experiencia) que a lo mejor fallábamos en nuestro encomiable intento (así es nuestro past-president actual, muy escogido para hablar, jurista renombrado, abogado de gran número de compañías que han invertido en nuestra nación, la Light Mine State Co.; la Continental Timber Co.; la Atlantic Pine Co.; la Gold & Silver Mine Co.; da la impresión de hablar siempre en estados, tal como dicen sus colegas y no yo, pues más bien soy ingeniero electrodinámico, graduado en Georgetown University en 1950) y no podríamos llevar a feliz término nuestros propósitos, pues otras organizaciones sociales y recreativas se nos habían adelantado, puesto en contacto con la Embajada Americana y cablegrafiado a New York al apartamento de Jackie en 5th Avenue y a la isla Scorpio en la lejana Grecia y sólo esperaban la respuesta de ella accediendo; y mencionaba el pastpresident, con el aplomo y serenidad que lo caracterizan, que eran el Lions International Club y el Rotary International Club los que nos aventajaban y tenían la situación bajo control (frase esta última preferida por el consocio Gral. Abraham Cornejo, del Estado Mayor presidencial y tesorero del club); informe que visto ya en perspectiva nos disgustaba no sólo porque parecíamos perder un honor que nos correspondía, sino también porque esos clubes u organizaciones llamadas de servicio no son propiamente de carácter exclusivo, pues aceptan muy libremente a sus socios, y eso me picó a mí el amor propio como secretario por tantos años del Virginian, y me dije: esto no será, yo lo prometo. Y pedí a mis consocios, que ya comenzaban a inquietarse y discutían en voz alta presos de la mayor nerviosidad, tener calma y así lo hicieron, volviendo a sus asientos y yo les indiqué por señas esperar y fui a mi estudio y desde allí llamé a Ralph, utilizando su número privado que soy de las pocas personas en el país en conocer y estaba por dicha en su casa, situada cerca del Virginian, circunstancia por la cual siempre que paso por las tardes rumbo al club, me quedo en su cottage tomando uno de esos cocktails espléndidos preparados por Annie, su gentil esposa; y Ralph, tan amable como de costumbre, me dijo qué hubo, o ideay, qué es la cosa, pues ha aprendido el español con todos los giros nicaragüenses y nadie podría decir, oyéndolo hablar, si se trata de un nica o de un americano, a no ser por su tez y por sus ojos azules y sus cabellos rubios que lo revelan como un “gringo”, como él mismo gusta llamarse en chanza; y tan deferente como siempre, insistió en hablar conmigo en español, aunque en inglés yo me siento muy a gusto, por mi educación, por mis relaciones profesionales y porque es uno de los dos idiomas oficiales del Virginian (el otro es el español).
    
Y yo le conté la historia de la llegada de Jackie, de la que por supuesto estaba enterado y tú sabes, me dijo, Annie y Jackie han sido íntimas, compañeras de colegio en el Trinity College de Mass., y aunque hace tiempo que no se ven, se estiman siempre mutuamente y, ¿tú sabes por qué no estuvimos en la inauguración de John, en enero 28, 1961? Simplemente por una confusión del servicio de protocolo, que perdió nuestra dirección y envió la tarjeta a otros Mr. and Mrs. Ralph Fridemann que ni vivían en Baltimore, Md., ni nada, cerca del mundo diplomático, como nosotros, pero así y todo esa pareja con suerte recibió la cosa y se fue a ocupar nuestros sitios reservados por la propia Jackie, y vaya tuerce le dije, porque yo sé que esa historia es verídica, que Ralph es íntimo de las familias presidenciales, pues yo he visto un retrato autografiado del presidente Lyndon B. Johnson sobre la repisa de la chimenea en la sala de Ralph (el dueño de la casa que alquila, ante solicitud oficial de la Embajada Americana le puso una chimenea a Ralph, con unos leños plásticos y unas luces rojas disimuladas, que parece que los leños están siempre ardiendo), un retrato grande en que Johnson aparece con la mano derecha apoyada sobre el respaldo de una silla y la otra mano en la cintura con esa mirada tan severa, inteligente y decidida del hombre que rigió los destinos del mundo libre y de su puño y letra la dedicatoria que dice: To Mr. Ralph Fridemann and his wife, for their high services in behalf of our nation, truly yours, Lyndon B. Johnson, President of the United States of America. Y Ralph, cada vez que yo con mi cocktail en mano me levanto de mi asiento para acercarme a la chimenea y admirar la foto, me dice con esa sonrisa: oye, mano (porque Ralph estuvo antes de servicio en México), no te creas, es auténtica; y yo asiento convencido y pienso: un día que Ralph y Annie vayan a mi casa a cenar, voy a sacar del aposento el diploma que con su retrato en colores, su Santidad el Papa Pío XII entregó a mi mamá con motivo de su peregrinación a Roma en la audiencia privada que le concedió en la Capilla Sixtina, para que vean lo que el propio pontífice escribió abajo en letra gótica y en español, porque los papas hablan 14 idiomas como mínimo, una especie de carta pública en la que bendice a todos los de mi familia hasta en la hora de la muerte y que no firmó de su mano porque estaba padeciendo un ataque de artritis y le pidió al Cardenal Camarlengo que firmara por él.
   
Y sí estoy enterado de ese viaje me dijo Ralph, no sólo por las comunicaciones oficiales cifradas que han llegado a la Embajada, también porque Jackie le escribió a Annie una cartita cariñosa comunicándoselo; pero acerca de que otros clubes se hubieran adelantado no sabía nada, y no lo creía tampoco, y que en todo caso no me preocupara, él todo lo arreglaría para que la totalidad de los homenajes pasara a manos del Virginian Country Club y yo para remachar le recordé, club que fue fundado con la intención de constituir un enlace permanente entre dos pueblos hermanos y sí, me repitió, sin duda alguna, despreocupate, che (porque Ralph estuvo de servicio también en la Argentina), y yo volví a la sala y listo, les dije. ¿Cómo listo?, me preguntó Freddy, primer vocal de la directiva y siempre el más desconfiado, yo supongo que debido a cierta envidia para conmigo, debido a mis éxitos sociales, porque todo el peso del club descansa sobre mis espaldas, tertulias, garden parties, torneos de golf, tennis, etc.; pues listo, les afirmé otra vez; tengo todos los hilos cogidos (y el Gral. Cornejo me miró sonriente, pues vio que estaba hablando su propio lenguaje). Jackie, informé, viene directo del aeropuerto al cocktail de bienvenida en nuestro club; la misma noche, banquete de gala, exclusivo para nuestros socios y familias; al mediodía siguiente, almuerzo campestre, siempre en nuestras instalaciones; y por la tarde, té de modas con las esposas e hijas de nuestros socios; no va a quedar tiempo a los otros clubes ni para un rugido. Y ante esta última ironía tremenda, que era una alusión directa a los Lions, todos rieron a carcajadas y me palmoteaban, me abrazaban, me querían levantar en vilo, me sofocaban y la quebradera de vasos era tremenda y María Eugenia se asomó por la baranda del segundo piso a ver qué pasaba y cuando supo el motivo se retiró sonriente y satisfecha, ella sabe compartir mis triunfos. Y el past-president me dijo en medio de la bolina: ¿y con quién hablaste al fin? Pregunta ante la cual todos callaron, me soltaron y me rodearon ansiosos. –¿Sí, con quién?
   
