lunes, 7 de marzo de 2022

Los graneros del Rey

Sergio Ramírez Mercado

A pesar de que en las entrevistas de prensa y en los boletines oficiales del gobierno de S. M. se decía siempre con mucha seguridad que la prosperidad del país aumentaba cada día; aseveración probada repetidas veces con las cifras de la producción agrícola, con los altos índices industriales, todo debido a los métodos técnicos empleados, al interés de los funcionarios de estado y a la hábil dirección de S. M., el pueblo, inexplicablemente padecía hambre y sufrimiento y como consecuencia, desnutrición, muerte, enfermedades endémicas. Pero la producción era alta, no había deuda exterior y según los boletines y reportes estadísticos “una gran facilidad para conseguir productos de consumo, a bajos costos”.

El país tenía grandes fábricas: de cemento, de papel, de zapatos, de botellas, de cristales, de jabón, de ropa, de azúcar, de alimentos enlatados, de sacos de henequén, de mecates, de muebles, de telas, de medicinas. Había grandes granjas especializadas en avicultura, ganadería, sementales, fincas para el cultivo de toda especie de granos y plantas. Y hasta aquí es tremendamente inexplicable cómo un pueblo empobrecido podía tener en su territorio tantas excelencias industriales y agrícolas. Y sobre todo, su geografía maravillosa, con grandes campos irrigados por ríos y lagos, un clima propicio para sembrar y cosechar y una voluntad asombrosa de los obreros y campesinos para producir.

Pero sucede que fábricas, granjas y graneros pertenecían al Rey.

S.M. controlaba la producción y las grandes exportaciones. Exportaba sus productos en sus barcos, aviones, camiones, ferrocarriles internacionales. Metía sus semillas y granos en los sacos que compraba en sus propias fábricas, utilizaba los tractores, despulpadoras segadoras que compraba a sus propias casa de importación, construía con su cemento, con la piedra de sus canteras; llenaba con sus mecates sus sacos de exportación y la energía para todo era producida por su gran planta hidroeléctrica y la gente bebía su agua en los vasos de sus cristalerías y sus refrescos con el hielo que él producía.

Y después de exportar y de vender a magníficos precios en los mercados internacionales, controlándolo todo a través de su Banco, los excedentes de la producción iban a los graneros y a los depósitos reales, para ser sacados luego poco a poco a las tiendas, almacenes y pulperías del Rey.

Vendidos a altos precios cuando subía los salarios y un poquito más barato cuando por “urgencia nacional" rebajaba los salarios. Especulando, provocaba carestía de todo, la que él aliviaba benévolamente sacando al mercado un poco de sus productos, de su harina, de su maíz, de sus frijoles, de su aceite, de sus telas, de su hilo, de su leche, de su carne, lo que el pueblo compraba a como él se lo vendía, con los salarios que él pagaba.

Y es así que se explica cómo un país productor de primera línea, colocado en alto lugar para los mercados internacionales, tuviera una población tan depauperada. Allí sólo poseía S. M. y la gran familia real.

Los Ministros de estado, empleados de palacio, cortesanos, propagandistas, heraldos, conserjes, porteros reales. Una argolla dura cerraba el paso hacia la riqueza. S. M. tenía la llave.

Y la seguridad interior del Reino era cierta e indiscutible. Porque también sus soldados comían y vestían de la mejor manera. Gran número de soldados ágiles, fuertes, disciplinados, armados hasta los dientes, entrenados para matar sin ser muertos. Su ejército era paseado por las calles los días de los cumpleaños de su S. M. el Rey, de S. M. la Reina, en el de la madre del Rey o el padre de la Reina, en las fiestas de la patria, en el día de la producción nacional. Cientos de aviones manchaban el cielo, las avenidas y parques se estremecían con el paso de los tanques, los cañones, y era impresionante ver a los batallones marchando en un solo cuerpo y a un solo paso, las bandas musicales, las banderas, los estandartes con los escudos reales, y al pueblo en las aceras llenando el aire de vítores.

Porque no se crea que el pueblo no lanzaba vítores al aire, ni vivaban al Rey. No. El pueblo amaba a su Rey entrañablemente y el gran amor para S. M. venía de allí mismo: de los ciento de aviones y tanques y cañones y ametralladoras y rifles y granadas y bazookas pasando y pasando.

Y cuando la gente regresaba a su casa iba a comer las hogazas duras de pan en sus platos de barro. En la lejanía brillaban las luces de los graneros del Rey y los hombres dormían inquietados por sueños en los que se veían retozando con sus mujeres, madres e hijos en las toneladas de trigo y maíz, acarreándolo todo hasta sus casas, en enormes vagones, camiones, llenando sacos y almacenándolos. Pero eso era sólo en los sueños, porque cada cinco de la mañana una enorme sirena comenzaba a aullar recordando a los hombres la hora de comenzar a producir para S. M. y para los índices oficiales de la prosperidad nacional. No había hombres sin trabajo ni trabajo sin hombres. La industrialización era total y definitiva. Miles de chimeneas se levantaban por doquiera y el humo ennegrecía el cielo en los sectores industriales. Y no sólo eso. La prosperidad había dado también una linda ciudad maravillosamente adornada con estatuas de S. M. del Rey, de S. M. la Reina, etc. Con parques, jardines, calles amplísimas, bulevares, avenidas, paseos, teatros, estadios. En todo estaba S. M. aliviando “las grandes necesidades” porque él lo podía todo.

Las noches de la gran ciudad capital del reino eran de silencio. Los hombres iban a dormir muy temprano para estar listos para las grandes faenas del día siguiente. En las avenidas y calles vacías sólo se oía el paso de los soldados haciendo cambios de guardia y el ruido de los camiones llevando a los soldados en sus cambios.

Pero el Rey mantenía su oído en el pueblo. Él sabía que algo podía pasar de pronto y no quitaba su oreja del latido del corazón de los hombres que dormían desde temprano. Y sus guardias hacían estrecha vigilancia. Desde los torreones, en las esquinas, en la obscuridad, las ametralladoras estaban listas, desafiantes, vigilando el sueño de S. M. que no podía dormir.

Y hubo un día en que el pueblo no tuvo qué comer y el pan subió de precio y el aceite y los vestidos y la carne. Superprodujo el rey y despidió a cientos de obreros, cerró fábricas. Y primero los hombres se volvieron a sus casa y con los codos sobre la mesa hundieron sus cabezas, las mujeres sostenían el llanto de sus niños, las ancianas permanecían en silencio. Bajo la gloria del Rey el pueblo sufría. Bajo el peso de su augusta corona el hambre ascendía y daba vuelta en espirales.

