miércoles, 2 de marzo de 2022

La puerta de hierro

Sara Poveda Vanegas

Se deslizaban a través de un camino improvisado marcado por las huellas de otros caminantes que ya conocían la historia detrás de ese lugar. Trataban de recordar con la mayor exactitud posible todas las instrucciones que los lugareños les habían proferido. Lo que les llamaba la atención era que nunca conseguían alcanzar su destino. Como era de esperarse, después de un tiempo muy prudencial comenzaron a dudar de su propia memoria. ¿Sería posible que no hubieran seguido las direcciones al pie de la letra? ¿O era posible que los lugareños hayan decidido burlarse de ellos de esa manera? A medida que reflexionaban llegaron a la conclusión de que la gente de los lugares remotos no tienden a engañar a los extraños, si es posible ellos mismos se ofrecen a guiarles y cargarles los pesados bultos que ocasionan grandes molestias en sus espaldas. Desconfiaban más de su memoria; ella de hecho, por su misma naturaleza humana, tenía muchos defectos.

Discutían y reñían para ponerse de acuerdo en que dirección seguir. ¿Pero acaso existía la posibilidad de llegar a un acuerdo basado en algo que ninguno de ellos estaba seguro? Todos sabían muy dentro de sí mismos que su intento, gobernado por la vacuidad, iba a llevarlos a un camino muy lejos del esperado y deseado por ellos.

Al fin lograron llegar a un consenso sobre la dirección a tomar. Siguieron el rumbo indicado por el camino creado por las huellas de los anteriores caminantes; era casi imposible de ver, pero era mejor para ellos seguir un camino transitado a atreverse a experimentar uno nuevo. Sólo pensar en todas las dificultades y retos que tendrían que enfrentar, de haber escogido marcar su propio rumbo, les resultaba muy tenebroso. ¡Qué sabios habían sido por haber tomado esa decisión!

Tal parecía que su sabia decisión les había servido de mucho. Al cabo de unas cuantas horas lograron atravesar el bosque lleno de niebla y extrañas criaturas. Cuando lograron salir de las penumbras, la luz solar iluminó sus miradas y pudieron ver algo que ellos consideraron monumental en ese instante. Una gran puerta se presentaba ante ellos majestuosamente. Estaba rodeada de dos muros enormes que lograban alcanzar el cielo e incluso sobrepasaba sus límites. Sus ladrillos y pintura denotaban el paso del tiempo sobre ellos.

Con un esfuerzo mutuo y sobrehumano lograron abrir la puerta de hierro que se encontraba enfrente de ellos. Cruzaron un portal poco agradable para la vista. A sus espaldas la puerta se cerró sigilosamente. Murciélagos de todos los tamaños y edades comenzaron a revolotear sobre sus cabezas, y algunos incluso hirieron sus ojos con las alas y garras. Otros desaparecieron dejando únicamente un grito sordo que se mezclaba con las exclamaciones de miedo proferidas por el resto de la multitud. El camino se hacía cada vez más angosto y aterrador. El grupo entero fue disminuyendo en número y en esperanza.

Al final la puerta de hierro se abrió bruscamente dejando entrar sólo al viento pasivo de la noche. El fue el único testigo visual de los destrozos que la matanza sangrienta producida por esa fuerza oscura desconocida hasta entonces había causado en los adentros de la puerta de hierro. El viento nocturno recogió los extractos de almas que todavía se encontraban esparcidos en el corredor. Luego salió de ese lugar y llevó sus nuevas adquisiciones a lugares invadidos por la multitud humana bulliciosa. Allí las esparció entre el resto de los habitantes del planeta, con seguridad de que una vez dentro de ellos la falsa esperanza se encargaría de guiarlos por el mismo camino que a los anteriores. 

La hora del Eclesiastés

 Róger Mendieta Alfaro

Había un solo amo, un solo juez, un solo amante, un solo jinete, un solo nadador, un solo montador de toros, un solo azucarero, un solo aviador, un solo economista, un solo caudillo, un solo General de generales, un solo Padre de la Patria Nueva, un solo arquitecto de la unidad del pueblo dominicano.