Con el Embajador, les dije. Con el Embajador de los Estados Unidos; y claro, entonces todo está más que asegurado, gritaron y rieron más alegremente, y vuelta a las felicitaciones y los abrazos y hay veces que decir una pequeña mentira resulta más convincente, porque si es cierto que Ralph no es el Embajador sino un importante funcionario administrativo –Chief clerk– como se firma él en los oficios que envía a las casas comerciales para comprar todo lo que la embajada necesita, bujías, grapas, papel, lápices, etc., también es cierto que bien podría representar con decoro a su gran nación; pero era cosa de dar efecto a mis palabras y vaya si no obtuve los resultados deseados y todavía cuando se retiraban y encendían sus autos, los oía comentar, y alabarme, y reírse y felicitarse de tenerme siempre en la directiva del club. Y el past-president, apenado, me llamó aparte antes de salir y me dijo: perdoname hermano, parece que no me habían informado bien, y yo me reí tratando de parecer agradable; oh, no te preocupes, errar es humano y tú sólo has pensado en el beneficio del club (y no es por alabanza, pero soy de los pocos que en este país hablan de tú).
   
 Ralph, tal como me lo había prometido, se puso manos a la obra a trabajar en favor de nosotros, pero como sus arreglos eran de tipo secreto no pude enterarme por algunas semanas de la forma en que caminaban; según Ralph, para no entorpecer sus gestiones, nosotros no podríamos comunicarnos con Jackie bajo ninguna forma. Pero se supieron ciertos detalles de la llegada con los que no contábamos: sería por mar, a bordo de su yate privado, como estación de un crucero mundial, sin que se informara aún del puerto elegido para su desembarco en Nicaragua, con lo que fue necesario reunir de nuevo a la directiva y telefonear a Ralph, quien me reafirmó que no había motivo para preocuparse, que los planes con respecto a nosotros seguían iguales, ya que Jackie podría ser transportada en heli­cóptero, desde el yate a la grama de nuestros campos de golf, aunque yo no confiaba mucho en esta solución y en el tiempo entre la llamada que hice a Ralph y la hora acordada para la reunión, pude idear una salida, que ya expuesta pareció genial a todos y de la que yo mismo me sorprendí, por haberla pensado tan rápido: comprar un yate, ir al encuentro del que traería a Jackie, aparejar ambos barcos y hacer que ella pasara de uno a otro cada vez que se le ofreciera un cocktail, una fiesta o un té, con lo que no correríamos ningún peligro de que otras personas o grupos de personas, una vez ella en tierra, pudieran interferir con otros homenajes ajenos a los nuestros. Mis palabras eran interrumpidas con aplausos; y, continué, cuando avistáramos el yate, haríamos una especie de abordaje sentimental, disparándole cañonazos de flores nativas y exigiendo por altoparlantes la rendición. Qué mejor que evitarle el bochorno de la ciudad, la suciedad, el calor, la gente del pueblo que la acosaría y los escolares que la fastidiarían pidiéndole autógrafos: y por el contrario, tendría una cálida bienvenida, se relacionaría sólo con gente de su clase, y todo ocurriría dentro de Nicaragua, ya que anclarían ambos barcos en aguas territoriales, y el nuestro llevaría en su mástil más alto la enseña patria, flameando al viento, palabras estas últimas que provocaron un verdadero delirio entre los directivos, que no cabían ya de gozo y nuestras señoras, que conversaban en el living vinieron y compartieron con nosotros.
    
Ya no cabía duda, se dijo en los corrillos, quién sería el próximo Presidente del Virginian y a saber por cuántos años.
   
 No omito decir que una de las grandes dificultades era la ignorancia acerca del puerto elegido para que el yate de Jackie atracara, pues nuestro plan de interceptar el barco en la ruta, resultaría mejor sabiéndolo; pero Ralph me dijo que eso era imposible, pues la información estaba clasificada como secreta y es más, si acaso llegase a publicarse el nombre del puerto, me aseguró, se trataría de un dato deliberadamente falso y a última hora, el barco enfilaría para otro puerto; con lo que en mi calidad de ejecutor del proyecto, para lo cual me designó la Junta Directiva, me decidí a seguir adelante sin más alternativa; entonces planeé que nos embarcaríamos ya próxima la fecha de la llegada, que Ralph me transmitiría secretamente, andaríamos recorriendo la costa por algunos días, y cuando el yate de Jackie al fin se acercara, a toda máquina nos dirigiríamos a su ruta. Con este plan, garantizaba también a los socios y sus familias un crucero que prometía grandes diversiones.
    
Y me dormía feliz una noche, poco antes de dirigirme a los Estados Unidos para cumplir la comisión de la compra del barco, que tendría que ser considerablemente grande, si se toma en cuenta que los socios del club suman 450, entre propietarios y concurrentes, y que habría que embarcar a no menos de 1,500 personas, incluyendo familiares de los socios, tripulación, servicio, músicos, etc., cuando se me ocurre pensar: ¿y por cuál de los dos océanos llegará el barco de Jackie? Y me recriminé angustiosamente: imbécil, sólo se te ha ocurrido que el yate pueda llegar por el Pacífico: ¿y si, como es más lógico, viniendo del mar Mediterráneo, llega por el Atlántico y nos sorprende entrando por Bluefields? Y raudo me levanté de la cama y a pesar de que eran las dos de la madrugada, llamé a Ralph y le expliqué mis temores. Oh, no te preocupes, dijo, eso se sabrá con tiempo, y así el barco de ustedes podrá esperar donde más convenga, y colgó, dándome la impresión de que había hablado medio dormido, y ya no tuve gusto desde entonces, hasta que tras mucha insistencia en los días sucesivos, Ralph accedió a revelarme, so peligro de que se le acusara de alta traición, que el yate entraría por el Pacífico, cruzando por el canal de Panamá procedente de las islas Vírgenes, lo cual yo le agradecí en el alma, porque me dije: esto sólo lo hace un amigo de verdad, y feliz me fui a New Orleans, a ver los barcos que se nos ofrecían en venta, no nuevos completamente, pero sí en magníficas condiciones, según las cartas de los comisionistas navales, pero en llegando allá no me gustó ninguno, todos viejos y herrumbrados, los servicios sanitarios no funcionaban, los camarotes olían a moho, las pistas de baile hundidas, las piscinas hechas una ruina, y, me enorgullece decirlo, ninguno valía tanto como nosotros estábamos dispuestos a pagar.
    
Y ya me regresaba desilusionado a Nicaragua por no haber encontrado el barco apropiado para exponer a mis consocios una oferta del Japón que había recibido, cuando un agente me llamó de San Francisco, Cal., para ofrecerme en venta, ¡nada menos que el Queen Elizabeth! Perfectamente conservado, casi como el día de su botadura, surto ahora en la bahía, donde proyectaban dejarlo anclado para convertirlo en hotel de lujo, así que accedí a verlo, poseído de extraña alegría, pues me decía: conseguir este barco sería grandioso, Dios Santo, ¡el Virginian Country Club compra el Queen Elizabeth para recibir a Jackeline Kennedy!
    
Llegado allá, todo fue como por obra de milagro: vi el barco y me conquistó (mi madre había viajado en él en su travesía a Roma); qué joya monumental, qué esplendor indescriptible, un verdadero palacio flotante, una ciudad que navega (frases que, para ser honrados, leí en los folletos plegables de propaganda que me obsequió el agente); era impresionante contemplar sus doce pisos, sus docenas de tiendas, sus diez teatros, sus diez cines, catorce pistas de baile, ski acuático, ski sobre hielo; sus quince piscinas, sus ocho canchas de tennis, cuatro de frontón, diez de crocket; sus tres mil camarotes de lujo, sus cinco capillas para servicio de cinco religiones distintas, bares por doquier, salas de juego, casinos, solariums, todo lo que uno pudiera desear. El precio, frente a lo que aquel monumento significaría para nosotros, no era excesivo, de modo que inmediatamente me puse al habla con mis consocios en Nicaragua y tras una semana de comunicaciones, negociaciones y transacciones, la suma estaba reunida, garantizaban la compra los bancos más serios del país, las compañías financieras más sólidas, las empresas industriales y agrícolas de mayor prestigio, todas manejadas por socios del club; por último, y este gesto me conmovió tanto, se invirtió en la compra no sólo el capital social del club de manera íntegra, sino que también se dieron en hipoteca sus edificios, prados, canchas e instalaciones en general. Quedamos comprometidos hasta los tuétanos, pero la transacción se cerró en el propio barco, en la suite del capitán, una noche para mí histórica; debo aclarar, como acto de justicia, que todos nuestros consocios estuvieron plenamente conscientes desde el primer momento de lo que aquel paso significaba: la gloria, la consagración definitiva de nuestro amado centro social. Pagábamos por el bombazo social del año, o de todo el siglo, en Centroamérica, el Caribe, Latinoamérica si se quiere; repercutiría hasta en los Estados Unidos, nos inscribirían con letras de oro en los anales del jet set, ya para siempre; la revista Time tendría que poner nuestros nombres en su afamada sección “People” e incluso, quién me decía que no, el mío aparecería al morir yo algún día, en la sección “Milestones” del magazine.
    
