miércoles, 2 de marzo de 2022

Anchí

Octavio Robleto

Uñas largas y sucias. Pelo largo y despeinado, liso, le caía por los hombros. Apenas dos dedos de frente y una barbita rala en su cara lucia y enflaquecida. Una mirada vaga, indecisa, que provenía de unos ojillos mongoloides. Siempre con la misma ropa, apestosamente sucia y con los traseros defecados. Un costal incomprensible al hombro. Zapatos viejos y rotos con uno diferente al otro. Se acercaba con timidez a las puertas de las casas que en su andar errabundo encontraba abiertas. Se arrecostaba a la pared o, sentado en la acera, se le oía musitar la palabra Anchí. Era lo único que hablaba. Le daban de comer mendrugos, provocándolo para que siguiera su camino. Dinero no aceptaba. ¿Dónde dormía? Yo, niño, nunca lo supe. ¿De dónde provenía? ¿Cuándo y a qué hora abandonaba el pueblo? ¿Su madre? ¡Ah, su madre! Una vez lo vi sacar una tortilla de su costal enigmático y comérsela con manos temblorosas; la cabeza ladeada hacia el lado izquierdo, medio hundida en sus hombros. Cuando notó que yo lo observaba, me dio la espalda y se hizo pequeñito.

Domingo siete

Octavio Robleto

La historia la oí referida muchas veces en mi infancia. Era una cuadrilla de ladrones que se dedicaban a asaltar a viajeros bien abastecidos que se veían obligados a transitar por caminos solitarios. Solamente robaban, porque aunque hubiera oposición, por sus principios, descartaban el asesinato. Ya perpetrado el asalto, se dirigían hacia la sombra de un árbol frondoso y bajo su ramaje practicaban la distribución equitativa de los bienes robados; tanto al dirigirse al árbol como bajo su sombra, entonaban la siguiente estrofa que era como su himno de batalla:

“Lunes, martes, miércoles tres, jueves, viernes, sábado seis”.

Dichos versos eran repetidos varias veces, en coro muy animado.

En cierta ocasión, un hombre que conocía las costumbres de dichos asaltantes, oyó el tropel que se acercaba por el camino real y ni corto ni perezoso, para salvar su pellejo, se subió al árbol y se escondió entre el follaje tupido.

Los ladrones llegaron y a los acordes de su himno procedieron a la distribución de los bienes robados, mientras tanto, el furtivo oyente, creyéndose merecedor él también de una parte proporcional sólo por ser observador, dispuso unirse al coro agregándole un verso al himno establecido, rematándolo con el séptimo día de la semana y así entonó sin ninguna gracia y para su desgracia.

“Domingo Siete”

Los ladrones se sorprendieron de la voz intrusa y tras comprobar su procedencia, obligaron a bajar al cantor destemplado, lo desnudaron y apalearon, dejándolo abandonado a la intemperie del campo. El frustrado héroe contó lo sucedido y para ejemplo y moraleja de los futuros metiches su nombre ha perdurado como Domingo siete.

La prisión

Nicasio Urbina

Acusado de homicidio y abigeato, Asunción Vega fue finalmente detenido una noche de lluvia torrencial, cuando se disponía a ultimar a un cobarde que se atrevió a desoír su historia. El juez que entretuvo el caso lo condenó a sesenta años inconmutables, y desde entonces Asunción Vega no hizo más que pensar en fugarse de la prisión. Una mañana de febrero logró evadirse del penal dejando a un centinela muerto. Por años vivió escondido, pasando con nombres falsos, moviéndose de noche para evitar ser visto, sin poder hacer alarde de sus fechorías ni dar muestras de valor en las cantinas. Cansado el presidio de la fuga un día decidió entregarse. Habiendo recobrado su nombre y su identidad, otra vez se sintió libre.

Diógenes

Michele Najlis

Diógenes pasó los largos años que duró su mísera existencia metido dentro de un tonel, buscando un hombre. En el instante preciso de su agonía, reunió con gran dificultad las últimas fuerzas que le quedaban, y alzó nuevamente su lámpara: por primera vez, los ojos del filósofo contemplaron un rostro verdaderamente humano: el de una mujer.

Botón de Rosa

Mercedes Gordillo

Era el día de la madre, todos los hijos del mundo le llevaban una rosa roja a su mamá. Paquito Rodríguez era muy pobre para comprar una flor. Todos los días iba al basurero del supermercado, encontraba verduras y frutas pasaditas Paquito las recogía para llevarlas a su casa y su mamá hacía sopa.

Ese treinta de mayo, Paquito salió temprano, a buscar algo para la comida, en medio de una hoja de repollo encontró un pequeño chote con los pétalos bien cerrados, era un botón de rosa.