Así lo consideraba el dictador. Y este hombre era él.
Pero cuando entregó su alma a Satanás, todo mundo dio gracias a Dios y lo expresaba con bailes y gritos de felicidad en el malecón de Santo Domingo y resto de harapientos rincones de la isla, porque solamente el dictador era el verdadero hombre de bien que según él vivía en aquella tierra, y el resto del pueblo era apenas como el reflejo de su soledad dorada; o algo peor aún: aullido de un eco que se había transformado en verdadero atolladero por la falta de huevos empollados en la Hora del Eclesiastés.
Para el relator de esta tiránica pesadilla fue una sorpresa la visita al yate de nombre “Angelita” con grifería de oro macizo, adquirido de un tal Mr. Davis, ex embajador del Imperio en tierras del Caribe. Aquí paseaba el hijo del gran potroso con artistas de cine por los mares del Caribe.
Fue divertido encontrar en una de las primorosas gavetitas que amoblaban el dormitorio del Gran Difunto, impecablemente olvidada, una lata de bicarbonato de soda. Todos sonreímos cuando el doctor Fernando Agüero quedó viendo al general Carlos Pasos, e hizo el sarcástico comentario: que cómo era posible que un hombre de la talla del Gran Santón, padeciera de cosas tan simples como acidez y otros plebeyos desarreglos estomacales.
Además: Éste no resucitó, como se lo había hecho saber a millares de campesinos —dijeron los golpistas Ímber Rivera y Amiama Tío, a la hora del brindis en la Casa de la Presidencia—, pues otra de las chifladuras del pobre diablo era considerarse inmortal.
Como dijo el teniente Frías del Ejército Dominicano que acompañó el recorrido, el pueblo dominicano llegó hasta donde llegó, porque no empolló los huevos en la Hora del Eclesiastés.

(Santo Domingo, 1962)

Platinum

Róger Fischer S.

Eulalia era mi novia. Liviana, superficial, plástica... Tan plástica que en un eclipse de luna, se volvió Tarjeta de Crédito.

(Marzo 10 de 2004)

Las niñas Urbinas

Róger Fischer S.

Cuento de la vida real

Durante la Segunda Guerra Mundial, por razones familiares, yo vivía donde las “niñas Urbina” frente al Teatro Municipal. El teatro presentaba entonces comedias, zarzuelas y dramas. Más de una vez subí a su escenario vestido de charro mexicano, no por merecimientos artísticos, sino porque era el único niño que en León tenía traje de charro. Mi parlamento se limitaba a decir: “ No llores José Francisco tu mamá se va a curar”. Así comenzaba la obra allá en el Rancho Grande, filmada como película en México y cuya estrella principal fue Tito Guizar.

La casa de “las niñas Urbina” estaba bien situada, a 2 cuadras del Parque Central y detrás de la Iglesia de San Juan de Dios: Monasterio, hospital y hospicio en distintas épocas. Vecina cercana de aquella casa existía también una pulpería-cantina, donde los estudiantes universitarios y poetas de la ciudad, cantaban sus excesos líricos y alcohólicos mezclando su propia inspiración con las de Lino de Luna, Santiago Argüello, a veces José Santos Chocano, Juan de Dios Peza, Salomón de la Selva, Alfonso Cortés y casi siempre Darío. Voces y guitarras se confundían entre los clientes de la pulpería y los parroquianos de la cantina:... “Los caballos eran ágiles”... un real de queso... “los caballos eran fuertes”... tres huevos y una cuarta de manteca... “pobre mi vaquero”... dice mi papá que le mande dos puros chilcagres... “Es con voz de la Biblia o versos de Walt Whitman”... un huacal de frijoles... “y era una sola sombra larga”... déjate de chochadas pagá la ronda que pediste y andate... El dueño Pablo Lacayo despachaba incansablemente guaro y bocas; fósforos y tortillas; leche y cigarrillos; arroz y frijoles.

La casa de las “niñas Urbina” estaba bien situada, en la acera de enfrente y para el Río Chiquito una familia de apellido Gurdián, venida a manos, se sostenía por la venta de un estanco, ahí la clientela era distinta: guaro y jocote, piso de aserrín y a escupir a la calle. Frente a un talud de piedra, la casa era una esquina con poste al centro, gradas altas, ventanilla colonial y una pequeña cornisa, porque ahí ¡hasta el alero... era miserable! La dueña una buena mujer, madre de muchos hijos, cosía ajeno, buena parte del día y el resto, vendía aguardiente por litro y al detalle.

