martes, 8 de marzo de 2022

Kalimán el magnífico y la pérfida Mesalina

 Sergio Ramírez Mercado

a Luis Rocha

Todo empezó un mediodía de abril cuando oí dentro de mi cabeza aquellas voces extrañas queriendo comunicarme sus mensajes. Entonces yo trabajaba de tipógrafo, el único oficio que había conocido desde niño. Aturdido por el desconcierto me desmayé, arrastrando en mi caída el chibalete. Los tipos de bronce se desparramaron por el suelo y tuve que pasar la tarde entera reponiéndolos en las cajas.
   
–Será de hambre que te desmayaste –me dijo lleno de lástima José de Arimatea, el prensista, que había corrido en mi auxilio al oír el desbarajuste.
   
Y era cierto que no había desayunado esa mañana, como tantas otras mañanas en que me presentaba a la tipografía con el estómago vacío. Eran siete bocas las que tenía que alimentar para entonces, porque mi mujer quedaba preñada con una sola de mis miradas, aunque fueran miradas inocentes. Por lo menos, era lo que yo creía en aquel tiempo.
   
Traté de explicarle a José de Arimatea que el hambre no era la causa de mi desvanecimiento, sino que aquellas voces habían entrado en tropel tan desenfrenado en mi cabeza que mi mente no había podido soportar la impresión de semejante novedad.
   
–Así es el hambre hermano –insistió él. Te hace oír voces y ver visiones. Es lo que les pasaba a los santos ermitaños.
   
Ya repuesto del susto, y mientras me dedicaba a recoger los tipos para devolverlos a las cajas, leyendo con paciencia las ínfimas cabecitas según cada letra, las voces volvieron a dejarse oír, ya más sosegadas.
   
En adelante, me explicaron que ellas iban a concederme la gracia de la adivinación. Pero mis poderes no iban a tener que ver con el número premiado de la lotería ni con enterramientos de tesoros, sino con las perfidias de amor, las pasiones infieles y los ardides del corazón.
   
Yo debía ir por el mundo desengañando a aquellos que, víctimas inocentes de conspiraciones traidoras, ignoraban las viles tramas que llenaban de sombras malignas sus vidas. Ellas iban a dictarme nombres, escondites de cartas comprometedoras, sitios clandestinos donde se consumaban las traiciones.
   
Identificaría a las mujeres adúlteras, descubriendo en sus rostros las huellas del pecado que nadie más que yo percibiría; y aún antes de enfrentarlas, las voces, convertidas en gemidos de angustia, me advertirían de su odiosa presencia, así como me revelarían el sino de los hombres engañados con sólo verlos levantar la cortina al entrar en mi consultorio.
   
Porque aquella misma tarde decidí abrir mi consultorio de adivino y abandonar el oficio de tipógrafo. Una vez que terminé de reponer en las cajas los tipos, como despedida compuse la papeleta que Juan de Arimatea, incrédulo aún de mis facultades, y burlesco como siempre, imprimió en tinta ciclamen, según mis indicaciones.
   
–Ese oficio de andarte metiendo en las vidas ajenas te va a costar caro –me advirtió.
   
Pero yo no estaba para detenerme a oír consejos que no fueran los de las voces aliadas. Le robamos al propietario de la imprenta media resma de papel celeste, del mismo que servía para imprimir los programas de los circos. El nombre de adivinador que escogí, “Kalimán el magnífico”, lo puse en el encabezado, en tipos de fantasía, y debajo, la dirección de mi casa en el barrio de Campo Bruce, el único sitio donde podía abrir mi consultorio, pese a todas las inconveniencias del caso.
   
El propietario de la imprenta se dio cuenta del robo a la mañana siguiente, cuando ya decidido a emprender mi nueva vida de adivinador me presenté en el taller a reclamar mi liquidación, confiado además en poder llevarme los paquetes de papeletas que José de Arimatea ya tenía traspuestos en el cajón de los desperdicios de papel.
   
Al propietario, don Nicomedes, lo llamábamos a sus espaldas “Basilisco”, dado su carácter sulfuroso, y ya pueden imaginarse el respeto forzado con que José de Arimatea y yo lo tratábamos. Muy receloso en el control de los materiales, contaba las resmas de papel todas las mañanas, y al notar la falta nos puso en confesión.
   
Como no lograba sacarnos nada, se dedicó a registrar todos los rincones, y ya iba directo al cajón de los desperdicios, cuando las voces se presentaron en mi auxilio. Urgidas, me aconsejaron que debía revelarle el amargo secreto de que su hija de catorce años iba a fugarse con un hombre casado.
   
En lugar de mostrarse agradecido, como era mi esperan­za, más violenta fue su furia. Enardecido por mi atrevimiento abandonó la búsqueda y corrió a su escritorio a sacar de la gaveta una pistola con la que me apuntó, decidido a matarme. Maldije entonces las voces, y como después va a quedar patente, no iba a ser la única vez que habría de maldecirlas.
   
Pensé que me había quedado para siempre sin habla, mientras esperaba mi fin, pero las voces hicieron el milagro de que me salieran las palabras para decirle, en un balbuceo, que buscara la carta del malhechor en el bulto escolar de la niña, metida entre las páginas del libro de gramática de G. M. Bruño. Mientras tanto, José de Arimatea, acobardado, se había pegado contra la pared.
   
“Basilisco” me insultó otra vez, pero ya había cierto asomo de duda en su semblante.
   
–Caminá –me ordenó.
   
Y poniéndome el cañón de la pistola en las costillas, me hizo atravesar la puerta que separaba su vivienda de la tipografía.
   
La niña estaba por irse al colegio, y hoy que me acuerdo de la trampa que le había tendido mi portento a la pobre criatura, aún siento lástima por ella; aunque en aquel momento de angustias ni lástima de mí mismo tuve tiempo de sentir. La niña, de pie junto a la mesa del comedor, ya el bulto a la espalda, donde permanecía escondido el cuerpo del delito, bebía su café soplando a cada sorbo la taza enlozada.
   
“Basilisco” obligó a la niña a entregarle el bulto y la mandó a encerrarse en el aposento, entre los llantos y reclamos de la esposa y de la criada, a las que también ordenó alejarse, mientras seguía sonando a todo volumen el tocadiscos que la señora ponía desde la hora del desayuno con su canción preferida del Trío Los Panchos, Flor de azalea.
   
Apuntándome con la pistola me hizo abrir el bulto y desparramar los libros y cuadernos sobre el piso, hasta que de entre las páginas de la gramática salió a volar la carta perfuma­da. Las voces, mientras tanto, se trocaron en risas chabacanas, celebrando no sé si mi desdicha o mi primer éxito de adivino.
   
“Basilisco” la leyó, con la cara descompuesta, y ya no fue a mí a quien quiso matar sino a José de Arimatea, porque era él el firmante de la propuesta traicionera, aunque yo no había alcanzado a identificar su nombre en mí profecía. Y de más está decir que “Basilisco”, blandiendo en alto la pistola, corrió hacia la tipografía en su busca, sin encontrarlo, de más está decirlo también, porque al no más verme desaparecer cautivo por la puerta, manos arriba, José de Arimatea había emprendido la fuga en su ropa de fajina, dejando colgada en el clavo del tabique su mudada catrina. José de Arimatea, en la calle, era el catrín entre los catrines, un enamorado empedernido vestido siempre de blanco, la concertina en la bolsa trasera del pantalón, que sacaba siempre en auxilio de sus lances.
   
Y mientras yo me quedaba dentro de la casa, los ojos apretados para saber lo que las voces tenían que ordenarme, y cabe decir que se obstinaron en callar, mi ensayo de trance fue roto por los disparos que sonaron desde la calle. Di por muerto a José Arimatea, equivocación que compartió la esposa de “Basilisco”, porque corrió como una loca, en camisón, atropellando los muebles.
   
–¡Me lo mataste, cobarde, me lo mataste! –gritaba en desafuero mientras alcanzaba la puerta.
   
Revelación que tampoco me había sido dictada por las voces, así serían otras veces de veleidosos mis poderes. Armándome de valor, yo corrí tras ella. Pero no había matado “Basilisco” a José de Arimatea, sino que, furioso al no encontrar rastros suyos en la calle, se había contentado con descargar su pistola al aire, espantando a los zanates que rondaban los aleros.
   
Por lo visto, la fatalidad perseguía a aquella casa. Las voces aparecieron, otra vez entre risas sofocadas, para recomendarme que mejor me alejara cuanto antes del lugar de los hechos, no sin antes insuflarme el valor suficiente para penetrar en la tipografía, que había quedado desierta, en el afán de recoger los paquetes de papeletas.
   
