lunes, 7 de marzo de 2022

El asedio

Sergio Ramírez Mercado

Septimio se despertó a la hora del crepúsculo y se encontró con la luz rojiza de la tarde que se reflejaba en la luna del espejo del chifonier como una pedrería de brazas temblando en el fondo del vidrio y sintió sobre su vientre las páginas del figurín de modas pegadas a la piel a causa del sudor. Estaba desnudo debajo del quimono de chifón y sentía el sudor resbalar por su espalda. Se incorporó y tropezó con la sopera de china que había dejado en el piso después de comer. La hizo pedazos y la sopa helada le mojó los pies.

—Avelino —llamó primero como en secreto—. Avelino —repitió después buscándolo en la oscuridad a la que ninguno de los dos terminaba de acostumbrarse; no se orientaban y quebraban los jarrones, tropezaban con las sillas y derribaban las estatuillas de yeso que a tientas reponían en las consolas cuando no se quebraban, o arrinconaban los pedazos junto a los zócalos para barrerlos de una vez con los proyectiles, guiándose sólo por la lumbre de la lámpara en el altar del aposento o cuando ponían luz al farol del ángel.

—Avelino —siguió llamando, ya casi a punto de gemir. Oscurecía afuera velozmente y el tren de las seis pitaba en la lejanía.

O estaban por llegar, o rodeaban ya la casa, arrastrándose en el cafetal, cortando los hilos de alambre de los cercos, escondidos detrás de los troncos de los árboles, subidos a las ramas destrozando en silencio el jardín.

Vení abríme —oyó—.

¿Quién? —preguntó—.

¿ "-Soy yo, abríme ligero.

-Avelino, ¿sos vos?

Septimio se llegó a gatas a la puerta detrás de la que sólo había un pequeño descanso de la escalera. Con mucho tiento fue girando la manigueta, un huevo blanco humedecido por el por el sudor de su mano, cuando percibió al otro lado unas risas ahogadas.

—¿Quién es? —dijo asustado—.

—Yo, Avelino, abrí.

—Avelino, sos vos, ¿ah?

—Sí, corazón —le respondieron y las risas estallaron—.

—Váyanse a la mierda —gritó con desconsuelo, pero no supo hasta dónde alcanzó su voz o si sólo se había quedado en un sollozo—.

Sin saber qué hacer llegó hasta la sala y se recostó en el piano de su madre, que era guarida de ratones. El asedio de la noche anterior los había dejado sin ánimo y muy doloridos del cuerpo sobre todo por sofocar el incendio en la cocina y cuando ya no pudieron sostener el huerto refugiarse hasta que vino el alba debajo de la cama de baldoquín para evitar la lluvia de piedras que caía por los huecos de las ventanas quebradas y al salir del escondite con los ojos enrojecidos por el desvelo se habían asomado aún temerosos por la puerta de cristales que daba al balcón y empezaron a barrer soñolientos los proyectiles dispersos en el entarimado, piedras y frutas verdes. A esa hora se deshacía la neblina y el aire de la madrugada movía las palmeras. La carrilera se veía desde el balcón y unos trabajadores con herramientas caminaban en la vía.

Estaba aún junto al piano cuando comenzaron a apalear las paredes con un ritmo insoportable y las primeras piedras cayeron sobre las tejas que al quebrarse golpeaban en pedazos contra el cielo raso, a desgajar las ramas de los árboles frutales, a desportillar los cercos. Andando siempre a rastras traspuso la puerta de la sala y entró al dormitorio encerrándose con llave.

—Que se joda Avelino —gimió—, quién lo mandó a salir —y se encontró solo por primera vez a la hora de resistir y hasta entonces percibió el olor de orines envejecidos en el piso, de saliva, de zapatos viejos, cuando fue a refugiarse debajo de la cama. Desnudo como estaba sintió la rugosidad de las tablas el pecho, las pequeñas estrías contra la piel adiposa y así bocabajo le molestaba la presión del medallón que usaba al cuello y en el que conservaba unos cabellos de su madre, único que había recibido a su muerte junto con la quinta. Avelino de la suya sólo había heredado el ángel.

Ya se habían resignado a no contar más con el primer piso, en el que almacenaban el café maduro, los aperos de corral, los fierros de labranza: fue cuando Avelino bajó descalzo las escaleras para llegar al baño que quedaba en un cobertizo detrás de la cocina y encontró la pileta cundida de cadáveres de ratones que nadaban entre las magnolias y los azahares vaciados por ellos todas las tardes en el agua para perfumarla, así que Avelino estuvo vomitando toda la mañana después de lanzar los ratones muertos al solar tomándolos con asco de la cola y no almorzó. Decidieron que ya nunca bajarían al baño, ni al excusado, prefiriendo hacer el cuerpo en las bacinillas con rosas en relieves que guardaban en las mesas de noche.

Volvieron a caer las piedras sobre el techo y ahora sí parecía una lluvia interminable y su pensamiento no se apartaba de Avelino a esas horas, se estarán vengando en vos, solo en la oscurana, Avelino cautivo. Y las piedras cayendo como en el día del juicio final.