—No importa que sea chiquita—, dijo al verla. La envolvió en un papel y se fue corriendo hasta su casa. Le dijo a su mamá:

Aquí te traigo un regalito.

La mamá abrió el papel y se asustó, vio una rosa grande perfumada, con sus pétalos bien abiertos. La rosa más bella que había visto en su vida.

El vientecito

Mercedes Gordillo

Durante las noches, acostada en mi cama, no podía dormir, tenía mucho miedo a la oscuridad. Si tenía sed prefería aguantarme. Si quería ir al baño mejor no iba. Si veía pasar una sombra, llamaba asustada a mi mamá, ella me decía suavemente:

– Todos los niños tienen un angelito que los cuida.

– ¿Y cómo es?, le preguntaba yo

– Chiquito como vos, anda desnudito, parece acabado de nacer, está en todas partes y no se ve.

– ¿Y camina?, pregunté curiosa.

– No, me contestó, porque él puede volar con sus alas abiertas.

Y me dormí con un vientecito delicioso, mirando una pluma que entró por la ventana.

La cieguita

Mercedes Gordillo

Los sábados íbamos al Parque Central, me llevaba mi papá a darle de comer a las tortugas. Los muchachos del colegio les tiraban piedras, ese día ellos estaban allí. Una tortuga ciega sintió una pedrada en su concha, pero yo la llamé por su nombre.

– Cieguita, Cieguita le dije, me oyó y se vino caminando, salió de la pila y despacito me siguió hasta mi casa.

Han pasado años, ya tengo 15. La Cieguita todavía vive aquí.

La máquina de escribir

Mercedes Gordillo

Al morir mi padre, apenas tenía diez años de edad y era hija única. Mi mamá y yo lloramos desconsoladas durante muchos años. Heredamos un negocio de muebles, la casa de tres habitaciones, sala, comedor, diferentes enseres y una vieja máquina de escribir Remington que nadie usaba. Después de cursar estudios de bachillerato en un colegio de monjas, a mis 17 años mi mamá decidió en la Escuela de Comercio Julieta Matamoros de Morán por el barrio San Antonio, famosa por sus clases de secretariado, oficio que ya empezaba a ponerse de moda entre las muchachas de mi edad. Yo aprendía mecanografía.

Las clases resultaron difíciles, debía acostumbrarme a colocar los dedos sobre teclas cuyas letras no guardan orden alfabético. Durante el primer mes pude darme cuenta de que la profesora de apellido Doña era lunática, tenía mal genio, la mayoría del tiempo fruncía el ceño y no dejaba pasar ni un solo error, como repetir una letra o poner un espacio de más. Por lo general exigía dos páginas de reparación escribiendo cien veces la frase: “como es de su conocimiento”, o “por este medio”, “su atento y seguro servidor”.

El castigo era tedioso, lograba terminarlo con gran esfuerzo, concentración y lentitud, teniendo que soportar el calor del sol de la tarde bajo un techo de zinc, sin cielo raso, escuchando el sonido incesante del teclado de las máquinas. La entrada era a las tres, salía a las cinco, dos horas que me parecían eternas.

En lo único que la maestra no pudo reprocharme fue en ortografía, aprendida a fondo en el colegio La Asunción. Ocasionalmente la profesora me dirigía unas cuantas palabras:

— Menos mal que usted maneja bien la ortografía. De otra manera su aprendizaje hubiera sido peor.

Al final del año tuve tres meses de vacaciones. En ningún momento se me ocurrió practicar en la Remington de mi casa. Nuestra máquina de escribir estaba puesta sobre una vitrina llena de libros y se mantenía enllavada, a mi mamá no le gustaba leer.

Un día por curiosidad deseé abrirla, nos costó encontrar la llave, sarrosa por el tiempo. Finalmente logramos hacerlo sin quebrar un solo vidrio ni romper la madera del mueble. Quedé absorta ante la cantidad de textos empolvados que encontré. De inmediato me puse a hojearlos, descubrí una enciclopedia llamada El Tesoro de la Juventud, que me encantó. Allí pude leer los maravillosos cuentos: La sirenita, de Hans Cristian Anderson o Alicia en el país de las maravillas que nunca terminó de gustarme y la bellísima historia de Genoveva de Brabante. Mi madre, sorprendida, comentaba emocionada:

— Saliste igualita a tu papá.

Cierto día me puse a guardar varios ejemplares y no me di cuenta que la máquina estaba mal colocada en la parte superior de la vitrina, la Remington cayó al suelo estrepitosamente. Por suerte di un salto hacia atrás y no recibí ningún golpe, pero pudo haberme roto la cabeza.