Así lo hice, aprovechando el momento en que “Basilisco”, a falta de tiros, forzaba del pelo a la infiel para arrastrarla de vuelta a la casa; y ya adentro, todo fue un estrellarse de sillas y quebrar de trastos, la primera víctima de aquel mar de destrozos: el tocadiscos mismo, que calló para siempre, lanzado violentamente al piso. Mientras tanto, yo me fui, cargando en la cabeza los paquetes.
   
Hasta entonces comprendí, sin que las voces me lo dijeran, el porqué de aquel eterno cantar del Trío Los Panchos, con su flor de azalea, la más amarga desesperación, que empezaba apenas José de Arimatea ponía pie en la tipografía y que no cesaba hasta que la prensa se apagaba al atardecer, cuando, a manera de despedida, él tocaba la misma melodía en su concertina, arrimándose a la puerta medianera. Y comprendí el porqué de aquellas sopas de gallina que le enviaba la enamorada, ya lejos la hora de almuerzo, cuando “Basilisco” roncaba su siesta. Sopas que, dicho sea de paso, jamás fueron para mí, a pesar de mis respetuosas cortesías para con ella. La muy pérfida no se dignaba compadecerse de mi hambre.
   
Pero aún no había descendido sobre mí el poder de la adivinación conferido por las voces, acerca de cuya constancia y fidelidad tengo, de todas maneras, tantas quejas. Y hasta ahora entiendo que si un error cometió la infiel, fue utilizar a su tierna hija como correo de las sopas. La niña, sonriente, se acercaba a la prensa llevando el tazón caliente, con el cuidado de no derramarlo, y esperaba hasta que José de Arimatea se la bebía toda, sin convidarme, mientras cuchicheaban los dos, apartados de mis oídos. Después, como despedida, le regalaba una interpretación de Flor de azalea con la concertina, ajena la madre a todos aquellos coloquios porque, seguramente, su oficio estaba en vigilar los ronquidos de “Basilisco” junto a la puerta del dormitorio, temerosa de que no fuera a despertarse antes de tiempo.
   
“Kalimán el magnífico” en poco tiempo se hizo famoso en la ciudad de Managua, capital de la República, y lugares circunvecinos. La dirección de la humilde vivienda de este servidor en el barrio Campo Bruce, pregonada en las papeletas, se convirtió en obligado punto de atracción para todos aquellos que querían saber si eran dichosos o infelices en las suertes del amor, si vivían en la verdad o en el engaño.
   
Gracias a las voces, atraje sobre mí amistades eternas por los favores concedidos, y por igual inquinas peligrosas, porque al descifrar los arcanos de la infidelidad alguien salía necesariamente perjudicado.
   
Era difícil entenderme con las voces, entre la algarabía de los críos que berreaban y peleaban, y entre los gritos aguardentosos de mi mujer que, dada a la bebida, se comportaba de manera hostil con los clientes, a pesar de que los emolumentos percibidos le reparaban beneficios, pródiga ahora en comprarse vestidos de tafetán, lápices de labios y coloretes, aunque se olvidara de mi almuerzo, enemiga como se volvió de acercarse a la cocina para no arruinar el esmalte de sus uñas, porque pintarse las uñas, que se había dejado crecer como navajas peligrosas, era una de sus ocupaciones favoritas. Si me atrevía a reclamarle, enderezaba sus inquinas contra mí, burlándose a carcajadas del turbante de seda adornado con un broche artístico, que yo había elegido como la pieza principal de mi atuendo.
   
Pero fue mi fama la que vino a rescatarme de aquel infierno. Acepté la oferta de adivinar por la radio, ya que la YNW, la muy escuchada Radio Mundial, me abrió sus puertas, dándome la hora estelar de la noche, después del reprís de El derecho de nacer. Las voces, que se mostraban molestas en aquel ambiente, no se opusieron al cambio, y más bien me felicitaron.
   
Además, La Mejoral, que patrocinaba el programa, me retribuía con cierta largueza, que superaba en mucho los emolumentos de los clientes. Antes de regresar a mi casa, casi a la medianoche, pasaba comiéndome un sandwich de jamón por el restaurante Munich, me tomaba mi cerveza; ya no perecía de hambre.
   
Como los oyentes llamaban por teléfono o enviaban sus cartas bajo seudónimo, para someter a consulta sus casos, corría menos riesgos de ser víctima de alguna venganza. Y para no tener que verle la cara a mi mujer en el día ni aguantar berridos y bochinches, me iba a los estudios de la Radio Mundial a preparar las respuestas a las cartas para tenerlas listas a la hora de empezar el programa.
   
A prudente distancia del micrófono, tal como el controlista me había indicado, leía las cartas y respondía a cada llamada que entraba por el parlante de la cabina, con aplomo y parsimonia, como si se tratara de un pastor protestante que predicara casa por casa. A usted su mujer lo engaña, busque la carta en tal sitio, se ven en tal lugar, no está en el cine, está con el otro en la pensión tal, ese hijo que va a tener tiene otro padre, desconfíe de su más íntimo amigo, no le crea a su esposa que su mamá está enferma y por eso se fue a Jinotega, cuando usted se va al trabajo el otro entra, se acuestan en su propia cama, ese collar no se lo sacó en una rifa, es regalo de su amante, ese disco de Nat King Cole que pone a cada rato, es porque le recuerda los momentos de pasión que ha vivido con él, llévela donde un sacerdote, tal vez se arrepienta, déjela de una vez por todas, ya no hay remedio para sus desvaríos, perdónela por esta vez, quiera a ese niño aunque no sea suyo, la criatura no tiene la culpa, si decide castigarla, no lo haga delante de sus hijos. Sea valiente, que si un amor paga mal, otro vendrá a reponerlo.
   
A veces, las voces se reían de mis consejos, y se permitían comentarios libertinos, pero yo estaba ya acostumbrado a sus mofas, y no me enojaba. Vivía en paz con ellas porque, al fin y al cabo, me procuraban el sustento.
   
Hasta que una noche, entró por el parlante una voz aguardentosa de mujer, que yo conocía:
   
Señor “Kalimán”, aquí le habla “Mesalina”. Soy una mujer casada, y con hijos. Desde hace tiempo, por distracción, le he sido infiel a mi esposo con varios hombres. Si los hijos que he tenido son o no son de él, que él mismo lo averigüe, para eso tiene poderes sobrenaturales. Pero ahora, ardo de pasión por un caballero muy galante, que dice que me adora, y toca muy lindo la concertina. Cuando mi esposo no está en las noches, y es que nunca está, el caballero y yo nos citamos en una pensión frente a la estación del ferrocarril. Otras veces, me lleva al cine, me lleva a bailes. Acaba de proponerme que me vaya con él para Chinandega, y que allí vamos a vivir felices.
   
Las voces, más divertidas que nunca, estallaron en un gran riserío. Yo, como era natural, me quedé helado, sin responder, mientras el controlista me llamaba la atención, golpeando el vidrio de la cabina.
   
–Aló –se oyó en el parlante.
   
–¿Cuál es entonces su pregunta? –dije al fin yo, con el puñal de la desesperación clavado en el pecho.
   
–No tengo pregunta –contestó ella–. Sólo quiero que mi esposo sepa que ya le acepté la propuesta al caballero, que ya me fui de la casa. Aquí está conmigo el caballero. Buenas noches, se despide, “Mesalina”.
   
Para colmo de todos los males, en el parlante se escuchó, antes de que ella colgara, una concertina que tocaba flor de azalea, la vida en su avalancha te arrastró.
   
–¡Puta, mil veces puta! –grité yo, remeciendo el micrófono, que se zafó del pedestal y cayó con un golpe sordo al suelo. Yo lo recogí, y seguí gritando.
   
El controlista, espantado, se lanzó sobre la consola a cerrar el switch del sonido, y a la carrera puso en la tornamesa la cuña de La Mejoral, cualquier dolor, cualquier mal, mejor mejora Mejoral.
   
Me abandonaron para siempre las voces; las muy léperas, desaparecieron de mi cabeza sin despedirse. Volví a encontrar empleo de tipógrafo en el periódico Flecha, otra vez, siempre con el estómago vacío, por tantas bocas que alimentar.
   
Componiendo una vez un artículo, me encontré en el original mecanografiado el nombre de Mesalina. Allí se explicaba que la tal Mesalina fue la esposa del emperador Claudio, una mujer licenciosa que se envanecía de haber llevado a su lecho a todos los centuriones de las legiones romanas, y tenía por gloria superar en la intensidad de sus orgasmos a las hetairas de los lupanares más célebres del imperio.
   
Qué nombre más nefasto, Mesalina. ¿De dónde lo habrá sacado la pérfida para ponérselo de seudónimo, la noche en que me llamó por teléfono para comunicarme que se iba con José de Arimatea? Si jamás leía periódicos, si en su vida había tocado un libro.
   