El pueblo tímido, medroso, comenzó a volver por su estómago, sin violencia, sin rencor; sobre la mesa de trabajo de S. M. comenzaron a llover pequeñas misivas, en sus teléfonos repicaron luego cortas llamadas, delicadas voces que pedían hablar con algún empleado de S. M.

Y el Rey comenzó a oír las cartas que sus secretarios iban leyendo:

“Grandísima Majestad: Sucede —y S. E. debe perdonarnos— que hoy no hubo pan, pues los salarios no dieron para ello. Aunque es una cosa tan insignificante, nosotros le rogaríamos que si S. E. pudiera hacer algo...”

“Dignísimo Señor: Sentimos tener que molestarle pero no tenemos qué comer porque fuimos despedidos de la fábrica y como nuestro hijo está enfermo le suplicamos...”

“Señor Rey Nuestro: Como S. E. todo lo puede ¿no sería posible un poco de pan? Por algo de lo que V. M. no es culpable no podemos conseguirlo, ¿se podría?”

Pequeños papelitos arrugados, escritos en tintas violetas con temblorosas letras. Y las cortas llamadas telefónicas repetían lo mismo. Pero nadie ponía su nombre en las cartas, nadie lo decía en las llamadas.

Y S. M. el Rey por uno de esos rasgos de gran bondad y dulzura que tienen todos los grandes hombres de la historia de la humanidad, cedió a la dulce presión del pueblo y un día domingo por la mañana los graneros del Rey fueron abiertos y el pueblo fue invitado a recoger el trigo, el maíz, la avena (abiertos hasta cierta medida). En las plazas se regalaron espejos, telas, juguetes para los niños, retratos del Rey, medicinas, peines, jabones. Se volcaron toneles de vino y cerveza y de los hornos reales salía el pan humeante en asombrosas cantidades, las orquestas del Rey tocaban en los paseos, en los parques, el pueblo bailó hasta la madrugada, se embriagó, los hombres llevaron esa noche manzanas, bistecs y puré de papa a sus amantes, con las que durmieron hasta que la gran sirena comenzó a sonar al amanecer. Las amas de casa almacenaron un tanto los alimentos regalados por la infinita bondad del Rey, los hombres guardaron vino, los niños dulces y caramelos.

Y al día siguiente la prensa internacional recogía en grandes letras el asombroso gesto, inusitado en la historia de los tiempos modernos, no hecho por ningún país. Y en los días sucesivos el Rey podía dormir tranquilo, se rebajó considerablemente la guardia del palacio, se quitaron soldados de los torreones, de los callejones. El pueblo dormía feliz y los hombres procreaban con más libertad en sus lechos, soñando con futuros gestos del Rey pues en su gran corazón todo era posible.

Y con mayores cosas soñaban. Su asombro iba de sueño en sueño y así pasaron las noches y los días de trabajo fueron de esperanza, mientras la producción nacional ascendía considerablemente y más trigo y más productos de exportación eran almacenados y los barcos zarpaban de los puertos con más toneladas de azúcar y de harina.

Pero el hambre no murió allí con las excelencias y regalos de S. M. El Rey tenía que regular su competencia internacional, ajustar los salarios y controlar la superproducción, lo que trajo un paro forzoso desproporcionado, que dejó a miles sin trabajo. Como un aceitoso vaho volvió el hambre a caer sobre las plazas, en los techos de las casas, en las almas de los hombres, en el estómago de los niños. Entonces el Rey volvió a perder su sueño y redobló o cuadruplicó su guardia. Temía por la seguridad de su Reino y la grandeza de su corona. Los soldados marchaban por las calles en batallones, con sus bayonetas caladas. A la media noche los coches células se detenían en las esquinas, espiaban los agentes secretos por las hendijas de las puertas, los obreros eran registrados minuciosamente en las fábricas, los aviones volaban sobre los campos a ras de los árboles. Y el Rey no dormía, temía. Se veía asediado por el pueblo furioso, quebrando los cristales de las ventanas del palacio, rompiendo las puertas, incendiando sus fábricas, penetrando en sus graneros, saqueándolo todo. “Todo tiene su límite —pensaba— la paciencia de estos hombres va a llegar a su fin”. Y enviaba más soldados a las calles, ordenaba tener listos tanques y aviones para reprimir la subversión.

Pero cómo se equivocaba el Rey. En sus casas, los hombres dormían tranquilos. Sus mujeres, madres y amantes dormían también y ni los sueños les perturbaban. Pensaban en la inmensa bondad del Rey quien todo lo podía y esperaban que cualquier domingo los graneros abrirían de nuevo y correría el trigo por las calles como la dichosa pasada vez y entonces saciarían su hambre, en los telares de S. M. cubrirían su desnudez.
Y mientras los soldaos cruzaban por sus puertas golpeando sus pesados rifles contra el asfalto, ellos soñaban con la bondad del Rey y le amaban entrañablemente.

Un domingo será —se decían—

—O en el día de su cumpleaños —musitaba la esposa sonriendo—.
—Ah, él tan bondadoso...

Y al amarle, sentían que amaban también la gloria del país colocado en la primera línea de la producción internacional.

Nos vemos

Rodrigo Peñalba Franco

Esta mañana, luego de abrocharme mi camisa manga larga y ponerme el saco, listo para trabajar en la oficina, decidí cortarme los pulsos.

Ya lo venía pensando. Por eso primero me vestí, para que no me costara ponerme la ropa con las muñecas cortadas. Tomé el cuchillo de filetes y pensé si sería mejor cortarme las dos muñecas o nada más una. Pensé que si me cortaba nada más una muñeca podría realizar otras cosas, como conducir o escribir algún cheque. Así que escogí cortarme en mi mano izquierda, más o menos a la misma altura en la que uso mi reloj. Además, yo era más diestro cortando con la derecha.

Dejé el cuchillo junto al plato de cereal que desayuno cada mañana, me bebí un jugo de naranja y apagué el televisor con el control remoto. Estaba viendo primero las noticias, pero me aburrí y cambié al canal de deportes que estaba repitiendo el partido de fútbol de ayer.

Tomé las llaves, cerré la puerta de mi casa y me dirigí a mi carro. Era un modelo de hace tres años. Ya era tiempo de venderlo. Tomé la puerta con la mano izquierda, pero obviamente me dolió mucho, llevaba cortadas las venas. Me tomé el brazo ya entumecido, lo aparté y abrí el carro con la mano derecha.

Prendí el carro, puse primera, me despedí del jardinero y salí. Mi esposa todavía estaba dormida. Apoyé mi brazo herido en la ventana abierta.