Al terminar las vacaciones tuve que regresar a la escuela de comercio. Nada había cambiado, se escuchaba el ruido constante y aburrido de las máquinas. El aprendizaje me parecía inútil porque en el fondo de mi corazón yo no deseaba encerrarme en una oficina mañana y tarde y menos escribir cartas comerciales que no interesaban. Terminé los dos años requeridos detestando la mecanografía. Además, había comenzado para mí la época de enamorados y novios, asistía a fiestas, me gustaba bailar, ir al cine a matinée con mis amigas, planear un paseo o una lunada a lo cual mi madre nunca se opuso.

En una de las fiestas, a mis 19 años, conocí a un joven ingeniero de nombre Gustavo Martínez, guapo, de buena familia, nos enamoramos perdidamente. Mi madre y sus parientes estaban encantados y la boda se decidió rapidísimo. Vivimos en la misma casa. Mi mamá resultó ser una espléndida suegra hasta el día de su muerte producida por un infarto violento, el hogar había sido armonioso, casi perfecto, aunque sin hijos.

Después de esa separación tan dolorosa, mi vida emocional sufrió un cambio profundo. A pesar del consuelo de mi marido, no lograba sacudirme la tristeza, permanecía silenciosa y triste.

Por esos días mi esposo recibió una oferta de trabajo en Guatemala, una empresa constructora le ofrecía el doble de sueldo, traslado de los muebles, casa de alquiler, entre otros privilegios que no podíamos rechazar. Tomamos la decisión de aceptar la propuesta, el negocio de mi madre lo manejaría un pariente.

Al llegar a Guatemala pasé una agradable temporada haciendo nuevas amistades y conociendo el pintoresco país. Me dedicaba a los oficios domésticos hasta que encontré a Cándida, una excelente nicaragüense que hacía todo.

En algunas ocasiones volvían a mi mente recuerdos de mi infancia y juventud. Un día cualquiera recordé la vitrina de libros de mi padre, la habíamos traído con nosotros como recuerdo familiar. La máquina de escribir estaba en el mismo lugar. De nuevo busqué la llave y me puse a revisar libro por libro. Desde ese día, como por encanto, todo cambió en mi rutina. Podía pasar horas dedicada a la lectura, siempre deseaba leer más y más, encontré Los hermanos Karamazov, Los Miserables, de Víctor Hugo, poemas de Rubén Darío y Federico García Lorca, la novela Flor de durazno, de Wast y a muchos autores apasionantes, incluso, humorísticos como el español Jardiel Poncela. Mis lecturas se convirtieron en un mundo mágico, delicioso, que estimuló mi imaginación. Cierto día sentí un capricho improvisado, irrefrenable, deseaba escribir memorias que llevaba guardadas íntimamente. Busqué un cuaderno rayado y un bolígrafo de tinta negra y empecé a escribir a mano un tema relatado por mi madre durante mi infancia.

Después de escribirlo en forma de cuento me pareció bien, leía y releía para corregir errores. De pronto recordé la máquina. Para mi sorpresa funcionaba muy bien, como si estuviera nueva. Comencé a usarla para copiar mis escritos. Al poco tiempo adquirí gran velocidad, parecía tener años de práctica, mis relatos llegaban rápidamente al final, aun sin ver las letras de la máquina. Cuando terminé de pasar el tercer texto, algo llamó mi atención: una palabra absolutamente desconocida al final de una historia.

Sorprendida, ordené los papeles y comparé cada una de las páginas, pensando que me había equivocado. Asombrada, me di cuenta de que algunas de mis palabras no guardaban relación con lo que se leía.

— ¡Que raro!, pensé.

Comparé otra vez los escritos originales con la copia y aunque coincidían en el título y algunas expresiones, el tema resultaba diferente y hasta inferior a lo que yo había hecho, refiriéndose a cosas que yo no conocía ni había imaginado jamás.

Esa tarde decidí contarle todo a Gustavo, tenía miedo de que pudiera creer que estaba suponiendo cosas, acaso podría pensar que me estaba volviendo loca. Sin embargo, mi esposo con su carácter sereno, me escuchó pacientemente, muy contento de que estuviera escribiendo; además, le gustaban mis relatos. Tampoco él comprendía el problema. Propuso hacer una prueba que me pareció muy sensata: él me dictaría los cuentos mientras yo los pasaba a la máquina. Me sentí mucho más segura y nos dirigimos hacía el estudio, serían las seis de la tarde y encendimos las luces. Saqué el papel limpio, lo introduje en el aparato y esperé que Gustavo empezara el dictado. De la manera más tranquila leyó el título: La máquina de escribir, al mismo tiempo que yo lo transcribía. Él leía con cierto énfasis, deteniéndose en comas y puntos finales, mis dedos corrían ágilmente.