Las voces lo sabrán. Pero a mi cabeza, que no vuelvan nunca.

Managua, noviembre de 1991.
(Clave de Sol, 1992)

La herencia del bohemio

 Sergio Ramírez Mercado

a Elianne
        
Folklore (voz inglesa) es el conjunto de tradiciones, creencias y costumbres de las clases populares, entre las que se incluyen las danzas y canciones herencia del pasado, atribuidas al pueblo porque sus autores se han perdido en la antigüedad o en el anonimato; y así mismo se designa bajo la misma voz la ciencia que estudia estas materias.
        
Gigantona es una muñeca de muy alta estatura que consta de una armazón de madera, o se fabrica de varas tensadas hasta dar forma al esqueleto; ancha de hombros, frondosa de pechos y estrecha de caderas, la briosa titanta va vestida de larga falda de colorines y blusa estampada como una gitana muy señora de la calle, la cara de barro cocido pintada de un rosa natural, los labios encendidos de rojo carmesí, y  pestañas de trazos de carbón rodeando los ojos que parecen sorprendidos mientras baila moviendo sus brazos de trapo al compás insistente del tambor, lo mismo que se mueven allá arriba sus trenzas de oro hechas de cabuya. Cabuya es una fibra extraída de la planta llamada pita o henequén, (agave americano, familia de las amarilláceas) utilizada en la fabricación de sacos y cordeles.

La gigantona es llamada en razón de alabanza bajo otros nombres diversos, verbo y gracia:  dama soberana de mis amores, dama dueña de mi noble empeño, mi damita gentil y galante,  mi muy gallarda damisela, o la señora galana, mi señora donosa, mi muy digna señorona, y así mismo la potente giganta, y la garbosa y fiera titanta, según el placer y parecer del coplero; pero tiene ella siempre un nombre propio con el que su dueño la bautiza una vez que ha recibido los últimos retoques de pintura y está ya engalanada de todos sus atavíos, como por ejemplo: Rosaura, Graciela, Flor, Matilde, Estebana.

La dama de la que aquí se va a hablar tiene por nombre Teresa, en cuya frente el cielo empieza, y por ser de las mejor adornadas, en lugar de una simple diadema de cartón con forro de papel de fantasía, luce una corona incrustada de piedras refulgentes, además de vistosos aretes de hojalatería, un collar de semillas pulidas de varias vueltas, un brazalete surtido de monedas y numerosos anillos en los dedos, además de todo lo que luego se dirá.
        
Bailante es una persona de sexo masculino que metido debajo de las faldas de la muñeca llamada gigantona, va de noche por las calles cuando toca en el calendario diciembre, y otros meses más allá de la Navidad, revoleando a la imponente dama en círculos o en pases de reverencia de ida y venida, brazos y trenzas al vaivén, todo esto al ritmo de un tambor que acomete un compás de marcha forzada,  acelerado a veces hasta parecer un redoble de rebato que termina por sacar de sus casas aún a los más remorosos, y prende detrás de la procesión una cauda de niños. Tal oficio callejero puede también ser desempeñado por una persona del sexo femenino, como va a probarse, pero se sabe que no es lo común de todos modos ver el rostro de una mujer asomando por la ventana disimulada entre los pliegues de la falda a la altura del vientre de la muñeca, cuando calla el tambor y el bailante fatigado reclama algo de beber.   

Para sacar una gigantona por las calles, en alegría de la gente que sale a admirarla a sus puertas, y en demanda del propio sustento de quienes la pasean, se necesita de una comparsa de cinco que por fuerza de necesidad suelen ser padres e hijos, a saber: el bailante que va dentro de la armazón y debe mover a la poderosa señora con gracia y soltura al son del tambor, como ya se dijo; el coplero que entona las décimas en las interrupciones del baile, saludando a los presentes con rimas floridas; el tamborero que repica sobre el parche de su tambor con los bolillos; el Pepito, o enano cabezón, papel que toca al más niño del grupo, para que parezca de verdad un enano, disfrazado bajo una enorme cabeza fabricada de cartón, que bien puede ser también una caja de embalaje debidamente provista de ojos y boca, y así baila a la vera de la gran damisela vestido con un viejo saco de casimir que antes fue de gala, más una fusta bajo el brazo como un jinete que dejó olvidado en algún paraje su caballo; y por fin un suplente que entra bajo las faldas de la giganta cuando el portador titular se siente cansado, porque hubieran llovido las solicitudes de baile, en cuyo caso fatiga se paga con dicha, o porque haya sido muy larga la caminata de un barrio a otro de la ciudad capital. Managua, situada a orillas del lago Xolotlán, es la ciudad capital de la república de Nicaragua.
        
Cuando se hace muy tarde y la comparsa de artistas se encuentra lejos de su punto de partida, entonces la noble dama debe buscar asilo para pasar la noche, como es el caso de esta historia, porque nuestros héroes vienen andando y bailando desde algún perdedero del barrio Domitila Lugo, en el sector oriental de la ciudad, por donde viven y desde donde salieron al atardecer; atravesaron la Carretera Norte para pasar por todo Bello Horizonte bordeando de cerca los muros del Cementerio Oriental, entraron de allí a Villa Venezuela y cruzaron después por el barrio Ducualí,  y ya son pasadas las once cuando se ven en las calles de la Colonia Máximo Jerez. Acaten ustedes que no hay casi ya gente en esas calles, lucen desiertos los andenes, están las luces apagadas en los porches y sólo un perro les ladra furioso detrás de una verja a los paseantes que llevan ahora su muñeca a paso lerdo entre las sombras.

Puede ser que el asilo se le busque a la garbosa señora en el domicilio de algún conocido, pero si no es así, porque varían cada noche los rumbos del paseo y no por todas partes van urdiendo amistades unos artistas callejeros como estos que decimos, sólo resta la posibilidad de que estando abierta alguna puerta, quizás la de alguna pulpería, dentro se divise a alguien, un alma caritativa que se prepara a acostarse, y entonces esa alma caritativa se muestre dispuesta a consentir, tras un parlamento breve o largo, según sea dúctil o no desde el principio su voluntad, a que la dama entre a reposar en aquella morada, en cuyo caso será introducida en hombros de los andariegos de la comparsa como si hubiera sufrido un desmayado, porque sólo así yacente puede caber por una de esas puertas de casas que no son ningún ejemplo de holgura; y entonces lo más cierto es que nuestra airosa señora pase la noche bajo algún cobertizo donde hay trastos viejos, una palangana rota, una jaula de gallos hace tiempos vacía, el torno de un mecánico o el banco de un carpintero, o en todo caso la arrimen al muro del patio, que si el vecino se levanta a orinar más tarde, se asombrará de seguro al ver sobresalir del otro lado aquella pensativa cabeza coronada.

La comparsa se despide, mañana vendrán por su muñeca y ése será el nuevo punto de partida del paseo; y como buses no hay ya a esas horas, buscan entonces un taxi, si es que la demanda fue buena, o bien deshacen el camino con pies dolientes como ocurrió aquella noche con esta comparsa que nos ocupa, pues habían ganado demasiado poco a pesar del largo recorrido. Fue un viaje penoso aquel de regreso hasta el barrio Domitila Lugo, porque ya el bailante, y cabeza de la familia, se encontraba gravemente enfermo. Domitila Lugo fue, según se dice, una combatiente guerrillera caída en la insurrección popular de los barrios orientales contra la dictadura somocista en 1979. 

“Un bailante menos y un pleito familiar más. Eso fue lo que quedó después del deceso de Martín Lindo Avellán, dueño de una gigantona llamada la Teresa”, escribe Karla Castillo en la nota titulada La herencia del bohemio, página de sucesos de El Nuevo Diario del 16 de diciembre de 1999. “Con sus tres metros de altura, armazón de madera y su cara recién maquillada con pintura acrílica de pared, la Teresa es ahora la manzana de la discordia entre la hermana mayor del difunto, de nombre Soraya, y la viuda del mismo, Amanda Suazo, más sus tres hijos huérfanos, pues cada bando reclama el derecho de quedarse con la muñeca. Alexis de once años, Marvin de siete, y Marina de cinco, son los huérfanos que capitaneados por su madre intentan retener en su poder el instrumento de trabajo de su padre Martín, quien murió tempranamente, a los treinta años de edad, a causa de la cirrosis hepática que le causó su vida bohemia.”

Vamos a ver entonces la repartición de papeles en el acompañamiento de esta damisela de la noche llamada la Teresa: Martín, el fallecido de cirrosis, era el bailante;  Alexis, el mayor de los hijos, el coplero; Marvin, el que le sigue, el tamborero; Marina, la más pequeña de los tres, el Pepito o enano cabezón; y Amanda, la esposa, bailanta suplente por aquello de que debía meterse bajo la armazón cuando el marido se cansaba, y sobre todo en los últimos tiempos, pues debido a su grave enfermedad, que le empezó con debilidades y sudores, se volvió nulo en resistir la agitación del baile. Esa vez que decimos, cuando volvían a pie a su casa a medianoche tras dejar guardado a buen recaudo su tesoro en el patio de una pulpería de la Colonia Máximo Jerez que aún no cerraba su puerta, vomitó por tres veces la sangre en el pavimento.