Mi regreso a Nicaragua lo hice por supuesto, embarcado en el Queen Elizabeth, con su tripulación completa a bordo y el barco al mando de su viejo capitán, el mismo que poco antes había conducido la nave a lo que él creyó su cementerio, como me lo dijo llorando.
   
Nunca antes un barco de tal categoría y tamaño había atracado en puerto nicaragüense, por lo que nuestra llegada era en definitiva una fiesta nacional, miles de personas congregadas en el puerto de Corinto, y ése fue uno de mis días de mayor gloria: el único pasajero era yo, el autor de aquel fabuloso negocio, el cristalizador de las ambiciones de nuestros socios; ahora ya no podría decirse que Nicaragua no esperaba a Jackeline Kennedy como ella se lo merecía: nada menos que a bordo del Queen Elizabeth.
    
De acuerdo con los informes de Ralph, faltaba un poco más de dos meses para el arribo, de manera que no podíamos atrasarnos en los preparativos; las fortunas personales de nuestros más pudientes socios se comprometieron en los gastos sucesivos: engalanar el buque para la ocasión; renovar muebles, cortinajes, lámparas, platería, loza, cristalería, relojes, espejos, alfombras; todo vino fletado en aviones expresos; cientos de técnicos extranjeros montaban nuevas canchas de deportes, reacondicionaban las piscinas, revisaban el agua potable, la electricidad, la música ambiental, los frigoríficos, las cocinas y se trajeron a bordo los cargamentos de licores, carnes, aves, mariscos, verduras, frutas, cereales, conservas. No huelga reiterar que todo vino de los Estados Unidos, desde el servicio de camareros especializados en cruceros marinos, hasta los músicos, los cocineros, los floristas, los peluqueros, los masajistas. (Nuestra única pena era que frente a nuestro Queen Elizabeth, el yate de Jackie parecería muy pequeño, pero sinceramente no creíamos causarle ofensa con esto.)
    
Yo fui en esos días, y sería falsa modestia negarlo, uno de los personajes más importantes del país para entonces; el Presidente de la República me invitaba a sus fiestas, me obsequiaba con cenas íntimas, sólo para insinuarme cada vez, el nombre de algún ministro de Estado o funcionario suyo para ser invitado; como en el barco sobraban lugares, ya que el Queen Elizabeth resultó demasiado grande para nuestros socios y sus familias, sacamos a la venta camarotes, con derecho a la travesía y asistencia a todas las fiestas en honor de Jackie; las solicitudes, que llegaron por millares, se examinaban muy rigurosamente y se aceptaban por partes, para no provocar ninguna reacción desagradable, de modo que aún la semana anterior al inicio del viaje, teníamos en cartera más de tres mil solicitudes, aunque los espacios disponibles no llegaban ya a cincuenta. En el mercado negro, los derechos de subir a bordo y estadía se cotizaron hasta en diez mil dólares, pero el club no intervino en estos manejos, pues siempre vendió las invitaciones a un precio públicamente establecido. Pero las pujas eran tan violentas que recuerdo riñas a bofetadas, insultos en los periódicos y hasta tiros, y era por eso que el Presidente de la República trataba de influir en mí, que a la postre controlaba y decidía sobre las solicitudes, para que tomara en cuenta a sus allegados, sobre todo a los militares, a la mayoría de los cuales no se les aceptaba en nuestro club.
    
Las envidias que despertarnos, hay que decir que fueron terribles; se nos atacaba, se apedreaban nuestras casas, nuestros automóviles; se organizaron desfiles públicos en contra nuestra, mítines; se amenazó con huelgas en nuestras fábricas y comercios, todo, me parece, motivado por un resentimiento de quienes no pudieron abordar el Queen Elizabeth, ya fuera porque no contaban los organizadores de estas desagradables manifestaciones con el dinero suficiente, o porque sus solicitudes fueron rechazadas al no considerárselas viables. Se nos negaba el saludo, se nos infamaba por la espalda; ¿qué culpa teníamos nosotros –como se nos achacaba– de que familias enteras hubieran vendido sus bienes, adquirido préstamos onerosísimos, sólo para unirse al viaje?
    
Y al fin llegó el día. Al fin nos embarcamos. Bandas de música pagadas por el club; niñas con canastas de flores también pagadas por el club nos despidieron en el muelle y se tocaron los himnos de Estados Unidos, Nicaragua y Grecia, el que confieso no conocía; se izaron los pabellones en los mástiles del buque y zarpamos. Zarpamos sin Ralph y sin Annie, circunstancia que es la fecha y no me explico, pues no se presentaron al puerto a la hora convenida, pese a que un día antes les visité en su casa para darles la sorpresa de que vendrían con nosotros como invitados de honor del club (Ralph por pura desidia no se había hecho socio) y que en vista de su amistad íntima con Jackie, tocaría a Annie presentarle en nombre del club, al momento de la ceremonia de bienvenida, un gran corazón de flores rojas con una inscripción que en letras de oro diría:

A JACKIE, CON NUESTRO CORAZÓN

...honor que a pesar de corresponder a la esposa del presidente del club yo había maniobrado para que se dejara a Annie, mostrando así a Ralph cómo estaba de agradecido por todo lo que hizo por nosotros, pero Annie se mostró muy confusa y muy afligida, la pobre, no era para menos y llamó a Ralph aparte y les oí discutir y al fin regresaron y me dijeron que sí, que estaba bien, que con mucho gusto, muy pálidos ambos por la emoción, quizá, y sería por ese shock que les produje que no vinieron a bordo, pero aquí andamos aún navegando y ya la vida se hace aburrida, días y días, no sé si meses de recorrer estas costas y divisar a lo lejos el humo de los volcanes, la vegetación, las luces de los pequeños puertos, de ver cómo anochece y cómo llueve, cansados de la misma música, de los mismos juegos, la comida ya racionada, los socios afligidos y sus familias con tanto tedio, pero Jackie no puede fallar y de una ruta a otra navegamos y buscamos el lejano humo de su yate en la distancia, porque estamos seguros de que tiene que venir, y cada amanecida es una nueva esperanza de que éste sí será el día de fiesta, de las dianas, del corazón de flores rojas, porque sí llegará Jackie a las costas de Nicaragua aunque pasen los días, pues no quiero ni pensar en lo terrible que sería volver a enfrentar las caras de burla de nuestros enemigos y cuando me encuentro en cubierta con mis compañeros de la Junta Directiva que pasan sombríos, con la mirada les digo: yo por lo menos, nunca jamás regresaría.

1971.
(Charles Atlas también muere, 1976)

Catalina y Catalina

Sergio Ramírez Mercado

Esa tarde Catalina planchaba en combinación y sostén como todas las tardes, para aliviarse del calor, porque el cuarto era estrecho y mucho el fogazo de la hornilla de fierro donde se calentaban las planchas, o porque de verdad fuera una adúltera y por eso no se rasuraba los sobacos, aunque sí, y por lo mismo, se depilaba meticulosamente las piernas con una pinza. Adúltera, como después no se cansaría de acusarla mi padre delante de cualquiera, mordiendo las palabras entre las coronas metálicas de su dentadura. Y ya no tuve nunca otra forma de verla en adelante que a la luz de aquella acusación terrible que me recordaba la historia sagrada, derribada a pedradas en el polvo Catalina, magullada y ensangrentada bajo una lluvia de piedras, hasta morir.
    