Primera segunda tercera cuarta semáforo primera. El tráfico está horrible esta mañana. Ya son las ocho y cuarenta. Mi jefe me va a matar. Tengo que marcar tarjeta, y lo peor es que la oficina del gerente de personal tiene vista hacia la vía de entrada de personal. Si me llama, bueno, ya inventaré alguna mentira.

En el semáforo de ENEL compré los periódicos del día. Ya se me había hecho costumbre, aunque solo los ojeara para ver si había algún título fuera de la común, es decir, alguna buena noticia.

Conducir y leer el periódico no es muy fácil, tampoco recomendable. Con el brazo izquierdo apoyaba mi lectura y con el derecho cambiaba página. La tarea se complicaba con la sangre corriéndose y manchando el papel. La tinta se corría y las fotos tomaban un color rojo filtrado. No tardó en hacerse una masa pegajosa de papel empapado. Lo aparté, no vaya a ser me manche el traje. Apenas anteayer lo traje de la tintorería. Ahora mandar un traje a la tintorería es un lujo. Uno trabaja duro, pero este país no te da condiciones.

Por fin llegué al trabajo. No se ve el carro del gerente. Que bueno. Me bajé tranquilo, chapoteando todo el rojo del charco en el carro. Me pasé un pañuelo de seda, mi favorito, para limpiarme los zapatos. Este me lo regalaron el día de mi boda. Venía con un conjunto de saco, pantalón y camisa, y un chaleco también. Pero fue el pañuelo lo que más me gustó.

Pasé marcando tarjeta, pero la tomé con la izquierda, así que las últimas gotas de sangre la mancharon y no quedó legible la hora de entrada. “Mierda, ahora el gerente me descuenta el día como si no hubiera venido a trabajar. Mínimo me quita lo del papeleo de una nueva tarjeta de entrada.”

Llegué a mi oficina, recogí los memorandos del día y me cerré con llave la puerta. Prendí la batería de la PC, el CPU y
el monitor. Cargué Windows, introduje la contraseña. Revisé mi mail, borré el correo chatarra y morí sobre el tecladoooooooooooo.

El tallo de la rosa

Rodrigo Peñalba Franco

Tres espinas en el tallo y una combinación de líneas rojas componían el diseño en su muslo. El tatuaje dibujado con trazo fino se escondía entre faldas de colegiala. En el cuello el crucifijo, el cuello de Lissette. Mantener las apariencias es importante dentro de un colegio de monjas. Con el tiempo se mejora en este arte. Los secretos jamás son revelados, pero el tenerlos coerce el acto vengativo. Son escudos, chantajes, medios de protección. Pero los secretos si no son usados se pudren y regresan hacia nosotros como veneno de nuestra propia naturaleza. La hermana Josefina por ejemplo, salía de su habitación todas las noches, bajaba las escaleras y cruzaba el patio hacia el pabellón de los varones. La imaginación puede adelantar la descripción de lo que pasaba en esos cuartos a tales horas, pero algunos detalles pueden ser enumerados para hacer más interesante la narración. La Hermana Josefina debía vigilar por el sigilo nocturno del pabellón de las mujeres. Cada hora salía de su cuarto y sus tacones de mediana altura iban y venían sobre los pasillos del segundo piso comprobando, según decía ella, la seguridad; comprobando, según se demostraba, que no le siguieran el sonido de sus tacones bajando al primer piso, dar 17 pasos sobre ladrillo y empezar a caminar sobre grama hasta el otro pabellón. Pero la historia en los dormitorios de varones estaba lejos de ser cualquier fantasía. Los 74 años de edad de la Hermana metidos entre las piernas del alumno favorito de cada noche generaban una gran cantidad de imágenes y sonidos que hemos de evitar en este momento por el beneficio de usted, apreciado lector. Lissette tenía buen oído, y cuando los tacones de la Hermana podían ser escuchados sobre el piso del pabellón contrario, abandonaba su cama y sin hacer ruido caminaba descalza hasta el cuarto de otra compañera, Virginia. Una botella de vino santificado hurtada de la capilla durante los turnos de limpieza sazonaban las horas que pasaban juntas. Horas intelectual y físicamente muy productivas sería una forma de ponerlo. Lecturas diversas, digamos, Sade, Lautreamont, Artaud, Rimbaud. Estudios varios, para decir algunos, de cábala, esoterismo de diversas fuentes, y por supuesto, erotismo, mil y una maneras de explotar los cuerpos de ambas. Pequeña comunidad radical, cercana a los aquelarres y bacanales, más o menos así se describían estas dos amigas. Hasta de un crucifijo lograron idear un temporal de pasiones. Era un crucifijo relativamente grande, de varias pulgadas de alto, sin imagen de Jesús Cristo, mandado a hacer especialmente. Sus partes eran cilíndricas y de puntas redondeadas para facilitar el uso. “El tallo de la rosa” tenía por nombre, y en honor al mismo Lissette se tatuó el muslo con una rosa. Mientras Virginia y Lissette cultivaban mutuos jardines, en el resto del instituto las cosas no iban de ningún modo hacia el bien, más bien hacia el mal.

El imperio de la imagen empezaba a gobernar apenas el sol diera primeros tientos por el horizonte. Virginia organizaba los grupos de oración en la capilla. Las rondas de limpieza quedaban a cargo de Lissete, pero en ningún momento cruzaban palabras entre si. La Hermana Josefina se retiraba durante la mañana a su cuarto. Por las tardes su ocupación eran las clases de latín, griego, y gramática castellana. Los varones, al otro lado del patio, tenían sus propios problemas.