“Desde los diez años anduvo Martín bailando a su dama por las calles de León, pues a él le tocaba suplir a su padre cuando se emborrachaba”, explica Amanda Suazo, la viuda. Aquel su padre, Felipe Lindo Ubeda, murió trágicamente porque, bebido como andaba, lo atropelló el tren queriéndose cruzar la carrilera mientras iba metido debajo de la falda de su gigantona; y entonces Martín, por ser su hijo único recibió la muñeca como herencia, y se vino con ella para Managua en busca de mejor fortuna. Debido a que la locomotora no cogió al difunto de frente, la muñeca salió sin mucho daño del percance, salvo unas roturas de la falda, y un pecho que se le desprendió a la armazón, algo fácil de arreglar porque el busto de las gigantonas se fabrica con jícaros.
Jícaro es el fruto del árbol del mismo nombre (crescentis cujete), de hojas acorazonadas y flores blanquecinas, que crece en los llanos desolados; este fruto, de forma esférica u oblonga, tiene una cáscara de gran dureza que suele utilizarse como recipiente, mientras la pulpa, rica e proteínas, resulta un excelente alimento para el ganado.

Para ese entonces, al ser pasada en herencia, la formidable Teresa no gozaba de tantos atributos, ya que tenía la cara sucia y  la color apagada. Martín no sólo le reparó los daños sufridos en el accidente que costó la vida de su padre, sino que ya puesto en Managua la embelleció con una nueva mano de pintura en la cara, le retocó boca, ojos y pestañas, le dio a coser una falda de crespón verde musgo y una blusa estampada con rosas de Bengala, le adornó los hombros con un pañuelo de una seda lustrosa llamada piel de espejo, y de las manos de un maestro hojalatero que buscó en el barrio Don Bosco salió aquella corona refulgente de pedrería.
        
Si algo le reprocha hoy a Martín su viuda, es la terca manía de llevarse a la Teresa a las cantinas cuando soltaba la parranda como si se tratara de una mujer casquivana, de modo que en el patio, entre las mesas de los bebedores, se podía divisar a la muñeca de espaldas hombrunas y pechos altivos estacionada con toda seriedad, fijos en la nada sus ojos de asombro como si oyera con escándalo mudo las groseras liviandades de los borrachos, hasta que su dueño, una vez saciada la sed alcohólica, volvía tropezando a su casa metido debajo de las frondosas faldas, según la misma costumbre de su padre allá en León, con lo que era ella, inclinándose a punto de caer, la que daba el aspecto de embriagada.

Cuando Martín empezó a sentirse peor de salud, después de los primeros vómitos de sangre de aquella noche, ya no pudo abandonar la vivienda, y entonces Amanda no tuvo vacilación ninguna en tomar el camino cada atardecer para bailar ella misma a la Teresa. Sus pequeños hijos se iban con ella, cada uno responsable de su mismo papel de antes en la comparsa.

Se trata de una mujer resistente y decidida, dueña de movimientos enérgicos, como puede comprobarse al verla soplar con un viejo sombrero de palma el fogón en el patio de su estrecha vivienda. Estaba sabida de que en aquella comparsa no había ahora suplente y que por lo tanto, suyo por entero era todo el recorrido, sin que valieran quejas ni remilgos, aunque a veces sintiera, como dice, que se le clavaban los pies en el suelo de puro molimiento, y la armazón de la muñeca le pesaba como si cargara sobre los hombros un quintal de plomo; además de que el público no consiente ningún desmayo ni desliz en el baile, porque entonces se va de las aceras y se vuelven magras las contribuciones.
 
Y por fin tuvo que dejar la calle, no debido a que la doblegara el esfuerzo, sino porque cada vez le dolía más dejar a Martín en la soledad de la vivienda, sin amparo de nadie que le pasara el remedio, o lo detuviera por la cabeza y le alcanzara la lata cuando le venían las arcadas de vómito; y así decidió entregar a la Teresa en alquiler a un muchacho serio y responsable de nombre Danilo Astorga. El trato fue un pago de doscientos córdobas semanales, los que no se dejaron de recibir mientras duró la agonía del esposo.
        
Los niños están en desventaja ante su tía, la ya mencionada Soraya, mujer de mucha labia, modales altaneros y talante corpulento, quien vive a pocas casas sobre la misma calle. Alega ser la única con derecho para heredar la gigantona en disputa, ya que, de acuerdo a pruebas en su poder, fue ella quien sufragó el costo de las medicinas de su hermano, y no tiene impedimento en mostrar las facturas de las cuentas de la farmacia, y más que eso, el pagaré firmado por aquel en su lecho de muerte, donde expresa: “debo y pagaré a mi hermana Soraya Lindo Avellán los gastos incurridos durante el transcurso de mi fatal enfermedad, con la entrega de la gigantona llamada la Teresa, de la que soy dueño y poseedor, para que mi dicha hermana la disfrute en legítimo uso y propiedad”.  Y dice ante esto la viuda: “Esa mujer cruel y sin entrañas ya tiene su propia gigantona, que la baila su hijo mayor de nombre Norberto, no sé porque quiere otra a costa de la única herencia que dejó el finado Martín mi marido a mis tiernos hijos”.
        
Por el momento el más confundido es Danilo Astorga, quien por ser soltero, ajeno a obligaciones familiares, paseaba a la Teresa en comparsa con otros cuatro jóvenes de su edad, sin saber ahora a quién entregar el dinero que aún debe del alquiler, si a Amanda la viuda, o a Soraya la hermana, que cuando lo veía pasar en su ronda nocturna, ya muerto Martín, se plantaba en su puerta a reclamarle con alardes ofensivos no sólo los pagos, sino la entrega de la gigantona, no importando que hubiera gente asomada a las aceras en afán de diversión y no de querellas. Y no transcurrieron muchos días sin que se presentara a la policía reclamando el decomiso físico de la Teresa, el cual fue ejecutado.
        
“Esa gigantona, lástima que esté presa, es muy popular en los barrios orientales por gallarda y bien trajeada,  yo tuve con ella mucho éxito; me ayudaba, además, que llevaba un buen coplero que a los catorce años de edad compone sus propias coplas y también menciona algunas del difunto” dice Danilo Lindo, quien posiblemente sea citado como testigo ante la policía, la que a su vez decidirá a cuál de las partes debe ser entregada la muñeca, así como el dinero que él resta en deber.
        
Por su parte cuenta la viuda que el lunes pasado, sintiéndose ya en su final, Martín llamó a sus tres hijos al lado de su camastro, y les hizo saber que les dejaba en herencia a la gigantona ahora en litigio, la cual lleva el nombre de su propia madre, la abuela paterna de los niños, pues se llamaba ella Teresa Avellán de Lindo, originaria del barrio del Laborío allá en León, donde se juntó con el difunto Felipe Lindo Ubeda. León es la segunda ciudad en importancia de Nicaragua, y es allí donde se originó el baile de la gigantona.
        
Mala suerte para ella y para sus vástagos, continúa Amanda, que nadie más escuchara de los labios del infeliz moribundo esa promesa, pronunciada en voz muy disminuida ya que las arcadas de vómitos de sangre lo habían despojado ya de todas sus fuerzas.
        
Hoy en día la gran Teresa de esta historia permanece retenida en la estación de policía del Distrito 6, donde recibe a diario la visita de los tres miembros de su comparsa, Alexis de once años, Marvin de siete, y Marina de cinco, mencionados otra vez en orden de edad, quienes hasta que cae la noche se dedican en silencio a hacerle compañía a su dama. Junto a la muñeca fueron requisados también el tambor con sus palillos, así como el saco de casimir, el fuete y la cabeza del enano cabezón, o Pepito, que puesta allí sobre el piso no parece ser sino lo que en verdad es, una caja de cartón con unos huecos por ojos, y las cejas, pestañas, patillas y bigote pintados con anilina común.

Managua, julio de 2000.
(Catalina y Catalina, 2001)

lunes, 7 de marzo de 2022

Mañana de domingo

 BALLENA

(Megaptera novaeangliae)

La ballena jorobada, o yubarta, una de las especies de misticetos más conocida, vive en grupos. En su repertorio de comportamientos se hallan los saltos espectaculares y los golpes sobre el agua con las aletas pectoral y caudal. Sus aletas pectorales llegan a medir cuatro metros y son las más largas entre todos los cetáceos. Migran cada año desde sus áreas de reproducción, en las zonas marinas tropicales, a  las áreas de alimentación, en el Ártico o en el Antártico. Son conocidas por sus extraños cantos de hasta 30 minutos de duración. Se desplazan a una velocidad media de 25 nudos marinos por hora. 