El ángel que su madre había heredado a Avelino estaba en un rincón del aposento y era del tamaño de un hombre, fabricado de yeso pero con alas de pluma de garza. Le quitaban la túnica morada recamada con hilos de oro para limpiarla cada mes con kerosene y era el único tiempo en que el ángel permanecía desnudo. Cuando aún no eran víctimas del asedio, encendían al acostarse el farol del ángel y sin otra luz se metían a la cama con la ilusión de que, cerradas las puertas de la iglesia, el sacristán los había dejado dentro.

Ahora sentía que andaban caminando sobre el techo, eran pasos que se oían claramente en la limaolla, y el yeso de las molduras del cielo raso se desmoronaba sobre los muebles de la sala. Y se protegió la cabeza, como si las Piedras fueran a llegar a su escondite, acordándose también de su madre.

Me duele aquí —le había dicho señalándose el pecho mientras daba de comer guineos a los chocoyos reales en las jaulas de madera y fue escurriéndose hasta el suelo donde quedó de lado junto al pilar, su pequeña boca morada como en el acto de besar al aire para saludar al público al momento de terminar sus números de canto de aires operáticos en las veladas, sólo que pálida, sin esmalte que se ponía en la cara para aparecer sonrosadas a la luz de las candilejas y el mismo con que retocaba sus santos con lo que no podía sin embargo reír para recibir los aplausos, enfundada en su vestido de terciopelo verde tan pequeño como un pañuelo, su rosa de papel en el pecho y sus zapatillas de gamuza deformadas por el sol y la lluvia y había dejado la tijera con la que podaba los rosales para acercarse a ella y oírla en la tarde dorada suspirar por última vez en el jardín de la quinta a una legua del poblado.

Y así se quedó solo en la propiedad con su jardín de araucarias y canteros de jalacates, el traspatio sombrío con cipreses como un cementerio, las jaulas viejas y un palomar lleno de comején en lo alto de un chilamate, los rosales y las trinitarias, la casa con barandas y sus dos pisos perdida en la neblina de las madrugadas, el cafetal sombreado de platanares, al frente del huerto de naranjas, limas nísperos, limones dulces y guabas, hasta que llegó Avelino que venía de otro pueblo y también había perdido a su madre, lo acogió en su casa y vivieron juntos desde entonces, pasándola de lo que daba la venta de las flores y las frutas. A la semana llegó por ferrocarril el ángel de Avelino y en un carretón lo transportaron de la estación a la quinta.

—Regalémoslo a la iglesia —le había dicho cuando lo vio tan grande. Pero Avelino se resintió mucho porque era su único recuerdo y ya no insistió—.

—Me van a botar la casa —gritó desde su refugio—.

Entonces eran ya carreras sobre las tejas.

—Ideay, bájense de allí —volvió a gritar, pero ahora era peor, las tejas caían al patio en cascadas. Quieren entrar por el techo, pensó. Se van a descolgar al cielo raso y van a arrancar las tablillas. Tenían todo el barandal para subir, no era más que atar cuerdas a los postes y escalar. O tirarse de los árboles para caer dentro del corredor, la puerta de vidrio no tenía cerradura, sólo un pasador que podían quitar metiendo la mano por los vidrios quebrados. Pero acaso no lo sabían.

El derrumbe de las tejas continuó pero más lento.

—Bájense muchachos —suplicó—.

—No me gusta este asunto pero es mi deber dijo el comandante—. Han venido quejas de que ustedes andan e cuadros inmorales.

—¿Quién dice? —preguntó Septimio ofendido—.

—Bueno, quién no importa, pero allí dicen que ustedes viven juntos, que no salen de la quinta, cosas que no son de hombres. Yo sólo les advierto. Indecencia no permito yo en este pueblo, así que vayan con tiento.

—Capitán —dijo Septimio—, ésas serán calumnias, vea…

—No sé si serán o no serán, vaya yo a saber. Pero dense a respetar, jodido, ya están viejos. Usted, Septimio, podría ser bien mi padre.

Cuando salieron del cabildo la gente se había congregado enfrente para verlos y hasta las afueras del pueblo los siguió una pandilla de muchachos, gritándoles y amenazándolos. Esa misma noche fue la primera de asedio.

No sabía qué horas eran; tenía la boca amarga y estaba sediento, rendido. Tampoco cuánto tiempo había permanecido en la misma posición pero sí que eran horas de horas. Al rato todo cesó y oyó las voces que se alejaban. Así son siempre, ya parece que se van, pero vuelven y Avelino, qué le habrán hecho, tan débil que es, grande pero débil con su asma, no aguanta. Se entredurmió con el olor a berrinche en las narices y vigilado por todos los ángeles que había en la casa, los que comenzaron a amar desde que el de estatura natural y que pesaba un mundo había entrado con gran dificultad al dormitorio y a Dios gracias su madre los tenía desde antes por todos lados; los pilares de la cama remataban en cabezas de querubes y en el gran espejo de la sala el tema de la moldura eran dos ángeles besándose en la boca, y en las puertas de los roperos, en las paredes, pegaban calcomanías con ejércitos entre las nubes.