El cuento tenía cinco páginas que iba sacando una por una; al terminar comenzamos a compararlos. El título seguía siendo el mismo, pero a partir del primer párrafo, el asunto cambiaba totalmente: tema, palabras, expresiones. Como último recurso se nos ocurrió cambiar de lugar. Ahora, él escribiría en la máquina y yo le dictaría el cuento. Al terminar, completamente asustados, nos dimos cuenta de que la historia otra vez era distinta, deshilvanada, incluso, torpe. Sin saber qué pensar nos retiramos al dormitorio, pasamos la noche sin dormir tratando de comprender el extraño fenómeno sin encontrarle explicación. Muy temprano en la mañana salimos decididos a deshacernos del artefacto, lo dejamos abandonado en un basurero público lejano a la ciudad y salimos corriendo.

Cuentos de Camino

Mauricio Valdez Rivas

Alrededor de una fogata a orillas del Gran Lago de Nicaragua, en la Isla de Ometepe, Juan Ventura nos relataba sus cuentos, este personaje casi mítico, se caracteriza por ser un cuentista un poco exagerado y cómico.

Pues vean amigos, —comenzó a contarnos— yo casi no salgo de la isla, sólo a Rivas he ido, por eso es aquí donde me han pasado tantas cosas, más cuando yo era chavalo, hace tiempo ya —y se ríe—, como una vez que iba a la finca de mi compadre Uriel, para ver si me vendía algunas vaquitas, de pronto en medio del camino veo atravesado un gran tronco, yo pensaba que se había caído por los fuertes vientos que estaban azotando esos días, comencé a cabalgar a la orilla del gran tronco tratando de rodearlo para pasar al otro lado, después de un rato cuando llevaba como un kilómetro, me detuve, bajé de mi caballo, me subí a la ramas más altas de un árbol para ver hasta donde llegaba el susodicho tronco y ¡vean que susto! El supuesto tronco comenzó a moverse y alláaa se miraba una cabeza, era una enorme culebra, tuve que esperar que pasara para poder seguir mi camino, cuando pasó agarré de nuevo el sendero, por suerte no estaba cerca de su cabeza porque si no me hubiera hartado con todo y el caballo.

No pasó mucho tiempo cuando escuché unos rugidos ¡eh! Me detuve, allí estaba un león en medio camino, parecía que estaba con una pata herida, desmonté lentamente y me escondí detrás de unos matorrales, quedé esperando a que se baya el animal, pero el caballo se me puso brioso, se me zafó de las riendas y el león que me ve, se lanza sobre mí, en ese instante aparece otro león a mis espaldas y se lanza agarrando al otro por los aires y comenzó la feroz lucha, se paraban en dos patas, se daban con sus garras y se escuchaban los grandes rugidos como truenos, ya mi caballo ni lo miraba, yo sólo puse los brazos sobre mi cabeza y quedé ahí mismo agachado, de pronto un silencio, volví a ver hacia donde estaban los dos leones y habían desaparecido, me fijo bien ¡eh! sólo estaban las dos puntas de las colas, se habían hartado los dos, ¡sí! los dos se comieron uno al otro, ¡que ferocidad de animales!

Tuve que caminar mi buen trecho hasta que vi a mi caballo, me estaba esperando más adelante, era un fiel animal, ya el susto de los leones le había pasado, lo agarré por las riendas y me monté, así continué mi camino.

Al rato escucho otro rugido ¡Eh! ¿Y eso que será? me dije, era un rugido más fino, como de tigrillo, pero mi caballo de nuevo se puso nervioso y se me para en dos patas y pega la carrera en dirección contraria, pero no me votó, las ramas más bajas de los árboles me pegaban en el rostro, no podía detener al animal que iba a todo galope, ¡Joo! ¡Joo! Le decía mientras le jalaba con fuerzas las riendas hasta que se detuvo, ¡Shss! Quieto amigo, lo trataba de calmar acariciando su pescuezo, pero yo miraba oscuro en un lado, me toco la cara y siento que no tengo un ojo, ¡ala chocho! y me regreso a buscarlo, ahí iba con sólo un ojo buscando el otro que se me había perdido, y allí estaba, entre las ramas había quedado colgado, lo agarro, lo sacudo porque ya estaba lleno de hormigas y me lo pongo, ¡hey jodido! me lo había puesto al revés, me lo quito deprisa y me lo vuelvo a poner, esta vez me lo puse bien, que feo se ve uno por dentro. Pero bueno, sigo mi camino y de nuevo ese rugido de tigrillo, ¡Shss! le decía a mi caballo, me bajé, lo amarré y me fui en dirección al ruido, ahí estaba, era un gato salvaje, bien bonito y como se miraba manso me le fui acercando despacio, él no se movía ni hacía más ruidos, me lo quería llevar para tenerlo como mascota, ya lo estaba acariciando cuando ¡Plash! me lanza un tapaso y me muerde el dedo, cuando me fijo, ya no tenía mi anillo, un anillo grueso de oro que me lo dejó de herencia mi papá, el gato se lo había tragado, ¡Ah, no! ¡Eso si que no! dije y le meto la mano en el gaznate hasta la panza, agarro el anillo y lo halo con fuerza, pero también agarré el estómago del animal y lo volteo como calcetín, ¡Huy! ¡Que feo se ve un gato al revés! Pero vean, sale el gato como loco pegando contra todo lo que estuviera en su camino, claro el animal iba ciego.