Como todas las tardes, con el dedo humedecido de saliva, probaba Catalina el calor de las planchas y se aplicaba con decisión sobre los cuellos y puños de las camisas blancas que rociaba con agua almidonada, usando una bomba de flit; una vez planchada cada camisa, iba a depositarlas, desplegadas, sobre la cama, dentro del mosquitero extendido para que no les cayera el polvo; y en los descansos, acercaba a los carbones de la hornilla de fierro la cabellera rojiza para encender los cigarrillos Valencia que fumaba pensativa, sonriendo sola a veces, un brazo cruzado sobre el vientre desnudo, húmedo de sudor, el otro frente al rostro nublado por las lentas bocanadas que tardaban un mundo en deshacerse.
    
Catalina tenía la cabellera tirando a rojizo, los ojos de un amarillo claro y la voz ronca. Una vez, viéndola así, distraída, le preguntó mi padre al pasar para la calle, siempre mordiendo las palabras, que en qué pensaba tanto, como si aquello de verla así, perdida en lontananzas, lo molestara en el alma; se sonrió ella diciéndole que pensaba en países lejanos; y le contestó él, ya agriado, que tuviera mucho cuidado en no engañarlo sobre lo que andaba divagando su cabeza porque le podía costar muy caro.
    
Y, entonces, resultó lo de esa tarde que empecé diciendo, cuando apareció mi padre, de pronto, en la casa, a una hora en que nadie lo esperaba. Yo estudiaba en voz alta las guerras púnicas, sentada en un banquito al pie del planchador y mi hermano remendaba en el suelo un barrilete, usando el mismo almidón de las camisas. Decían, con admiración, que el secreto de Catalina para dejar aquellos cuellos y puños tan tersos y a la vez tan firmes, que hacía que le llovieran los encargos y la casa anduviera siempre llena de camisas blancas, camisas en el tendedero del patio, camisas sobre las sillas, sobre la mesa del comedor y debajo del mosquitero, estaba en la forma en que preparaba su almidón, batiéndolo despacio sin que al final se les espesara mucho, y en aquel procedimiento suyo de rociarlo en las camisas con una bomba de flit; pero yo más bien creo que se debía a su tesón con la plancha. Su brazo derecho, con el bíceps desarrollado, se había vuelto fuerte y musculoso, como de boxeador.
   
Mi padre se plantó frente a ella, menudo y nervioso como era, la manzana de Adán en un tenso temblor bajo la piel lastimada por la cuchilla de afeitar, las venas en enjambre repintadas muy gruesas en el cuello y debajo del vello de los brazos. La examinó de los pies a la cabeza, con ojos de desprecio; después le escupió en la cara, aún con más desprecio, y le ordenó que se fuera inmediatamente de la casa llamándola una y otra vez adúltera. Catalina, sin discutirle nada, se limpió con los dedos la saliva que le bajaba por la barbilla, y con su voz ronca le dijo que sí, que se iría, que no se preocupara, pero primero tenía que terminar de planchar las camisas blancas y le faltaba todavía media docena. Él, por toda repuesta, volvió a escupirle y volvió a la calle.
    
Entonces, cuando se había ido, mi hermano y yo corrimos llorando al lado de Catalina y nos prendimos de su combinación, pidiéndole que no hiciera caso, que no se fuera. Ella siguió en su tarea de planchar y, mientras tanto, nos decía que no creyéramos nada malo de ella, que no era ninguna adúltera, eran cuentos y enredos de sus cuñadas que nunca la habían querido, pero que lo mejor era obedecer, que todos le debíamos obediencia a mi padre aunque estuviera equivocado, que nos portáramos bien y estudiáramos las lecciones, que nos iba a escribir, y que no me olvidara yo de entregar las camisas planchadas en las casas donde pertenecían, todas me las iba a dejar listas, debajo del mosquitero.
   
Y ya listas todas las camisas, se fue al cuarto a meter en una caja de avena Quaker, que sacó de debajo de la cama, su ropa y sus cositas que tenía en el saliente de la ventana, una polvera musical, una muñequita china de porcelana con un paraguas, una foto suya entre pinares de cuando había ido en bus a Jinotega en un paseo, siendo soltera. En ese mismo saliente de la ventana, mi padre manejaba, debajo de una piedra de río, unos poquitos libros que nunca cambiaron ni dejaron de estar allí: El Conde de Montecristo, una novela de Xavier de Montepin que no recuerdo y un Almanaque Mundial que aún para entonces era ya viejo, de varios años atrás.
    
Después, Catalina se vistió, tranquila, silbando por lo bajo, como silbaba, a veces, cuando planchaba, y salió a la calle cargando la caja. La recuerdo en la puerta mirando en distintas direcciones como si no supiera para dónde iba a coger, parpadeando como si la deslumbrara mucho el sol, y recuerdo el vestido con que se fue, un vestido gris de tela de gro, bordado de negro en el cuello, que alguna vez había sido de fiesta, descosido de algunas puntadas en un costado. Tenía veintisiete años para entonces Catalina y, ya dije, el pelo tirando a rojizo, los ojos de un amarillo claro y la voz ronca.
    
Eran los tiempos del algodón. Mi padre era mecánico de tractores Caterpillar en el taller de la Nicaragua Machinery en Masaya, y le habían otorgado un diploma del mejor mecánico del año que colgaba en la pared, al lado de la mesa del comedor. Ganaba muy bien, tanto como para mandarme a mí al colegio de las monjas del Rosario y dar cada sábado fiestas en el patio que empezaban desde el mediodía. No necesitaba Catalina empeñarse en planchar camisas, él tenía suficiente para proveer; pero si quería seguir desarrollando su brazo de boxeador con el ejercicio de la plancha, allá ella.
    
La crudeza de carácter de mi padre la resumo hoy, no sé por qué, en su grueso cinturón de vaqueta trabajado al buril, en el sombrero de fieltro con manchas de sudor que no se quitaba ni dentro de la casa, y en sus botas recias, botas de trabajo, pero siempre bien lustradas, extrañas en su brillo porque se suponían unas botas que no debían brillar. Y sobre todo en su voz, una voz de órdenes secas que no tenía matices, la voz con que le ordenó a Catalina salir para siempre de la casa, después de llamarla adúltera, moliendo las palabras entre las coronas metálicas que se entreveían cuando comía, o cuando cantaba.
   
Porque mi padre cantaba boleros. Extraño, si se quiere; pero ya avanzadas sus fiestas del sábado, mandaba a la calle a buscar algún trío; se sentaba en un banquito bajo, delante de los guitarristas, se aconsejaba con ellos, cada vez, en el acompañamiento, y entonaba las letras con una voz suave y esquiva, siempre sin matices, los ojos cerrados y la mano en el entrecejo; y seguía cantando, bolero tras bolero, aunque la gente dejara de ponerle oído, y bebiendo, después de terminar cada canción, sorbos de un vaso de agua tibia que Catalina, por órdenes suyas, le ponía al lado, en el suelo.
    
Nunca puedo imaginarlo cantándole boleros a Catalina, sin embargo, ni acariciándola en la oscuridad, o quitándole alguna prenda de vestir mientras la besaba. Pero recuerdo una tarde de un sábado que me aburría en la casa y entré de pronto al dormitorio de los dos, en busca de nada; saltó él de la cama, desnudo, y se quedó sentado en el borde, encogido, sin darme la cara, mientras Catalina, desnuda también y bañada de sudor, se cubría hasta la cintura, sin quitarme la vista, recogiendo la sábana con extremo cuidado como si tratara de entrar en ella sin que yo me diera cuenta, mientras con su voz ronca, más enronquecida aún, me pedía que saliera.
    