Los oyó volver y ya sabía qué estaba pasando: se orinaban en las begonias, las correntadas inundaban el jardín y Avelino afuera en el sereno, inválido; pensaba en Avelino librado a las manos de los asaltantes orinándose en las maceteras, en los baldes de regar que tuvieran compasión Avelino no resistía nada orinándose por turnos, Avelino. Tenía las manos dormidas y llenas de saliva porque se consolaba del sufrimiento mordiéndose pero la voz de Avelino lo trajo del entresueño, en una hora muy lejana que no pudo precisar.

Soy yo, Avelino, abríme —le hablaba desde abajo y oía su voz casi perdida-.

¿Quién anda allí? —le preguntó—.

Yo, abríme.

¿No me estarán engañando?

No, abríme para poder subir.
De nuevo Septimio caminó a gatas y llegó hasta la puerta es, la empujó suavemente y vio que estaba amaneciendo. Avelino, ¿qué te hiciste?

—Aquí abajo estoy, en el jardín, ¿qué no me ves?

'Septimio se puso de rodillas y se asomó por el barandal.

—Andá abríme.

—¿Ya se fueron?

—Sí, ya, ya van lejos.

Escasamente podía sostenerse en pie y atravesó la recámara, abrió la puerta y fue por toda la sala hasta la que cerraba la salida al final de la escalera. Abrió y ya Avelino estaba allí, como derribado y sangrándole la frente, nadándole en el cuerpo los grandes pantalones. Lo llevó a la mecedora y vio que tenía una herida sobre la ceja.

—¿Qué te saliste a hacer?

—Tenía hambre y fui a buscar qué comprar.

—¡Bárbaro, hasta el pueblo!

—Cuando regresaba los encontré en el camino. Desde allá me trajeron.

Lo había sentado con mucho cuidado y fue a buscar alcohol a las gavetas del chifonier, trajo una sábana que desgarró en tiras para hacer una venda y un aguamanil.

—No tenías nada que salir a hacer, Avelino.

—Tenía mucha hambre, no creí que me fuera a coger la tarde.

Septimio le limpió la cara bañada en sangre.

—¿Estás seguro que ya no vuelven?

—No, ya no. Se orinaron en las flores y se fueron. Hasta entonces me soltaron.

—Tenés una herida, no te movás. Hay veces que parece que se van, pero vuelven.

—No, hoy no porque ya está amaneciendo.

Quitó el aguamanil del pie de la mecedora y retiró el resto de la sábana que no iba a utilizar. Antes de vendarlo se puso los lentes para examinarle la herida.

—¿Te duele?

—Un mundo.

—¿Y qué es lo que te hicieron? —le preguntó mientras lo curaba—.

—Pues nada, herirme.

Septimio se quedó callado. Avelino se desabrochó la camisa, buscando a tientas los botones y el vientre le desbordo sobre la pretina del pantalón.

—Me pegaron una pedrada —le dijo llorando. La lámpara hacía visibles sus dientes de oro—.

—Te he dicho que nunca hay que salir, ya viste.

—Pero es que el hambre era horrible. Compré biscotelas y una lata de sardinas.

Cuando lo había vendado lo condujo por la sala y penetró con él al aposento para dejarlo en la cama. Avelino se llevó la mano a la frente mientras iba acostándose.

—Septimio.

-¿Qué?

—Me llevaron al monte, me arrastraron.

En la esquina el ángel estaba desnudo.

—Mañana hay que vestir al ángel, Avelino —dijo Septimio y se acostó—.

—Sí, mañana.

Le dolía terriblemente la cabeza y hablaba con los ojos cerrados.

—Me dijeron: no hablés si no querés morir.

—¿Y cómo son, Avelino?

—Sucios y crueles —respondió quedamente—.

La neblina invadió el aposento y en la cama Septimio era casi calvo; sobre la cabeza de Avelino parecía que habían vertido ceniza.
1967
(Charles Atlas también muere) 

El hallazgo

 Sergio Ramírez Mercado

— Amigó, ¿no le han dicho a Ud. que se parece en penca a G. P.? Él se sonrió de mala gana. No le gustó la comparación y apenas contestó.

— No, nunca me habían dicho... Y siguió limpiando los vasos del bar y acomodándolos en el estante.

—-Jodido, pero sí es exacto, ¿verdad que es exacto?

El tipo le examinaba minuciosamente y llamó a los demás parroquianos para constatar su dicho. Uno de ellos sacó sus anteojos y se los colocó con cuidado y al cabo de un rato todos afirmaban que sí era cierto, con sonrisas de descubrimiento, como si el fenómeno hubiera permanecido entre ellos durante tanto tiempo y hasta ahora alguien diera en el clavo. No había duda que el hombre era idéntico a G. P. Como si dos gotas de agua. Y a un mozo de bar a quien alguien una vez le dice así de pronto que entre él y G. P. no hay más diferencia que entre dos y par, necesariamente le pone en un problema. Algo tiene que hacer, alguna actitud tiene que tomar. Y él comenzó por hacerse el disgustado y por sonreír de mala gana.

—Jodido hombré, qué pierdo yo con parecerme a nadie. Al fin, la misma cosa es...