También cerca a las “niñas Urbina” estaba la casa de Carol Bristela, el ídolo leonés, encendía la chispa del boxeo en el barrio. Boxeador fino y valiente, pudo llegar lejos en esta época, no entonces cuando en peleas bufas, subía al cuadrilátero “grano de maíz” contra cualquier oponente. “Grano de maíz” era pariente de Ponchín y Nicolás Valle. Fue el personaje popular de aquella época.

Otros vecinos importantes para mis años niños, eran el Zurdo Dávila, el Serpentino Solórzano y el Bachiller Lombillo. Peloteros nacionales los primeros, casi big leager Dávila y Lombillo cubano de los que trajo “Cueto”. El bachiller compartía su pelota y máscara de catcher, con su traje entero almidonado y blanco los días domingos en el Parque Central.

A media cuadra los Wiesgal de origen alemán, mecían sus inquietudes en butacas austríacas. En el recodo los Buitrago, famosos jurisconsultos y después los Matus. Alfonso era mi compañero de estudios, cabezón como el papá, aprendía ágilmente las lecciones y resentía la muerte de su madre. Matus no tuvo bulto, ese artefacto de cuero con dos correas, precursor del equipaje hippie. Yo en cambio tenía bulto de mano, “de mujer” decían algunos, casi lo que es ahora un maletín de cobrador o un elegante cartapacio según el usuario.

De donde “las niñas Urbina” a la izquierda, vivían Chito y Noel, hijos de Abraham y nietos de franceses. Cuando la suerte golpeaba sus cristales y el fruto del trabajo de sus padres asomaba en su ropa, juguetes y alimentos, una noche de póker cortó de tajo la cosecha de una fábrica de camisas en plena producción.

Frente al Teatro Municipal, estaba la cantina “La Flota”... ahí era el “oeste”. Los borrachos gritones y algunos “chicos bien de a caballo”, sembraban la zozobra en el vecindario, todos eran “arrechos”, portaban 38 y ataban sus corceles en las argollas de los postes. El honor de damas y caballeros conocidos en la ciudad se ponía en duda. Corrían las tandas... de tragos y serenatas de balazos cortaban el silencio de la noche.

Muy cerca de las “niñas Urbina”, los Herdocia, con un padre fiero, las hijas muy sumisas, el hermano suave, católico creyente y fervoroso, llevaba siempre el palio del Santísimo en los Jueves de Catedral; cuando se encendían las luces y el incienso llenaba el ambiente a procesión por muchas cuadras.

En la esquina cercana estaba Yeyo y su botica. El jabón de moda era el Island Palma, muchos años después desalojado del mercado por el famoso Camay. Yeyo, recién casado mataba el hastío del no trabajo, inventando medicinas, despachando cuchillas guilletes y escondiendo prudentemente las cajas de preservativos, artículo prohibido y de inmoral factura.

Las niñas Baca también eran del barrio y el Maitro Sánchez, barbero de buen gusto y hormador de sombreros, era sordo, trabajador y terco. Hijo del amor a los niños del Padre Mariano Dubón, igual que Carlos Pasos, hallaron sabiduría, ternura, honradez y deseos de superación.

“La Pensión Estudiantil” coronaba el vecindario, poblado por espíritus burlones, estudiantes aventajados, muchachas avispadas, deportistas y amigos, quienes sonreían indulgentes o asombrados de la pertinaz verborrea hipocrática de Rogelio Lindo, un humilde leonés que absorbía de memoria textos íntegros de medicina y no sólo los recitaba de memoria ante ese auditorio, sino que desde la acera misma de la universidad, “soplaba” sus lecciones a estudiantes en momentos de crisis.

La casa de las “niñas Urbina” estaba bien situada. Angela, Otilia y Margarita bordaban telas y milagros, mientras nosotros los pequeños huéspedes, estudiábamos y hacíamos travesuras.