Bueno, al fin llegué a la finca de mi compadre, allí estaba él, platicamos, tomamos “culo de buey” (cususa) y luego me vendió dos toretes y una vaca, ese mismo día ya iba para mi casa.

Llegué al poco rato a mi finca, esa noche ni llovió, pura bulla fue, sentado en mi silla mecedora, tomándome mi cafecito, observaba el montón de quiebra platas (luciérnagas) regadas por todas partes, parecía una gran alfombra con lucecitas de navidad, miraba una con una luz de un color distinto, alumbro con mi potente foco y veo un arbusto que sólo se mueve, ¡Eh! ¿Y eso? me digo, pero no le puse mucha mente, vuelvo a ver más hacia la izquierda y otra vez la rara quiebra plata y le pongo de nuevo el foco, otro arbusto que sólo se mueve, ¿Será algún animal que anda por ahí? ya me inquietó, apago el foco y aparece la lucecita por otro lado, se encendía y se apagaba con un movimiento distinto a las otras, le vuelvo a poner el foco, otro arbusto que se mueve, en eso, alumbrando estaba todavía cuando veo que sale del arbusto poniéndose de pies Genaro, uno de los peones que trabaja en la finca, estaba fumándose un cigarrillo y me dice: ¡Idiay hombre, no me vas a dejar cagar tranquilo! y yo que suelto la carcajada, ¡Ah, sos vos! le digo, pero yo no me aguantaba la risa. ¡Hay! las cosas que a uno le pasan.

Así terminó Juan Ventura su cuento de camino, todos nos reímos de esto último que más parecía un chiste.

El Pez Gordo

Mauricio Valdez Rivas 

—Mañana te atrapo, mañana vas a ver —le decía todos los días a un pez un campesino que acostumbraba cortar y recoger leña en un bosquecillo no muy lejos de donde estaba su humilde vivienda, por allí pasaba un riachuelo donde él se detenía a pescar, habían muchos peces pero uno en particular llamaba su atención, era un guapote, el más grande de la poza a ése lo quería atrapar, pero era tan astuto el pez, que siempre lograba escaparse hasta del mismo anzuelo llevándose la carnada y otras veces se mostraba tan escurridizo que ni tan siquiera picaba. Cada vez que el campesino se iba, el guapotón alegre, daba saltos fuera del agua como burlándose del hombre.

Cuando llegaba a su casa les decía a sus hijos:

 —Un día de estos, hijos míos, les traeré un gran pescado gordo, pues ya estoy aburrido de traerles sólo pequeños pescaditos.

Pero los días pasaban y nada que lo atrapaba, ni porque le ponía todo tipo de carnadas; él le ponía chapulines, él le ponía mazamorras, él que gusanos y hasta trozos de tortilla le tiraba al agua a ver si así salía a la superficie y darle un sólo sopapo en la jupa, pero nada, por eso es que estaba gordo el bandido pez, de tanto que el campesino le daba de comer.

Una vez el campesino quiso atraparlo con sus propias manos; se zambulló en las turbias aguas de la poza y con los ojos bien abiertos trataba de ver dónde se escondía el pez gordo, vio una pequeña cueva; y ahí estaba dormido, adivinen quién, pues sí, el pez gordo. Con mucho cuidado y tratando de no hacer ruido estiró sus brazos y ¡zas! atrapó al pez, éste se retorcía de un lado a otro tratando de escaparse. El hombre asomó su cabeza fuera del agua, tomó una bocanada de aire y en ese mismo instante el pez se le zafó, era tan gordo y fuerte que no lo pudo sostener con firmeza. Por más que lo volvió a buscar ya no lo encontró, tuvo que regresar una vez más a su casa, con sólo unos cuantos pescaditos para cenar.