Pero en el bar aquél, después del gran descubrimiento, todos los visitantes asiduos fueron haciendo su parte, para reconstruir en el mozo de bar las formas de G. P. Así, uno le halló la enigmática sonrisa, otro los ademanes, el peinado, y sucesivamente fueron descubriendo en él las facciones, miradas, gestos, manera de caminar. Otro más osado encontró en él hasta el peso y la talla.

— Si no es G. P. en persona ¡que me caiga un rayo!

El tal G. P. comenzó a acosar al mozo y le veía hasta en el fondo de los vasos que limpiaba, al abrir las llaves de la cerveza, en las botellas, en la superficie de las bandejas, al volverse para el lado del espejo. Alguna vez le había visto actuar en una de sus películas, retratado en alguna revista, pero lo mismo que a Karl Malden o a Pedro Infante, sin ninguna especialidad. Simplemente le conocía. Pero la cosa es que ahora decían que él era exacto a G. P. y eso no era así nomás. Cada día los parroquianos lo acosaban más con el tal parecido y alguien le pidió hasta que sonriera para ver si era cierto.

Después, ya no sonreía de mala gana sino que se ponía rojo de vergüenza.

— Qué me voy a parecer, son ideas suyas amigo, déjese de cosas...

— ¡Pero si le digo que es cierto! ¿Quién le descubrió? ¡Este es un descubrimiento!

Cada tarde y cada noche muchos se acercaban a la barra sólo por verle y al retirarse se iban asintiendo entusiastamente con la cabeza. No había duda. Era el mismo actor en persona. Como recortado de las películas y puesto tras el mostrador. Y así las cosas, comenzaron a hacerle vivir— primero en forma pequeñita— su vida de G. P. Le comenzó como un gusanito tierno dentro de su yo. Los primeros síntomas los tuvo cuando al salir de su casa para el trabajo se quedaba grandes ratos frente al espejo observándose el rostro pulgada a pulgada, probándose tímidamente su nueva personalidad. Su G. P. se acentuó cuando temiendo ser visto se metía furtivamente a los cines que pasaban películas de G. P. Y estalló definitivamente cuando buscaba ansiosamente los programas de cine para encontrar cintas de G. P. Y coleccionaba sus fotos, revistas de cine que hablaran de él, usaba su peinado o sus peinados, estudiaba sus ademanes y ensayaba cada una de sus sonrisas. Algo complicado se le había formado por dentro, agarrado en todas las direcciones de su personalidad sencilla de antes.

Y detrás del mostrador pasó a ser, en cosa de poco tiempo, G.P. para los parroquianos por fuera y G. P. para él por dentro. Estaba embebido en el artista, hubiera sido capaz de asegurar (si alguien se lo hubiera preguntado) que sentía las propias pasiones de aquél, que vivía sus romances y hasta el color de los focos del set sobre su cara. Para que esto llegase a suceder fue preciso que los hombres del bar siguieran insistiendo sobre su asombroso parecido; que tuviera un espíritu muy dispuesto para aceptarlo (como una capa de harina fácil para toda huella espolvoreada sobre su alma) y que por supuesto, el sujeto en comparación fuera nada menos que G. P., galán y héroe de cine en infinidad de películas en inglés, con leyendas en castellano. Instruido abundantemente sobre su otro yo, sabía de cabo a rabo su vida y milagros. Sus afectos, costumbres, flores y perfumes preferidos, países que le subyugaban, tipos predilectos de vinos, mujeres y cervezas. Aprendió también su biografía — la que consideraba ya la suya propia— y tapizó su cuarto de fotografías del actor. Estudió su firma y supo de los libros que leía (pero no intentó leerlos nunca). Si alguna vez alguien ha sido víctima del culto a la personalidad, lo fue este mozo de bar (empujado obviamente por las circunstancias) o más bien víctima luego del culto a sí mismo, porque al cabo de algunos meses estaba plenamente convencido de que era G. P. en persona y comenzó a vivir tras el mostrador su nueva y excitante personalidad. Cuando algún cliente se acercaba, estaba seguro de que sonreiría y asentiría con la cabeza — ¡es cierto, se parece!—, y él estaba listo ya con sus mejores gestos y giros para hacerle comprender si no lo sabía o reafirmarle si dudaba, de que delante tenía nada menos que a G. P. en carne y hueso, con sonrisa y todo.

Estudiaba sus poses hasta en la manera de voltear la cabeza, en saludar. Afectaba su voz, sus ademanes y quizá por modestia no decía algunas frases en inglés de las que el actor pronunciaba en los momentos culminantes de las innumerables películas en que le había visto actuar después que fue realizado el trascendental descubrimiento.

— ¡Ni más ni menos, G. P.!

Y en la calle, juraba que era G. P. para todo el mundo. Saludaba y miraba con esa creencia aunque muchos no lo supieran y ni lo hubieran notado siquiera. Pero la cosa es que él estaba seguro de que pasaba encima de toda la gente con su aureola de G. P. en la cabeza y que el mundo entero iba a gritar:

— ¡Allí va G. P.!

En cada mirada, en cada gesto, encontraba que alguien acababa de descubrirle entre la multitud. Al dar la vuelta estaba seguro que se quedaban comentando su fenomenal parecido. El G. P. se le había aferrado dentro de sí, no para dar un G. P. actor de cine, sino un mozo de bar G. P., esto es, un hombre contento de su parecido afectado hasta la coronilla de la cabeza, pero por fuera siempre mozo de bar para los parroquianos, y G.P. tan sólo como una curiosidad.