Sergio Ramírez Mercado
a Jaime Incer y Germán Romero.

La ballena brotó de las aguas con un gemido y quedó flotando sin ánimo, como a la deriva. Luego escoró hacia estribor y con extraña quietud traspasó la rompiente después de lanzar al cielo un chorro muy alto que se deshizo en una brisa irisada, y fue a encallar cerca de la boca del estero. Eran las diez de la mañana, según la altura del sol que brillaba con la luz blanca de una barra de plomo al fundirse, y era domingo.

Tendida ahora en la arena, casi de costado, la piel gris parecía de hule, y el vientre del color del tocino crudo. La cabeza  venía incrustada de parásitos de mar y de crustáceos, como flores de piedra. Olía mal, con un olor salino de descomposición en ciernes, y un ramaje de algas que había arrastrado consigo brotaba de la costura de su boca.

Sus ojos parpadeaban a veces, cuando también había un estremecimiento de sus enormes aletas pectorales. Parecía un barco castigado por la tormenta, con los palos del velamen descuajados y aventados lejos.

Del otro lado del estero la divisó llegar un muchacho que remendaba una red sentado en la mura de un bote. Cualquiera hubiera dicho que la red que iba pasando entre sus manos mientras daba las puntadas con una agujeta era un velo de novia, sino fuera por los plomos repartidos en sus bordes.

El bote se hallaba varado en la arena sobre unos troncos que servían de rodelas cuando era empujado hacia el oleaje para la faena. Doscientas brazas adentro, más allá de la rompiente, se pescaban pargos de buen peso y muchas veces corbinas si se salía con la aurora. Los colores en que estaba pintado, tal vez azul, tal vez verde, se habían desvaído de tanto sol y tanto salitre.

El muchacho, largo de piernas como una garza, no perdió tiempo y andando a zancadas fue a llamar al padre, y tras el padre se agruparon en la puerta del rancho forrado de latas y tablas dos mujeres y una niña. La niña tenía una nube en un ojo, el ojo izquierdo, y por eso al mirar parecía suplicar.

En una sarta sostenidas por dos varas se secaban unos cuantos bagres abiertos en canal que también hedían, y tuvieron que agacharse debajo de la sarta para bajar hacia la costa, armados de machetes y cuchillos de destripar pescados. Una de las mujeres, a falta de otra cosa, traía un chuzo de apurar bueyes.

Progresaba el reflujo de la marea y atravesaron con los pies descalzos la corriente del estero que con un débil estremecimiento se abría paso en un tajo de la arena hacia la rompiente.

Contemplaron de cerca al animal como si fuera ya suyo, lo midieron luego con sus pasos, y por fin se sentaron en la saliente de una roca a esperar bajo la resolana a que la ballena acabara de morir, nerviosos sin embargo de que alguien más pudiera presentarse a disputarles la presa.

Tenían razón en su inquietud. Antes del mediodía la costa se fue llenando de un gentío silencioso que hervía sobre la arena y sobre los promontorios de las rocas como una procesión de cangrejos. Llegaban con más machetes, picas y hachas, y con baldes plásticos, bidones, sacos y canastos.

Algunos iban desnudos de la cintura para arriba, otros llevaban viejos pantalones cortados en hilachas a la altura de los muslos. Uno llevaba una chaqueta camuflada, abierta por toda la barriga, y otro unas botas militares, sin cordones, metidas en los pies desnudos. Había mujeres que traían gorras y camisetas de propaganda electoral, y toallas debajo de los sombreros de palma para mejor abrigarse del sol.

Los llegados de primero, el padre del muchacho y los demás del rancho, incluida la niña de la nube en el ojo, defendían sus lugares pero ya no contaban para nada. La mujer del chuzo lo clavó con decepción en la arena.

Sería la una cuando asomó por la costa un jeep que parecía reverberar en la distancia, y como si en lugar de avanzar se alejara hasta disolverse en la bruma. Atravesó por fin el estero levantando una cortina de agua y se estacionó a espaldas del gentío que ahora era más grueso, quizás el doble.

Venía al volante un delegado del Marena, a su lado una periodista de televisión, y atrás el camarógrafo que no perdió tiempo en saltar con la cámara en el hombro para correr hacia la ballena. Hizo numerosas tomas y luego giró sobre sí mismo, sin quitar el ojo del visor, para enfocar a la multitud.

La periodista, morena y pequeña de estatura, con anteojos de miope, se llamaba Lucía.  Ajustó el emblema del canal al micrófono, y acompañada del camarógrafo siguió al delegado del Marena que se había metido entre la gente. El delegado se llamaba Richard, y era un pelirrojo de aire enérgico, con marcas de viruela en la cara. Llevaba lentes de sol, pantalones color caqui, y el teléfono celular a la cintura.

De inmediato empezó a hacer preguntas: si alguien había visto llegar a la ballena, y en tal caso, qué rumbo traía, y cómo había encallado. El único que lo sabía era el muchacho, pero su padre el pescador le hizo señales enérgicas de callarse. Los demás siguieron con la vista obstinada puesta en la ballena.

Richard alzó los hombros, como si no le importara, y mejor decidió acercarse a examinar la ballena mientras el camarógrafo lo filmaba. Fue un examen minucioso. Luego la recorrió a lo largo, y en una pequeña libreta que sacó del bolsillo de la camisa hizo las correspondientes anotaciones.

Lucía le pidió que se pusiera de espaldas a la ballena para entrevistarlo.  La gente allí congregada no prestó la menor atención a la entrevista, y tampoco hubo curiosos que corrieran a situarse detrás para salir en el cuadro, ni siquiera los niños, que había no pocos niños entre la multitud.

Los ruidos de la rompiente llegaban sosegados al micrófono, y así mismo la música de una roconola que se acercaba a ratos desde las ramadas del balneario a un kilómetro de allí, hacia el sur, pero que lo mismo desaparecía como si fuera empujada hacia atrás por el viento.

Richard declaró frente a la cámara que entre los meses de junio y septiembre, estábamos en agosto, las ballenas pertenecientes a la especie de la aquí presente viajaban unos ocho mil kilómetros desde el Antártico rumbo a las aguas cálidas del Pacífico con el objeto de alumbrar o aparearse; pero no solían llegar sino hasta Bahía de Solano, en Colombia, por lo que resultaba raro que alguna de ellas se aventurara tan lejos, y sobre todo sin ninguna compañía, pues solían desplazarse en manadas.

Lucía quiso saber a qué clase de especie se refería. Richard respondió que se trataba de una ballena yubarta o ballena jorobada, llamada así porque arquea el lomo antes de sumergirse. Ella preguntó entonces: ¿se puede saber cuánto mide y cuánto pesa este ejemplar?  Mide unos quince metros de largo, Lucía, y puede ser que su peso sea no menor de cuarenta toneladas, o sea ochocientos quintales, respondió, pulsando su calculadora.

Lucía preguntaba ahora a qué atribuía que la ballena hubiera llegado hasta aquí sola, si acaso tenía eso que ver algo con el hueco de la capa de ozono que estaba calentando los mares. El delegado respondió que no podía descartarse. ¿Y con la corriente del Niño? Tampoco podía descartarse.

Luego ella preguntó: ¿Había encallado por accidente, o es que se hallaba enferma de algún mal?  Era evidente que se trataba de una ballena moribunda. ¿De qué estará enferma? Habría que hacer los análisis correspondientes a la hora de practicar la autopsia, por lo tanto recomiendo a todas las personas presentes abstenerse en todo momento de tocar la carne de esta ballena, dijo, alzando intencionalmente  la voz.

Los presentes no se inmutaron. Seguían vigilando, seguían en silencio, y su número seguía creciendo.  Habría ya un millar. En ese momento, como inquietada por un mal sueño, la ballena sacudió la cola hendida, abierta en dos alas. Es la aleta caudal, que en esta especie alcanza grandes proporciones, declaró el delegado.

Venían llegando más camarógrafos, periodistas de radio, fotógrafos. Llegaban también curiosos, en motocicletas y más jeeps, y aún en carros que se atrevieron a bajar a la costa y atravesar la corriente del estero, a riesgo de quedar atollados en la arena. Muchos se acercaban desde las casas de descanso, en motos de playa, y a pie desde los restaurantes, cantinas y ramadas del balneario.