Una noche “El tallo de la rosa” desapareció. Lissette revolvió todo su cuarto pero el tallo no estaba, parecía haber sido extraído del cajón en que le guardaba. No podía salir de su cuarto en ese momento. Espero a la madrugada por las tres rondas de la Hermana y apenas le oyó poner pies sobre la escalera se dirigió al cuarto de Virginia. Entro sin tocar pero no estaba Virginia. Regresó al pasillo y sobre la baranda pudo ver a la Hermana Josefina llevando la cruz. “¡Como quisiera crucificarla!”, pensó Lissette. A prudencial distancia empezó a seguirla. Esa noche no había luna y la figura negra del hábito monacal de la Hermana apenas se distinguía, silueta más oscura que la noche misma. Lissette le perdió de vista pero el rechinar de una puerta le aviso que había sido engañada. Buscó rápidamente con la vista y descubrió a la Hermana Josefina entrando a su cuarto, al cuarto de Lissette, en el otro lado del patio. De algún modo la había burlado. Regreso hasta su cuarto, se acerco a la puerta y tomo la cerradura, pero no abrió. Retrocedió y esperó, hasta que un sonido emergiese, el que sea, de adentro del cuarto. Los minutos que pasaron fueron eternos. Todo sonido que pasaba en el aire ajeno a su cuarto, el foco de su atención, era ignorado. Lissette dejo de respirar incluso, y comando a su corazón a dejar de latir para poder escuchar al silencio romperse desde dentro. La Hermana estaba ahí dentro, ella la había visto entrar, y con el pasar de los minutos Lissette aprendió a escuchar hasta la respiración de la misma, y logro encontrar el ritmo del corazón también, y se dio cuenta que ahí adentro estaban dos personas, dos ritmos cardíacos distintos. Afino más el oído, y encontró la manera en que la respiración de ambas personas cambiaba, pero Lissette no iba a entrar hasta que oyera algo claro. De pronto un leve suspiro, el más liviano sonó, seguido de un aterrador alarido que sacó de sus camas a varias de las alumnas del pabellón. La puerta de pronto desapareció arrancada por la fuerza de Lissette queriendo entrar y ver, y viendo se quedo como Virginia con “El tallo de la rosa” penetraba ferozmente a la Hermana moviendo en todas direcciones el artefacto y objeto de placer como si fuera a morir si no fuese de ese modo. Gritaba la Hermana, moviendo las piernas, recibiendo descargas eléctricas, con el tallo de líneas rojas dibujando pétalos y tres espinas rasgando por dentro.

James Bond

Rodrigo Peñalba Franco

Al terminar la película, Bond encendió un puro en las afueras del cine. James exhalaba el humo y en su rostro había una mirada perdida buscando un cielo lleno de nubes. Nunca se dice si Bond disfrutaba de la niebla londinense. Siempre se encontraba de vacaciones, y se le requería mientras estaba de incógnito en alguna isla del Caribe.

Nubes oscuras.

Pantallas de vapor en donde se proyectaba el rumor de la luz de neón de la ciudad.

Vértigo.

Sintió asco y regaló el puro a un pasante, pero el asco no le venía del tabaco, sino que le nacía desde dentro, como si le dominara una pena oscura y triste, un dolor fúnebre, como un llamado proveniente del cielo pero dejado sin respuesta.

Un viscoso escupitajo adornó a discreción el pavimento. Quizás, solo quizás, no recordaba los atardeceres como primeros atardeceres sino como borrosos nubarrones, como cuadros pre-impresionistas, como Turner. La acera le ignoraba y los fotógrafos esperaban a los actores con cientos de bombillos estallando para conseguir la mejor exposición en la fotografía. James se hizo hacia la derecha y dio paso a la multitud. Los fotógrafos no buscan a los personajes sino a los actores, y Bond ya no les interesaba, preferían a Sean Connery. Desentendido de ellos buscó su camino.

La película es de título desconocido, en blanco y negro. La actriz era acechada por un tío paterno perseguido por triple homicidio. La madre era la ideal ama de casa, experta y atenta a la cultura culinaria norteamericana, con dos adorables hijos inteligentes y bien educados. La madre jamás se dio por enterada de la verdadera trama de la película, tal y como a James le sucedía en su vida. La corona le asignaba misiones, el status quo se mantenía pero, ¿después qué?

Volteó a ver su reloj. Fuera la hora que fuera, ya tenía decidido regresar al hotel. Este reloj era propio, comprado en Manchester, no de los fabricados por Q, pero era solo un acto reflejo; eliminar incertidumbres. De niño fue dejado fuera de su colegio por ignorar la hora; aprendido mecanismo de defensa, para evitar vergüenzas, costumbre redundante para alguien siempre vigilado y con personal asignado para llevarle y recordarle qué hacer y con quién hacer. El gobierno no querría que su mejor recurso humano se pierda un acto diplomático. En aquel colegio se le dejó afuera, puertas cerradas, James replicó por entrada en vano. Apenado regresó a casa temiendo del castigo, pero la sirena de alerta avisó de la urgencia de buscar refugio, venían los alemanes de nuevo. Las baterías antiaéreas se activaron para contrarrestar los silbidos de los aviones en picada y los proyectiles arrojados; el traqueteo de las baterías sirviendo de ritmo a las melodías de metal y fuego. Intentó montarse en un camión pero fue dejado atrás. El camión giró en una esquina para luego ser sepultado por la fachada de un edificio alcanzado por un misil germano. “No me dejen”, gritaba una y otra vez corriendo tras el camión, “no me dejen”. Un pañuelo blanco en la cabeza de una señora le llamaba como mariposa nocturna al fuego; instinto y tendencia hacia la madre que llamándole con los brazos abiertos le pedía “corre, James, corre, que no te alcancen”; hasta que fue sepultada.

En la limosina Bond ve hacia fuera, y la cámara le enfoca hacia dentro reflejando en su ventana cerrada las marquesinas del cinema theater, los centros nocturnos, las luces tintineantes, el tráfico del carril contrario; se acerca al cristal y la luz difusa dibuja su rostro con suficiente fuerza para ser captado en los químicos de la cinta rodando. Corte, se imprime.

Bond se sentía confuso, como si ya nada de lo que él mismo fuera o representara fuera propio de él. Todo el glamour con que se rodeaba y que era parte de sí mismo se había convertido de pronto en una rareza, en algo parásito pegado a su piel como musgo, como si él fuera una roca en el océano rodeada de algas y corales que la embellecieran pero que no le dejaran ver la luz. Una limosina es un caro y largo ataúd con los mejores asientos. ¿Y qué era el glamour? ¿Quién decide el buen gusto? ¿El radiador de un Rolls Royce simulando al partenón griego con una burda imitación de una Nike con alas abiertas? ¿Un hotel en República Dominicana, arquitectura Art Deco, sirvientes vistiendo camisas guayaberas con guacamayos impresos en verde fosforescente sobre estampado naranja? ¿Y tragos de ron servidos en cocos vaciados? Las limosinas no venían con la fama cuando él era chico. Cuando fue chico la fama venía en las portadas de los periódicos, con las fotos de los pilotos de la Royal Air Force abatidos por la Luftwaffe. Los héroes de guerra caídos en el aire. En tierra, donde caían los aviones derribados y el bombardeo germánico, la gloria era alcanzar el camión, montarse en él y escapar de los centros urbanos hacia los campos. Atrás las ciudades desaparecían en el fuego, junto con sus hermanos. Los futbolistas también alcanzaban la gloria en aviones estrellados, así cuentan en Manchester. Con el final de la guerra los combatientes de la tercera división regresaron a casa. Las familias fueron a la estación a recibirles, y cada esposa recobró un marido y los hijos conocían a los padres que los concibieron la noche anterior a ser llamados al ejército, a excepción de Bond, que jamás conoció a su padre ni llego a la estación y es probable que jamás incluso haya llegado al campo de batalla, hundido su transporte en el canal de la Mancha por algún submarino alemán. Se despertó; la puerta de la limosina se abrió dejando entrar el sonido exterior; seguía en el asiento trasero, mano extendida y sudada sobre el cuero que tapizaba el coche. Descendió todavía confundido y continuó hacia el lobby del hotel. Bring the boys home, don´t leave the children alone, no, no. Pero mentir es bueno. Bond se va a morir creyendo que su padre murió escalando los Alpes y que jamás fue encontrado; o al menos eso le dijo su madre.