En la mañana siguiente, el campesino fue, como ya era costumbre, a intentar atrapar al escurridizo pez; —esta vez fabricaré una lanza— dijo y se puso a cortar una vara, agarró la rama de un árbol y en seguida se alborotaron unas abejas, le comenzaron a picar y corrió como un loco huyendo de los insectos y se tiró a la poza donde vivía el pez gordo, estando dentro del agua miraba como las abejas revoloteaban en la superficie.

—Si salgo éstas abejas me seguirán picando, pero si no lo hago me puedo ahogar —pensaba muy afligido el pobre hombre.

Ya el aire se le estaba acabando, no podía contener más la respiración, de pronto el pez gordo apareció saltando fuera del agua, saltaba de un lado a otro, por encima del campesino y cada vez que lo hacía se pasaba tragando una abeja, hasta que éstas asustadas se fueron, así el campesino pudo respirar sin ser picoteado y comprendió que el pez le había salvado la vida.

Salió de la posa dispuesto a irse para su casa dejando tranquilo al pez cuando escuchó un tremendo ruido que venía de lo más profundo del bosque, los pajaritos volaban asustados, los venados corrían huyendo, todos los animales querían escapar del lugar por donde venía el infernal ruido, El campesino caminó durante unos minutos hasta que llegó donde unos hombres que derribaban árboles con sus motosierras y él les gritó:

—Deténganse, no sigan.

—Fuera de aquí, esta propiedad es privada —le dijeron los hombres enojados y campesino tuvo que irse.

A día siguiente no pudo levantarse, estaba enfermo, nadie sabía que es lo que tenía, sus hijos creían que tal vez era por tanta obsesión que tenía por atrapar al pez gordo: —lo atraparemos por ti— le dijeron a su padre, pero éste les aconsejó diciéndoles:

—No crean que ese pez tiene la culpa de que yo esté enfermo, él es un buen pez, ahora lo considero mi amigo— y les contó lo que le había pasado con las abejas.

A los pocos días se curó y lo primero que hizo fue ir a visitar a su amigo el pez, pero se sorprendió al ver que en el pequeño bosque casi no quedaban árboles, ya no había lugar donde los animales pudieran vivir. Observó con espanto que el riachuelo se había secado y muchos peces estaban muertos, corrió a la poza de su amigo y allí estaba en un pequeño charco lleno de lodo, se le acercó y vio como el pobre animalito se esforzaba por respirar dando su último aliento de vida.

—¡Oh mi amigo! ¿Qué te han hecho? —dijo con profunda tristeza y sus lágrimas caían sobre el gran pez que ya no se movía, ni sus lágrimas pudieron resucitarlo y allí lo dejó ya sin vida.

El tiempo pasó, el campesino se fue a la ciudad. Donde hubo bosque ahora hay cultivos y casas, sólo un gran árbol rechoncho permanece en la zona, se distingue a lo lejos por sus frondosas ramas, un árbol que nació y creció justamente donde estaba la poza del gran pez gordo.

El Duende Zeta

Mauricio Valdez Rivas

Una mañana Carolina despertó riéndose, sentía que algo le hacía cosquillas en las plantas de sus pies, escuchó una ricita y preguntó: ¿Quién está ahí? Descobijó sus piecitos y vio a un pequeño duende vestido de rojo que le hacía cosquillas con una pluma, éste le sonrió y le dijo:

—¡Hola Carolina! Vine a hacerte compañía.

— ¿Y tú quién eres? —le preguntó la niña sorprendida.

—Mi nombre es Zeta, y soy un duende amistoso al que le gusta hacer reír a los niños.

El duende sacó de su bolsillo polvo de hada y lo lanzó al aire, y muchas mariposas de todos los colores revolotearon por todo el cuarto, Carolina se reía y estaba maravillada de la magia del duende.

Las mariposas se desvanecieron y Carolina buscó a Zeta entre sus sabanas, por debajo de la cama, por todos los rincones de su habitación y no lo encontró, de pronto vio que una de sus muñecas de trapo comenzó a caminar sola, ella se asustó, pero pudo ver que era Zeta la que la sostenía por detrás.

— ¿Estabas invisible? —le preguntó Carolina.

—Sí —le dijo—, nosotros los duendes podemos desaparecer y hacer cosas estando invisibles, nos dejamos ver por los niños pero nunca por los adultos, pues éstos siempre nos quieren hacer daño.

Carolina agarró su muñeca, la puso en su lugar y dijo:

—Pero yo tengo que decirle a mi mamá que tú eres mi nuevo amiguito.

—¡No! —dijo Zeta—, guardemos este secreto, que esto quede sólo entre tú y yo.

Carolina no le hizo caso y le fue a contar a su mamá, pero por supuesto que su mamá no le creyó y esa noche cuando una vez más se disponía a dormir, de nuevo le apareció Zeta, esta vez se veía enojado y le dijo:

—¡No guardaste nuestro secreto!