Tampoco lo recuerdo haciéndome alguna caricia a mí, ni me recuerdo sentada nunca a la mesa junto a él. Se ponía a comer con mi hermano al lado, y ya cuchillo y tenedor en mano pasaba revista al plato, dividiéndolo luego con una señal de los cubiertos en cuatro partes iguales, como un campo de batalla, para empezar entonces su acometida, masticando de manera meticulosa y reflexiva y mirando de nuevo la comida antes de emprender cada bocado, sus ojos hostiles vigilando alrededor para prevenir cualquier interrupción.
    
Mi hermano y yo averiguamos al fin adónde se había ido Catalina. A la casa de su hermano Noelito, el escribiente del juzgado, cerca de la estación del ferrocarril, porque llegó un día mi tía Fula, que era la peor de todas, a decirle a mi padre que ésa seguía en Masaya, la desvergonzada, y que en la casa de su hermano alcahuete, Noelito, el escribiente del juzgado, que no tenía ni dónde caer muerto, recibía al querido.
    
Esta Fula y mis otras tías se daban ínfulas sociales, caminaban con paso altanero como si el suelo tuviera que pedirles permiso para dejarse pisar, iban a misa de sombrero, sombreros de velillo pendiente, adornados de flores artificiales, y anteojos de sol, que no se quitaban dentro de la iglesia porque para ellas eso era de grandes damas, hablaban continuamente de apellidos y riquezas, y tampoco tenían dónde caer muertas, igual que mi tío Noelito, que siempre usaba los mismos pantalones, muy bien remendados, con mucho primor, pero los mismos pantalones que si eran oscuros iban perdiendo el color hasta que los años los desvanecían por completo, y él hacía broma de aquella prueba de pobreza diciendo que así estrenaba sin gastar porque, al fin y al cabo, con el tiempo y un pelito, de todos modos llegaba a tener pantalones de distinto color.
    
Otra tarde en que caía un aguacero muy recio, mi hermano y yo nos concertamos para subirnos enganchados a la culata de un coche de caballos que llevaba pasajeros a la estación del ferrocarril, y fuimos a buscar a Catalina a la casa de su hermano Noelito. Pero ya no estaba.
    
Mi tío Noelito, que usaba un cabo de lápiz detrás de la oreja porque aquel era su oficio, escribir siempre, nos secó las cabezas con una toalla, nos fue a comprar él mismo, remojándose, una coca cola para cada uno a la pulpería de enfrente, nos metió a su aposento, que quedaba detrás de un biombo forrado con carátulas de revistas, nos sentó en su cama y nos explicó que Catalina se había trasladado a Managua con la voluntad de conseguir allá un dinero para el pasaje aéreo y así irse a vivir a Los Ángeles, donde ya tenía asegurado un trabajo de planchadora de cuellos y puños en una fábrica de camisas Van Heusen de unos judíos; que nos había dejado saludos por si acaso llegábamos a verla, y que antes de irse le había encargado comprarnos esas coca colas, de cuenta de ella. Y nos entregó el vuelto del billete que ella le había dado para las coca colas.
    
Al oír aquellas noticias, yo empecé a llorar muy bajito, mientras me tomaba la coca cola, y mi hermano sólo me miraba, muy asustado, y después me pedía que no llorara porque entonces él también iba a llorar.
    
No tiene nada malo que lloren por el recuerdo de su mamá, nos dijo entonces mi tío Noelito; es una mujer buena y trabajadora y estoy seguro de que apenas tenga con qué, los manda a traer a los dos para que vayan a pasear a los Estados Unidos y quién quita y hasta aprenden a hablar en inglés. Con esa promesa algo me consolé, y mi hermano se puso a preguntar sobre aquel viaje como si ya al día siguiente fuéramos a subirnos al avión.
    
Entonces, le pregunté yo a mi tío Noelito, así, de pronto, si era cierto que Catalina era una adúltera, y aunque se lo pregunté dos veces, se hizo el disimulado, y más bien me preguntó él si me gustaba coleccionar estampillas; tenía una del volcán Momotombo, en forma de triángulo, que era escasa. Y aunque le dije que no, porque nada tenía que ver yo con estampillas, y lo que quería era que me contestara lo que le estaba preguntando, fue a sacar de una gaveta la estampilla, que me regaló, diciéndome que sería bueno que me volviera filatélica como él. Y dijo mi hermano: ¿es filatélica, lo mismo que adúltera?
    
Pero mi tío Noelito, muy atolondrado, le contestó que no, que eran palabras muy distintas; y que nos fuéramos ya para la casa, ya había escampado, no viniera a darse cuenta su cuñado de que estábamos allí y Dios libre. Y nos tomó de la mano y nos llevó hasta la puerta.
    
No eran muchos los hombres que se relacionaban con Catalina. Recuerdo a dos. Valentín, mesero del Club Social que entraba con todo y bicicleta a la casa, a dejar el costal de sus camisas blancas sucias, un costal de harina Espiga de Oro, media docena por vez de camisas Venus, porque era su obligación atender a los socios de camisa blanca y corbatín negro. Después de un rato se iba, manejando su bicicleta con una sola mano, las perchas con sus camisas blancas en la otra, flameando al viento.
    
Este Valentín, decía Catalina en son de reproche y como si él no estuviera allí, ya le he dicho que no se ponga tanta brillantina en el pelo, porque le chorrea con el sudor en el cuello de las camisas y cuesta tanto sacar la costra de grumo que ni raspándola con un cuchillo. Y respondía siempre Valentín: es que me tengo que ver elegante, Catalina.
    
Valentín, para que ella lo hubiera llegado a tomar como pareja de adulterio, no era ni bien parecido ni nada. Un hombre sin gracia, común y corriente. Pero un día de Santa Catalina, que tuvo que haberlo averiguado él en el almanaque, porque no se celebra por lo común, le llevó una tarjeta grande, de esas perfumadas, con dos corazones rojos de satín acolchado, que fue a entregarle hasta la mesa de planchar sin dejar la bicicleta que hacía girar sola sus pedales mientras él la empujaba por el manubrio. Ella, amuinada, sin alzar la cabeza, recibió la tarjeta y la guardó muy veloz bajo las camisas lavadas. Es todo lo que recuerdo.
    
El otro era Peter, el gerente de la sucursal del Banco Calley Dagnall, que sólo usaba camisas Arrow de mancuernillas, y eran una novedad que admiraba a Catalina las ballenitas de plástico que traían los cuellos por debajo para mantenerlos firmes. Peter se quedaba largo tiempo conversándole a Catalina cuando llegaba a dejar sus camisas en un saco de lona con las marcas del banco, de los mismos que servían para transportar billetes.
    
Le conversaba y le contaba chistes de los que ella se reía mientras planchaba, reprimiendo la risa con la boca cerrada, chistes de curas, conventos, monjas, burros, arrieros y loras, siempre había una lora en aquellos chistes; y siempre que terminaba de contar alguno, lo celebraba chocando las manos por arriba de la cabeza e iniciaba un paseo por el cuarto, moviendo las caderas, como en un paso de baile, y volvía a chocar las manos tantas veces como le fuera posible. Un día, algo que yo no oí le dijo Peter y ella se quedó algo así como pestañeando y tal vez llorando, y nunca volvió a aparecer Peter con sus camisas Arrow.
    
Eso fue todo. Salvo que, delante de Valentín y delante de Peter planchaba Catalina en combinación y sostén; entraban ellos y no se preocupaba de correr a ponerse nada encima, igual que si fuera mi padre el que entrara. Y aquello de quedarse delante de hombre extraños medio desvestida, que más bien podría ser prueba de su inocencia, mi tía Fula lo alegaba como prueba de su maldad, lo mismo el hecho de que todas las noches fuera sola al cine; asunto que no era su culpa, porque a mi padre le repugnaban las películas.
    