Sin esperar, fue al bar a refugiarse en la barra de roble e iluminación ambiental graduada. Era el único huésped en el bar . Pidió un vodka tonic, y diez más. Las monedas las ponía la Corona Inglesa. En el reflejo del sudor derramado de una copa sobre la barra, veía el bar invertido, techo abajo, los abanicos girando.

Empezó, diluyendo su persona, escapando en el fondo de un vaso tras otro. Las lágrimas le brotaban discretamente pero sin impedimentos. Lentamente estas rodaban por sus mejillas, como si fueran gotas frescas de pintura, fluyendo sobre el lienzo de su rostro, dibujando un Bond gris y tenso, desconsolado. Avanzaban al azar dibujando cicatrices y ojeras caídas, caminos sinuosos de action painting sobre su cutis. Levantó la vista y se encontró ante una pared de espejos, detrás de la barra, con decenas de estantes de cristal sosteniendo filas y columnas de botellas apiladas con licores de esencias y colores. Desde la barra era la visión de un órgano, como los del siglo XVIII, holandeses; y cada trago una manivela de la consola, y cada sorbo una nota en los teclados. Buscó distinguir su reflejo entre las columnas de botellas y la música brotó naturalmente dentro de sí, como una banda sonora para los créditos de una película subiendo por un fondo negro. Salud, otra copa, barman aplicaba elixir y regresaba a su rincón como pajarito cucú en un reloj de péndulo. Estiró el brazo por una chica Bond que le acompañara, uñas cortas limadas y lápiz labial rojo; no había nadie, tonto Bond, la película quedó en el teatro, pero igual qué esperas de alguien que prefiere americanos, en especial tejanos, como sus mejores amigos.

Dejó el bar y caminó solo hacia su habitación. Con los ojos alcoholizados iba dando tumbos siguiendo su reflejo en las lozas de mármol. Los ojos de Bond se centraron en los numeritos rojos del elevador, contando 5… 4… 3… en reversa hasta el primer piso. No era un hotel muy grande, y estaba escondido de las avenidas principales. La decoración, harta en detalles, alfombras y cortinas, se había ido poblando de telas baratas, telarañas descuidadas entre los brazos de lámparas colgantes, abusivos y permanentes abanicos de techo, descoloridas fibras en las carpetas del suelo, números borrosos en los botones del ascensor; detalles mal logrados en oro de fantasía para los capiteles de las columnas, escasa iluminación. Los selectos retratos de época y las fotografías autografiadas por artistas del cine mudo habían cedido ante paisajes costumbristas de campiñas en Escocia, bosques otoñales norteamericanos y lagos suizos. La decoración vegetal era evidente: artificial sembrada en macetas llenas de arena. Puertas se abren, música de elevador.

Cuando entró en el ascensor era peso muerto. Apoyando su cuerpo con las manos en las paredes, se dejó llevar como cargamento cuesta arriba, todo espejos. Alcanzó el pañuelo en su bolsillo con mano temblorosa y se quitó el sudor frío de la frente. James levantó la cabeza y vio su reflejo en el espejo del elevador. Bond solo podía sentir culpa, y el sudor que se acababa de secar no era más que pintura sobre su rostro recordando su error con colores oscuros, tonos tierra y azules nocturnos. Todos los perfumes de Arabia no limpiarán ese olor, esa mancha que brota por los poros; no una sola mano, todo el cuerpo, más bien, apestado por la derrota. De niño la voz no alcanzó una nota y el hermano de la abadía le reventó una regla en las manos en castigo; un órgano acompañaba, clave temperada, los ejercicios corales.

Gracias a su error el mundo occidental cayó en la total desgracia. La reina había sido asesinada. No le quedó más remedio que aceptar que su falta no tendría fe de erratas ni edición que la corrigiera. Reconoció, resignado, haberle fallado al servicio secreto de su majestad. Una llamada de M le había confirmado la noticia poco después de haber terminado la premiere. El celular terminó, junto con el resto del imperio, en el bote de la basura, junto a las sobras de comida chatarra y fantasías de súper héroes del siglo XX nacidos en el primer mundo, proyectados en el celuloide.

***
Un automóvil Phantom '53 recorre un camino rural suizo. El destino es una fábrica en un valle alpino. Al llegar el vehículo, el personal, de origen coreano (¿norcoreano?), espera en fila por su patrón. El chofer le abre la puerta, y ahí está, Auric Goldfinger, el dueño de este escondite, sosteniendo su quijada, papada pendiente, con mirada de villano de historieta, calva reluciente al sol, traje a la medida. El segundo de la fila se acerca y le dice algo al oído. Auric asiente y el coreano vuelve a su posición. Él avanza y el sequito le sigue en orden hacía las oficinas. Corte de cámara hacia el interior: mucho vidrio, consolas de control, desde las ventanas se puede ver un nivel inferior lleno de maquinarias y personal moviéndose, se ven ocupados. Bond está demasiado ocupado con su psiquiatra para venir a estorbarles.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

La playa

Rodrigo Peñalba Franco

Ladrillos rojos de arcilla amanecen en la terraza frente una playa gris. Sillas y botellas duermen unas sobre otras con los cuellos volteados y las patas al revés, puertas abiertas y licor reflejando el cielo tapado de nubes, el sol detenido a la vuelta del horizonte. Discos rayados apilados como porta-vasos de hielo derretido y cansancio. El agua turbia de la piscina mantiene a flote a uno de los malos de la película. El agua turbia oculta al machete que está en el fondo. Los buenos llegaron con sus manos y trabajaron para los malos. Hicieron los trabajos sucios y cobraron salarios. Los malos se quedaron con la ganancia y una casa llena de lo mismo. El viento toca las cortinas y las desvía, apenas puede. Un olor a ropa mojada, agua que corre, se escucha allá adentro. La cocina está triste, ¿Qué tendrá la cocina? Gabinetes vacíos y platos rotos llenos de sobras. Hay olor a gas. El celular no tiene señal. Arena y hojas secas caminan por los pasillos tocando los bordes y mezclándose con la tristeza de hamacas desocupadas. El mar está mudo, no se mueve. Uno de los buenos escarba en busca de huevos de tortuga. Los malos no se dan cuenta. Las malas tampoco. Este es un cuento con visión de género, pero aquí no hay buenas. Uno de los malos fue tirado a una ducha. Una mala llegó por su cuenta buscando follar. Otro filmó todo. Fumaron y rieron todos. El bueno llegó en la noche. Llevaba un machete. El machete no se detuvo, todos corrieron. Ladrillos rojos de arcilla amanecen en la terraza frente una playa gris.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