La noche del cometa Halley

Pedro Xavier Solís

Navegábamos sobre el Río Escondido. Aquella noche el cielo estaba cubierto en un cuadrante completo por el famoso Cometa Halley, que en su tránsito de siglo, en ese año 1910 amenazaba a nuestro planeta con un descomunal choque, según debatían los astrónomos. Los periódicos estaban llenos de historias estremecedoras acerca de lo que podía pasar a los habitantes de la Tierra. A todos, a juzgar por el silencio que reinaba en el lanchón revolucionario, nos dominaba seriamente el espectáculo del cometa, más incluso que el de la guerra o las actividades clandestinas. Era otra cosa el cataclismo global, la hora cero de la raza humana. Producía un temor reverente la posibilidad de estar asistiendo al final de la historia.
Había conmigo gente de los que cultivan los campos de Esqueno, Escolo, Eteono fragosa; los que moraban en Potosí, Ochomogo, Mecatepe, Granada, ciudad bien construida; Malacatoya, Comalapa y la sacra Cuapa; los que vivían en Esquipulas, Matagalpa herbosa y Sébaco; los señores principales de Posoltega, Chichigalpa, Corinto; y pobladores de Pueblo Nuevo, Quilalí, y Teotecacinte fronteriza.
En la ribera, los compañeros preparaban hogueras para quemar la enorme cantidad de cadáveres. Los arreglaban en montones de dos metros de altura, de veinticinco en veinticinco. Si un soldado muerto estaba calzado, lo descalzaban y le arrancaban de un machetazo el talón, según me explicaron, para que lo consumiera bien el fuego. Listas así las pilas, regadas con kerosine, les prendieron fuego. Mi corazón estaba a cien latidos por minuto, y acabó por emocionarme el olor casi insufrible a carne asada que se levantó en las hogueras y se esparció por la atmósfera inmediata bajo la luz especial de la Vía Láctea.
No pude menos que notar que un holocausto magnífico sería el fin del mundo de estrellarse el Halley contra nosotros. Así le tocó a los dinosaurios y así nos podría pasar esta noche en que las convicciones me parecían profundamente vacuas y el sentido de la vida había perdido toda consistencia. Sólo unas letras de mi amigo John R. Dos Passos, diciendo que la cola de gases del cometa podría hacernos estornudar a todos y hacer fracasar la revolución, me tranquilizaron por esa sorna tan característicamente humana. Y me devolvió otro cielo: el de la apacible casa de mi infancia, a través de la claraboya de un desván que ya no existe. Pues lo que dejará de existir desasosiega, mientras que el pasado da templanza.

Leyenda de un gigante

Patricia Natalia Cuadra

(Tomado de Literatura para niños en Nicaragua, Antología. Selección de Vidaluz Meneses y Jorge Eduardo Arellano. Managua. Editorial Distribuidora Cultural /Fondo Editorial ASDI-INC. 1995)

Varios siglos atrás, existió en algún lugar de América, un joven indio, cuya única ambición era la de poseer poder. El joven era orgulloso y presumido, siempre quería estar por encima de los demás. Los dioses al notar la presunción y orgullo que caracterizaban al mancebo, y su deseo de adquirir pode, pensaron en darle un buena y dura lección.

Y así aconteció que una mañana, al despertar, el joven indio se vio convertido en un enorme y robusto gigante. Todos en la tribu le temían y obedecían, nadie se atrevía a desacatar una orden o deseo del mancebo por temor a su fuerza y tamaño.

“Al fin”, pensó el indio, “he logrado obtener el poder que deseaba, todos me temen y obedecen, soy el hombre más grande y poderoso de la tierra”

Pero un día el amor enterneció por primera vez el corazón del indio, y fue entonces cuando su castigo empezó. Pues a causa de su gran tamaño nunca podría desposarse con la doncella que supo despertar el amor en su corazón. Hasta ese día, el mancebo comprendió que el poder no da la felicidad, sino el amor.

Entonces, triste y arrepentido, el indio realizó que los dioses no la habían transformado en un gigante para regalarle el poder que tanto anhelaba, sino para hacerle comprender que no es el poder lo que da la felicidad, sino el amor. E imploró el joven a los dioses su perdón por haber sido tan ambicioso e insensato.

Los dioses, al ver que el arrepentimiento del indio era sincero, le otorgaron su perdón diciendo: “Has comprendido ya en qué consiste la verdadera felicidad. Nuestro objetivo, pues, está logrado, y por tanto, nosotros te otorgamos nuestro perdón y esperamos que nunca olvides esta lección. Y ten siempre presente que solo el amor, y no el poder, puede brindar la felicidad”.