Ahora tengo la edad que tenía Catalina cuando se fue de la casa, veintisiete años; y quienes la conocieron de joven siempre me dicen que me parezco mucho a ella. Debe ser. Por lo menos tengo el pelo tirando a rojizo, aunque lo uso muy corto, los ojos de un amarillo claro, aunque desde los doce años llevo lentes, por la miopía; y la voz ronca, una voz que, según me dicen, es de tono sensual; una voz de alcoba, me dijo alguien una vez. Me llamo, además, Catalina. Y me quedé llamándola a ella por su nombre, Catalina, porque se fue lejos para siempre, y porque está de por medio esa acusación en su contra de haber sido adúltera, que sea o no cierto el hecho, me quitó también, desde entonces, la inclinación de llamarla mamá.
    
Cómo será ahora Catalina, qué aspecto tendrá, si conservará el color de su pelo o tendrá canas, arruguitas junto a los ojos y la boca, si seguirá fumando en combinación y sostén, si será siempre musculoso su brazo de planchar, si al fin habrá tenido allá un amante, en el caso de que no lo tuvo aquí. No lo sé. Nunca volvimos a verla, nunca tuvimos una fotografía suya, ni nos escribió nunca invitándonos a pasar una temporada con ella en Estados Unidos, como creía el pobre de mi tío Noelito: las vacaciones se les van a hacer pequeñas por tantos lugares donde su mamá los va a llevar a pasear, conocerán al perro Lassie en persona, comerán golosinas de allá, empacadas en celofán, y valijas nuevas, de esas de zipper, tendrán que traer por tanta ropa americana que ella va a comprarles. Mentiras.
    
Me bachilleré en el colegio de las monjas del Rosario, mi padre dio a hacer un traje entero para llevarme del brazo, siempre de botas fuertes, bien lustradas; yo le escogí en el almacén de Elías Frech la corbata que se puso, aunque se portó rebelde, ya vestido, a la hora de ir yo a cerrarle el botón del cuello porque le molestaba la manzana de adán. Y fue una de las pocas veces que lo vi reír, enseñando sus calzaduras metálicas, diciéndome que lo dejara, que el botón le apretaba mucho y que iba a parecer chivo ahorcado, con los ojos tan sobresalidos. Y asistió a la ceremonia con el cuello abierto, un sombrero nuevo que compró por su propia cuenta en el mismo almacén de Elías Frech, y unos anteojos oscuros, como mi tía Fula. Y nunca volvió a juntarse con ninguna otra mujer. Por lo menos, ninguna mujer que pusiera los pies en la casa.
   
Un día, mi hermano no amaneció en la casa. Se fue a la clandestinidad, como se estaban yendo muchos de su edad en Masaya, y quedó faltando en su lugar en la mesa de comer al lado de mi padre. Él no dijo nada, ni preguntó nada, y en su aparente tranquilidad daba a entender que mi hermano lo había prevenido de su desaparición, sólo para no verse disminuido en su autoridad; algo muy falso, si costaba que los dos se pasaran palabra. Y en los meses que siguieron, al terminar su tarea de comer, sólo miraba con ojos fijos a la silleta vacía, claro que preocupado, mientras, por largo rato, se escarbaba los dientes con el palillo.
    
Me matriculé en derecho en la UCA y debía viajar todos los días a Managua, con lo que las relaciones con mi padre se fueron haciendo más lejanas, pues apenas nos veíamos por las noches y él con su costumbre constante de no admitirme nunca a la mesa aunque ahora tuviera que comer solo; y así, con esa distancia, yo tampoco iba a contarle que estaba metida en una célula clandestina y que recibía entrenamiento en el manejo de armas. Vino la insurrección de septiembre, me advirtieron que me buscaba la OSN, terminé asilada en la embajada de Costa Rica y salí exiliada para San José.
    
En el aeropuerto, cuando los exiliados, que éramos más de cincuenta, subíamos al avión charter en fila de uno, lo vi desde lejos en el balcón de la terminal desierta en un momento en que me volví por acaso, detenida frente a los agentes de la seguridad que comprobaban mi nombre en la lista. No sé cómo habrá llegado hasta allí, si habían prohibido la entrada a todos los familiares. No quitó un solo momento las manos de la barandilla, no hizo ningún ademán de saludo. Pero había venido a despedirme, por eso estaba allí bajo el sol; y desde lejos creía verlo masticar algo entre sus calzaduras metálicas, palabras que no salían de su boca cerrada, o acaso sólo masticaba sinsabores.
    
Llegó el año de 1979. Entonces, en plena ofensiva final, mataron en combate a mi hermano, integrado a las fuerzas del Frente Sur que avanzaban desde la frontera con Costa Rica en busca de tomar la ciudad de Rivas. La columna logró recuperar el cadáver y lo enterramos en el panteón del poblado de La Cruz, del lado costarricense. Y entonces, llamó Catalina.
    
Fue al día siguiente del entierro. No se cómo habrá averiguado mi teléfono si en aquella casa de Curridabat vivíamos tantos escondidos tras seudónimos, y nos cambiábamos, además, de domicilio tan a menudo. Pero llamó. Te llaman por larga distancia, me dijeron. Yo estaba acomodando medicinas, vendas, gasas y esparadrapos en una caja, la última de un lote que debía salir esa mañana para el Frente Sur. Quién, pregunté. Dice la operadora que de Los Ángeles. Y corrí al teléfono. Catalina llamando a Catalina. ¿Es usted Catalina? Catalina, aquí está Catalina en la línea, adelante. Y esperé. Fueron segundos, muy largos. Adelante, dijo otra vez la operadora, y hubo un nuevo silencio.
    
¿Cómo sería su voz? ¿Sería aún más ronca que antes?
    
No pude saberlo porque lo que escuché fue un llanto que empezaba, una explosión lejana, un fulgor, un derrumbe, una polvareda de llanto, y yo también empecé a llorar como si todos aquellos años no hubiera hecho más que acumular mi carga de llanto para esperar la llegada de aquel momento en que tendría que responderle, llorando, llanto con llanto, y llorábamos y ninguna de las dos dejaba de llorar, y sólo nuestros sollozos en pugna que crecían, buscaban sosiego y después volvían a irrumpir con violencia desconsolada, podían percibirse a los dos lados de la línea, un llanto acercándose y otro llanto alejándose, uno que venía y otro que se iba para encontrarse, rechazarse y volver a encontrarse otra vez.
   
Era tanto tiempo, tantos años, había tantas cosas que decirse, buscar entre las dos, Catalina y Catalina, aquel hilo roto desde la tarde que la había visto por última vez en la acera, el viejo vestido de fiesta descosido en el costado, con la caja de su ropa en la mano, sosteniendo el cordel del amarre, tenso, entre los dedos, sin acertar a decidir dónde dirigirse, cegada por el sol; contarle, al menos, como si hubiera sido una cosa de ayer, que mi tío Noelito había cumplido con el encargo de comprarnos las coca colas con el dinero que ella le había dejado, y que me contara ella si se había marchado a Managua con su amante porque era una adúltera, o es que no tuviste nunca ningún amante y no fuiste una adúltera, mentía mi tía Fula, la muy engreída, mentían todas esas tías venenosas, enganchados en la culata de un coche fuimos a buscarte, desvalidos los dos en aquel aposento, remojados de lluvia, temblando de frío, no debía llorar yo para que no llorara mi hermano que me decía: voy a llorar, hermanita, tuvo que haber muerto él para que llamaras por fin, Catalina, qué te costaba, qué te hiciste todo este tiempo, ni una carta tuya, ni una línea, ni una razón, jamás nos mandaste una foto, me pusieron anteojos de miope, cumplí quince años, tuve mi fiesta, me bachilleré, se fue a la guerra mi hermano, yo me vine al exilio, a él lo mataron, cayó rescatando a un compañero herido bajo el fuego de los morteros en la colina 55, yo me he puesto luto, le pusieron su nombre a la columna guerrillera, ahora uso muy corto el pelo, qué te costaba comunicarte con nosotros para decirnos si estabas viva, iba a decirle yo con mi voz ronca aún más ronca por el llanto apenas dejáramos de llorar pero aún lloramos bastante rato todavía.
    