Western eyes

Rodrigo Peñalba Franco

Western Eyes vive en Bristol. No tiene domicilio ni dormitorio, ni se le ha visto dormir, nadie supone que lo haga, o que tenga una cama, o al menos un techo. Pero vive en Bristol, igual que el río Avon. Es británica.
 
El Avon tiene meandros, que es lo más cercano a conseguir que éste fluya a la inversa, y de hacerlo, el río se llamaría Nova, no Avon. Incluso ha logrado dividirse en dos secciones mientras cruza Bristol, The Oíd Cut, y The New Cut, pero la novedad no estriba en que fluya contra naturae (lo cual no hace), sino en la sana costumbre que tiene la gente de nombrar a los objetos tal y como la percepción les permita. Mera convención. The oíd cut fluye a través del centro histórico, justo frente al Castle Park, The Oíd Market, The Oíd City, bordeando Queen Square. Western Eyes jamás es vista por esos lados. Dígase lo mismo de la estación de tren, o del aeropuerto. Vive de noche, entre bares hacinados en sótanos y baños públicos devenidos en moteles. Sin ley ni norma, entropía pura, el estado natural de las cosas. Es del New Cut, Temple way con Redcliffe Way, conectando de Redcliflfe Hill, Clarence Road, The York Road, del centro, pero subterránea, bajo los puentes, en la calle, la alcantarilla también.
 
En verano Bristol se encuentra visitada por miles de familias celebrando su estatus social. Consumismo absoluto y sin restricciones, vacío. La excusa del Brit Pop, having sex with common people, like you. No las soporta. Western Eyes se detiene en verano, y piensa que puede revertir el curso del río nadando contra el río, contra ella misma. Deshacerse de ellos. Si detuviera al río aunque fuera unos minutos, piensa, podría hacer desaparecer a Bristol. Eso cree ella, es certeza lo que tiene, pero no lo sabe. Tiene fe, pero no certeza. Sin embargo, tiene razón, si nadara hasta detener el río, Bristol dejaría de ser. La ciudad, piensa Western Eyes, ha muerto hace mucho, sin saber que es cierto. Se sienta, observa los puentes sobre el Avon, las líneas férreas seguir, seguir más, y las carreteras llegar de todos lados, enumeradas y dibujadas en mapas para que todos vengan a ver, a comprar, a hacer lo mismo que hacen en sus casas, en Bristol, ellos los automáticos. La ciudad toda está anunciada y puesta en fotografías. Hasta uno mismo quisiera vivir en esas fotografías. Bristol, piensa Western Eyes, tiene río todavía porque es demasiado grande para quitárselo. No hace falta robarse el río si se toma al tráfico del mismo; digamos, a como Liverpool y Glasgow se quedaron con el negocio de esclavos, por el que ahora ahí tantos extranjeros.
 
El estado natural de las cosas es una apreciación de Western Eyes, pero es la verdadera. La clase media imita y vive de la imagen. La clase media se mofa de los desamparados haciendo obras de caridad. Proletarios de alto poder adquisitivo, comunistas criados en París. Bristol es la clase media. Un zoológico, 300 especies drogadas para entretener.
 
La clase media olvida en Bristol, clase media convertida en souvenir, divisa de cambio. La carne blanca sabe mejor.
 
El estado natural de las cosas tiene un cielo de color gris que entre los ingleses es llamado azul. Entre la gente camina, piel gris ojos huecos, Western Eyes. Fuma y respira por los poros, anfibia. El sistema nervioso le ha crecido en pelo negro azabache. Cuando habla no hay sonido, pero es escuchada. Su cuerpo absorbe la vida de quienes ella deje que jueguen con su entrepierna. Las fantasías de soles de medianoche y alucinaciones con mariposas de concreto ya no sorprenden. Tampoco sus amantes. Los devora uno a uno, tirando los restos en bolsas plásticas en desagües de alcantarilla. Guarda los cráneos. En Western no hay alma, pero si deseo, urgencia por revertir el Avon. Podría construir una presa con los cráneos, desviar el río sobre la ciudad, anegarla, lograr que el agua se estanque y se pudra, borrando a la ciudad, sedimento que se lleva la corriente. Hundirse en el fango, descubrir su piel entre el lodo y respirar del sol que juega entre sus dedos. Es un fango extraño, sucio; lleno de sedimentos industriales arrojados al río y restos de británicos deshechos entre sus dientes.
 
El futuro es fango, y nosotros seremos cadáveres apilados unos sobre otros. Seremos nada, aún más nada que ahora pensamos ser. Western devorará a todos los británicos, cráneos para su colección. La salvación de todos es Western Eyes. Ella se detiene y observa, nada más lo hace, solamente sigue, como sedimento, corriente abajo, al olvido.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

Océano

Rodrigo Peñalba Franco

Viajar ¿no era, entonces, sino esto? ¿Más una exploración de la confusión de mi memoria que de lo que me rodeaba? Levi-Strauss

Los pescadores regresan de la jornada mientras el horizonte es rayado en mil partes por los mástiles perpendiculares de los botes. El sol se deshace entre nubes como pastilla Alka-Seltzer y el alivio llega a mi cuerpo. Al lado del puerto espero que el bus salga hacia Managua. Acomodo la maleta bajo el asiento, me recuesto y me quito los zapatos. En los callos de los pies llevo grabada la forma de la costa. Mi piel está quemada, con sabor a sal y arena. Busco al sol con la vista, pero el cielo corre las cortinas cubriéndolo todo de estrellas y luces de ciudad costera.
 
El bus arranca moviendo sus pesados metales como si una yunta de bueyes lo jalara. Siguiendo la calle principal, bordeando la costa, las brisas del mar me alcanzan, contaminándome con recuerdos. Mi cuerpo se mueve como si todavía estuviera bajo el agua, con los sentidos ahogados en imágenes imposibles.
 