Y se puso todo feo; los dientes se le salieron, sus uñas crecieron y se veía todo verde, sacó otra vez de sus bolsillos polvo de hada y lo sopló en la cara de Carolina, ella no podía respirar, Zeta se reía a carcajadas y de forma maliciosa, en eso aparecieron cuatro duendes más, éstos vestían de azul y rodearon a Zeta, lo agarraron con fuerza como que se lo llevaban preso y desaparecieron con él, sólo se escuchaba a Zeta gritar: Déjenme, no me lleven.

Después del silencio Carolina pudo respirar con normalidad y se puso a llorar, en eso su mamá entró corriendo a la habitación y la abrazó calmándola y diciéndole que había tenido una pesadilla.

—No mamá, no fue una pesadilla, era Zeta el duende de quien te hablé.

Las dos quedaron abrazadas por un largo rato hasta que la niña se durmió. Con el tiempo Carolina casi olvidó lo sucedido y hasta llegó a creer que realmente se trataba tan sólo de una pesadilla, lo bueno era que, ya sea en sueños o en la realidad, nunca más volvió a ver a Zeta, el duende malo.

Y es que por generaciones se ha creído que si un niño o niña lo desea, puede llegar a conocer a los duendes, sólo tienes que desearlo de verdad y preguntar en voz baja antes de dormir: ¿Duendes están aquí? Pregunta todas las noches y una de tantas, en cualquier momento, aparecerán los duendes jugando y haciendo travesuras bajo tu cama o entre tus sabanas, pero ten cuidado si te aparece un duende cuando tú no has llamado a ninguno y dice ser tu amigo, ese puede ser Zeta, no le creas nada de lo que te diga y mándalo a la porra.

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MORALEJA

♦  No toda persona que se te acerca y dice querer ser tu amigo, puede tener buena intenciones, pueden ser lobos vestidos de ovejas.

El Cazador de Ceguas y El Tesoro de La Mocuana (I)

Mauricio Valdez Rivas.

Basado en Los cuentos de mi abuela

Cuentan los ancianos del Norte, que muy cerca de un pueblecito que está entre Estelí y Matagalpa, vivió, hace muchos años ya, un cazador de animales feroces, arrecho el hombre, no le tenía miedo a nada. Cazaba en un bosque cerca de dónde él vivía, había grandes árboles muy altos y frondosos, lo atravesaban barios ríos pequeños y la fauna era abundante.

Dicen que un día, como de costumbre, el cazador se fue al bosque, pero esa vez, todo estaba en absoluto silencio, los pájaros no se oían cantar, el viento no soplaba, los árboles inmóviles parecían tenebrosos, las quebradas estaban secas y los peces habían desaparecido, no se veía ningún animal. La gente del poblado comenzó a murmurar que tres malvadas brujas se habían despertado de un largo sueño y que por ellas el bosque estaba maldito.

Por las noches, muchos campesinos eran víctimas de las Ceguas, Micos Brujos y Chanchas Brujas. No son Chanchas Brujas, decía el cazador, son brujas chanchas.

El cazador estaba enojado y ya que no había más animales para cazar, decidió cazar a las Ceguas.

Una noche, a eso de las once, se escucharon unos alaridos que provenían del bosque, el cazador creyendo que se trataba de una víctima de las brujas, fue a rescatarla, se puso su cotona al revés, se amarró los pantalones con su cordón bendito de San Francisco y agarró su alforja que contenía granos de mostaza, y salió como quien se lo llevaba el diablo, siguió el sendero por donde se escuchaban los gritos, cuando llegó al lugar todo estaba en silencio, luego se oyeron tremendas carcajadas a su alrededor, el cazador sintió una palmada en su espalda, voltea y se ve frente a frente con una Cegua, su corazón palpitaba a todo mamón como tambor, era lo único que se escuchaba, por primera vez el cazador sintió miedo.

La Luna estaba llena, sus rayos de luz se filtraban entre las ramas secas de los tenebrosos árboles, el cazador pudo ver con claridad al espanto que vestía hojas de Chagüite, su cuerpo deformado, parecido al de una mujer era de cepa y su pelo de cabuya, de su boca salían grandes dientes de cáscaras de guineos. La Cegua ya estaba por atraparlo cuando éste sacó su cordón bendito y se lo tiró en su cara, la Cegua quedó paralizada, con gran rapidez el valiente cazador le amarró los brazos con unos bejucos, al rato la estaba halando, como si tratara a una mula. De pronto aparecieron dos Ceguas más y comenzaron a seguirlos. El cazador sacó de su alforja, los granos de mostaza y los lanzó al suelo, frente a las dos Ceguas, estas se detuvieron a recogerlos y así se escapó con su prisionera hasta llegar al poblado, allí en la plaza la amarró en una palmera de pijibai y le dijo:

—Cuando amanezca, todo el pueblo sabrá quién eres, y de seguro te darán una tremenda paliza.