El joven dio gracias a los dioses por aquella lección y nunca más volvió a desea poder. Tan solo deseaba amar y ser amado por la doncella que depositando en su corazón la semilla del amor, le hizo comprender la dulce verdad que por tanto tiempo había ignorado.

¡No pesquen tortugas!

Pablo Sanabria Láinez

(Cuento infantil de la Costa Caribe de Nicaragua)

Hace mucho tiempo había un hombre al que le gustaba ir a pescar tortugas. Un día se fue a pescar una tortuga y la tortuga le dijo:

— “¿Por qué estás matando a todas las tortugas? ¡Debo matarte!”

El pescador dijo:

— “Por favor no me mates, tortuga, haré todo lo que me digas”.

— “Vete a casa” —dijo la tortuga— “y no regreses”.

El hombre se fue a su casa y ese es el fin de la historia.

Michín

Pablo Antonio Cuadra

Como el bote tenía un agujero, sentaron al niño Michín sobre el agujero y fueron viajando. Allí está que, en llegando, el niño salta al fango de la orilla y todos le ven cola de sapo. Y Michín ya se queda allí, desaparece, y va en busca de nada.

—¿Y qué? —Dije yo.

—Pues nada. Es peje ya Michín.

El vuelo del pajarito de dulce

Ovidio Ortega R.

A mi viejo pueblo se llega por un camino siempre fresco en la memoria. Sus casas, calladas de día, siempre cuentan historias cuando se hace de tarde.

En la casa de los Sequeira se cuentan historias desde hace más de cien años…

Su cocina, olorosa a miel de caña y leña seca, ha visto preparar desde siempre los dulces de melcocha.

Mientras la abuela Vilma amasa y el abuelo da forma a las figuritas de dulce, la pequeña Esmeralda imagina los lugares donde los mayores llegan a vender pájaros, armadillos, muñecas, canastas, flores y zapatos de dulce.


Un día, escuchando de su abuela sobre la alegría de las ferias, Esmeralda dijo entusiasmada: “¡Cómo me gustaría acompañarlos mañana al pueblo a vender figuritas de dulce!”


“Primero tendrías que demostrarme que sabes prepararlas muy bien”, contestó la abuela Vilma.


“Ah, y por supuesto colorearlas como lo hemos hecho siempre”, añadió el abuelo Alejandro.


Cuando todos fueron a dormir, la pequeña Esmeralda se quedó coloreando un pajarito de dulce que había moldeado con sus manos:


“Si resulta tan lindo como mis abuelos esperan, tal vez mañana me lleven a la feria.”


Y delineó sus ojos de dulce con el hisopo más fino hasta que le parecieron perfectos.


Esmeralda escuchó una música que venía del patio. “Es extraño, no es el gallo, aunque ya casi amanece”, dijo la niña entre sueños.


Al salir vio con sorpresa al pajarito de dulce entre las flores del jardín, y antes que pudiera decir algo éste le habló:


“No tengas miedo Esmeralda, vine a mostrarte los colores con los que podrías pintarme.”


“¿Cómo podrías hacerlo?”, contestó Esmeralda. “¡Si apenas tienes color en los ojos!”


“Sube a mi espalda”, la invitó el pajarito de dulce, “y te mostraré cuántos colores he visto.”


“Jamás he visto colores tan bellos”, exclamó Esmeralda, mientras volaban sobre las flores del campo.


“Siempre hay más colores que ver, si tienes paciencia”, dijo orgulloso el pájaro de dulce.

“Estos colores son los que quisiera dar a tu pico”, dijo maravillada la niña al ver las frutas maduras de la temporada.

“Siempre hay más colores que ver, si tienes paciencia”, repitió el pájaro de dulce.

Antes que Esmeralda pudiera decir palabra, al pasar por los árboles llenos de animales coloridos, el pájaro se adelantó a decir:

 “Siempre hay más colores.”

Zambullidos en el fondo marino, la niña se sorprendió ante los tonos del coral, estrellas, medusas y caracolas. El pájaro de dulce solo alcanzó a decir: “Blub – blub – club.”

Cuando aparecieron en el paisaje de la feria los vistosos trajes de los bailantes con toda la gracia de su movimiento, los caballos del carrusel, globos y algodones de azúcar, Esmeralda quedó muda de asombro. “¿Es posible que existan más colores?”, pensó la niña. El pájaro de dulce sonrió.