Los que esperaban no se mostraron para nada conformes con aquella invasión, y menos aún cuando se presentó a bordo de un camión de barandas un contingente de policías que saltaron de la plataforma armados de fusiles Aka y pecheras llenas de municiones. Venían al mando de un inspector que viajaba en la cabina. Los policías se referían a él como el inspector Quijano al solicitarle órdenes, y sus órdenes fueron las de aislar a la ballena por medio de una cinta amarilla, de las que se utilizan en el lugar de un crimen.

Los policías, en actitud diligente, se dispusieron a cumplir las instrucciones, pero entonces comenzó un forcejeo porque nadie quería retroceder. La mujer del chuzo lo blandió como una lanza para amenazar a unos de los policías, otras gritaron insultos, y el inspector Quijano les ordenó entonces retroceder porque las cámaras estaban filmando el incidente.

La ballena movió en ese momento las aletas pectorales, estrechándolas contra el cuerpo como si tuviera frío y quisiera cubrirse con ellas. Luego tuvo un vomito. Fue una copiosa bocanada de peces enteros, arenques, caballas y sardinas.

El gentío corrió a arrebatarse los peces sin hacer caso a las voces del delegado advirtiendo que era comida tóxica porque estaban muertos, y la trifulca se deshizo hasta que no quedó uno solo sobre la arena. El inspector Quijano se acercó a presenciar la escena a paso lento y movió con desconsuelo la cabeza, pero nada más.

Entre las personas venidas del balneario vecino, donde acababan de almorzar, se hallaban dos amigos de toda la vida, el doctor Incer, biólogo, geógrafo y astrónomo, y el doctor Romero, historiador y antropólogo. No parecían veraneantes ni nada por el estilo, y más bien daban la impresión de hallarse extraviados.

Lucía descubrió al doctor Incer, que observaba la ballena un tanto de lejos, valiéndose de sus habituales binoculares, y se acercó con su camarógrafo para entrevistarlo. Tras ella vinieron todos los demás periodistas y camarógrafos, y ya había cierta tensión provocada por la competencia, porque se empujaban entre ellos.

El doctor Incer empezó manifestando ante las cámaras su emoción al observar por primera vez un fenómeno de esta naturaleza, un cetáceo anclado en nuestras costas de aguas cálidas. Hablaba como el buen conferencista que era. Entre otras cosas informó que la ballena yubarta, o jorobada, debía su nombre científico de Megaptera novaeangliae, al sabio Fabricius, quien se lo había dado en 1780.

¿Qué quiere decir eso en español, doctor?, se oyó preguntar a Lucía. Significaba "Gran Aleta de Nueva Inglaterra", por las formidables aletas pectorales de esta especie, avistada por primera vez, en las cercanías de Nantucken, Nueva Inglaterra.

-Que es el puerto de donde salió el capitán Ahab para dar caza a Moby Dick, la ballena blanca -dijo el doctor Romero; pero ninguna de las cámaras, ni tampoco ninguno de los micrófonos se volvió hacia él.

El doctor Incer, por tanto, siguió declarando. Declaró que la especie yubarta es muy vocal y puede crear una amplia variedad de sonidos, hilados para formar frases repetidas en serie. Es lo que puede llamarse en términos técnicos una canción. Esas canciones pueden durar de cinco a treinta y cinco minutos y llegan a veces a repetirse sin interrupción por varias horas.

¿Se fijó que esta ballena vomitó una gran cantidad de pescados muertos?, preguntó Lucía. Es porque se alimentan a lo largo de su ruta de una amplia variedad de especies, y  para eso tienen en la boca una especie de peine de pelos rígidos con el que filtran el agua de mar al tragar sus presas, respondió el doctor Incer.

Según el delegado del Marena pesa ochocientos quintales, dijo Lucía, y porque la empujaban desde atrás, parecía a punto de meter el micrófono en la boca del entrevistado. Puede ser, respondió el doctor Incer, aún hay ejemplares de peso mayor. ¿Rinde una buena cantidad de carne entonces? Los cetáceos tienen carne abundante y de buen sabor, aunque bastante grasosa.

¿Cuánto tiempo tardará en morir?, preguntó desde atrás otro de los periodistas. No se puede saber, pero pueden ser días, talvez semanas, respondió el doctor Incer. De esta ballena puede comer toda una población de gente, como esa que está ahora rodeándola, afirmó el mismo periodista. Sería una crueldad matarla, y más bien las autoridades deben protegerla mientras puede ser remolcada por un barco especializado hasta la estación de biología marina más cercana, dijo el doctor Incer.

¿Y dónde hay una estación de esas?, preguntó Lucía. En San Diego, California, yo la he visitado. Será tarea imposible, doctor, lo que es esta gente ya se la habrá comido antes de que logren rémol Gabriela, dijo otro más. El doctor Incer calló, y frunció el entrecejo. Es cierto que en ese momento lo ofendía el fulgor del sol de las tres de la tarde, pero tenía un tic nervioso, que era precisamente el de fruncir el entrecejo.

Aemás, según el delegado la ballena está enferma, dijo Lucía. Mayor razón para dejarla en paz, dijo el doctor Romero, pero tampoco ahora, ni ella ni ninguno de los otros periodistas le hizo caso. ¿Para qué sirve además un animal tan grande como éste si no es para dar carne?, preguntó otro de los periodistas que ahora se había adelantado y lograba apartar a Lucía.

Para los más diversos usos, se apresuró en responder el doctor Incer: su grasa para fabricar candelas y también para freír alimentos, sus huesos y cartílagos para corsés, hilo de sutura, látigos de cochero, varillas de paraguas y cuerdas de piano, su piel para parches de tambor, y el ámbar gris, que se encuentra en sus vísceras, como base de perfumes y cosméticos femeninos.

El ámbar gris ha servido siempre, desde la más remota antigüedad, como un potente afrodisíaco, dijo el doctor Romero. Seguía sin poder cautivar a la audiencia, pero siendo como era un hombre irónico, se reía para sí mismo.

Ahora muchos de esos materiales son sintéticos, dijo otro. En efecto, algunas invenciones modernas han sustituido esos productos, respondió el doctor Incer, como es el caso de las candelas, que ya no se fabrican de cebo animal sino de parafina, aunque otros continúan necesitándose, y por eso los barcos balleneros siguen persiguiéndolas como antaño por todos los mares de la tierra, y peor hoy día, porque cuentan con la ayuda de los satélites.

-Imagínense si en tiempos del capitán Ahab el Pequod hubiera estado equipado con rastreadores electrónicos dijo el doctor Romero; las ballenas no quedarían ni en el recuerdo.

El doctor Incer era objeto de entrevistas cada vez que se producía un huracán, una erupción o algún fenómeno famoso, como había ocurrido con la aparición del cometa Halley en 1986; en el caso de las lluvias de estrellas fugaces, como había sido con los meteoros Oriónidas dos años atrás; o cuando el planeta Marte se acercaba a la tierra, como había sido el caso aquel mismo mes. En cambio, el doctor Romero, titulado en la Sorbona y merecedor de las Palmas Académicas de Francia, había escrito los más importantes libros sobre la historia de Nicaragua en el siglo XVIII, pero ninguno de los periodistas conocía esas obras.

Así que mientras seguían lloviendo las preguntas sobre la cabeza del doctor Incer, el doctor Romero abandonó su empeño de hacerse oír, y se dedicó con mayor provecho a observar lo que seguía ocurriendo en la playa.

Por esa razón fue él quien presenció el momento cuando uno primero, y otros después, dos hombres subieron al lomo de la ballena desde el lado de la cola, y luego, como si fueran equilibristas, los brazos abiertos en cruz, avanzaron sobre la piel resbalosa hasta alcanzar la cabeza. El primero llevaba una barra de excavar pozos que usaba a manera de pértiga. El otro un balde de plástico rojo en una mano, y en la otra una pica de pedrero.

El doctor Romero se los señaló a los periodistas que al fin lo atendieron, y entonces corrieron en desorden hacia la playa, los camarógrafos adelante. El inspector, con la pistola de reglamento en alto, ordenaba a los dos que se habían subido al lomo de la ballena que bajaran inmediatamente. El delegado del Marena venía corriendo al encuentro de los periodistas, como en demanda de auxilio.

En lugar de obedecer, el hombre de la barra la alzó con fuerza para descargarla sobre la cabeza de la ballena, que al golpe se cobijó aún más estrechamente con las aletas pectorales. Y cantó. No había nada de armónico en aquel canto, era una especie de mugido, largo y profundo.

-Las ballenas siempre viajan en cortejo, y seguramente estará llamando a alguien de su especie -dijo el doctor Incer.

-Es una hembra  -dijo el delegado, que había llegado junto a ellos-,  y puede ser que esté preñada.

-Entonces está llamando a su macho -dijo el doctor Incer.

Había ahora más personas subidas al lomo de la ballena. Las  mujeres se apretujaban a su alrededor, con los baldes en alto, para recibir los primeros tasajos de carne. El inspector terminó por enfundar su pistola.