— ¡Aaay! Dejame ir —dijo la Cegua adolorida con una voz cavernosa—, si me dejas libre te diré donde están tres tesoros, serás el hombre más rico del mundo.

Al cazador le pareció muy tentadora tal propuesta y después de pensar por un instante le dijo:

—Primero dime tal secreto y luego te suelto.

— ¿Eres a caso un hombre de palabra? —le preguntó la Cegua— ¿De verdad me vas a soltar?

—La palabra de un cazador vale por un millón que la de cualquier bruja. Vamos, habla ya —le dijo y la Cegua comenzó a hablar.

—El primer tesoro está en una gran cueva pasando el bosque maldito, el segundo; en la vieja ciudad de León y el tercero en una isla de dos volcanes que está en medio del Gran Lago.

El cazador la desató de la palmera, pero no de los brazos y le dijo:

—A medias te libero porque a medias me has dado la información.

—Yo te puedo decir cómo llegar al primer tesoro —dijo la Cegua— pero para llegar a los otros, les tendrás que preguntar a mis hermanas.

Se fue el cazador de regreso con la Cegua amarrada hacia donde estaban las otras, éstas permanecían recogiendo los granos de mostaza.

— ¿Cómo puedo llegar a esos tesoros ocultos de los que su hermana me ha hablado? —les preguntó el cazador con voz fuerte, pero no obtuvo respuestas.

Entonces volvió a sacar más granos de mostaza de su alforja y empuñándolos con el brazo extendido les hizo de nuevo la pregunta, y las Ceguas gritaron:

— ¡No por favor, no lo hagas! — y le dijeron todo lo que él debía saber para obtener los tesoros.

El cazador les arrojó unos cuantos granos, lo suficiente para poder escapar una vez más y se fue.

Las tres Ceguas le habían dicho cómo llegar a esos tesoros, y también cómo defenderse de los fantasmas que los custodiaban. El espíritu de la Mocuana era el primero en que se enfrentaría el valiente cazador.

Así, al día siguiente con su caballo llamado Cholenco, y se fue rumbo a encontrar el primer tesoro, llevaba en su alforja frascos de agua bendita, su inseparable cordón de San Francisco, y no olvidó llevar también una gran alforja vacía para traerla llena de oro.

Tomó como sendero el riachuelo seco que le habían indicado una de las Ceguas, llegó a un gran montículo de piedras cubiertas con vegetación, siguió hacia donde el Sol se oculta y al salir del bosque pudo notar a lo lejos una gran cueva. Ya estaba por llegar cuando escuchó una dulce voz que le preguntó:

— ¿Hacia dónde se dirige valiente señor?

Era una joven de apariencia indígena que estaba sentada en una gran piedra a orillas del camino. El cazador no le distinguía bien el rostro, pero podía verle su piel canela y su hermosa cabellera negra que le llegaba hasta sus bien formadas caderas, su vestimenta era escasa, lucía unos brazaletes y pendientes que brillaban bajo el resplandeciente Sol. La joven caminó hacia donde él estaba y por más que intentaba el cazador de verle el rostro, no podía, se bajó de Cholenco, y se restregaba los ojos como no dando crédito a lo que veía, o mejor dicho a lo que no podía ver. La indita lo abrazó y le dijo:

—Ven conmigo te llevaré a mi cueva.

El cazador se quedó mudo, la indita que era la Mocuana, todavía abrazándolo le preguntó:

— ¿Has visto a mi amado? ¿Por qué no ha regresado?

Con mucho esfuerzo el cazador se desató su cordón y lo puso alrededor de la indita, se escuchó un triste lamento y ésta desapareció ante la mirada perpleja del pálido hombre, que siendo un valiente cazador de Ceguas estaba más asustado por no poder hablar que por haberse topado con el fantasma de la princesa india, la Mocuana.

¡Eh! Que chiche me salió —dijo sacando pecho el cazador una vez que pudo hablar. Siguió caminando hasta llegar a la cueva, cuando entró no vio ningún tesoro, encendió una antorcha y buscó más adentro, pero sólo encontró un par de bolitas de oro, seguramente de algún collar y extrañamente un par de lentes empañados.

—Malvadas Ceguas –dijo enojado, y se fue con sus dos bolitas de oro y sus lentes en busca de los otros tesoros.

Amar hasta fracasar

Hay escritos curiosos que se han hecho con el lenguaje. Versos que se pueden leer al revés y al derecho, guardando siempre el mismo sentido,...