Y cuando, tanto tiempo después, al fin nos sosegamos, sorbiendo las dos el llanto, vino otro silencio; y, allá, en la distancia, desde muy lejos, oí decir:
    
–Catalina, Catalina. ¿Está allí?
    
–Número equivocado –dije yo. Y colgué.

Managua, diciembre de 1994 / abril de 1995.
(Catalina y Catalina, 2001)

De la afición a las bestias de silla

Sergio Ramírez Mercado

Por su afición a las bestias de silla, a las partidas de caza y a las revistas militares en cabalgadura, S. E. fue adquiriendo poco a poco la costumbre de realizar todas sus tareas desde la montura y con el tiempo prefirió no bajar ya más del caballo.
   
De manera que entraba a su despacho montado y su rastro era de estiércol sobre los pisos de mármol; junto a su escritorio se dispuso un pesebre y pronto las jáquimas y los cabezales fueron vistos sobre las alfombras; las albardas sobre las consolas; y en las capoteras toda clase de riendas y aperos. El sudor de S. E. era uno con el de su bestia.
   
La situación era difícil para las damas que debían ayuntarse con él en ancas, o sufrir al caballo y al caballero, cuando llevaba las cosas al límite de la perversión. Pero el amor se hacía por igual sobre el forraje que sobre las sábanas y en la alcoba presidencial se escuchaban de la misma manera los relinchos y los suspiros.
   
Más tarde, Su Excelencia comenzó a dormir montado y a defecar desde tal elevación; a las inauguraciones y a los banquetes iba también caballero. En este último caso se producían muchos inconvenientes pues el caballo metía las narices entre los platos y resoplaba sobre la sopa, importunando también a las señoras a quienes lamía los escotes.
   
Los ministros eran recibidos en la sala de audiencias a pie, pues no precisaban de caballo; a los embajadores, por protocolo, se les obligaba a entrar montados y presentar sus cartas credenciales de montura a montura. Y en la República, los ciudadanos se sentían a mecate corto.
   
Pronto la casa presidencial fue mitad cuadra y mitad palacio. La Primera Dama se paseaba en una yegua por los jardines y desde su asiento cortaba las rosas perfumadas, siendo pronto imitada por las otras cortesanas, que un día aparecieron también al trote. Los criados, desde sus propias mulas, se encargaban de ahuyentar a los garañones, que aprovechando la confusión se introducían en las recámaras, en tropel sonoro.
   
Siguiendo el ejemplo de palacio, las gentes de cierta educación y recursos, impusieron la costumbre de manera general en el país, como timbre de distinción.
   
Al fallecer S. E. un día aciago, erigirle una estatua fue simple tarea de disecarlo, con todo y caballo.

(Tropeles y Tropelías, 1971)

De las propiedades del sueño (I)

Sergio Ramírez Mercado

Sinesios de Cirene, en el siglo XIV, sostenía en su Tratado sobre los sueños que si un determinado número de personas soñaba al mismo tiempo un hecho igual, éste podía ser llevado a la realidad: “entreguémonos todos entonces, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, ciudadanos y magistrados, habitantes de la ciudad y del campo, artesanos y oradores a soñar nuestros deseos. No hay privilegiados ni por la edad, el sexo, la fortuna o la profesión; el reposo se ofrece a todos: es un oráculo que siempre está dispuesto a ser nuestra terrible y silenciosa arma”.
   
La misma teoría fue afirmada por los judíos aristotélicos de los siglos XII y XIII (o Sinesios la tomó de ellos) y Maimónides, el más grande, logró probarlo (según Gutman en Die Philosophie des Judentums, Munich, 1933), pues se relata que una noche hizo a toda su secta soñar que terminaba la sequía. Al amanecer, al salir de sus aposentos, se encontraron los campos verdes y un suave rocío humedecía sus barbas.
   
La oposición política de un país que estaba siendo gobernado por una larga tiranía quiso experimentar siglos después las excelencias de esta creencia y distribuyó entre la población de manera secreta unas esquelas en las que se daban las instrucciones para el sueño conjunto: en una hora de la noche claramente consignada, los ciudadanos soñarían que el tirano era derrocado y que el pueblo tomaba el poder.
   
Aunque el experimento comenzó a efectuarse hace mucho tiempo, no ha sido posible obtener ningún resultado, pues Maimónides prevenía (Páragrafo XII) que en el caso de que el objeto de los sueños fuera una persona, debería ser sorprendida durmiendo.
   
Y los tiranos nunca duermen.
(Tropeles y Tropelías, 1971)

De las propiedades del sueño (II)

Sergio Ramírez Mercado

De pie frente a una de sus ventanas del palacio en lo alto de la colina fortificada desde la que podía dominar la vista de su ciudad capital tranquila con sus luces que parpadeaban en la medianoche soñaba S. E. extasiado en lo hermoso que sería saber un día que los sabios norteamericanos habían logrado inventar un aparato con el cual se produjeran a voluntad terremotos y que por instrucciones del presidente del gran país del norte le prestaran a él aquel aparato cuyas radiaciones de efectos subterráneos dirigidas convenientemente al corazón de la ciudad dormida a sus pies produjeran un sismo con duración aproximada de seis a ocho segundos de intensidad diez en la escala de Richter y epicentro superficial gobernado por una falla maestra que correría de norte a sur y cuatro fallas secundarias de sentido paralelo y que aquella formidable sacudida tuviera el instantáneo poder de derribar edificios hundir los cimientos desplomar paredes retorcer las vigas abrir las calles quebrar alcantarillas hacer saltar los tubos de agua potable reventar los cables eléctricos que chicotearían libres propagando los incendios que harían a la ciudad arder por sus cuatro costados y él sin moverse de su ventana ver en el amanecer con suprema dicha y a partir de entonces por días de días los aviones descendiendo en interminables puentes aéreos las caravanas de camiones saber de la llegada de innumerables buques a los puertos trayéndonos por toneladas víveres alimentos medicinas ropas que enviarían en gesto fraternal los países amigos tanta y tan variada mercadería que mis bodegas rebosantes no se darían ya abasto para almacenarla y luego la gloria de millones y millones de dólares en donaciones y en préstamos blandos para la reconstrucción de la ciudad que pasaríamos años discutiendo dónde se levantaría y mientras duraran aquellos debates de los cientos de técnicos extranjeros congregados haciendo planes yo compraría secretamente por precios irrisorios todos los terrenos aledaños hábiles para construir y se los vendería con ganancias jugosas al Estado que me los pagaría con el dineral de los créditos internacionales y la ayuda norteamericana siempre generosa para después no construir nada en esos terrenos sino en el mismo lugar de las ruinas para lo cual habría primero que demoler y limpiar de escombros el área de desastre y yo organizaría entonces una compañía encargada de la limpieza y la demolición de escom­bros y tantas donaciones y préstamos que acumularíamos más tarde para construcción de nuevas escuelas nuevos hospitales nuevos edificios gubernamentales y para que tales planes no sufrieran atraso yo fundaría una compañía de construcciones y mientras tanto no terminara el estado nacional de emergencia provocado por la terrible catástrofe se mantendría en pleno vigor la ley marcial para que nadie me estorbara en mis planes de reconstrucción para no hablar de mis enemigos políticos aplas­tados en las cárceles debajo de los escombros con todo lo cual este país con su nueva capital sería más próspero y más rico una floreciente urbe moderna como siempre he ambicionado tener con mis teatros y mis cines y mis cabarets y mis burdeles y mis almacenes y mis restaurantes más próspero y más grande y más rico y aquella noche como tantas se duerme S. E. apoyado en la balaustrada de su ventana soñando si no lo despierta un rugido feroz que crecía viniendo del fondo de la tierra.