— ¡Se parece a G. P., el artista!

Pero lo de adentro, sólo él fue capaz de vivirlo y de sentirlo, a su yo excitado y anhelante por el nuevo rostro que lucía y tratando de saltar hacia arriba como un auténtico G. P., de hacerse ver no como mozo de bar sino como algo excéntrico y luminoso. Gritándose por dentro: — ¡mírenme, yo soy G. P.!— como su vida misma y no como una simple curiosidad.

Y un día se halló con que (la expectación nunca es eterna ni mucho menos cuando se da un plato del día tan simple) las miradas de los parroquianos tuvieron que ir tornándose corrientes y usuales.

— Un whisky, joven.

Y total. Dejaron de llamarse en corrillos para mostrar a los otros al G. P. tras el mostrador y quizá hasta sus descubridores del principio dejaron de llegar al bar. Y el mozo empezó a morir por fuera como G. P. y eso fue lo más grave, porque él seguía siendo tan G. P. como antes, con su misma estatura y su misma sonrisa. Buscaba en las caras la mirada de examen, los golpes con el puño en la mesa de — ¡es cierto!— . Y fue hallando que todo iba olvidándose, cuando más necesitaba ser G. P. y ser G. P. para los demás. El espíritu contraído después del hallazgo le acechaba desde los vasos, en las botellas, en los espejos. Le punzaba por dentro, se le movía en el alma con incomodidad. Él era una resultante distinta; algo extraño que estaba allí definitivamente. Y el darse cuenta de que a nadie le importaba ya su cara de G. P., le hacía sentirse con un pedazo de sí arrancado dolorosamente. Se aferraba con desesperación a su complejo, como si éste pudiera hundirse para siempre. Constantemente buscaba en el rostro de alguien la expresión, el gesto, que le ayudara (digámoslo así) a vivir con tranquilidad. Un solo — ¡es cierto! ¡sí es idéntico!— le hubiera sacado a flote de nuevo, le hubiera hecho volver sobre si y ser de nuevo G. P. por dentro y por fuera. Ahora hasta su timidez habitual había sido apartada y hacía cosas inauditas porque le reconocieran de nuevo.

Es como cuando a mí me decían G. P.... decían que me parecía... ¿se acuerda usted?

Se insinuaba nerviosamente a los parroquianos mientras limpiaba el mostrador.

— Ajá...

Y el parroquiano seguía en su periódico, sin levantar la cabeza.

— ¡De cuando yo me parecía a G . P .! — decía, pero él sabía que aún se parecía y mucho ¡cómo no! Su rostro tenía las líneas de siempre, su voz era la misma. Y la esperanza de que de pronto todo el mundo resurgiera de su silencio y abandonara su indiferencia, mantenía ardiendo dentro de él la llama de G. P. A la hora menos pensada alguien iba a llegar con un — ¡de verdad, qué cosa más parecida!—. Tenía que ser así y no de otra manera. Cada serie de pisadas frente al mostrador era un nuevo descubridor en potencia, un tipo dispuesto a hacer ver a los demás que este muchacho del bar era una réplica de G. P., el actor de cine, sacado de los carteles a colores de la entrada de los teatros, de la escena más palpitante de la mejor de sus películas. Y en esto vivió mucho tiempo; mucho tiempo con su cara bien afeitada y el pelo glamorosamente peinado, esperando el par de palabras que iba a suspenderle hacia arriba.

— Amigó, perdone...

Una cara ansiosa, interrogante estaba frente al mostrador. Apoyado en la barra un hombrecito serio lo miraba fijamente. Se volvió hacia el tipo y desde lo profundo de sí, recogió todas sus fuerzas el más estudiado de sus ademanes, la mejor ensayada de sus sonrisas y afectó como nunca su voz:

— Diga usted...

El hombrecito desbarató una colilla de cigarro en el cenicero.

— Es que le estaba hallando parecido a alguien ahorita... a alguien...

Debajo del mostrador sacó un paquete de cigarrillos y ofreció uno al cliente. Tomó otro y lo encendió de la misma manera que G. P. en la cinta aquella que fuma cigarro tras cigarro en una mesa de juego.

— ¿Sí...? ¿A quién?

— No, no es nada... me pareció, pero creo que estaba confundido... perdone...

Del brazo tomó al parroquiano cuando se iba.

— Diga, amigo, diga... ¿a quién?

El hombrecito se metió la gorra hasta la frente y sonrió.

— A un buen amigo que conocí en Guatemala hace como siete años, también en un bar, de mozo. No lo volví a ver desde entonces. Él era un gran tipo... Adiós.

El hombrecito dio la vuelta y con la mirada lo siguió hasta la acera de enfrente. Con estirado ademán metió el limpiador en los vasos y sólo se oía el ruido al irlos colocando. En el fondo de su alma estaba su desdichado G . P. y con dolor sentía cómo ahora sí se iba hundiendo y hundiendo sin remedio.