Las rocas de la playa simulan olas en cámara lenta reventando contra el caos. Peñascos azules escalan por el aire, creando túneles de viento, cavernas de ecos contra el fondo del océano. La arena es levantada por el viento creando formas instantáneas, diapositivas de fantasmas que no te quieren dar la mano, fantasmas que se disuelven al tocar el agua.
 
Poco a poco el pueblo va pasando junto a las ventanas del bus, reuniéndose las casas, el parque central y la iglesia al astillero que se aleja en el horizonte, ocultándome la masa de agua. La arena bajo mis uñas es lo único que me queda de las olas que casi me lapidan contra el fondo del mar. El abismo líquido es infinito en memorias y la mano se torna confusa para escribir todo lo visto.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006
 

También

Rodrigo Peñalba Franco

Cuando sale del baño envuelta en toalla se queda un rato frente al espejo. Con las manos se toma el pelo y se lo enrolla con otra toalla sobre la cabeza, dejando ver lo más posible su cuello. Se acerca al espejo y empieza a contar los lunares de su rostro. La mano que cuenta los lunares los va siguiendo en línea por su cuello hasta su hombro y de ahí al pecho. Deja caer la toalla y empieza a pellizcar cada punto sobre su piel pringada de pigmentaciones. Así, desnuda, extiende el tacto a toda la epidermis, juntando con sus dedos constelaciones sobre el busto. Se siente actriz de telenovela, personaje de fantasía, femenina de mitología urbana, Frida Kahlo o María Félix. Gira sobre la cintura siguiendo la vía pigmea, luces prendidas alrededor de su abdomen. Sus piernas extensiones, vías de ascenso hacia el centro. Lunares sobre toda su piel, toda llena de lunares, puntos, vectores, constelaciones, cicatrices, tatuajes, perforaciones, golpes, caricias, mentiras, cayos en el alma, sus puntos débiles, sus puntos fuertes. Con el espejo es cómplice. Trata de ver con los dedos lo que la imagen le promete. Se sigue a sí misma dando vueltas contra toda ella. Compara toda imperfección de la superficie, registra cada recuerdo de su extensión. El lunar del cuello que se repite en el pecho que se repite en su costado derecho que se repite entre sus piernas, siempre el mismo. Señal de nacimiento que nadie de los que han pasado por ella recuerda. Todos los hombres están ciegos y amnésicos. No saben quién es. Con sus dedos jugando en la tierra despierta sus protuberancias y profundidades, frente al espejo. Narciso sería humilde cristiano ante esta sacerdotisa. Su boca deja escapar sonidos telúricos, de tierra que ruge y se revuelca por dentro, montaña adentro, monte arriba, monte abajo, la estrella vespertina, lunares negros piel morena. El cuerpo húmedo secándose contra las sábanas. Pero ella no es icono de televisión. Ella es de las buenas, de las que van al cielo. Se masturba, y los hijos duermen tranquilos en el cuarto contiguo. No es feminista, eso es invento de las mujeres de ciudad, las mujeres de afuera, de las chelas. No es feminista, pero las mujeres de Monimbó también se masturban.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

Te veré en New Orleans... esperame.

Rodrigo Peñalba Franco

Llegaré el miércoles. Llegaré en tren, esperame que llegaré. Los niños te extrañan mucho, preguntan por vos; y yo les miento, les digo que estás bien, que todo está bien. Te escribo para que sepás que te buscaré en la ciudad. Preguntaré en los albergues, por si no te han visto flotando por alguna avenida o atrapada en tu casa, 4 días después. Te veré en la TV de noche, cuando resuman la jornada. Quizás te vayas antes, avísame si puedes, qué bus tomaste, dónde te fuiste, si estás en Houston o Dallas. Avisame cualquier cosa, tell me que tienes tu propia guerrilla urbana y que gobiernas 10 calles de New Orleans. Si decides no volver no me hagás creer que te moriste, eso es cruel. Avisame lo que sea, aunque sea miénteme, pero hazlo cuando llegue el miércoles, cuando te vea en New Orleans.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

Territorio

Rodrigo Peñalba Franco

Hay ruido en mi cabeza. Un bosque, hojas apiladas por el suelo y el sol bajando. Sube la distorsión y el incendio cobija al bosque. Huyen los animales. Entonces construyen un cauce y arrojan 50 bolsas negras. Se llena la mirada de cenizas y carreteras a mis pies. Los cables trepan por los postes, llueve negro, oscuro, impaciente. Crecen y brotan, dejando escapar cigarras. Ellas trepan por las cortezas y cantan para la ciénaga urbanizada, paredes de fango con estructuras de acero. La gente se multiplica, cae de los árboles, salen de la tierra, aparecen por todos lados, suben a buses y se arrojan a precipicios o contra embajadas. Los animales de la selva se comen unos a otros, pero se arrepienten y van a misa. Tomo el ruido de mi cabeza y lo arrojo contra el suelo. El ruido estalla y parte al mundo en dos, apareciendo el cielo a partir del cielo. Una sala de conciertos.
 
Deseo ver el cielo limpio, libre de nubes, de aire, de cualquier materia. Sin nubes de lluvia que reflejen la luz de la ciudad, ni postes dibujando redes eléctricas. Ni edificios, muros o catacumbas. Olvidarme de los árboles, imaginarme una extensión perpetua de terreno barrido de elementos. Sin viento ni estrellas, luna o sol, sólo el contraste de una bóveda completa e impenetrable, incolora e invisible pero presente, el vacío. No habría lunas llenas ni estrellas vespertinas, o cuerpos celestes errantes confundidos por señales proféticas. Los cometas no están, jamás existieron.
 
Ninguna luz que descienda, sin atardeceres ni amaneceres. No es noche eterna mi deseo, la noche en que componen claros de luna, sonatas y moon rivers. Tampoco podría decir “quiero ser antes que la luz, existir en el momento que la luz fue separada de las tinieblas”. Esto es contrario, sucede en el tiempo, en la historia, no en el mito. Utopía. Terreno llano y extenso sin centro ni referencia, abandonado de toda vida, sin luz ni sombras tomadas por espectros. No estoy cayendo, tengo la tierra a mis pies, pero siento vértigo de las alturas, no sobre la que me siento, la superficie, sino del vacío que me cubre. Ni un solo fotón que lastime mi retina ni átomo que haga eco a mis llamados. Lo olvidaba, tampoco aire que alimente al sonido ni oxígeno combustible que alimente la fogata. Nadie a quien llamar, nadie que pueda escuchar, si se pudiera escuchar. En el territorio permanezco, sin referencias otras que el suelo que me sostiene y la memoria que me conjuga en tiempos pasados, verbo que es acción guardada en el recuerdo, verbo no escrito, no dicho, pero sentado como verdad, como hecho pasado.
 