             (Tropeles y Tropelías, 1971)

De los juegos de azar

Sergio Ramírez Mercado

Una vez S. E. andaba por parajes inhóspitos combatiendo insurrectos y, cansado de las faenas del día, entabló en el cuartel general de campaña una jugadera de dados con los altos jefes militares, pues era aficionado a las suertes prohibidas, a los juegos de azar, a los gallos y a toda tahurería, pues en su juventud había servido como coime en mesas clandestinas.
   
Durante el juego, que se hacía sobre una capa dispuesta en el suelo, a la luz de lámparas de carburo colgadas de la mampostería, se pasaron copas, pues S. E. gustaba del “Anís del mono”. Ya ebrio y perdiendo repetidas veces, alegó que el Ministro de la Guerra le estaba robando con dados cargados que disimuladamente tiraba al tapete.
   
El Ministro protestó su inocencia y lealtad, poniéndose de pie y cuadrándose, pero fue prendido y antes de partir S. E. para las avanzadas de la línea de fuego ordenó su fusilamiento por alta traición.
   
Al despertar al siguiente día en algún lugar de la montaña, preguntó por su Ministro para preparar la estrategia y al referirle su edecán el episodio de la noche anterior, ordenó furioso que volaran en postas a impedir la ejecución.
   
Sin embargo, el mandamiento llegó tarde porque el Ministro había sido ejecutado al nomás amanecer, y sus restos mortales iban ya de vuelta para la capital, montados sobre una cureña y envueltos en la bandera nacional.
   
S. E. requirió que, ese mismo día, los soldados integrantes del pelotón de fusilamiento y el oficial que lo mandaba se presentaran sin tardanza a su presencia y, aunque alegaban el haber sido escogidos a la suerte, fueron conducidos en marcha forzada.
   
Se formaron frente a él, pálidos y sudorosos, sobre sus uniformes y sobrebotas el polvo del camino. Las lágrimas rodaban por las mejillas de S. E., vestido en uniforme de gala.
   
–Qué se le va a hacer –dijo después de un eterno rato de silencio–, de todas maneras este Ministro era muy hijueputa. Y entregó cien pesos fuertes a cada uno.

(Tropeles y Tropelías, 1971)

De los modos de divertir al presidente aburrido

Sergio Ramírez Mercado

Un día en que amigos civiles y militares celebraban el cumplea­ños del Señor Presidente en una de las innúmeras haciendas de ganado que poseía frente al mar, después de servirse las viandas y pasados los brindis y discursos, se buscaba la mejor manera de disipar su aburrimiento, agasajándolo y divirtiéndolo, cosa en que ya los cantos y bailes bufos, piruetas, imitaciones y recitaciones habían fracasado.
   
Habiendo pedido ya S. E. la berlina para retirarse y estando dispuesta la escolta, al Ministro de Cultos se le ocurrió la feliz idea de iniciar un juego que con gran entusiasmo llamó de Guillermo Tell.
   
El Señor Presidente, explicó, utilizando un arma de fuego a falta de ballesta, dispararía sobre frutas dispuestas convenientemente en las cabezas de los invitados, que ocupa­rían por turnos el sitio de honor.
   
S. E. aceptó y el propio Ministro de Cultos, rubicundo y feliz, se ofreció para ocupar el primer turno, poniendo sobre su cabeza un mango que, solícita, su señora esposa le alcanzó. El jefe de edecanes presentó al Sr. Presidente, cuadrándose militarmente frente a él, una caja de armas, de la cual eligió una pistola Smith y Wetson, calibre cuarenta y cinco, mango de concha nácar.
   
Como podía esperarse, el tiro fue fatal y levantó al Ministro la tapa de los sesos. El mango cayó intacto al suelo.
   
Las honras fúnebres fueron solemnes.
(Tropeles y Tropelías, 1971)

De los trucos de la agonía

Sergio Ramírez Mercado

Un rumor subterráneo pregonó un día por la ciudad capital que una junta de médicos norteamericanos llegada secretamente al país para tratar a S. E. le había desahuciado al encontrar que padecía de un cáncer de la peor especie, noticia que provocó urgentes y sucesivas reuniones de los jefes de la oposición, quienes resolvieron alborozados cumplir con su deber de hacerse cargo del gobierno de la República al nomás producirse el desenlace fatal, y para este fin se repartieron de antemano entre ellos los ministerios de Estado, magistraturas, embajadas, aduanas y demás cargos públicos.
   
En previsión de un repentino anuncio de deceso, los jefes de oposición decidieron, por otra parte, permanecer día y noche con sus trajes de ceremonia puestos, a fin de no causar atraso en los actos de toma de posesión y las esposas de aquellos que se contaban entre los más prominentes se ocupa­ron en coser hermosas bandas presidenciales, por si la suerte.
   
En tal espera se pasaron tantos años, que ya en su ancia­nidad los jefes opositores sobrevivientes se preguntaban, aún vestidos de etiqueta, si aquello no sería a la postre una estratagema más de S. E. que con el rostro monstruoso por la carcoma del cáncer y escupiendo sangre entre las barbas seguía yacente en su lecho de muerte rodeado de sus médicos norteamericanos, enfermeras y edecanes, amarillo y huesudo entre los santos, los rezos y los cirios pero temible e inmortal, ordenando muerte, cárcel y destierro contra todo enemigo sin frac. 

(Tropeles y Tropelías, 1971) 

Del hedor de los cadáveres

Sergio Ramírez Mercado

La música de marchas fúnebres ejecutadas al amanecer por todos los rumbos de la ciudad y el murmullo de gente que cruzaba por las calles obscuras, rezando en coro para dirigirse a las iglesias que doblaban sus campanas, anunciaron que había muerto en palacio la madre de S. E.
   
La República se sumió en el luto y ondeó un mar de banderas a media asta durante todos los días que el cuerpo yacente y vestido con ropas de ángel fue paseado en una urna por los parajes de la ciudad, sin que se hablara en definitiva de su entierro. Hasta que S. E. anunció que no sería nunca sepultada, pues permanecería a su lado como siempre, acompañándole a toda hora en las ceremonias, en las audiencias, en las recepciones, las paradas militares, y en cualquiera de los oficios gubernamentales.
   
Al principio pareció sencillo, a los ayudas de cámara, vestir el cadáver para cada ocasión y sentarlo debidamente apuntalado a la diestra de S. E.; pero al poco tiempo el hedor era terrible, pues los procedimientos de embalsamamiento eran aún muy precarios en la República.
   
En los banquetes de gala las damas se tragaban el vómito por el terror de ofender al mandatario que impasible seguía con la cabeza los compases de la música de cámara que amenizaba las comidas, y los caballeros, como era uso en palacio, ofrecían a la anciana el mejor bocado de su plato. Los embajadores estaban obligados a hacerle siempre el besamanos, aunque al tomarle los dedos enjoyados se quedaran con partículas de piel verdosa entre los suyos.
   
La matrona, con un velo sobre el rostro, asistía serena­mente al proceso de su putrefacción, ajena al envenenamiento del aire, escuchando con su oído rígido la pastoral conversación del Nuncio Apostólico de Su Santidad y las galanterías del Embajador de Francia, recostada en su silla de oro.
   
Llegó el día en que las doncellas aplicaban directamente el carmín sobre los huesos de sus mejillas descarnadas y cubrían el cabello desteñido y reseco con una peluca dorada, dejando sus brazos tiesos en un ademán de perpetuo saludo.
   
Para el tiempo en que de nuevo los toques de vacante sonaron en todas las iglesias anunciando la muerte de la Primera Dama de la República, ya los ministros, embajadores y demás dignatarios estaban perfectamente acostumbrados al olor de la carroña y a los gusanos que tranquilamente se arrastraban por sus platos y subían por sus copas.

(Tropeles y Tropelías, 1971) 

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...