Eso sintió, perder su fulgurante réplica de Gregory Peck. Porque por un viejo amigo de siete años atrás conocido en un cochino bar como éste, no iba a ponerse a llorar.

Detrás del mostrador, lució por última vez su amarga sonrisa de film. 

Tumulto

Sergio Ramírez Mercado

Un hombre llegó corriendo y gritando, se abrazó desesperadamente a un poste de luz eléctrica y allí se quedó sollozando. Primero se acercó corriendo un lustrador desnutrido y sucio, que arrastró hasta allí su caja de lustrar y un muchacho vendedor de lotería, con una gorra propaganda de la harina Gold-Medal. El hombre seguía agarrado al poste y se apretaba más contra él. Estaba arrodillado y restregaba su cara contra un anuncio pegado allí. Todo el poste estaba lleno de anuncios. “Próximo estreno” “Próximo estreno” “Próximo estreno”. Una mujer dejó su canasta en el quicio de una puerta y corrió hasta donde estaba el hombre desesperado gritando. Un muchacho que repartía granos empacados dejo su motoneta parqueada entre un Plymouth 53 y un microbús Volkswagen y se dirigió para el grupo que se iba poblando rápidamente, y detrás de él, un chino recién bañado y vestido de blanco que iba a abrir su negocio, se detuvo allí también. Y el chofer de una camioneta de la ruta Managua-Carazo se bajó de su aparato y se fue también para la esquina. El hombre ahora gritaba más desesperadamente y temblaba. Llego un policía de los que cuidan por el mercado, lo agarro de un brazo pero el hombre no se movía. Gritaba más. Ya no eran seis o siete los que rodeaban al hombre. Poco a poco se habían arrimado allí, un viejo en una bicicleta, un mecánico que iba a su taller, una mujer de compras, dos cargadores de sacos, una señora con una canasta de cebollas, tomates y chiltomas, un agente de seguridad, un carretonero, un locutor de una camioneta de propaganda, el farmacéutico de la esquina, sus empleados. Una mujer abrió su balcón y después salió su marido en camisola. Ya había decenas de personas. Y no era solo el hombre el que gritaba. Todos hablaban, gritaban, gesticulaban, se empujaban, se empinaban, pero casi nadie veía nada porque el hombre estaba arrodillado, gritando y sollozando, y de repente le daban arranques de miedo y se aferraba más al poste y temblaba como u viera frio. Y siguió llegando gente. Mas lustradores y voceadores. Un señor elegante paro su automóvil negro de cuatro focos delanteros y saco la cabeza por la ventanilla para darse cuenta de lo que pasaba, pero cuando quiso seguir ya no pudo porque todos los trastes de adelante estaban paralizados por el gentío, y todos pitaban, los choferes vociferaban y daban golpes en sus timones, pero lo único que hacían era volver más grande la bulla. A las dos y tres cuadras la gente se salió a sus puertas; un padre de familia le prohibió a su hijo acercarse al tumulto. Una señora se salió a su puerta a comentar el asunto con su sirvienta e hicieron algunas conjeturas; al principio creyeron que se trataba de algún ladrón perseguido por la autoridad, después pensaron que tal vez era algún muerto el que había allí en medio de tanta gente, algún terrorista capturado in fraganti o algún pleito de mujeres del mercado, o tal vez algún choque. Pero la vecina, haciendo visera con las manos, las saco de su error y les dijo que solo era un pleito de dos muchachos hijos de las mercaderas que disputaban por alguna cosa y que a uno de ellos le habían roto la camisa, que se habían roto las narices y les dio muchos detalles más llenos de minuciosidades. Pero la gente seguía llegando, llegaban de algunas cuadras más retiradas. Hombres sacados de sus siestas del medio día, mujeres con chinelas y con rollos para el pelo en la cabeza, barberos que abandonaron sus sillas pero no a sus clientes porque estos les siguieron también, un comerciante de frijoles y cacao que cerró las puertas de su negocio, una mujer vendedora de refrescos en un puesto ambulante y que se lo confió por unos momentos a su amiga que comerciaba en fajas, pulseras de reloj, dijes, cadenitas, chapitas, carteras de plástico, anteojos ahumados y cortauñas.

El hombre se quedó silencioso de repente, pero no se soltó del poste. El circulo alrededor de él se iba reduciendo poco a poco, y los que ocupaban la primera fila le miraban atentamente, casi fijamente, y daban informes a los que estaban atrás porque en realidad eran pocos los que podía ver al hombre que sudaba intensamente y ahora solo sollozaba en voz baja. Cuando cesaron los gritos masa compacta se fue aflojando y se hicieron grupos en las puertas de las tiendas de comercio, en las esquinas, y en media calle. Ahora llegaron tres policías, uno de ellos el mismo de la vez anterior,  y fue entonces que pudieron andar otra vez los carros, y el alboroto se hizo menos intenso, y el hombre que comerciaba en frijoles volvió a abrir su negocio, la mujer regreso a su refresquería, el ama de casa regreso con sus chinelas, el barbero y su cliente también regresaron, pero el chofer del microbús y el muchacho de la motoneta, el chino que iba a abrir su venta y decenas de personas más, quedaron solidarios con la curiosidad haciendo miles de conjeturas y cientos de comentarios.