The memory as a fact (factum, hecho realizado), and the fact as a product of a factory (facere, por hacer), and the factory a living machine, which I am (fac, hacer, imperativo). La vida es experiencia, y la experiencia conocimiento, imperfecto.
 
Del territorio absoluto que conozco en la memoria retenida, diluida en el tiempo. Con el pasado me formo, fac, me realizo y soy, no real, fictus, invención de mi pasado. Mi futuro me es enseñado en el pasado, se me dan los deseos que he de cumplir, la invención, el fictus que será el factum.
 
En el territorio no tengo campo en que ser. Abandonado en el tiempo en un espacio hecho a mí deseo, mi no lugar encontrado y presente no siéndolo. ¿Hacia dónde avanzo? ¿Avanzar crea alguna diferencia? ¿Diferencia a qué? Del norte voy al sur, sin estrella polar que señale el eje de mi ruta. No es deriva, pues la corriente tiene sentido y dirección. No tengo sentido. Mi no lugar me niega, no da marco en que retratar mis pasos, soy escritura en el lienzo impuesta sin tocarle, escritura trazada sin ser escrita, ausencia de yo, mi percepción describiendo mi percepción, empirismo, jamás realidad, tal no existe, sólo territorio y negación.
 
Siendo no soy. Paz. Desde atrás mi facere, fac infinitivo (sin fin), factum nunca completo, facere progresivo, fac nunca factum, realizándose, no definitivo (no finalizado, abierto, no cerrado). El territorio presente ausente, fictus fingiendo ser factum. El territorio no existe, la paz no se realiza. El deseo acaba, el espacio cede y los átomos toman su lugar, el horizonte aparece y los colores se abren azul oscuro desde el suelo. El llano rompe su extensión y crece hierba nueva como vello facial adolescente sobre formas suaves de terreno, olas meciendo colinas, marea que lleva la primera brisa tocando los nervios abiertos. Volteo sobre mí mismo y me rodea el bosque, árboles que se esconden entre sí, caminos que se dibujan. Giro de nuevo, y me veo dormir. Nubes. Un salón de conciertos. Sin público, y las cigarras ensayan.
 
Mientras duermo veo que las hojas me cubren. Me siento a mi lado y concentro en el sonido del bosque. Soy contiguo yo mismo; fictus nunca factum. Me levanto y limpio de hojas mi cuerpo que yace. Una proyección que limpia a su proyector. Soy un cuento que se narra a sí mismo: “Hay un ruido en mi cabeza...” A pesar de mis esfuerzos la maleza me cubre. Solo quedan las palabras.

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

Contra el cielo

Rodrigo Peñalba Franco

Dale play, y que corra el video. Vos querés ser Meg Ryan, “Pamela”, amante de Jim Morrison. Es tu símbolo, tu diferencia. Sos el personaje vacío que va de principio a fin en toda la película haciendo comentarios muy importantes. Eres típico. Respetas la opinión de terceros, no tenés argumentos ni destrezas para debatir. Jugás a pasear con los vampiros sin abandonar el agua bendita. Tu cuerpo es digerible, se lo come cualquiera y te escupe al piso, saliva evaporada. Sos mentira, no podés con vos mismo, sos nada, el apéndice llamado actor secundario. Vos sos el bueno, el que se amarra bien los zapatos y prepara la cena. A vos te espero en tu infierno personal, el enfermo orden aberrante llamado control. Control el que simulás, mantenés limpia la casa porque no podés arruinarte, no tenés cojones para arruinar tu vida. Creeme, me encantaría que fuera como vos decís, creeme, de veras, de veras me gustaría mucho, pero sábelo, no es así. No somos así, buenos, somos oscuros, terribles, ridículos. ¿Querés opinar? Dale, hacelo, a nadie le importa. Publicalo en el periódico. Es lo mismo. Sombra. Contraste de lo que odias, complemento. Probalo, sé que no podés, no podés. Tu título, tu cargo, eso es nada, Nada te digo. Cualquiera es titulado. Tu carro no es tan nuevo. Tu oficina no es tan grande. Perdón, no tenés oficina. Bravo, tenés empleo, ¿a dónde te envío la medalla? Imbécil. No tenés la menor idea. Sos un trauma convertido en ciudadano, el número cero que todo el mundo pone a su izquierda. Ya vienen las elecciones. Podés votar, si querés. Da igual. ¿Querés promesas? Toma tus promesas. Yo te asfalto tu calle, contigo debajo. Hacenos un favor, dona tu cuerpo a la ciencia que vivo consume demasiado oxígeno. Estorbo. Realmente eres tierno, todavía recordás tus años de juventud. Alégrate, sos un recuerdo andante. Petróleo en potencia, abono a corto plazo. Todos supimos de Santana. ¿So what? El pobre no tuvo las agallas de la sobredosis llamada inmortalidad. Ahora sos alternativo. Ahorita mismo te digo dónde vi alguien vestido igualito que vos. Decime, ¿ya tenés hijos? Pobres de ellos. Deberías degollarlos para que no sigan soportando al absurdo llamado progenitor que decís ser. Toma, así, ponétela contra el cielo en la boca y jala el gatillo. Será rápido, te lo prometo. ¿Listo?

Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

El miedo es amarillo

Rodrigo Peñalba Franco

El perro zompopo arrastra su cabeza abajo boca arriba sobre el cilindro de luz. Anda cazando hormigas. Techo que gotea por todos lados. La fila de hormigas, subiendo por muros, lleva comida en las mandíbulas. El perro zompopo ojos negros, patas café, cola gris lleva hormigas en la mandíbula, bajando por la garganta. Las hormigas no mueren, son de metal. Simplemente dejan de funcionar. Son como bombillas: están encendidas, están apagadas. Las sobrevivientes se van por un hueco en la pared siguiendo el código de barras del tendido eléctrico. El perro zompopo debería ser el animal nacional, y el zanate el ave (¿alguna vez has visto la fotografía de un zanate?). Ojos eléctricos de neón ultravioleta cuando serpentea entre el aire y el bombillo fluorescente PHILLIPS; rápido, gira la cabeza, ve peligro (la sangre es amarilla), se deja caer. Ahora no tiene cola. Las goteras están muy cerca de los cables pelados, piensa la chispa que salta al vacío con la cola del cazador. Un tango, la rosa entre los dientes, espinas en las encías.
 
Libro de cuentos Holanda /1ª. Edición/Managua 2006

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...