“¿Es posible que existan más colores?”, preguntó Esmeralda al pájaro de dulce en su viaje de regreso.

“Todos los que puedas imaginar”, contestó el pájaro.

“Todos los que puedas soñar”, alcanzó a escuchar Esmeralda al regresar del maravilloso viaje.

Los abuelos ya estaban camino a la feria cuando Esmeralda alcanzó a mirar por la ventana. “Esta vez tendré que quedarme”, pensó. “Por hoy tengo muchos colores que recordar para pintar mi pajarito de dulce.”

Y empezó a mezclar las tintas para sorprender a los abuelos con el más lindo pajarito de dulce que alguien haya pintado jamás.

Celda No. 402

Orlando Pastora
Por favor —le gritó la joven de la celda nº 402 al gendarme que recorría con pasos marciales y ceremonioso los pasillos del Penal–—lléveme al baño. Se lo ruego. No se puede —le contestó sonriente, mostrándole su dentadura postiza y amarillenta—, está ocupado por un antiguo presidiario que tiene quince años de no orinar.

El pintor

Omar D´León

Y llegó el tiempo en que murieron los que jamás se desnudaron en el arte y seguí pintando. Murieron mis padres y los padres de mis padres y seguí pintando. Se murió mi país y seguí pintando. Se murió el cuñado Roberto Gregory y seguí pintando. Murió mi amigo jardinero-reportero Gézner Cruz y seguí pintando. Murió mi eterna amada musa Melba Debayle III y seguí pintando. Murió la Baronesa Blawasky y seguí pintando. Murió el poeta Beltrán M., la June B., pintora hermana, mi tutor y padre lírico y poeta Quico F. M., mi respetado maestro de pintura Rodrigo P. y seguí pintando. Murió el odio, murió la traición, murió el régimen de los monstruos rojinegros y seguí pintando.

Murió el amor y seguí pintando, murió mi amigo Joe D. y seguí pintando, murieron mis novias, concubinas y modelos y seguí pintando. Murió la pasión y seguí pintando, murió el mundo y seguí pintando, murió la muerte y la inmortalidad y seguí pintando, murió mi corazón y seguí pintando, murió el espacio y el tiempo y seguí pintando. Murieron las cosas y utensilios indomésticos y seguí pintando, murió el Dios que creó el raciocinio y seguí pintando sobre el lienzo solitario... y colorín colorado, este cuento no ha terminado porque aún estoy pinto que pinto.

Tribu de los "prestanalgas"

Omar D´ León

Hubo una vez, hace mucho tiempo, sobre el cinturón de los trópicos de este planeta azul, un lugarcillo habitado por la tribu de los “Prestanalgas”, llamada así porque fue gestada por el impulso evolutivo con el don sobresaliente de ser extremadamente nalgona o gluteona o culona, muy similar a la hormiga zompopo.
Al ser esta nalgatoria un don genético, se transformó en un atributo ornamental y en una cualidad de orgullo para la tribu y para el triunvirato de sus caciques de una mediocridad al cubo. Todos, sin excepción, inflados de vanidad se entregaron al compulsivo afán de imperios. Las ofrecían como lo mejor que el servilismo puede ofrendar. Y le dieron las nalgas al último de los imperios. Mas sucedió que este imperio rojo no duró como los “Prestanalgas” habían especulado, y este imperio invasor y esclavista se derrumbó sobre sí mismo, al igual que se derrite un cono de ice cream a pleno sol del mediodía.
Aterrada la desdichada o la dichosa tribu de los “Prestanalgas” con su triunvirato de caciques decadentes, se anonadaron de melancolía porque ya no tenían a quien prestarle las nalgas y se lamentaban entre ellos mismos como plañideras:
—¡Oh, desgracia!
—¿Y ahora a quién le prestaremos las nalgas?
Después de mucha tribulación desesperada por la falta de su hábito, se convencieron de que nadie iba a llegar en muchos siglos. Así que, como dice el refrán: “a falta de tortillas, buenos son panes”, sin pérdida de tiempo por el acumulado rezago, comenzaron, desaforados, a prestarse las nalgas entre sí mismos y en muy poco tiempo descubrieron que tal acto de servilismo era más sabroso entre ellos mismos que con los conquistadores e imperios del pasado.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...