De repente el hombre dio un alarido doloroso, largo y ancho como si le hubieran pegado un latigazo, y entonces la gente empezó a correr de nuevo. Se volvió a parar el tráfico, subió el calor del medio día, la gente se apiño, levanto las cabezas, el barbero ya no quiso volverse pero su cliente si, el ama de casa corrió hacia la esquina y se oía un rumor intenso que venía desde el centro del asunto —el poste de luz— y que se iba extendiendo por toda la esquina, más y más, por las cuadras, hasta llegar a los grupos que no estaban en la enorme masa apretada, pero que comentaban aparte con una ansiedad tremenda.

En las aceras se habían enfilado colegiales confundidos entre la gente con sus libros y cuadernos, valijas y cartapacios. Un jovencito encontró allí la oportunidad perfecta para dirigir por vez primera la palabra, a la muchacha estudiante de mecanografía. La gran familia de los espectadores es unida. Todos estaban allí,  vinculados por la ansiedad, consiguiendo la satisfacción que da en estos casos el poder comentar el asunto con el vecino, o con un desconocido si es necesario.

De largo se oyó el pito agudo de una ambulancia e instintivamente la gente se apartó e hizo valla en medio de la calle y muchas ancianas fueron empujadas sobre las aceras, varios hombres apretujados contra las paredes, pero la ambulancia no pudo pasar. Había una fila enorme de carros, camiones, jeeps, camionetas. A unos les era imposible moverse y otros simplemente no querían hacerlo para no perderse el espectáculo. La ambulancia se quedó, pues, allí, detrás de un camión cargado de cerdos, un taxi, una camioneta pick-up, un bus urbano, dos automóviles placa oficial, un jeep con un trailer lleno de pichingas y otro taxi en el cual iba un sacerdote sonriente y una anciana —seguramente beata— que sonreía también.

Un cargador agarro su canasta llena de naranjas y poniendo en tensión todos sus músculos la subió a un camión.

—! Que gente más chocha! !Un borracho y tanto escándalo por eso...!

—Ese debe ser algún loco que se salió del manicomio. Por eso viene la ambulancia...

La mujer que así dijo se agacho para sacar agua de un balde y lavar los vasos de su refresquería al aire libre.

—Alguno que anda con los diablos azules y está viendo visiones...

Apoyado en su bicicleta un joven de lentes obscuros y camisa de colores, hizo la observación.

—Ese es hechizo, no se cura así nomas.

Lo anterior fue dicho por un señor de sombrero obscuro de fieltro, con un cartapacio café de viejo cuero. Cualquiera hubiera dicho que era un curandero de pueblo que tomaría el bus de las 2:30 para dirigirse a Teustepe o Diriomo, o tal vez habitante del mismo Managua, en el barrio con toda la solemnidad precisa para sus prácticas.

—A lo mejor es algún ladrón...

Todos los comentarios venían de cualquier lado, de cualquier parte del tumulto, y el rumor seguía creciendo. Tenía ya una hora veinte minutos el alboroto y el sol estaba enormemente caliente, y el pavimento también hirviendo y el tumulto siempre compacto y el hombre siempre gritando, y los policías sin poderlo soltar del poste donde estaba aferrado desde el comienzo.

Las campanillas de los vendedores de esquimos y sorbetes estaban sonando, algunas mujeres empezaron a ofrecer sus refrescos, sus raspados, sus rosquillas. Los vendedores de plumas fuentes baratas con las manos levantadas se metieron entre la gente. No había decisiones. Todo mundo estaba confundido y feliz.

De pronto el hombre se levantó. Se sacudió la camisa, el pantalón. Empezó a mirar a la gente de pies a cabeza y sin quitarles la vista encendió un cigarrillo con una gran lentitud. Todos comenzaron a hacerse para atrás y los de primera fila se sintieron confundidos, y un anciano que había estado todo el tiempo allí se abrió paso y azorado comenzó a salir del molote. El hombre adoptó un aire de dignidad mientras se prensaba la camisa y se pasaba un peine por el pelo. Se secó suavemente el sudor. Empezó a caminar para la calle y la gente se iba apartando precipitadamente. Levantó la mano y pidió un taxi. Abrió la portezuela de adelante y cayó pesadamente. La fila empezó a caminar y se oían los pitos a lo largo de la calle. Cuando el taxi en que iba el hombre empezó a moverse, saco la cabeza por la ventanilla y miro a la gente con desprecio. Después grito con todas sus fuerzas.

—Locos, locos.

Se acomodó de nuevo y cuando el taxi iba a dar vuelta a la esquina volvió a sacar la cabeza.

— !Locos!

El rumor creció mas, como un ventarrón que empieza a levantarse y cierra de golpe las ventanas y bota las escobas y se lleva la ropa de los alambres y despeina a las mujeres. 

Son de pascuas

Sergio Ramírez Mercado

La muchacha olía a polvo barato y le sudaban las manos cuando entró desesperada a la oficina de teléfonos en donde el telefonista bostezaba largamente en su taburete de cuero de tambor con las patas más altas que los taburetes normales. Su aparato era como un gran reclinatorio y de atrás salía una serie infinita de hilos delgaditos de todos colores en una sola trenza y de vez en cuando se oía el rrrrrr por unas tapitas que tenía la caja.