Los policías avanzaban y retrocedían, confundidos en la marea humana, y sólo se veían sus gorras y el cañón de sus fusiles. Algunos lo que hacían era escapar del tumulto. Se veía, además, el chuzo de aquella mujer, la primera en llegar, enarbolado por encima de las cabezas con un trozo de carne ensartado en la punta.

La multitud trabajaba a golpes y desgarrones el lomo de la ballena, los costados, las aletas pectorales, la parte visible del vientre. Pronto le habían cercenado la cola hendida, y sólo quedaba en su lugar un muñón sangrante.

Al rato, los dos científicos y el delegado vieron pasar al pescador que ayudado por el muchacho flaco como una garza, su hijo, llevaba cargando un buen trozo de una de las aletas pectorales. Delante de ellos iba la niña de la nube en el ojo, que aunque sonreía feliz parecía mirar con angustia.

La mayoría de los curiosos había vuelto a sus vehículos para irse, y la multitud alrededor de la ballena disminuía, porque cada quien que llenaba sus baldes y sus sacos iba desapareciendo.  Muchos se alejaban por la costa en parejas, seguidos de sus niños, los hombres con los sacos de carne al hombro y  las mujeres con los baldes y canastos rebosantes en la cabeza. Iban despacio, conversando amenamente. Los policías subían al camión, algunos cargando algún tasajo dentro de las gorras, o amarrado con el fajín.

Contra el sol poniente lo que se veía ahora era el costillar de la ballena, como las cuadernas de un barco abandonado a la destrucción y al olvido. Algunos medraban todavía entre los despojos, recogiendo lo que aún podían, mientras la marea iba lavando la sangre extendida en un manto sobre la arena.

Ya nadie filmó esas últimas escenas, porque no quedaba ningún camarógrafo. Lucía se había ido, todos los periodistas se habían ido. El inspector Quijano se bajó de la cabina del camión y se acercó pedir un cigarrillo al delegado del Marena, que se lo encendió, defendiendo de la brisa la llama del chispero.

-Esa carne no es apta para el consumo humano -dijo el delegado al guardarse el chispero en el bolsillo.

-Todo esto es consecuencia del hambre que sufre nuestro pueblo -dijo el inspector Quijano, que había sido guerrillero.

-La ballena es como el país ¾dijo el doctor Romero con leve sonrisa-. Sólo quedan los despojos.

-Me pregunto cuánto habrá durado viva mientras las carneaban -dijo el doctor Incer.

En ese momento repicó el celular del delegado, que se apartó a contestar. Le estaban solicitando informes de lo sucedido, y él los estaba dando.
(De Catalina y Catalina, 2001)

De las delicias de la posteridad

Sergio Ramírez Mercado

a José Emilio Pacheco

El día en que por fin S. E. debió rendir tributo a la madre tierra, la nación agradecida decidió que no debía entregarse su cuerpo a la corrupción, y mandó que unos sabios cirujanos traídos del Gorcas Memorial Hospital de la Zona del Canal, lo embalsamaran de modo que sus carnes resistieran per sécula seculorum, como dijo el Ministro de Policía, Justicia y Gracia en su oración fúnebre.

Los funerales de Estado se cumplieron merecidamente, y el cuerpo de S. E., relleno de algodón en rama, fue paseado en andas descubiertas durante varios días, unas veces vestido con el uniforme militar de gala de comandante de todas las fuerzas de tierra, mar y aire; otras con toga romana y corona de lauros, en premio a sus virtudes republicanas; y finalmente con el traje de apache que gustaba lucir en las festividades del día de la raza, con el que fue enterrado.

A los muchos años, entre las ruinas de un terrible terremoto que había destruido la ciudad capital, los volatineros del Circo Atayde, uno de los tantos que para esos días acampaban entre los escombros a fin de divertir a la población damnificada, se encontraron en lo obscuro con la momia de S. E. vestido de apache, intacta como en el día de sus funerales, que había sido arrastrada desde su cripta rota, en las aguas de una corriente de lluvia.

La momia del apache, como empezó a llamársele, fue exhibida con éxito por todos los países de Centroamérica bajo carpa del Circo Atayde, anunciada como una de las principales fracciones, el cual la vendió luego al Ringler Brothers Circus, que no sólo la paseó triunfalmente por todo el medio oeste de los Estados Unidos: la exhibió además en la Feria Mundial de Chicago, como prueba de la antigüedad de la civilización apache extendida hasta tierras del trópico, y la llevó a  Inglaterra donde ocasionalmente la dio en préstamos a museos e instituciones antropológicas que se maravillaban de las técnicas de embalsamamiento usadas por los naturales de América, y sin deterioro sigue la momia su peregrinación, el rico penacho de plumas que le adorna la cabeza ya bastante apagado y así va dentro de la urna que cruje cada vez que la levantan al trasladarse de sitio la caravana, sobre el cristal las moscas muertas y la saliva seca de algún escupitajo, rodeada por niños y adultos que después se alejan a admirar los camellos y las jirafas.

(Tropeles y tropelías)

De los atributos de la nación

Sergio Ramírez Mercado

S. E. fue un día informado por sus agrimensores privados, tenedores de libros y procuradores de bienes raíces de que como resultado de repetidas transacciones de compraventa, vencimiento de hipotecas, desahucio de precaristas y remates forzados, así como denuncio de baldíos que en el transcurso de los tiempos habían recibido asiento en los folios registrales, era ya dueño legítimo en uso pacífico y propiedad ininterrumpida del territorio total del país que con tan sabia mano gobernaba y que aunque pequeño en dimensiones, sus ilusiones y sus esperanzas decían a S. E. que no hay patria pequeña si uno grande la sueña.

S. E. confió la regulación de aquel nuevo orden de cosas a la sabiduría de la Honorable Asamblea Nacional Constituyente de la República, entre cuyos miembros se contaban preclaros jurisconsultos y tribunos y este altísimo cuerpo debatió el asunto en dilatadas sesiones que por las galas oratorias en ellas derrochadas atrajeron la presencia de lo mejor de la ciudadanía que se congregaba día a día en las barras con ánimo de presenciarlas, sin faltar ramilletes de las más virtuosas damas y damitas de la sociedad capitalina.

La augusta representación supo con su prudencia responder a las aspiraciones de S. E. y dictó un decreto en el cual se disponía que al haberse extendido las propiedades consolidadas de  S.E. hasta las costas marítimas por una parte, y por la otra hasta guardarrayas con los países vecinos, sus linderos naturales serían en adelante los susodichos océanos y las fronteras acordadas por el utui possidetis juris de 1821, otorgándoseles a tales propiedades por gracia de aquel mismo decreto los atributos de soberanía descrito en los tratados internacionales, a saber, el espacio aéreo, el subsuelo y los mares territoriales, incluida la plataforma continental.


Si aquel territorio debería llamarse en adelante hacienda o nación, es cosa que el decreto no previo seguramente porque el nunca bien ponderado juicio de los legisladores patrios no quiso entrar a resolver este punto a todas luces menor, con el seguro objeto de que cualesquiera de los dos nombres pudiese ser usado indistintamente.

(Tropeles y tropelías)

Del amor a la justicia

Sergio Ramírez Mercado

S. E. fue abogado antes de asumir los más altos poderes de la nación. Se graduó en una obscura Facultad de Leyes de provincia y antes de obtener el título fue rábula, copiador de sentencias, amanuense, peleador de gallinas, secretario de juzgados penales, defensor de la Iglesia en litigios por fundos y aparcerías que se llevaban y discutían en estrados usando la lengua latina.

Ya con el título en la mano, hundió en calamidades a gentes rústicas, arruinó a familias enteras, se apropió de heredades, desahució a cientos de colonos y precaristas, borró caminos medianeros, usurpó derechos de viudas, su fortuna la amasó a base de despojos e hipotecas y la cuantía de sus bienes podía medirse por la cantidad de pleitos judiciales que logró ganar con prevaricatos y sobornos.

Ejercía su profesión en una ruin habitación cuya puerta exterior permanecía cubierta de cédulas y citatorios en papel sellado. Los clientes esperaban en sillas de mimbre desfondadas y las posturas de las gallinas, que se paseaban libremente por el cuarto, aparecían entre los expedientes apilados en las esquinas, pues los armarios y las vitrinas rebosaban ya de folios y protocolos.

Los litigantes le exponían sus casos en altas y claras voces, para que él oyera desde arriba, oculto como permanecía en un entrepiso. Con golpes de un bastón transmitía en clave las respuestas a las consultas y daba sus instrucciones al secretario. Los escritos, títulos y alimentos se los izaban en una canasta de mimbre.