—Me da con el Comando de Santa Teresa —dijo la mujer inclinándose sobre la baranda que dividía al telefonista del público. Le dio vuelta a la manigueta medio sonámbulo y empezó a pedir con Santa Teresa:

—Aló Santa Teresa, Santa Teresa haló... Haló, compadré, qué tal de Nochebuena, y el pase, ¿ya salió?... Ahhhh... no se pique mañana 25 que tiene franco... ah... jaaa, jaaaa... vea, déme allí con el Comando, bueno, bueno, bueno... allí está el Comando niñá, andá hablá allá a la pared...

Dejó enchufado el chunche y se salió a la puerta de la oficina que quedaba en la calle real en una casa alta con unas cuatro gradas de piedra pegadita al telégrafo y al correo y al otro lado el cuartel G. N. Más arriba de los techos y de los palos de coco el cielo de diciembre estaba completamente encendido y un friíto helaba la nariz, los pies y las costillas, y la camisa del telefonista por fuera se movía sobre su vientre mientras recostado en el marco de la puerta sonreía en un éxtasis de nochebuena, oyendo el tronar de los cohetes a lo largo, las músicas, los voceríos.

La muchacha se estaba comunicando con el Comando de Santa Teresa desde el teléfono de la pared y hablaba empinándose para alcanzar el aparato mientras con una mano sostenía sobre su oreja el escuchador.

—Vea, por favor me llama al raso Gutiérrez que aquí le habla su esposa dígamele, holaaá, ah... ve Miguel te hablé porque la niña se está muriendo... ah, ¿qué? ¡Sí, muriendo.

Esto último lo dijo ya gritando para hacerse oír y el telefonista la miró de reojo mientras se estiraba en el escaño de la oficina.

—Que se está muriendo, sí... el doctor dice que es crup... ¿ah? Crup, crup... Ah, no, yo te aviso porque es mi obligación, si yo ya sé que no te importo, pero es por tu hija... holá... sí, está grave, grave, grave.

Lo dijo como una sentencia cortada en cada palabra y gesticulando con la mano que le quedaba libre.

La voz de la muchacha se iba por el hilo del teléfono, cruzando la Nochebuena de los pueblos del sur, arriba de los cafetales de Masatepe y San Marcos, por entre las palmeras, los naranjos, los limoneros, los palos de mango, los chagüites, en la espesura de maderos, chilamates, ojoches, tigüilotes, guachipilines, a la orilla de los cementerios llenos de begonias, jalacates, milflores, lirios del valle, arriba del zacatito tierno, los caminos carreteros, las luces de los caseríos, los alambrados, hasta Santa Teresa, desde donde la voz del marido borracho le llegaba cortada. Ella le hablaba con desesperación, con un llanto rabioso reprimido. Era mujer probada, valiente, decidida y si no que lo dijera aquel trapecio en lo alto de las varas de la maroma en donde hacía sus pruebas mortales, el balancín de la muerte, el paso de Satanás. Pero ahora lo llamaba porque era su hija y no para que lo hiciera por ella sino por la niña que se moría, allá en la carpa del Circo Rosita, con espectáculos bajo la luna, “quince artistas de fama internacional, cuatro graciosos payasos, trapecistas, equilibristas, malabaristas, monos, cabros amaestrados, ilusionistas, en su recorrido triunfal por Centro y Suramérica...”

La gran Melania, estrella del trapecio de la maroma, sollzaba ahora pegada al teléfono llamando a su marido, Guardia Nacional acantonado en Santa Teresa.

—Ve, por última vez te digo... ¿vas a venir o no? Si es tu obligación y estás franco mañana, te espero... pero ¿por qué? ¿Que no es tu hija?

Bajo las estrellas de Navidad por la calle real venía el pase del niño Jesús, con olores de incienso y reseda, entre las lámparas de gasolina, la música bullanguera, los pastores, los cantos, la ternura del pueblo caminando a pasos lentos mientras los cohetes reventando. El telefonista se salió otra vez a asomarse y cruzó los brazos sonriente.

—Por última vez... ¿venís o no? ¿Querés hallarla muerta?... Si a mí nunca me has dado nada, pero es  tu hija aunque no querrás... y está gravísima, gravísima...

La gran Melania tenía ahora una vena repintada a un lado del cuello como cuando iba a lanzarse en el pase de la muerte aplaudido en la Concha, en San Juan, en Niquinohomo, en Santa Teresa, bajo la luz de las lámparas tubulares y los candiles, y que anunciaban en grandes letras los carteles de la maroma.

Por la puerta de la oficina entraba el son de pascuas. Llegó corriendo la hija mayor de la mujer rechinando sus zapatos nuevos.

—Que ya murió, mamá, que se vaya, ya murió la niña... La mujer oyó a su hija pero se quedó un ratito más sin decir nada, con el aparato en la oreja y siempre empinándose. Después lo soltó y el chunche se quedó balanceando en el aire cernido que pasaba por la oficina.

—Son uno veinte —dijo el telefonista y desconectó la clavija.

Diciembre de 1963

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...