Nunca se hizo cargo de juicios penales pues temía presencia de la sangre y odiaba a los asesinos, sobre todo a aquellos que ponían saña en mujeres y niños y fue por eso que sus leyes, siendo ya Jefe de Estado, fueron implacables para con los homicidas y para los ladrones, los violadores, los que asaltaban en despoblado y en cuadrilla, para los perjuros y los que de acción o palabra ofendiesen a sus madres.
(Tropeles y tropelías)

De ofensas y agravios

Sergio Ramírez Mercado

Una vez Su Excelencia estuvo en el exilio antes de tomar para siempre el poder y su fiel compañera tuvo que regresar al país, enferma de ántrax, sólo para morir. El gobierno ordenó detenerla al bajar del buque y fue llevada presa cubierta de cadenas a la ciudad capital, siendo encerrada en una bartolina con las prostitutas.

La venganza de S. E., años más tarde, fue simple como puede imaginarse; todas las esposas e hijas de sus enemigos políticos, caídos a raíz del golpe de Estado que lo llevó al poder, fueron concentradas en La Góndola Dorada, el prostíbulo más elegante del país y allí vivieron por doce años, sin permiso de salir a la calle ni de ver a sus maridos y progenitores, disfrazadas de odaliscas, envueltas en tules, sus cabezas coronadas con diademas de fantasía, adornadas con perlas de Basora y chales de Lahore, sentadas en divanes que semejaban góndolas y en tronos de papier maché, con telones de fondo que representaban parques, boscajes y kioscos en noches estrelladas, etcétera.

Durante todos esos años fueron obligadas a yacer en sus cámaras orientales y tras los biombos chinos, con leprosos, tuberculosos, y con todos los enfermos agónicos atacados de cólico miserere y vómito negro que pedían como última gracia una noche en La Góndola Dorada, de modo que muchas murieron allí, siendo sepultadas en el jardín de la casa, o mutiladas, con hijos habidos de aquellas relaciones y sus lacras y purulencias fueron ejemplos para las futuras generaciones y así evitar el peligro que representa el atentar contra la virtud de una noble dama que fue declarada mártir de la Iglesia, como dijo la prensa oficial, etcétera.

(Tropeles y tropelías) 

De los efectos de las bombas caseras

 Sergio Ramírez Mercado

a Samuel Rovinsky

Pasadas las ceremonias del día en que se le condecoró con la Orden Isabel la Católica en el Grado de Gran Comendador, S. E. convidó a algunos de los circunstantes a acompañarle a Los Amores de Abraham,un selecto lupanar de su confianza, para celebrar la presea.

Avanzada la fiesta, y mientras se desgranaban las risas argentinas y tintineaban las copas de fino bacarat, por un apuro del cuerpo S. E. debió concurrir al retrete, y no bien se había sentado en la taza de china cuando debajo suyo se produjo el estallido de una bomba casera.

Sus guardias y edecanes, que acudieron corriendo al lugar de los hechos, encontraron a S. E. cubierto de pólvora y con las cejas ardidas, sosteniéndose los calzones del uniforme militar de gala con las manos y vociferando frente a la puerta descerrajada, en medio de una humareda.

Las putas, músicos y cantineros fueron prendidos de inmediato y los interrogatorios, que se iniciaron en el burdel esa misma noche, dieron los indicios de una vasta conspiración, que para ser sofocada precisó de la Ley Marcial decretada en todo su rigor y de la inmediata instalación de un Consejo de Guerra que empezó a funcionar conforme al Código de Enjuiciamiento Militar heredado de la antigua ocupación de los Cuerpos de Marina de los Estados Unidos de América.

Fueron primeras en comparecer ante el Consejo de Guerra las mujeres de Los Amores de Abraham, que a preguntas del Fiscal Militar implicaron gravemente a muchas de sus relaciones, entre las que se contaban hijos de prominentes ciudadanos, quienes al ser llevados ante el Consejo comprometieron con sus dichos a sus padres, y a otros ciudadanos no menos distinguidos, todos los cuales fueron conducidos prisioneros, incomunicados, e interrogados por la policía secreta, y sólo tras muchos días pasados a la orden del Consejo de Guerra ante el cual hicieron revelaciones que daban mérito para enjuiciar a familiares, vecinos, empleados, quienes al rendir declaración bajo promesa de ley mencionaban como sabedores a los médicos que los curaban, los que al pasar el interrogatorio no tenían más remedio que acusar sus conexiones con otros pacientes, y estos pacientes sacaban a luz todo lo que sabían de la culpabilidad de los abogados que les llevaban sus asuntos; y los abogados mencionaron a otros clientes suyos, y estos clientes a funcionarios del gobierno de S. E. cuyos testimonios conducían a la captura de militares en servicio, a quienes se detenía en los cuarteles o durante el curso de un arresto que ellos mismos andaban haciendo, y los oficiales confesaban cuán comprometidos estaban parientes lejanos de S. E., que una vez presos dieron la lista de los seudónimos que usaban para conspirar contra parientes consanguíneos de S. E., que se sentaban con él en su misma mesa; y mientras las cárceles siguen llenándose de gente que nunca él sospechara, S. E. viene pensando que él también forma parte de la conspiración y que por lo tanto es mejor declarar una amnistía general que cubra toda clase de delitos atentatorios contra la seguridad del Estado y demás que les sean conexos.
(Tropeles y tropelías)

Del proceso del león

Sergio Ramírez Mercado

El proceso del león duró catorce meses, al cabo de los cuales la fiera fue condenada a muerte pero al final salvada por un decreto presidencial de amnistía que cubrió también a reos de delitos comunes.

El león era un reo político.

Sucede que en los jardines de la casa presidencial había una jaula de barrotes plateados, donde el león vivía desde que siendo un cachorro fue obsequiado a S. E. por un grupo de amigos el día de su fecha natalicia. El león creció allí enjaulado, allí desarrolló su melena y su gran apetito pues devoraba una res entera a diario.

Un día el jefe de la policía de seguridad, que era hombre muy sagaz, descubrió que el león podía ser un magnífico instrumento para obtener confesiones y mandó que se construyera una estrecha jaula a la par de la que ocupaba la bestia; allí comenzaron a meter a los presos políticos remisos a prestar confesión a la par que dejaban sin comer al león. Los presos se veían obligados a permanecer día y noche en guardia, replegados contra los barrotes para evitar los terribles zarpazos.

Sucedió que uno de los presos se durmió y fue devorado por el león, lo cual llegó a oídos de los organismos internacionales humanitarios, como la OEA, la SIP, etcétera, cuyos boards pidieron a S. E. una investigación y éste, muy extrañado por tales hechos repugnantes a la idea de civilización, mostró su indignación mandando procesar al león.

La vista en el consejo de guerra fue muy complicada y el león contó con una experta defensa, ya que personas no a identificadas le buscaron los mejores abogados criminalistas de república; así y todo fue sentenciado a muerte, pero en un gesto magnánimo S. E. le perdonó la vida como ha quedado relatado y se le dio el jardín por cárcel para toda la vida.

Pasado el tiempo el león fue apermisado para salir de su encirerro y andaba por entre las gentes, lamía las manos y los pies y si algo le daban estaba contento. Y en una de sus andanzas, se encontró con el testigo de cargo de su juicio y lo devoró, lo cual provocó un nuevo consejo de guerra y así sucesivamente.

(Tropeles y tropelías) 

Del olvido eterno

Sergio Ramírez Mercado

S. E. que presidía un banquete de gala ofrecido en su honor por el Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Su Majestad la Reina de una potencia amiga, se bebió a elegantes sorbos el jugo de limón que se le presentó en una fuente de plata para que según el protocolo se lavara las manos, acto que provocó una sonrisa malamente disimulada del Embajador, cuya maniobra de taparse la boca con una servilleta fue más lenta que la mirada de S. E. en descubrirlo, siendo por causa de tal ofensa declarado persona non grata y en el acto conducido a puerto amarrado en ancas de una mula de tiro y de cara a la cola para ser embarcado en un buque que con destino a ultramar zarpó al amanecer llevando ganado de pezuña.

Conmovido de tal manera el poderoso reino por agravio semejante, su soberana mandó proclamar urbi et orbi que el minúsculo país gobernado por S. E. fuese borrado de los atlas universales y que en su lugar los cartógrafos imperiales pintaran nada más que mar azul.

Extinguido de la faz de la tierra por mano tan ofendida, no quedó al cabo de pocos años ninguna memoria ni de aquel territorio ni de sus gentes, olvido que al llegar a ser total varió el disgusto e intranquilidad iniciales de S. E. en un íntimo gozo, puesto que ya no volvió a ser nunca importunado desde el exterior con odiosos pedidos de clemencia y respeto a la condición humana, pliegos contra torturas y demás bagatelas y así sus enemigos políticos pudieron en adelante pudrirse tranquilamente en las mazmorras.
(Tropeles y tropelías)

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...